Capítulo 24

 

Aaron se iría al cabo de cinco semanas, de modo que tenía que aprovechar aquella oportunidad. Aquello fue lo único que Presley pudo permitirse pensar… hasta que Aaron la arrastró al pasillo y la llevó al dormitorio. Quería que sus cuerpos se fundieran con la rapidez y la fuerza de su primer encuentro tras el regreso al pueblo, cuando se habían dejado arrastrar por un tsunami de deseo. Pero Aaron insistía en hacer las cosas con calma, como si quisiera tomarse su tiempo para hacer las cosas bien.

Y fue entonces cuando comenzó Presley a pensar en lo que estaba ocurriendo. Siempre y cuando consiguiera lo que quería, ¿por qué tenía que tomarse Aaron tantas molestias? Antes nunca lo había hecho. Siempre había sido un buen amante, siempre se había asegurado de que quedara tan satisfecha como él, pero eso lo hacía con todas las mujeres con las que se acostaba.

Aquella noche, se estaba tomando aquel encuentro con tal seriedad que Presley podría haberse llevado una idea equivocada. Podría hacerla creer que significaba mucho más de lo que realmente significaba, y aquello la asustaba. Era una ilusión. Tenía que evitar, fuera como fuera, las falsas esperanzas de las que había conseguido escapar durante aquellos dos años, y no sabía cómo iba a poder hacerlo con todos los sentimientos que fluían dentro de ella.

Debería detenerlo. Sintió el peligro y, por un momento, fue capaz de recuperar la cordura. Pero había esperado aquello durante mucho tiempo. Y no quería jugar con Aaron, excitándole para después rechazarle en el último momento. Siempre se había entregado por completo. Aaron sabía que podía fiarse de ella. De modo que intentó distanciarse mentalmente. Aquello no podía significar nada para ella. No podía engancharse a cada suspiro, a cada caricia, a cada beso.

«Son solo sensaciones físicas. Placer compartido. Pero no hay nada detrás».

Sin embargo, Aaron advirtió su distanciamiento y la obligó a mirarle a los ojos.

–¿Qué te pasa? ¿En qué estás pensando?

Presley no se lo iba a contar, no lo podía confesar. Revelar aquel conflicto de sentimientos solo serviría para hacerla mucho más vulnerable. Así que le dirigió una sonrisa traviesa, urgiéndole a besarla, y se aseguró de que Aaron no pudiera pensar en nada que no fuera su lengua moviéndose por las partes más sensibles de su cuerpo.

Pero a pesar de todo, Aaron intentó detenerla en el último momento. La sostuvo por la cabeza y, jadeando, le dijo que quería terminar dentro de ella. Presley contestó diciendo que sería peligroso, que estarían arriesgándose a un nuevo embarazo a pesar del preservativo, y le llevó hasta el límite.

Después de aquello, no tuvo ya ningún reparo en enviarlo a su casa. Aaron no podía quejarse de que le hubiera engañado. Le había dado lo que había ido a buscar. Así que se levantó y le devolvió su ropa.

–Gracias por cuidar a Wyatt esta noche.

Aaron no hizo ningún movimiento para recuperar las prendas.

–¿Ya está? –preguntó–. ¿Y tú?

–No te preocupes por mí. Estoy bien.

–No lo digo como si tuviera que cumplir con un deber. Pero no me gusta dejarte insatisfecha.

–Ya te he dicho que estoy bien. Es solo que… no estoy de humor, eso es todo.

–Hace unos segundos, sí estabas de humor.

–Estoy cansada.

Aaron parecía desconcertado.

–¡Pero tú no tendrías que hacer nada!

–Tú también estás cansado. Y mañana tienes que trabajar.

Aun así, Aaron no se movió.

–¿Has decidido quedarte con Riley?

Normalmente, cuando Aaron hablaba de Riley, Presley detectaba celos, e incluso una ligera arrogancia, en su voz. Era la naturaleza competitiva de Aaron. Pero cuando formuló aquella pregunta, se mostró como un niño herido. ¿Era miedo o quizá sorpresa lo que se escondía detrás de sus palabras? ¿O se estaría dejando llevar, una vez más, por la imaginación?

Probablemente, lo único que pretendía Aaron era evitar que más adelante pudiera acusarle de ser un pésimo amante.

–No me he acostado con Riley.

–No es eso lo que he preguntado.

–Y no sé a quién preferiría tener en mi cama. Ahora mismo no mantengo ese tipo de relación con nadie.

Aaron agarró su ropa, pero volvió a tirarla al suelo.

–Ven aquí. Si estás cansada, lo único que haremos será dormir.

Presley no quería que se quedara. Tendría que pasar el resto de la noche en guardia si le tenía a su lado. Pero Aaron la arrastró hacia la cama y, aunque ella se volvió para dormir de espaldas a él, la abrazó por la espalda.

–¡No puedes quedarte toda la noche! Riley podría ver tu camioneta cuando venga a trabajar mañana por la mañana –le advirtió ella, luchando contra las ganas de acurrucarse contra él.

–Relájate.

Estaba deslizando ya las manos por su vientre. Presley le detuvo antes de que pudiera alcanzar su objetivo, pero cuando se despertó a la mañana siguiente, Aaron le estaba sujetando las dos manos por encima de la cabeza y obrando tal magia con su boca y sus propias manos que Presley se descubrió jadeando su nombre y suplicándole que hicieran el amor.

–Pensaba que no tenías ningún interés en ese tipo de relación.

Presley le miró indefensa, pero se negó a hablar. Siempre había estado interesada en él, ¿pero por qué darle el placer de admitirlo?

–Vamos, dime lo que quieres –intentó persuadirla Aaron.

Presley negó con la cabeza, apretando los labios. Aaron frunció el ceño.

–Últimamente, no estás jugando muy limpio.

–Te he dejado meterte en mi cama –aunque lo decía como si estuviera intentando controlarse, tenía la voz ronca por el deseo–. Y lo que te hice anoche estuvo bastante bien.

–Eso no lo puedo negar. Pero yo nunca he sido de los que se conforman con menos de lo que quieren. Así que, veamos lo que podemos hacer para que te muestres un poco más… flexible –bajó la cabeza y la llevó hasta el borde del orgasmo. Justo entonces se detuvo y le sonrió–. Te lo vuelvo a preguntar, ¿qué quieres?

Presley estaba temblando de anticipación. La había excitado de tal manera que le resultó imposible negarse.

–Te deseo –admitió.

Aaron arqueó las cejas.

–No tienes por qué decirlo a regañadientes.

Presley tragó saliva, pero no añadió nada más. Aunque fuera pequeña aquella rebelión, para ella era importante. Pero supo que Aaron no iba a conformarse con eso cuando se lamió los dedos y comenzó a deslizarlos por el pezón.

–¿Cuánto me deseas? –le susurró al oído.

Presley le fulminó con la mirada.

–Deja de torturarme.

–Estoy más que dispuesto a darte todo lo que quieras. En cuanto me digas cuánto me deseas.

–Ya lo sabes.

Aaron se colocó sobre ella, pero no continuó acariciándola.

–¿Más que a Riley?

Presley cerró los ojos.

–Sí.

–Por fin lo admites –hizo el ademán de ponerse el preservativo, pero se detuvo para mirarla fijamente.

Presley creyó ver algo distinto en su expresión, algo que iba más allá del sentimiento de posesión que había reconocido otras veces en su mirada. Pero no podía confiar en nada de lo que ocurría al calor de la pasión, cuando los sentimientos se exageraban y distorsionaban. Lo sabía por experiencia propia. Estaba demasiado excitada como para analizar los sentimientos de Aaron y él no le dio mucho tiempo antes de hundirse por fin en ella.

–Ya está –susurró Presley.

Aaron sonrió de oreja a oreja. Después, la llevó hasta el orgasmo una y otra vez.

Con cada oleada de placer, la satisfacción aumentaba en el rostro de Aaron, pero no estaba controlando la situación hasta el punto que intentaba fingir. Tenía todos los músculos en tensión, como si cada vez le estuviera costando más controlarse antes de alcanzar su propio clímax.

–Otra vez –le dijo a Presley con la voz desgarrada.

A partir de aquel momento, el encuentro creció en intensidad. Estaban en medio de una guerra silenciosa, en la que el placer era el arma más poderosa, un arma que ambos blandían con pericia y precisión. Presley estaba batallando para conservar su corazón y él combatía para demostrarle la facilidad con la que podía hacerlo suyo. Cada nervio de Presley parecía estar cuidadosamente sintonizado con las caricias de Aaron, con su voz y su fragancia.

–Te has vuelto muy cabezota –musitó Aaron cuando se detuvo durante el tiempo suficiente como para decirle que estaba preciosa, que era perfecta.

Pero ella se limitó a mirarle con el ceño fruncido. No estaba siendo cabezota, había aprendido del pasado. No permitiría que la dominara. De ningún modo. No la controlaría como lo había hecho en el pasado. Y como Aaron pudo sentir su resistencia, continuó intentando vencer su escepticismo y provocar su sumisión.

Nada salvo aquella lucha salvaje parecía importar… hasta que oyeron la voz de Cheyenne en el cuarto de estar.

–¿Presley?

Aaron dio media vuelta en la cama y se agachó para recoger su ropa. Presley se levantó de un salto y se vistió a toda velocidad. Pero no le resultó fácil vestirse con la piel tan sensible y empapada en sudor. Con voz débil y temblorosa, gritó:

–Espera un momento, Cheyenne. Ahora mismo voy.

–¿Qué te pasa? –le preguntó su hermana.

–Eh, llego tarde.

–¿Pero estás bien? ¿Y está bien Wyatt?

–Sí, estoy bien, y Wyatt todavía está dormido.

–¡Mamá! –gritó Wyatt desde la cuna–. ¡Mamá!

–O lo estaba –se corrigió Presley.

–¿Todavía no se ha levantado? –preguntó Cheyenne–. ¿No se suponía que tenías que ir pronto al estudio? Deberías haber llegado a mi casa hace media hora.

Presley se llevó un dedo a la boca para pedirle a Aaron que no dijera nada. Evidentemente, su hermana no había visto la camioneta. En caso contrario, lo habría mencionado.

–Me he dormido.

–Si no te das prisa, vas a llegar tarde a clase. Tienes media hora. Yo me encargaré de preparar a Wyatt y de darle de desayunar. Con eso supongo que te las arreglarás.

–De acuerdo, gracias.

Presley podía oír a su hermana hablando con Wyatt mientras le levantaba.

–Quédate en mi baño hasta que se hayan ido, ¿de acuerdo? –le susurró a Aaron–. Después cierra con llave y vete.

–¿Por qué tengo que esconderme? Los dos somos adultos y estamos solteros. E incluso tenemos un hijo en común, ¡por el amor de Dios! ¿Por qué no puedo salir tranquilamente a saludar?

–¡Porque no quiero que sepa lo estúpida que soy!

No pretendía ofenderle. Aquel comentario solo era una prolongación de su diálogo interno, de la forma en la que se estaba regañando a sí misma por haber vuelto a acostarse con él. Pero cuando Aaron la miró como si acabara de abofetearle, comprendió cómo se lo había tomado.

–Lo siento. No pretendía que sonara de esa forma.

Aaron se pasó la mano por el pelo.

–Sí, claro que lo pretendías –dijo, y salió.

Dio tal portazo que la casa tembló y un segundo después, Cheyenne asomó la cabeza en la habitación.

–¿Era quién yo creo que era?

Presley dejó escapar un suspiro y se dejó caer en la cama.

–Sí.

 

 

Riley apareció en la clase de yoga del viernes por la mañana. A Presley le pareció un gesto tan amable, teniendo en cuenta lo mucho que se había resistido a probarlo, que aceptó tomar un café con él cuando la clase terminara. Al parecer, Riley estaba entre trabajo y trabajo y la siguiente cita no era hasta las doce, así que los dos tenían tiempo. Además, para ir a su clase, Riley se había perdido su encuentro semanal con sus amigos en la cafetería Black Gold.

En vez de dejar a su hermana cuidando a Wyatt, Presley la llamó para invitarla a ella también. Al igual que Riley, Presley se había perdido el café con sus amigos al quedarse con Wyatt.

La vieron llegar empujando la sillita de su sobrino.

–¿No os parece que hace un día maravilloso? –preguntó mientras se reunía con ellos en una de las mesas de fuera.

Presley le acercó el capuccino que había pedido para ella. Después, desabrochó el cinturón de su hijo y se sentó a Wyatt en el regazo. Hasta ese momento, no se había fijado en el tiempo. No se sentía particularmente animada desde que Aaron se había marchado. Había querido llamarle, disculparse, pero no había tenido oportunidad. Primero, porque tenía prisa por llegar al estudio. Después había tenido que dar la clase. Y en aquel momento estaba con Riley. Miró hacia la calle, buscando la camioneta de Aaron entre los coches que por allí circulaban. Dudaba de que llegara a verla. Probablemente, Aaron estaba en el trabajo. Pero le buscaba con la mirada siempre que salía por Whiskey Creek. Era una costumbre que había adquirido cuando se había enamorado de él.

–¿Has tenido muchos alumnos esta mañana? –Cheyenne dejó la cartera y las llaves encima de la mesa antes de sentarse.

–No ha estado mal –Presley le sonrió a Riley–. Hoy ha venido el primer hombre.

Cheyenne le miró impresionada.

–Caramba, Riley, ¿violando los preceptos de género en el País del Oro?

–¿No lo has adivinado por mi vestimenta?

–He visto los pantalones cortos, pero he pensado que estabas jugando al baloncesto o al tenis.

–No –infló el pecho–. Estaba haciendo la figura del loto y… ¿qué otra postura? ¿La lechuza?

–No, la cigüeña –le corrigió Presley.

–Espero que le hayas hecho alguna fotografía –dijo Cheyenne–. Es posible que pueda chantajearle con eso algún día.

Presley habría disfrutado de la conversación si no hubiera estado tan preocupada por la precipitada marcha de Aaron. Pero recordaba constantemente aquellos últimos segundos y la expresión de su rostro.

–La próxima vez lo haré –musitó, y le dio un pedazo de biscote a Wyatt.

Riley buscó entre los sobre de azúcar, buscando uno de sacarina. Como no lo encontró, entró en la cafetería.

–Estoy preocupada por Riley –dijo Cheyenne.

La sombra de la sombrilla que protegía las mesas dividía su rostro en dos partes, una luminosa y otra oscura.

Presley se reclinó hacia atrás.

–¿Por qué?

–Le gustas de verdad. Y después de lo que he visto esta mañana…

–Él ya sabe que todavía estoy enamorada de Aaron.

–¿Pero sabe que sigues acostándote con él?

¿Necesitaba decírselo? Riley y ella apenas habían intercambiado algún que otro casto beso, pero jamás habían ido más allá. No estaba segura de que su relación hubiera llegado a un nivel en el que tuviera que darle aquella clase de explicaciones. Y tampoco estaba segura de que quisiera llegar nunca a ese nivel.

–Riley y yo solo somos amigos.

–Riley no habría ido a clase de yoga si no estuviera intentando impresionarte.

Presley se encogió de hombros.

–¿Se lo sugeriste tú?

–No.

–Sé que le estabas aconsejando.

–Ya no. Dejé de hacerlo cuando Aaron se enteró de lo de Wyatt.

–De todas formas, Aaron se irá dentro de dos semanas.

–¿Y crees que entonces dejarás de estar enamorada?

–No me quedará más remedio, ¿no?

Cheyenne no parecía muy convencida.

–Si tenemos en cuenta cómo ha salido esta mañana, ¿crees que te sentirás cómoda viéndole otra vez esta noche?

–¿Por qué voy a tener que volver a verle esta noche? –preguntó Presley, moviéndose nerviosa en su asiento.

Cheyenne soltó un sonido que reflejaba su impaciencia y bajó la voz.

–Por la inseminación artificial, ¿por qué va a ser?

–¿Es esta noche?

–Ya te dije que probablemente sería este fin de semana.

–Pero no me lo habías confirmado.

–Porque he estado esperando a que Aaron me pusiera un mensaje de texto confirmando que todavía estaba de acuerdo.

–¿Cuánto tiempo has tenido que esperar?

–Un par de horas –era evidente que Cheyenne estaba preocupada.

–¿Y no podemos retrasarlo? –preguntó Presley.

Su hermana le dirigió una mirada de incredulidad.

–¿Estás de broma? Dylan ya cree que estoy embarazada. Y estoy ovulando, he hecho una prueba para comprobarlo. Tenemos que actuar cuanto antes.

Riley estaba regresando, así que Presley se inclinó sobre la sillita, como si estuviera buscando algo.

–Me pondré en contacto con él.

Cheyenne no tuvo tiempo de contestar.

–Al final, he cedido a la tentación y me he comprado una ración de tarta de café –anunció Riley–. Ya sé que no comes muchos dulces –añadió, mirando a Presley–, pero esto tienes que probarlo.

Presley consiguió esbozar una sonrisa, aceptó el tenedor que le ofrecía y probó un pedazo. Riley tenía razón, no tenía el menor interés en comer dulce, y tampoco en la conversación que siguió. Pero se mantuvo firme, sonrió y participó en ella hasta que se separaron. Después, canceló su siguiente masaje y se dirigió hacia Amos Auto Body. En realidad, no le apetecía presentarse por sorpresa en el taller. Sabía que llamaría la atención de todos los hermanos. Pero temía que Aaron se sintiera justificado para no participar en el gran acontecimiento que iba a tener lugar aquella noche si no lo hacía.

 

 

Cuando Dylan llamó a Aaron a través de la megafonía del taller, Aaron giró la cabeza para mirar a Mack, que estaba ayudándole a arreglar el elevador hidráulico de una de las plataformas.

–Si quiere hablar conmigo, ¿por qué no mueve el trasero y viene hasta aquí?

Mack se secó la grasa de las manos y estiró la espalda.

–¿Y a mí qué me cuentas?

Aaron frunció el ceño, mirando las piezas esparcidas por el cemento. Aquel no era un buen momento para tomarse un descanso.

–¿No te importa quedarte solo?

–Pues claro que me importa –replicó Mack–. A ti se te da mejor arreglar estas cosas que a mí. Pero te esperaré. De todas formas, necesito beber algo.

Caminaron juntos hacia la parte delantera del taller y en cuanto cruzaron la puerta, Mack giró hacia la máquina expendedora y Aaron se quedó clavado en medio de la entrada, mirando fijamente a Presley, que llevaba un sencillo vestido de algodón blanco que realzaba el color oscuro de su piel.

¿Desde cuándo estaba tan condenadamente guapa?

Estaba sentada en una de las sillas de plástico colocadas a lo largo de la ventana, pero en cuanto le vio, se levantó.

–Hola.

Era casi imposible apartar la mirada de su cuerpo. Últimamente, tenía un efecto en Aaron que este no acertaba a explicar, y el vestido aquel empeoraba todavía más la situación.

Para evitar tentaciones, desvió la mirada, pensando que a lo mejor Cheyenne la había llevado hasta allí, o que le habría prestado el coche. El taller estaba a más de dos kilómetros del estudio. Pero no vio nada que sugiriera que había llegado en coche hasta allí.

–¿Cómo has venido? –le preguntó.

–Andando.

Aaron se fijó entonces en las sandalias y las uñas pintadas en el mismo tono del lápiz de labios. ¿Rosa? Presley se había vuelto muy recatada, pero su tatuaje le recordó que no era tan convencional como parecía. Y era aquella combinación entre su dramática infancia, su pasado salvaje y lo que había conseguido hacer de sí misma a partir de ellos lo que le resultaba tan atractivo.

–Es un buen paseo.

–Hace un día muy bonito. No me ha importado.

Presley nunca había sido una persona propensa a las quejas. Aquella era otra de las cosas que le gustaban de ella, siempre estaba dispuesta a encontrar el lado positivo de cualquier situación. Por supuesto, el pasado le había dejado algunas cicatrices, pero también la había convertido en una mujer que disfrutaba con las cosas más sencillas de la vida.

Aaron sintió la mirada de Dylan, que los observaba desde detrás del mostrador mientras trabajaba con el ordenador.

–¿Qué pasa?

¿Había ido hasta allí para desquiciarle, al igual que había hecho la noche anterior y todas y cada una de las veces que habían estado juntos desde su regreso? Ni siquiera cuando hacía el amor con ella era capaz de alcanzarla. Jamás se había sentido tan inseguro con una mujer. Presley solía ser una mujer consistente, predecible, siempre estaba esperando sus atenciones. Pero en aquel momento… parecía decidida a no caer de nuevo en la misma trampa y le negaba lo que en otro tiempo le había entregado tan libremente.

Aaron no era capaz de ser feliz cuando estaba con ella, y no lo era porque…

No estaba seguro exactamente. Lo único que sabía era que ya no sentía la misma ambivalencia hacia ella que dos años atrás. Seguramente, se sorprendería al descubrir que Wyatt no era el único motivo por el que iba a su casa cada noche. Siempre estaba deseando verla. Pero Presley no le creería si se lo dijera. Jamás le creería si le dijera que la quería. Ni siquiera creía que la encontraba atractiva.

En aquel momento de su vida, habría preferido no sentir nada de aquello. Él quería olvidar el pasado. Y no lo conseguiría si Presley no se lo permitía. De modo que iba a limitarse a ser el padre de Wyatt y dejaría a Presley en paz. Al fin y al cabo, eso era lo que ella quería, ¿no?

–¿Podemos hablar? –le preguntó Presley.

–¿Sobre…?

Presley se aclaró la garganta y miró disimuladamente a Dylan.

–Sobre Wyatt, ¿sobre qué otra cosa iba a ser?

Aaron tuvo la sensación de que aquello no tenía nada que ver con su hijo, pero ella no era la única que necesitaba más privacidad. Con un asentimiento de cabeza, sostuvo la puerta, salieron y comenzaron a caminar alrededor del edificio.

–Siento lo que he dicho esta mañana.

Se mordió el labio mientras alzaba la mirada hacia él y la frustración que Aaron había estado sintiendo desde que Presley había regresado al pueblo volvió a emerger otra vez. Tan pronto estaba pensando que nada había cambiado entre ellos como tenía la sensación de que había cambiado todo.

–No pretendía ofenderte –añadió al ver que no respondía–. Y no era consciente de que lo que te estaba diciendo podía molestarte.

–Porque supones que tengo un corazón de piedra.

–No de piedra –frunció el ceño, arrugando su frente lisa, mientras buscaba las palabras adecuadas–. Sé que puedes ser bueno y sensible, y tú siempre…

–Cuido a las personas abandonadas –la interrumpió–. Sí, eso ya me lo has dicho antes.

–No parece que te lo tomes como el cumplido que pretende ser.

–No quiero que me alabes por proteger a los débiles. Por lo que a mí concierne, eso es algo que se debería esperar de cualquier persona. En cualquier caso, ya no puedes seguir considerándote a ti misma un animal abandonado. Has sido capaz de remontar tu vida y estás haciendo un gran trabajo. ¿Así que por qué crees que estoy interesado en ti?

–Porque eres el padre de Wyatt. ¿Por qué otra cosa iba a ser? Sé que quieres estar con él durante todo el tiempo que puedas antes de irte.

–¿Y no sabes qué papel juegas tú en eso?

Presley desvió la mirada.

–Estoy segura de que quieres que apoye tu relación con Wyatt.

–¿Y por eso quiero acostarme contigo?

Presley cambió incómoda de postura.

–Si puedes disfrutar de las dos cosas por el mismo precio, ¿por qué no hacerlo?

–¡Mierda! –Aaron sacudió la cabeza.

Si después de aquellas semanas, Presley continuaba pensando que le estaba utilizando, no tenía manera de convencerla. La había hecho sufrir en el pasado y, aunque no había sido algo intencionado, la experiencia había sido suficientemente traumática como para que ella no pudiera superarla. A lo mejor había sido un estúpido al intentarlo siquiera, pero sabía que había algo especial en su relación, algo que jamás había sentido con ninguna otra mujer.

–Tú también has estado disfrutando conmigo desde que has vuelto.

–¡Ya lo sé! –replicó.

Habían pasado juntos tres o cuatro noches durante los últimos dos meses, pero no eran tantas como a Aaron le habría gustado. Presley intentaba guardar las distancias cada vez que conseguía acercarse a ella. Para que llegara a ceder, necesitaba emplear una enorme cantidad de esfuerzo. Por lo menos, eso era lo que había pasado la noche anterior. Y después, en cuanto se habían levantado de la cama, había vuelto a convertirse en la persona que era en aquel momento. Por mucho que se hubieran divertido juntos, y por dispuesto que estuviera Aaron a ver hasta dónde les llevaban sus sentimientos, ella siempre le apartaba y volvía a levantar un muro entre ellos.

–Solo han sido unas cuantas noches Y en todas ellas has terminado despreciándome.

–¿Preferirías que me arrastrara a tus pies? ¿Antes era eso lo que te gustaba de mí?

–No estamos hablando del pasado. Estamos hablando del presente.

–Da lo mismo –hizo un gesto para interrumpir la conversación y Aaron se alegró.

Aunque había culpado a Presley de su frustración, no estaba seguro de que fuera justo. Él no era capaz de identificar exactamente qué era lo que quería o lo que necesitaba. Solo sabía que era más de lo que Presley le estaba dando. Y quizá se lo mereciera por haber sido tan terco en el pasado.

–Preferiría que no habláramos de nosotros –le dijo Presley–. No puedo, no tengo tiempo.

–¿Por qué?

–Tengo que dar un masaje a las cuatro, así que debería ir yéndome. Ya he cancelado uno para venir hasta aquí. No quiero perder otra cita.

–¿Has cancelado…? Un momento, ¿por qué has tenido que cancelar un masaje?

–Para asegurarme de que lo que te he dicho esta mañana no va a impedir que aparezcas esta noche.

¿De qué demonios estaba hablando? Aaron la miró intrigado.

–¿Aparecer dónde?

–En mi casa.

–No recuerdo que me hayas invitado. Esta mañana parecías muy ocupada intentando echarme.

Presley miró a su alrededor y bajó la voz.

–Tienes una cita con Cheyenne.

–Yo no lo llamaría cita –replicó él con una mueca–. Estamos hablando de mi cuñada.

–Ya sabes lo que quiero decir.

–¿Entonces está ovulando?

–Sí. Te ha estado enviando mensajes, pero no has contestado.

Aaron metió las manos en los bolsillos.

–Tenía tanta prisa esta mañana que me he dejado el teléfono en casa.

Presley se recogió un mechón de pelo detrás de la oreja.

–¿Eso significa que sigues adelante con todo?

Si al menos no tuviera que… Pero no podía permitir que Dylan se enfrentara con una desilusión como aquella.

–¿A qué hora?

–Tarde, después de que Dylan se duerma, para que mi hermana pueda salir de casa sin que se dé cuenta. Nos enviará un mensaje a los dos. Dylan a veces se queda viendo la televisión hasta después de las doce.

–De acuerdo.

–¿La vas a apoyar?

–Ya le dije que estaba dispuesto, ¿no?

Presley tomó aire. Había estado muy nerviosa, pensando que podría haberle fastidiado el embarazo a su hermana.

–De acuerdo. Bien. Y muchas gracias.

–Pero con una condición.

Al advertir aquel cambio de voz, Presley dio media vuelta y entrelazó las manos delante de ella. Creía adivinar lo que iba a implicar aquella condición por la forma en la que la estaba mirando.

–¿Cuál es?

–Te costará un beso.

–¿Por qué?

–Porque por fin tengo algo de lo que aprovecharme.

–Ya basta –sabía que Aaron no le haría pagar ningún precio a pesar de lo que estaba diciendo–. Solo quieres besarme porque sabes que no quiero hacerlo.

Aaron soltó una carcajada.

–¿Desde cuándo? –preguntó–. Porque a pesar de lo que dices, tu cuerpo está diciendo algo muy diferente.

Presley se cruzó de brazos, adoptando una postura más defensiva.

–Muy bien. Pero que sea rápido.

Aaron también se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared.

–Tendrás que besarme tú.

–¿A qué vienen estos juegos?

–No es ningún juego.

Con aspecto irritado, Presley se acercó, apoyó las manos en sus hombros y se puso de puntillas para poder darle un beso. Al principio, Aaron pensó que aquel iba a ser el peor beso que habían compartido. Pero cuando deslizó los brazos a su alrededor, Presley se derritió contra él como siempre lo hacía. Después, entreabrió los labios, permitiéndole, exactamente, lo que quería, una forma de despedirse de ella con la que pudiera mostrarle realmente cómo se sentía.

Aunque no esperaba poder convencerla con un beso.

Por lo menos no fue ella la que se apartó. Cuando Aaron interrumpió el beso, ella alzó la cabeza y pareció realmente un poco aturdida.

–Has ganado –dijo Aaron, brindándole su mejor sonrisa.

Presley se le quedó mirando fijamente.

–¿Qué quieres decir?

–Iré a tu casa y le daré a Cheyenne lo que quiere. Y, a partir de entonces, te dejaré en paz.

–¿Qué?

–Es eso lo que quieres, ¿no?

–Pero… ¿y Wyatt?

–Estableceremos un horario para que pueda ir a verle.

En vez de ofrecerse para llevarla en coche al estudio, como habría hecho en condiciones normales, volvió de nuevo al interior del taller. Esperaba que Presley no le dejara escapar tan fácilmente. Quería que luchara por su relación de la misma forma que había luchado él. Pero si ella no estaba dispuesta a olvidar y a intentarlo de nuevo, a confiar en que era capaz de quererla, no podía hacer nada.