Capítulo 6

 

¡Mierda!, pensó Tessa para sí, mientras apretaba los puños con fuerza. Los nudillos palidecieron bajo la piel y las uñas se le clavaron en las palmas de las manos, pero apretó con más fuerza todavía. Quería levantarse y ponerse a caminar, pero no le daría a la arrogante recepcionista de Roland Kendall aquel placer. Aquella mujer ya era suficientemente desagradable y era más que evidente que estaba disfrutando de haber pasado cuatro horas observando a Tessa retorciéndose.

A las dos horas, se había obligado a llamar al trabajo para avisar. Le había explicado a Eric que el médico quería hacerle un análisis de sangre de rutina, pero que necesitaba ir a Denver. Para aligerar la mentira, había añadido que se tomaría el resto del día libre y haría algunas compras.

Eric parecía distraído y cuando ella le había preguntado por qué, había contestado que estaba teniendo problemas para ponerse en contacto con Roland Kendall. En aquel momento, Tessa se había sentido como si la estuvieran arrojando a otra dimensión. A un mundo hecho de hielo y ansiedad.

Pero había conseguido tranquilizarse. Eric siempre había tenido problemas para ponerse en contacto con Kendall porque este parecía haberse propuesto el ser una persona difícil de localizar.

Nada había cambiado, salvo que, en aquel momento, tenía a dos Donovan esperándole.

Tessa fulminó con la mirada la cabeza inclinada de la recepcionista. Se fijó en ella con todas sus fuerzas con la esperanza de que la frustración actuara como un cristal de aumento y su mirada hiciera un agujero en el cuero cabelludo de aquella mujer. Pero la recepcionista ni siquiera se movió. Al menos hasta que se abrió la puerta del despacho de Kendall y apareció él mismo en persona.

Tessa se levantó de un salto mientras Kendall salía pasándole el brazo por los hombros a un hombre que Tessa reconoció por haberle visto en el periódico. ¿Era el alcalde de Denver, quizá? No, alguien más importante. Un congresista.

Aunque estaba a solo un metro de distancia, Kendall la ignoró completamente mientras salía con su amigo.

Por un instante, Tessa consideró la posibilidad de seguirles, pero decidió que, andando de por medio un congresista de los Estados Unidos, aquella clase de determinación podría terminar haciendo que la detuvieran. Así que se mantuvo en su lugar y, unos minutos después, regresó Kendall. Le dirigió a Tessa una dura mirada.

–Señor Kendall –le saludó Tessa alegremente mientras se interponía en su camino–. Soy Tessa Donovan.

–Ya sé quién es usted

Oh-oh. Aquella voz destilaba frío y desdén. Ronald Kendall sabía lo que había hecho su hermano. No había ninguna otra explicación.

–Esperaba que pudiéramos hablar un momento en privado.

–¿De verdad cree que tiene algún sentido?

¡Oh, Dios santo! Aquella era una mala noticia.

–Eso espero, sí.

–Le ahorraré su tiempo. Yo…

–¿Por favor? –le pidió suavemente–. Solo un momento.

Kendall cedió al final, aunque Tessa sabía que probablemente no iba a servirle de nada.

Entró en su despacho con paso decidido y con Tessa pisándole los talones. Ella cerró la puerta al entrar.

–Siéntese –dijo él malhumorado, señalando una silla.

Tessa se sentó, pero al ver que Kendall permanecía de pie, cerniéndose sobre ella, sombrío y amenazador, volvió a levantarse.

–Mi hermano… –comenzó a decir.

–Sí –escupió él–, su hermano.

Tessa se aclaró la garganta e intentó pensar en una manera de abordar la conversación que pudiera funcionar. Desgraciadamente, la posibilidad de que pudiera servirle de algo el decir «perdone a mi hermano por haberse acostado con su hija» era pequeña, cuando no inexistente.

–Su conducta ha sido… imprudente.

–¡Imprudente! –repitió Kendall–. Este es un negocio de millones de dólares y no ha sido capaz de mantener los pantalones puestos ni durante el tiempo que se tarda en firmar un contrato

–Ah…

La boca de Tessa quería decir algo sobre que tampoco su hija había sido capaz de mantener las bragas puestas, pero tomó aire en vez de restregarle aquello por la cara.

–Como joven comercial, yo misma he sido testigo de cómo la vida social y el trabajo se cruzan en algunas ocasiones.

–¡Una imprudencia! –insistió, como si Tessa no hubiera dicho nada–. ¿Qué clase de idiota arriesgaría un negocio para disfrutar del sexo?

«¿Su hija?», gritaba la mente de Tessa. Pero sofocó su enfado con una solemne afirmación.

–Señor Kendall, lo siento. Esto….

–Es su hermano el que debería estar aquí disculpándose.

–Sí, por supuesto. Y quiere hacerlo. Por eso le he estado llamando, precisamente. Para poder concertar una cita entre los dos.

Kendall pareció tragarse el anzuelo, con el sedal y la plomada, probablemente porque había asumido que era Tessa la que se encargaba de atender el teléfono en la oficina. Aquel hombre era un retrógrado.

–¡Al diablo! –gruñó–. Eso ya no importa. El contrato queda anulado.

–No –dijo Tessa sin aliento–. Esto es un negocio, señor Kendall, como usted mismo ha dicho. Jamie y Monica son dos adultos que han dejado que las cosas se les fueran de las manos mientras estaban hablando de negocios…

–¡Le puso las manos encima a mi hija! –gritó Kendall–. ¿De verdad cree que voy a hacer negocios con él ahora?

–¡No tendrá por qué hacerlos! Eric y yo nos encargaremos de todo. No tendrá que volver a ver a Jamie nunca más. Y también le mantendré alejado de su hija. Se lo prometo.

De acuerdo, no tenía la menor idea de cómo iba a mantener aquella promesa, pero el pánico burbujeaba dentro de ella como si estuviera sacudiendo una botella de refresco. Cada una de las críticas que Eric le había echado en cara a Jamie estaba a punto de convertirse en una sólida piedra. Una roca gigante de burla, enfado y frustración entre los dos. ¿Y dónde la dejaba eso a ella? ¡Sus hermanos eran lo único que tenía!

Kendall se alejó de Tessa para asomarse a la ventana que daba a todo el frente de la cordillera, desde el pico Pike hasta el pico Long. Taladraba la cadena de montañas como si pudiera hacerla derrumbarse con la mirada.

Tessa cruzó los dedos hasta perder la sensibilidad en las manos. «Por favor, por favor, por favor…».

–No –dijo Kendall por fin.

–Señor Kendall, no tome una decisión todavía. Está enfadado. Por supuesto que está enfadado. Así que espere un par de días. Somos un negocio familiar, como Kendall Group. Eso nos da la fuerza, pero a veces también complica las cosas, ¿no es cierto?

El ojo de Kendall tembló. Solo el ojo izquierdo, y ella lo interpretó como una buena señal.

–Mi padre fundó Donovan Brothers hace veinticinco años. Le puso el nombre al establecimiento en honor a un hermano que perdió en Vietnam. Nuestros padres murieron cuando Eric tenía solo veinticuatro años. Era apenas un niño. Podría haber vendido la cervecería, cualquiera lo habría hecho en su lugar. Pero se hizo cargo de ella y la convirtió en lo que es hoy. Es una compañía fuerte, pero si lo es, es gracias a la familia, al igual que lo son sus empresas. Por favor. Tómese unos días para pensarlo. Mire las cifras que le entregó Eric. El trato beneficiará a las dos familias, se lo prometo.

Kendall alzó la mirada hacia el techo del despacho y respiró hondo.

–La respuesta seguirá siendo no, pero voy a pasar unos días en Nueva York, así que esperaré hasta mi vuelta. Una semana. Eso es todo lo que puedo concederle.

–Gracias, señor Kendall. Eso es lo único que le pido. Solo unos días –corrió hacia él y le agarró la mano–. Gracias –dijo otra vez, estrechándole la mano con fuerza.

Al final, él consiguió liberarse y le señaló la puerta. Tessa salió rodeada de una burbuja de esperanza. Ni siquiera miró con desprecio a la recepcionista al pasar por delante de ella. Solo unos días. Unos días sin pánico y, a lo mejor, podría aplazar lo imposible. Si al menos pudiera conseguir que todos los hombres se decidieran a colaborar al mismo tiempo…

 

 

Luke miró sobre la pila de carpetas y vio que Simone agarraba la chaqueta y salía de la comisaría sin mirar atrás. Seguramente era la hora de marcharse, pero al menos podría haberle dicho adiós con la mano. O haberle enseñado el dedo. Era evidente que estaba enfadada con él porque la había seguido. Bueno, tampoco pasaba nada. Él también estaba enfadado por todo lo demás, de modo que estaban en paz.

Cerró la carpeta que tenía delante de él, la dejó sobre el montón de archivadores y agarró otra de la pila más alta. Simone y él estaban revisando todos los robos en comercios de los últimos dos años para ver si podían relacionar alguno de ellos con los nuevos. Tras cinco horas de trabajo, no habían encontrado ni una maldita pista.

Luke agradecía el silencio de la sala acristalada de reuniones, pero los fluorescentes le estaban provocando un dolor de cabeza por encima del dolor de cabeza que ya tenía cuando había llegado. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo de la silla. Estiró los tensos músculos del cuello. La columna vertebral le crujió. Pero su mente continuaba retorciéndose como un pez agonizante. Había vuelto a Boulder para simplificar su vida. Pero había terminado siendo otro error para apuntar en su lista.

Cuando le sonó el teléfono, ignoró los primeros trinos antes de alargar la mano para mirarlo. No se habría sorprendido más si en la pantalla hubiera aparecido el nombre de Santa Claus.

–¿Qué demonios? –musitó.

Presionó el botón de llamadas y se llevó el teléfono tentativamente al oído.

–¿Luke? –preguntó una dulce voz.

–¿Sí?

–Soy Tessa, ¿cómo estás?

–Estoy… Bueno, he estado mejor. No esperaba que llamaras.

–¡Ah! ¿Ha hablado Jamie contigo?

–Sí –sus músculos volvieron a tensarse–, ha hablado conmigo.

El silencio se alargó entre ellos durante varios segundos y después, oyó a Tessa tomar aire al otro lado del teléfono.

–¿Es verdad? ¿Es cierto que tú eres el padre?

–No.

–Pero todo el mundo cree que lo eres, ¿verdad?

–Sí.

Tessa suspiró y Luke esperó la siguiente pregunta.

–¿Por qué? –preguntó por fin.

Y Luke se descubrió a sí mismo contando la verdad por primera vez.

–Todo el mundo cree que es verdad porque Simone y yo estamos muy unidos. Éramos amigos íntimos, pero nunca hemos sido amantes.

–¿Entonces quién es el padre?

Le tocó entonces a Luke suspirar.

–No lo sé. Es una larga historia.

–Pareces triste.

Triste. Sí. Aquello le hizo sonreír.

–Supongo que es una forma de decirlo.

–¿Cabreado?

Luke ensanchó la sonrisa.

–Quizá.

–¿Quieres hablar de ello?

Luke miró con el ceño fruncido el bolígrafo que estaba empujando sobre la mesa.

–No creo que sea…

–Vamos, hazme caso, invítame a cenar.

–Eh….

De acuerdo, aquella era una situación complicada. En cualquier otra circunstancia, Luke habría levantado las manos y se habría dado la vuelta lentamente para alejarse de una virgen con dos hermanos mayores dispuestos a protegerla. ¿Por qué demonios tenía que ser Tessa la única mujer capaz de hacerle sonreír últimamente? ¡Maldita fuera!, dijo en silencio, y se frotó los ojos.

–De acuerdo –respondió, bajando la voz con evidente desilusión–. Lo comprendo. Supongo que soy una persona complicada.

¿Ella? ¡Por el amor de Dios!

–No seas estúpida, Tessa. Estaré allí dentro de media hora. ¿Te gustan las hamburguesas?

–Supongo que te refieres a las hamburguesas de Skin.

Luke sonrió mirando hacia la mesa.

–Sí.

–Hamburguesa con queso y guacamole –pidió rápidamente Tessa–. Sin cebolla. Y aparca detrás de mi casa.

Y con aquel recordatorio de lo idiotas que estaban siendo ambos, Tessa colgó el teléfono, temiendo probablemente que anulara la cita. Porque cualquier hombre cuerdo lo habría hecho.

Exacto. Lo había expresado perfectamente. Cualquier hombre cuerdo.

Por lo menos podía reivindicar un ligero consuelo. No había ninguna posibilidad de que se acostara con Tessa Donovan aquella noche, así que, probablemente, era la mujer más segura para salir a cenar.

–Ni siquiera yo soy tan estúpido –musitó mientras apilaba las carpetas y agarraba las llaves–. De ningún modo.