Luke enfrentó el día siguiente con una actitud negativa y un ceño feroz. Consiguió soportar las dos horas de la reunión mensual sin arrancarle la cabeza a nadie, pero lo logró por los pelos. Y mostrarse educado con Simone estaba comenzando a hacer que peligrara su cordura. De modo que cuando llamaron del Departamento de Policía de Denver, dándole una excusa para salir de la comisaría, se aferró inmediatamente a ella.
–En Denver tienen setenta y cinco expedientes de robo para que los revisemos. ¿Lo quieres?
Simone no apartó la mirada de la pantalla del ordenador.
–No, quédatelo tú.
Luke se marchó sin decir una sola palabra. Necesitaba desahogar su frustración con su compañera, pero aquel no era el día. Aquel día estaba excitado y enfadado con el mundo, y era mejor trabajar en otra ciudad. Tampoco quería tener tiempo para pensar. Estaba harto de su propio mal humor, así que puso un CD de Nirvana a todo volumen. La angustia de cualquier otro era preferible a la suya.
Para cuando llegó al cuartel general del Departamento de Policía de Denver, ya se sentía algo mejor.
–¡Eh, Asher! –le llamó uno de los policías–. ¿Has venido para recibir algún consejo de auténticos detectives?
Luke reconoció a aquel tipo como a uno de los compañeros con los que se había graduado en la academia y le saludó enseñándole cariñosamente el dedo corazón. El otro detective no estaba dispuesto a dejarle en paz.
–¿Alguien ha robado un poco de tofu de una de esas tiendas de alimentos saludables de por allí?
Sacudiendo la cabeza, Luke empujó las puertas que conducían al Departamento de Registros para ponerse a trabajar. No le molestaron ni lo más mínimo aquellas pullas. Al fin y al cabo, él ya había pasado una temporada en Los Ángeles y había preferido las relativamente tranquilas calles de Boulder. No habían vuelto a dispararle ni una sola vez desde que había regresado. Ni apuñalado. Y tampoco se había divorciado. A lo mejor aquel era su nuevo mantra.
Dejó la taza del típico café pésimo de la comisaría y se concentró en los casos que tenía ante él. En cada uno de ellos. Tres horas después, había encontrado algo condenadamente interesante.
Tamborileó el lápiz contra su frente y esperó a que le devolviera una llamada un contacto que tenía en la División de Delitos de Denver mientras revisaba de nuevo los expedientes, solo para asegurarse de que los había leído bien.
El detective Ben Jackson le devolvió por fin la llamada.
–Tuvisteis hace un año una oleada de robos, ¿verdad?
–Sí, nueve robos. Ya los has visto, ¿no?
–Sí. Robaron unos ordenadores y a partir de ese momento hubo una oleada de robos. Pararon hace seis meses, ¿verdad?
–Exacto. Nunca pudimos demostrar que hubiera alguna relación entre ellos. No dejaron huellas dactilares y no encontramos ninguna pista que se pudiera rastrear. Pero por supuesto…
–Sí, todo estaba perfectamente organizado.
–Eso es lo que yo pienso.
Luke se golpeó con más fuerza con el lápiz.
–Y nuestros robos empezaron un mes después de que acabaran los de Denver.
–Toda una coincidencia –dijo Ben.
–Sí, ¿por qué no sigues y resuelves este caso por mí, detective Jackson? ¿No te gustaría?
–No tengo nada. Y haz tu propio trabajo, tío.
–Interesante –contestó Luke, arrastrando las palabras–. Me estás diciendo que Denver no pudo manejar el caso y que estás buscando ayuda de Boulder.
–Búrlate todo lo que quieras. Ahora el problema es tuyo. A lo mejor fue cosa de un estudiante de bachiller que ahora está en la universidad.
Luke colgó el teléfono y se golpeó con el lápiz varias veces más. Miró los casos apilados, intentando calcular cuánto tardaría en rellenar los formularios para que le enviaran las copias a Boulder. A lo mejor podía memorizarlos todos.
–Mierda –gimió.
Aquello iba a costarle más de lo que le había costado separarse de Tessa la noche anterior.
Una hora y media después, abandonó por fin el departamento con un montón de formularios impresos en la mano. En cualquier caso, el viaje había servido de algo. En aquel momento, habría dado cualquier cosa por estar de nuevo en Boulder, al lado de su reservada y embarazada compañera, y no disfrutando del sexo con una mujer que había resultado no ser virgen y que, probablemente, no volvería a dirigirle la palabra en toda su vida.
Pero, como solo estaba a tres minutos de la casa de su madre, decidió dejarse caer por allí a saludar.
Otra decisión errónea.
La puerta de la casa de su madre estaba abierta a la brisa primaveral y Luke pudo oír voces en la cocina. Dio unos golpecitos en la madera de la pantalla.
–¿Mamá? ¡Soy yo!
Luke no había crecido en aquella pequeña vivienda de los años veinte y no se sentía cómodo entrando sin llamar. Su madre la había comprado cinco años atrás. Era su primera casa. Luke estaba muy orgulloso de su madre.
Pero cuando cesaron las voces y las dos mujeres se asomaron por la esquina de la cocina, retrocedió tan rápidamente que estuvo a punto de caer rodando por los escalones de la entrada.
Sí, siempre había sabido que su madre y su exesposa todavía tenían una buena relación, pero no imaginaba que estuvieran tan unidas.
–¡Luke! –exclamó su madre mientras abría la puerta. Una sonrisa de preocupación tensaba su rostro redondeado–. Eve ha venido a verme desde California.
–Sí, ya lo veo.
No tenía más remedio que entrar. Bueno, también tenía la posibilidad de quedar como un completo estúpido y largarse, pero era mejor persona que eso. O suficientemente mezquino como para no darle a Eve aquella satisfacción.
–Hola, Luke –le saludó ella, tendiéndole la mano.
Se le hacía muy extraño estrecharle la mano a una mujer con la que había compartido la cama, pero se la estrechó de todas formas.
–Tienes buen aspecto –le dijo.
Y era cierto. Le había crecido el pelo, e incluso había recuperado su antiguo color castaño. Tenía la piel bronceada, saludable, en vez de grisácea por culpa de la enfermedad. Parecía… feliz. Luke se sobresaltó al sentir una punzada de alivio mezclada con el enfado.
–Tú también tienes buen aspecto –contestó Eve–. De verdad.
–Gracias.
Luke se aclaró la garganta e intentó atrapar la mirada de su madre, pero ella había decidido aprovechar aquel momento para ordenar las fotografías que había colocado sobre una mesita auxiliar.
–Entonces –se aventuró a decir Luke nervioso–, ¿estás aquí por motivos de trabajo?
–Sí, hay una importante feria de alimentos naturales y llevo la caseta de Good Grains.
–Genial –respondió Luke antes de que los dos se sumieran en un incómodo silencio.
No la había vuelto a ver desde que se había marchado de Los Ángeles y le irritaba la extrañeza de la situación.
–¡Oh, Dios mío, ven aquí! –dijo Eve de pronto, y le rodeó la cintura con los brazos.
Perplejo, Luke posó las manos en sus hombros y le devolvió el abrazo. Ella olía igual que siempre, y él no pudo evitar fruncir el ceño. Le resultaba condenadamente raro abrazarla. Familiar y condenadamente extraño al mismo tiempo.
Su madre, desde detrás de Eve, le dijo, moviendo los labios:
–¡Lo siento!
–Tienes un aspecto realmente magnífico –repitió Eve, abrazándole por última vez–. Tu madre me ha dicho que estabas saliendo con alguien.
–¿Tessa? –preguntó él confundido.
Pero entonces reparó en que su madre no sabía nada de Tessa. De hecho, la vio abrir los ojos de manera notable, pero Eve se limitó a sonreír.
–¿Se llama así?
–Eh, sí. De todas formas, mamá, solo pasaba por aquí para saludarte. Pero veo que estás ocupada y yo tengo que volver al trabajo.
Eve le agarró del brazo.
–No, no te vayas por mi culpa. Me iré yo.
–No, de verdad, no te preocupes. Tengo que irme.
Su madre se retorció las manos y le dirigió una enorme sonrisa que tembló en las comisuras.
–¡Te llamaré! –le dijo mientras Luke salía por la puerta.
–Más te vale –musitó él.
Le abrasaba la piel, como si sintiera sus miradas sobre él mientras se alejaba. Se metió en el coche sin mirar atrás, aunque la necesidad de hacerlo era tan fuerte que tuvo que apretar los ojos con fuerza mientras se deslizaba en el interior del coche.
Luke se apartó de la acera. Estaba yendo por un camino equivocado, pero aquella era la menor de sus preocupaciones.
–¡La madre de Dios! –susurró, estremecido hasta las entrañas.
Se sentía como si alguien le hubiera dado un puñetazo y le hubiera arrebatado todo el aire de los pulmones.
Eve.
Aquella mujer había sido su vida entera y su divorcio le había dejado caminando entre la niebla durante mucho tiempo. Pero, en aquel momento, se estaba dando cuenta de que no había vuelto a ver su rostro desde hacía casi tres años y había estado… bien. Y después de haberla vuelto a ver… también se sentía bien. La época de Los Ángeles y su matrimonio parecían formar parte de otra vida. Como si ya no tuvieran nada que ver con él.
Él sabía que no era cierto. Al fin y al cabo, su estómago todavía no había regresado a su lugar habitual. Pero no tenía la menor tentación de darle un puñetazo a nada. No estaba furioso.
De hecho, cuando su madre le llamó diez minutos después, consiguió contestar con un escueto «hola», en vez de con una respuesta menos educada.
–Luke, lo siento. No tenía la menor idea de que ibas a venir hoy.
–¿Entonces sabías que ella iba a ir a casa?
–Yo… sí. Ya sabes que seguimos teniendo contacto.
–Sí.
Le fastidiaba hasta lo infinito, pero lo había aceptado. Eve era la hija que su madre nunca había tenido y ella no había dejado de querer a Eve después del divorcio. Pero, en un primer momento, Luke lo había contemplado con indignación. Al fin y al cabo, había sido Eve la que le había dejado y él pensaba que a su madre le molestaría y se mostraría protectora con él. Aparentemente, su madre era mejor persona que él.
–Solo pasará una noche aquí.
–¿Se va a quedar en tu casa? –ladró.
–Lo siento –volvió a disculparse su madre.
Luke suspiró y se frotó el cuello.
–Mira, sencillamente, me ha sorprendido. Eso es todo.
–Estupendo, me alegro. Por un momento, parecías terriblemente enfadado.
–Estoy bien.
–Entonces, si estás bien…
–¿Sí? –preguntó receloso.
–¿Quién es esa Tessa que has mencionado?
Si no hubiera estado en una carretera tan transitada, Luke habría apoyado la frente en el volante y habría gemido. Puesto que aquella no era una opción, se limitó a sacudir la cabeza con expresión de absoluta incredulidad.
–¿De verdad me estás haciendo esa pregunta?
–Sí, de verdad. Le dije a Eve que estabas saliendo con alguien para dejarle claro que habías conseguido seguir con tu vida. No tenía la menor idea de que estaba diciéndole la verdad.
–Lo siento, pero te equivocas. No tengo ninguna novia.
Pero su madre no renunció.
–¿Y quién es esa Tessa?
–Es una chica con la que he tenido una cita y hay muchas posibilidades de que sea la última.
Prefirió ignorar la cita que había terminado en el sofá de Tessa porque estaba bastante convencido de que aquello solo podía ser calificado como un gran malentendido.
–Bueno, mantenme informada.
–Ni lo sueñes.
Su madre rio con tantas ganas que terminó resoplando.
–De acuerdo. Pero te echo de menos. No tardes en dejarte caer por aquí.
–Yo también te quiero. Pero no pienso volver a dejarme caer por allí. La próxima vez, concertaré una cita.
Colgó el teléfono y miró el salpicadero. Solo eran las tres, pero se sentía como si llevara dieciséis horas trabajando. Con tanto tráfico, serían las cuatro para cuando llegara a la comisaría. Quizá debería dar por terminada la jornada, volver a casa y abrir su polvorienta botella de whiskey. Si un hombre no se merecía una noche de copas después de una escena como aquella, ¿entonces cuándo?
Al parecer nunca, porque sonó el teléfono un minuto después, mostrando en pantalla el nombre de Simone. Luke ni siquiera se tomó la molestia de suspirar mientras descolgaba.
–¿Qué pasa?
–¿Tienes ganas de interrogar a otro sospechoso de robo? –parecía absolutamente feliz–. Han atrapado a alguien con las manos en la masa.
–¿Otro robo? ¿A las tres de la tarde?
–No. Un coche patrulla ha parado a un tipo que estaba en busca y captura y le han encontrado un barril de cerveza de Donovan Brothers en el maletero.
–Genial. De acuerdo. Estaré allí dentro de media hora y te explicaré lo que he encontrado en Denver.
Luke colgó el teléfono y presionó el interruptor de las luces que llevaba disimuladas en la rejilla del coche. Mientras sorteaba el tráfico, todo su cansancio se desvaneció con el reflejo de las luces parpadeantes. A lo mejor, al final podía salvar algo de aquella jornada.