Tessa abrió la puerta de atrás de la cervecería tan sigilosamente como pudo y se deslizó en la cocina. Estaba vacía, gracias a Dios. Cruzó de puntillas el suelo de baldosas grises y asomó la cabeza por el pasillo. La puerta de Eric estaba medio abierta y pudo ver su escritorio y una de sus manos sobre el teclado.
Conteniendo la respiración, cruzó corriendo el pasillo y empujó las puertas abatibles que conducían a la zona delantera. Jamie estaba bajando las sillas de las mesas después de haber pasado la aspiradora.
–¡Jamie! –susurró–. Necesito hablar contigo.
Jamie se volvió hacia ella con los ojos abiertos como platos.
–¿Que necesitas hablar conmigo?
–Sí.
–¿Estás de broma? Te has acostado con él. ¡Te has acostado con él aunque yo te dije que no lo hicieras!
–Vamos, Jamie. Tú no tienes por qué decirme con quién tengo que acostarme.
–¡Claro que sí! –gritó.
Tessa sacudió la cabeza frenética y corrió hacia él para taparle la boca con la mano.
–¡Cállate! Eric te va a oír.
–Eric también quiere hablar contigo, puedes creerme.
Sus palabras salieron ligeramente amortiguadas por la mano de Tessa, pero, por lo menos, no estaba gritando.
Tessa apartó la mano y se la secó en los vaqueros.
–Esto no tiene nada que ver con Luke.
–Luke –repitió Jamie con desprecio.
–¡Escucha! Ayer no me devolviste la llamada. ¡Hablé con Kendall! Creo que voy a poder convencerle de que retome el contrato.
–Yo… ¿qué?
Tessa asintió.
–De momento, se ha mostrado de acuerdo en tomarse unos días para pensárselo. Pero necesitamos un plan B.
En vez de mostrar entusiasmo, Jamie la miró con recelo.
–¿Qué clase de plan B?
–Algo que podamos ofrecerle a Eric si esto falla. Algo que le ayude a olvidarse de High West. ¿Qué tal tu idea de darle al bar de la cervecería un aire de pub? Podríamos ofrecer sándwiches, hamburguesas y cosas de ese tipo.
–¡Ah, sí! Había olvidado que tú no estabas delante cuando lo propuse. Básicamente, me dijo que lo que yo pretendía era arruinar el negocio y llevarnos a la bancarrota.
Tessa se encogió ante la furia que rezumaba la voz de Jamie.
–Así que no creo que sea una distracción muy conveniente –concluyó Jamie.
–De acuerdo –contestó Tessa, olvidando aquella sugerencia y pasando a la siguiente idea–. ¿Y qué tal ese comerciante que…?
Antes de que hubiera terminado la frase, Jamie alzó la mirada y tosió.
Tessa se volvió y se descubrió enfrente de Eric. Este le dirigió una mirada glacial y, en aquel momento, Tessa se sintió como una adolescente enfrentándose a su padre. Un padre que había sido testigo de algo que, realmente, no debería haber visto. Entrelazó las manos y tragó con fuerza.
Eric cruzó los brazos y bajó la mirada hacia ella.
–No sé por qué has intentado evitarme para hablar con Jamie. Él está tan enfadado como yo.
Tessa tragó saliva una vez más, intentó sosegar su agitada mente y después cuadró los hombros.
–Ninguno de los dos tiene derecho a estar enfadado. De hecho, soy yo la que está enfadada con Jamie.
Retrocedió para poder abarcarlos a los dos con la mirada. Jamie continuaba con la misma expresión de confusión que había mantenido durante la conversación que Eric había interrumpido.
–No tenías ningún derecho a hablarle a Luke de mi vida sexual –le acusó Tessa.
Aquello hizo olvidar a Jamie la conversación para llevarle a un nuevo nivel. Los ojos parecían a punto de salírsele de las órbitas.
–¡Me habías dicho que no tenías vida sexual!
–¡No es verdad! Yo jamás os he contado ni una maldita cosa a ninguno de los dos sobre eso.
Jamie la señaló con el dedo.
–Me dijiste que no andabas metida en nada.
Eric alzó bruscamente la barbilla.
–Es verdad. Eso lo dijiste.
–Lo que pretendía decir era que no estaba haciendo nada por lo que pudiera quedarme embarazada en ese momento.
–¿Y ahora? –le espetó Jamie.
–Por el amor de Dios, Jamie, no intentes decirme que tengo que reservarme para llegar virgen al matrimonio –Jamie palideció un poco y Tessa pasó después a Eric–. ¿Y tú? ¿Cuándo te acostaste con alguien por última vez? Deberíamos tener una profunda conversación al respecto, porque, aparentemente, se supone que tengo que protegerte de eso.
Como si los dos hermanos fueran completamente opuestos en todos los aspectos, el rostro de Eric se incendió hasta adquirir un tono rojo luminoso.
–Yo no… Tú… Eso no es asunto tuyo.
–Exactamente.
Eric se aclaró la garganta y comenzó a examinarse atentamente los zapatos.
–Entonces… ¿no dejaste que Luke pasara la noche en el sofá?
–¿Qué?
Eric se encogió de hombros.
–Pensé que había alguna posibilidad. Que a lo mejor necesitaba un lugar en el que quedarse a dormir.
Dios santo. Realmente, Tessa había conseguido mantener su farsa con gran destreza. Su hermano la veía como a una adolescente de diecisiete años. En realidad… Tessa recordó su último año en el instituto y redujo la edad a los dieciséis.
Pero, aunque hacía mucho tiempo que no tenía dieciséis años, le había parecido más fácil mantener aquella farsa. Más fácil para Tessa y, lo más importante, más fácil para Eric.
–Ni siquiera deberíamos estar hablando de esto –musitó.
–Yo tampoco quiero hablar de ese tema, pero el problema no es solo lo que has estado haciendo.
Tessa se tapó los ojos.
–Es por Luke. No es un hombre para ti.
–Ya te he dicho… –comenzó a advertirle Tessa.
Pero Jamie la interrumpió.
–No es solo lo de su compañera. ¿Se ha molestado en mencionar su divorcio?
Tessa se esforzó en no mostrarse sorprendida. No, Luke no le había dicho nada de su divorcio, ¿pero realmente la sorprendía?
–No hemos hablado de nuestras relaciones anteriores. Todavía no es una relación tan seria.
Jamie soltó un bufido burlón.
–Su divorcio es asunto suyo –insistió Tessa.
Jamie y Eric intercambiaron una mirada tan elocuente que Tessa se sintió incómoda.
–Espera, está divorciado, ¿verdad? No estás diciendo que está casado…
–No –contestó Eric, pero se quedó mirando fijamente a Jamie hasta que este asintió.
Eric se volvió entonces y abandonó la habitación.
–¿Qué pasa? –Tessa comenzaba a tener miedo de verdad.
Por un momento, empezó a temer que la exesposa de Luke hubiera resultado herida en un misterioso accidente con un freno roto de por medio.
Jamie se dejó caer en una silla y le hizo un gesto para que también ella se sentara. Tessa se sentó lentamente en el borde de la silla.
–Yo no quería contártelo.
Tessa le hizo un gesto para que se diera prisa.
–Luke se casó con una chica a la que había conocido en el instituto. No sé nada sobre cómo fue su matrimonio, pero, hace unos cuantos años, ella enfermó.
–¡Oh, no!
–Tuvo un cáncer de mama.
Tessa se llevó las dos manos a la boca para sofocar una exclamación.
–¿Ella…? Pero has dicho que está divorciado.
–Sí –respondió Jamie rotundo–. Luke la dejó cuando todavía estaba enferma.
Tessa no respondió en un primer momento. Sencillamente, todo le parecía demasiado ridículo. ¿Qué clase de hombre podía hacer una cosa así? Desde luego, no un hombre al que parecía devorar la preocupación por su compañera embarazada.
–No –se limitó a decir–. No fue así.
–Claro que sí.
–Jamie, tú le conoces. Sabes que jamás haría algo así.
–Tessa, yo conozco a un tipo con el que solía salir de fiesta. No tuvimos muchas conversaciones profundas sobre el amor y la moralidad.
–Bueno, pues no es verdad –le espetó.
Jamie suspiró y se llevó los dedos a la sien.
–No seas una de esas, chicas, Tessa, por favor.
Tessa había comenzado a empujar la silla hacia atrás, pero se quedó paralizada ante sus palabras y posó las manos en la mesa.
–¿A qué clase de chicas te refieres?
–Tessa –Jamie apretó los labios con un gesto de desaprobación–, por favor. El hijo no es suyo, él no dejó a su esposa y el problema es que nadie le comprende, pero, en realidad, es un gran hombre.
Tessa abrió la boca horrorizada.
–¡Yo no soy de esa clase de mujeres!
–Estupendo, porque yo no te he criado para que un hombre te pisotee.
–¡Oh, por favor! Tú no me has criado.
Entonces fue Jamie el que se mostró indignado.
–¡Eh, yo también hice mi parte!
Tessa comprendió que había herido sus sentimientos y se retractó.
–De acuerdo. Reconozco que se te da genial hacer de hermano mayor. De hermano mayor repulsivo.
–Genial –replicó él–. Pues te advierto que una de mis obligaciones como hermano mayor es darle una paliza de muerte a Luke Asher la próxima vez que le vea, y eso es exactamente lo que pienso hacer.
Sintiéndose todavía culpable por su falta de tacto, Tessa rodeó la silla de su hermano y le pasó los brazos por los hombros.
–Nada de palizas. Mantente al margen de esto –le dio un beso en la mejilla mientras su hermano gruñía–. Ahora, tengo que ponerme a trabajar.
–¡Espera un momento! ¿Qué te dijo Kendall exactamente?
–¡Shh! –le miró con el ceño fruncido mientras salía de la zona de la barra.
Tessa corrió hacia su despacho, cerró la puerta y se inclinó después contra ella con un gemido. ¿Cuándo había comenzado a complicársele la vida? Por supuesto, siempre había estado pendiente de mantener a Jamie feliz, a Eric tranquilo, su trabajo por buen camino y su vida sentimental en secreto. Pero se suponía que la recompensa a tanto esfuerzo tenía que ser una navegación tranquila, no veinticuatro horas de locura.
Y, en aquel momento, el estómago le ardía con ansioso dolor al pensar en Luke. ¿Sería posible que se hubiera equivocado tanto al juzgarle? A ella le parecía un buen tipo con una dura fachada. ¿Pero sería una actuación? Odiaba admitirlo, pero Jamie tenía razón en algo. ¿Cuántas mujeres conocía que se negaban a reconocer una verdad que era evidente para todos los demás?
Una de sus mejores amigas se había arruinado por culpa de la estupidez de un hombre. De Jamie, en realidad. Su amiga Grace había adquirido la costumbre de enamorarse siempre del hombre que no debía. Lo único que había hecho Jamie había sido estar en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Había coqueteado con Grace, como coqueteaba con cualquiera, y la joven se había enamorado perdidamente de él, llegando incluso a acosarle. Unas semanas después, cuando le habían prohibido entrar en la cervecería por conducta que podría entrar fácilmente en la categoría del acoso, se había enamorado de un hombre casado que había prometido que estaba a punto de dejar a su esposa.
Un puro engaño.
¿Habría recogido Tessa aquel testigo y estaría empezando a ver en Luke cosas que no existían? Estaba prácticamente segura de que no… pero aquel podía ser otro síntoma, ¿no?
Intentó olvidar su preocupación. Al fin y al cabo, lo único que había hecho con Luke había sido disfrutar del sexo. No se había casado con él. Con independencia de que fuera o no un estúpido, estaba condenadamente segura de que conocía el cuerpo de una mujer. Ella había terminado la velada más que feliz. Y aquello era lo único que necesitaba.
Se alisó la camiseta, respiró hondo y se sentó para atender unas facturas que estaban reclamando su atención. Las tramitó lo más rápidamente que pudo porque necesitaba ahorrar tiempo para hacer números. Si la idea de Jamie de añadir comida a la carta que hasta entonces ofrecían no satisfacía a Eric, entonces ella tendría trabajo extra para sellar el acuerdo con High West. En realidad, ya había hecho los cálculos meses atrás, pero a lo mejor convenía ajustarlos un poco. Bajar la cantidad para convencer a Roland Kendall. La emoción la urgía, tenía la sensación de que podría hacerlo. De que podría sortear aquel obstáculo. Siempre lo hacía.
Sí, definitivamente, todavía quedaba algún espacio para modificar las cifras. No mucho, pero un poco. Si se las servía a Kendall en bandeja de plata, bien aderezadas y con una enorme y confiada sonrisa…
Un sentimiento de inexorable triunfo la impulsó a sonreír mientras cerraba la hoja de cálculo. Decidida a alimentar aquella sensación, abrió la cuenta de Twitter y leyó todos los cumplidos que las mujeres habían dejado para Jamie. La clientela mostraba un gran afecto por sus piernas desnudas, por no hablar de una ardiente curiosidad por saber qué ocultaba bajo la falda irlandesa.
Ignoró todo aquello, su trabajo no consistía en coquetear en nombre de su hermano, y envió un nuevo mensaje:
Si la gente me pide que cante Danny Boy esta noche, es posible que desempolve mis cuerdas vocales.
¡Ja! Jamie odiaba aquella canción. Deseó poder estar allí para verlo.
Pero aquel despreocupado humor no duró mucho. Una brusca llamada a la puerta le borró la sonrisa.
–Adelante –dijo con recelo.
Eric empujó la puerta abierta, pero pareció vacilar antes de entrar.
–¡Eh! –saludó.
Alzó la mano para enseñarle el montón de sobres que llevaba en la mano.
–Son facturas –aclaró, aunque no era necesario.
–Gracias.
Entró, dejó las facturas en el borde del escritorio y retrocedió inmediatamente.
Tessa estaba desgarrada por dentro. Por una parte, quería pedirle disculpas por lo de aquella mañana, asegurarle que estaba bien, decirle que no tenía que preocuparse por ella. Que nunca tenía que preocuparse por ella. Y que ese era su objetivo en todo lo que hacía.
Por otra parte, quería pedirle la llave de su casa y decirle que no volviera a dejarse caer por allí sin avisar. Pero sabía que no lo haría. Aquella casa había pertenecido a sus padres. Francamente, continuaba perteneciéndoles a los tres, aunque sus hermanos hubieran intentado venderle sus respectivas partes a un precio ridículamente bajo. ¿Cómo podía negarles la entrada al que había sido el hogar familiar? Era preferible mantener cualquier posible relación sexual en casa de su amante.
–Lo siento –dijo, pero Eric negó con la cabeza.
–No, soy yo el que lo siente. Eres una mujer adulta y no necesitas mi permiso para… –hizo un gesto con la mano–. Para hacer nada. El problema es que he estado muy estresado.
–¿Por qué? ¿Qué pasa?
–Ese estúpido de Kendall ha empezado a ignorar mis llamadas otra vez.
A Tessa se le paralizó el corazón.
–Oh –fue lo único que consiguió decir a través de la garganta cerrada.
–Ya habíamos redactado el contrato final. Lo único que quedaba por hacer era firmarlo. ¿Qué demonios cree que está haciendo?
Tessa tuvo que tragar con fuerza para poder hablar.
–A lo mejor… A lo mejor ni siquiera está en la ciudad.
–Sí, sé que está fuera, pero tampoco contesta a mis llamadas de teléfono.
–Probablemente esté ocupado. Esto no es algo que no haya hecho antes.
Eric no parecía en absoluto convencido.
–No me da buena espina. Hasta hace unos días, era él el que presionaba para que llegáramos a un trato. Pero ahora se supone que ya tenemos un acuerdo.
–Bueno, no sigas llamándole –le aconsejó Tessa precipitadamente–. Solo estás consiguiendo irritarle.
–¡Y él me está enfadando a mí! –gruñó Eric–. ¿Sabes? Creo que llamaré a Monica.
–¿Qué?
Eric fijó por fin la mirada en ella y Tessa se dio cuenta de que su grito de horror debía de haberle parecido un poco sospechoso.
–¿Qué tiene de malo llamar a Monica?
–Um, aparte de por un par de cenas de trabajo, para todo lo demás has tratado con Roland.
–Sí, pero a lo mejor ha llegado el momento de probar una nueva táctica. Ella se ha mostrado mucho más abierta a un posible acuerdo desde el principio.
–A su padre no le gustará –respondió Tessa rápidamente–. Ya sabes lo mucho que le gusta sentir que es él el que manda.
–Bueno, pues yo estoy harto de toda esta historia. Lo único que quiero es poder firmar el contrato para pasar a la segunda fase.
–¿La segunda fase?
–Plena distribución en el oeste. Ya hemos hablado de eso.
Tessa sintió un pequeño mareo al comprender exactamente lo que estaba arriesgando. Eric tenía un plan, un plan que, en aquel momento, ella tenía en sus manos, casi agonizante, y su hermano no tenía la menor idea.
–De acuerdo. Segunda fase –musitó–. No sabía que le habías puesto nombre.
–Voy a llamar a Monica –dijo Eric, dirigiéndose ya hacia su despacho.
–¡Espera! –graznó Tessa. Después, le llamó más alto y salió torpemente desde detrás de su escritorio–. ¡Eric! –le alcanzó cuando estaba ya sentándose en la silla–. Luke vino ayer a la cervecería para hablar contigo. Deberías llamarle.
Eric, que había alargado ya la mano hacia el teléfono, la detuvo en seco, como si Tessa acabara de agarrarle con un cable eléctrico.
–¿Qué? –replicó–. ¿Estás loca? ¿Quieres que me detenga por amenazar a un policía?
–Tenía noticias sobre el robo.
Eric suspiró y se pasó la mano por el pelo.
–Maldita sea, Tessa. Preferiría que entraran a robar en la cervecería cientos de veces a que te involucres sentimentalmente con un hombre que va a hacerte daño. Así que no, no voy a hablar con Luke ahora mismo. Ni ahora mismo ni nunca, ¿entendido?
En aquella ocasión, cuando se le cerró la garganta, fue por culpa de las lágrimas, en vez de por la ansiedad. Eric lo hacía todo porque les quería. Podía ser un hombre serio, difícil y controlador, pero todo lo hacía por sus hermanos, y siempre había sido así.
–Muy bien –susurró, antes de retroceder.
Pero no regresó a su despacho. En cambio, se apoyó contra la pared y contuvo la respiración mientras Eric descolgaba el teléfono. Le oyó pulsar las teclas. Oyó incluso el débil pitido del teléfono al otro lado de la línea.
Tessa contuvo la respiración y se dijo a sí misma que Monica Kendall no iba a contarle a Eric lo que había pasado. Era una mujer de negocios. No podía explicarle lo que había hecho y seguir manteniendo su dignidad. Aun así, cuando oyó que Eric comenzaba a dejar un mensaje en el contestador, estuvo a punto de llorar de alivio.
Caminó hacia el bar de la cervecería para agarrar a Jamie y sacudirle. Desgraciadamente, había dos hombres en el bar, esperando a que Jamie les sirviera una pinta. Antes de que su hermano pudiera volverse y darse cuenta de lo alterada que estaba, Tessa retrocedió y regresó de nuevo a su despacho.
¿No acababa de estar felicitándose a sí misma? Solo unos minutos después, su vida volvía a escapar a su control y ni siquiera podía apoyarse en Jamie. Este estaba convencido desde el primer momento de que Eric terminaría descubriendo la verdad. Idiota. Debería haber ido ella a hablar con Monica Kendall. Debería haber ido a hablar con ella desde el principio.
Antes de que nadie pudiera ir a buscarla, Tessa agarró el teléfono y el bolso y se dirigió hacia la puerta. Las oficinas de High West estaban cerca del aeropuerto de Denver, pero podía ir por la autopista de peaje y evitar el tráfico. Y con lo tensa que estaba la situación entre los hermanos, era muy posible que pasaran horas antes de que fueran a buscarla a su despacho.
De modo que condujo hacia el aeropuerto como si estuviera huyendo de algo. No de su familia, ni siquiera de Luke. Pero sí del peso de las decisiones que estaba tomando. De la carga de mantener la esperanza de estar haciendo las cosas bien. De modo que condujo a toda velocidad, con ganas, oyendo música para no tener que pensar. Y bajó las ventanillas para no oír los pensamientos que la música no conseguía sofocar.
El aire cambió, el aire frío y limpio de las umbrías montañas dio paso al aire cálido y espeso de las llanuras del norte de Denver. Pudo oler que se acercaba una tormenta mucho antes de ver las nubes negras rodando desde el sur. Tendría un buen espectáculo de rayos de regreso a casa.
Estuvo pensando en el tiempo durante el resto del trayecto a las oficinas de High West y entró en ellas sin haber preparado siquiera lo que iba a decir. La desesperación de aquel acto le indicaba todo lo que necesitaba saber sobre sus posibilidades, pero Tessa se limitó a sonreír y se detuvo ante la recepcionista.
–Hola, soy Tessa Donovan, de la cervecería Brothers Donovan. ¿Está Monica Kendall?
–En este momento está almorzando.
La puerta siseó al abrirse en aquel momento detrás de Tessa, que se volvió y vio a Monica Kendall entrando junto a otra mujer. Se estaban riendo, aparentemente despreocupadas. Tessa sintió una aguda e inmediata aversión hacia Monica. Su pelo negro rebotaba mientras caminaba. La vio echar la cabeza hacia atrás y mostrar unos dientes de un blanco hollywoodiense al reír. ¿Cómo podía ser tan condenadamente feliz? Seguramente sabía los problemas que Jamie y ella habían causado.
A Tessa le encantó ver que la sonrisa de Monica se desvanecía cuando por fin se cruzaron sus miradas.
–¡Oh! –exclamó Monica.
Le hizo un gesto a su amiga para que esperara y se detuvo delante de Tessa.
–Hola, ¿podemos hablar? –preguntó Tessa.
Monica se encogió de hombros.
–¿Por qué no?
No, a Tessa no le gustó nada en absoluto. Se habían visto en otra ocasión, pero había sido en una reunión y en lo único que Tessa había reparado había sido en la delgadez de Monica, propia de una modelo, y en su afilada belleza. En aquel momento, comprendió que su belleza no era lo único afilado de ella.
Monica avanzó por el pasillo sin decir una sola palabra y Tessa la siguió, admirando a su pesar su traje de lino gris. Una mirada a su propia indumentaria la hizo esbozar una mueca. Trabajando en un bar, lo más fácil era mantener una imagen de chica normal y corriente, pero en aquel momento, deseó llevar tacones y vestido. Otro motivo más para que Monica Kendall no le gustara.
Entraron en un espacioso despacho y Monica se sentó tras un enorme escritorio de caoba.
–¿Qué puedo hacer por ti?
Aunque no la había invitado a sentarse, Tessa ocupó una de las sillas marrones de cuero y decidió que no tenía sentido andarse con rodeos.
–Tu padre está a punto de retirarse de las negociaciones y las dos sabemos por qué.
Monica se reclinó en su silla.
–¿Y?
–¿Y? Y quiero que me ayudes a encauzar de nuevo ese contrato.
Monica se limitó a mirarla fijamente.
–¿No quieres trabajar con nuestra empresa? –le preguntó Tessa.
–Claro que quiero –respondió Monica como si en realidad no le importara un comino.
Tessa apretó los dientes e intentó dominar su genio.
–En ese caso, a lo mejor deberías hablar con tu padre sobre esto. Después de haber visto a Jamie yéndose de tu casa, tu padre no se está mostrando particularmente dispuesto a hacer negocios con nosotros. Pero a lo mejor tú puedes convencerle de lo contrario.
Monica volvió a reír, pero, en aquella ocasión, su risa sonó más amarga que divertida.
–¿Por qué crees que mi padre va a hacer caso de nada de lo que yo le diga?
–¿Porque eres la vicepresidenta de High West Air?
–Sí, claro –se burló–. Soy la vicepresidenta, pero mi padre es el presidente.
–Exactamente. Y si te nombró vicepresidenta, es evidente que respeta tu opinión.
–Estás de broma, ¿verdad?
Tessa parpadeó.
–No…
–Mira a tu alrededor, Tessa. ¿Tú crees que este despacho parece mío?
–Mm.
Tessa miró a su alrededor, fijándose en las estanterías oscuras y en las larguísimas cortinas. Los cuadros de las paredes no tenían nada de especial y eran un poco masculinos, pero…
–Mi padre diseñó este despacho, de la misma forma que diseñó todo el negocio. Él elige el nombre, la declaración de intenciones, el logo, las rutas, los planes, los ejecutivos, los objetivos a corto y largo plazo…
–Mira –la interrumpió Tessa–. Entiendo a lo que te refieres. Mi hermano Eric es igual. Él…
–No –la interrumpió Monica–, no es lo mismo. Voy a las reuniones que mi padre me dice que vaya. Trato con los clientes con los que él quiere que trate. Ignora mis sugerencias y se burla de mis ideas. No tomo ninguna decisión, no intervengo en nada importante y él puede despedirme cuando quiera. ¿Tú crees que eso tiene algo que ver con un negocio familiar?
De pronto, Tessa no pudo evitar ser agudamente consciente de lo pequeña que parecía Monica en aquella enorme silla de cuero, detrás del escritorio de caoba. En aquel momento, su dureza le pareció menos mezquina y más defensiva.
–Jamie y tú cometisteis un error, y eso lo entiendo. Pero yo no puedo ser la única persona que intente arreglarlo. Necesito ayuda. Si pudieras intentar…
–Yo no lo llamaría un error. Era algo que quería hacer y lo hice.
La situación era un poco impersonal, pero, aun así, Tessa le tendió las manos.
–Por favor, dile a tu padre que lo que pasó entre mi hermano y tú no tiene por qué afectar a nuestra relación comercial.
–Claro, se lo diré. Pero no servirá de nada. Mi padre tiene unos principios muy rígidos y es terriblemente obstinado. Ha conseguido levantar su emporio siendo un hombre inamovible. Yo no acierto a entender cómo es posible, pero ahí lo tienes.
–¿Pero hablarás con él?
–Claro –respondió con una sonrisa de suficiencia–. Como tú quieras. Pero no albergues demasiadas esperanzas.
–Gracias –Tessa se levantó, pero titubeó antes de irse–. Mm, ¿y podrías evitar hablarle a Eric de esto? Eso sería genial.
Monica por fin le brindó una sonrisa sincera.
–¡Ah! Así están las cosas por ahí, ¿eh? Claro. No le diré una sola palabra.
Tessa salió y, con cada uno de sus pasos, iba diciéndose a sí misma que estaba haciendo las cosas bien. Por su puesto que sí. Estaba segura.