Capítulo 13

 

Luke vigilaba de cerca a Simone mientras la seguía hacia el coche. Los cadáveres siempre le hacían sentirse ligeramente enfermo, por muchos que viera, y estando Simone en aquel estado… Sí, su piel tenía un tono ligeramente gris. Pero aunque él iba pendiente de ella por si la veía tambalearse, Simone caminó sin vacilar ni una sola vez.

Probablemente, ayudaba el hecho de que la muerte no hubiera sido por homicidio. Tendrían que seguir investigando antes de llegar a una conclusión, pero toda la parafernalia relacionada con las drogas que rodeaba el cadáver apuntaba hacia una tragedia más solitaria.

–He recibido un mensaje del Departamento Tecnológico.

–Por favor, dime que es por el video del barril de cerveza –le pidió Simone.

–¡Bingo! Por lo visto, paró por allí un coche blanco, pero no se ve la matrícula del coche.

–¡Maldita sea! –resopló–. Yo estuve comprobando el portal de al lado. Solo tienen una cámara de vigilancia dentro del edificio. Y la cámara de un comercio que hay en la calle de enfrente está enfocada en otra dirección.

Luke soltó una maldición.

–Ya sabes entonces lo que nos va a tocar hacer.

–Estoy intentando no pensar en ello –dijo Simone, llevándose la mano a la espalda con un gesto de dolor.

Había muchos comercios en la calle que daba a aquel callejón y la mayoría de ellos tenían cámaras de algún tipo. Cada una de ellas estaría orientada en un ángulo diferente y sabían, por propia y amarga experiencia, que cada una de ellas habría tomado las imágenes en un espacio de tiempo diferente. Luke y Simone iban a tener que pasarse horas recopilando las imágenes procedentes de los vídeos, y, a no ser que quisieran esperar un año hasta que el Departamento Tecnológico revisara todas ellas, iban a tener que pasar mucho tiempo con la mirada clavada en un monitor. Le bastó pensar en ello para que los ojos le dolieran, y era evidente que Simone se estaba preparando para el dolor de espalda.

Pero era un posible camino para descubrir el caso.

–Será mejor que empecemos a buscar huellas dactilares en ese barril –Simone suspiró. Estaba alargando la mano para abrir el coche cuando algo le llamó la atención por el rabillo del ojo–. ¿Puedes esperar un momento? Shelly quería que le diera un consejo para postularse como detective al año que viene. Olvidé devolverle la llamada.

–Claro.

Simone se acercó a una de las policías uniformadas y Luke esperó al lado del coche con la mirada fija en el pequeño arroyo que corría por una hondonada que había detrás del aparcamiento.

Abrió el teléfono diciéndose a sí mismo que no esperaba ningún mensaje de Tessa. Y a pesar de que no encontró ninguno, sonrió. Aquella mujer le había puesto de muy buen humor. No le importaba en absoluto sentirse impregnado de su olor. Después de haber usado su champú, olía a kiwi y a cítricos, y estaba convencido de que todo el mundo podía darse cuenta. Simone le había pillado sonriendo y había arqueado una ceja, pero no había dicho nada sobre el olor a frutas.

Debería darle las gracias al hermano de Tessa por haberse dejado caer por casa de su hermana aquella mañana. Si Eric no les hubiera chafado el despertar, Luke estaría paseando feliz, silbando canciones famosas y palmeando al azar la espalda a algún desconocido.

El hecho de que no hubiera perdido el buen humor tras haber sido llamado a investigar un cadáver era una prueba de los poderes de Tessa. A lo mejor había absorbido parte de su felicidad al dormir con ella durante ocho horas. O, a lo mejor, haber disfrutado de la mejor noche de sexo de su vida era suficiente para alegrar a un tipo.

Diablos, ni siquiera se arrepentía de no haberla despertado aquella mañana. Pretendía hacerlo. Incluso había llegado a apartarle la melena de la espalda y le había besado la columna vertebral, tal y como había planeado hacer la noche anterior. Pero Tessa había suspirado y se había acurrucado como un gatito, y Luke se había descubierto a sí mismo observándola mientras dormía. Al pensar en ello, no sabía si no la había despertado por miedo, por pena, o por ambas cosas a la vez. Pero estaba tan contento que no le importaba.

Justo cuando alzó la mirada para ver si Simone estaba lista, le sonó el móvil y apareció el nombre de Tessa.

–¡Hola! –saludó Luke con una sonrisa–. ¿Qué tal ha ido con Eric?

–Uf. No quiero hablar de ello. Hemos llegado a una tregua, pero será mejor que evites a mis hermanos durante una temporada.

–Confía en mí, haré todo lo que pueda para evitarlos.

–Escucha, estoy a punto de salir. Imagino que a esta hora ya habrás salido de trabajar…

–Hemos recibido una llamada en el último momento. Tengo que pasar por la comisaría y después estaré libre. ¿Puedo invitarte a cenar? –«demasiado pronto», le gritó su ego masculino, «demasiado pronto».

No se hubiera tomado aquella alarma interna demasiado en serio si no hubiera sido porque Tessa vaciló tras oír la invitación.

Luke miró furioso el agua que corría sobre las piedras.

Al final, Tessa contestó:

–Vale. Quedamos en la comisaría.

–¡Ah!

Luke parpadeó y miró a Simone. ¿Pero qué demonios? Seguramente, Simone no iba a enfadarse por eso con él.

–De acuerdo. Ningún problema. ¿Sabes dónde está?

–Claro, me paso la vida saliendo y entrando del calabozo.

–Lo sospechaba. Muy bien. Nos veremos en mi coche dentro de media hora.

Veinte minutos después, entró en el aparcamiento y vio directamente a Tessa. La imagen de Tessa con la coleta y la camiseta de la cervecería le hizo sonreír, pero cuando se dio cuenta de que lo estaba haciendo, apretó los labios. Pero no sirvió de nada. La sonrisa regresó cuando comenzó a caminar hacia ella y vio cómo se le iluminaba la cara al verle.

Sin embargo, en vez de saludarle a él, Tessa le tendió la mano a Simone.

–¡Hola! –la saludó alegremente–. Soy Tessa Donovan.

Luke se aclaró la garganta.

–Simone, ¿te acuerdas de Tessa? Es una de las propietarias de la cervecería.

Simone dijo hola y cuando Tessa alargó la mano hacia el brazo de Luke, arqueó las cejas.

–Bueno –comenzó a decir Luke, pero no se le ocurrió nada más que decir.

A Simone le brillaban los ojos mientras mantenía la boca sospechosamente apretada.

–Yo me encargo de terminar el papeleo. Me toca a mí.

–¿Estás segura?

–Claro, sin problema.

Sí, definitivamente, Simone estaba intentando no reír mientras se dirigía hacia la puerta.

–Me alegro de verla otra vez, señorita Donovan.

Toda la escena era decididamente extraña y Luke todavía estaba intentando descifrarla cuando Tessa retrocedió y entrelazó las manos.

–Qué noche tan bonita –dijo–. He pensado que podíamos ir a dar un paseo.

–¿De verdad?

La tormenta había estallado una hora atrás y el ambiente estaba cargado de humedad. Era una noche extraña, y también un lugar extraño para dar un paseo.

Las alarmas de Luke se activaron y él se dio cuenta de que había sido demasiado lento a la hora de asimilar la información. Una noche de buen sexo podía haber apagado su pesimismo habitual, pero, en aquel momento, comprendió que toda la situación era extraña. La vacilación de Tessa cuando la había invitado a cenar, su propuesta de quedar en la comisaría, incluso la manera en la que le había agarrado del brazo unos segundos antes.

Luke inclinó la cabeza hacia el camino pavimentado de la calle de enfrente.

–Claro –dijo sin ninguna emoción–. Podemos dar un paseo.

–¡Genial!

La voz de Tessa era alegre. Sospechosamente alegre si se hubiera tratado de cualquier otra persona, pero el buen humor de Tessa era demasiado frecuente como para analizar aquel tono.

Para cuando llegaron al camino, Luke ya estaba mirando hacia el asfalto con el ceño fruncido. Tessa no dijo una sola palabra; se limitó a caminar a su lado, mirando hacia cualquier parte menos a él. Eran pocos los álamos que conservaban un espeso follaje, pero, aun así, les proporcionaban cierta intimidad mientras avanzaban a lo largo del camino que serpenteaba a través de un parque de oficinas.

Cuando Tessa habló por fin, fue para no decir nada.

–Hace una noche preciosa.

Luke la miró con incredulidad, pero Tessa continuó con la mirada fija en el vacío.

–Sabes que soy policía, ¿verdad?

Tessa rio con excesiva alegría.

–Por supuesto.

–No me cuesta nada adivinar cuándo una mujer tiene algo en la cabeza.

–Oh.

Luke se detuvo y se cruzó de brazos.

–¿Qué tal si acabamos cuanto antes con esto?

La cola de caballo de Tessa rebotó cuando se detuvo. Las puntas de la coleta le rozaron el cuello. Luke sintió una dura punzada de pesar. Lamentaba no tener tiempo suficiente para explorar aquel cuerpo, porque tenía la secreta sospecha de que había perdido su última oportunidad.

Tessa se volvió y se cruzó de brazos, imitando su pose. Después, se aclaró la garganta y cambió el peso de una pierna a otra.

–Eh… Acerca de tu divorcio.

–Ese canalla –musitó–. Dios mío. Supongo que te lo ha contado Jamie.

–¿Es verdad?

–¿Es verdad qué?

Tessa desvió la mirada.

–Lo que me dijo de tu divorcio.

–Estoy divorciado, sí.

–Luke –suspiró.

Pero Luke no estaba de humor para concesiones. Estaba furioso, aunque no conseguía identificar la fuente de su rabia. No sabía si era el hecho de que hubiera sido Jamie el que le había hablado del divorcio. O el que Jamie hubiera alimentado aquella mentira. O el que ella hubiera estado dispuesta a creerle.

Entrecerró los ojos y apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

–Me ha dicho que dejaste a tu esposa –le dijo Tessa.

Luke esperó en silencio.

Tessa alzó la barbilla.

–Cuando ella tenía cáncer.

–No es cierto.

–¡Genial! –se le volvió a iluminar el semblante–. Eso es lo que le he dicho.

–Pero, en realidad, no te lo creías.

–Sí. Le he dicho que tú jamás harías una cosa así.

–Gracias, es cierto que no lo haría. Pero, si no le creías, ¿por qué me estás preguntando que si es verdad?

–Bueno, porque, obviamente, eres un buen tipo o, evidentemente, no me habría acostado contigo. Pero no te conozco desde hace tanto como Jamie, así que…

–¡Ah! Bueno, Jamie y yo tampoco éramos amigos íntimos.

–Sabes lo que quiero decir. Le conoces desde hace años.

–No, le conocí hace años. Es obvio que hay una gran diferencia.

Tessa asintió.

–De acuerdo. Lo siento. Pero, ¿qué es lo que ocurrió en realidad?

–No quiero hablar de ello.

Las palabras de Luke hicieron retornar la rigidez a la columna de Tessa. Se irguió y le miró con el ceño fruncido.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir lo que he dicho. No quiero hablar sobre ello.

–¿Nunca?

–Bueno, desde luego, no justo ahora que acabas de preguntarme si abandoné a mi esposa estando ella enferma.

–Luke, eso no es justo. Solo un idiota no te lo habría preguntado después de haber oído esa historia.

–Muy bien. Pero eso no significa que ahora mismo esté de humor para hablar de mis sentimientos. ¿Lo entiendes? –giró sobre sus talones y comenzó a retroceder.

–¡Eh! –le llamó ella, caminando rápidamente tras él–. ¿Qué se suponía que tenía que pensar? ¡Ni siquiera sabía que habías estado casado!

Luke aminoró el ritmo de sus pasos hasta terminar deteniéndose. Tessa le alcanzó y le miró a los ojos.

–No sé lo que se supone que tenías que pensar, Tessa. Pero sé, por ejemplo, que está pasando algo entre tú y tu familia. Jamie y tú le estáis ocultando algo a Eric. Algo de lo que te sientes culpable, pero a mí no se me ocurre pensar inmediatamente: «¡Ah!, a lo mejor están desfalcando la empresa».

–¿Qué? –le miró boquiabierta.

–¿Lo ves? Me gustas, así que prefiero concederte el beneficio de la duda.

–Yo hice lo mismo por ti.

–¿Ah, sí? ¿Entonces por qué te has esforzado en aparecer hoy delante de Simone?

Tessa parpadeó y retrocedió nerviosa.

–No sé de qué estás hablando.

–¿De verdad? Porque a mí me parece que has hecho todo lo posible para asegurarte de que viera que posabas la mano en mi brazo, para dejar claro que tenías derecho a tocarme.

El rubor subió por el cuello de Tessa y le alcanzó la mandíbula. Para cuando llegó a sus mejillas, Luke ya estaba resintiéndose de lo guapa que estaba cuando se sentía culpable.

–Así que, aunque ya me habías preguntado por Simone, no estabas segura de si debías creerme.

–Soy una mujer –susurró–. Y hay hombres que mienten sobre cualquier cosa.

–¿Y crees que no lo sé? El noventa por ciento de mi trabajo consiste en tratar con hombres de ese tipo. Así que soy un poco sensible a que me asocien con ellos. Y tu hermano es un… –Luke tomó aire–. Él quiere protegerte, lo entiendo. Pero yo ya le dije que eso no era cierto.

–¿Entonces no es cierto?

Luke arqueó una ceja y bajó la mirada.

–¿Qué tal si me cuentas lo que está pasando en tu familia? Después te hablaré de la mía.

Tessa tensó la mandíbula.

–No quiero hablar de eso.

–Me lo imaginaba.

Su enfado iba perdiendo fuerza y, en aquel momento, estaba, sencillamente, cansado. Se levantó un golpe de brisa y las ramas se mecieron a su alrededor, generando sonidos inquietantes.

–Vamos –le dijo Luke–, te acompañaré a tu coche.

–Pero… –farfulló Tessa tras él, pero Luke ya se estaba moviendo.

Sabía que podía decir «no tiene importancia», y dejarlo así. Podía llevarla a cenar otra vez y quizá pasar la noche en su casa. O en la suya.

Al fin y al cabo era una chica agradable. Y tenía razón, era razonable que estuviera en guardia por si alguien pretendía aprovecharse de ella. Le habría desilusionado que no lo hiciera. Pero él le estaba diciendo la verdad, aunque se hubiera ahorrado algunos detalles un tanto sórdidos. Y en aquel momento, se sentía, sencillamente, como si tuviera una herida en carne viva. A lo mejor estaba siendo injusto con Tessa, pero ella le había hecho pensar que podía ser una especie de refugio. Y, de pronto, el refugio había desaparecido.

Sí, ella no tenía la culpa de que él cargara con aquella mochila, pero aquella solo era otra razón para distanciarse de Tessa.

Tardaron solo unos segundos en llegar el aparcamiento después de dejar de fingir que aquel era un paseo agradable.

–Lo siento –dijo Luke, mientras se detenía durante unos segundos junto al coche de Tessa–, hoy he tenido un mal día, y siento que hayas tenido que enterarte de lo de mi matrimonio de ese modo, pero creo que nuestras vidas son demasiado complicadas, así que será mejor que lo dejemos así.

Tessa sacó las llaves del bolsillo y abrió el coche.

–Ya veremos –las palabras de Tessa irradiaban enfado, pero Luke no podía evitarlo.

–Adiós, Tessa –dijo Luke.

Tessa se metió en el coche sin responder y cuando se alejó, un muñeco cabezón con la forma de un diminuto camarero alemán asintió salvajemente desde el parabrisas trasero.

¡Dios santo! Aquella mujer le hacía sonreír incluso cuando estaba rompiendo con ella. Pero aquella vez, la sonrisa terminó convertida en una mueca, y para cuando regresó a la comisaría, volvía a tener el ceño fruncido. Ya no le quedaba nada que hacer, salvo trabajar.