¡Qué martes tan terrible! Verdaderamente terrible. En realidad, se merecería el estatus de lunes.
Tessa tenía una cantidad de trabajo excesiva. Tenía que llamar a Kendall Group para enterarse de cuándo regresaba Roland Kendall a la ciudad. Después, preguntar al abogado de Donovan Brothers por lo que costaría revisar el contrato si quería cambiar el trato. Y, por último, quería llamar a Monica para ver qué tal había ido la conversación con su padre. Y a todo eso había que sumar el trabajo habitual de la cervecería.
De modo que, ¿qué estaba haciendo en el aparcamiento de una lencería erótica? Bueno, había estado en otras ocasiones en The White Orchid, pero nunca con el expreso propósito de seducir a un hombre. A un hombre que estaba enfadado y que la había mirado como si no sintiera nada por ella.
El enfado la había mantenido a salvo cuando se había marchado. La había sostenido durante el tiempo suficiente como para entrar pisando fuerte en su casa y dar un portazo. Pero después había tenido toda la noche para pensar. Y al día siguiente, otra noche más. Y una tercera y una cuarta. Todo aquel tiempo a solas la había hecho recordar lo hastiado que se había mostrado Luke la primera vez que le había preguntado por Simone. Hastiado y triste. Y dispuesto a terminar con ella.
En aquel momento comprendía por qué. Porque no era la única mentira bajo la que vivía.
Tessa sabía que no se había equivocado al preguntarle por el divorcio, pero comprendía que él se hubiera cerrado en banda. Al fin y al cabo, sus hermanos le habían enseñado algo sobre los hombres y sabía que una piel tan gruesa podía ser un mecanismo de defensa. No eran tan duros como querían que creyera el mundo.
Y a pesar de las aseveraciones de Jamie, Tessa creía de verdad lo que había dicho Luke sobre el divorcio. Ella no quería ser una de aquellas mujeres dispuestas a creer cualquier cosa que les dijera un hombre. Pero tampoco quería ser una de aquellas mujeres que no confiaban en lo que les decían sus entrañas. Y sus entrañas le decían que debería comprarse una prenda de lencería atrevida, presentarse en casa de Luke y empujarle rápidamente a la cama. En realidad, aquel mensaje procedía de una parte diferente de su cuerpo.
–Qué más da –musitó mientras salía del coche y entraba en la tienda.
Cuando cerró la puerta tras ella, flotaron a su alrededor una música alegre y el olor de las azucenas.
–¡Hola! –la saludó una chica desde detrás del mostrador.
Tenía un precioso pelo negro y brillante y lo llevaba en una melena corta. Su vestido camisero era más propio de un ama de casa que de una vendedora de juguetes sexuales. Tessa la saludó con la mano y comenzó a echar un vistazo.
Los juguetes estaban en la habitación de atrás, pero si todo iba bien, Tessa no iba a necesitarlos. Así que fue paseando a través de los exhibidores de ropa, intentando detenerse en algo que pudiera volver del revés el mundo de Luke.
Estuvo acariciando una bonita falda de animadora durante un minuto, pero decidió que podría recordarle a Luke el asunto de la virginidad. Teniendo en cuenta cómo había reaccionado entonces, probablemente no era de los que se emocionaban con una animadora. Aunque, por otra parte, era un hombre. En cualquier caso, mejor dejarlo para otra ocasión. Se acercó a un maravilloso corsé de encaje blanco, pero el blanco no la favorecía siendo tan pálida. Aunque una vez más, era un hombre. Su tono de piel, no jugaba ningún papel.
Mm, lo sostuvo contra ella, intentando imaginarse con él puesto. Era muy erótico, pero le parecía un poco artificioso. Para llevar un corsé de encaje, tendría que llevar un peinado más sofisticado, pintarse las uñas y aplicarse kilos de maquillaje. Y, probablemente, Luke la detendría por prostitución.
Así que dejó el corsé y se dirigió hacia una esquina de la tienda con prendas de colores algo más apagados. De pronto, se encontró en un mundo de ensueño, de sedas y satenes que parecían mágicos bajo sus dedos.
–¡Hala! –musitó, tomó una camiseta y miró la etiqueta con el precio.
Soltó una exclamación, la dejó en su lugar y volvió a cogerla. La etiqueta decía algo en francés que era incapaz de pronunciar, pero aquella seda de color rosa pálido parecía ingrávida mientras la deslizaba sobre la palma de su mano. Las bragas a juego tenían un bonito diseño, pero quizá resultaran demasiado discretas para sus planes de seducción. Aun así, Tessa no pudo resistir la tentación de llevarse la camiseta para ella y seguir buscando algo más provocativo para aquella noche.
Pero cuando en el probador se quitó la camisa y el sujetador y se metió la camiseta por la cabeza, soltó un grito ahogado por la sorpresa. Sí, era una tela cara, delicada y preciosa. Y también, eróticamente fina.
Un escalofrío le recorrió la espalda, los pezones se irguieron y pudo verlos claramente recortados a través de la tela. Podía distinguir incluso la oscuridad de las aureolas. De repente, dejó de preocuparle la discreción de las bragas que completaban el conjunto. Eran de la misma tela y no dejaban nada a la imaginación. ¡Al diablo con el precio! Pensaba comprarse el conjunto entero.
Corrió a la caja registradora con una enorme sonrisa en el rostro.
–¡Oh, Dios mío! –exclamó la dependienta–. ¿A que es un conjunto maravilloso? Tienes muy buen gusto.
–Gracias. Es precioso.
–Es una nueva línea que nuestra encargada trajo hace un par de meses. En el siguiente pedido quiere aumentar la cantidad, así que pásate por aquí dentro de unas cuantas semanas.
–Lo haré.
La chica envolvió cada pieza en papel de seda y alzó después la mirada con expresión de sorpresa.
–¡Oh, está aquí ahora! Esta es Beth, la encargada de la tienda.
Tessa se volvió y vio a una mujer espectacular entrando en la tienda. El sol la iluminaba por detrás en aquel momento, pero eso no impedía distinguir la longitud de sus piernas y la curva de sus caderas. Era una mujer que no llevaba una talla minúscula, pero sabía cómo hacer que eso se convirtiera en un cumplido. Cuando se cerró la puerta tras ella y pudo distinguir su rostro, Tessa frunció el ceño.
–¡Hola, Beth! –saludó la dependienta–. Estábamos admirando la nueva colección. A todo el mundo le encanta.
Cuando Beth miró a Tessa, tropezó ligeramente, después, recobró la compostura y se aclaró la garganta.
Beth. Aquel nombre no le decía nada, pero estaba segura de que había visto su cara en alguna parte. Le tendió la mano.
–Hola, soy Tessa Donovan. ¿Nos hemos visto antes?
–¡No! –exclamó la mujer.
Tessa dejó caer la mano sorprendida.
–Quiero decir, no, lo siento. Yo soy Beth Cantrell –tomó la mano de Tessa y se la estrechó–. Gracias por venir a la tienda, señorita Donovan.
–De nada –contestó Tessa, pero ya estaba hablando con el aire.
Beth Cantrell la había rodeado rápidamente y estaba dirigiéndose hacia la trastienda.
–¿Pagará en efectivo o con tarjeta? –preguntó la chica que estaba detrás del mostrador.
Tessa le tendió la tarjeta de crédito y miró hacia la trastienda, preguntándose qué podría haber pasado. Era todo muy extraño.
Y entonces pasó algo todavía más raro. Sonó el teléfono y leyó en la pantalla: Kendall Group.
–¡Oh, Dios mío! –exclamó sin aliento–. Lo siento, tengo que atender esta llamada.
Contestó el teléfono con serenidad, pero le temblaba la mano mientras firmaba el comprobante de compra.
–¿Señorita Donovan? –le preguntó una voz desconocida–. Soy Graham Kendall.
–¿Quién?
–El hermano de Monica Kendall. Me gustaría que pudiéramos comer juntos. ¿O quizá mejor cenar?
–Eh…
Su cerebro giraba a miles de revoluciones por segundo. Graham Kendall. El hermano de Monica. El hijo de Roland.
–Lo siento. Por supuesto, me encantaría comer con usted, ¿pero de qué quiere que hablemos exactamente?
Se despidió de la dependienta con la mano, agarró la bolsa y salió hacia la puerta precipitadamente, como si su interlocutor pudiera ver dónde estaba. No le parecía un lugar apropiado.
–Asumiendo que mi padre decida seguir adelante con el contrato con High West, y creo que los dos sabemos que no lo hará, podría ser una oportunidad para ustedes.
Tessa pensó a toda velocidad, intentando averiguar qué papel ocupaba Graham en la compañía de su padre. No era capaz de ubicarle.
–De acuerdo, muy bien. Me encantaría comer con usted.
Graham nombró un restaurante de lujo muy conocido en Boulder y quedaron en encontrarse allí a las doce. De modo que Tessa solo tenía dos horas para estar en el despacho antes de escaparse otra vez. Esperaría a llamar a Roland Kendall hasta después de haber conocido a su hijo. Después, saldría de la cervecería alrededor de las siete, volvería a casa, se daría una ducha, se cambiaría de ropa y encontraría la manera de volver a los brazos de Luke.
A lo mejor, al final aquel día no iba a ser tan terrible como pensaba.
En aquella ocasión, se había acordado de llevarse una muda para cambiarse de ropa en la cervecería, por si acaso terminaba yendo una vez más a las oficinas de Kendall Group. Gracias a eso, se sintió absolutamente confiada cuando entró en el restaurante llevando una falda de color marrón oscuro y unos tacones. Era agradable que la vieran sin el logo de la cervecería en el pecho, como si la hubieran contratado para un espacio publicitario.
Y, por un momento, al ver al hombre que se levantó cuando se acercó a la mesa, se alegró de sentirse atractiva. Era un hombre alto y guapo que le brindó una enorme y radiante sonrisa mientras ella le tendía la mano.
–Hola, Tessa. Soy Graham Kendall. Es un placer conocerla.
Tessa le estrechó la mano y tomó asiento, reparando inmediatamente en que ya había pedido una botella de vino y le había servido una copa. A pesar de que trabajaba en una cervecería, Tessa no estaba en condiciones de beber media botella de vino a esas horas, pero el gesto le pareció amable.
De hecho, todo en él lo era. Era un hombre atractivo y perfectamente acicalado. Su conversación era educada y natural. Pero parte de aquella impresión fue alejándose a medida que fue pasando el tiempo. La sonrisa era exagerada y su piel parecía haber sido hinchada y bronceada de manera artificial, bajo ella se adivinaba un matiz grisáceo. Sí, prefería con mucho a Luke con su pelo ligeramente revuelto y su ceño de preocupación.
Pero fuera candidato o no a una cita, aquel tipo podía tener algo que ella necesitaba.
–Entonces –se aventuró a decir, después de que hubieran pedido la comida–, ¿de qué quería que habláramos?
–Tengo entendido que mi hermana ha echado a perder el trato al que habían llegado con High West, por así decirlo.
Tessa esbozó una mueca.
–Esperaba que su padre lo reconsiderara.
–Si hay algo que tanto mi hermana como yo podemos asegurarle, es que mi padre no es muy dado a las reconsideraciones.
–A lo mejor no, pero al principio tampoco era partidario de llegar a un acuerdo con Donovan Brothers y cambió de opinión. No entiendo por qué no va a poder cambiar ahora de parecer.
–Supongo que podría ser porque su hermano se acostó con su hija.
Sí, definitivamente, aquella sonrisa era excesivamente ancha. Tessa bebió un sorbo de vino e intentó dejar pasar aquel momento de embarazo.
–Bueno, si cree que no cederá, ¿por qué quería que nos reuniéramos?
–No estoy seguro de que esté familiarizada con todas las empresas de Kendall Group, pero, además de otras obligaciones, soy el presidente de Kendall Flight, que fue la primera incursión de mi padre en el mundo de los viajes en avión. Alquilamos aviones de lujo. Y también ofrecemos el que, esencialmente, es un sistema de tiempo compartido que permite a la gente ser propietaria de una parte de un avión privado.
–¿Y eso cómo funciona?
–Cada uno de los inversores compra un porcentaje del tiempo de vuelo del avión. De esa forma, los clientes pueden disfrutar de los beneficios de ser propietarios de un avión privado sin tener que pagar el tiempo que el avión pasa normalmente aparcado en un hangar. Kendall Flight fue una de las primeras empresas estadounidenses en ofrecer ese servicio.
–No había oído hablar de ello. Es fascinante. ¿Y de qué manera podría encajar en ese negocio la cervecería?
–Bueno, nosotros atendemos todas las necesidades de nuestros clientes, así que, como comprenderá, no podríamos ofrecerle la exclusividad a Donovan Brothers. Si un cliente quiere una Corona, se le ofrece una Corona.
–Por supuesto.
–Pero, desde luego, podríamos hablar de la posibilidad de ofrecer sus productos como parte del servicio de catering durante el vuelto.
Tessa sintió cómo se le abrían los ojos. Definitivamente, aquella era una gran idea. Aunque lo que le estaba ofreciendo no era el grado de exposición de un trato en exclusiva con una línea aérea de carácter público y a nivel nacional, conseguirían que sus cervezas llegaran a una clientela más amplia.
–Transportamos a sesenta mil pasajeros al año.
–¿De verdad?
–Por supuesto. Cada vuelo ofrece solamente el menú solicitado por los arrendatarios, de manera que no podemos controlar cuáles serán las peticiones de los clientes. Pero puedo enviarle las cifras de las otras bebidas alcohólicas que ofrecemos.
–Por supuesto, tengo mucha curiosidad.
–Magnífico –respondió él con otra sonrisa lobuna. Aquel tipo era un vendedor de la cabeza a los pies–. Y me encantaría ofrecerle una visita a nuestras instalaciones.
Tessa no estaba segura de que fuera una oferta sincera, así que se limitó a sonreír sin comprometerse.
–Hay algo más que podría ofrecerles.
La camarera estaba ya en la mesa con la comida. Graham Kendall se reclinó en la silla para dejarle espacio, pero continuó sonriendo mirando hacia Tessa. A Tessa comenzó a preocuparle la posibilidad de que aquella «oportunidad» implicara convertirse en su amante. O comprar un coche de segunda mano. Roland Kendall podía carecer de tacto y de encanto, pero Tessa estaba comenzando a ser consciente de dónde iban a terminar todos aquellos excesos.
De modo que mordisqueó un poco de pasta y esperó al resto del discurso del vendedor. No tardó en llegar.
–Kendall Flight está patrocinando un importante torneo de golf con fines benéficos. Es el segundo año que lo hacemos y está convirtiéndose en mi proyecto mimado. Yo me ocupo de conseguir los copatrocinadores.
–¡Oh! –respondió ella, intentando, y fracasando, evitar que su voz reflejara su recelo–. Ya hemos patrocinado muchos acontecimientos locales. En realidad, ese es uno de nuestros principales medios de promoción.
–¡Ah! Pero este no será un acontecimiento local. Es un torneo de golf de nivel internacional que se celebrará en Palm Spring, California –añadió, por si ella no sabía dónde estaba.
–Pero nosotros todavía no estamos intentando penetrar en California. Es un mercado abarrotado de cervezas artesanales. No estoy segura de qué beneficios podría proporcionarnos el salirnos de nuestro mercado.
La sonrisa de Graham rezumaba condescendencia.
–Bueno, evidentemente, este podría ser un importante punto de partida. Si asumieran el nivel de medalla de plata en el patrocinio, servirían su cerveza en exclusividad. Pero, más que eso, esta no va a ser una carrera local ni un torneo de voleibol. Será un acontecimiento relacionado con empresarios, con gente influyente. Y debe tener en cuenta que usted, o alguno de sus hermanos, podrá estar allí para hacer nuevos amigos y codearse con gente importante. No hace falta que le diga el tipo de contratos que podrían surgir.
¡Uf! Tessa estaba demasiado perpleja para dejarse influir por su discurso. Realmente, podría ser una oportunidad maravillosa. Pero, evidentemente, también muy cara. A un nivel de medalla de plata.
Graham presionó un poco más.
–Estamos hablando de un espacio de promoción, con uno o dos puestos. Servilletas, posavasos u publicidad por todo el campo. Y estarían incluidos en la habitual lista de patrocinadores, por supuesto. Aparecerían en el folleto. Inevitablemente, su marca aparecería en todas las fotografías del acontecimiento.
–Es una idea interesante, pero sigo dudando sobre la conveniencia de participar en un acontecimiento en California. ¿Por qué no me envía toda la información para que pueda hablar sobre ello con mis hermanos cuando las aguas hayan vuelto a su cauce y se haya resuelto el problema de High West?
–Bueno, esa es precisamente la cuestión. Tenemos a posibles patrocinadores en espera y los artículos promocionales comenzarán a imprimirse dentro de tres días.
–No puedo tomar una decisión tan rápidamente.
–Señorita Donovan…
–Mejor Tessa, por favor.
–Tessa –su tono rezumaba compasión–, mi padre no va a hacer negocios con un hombre que se ha echado un polvo con su preciosa hijita. Creo que eso no lo puedo dejar más claro.
Tessa retrocedió en la silla, impactada por su brusquedad.
–Lo siento –se disculpó Graham–, pero así es como lo ve él, te lo garantizo. Pero conozco a mi hermana un poco mejor que mi padre y me resulta difícil ofenderme por lo ocurrido. Tu familia tiene una gran empresa y creo que podríamos trabajar muy bien juntos. Sería un honor para mí llegar a un acuerdo con vosotros.
–Gracias, pero no puedo tomar esta decisión tan rápidamente. Tengo que contar con mis hermanos…
Graham arqueó las cejas.
–Tenía la impresión de que querías mantener a tus hermanos al margen de esto.
–¿Perdón?
–No te preocupes, sé guardar un secreto.
–No es así en absoluto –mintió. No quería que aquel tipo pensara que conocía un secreto de la familia–. Estoy intentando resolver este asunto con tu padre antes de meter también a Eric en todo este lío, eso es todo.
Graham alzó las manos.
–Lo comprendo. Créeme, trabajar con la familia puede llegar a ser insoportable. Mi padre y yo rara vez nos vemos cara a cara.
Tessa quería dejar claro que sus hermanos y ella se llevaban estupendamente. Que se querían y que ella nunca hablaría de Eric con la amargura que Monica había mostrado hacia su propio padre. Pero era imposible decirlo sin ofender a Graham, así que presionó los labios y se guardó aquellas palabras para sí.
–En cualquier caso, necesito saberlo dentro de dos días –dijo él.
–¿De cuánto dinero estamos hablando?
Se preparó para oír una cifra desorbitada, pero Graham se limitó de nuevo a sonreír.
–Te enviaré el presupuesto y el listado de los otros patrocinadores. Todavía no hemos fijado la lista, de modo que no tengo confirmados a los asistentes, pero te aseguro que será un grupo impresionante. Nombres muy conocidos. El año pasado el torneo fue espectacular.
–No puedo prometerte nada, Graham.
Graham se limpió la boca y dejó la servilleta en la mesa.
–Lo comprendo, pero si tenéis intención de expandir el negocio, y asumo que estáis trabajando para ello, vais a tener que ser más agresivos. Boulder no es precisamente el lugar donde juegan los chicos más grandes.
–Evidentemente, nuestros objetivos no son de tan amplio alcance como los de tu familia –le espetó–, pero sabemos lo que estamos haciendo.
«Y nuestras relaciones no son tan nefastas como las vuestras», añadió en silencio.
–No pretendo ofenderte, Tessa. Sinceramente, no es esa mi intención. Lo único que quiero es que te tomes en serio esta oportunidad. No digas que no por el mero hecho de que todo esté siendo tan rápido. Y todos los beneficios irán a parar a la investigación sobre el cáncer, en honor a nuestra madre.
Tessa se suavizó, pero solo ligeramente.
–De acuerdo. Envíame la información y pensaré en ello.
–¿Me lo prometes? –preguntó él, entrecerrando los ojos de forma encantadora.
Tessa estaba interesada en participar en aquel acontecimiento benéfico y en convertirse en proveedores de Kendall Flight, pero, aun así, se marchó de allí tan rápido como pudo. Y a duras penas se resistió a la necesidad de parar en casa para darse una ducha.