Capítulo 16

 

Tessa no tenía ni idea de lo cerca que estaban de la casa de Luke, pero contaba cada segundo como si aquello fuera el lanzamiento de un cohete. Al principio del trayecto, mientras bajaban de la montaña, Luke había mantenido la mano sobre su rodilla. Después, la había deslizado un poco más arriba, justo hasta el borde del vestido, de manera que el dobladillo de la falda le rozaba los nudillos. Después de cinco minutos de tortura, Tessa estaba convencida de que aquel calor debía haber dejado la marca de las huellas dactilares de Luke en su piel para siempre. Había flexionado los muslos y separado las rodillas, pero Luke se había tomado su tiempo para seguir subiendo. Y se había detenido mucho antes de llegar a los rincones más interesantes.

En aquel momento, Tessa se aferraba con fuerza a su bolso, pero se negaba a pedir nada más. Era Luke el que estaba llevando las riendas de aquella velada. Ella iba a limitarse a sentarse y a disfrutar del viaje. Desgraciadamente, parecía que iban a tener que esperar.

Ella quería sentir la mano de Luke entre sus piernas. Quería que la acariciara allí mismo, en el coche. Quería que le bajara la parte superior del vestido y se aprovechara todo lo que pudiera de ella antes de que llegaran a casa. Pero en ese caso, sería un desperdicio para su precioso conjunto de lencería.

Así que era preferible tener paciencia. Tenía que ser paciente. Las cosas buenas se hacían esperar.

Como si quisiera confirmárselo, Luke tensionó en aquel momento la mano sobre su muslo. Durante un instante de júbilo, Tessa creyó que iba a comenzar a subir, pero entonces, el calor de aquella mano desapareció. Luke puso las dos manos al volante mientras disminuía la velocidad para girar en el camino de entrada a una casa.

Gracias a Dios.

Luke no había hecho nada en absoluto digno de mención, pero Tessa ya estaba temblando de deseo. Húmeda, esperando que la acariciara. No tenía idea de qué tenía aquel hombre que la volvía tan loca, pero le bastó verle rodear el coche con intención de abrirle la puerta para estremecerse. Había salido con algunos hombres en su vida, pero todos tenían un ligero aire de estudiantes universitarios grandullones. A lo mejor era un problema de aquella ciudad. O, a lo mejor, los hombres en la veintena eran así. Pero Luke inspiraba toda clase de sentimientos diferentes. Como si pudiera apoyarse en él y nunca le fuera a fallar.

Una reacción extraña para tratarse de un hombre sobre el que corrían todo tipo de rumores. Pero eso no impedía que su cuerpo le recibiera con los brazos abiertos.

La brisa nocturna le erizó la piel cuando Luke la ayudó a salir del coche, pero apenas lo notó. Estuvo demasiado ocupada contando los escalones de la puerta y maldiciendo el tiempo que Luke tardaba en encontrar la llave. Luke se hizo a un lado para dejarla pasar, e incluso aquel educado gesto le pareció una tortuosa demora.

Luke arrojó las llaves a una mesa.

–¿Puedo invitarte a una copa o…?

Enmudeció cuando Tessa se volvió. La recorrió de los pies a la cabeza con la mirada. Los pezones estaban erguidos por el frío y ella lo sabía porque el vestido no ocultaba nada.

–Me estás volviendo loco con ese vestido –confesó Luke.

–¿De verdad? No lo sabía.

Luke arqueó las cejas ante el desafío que representaba su voz y cuando dio un paso hacia ella, Tessa retrocedió. Otro paso y terminó acorralada contra la pared. Al instante, Luke estaba sobre ella, devorando su boca con ardor.

Nunca la había besado con aquella fiereza y a Tessa le encantó sentir el filo salvaje de su caricia cuando posó la mano sobre su seno. Le acarició el pezón con el pulgar y le mordisqueó el labio inferior con los dientes. Tessa se alegró entonces de haberse mostrado tan prudente. La espera había excitado a Luke todavía más.

Luke no vaciló ni un instante antes de alargar las manos hacia los tirantes del vestido para bajárselo. El vestido se escurrió por su cuerpo hasta terminar convertido en un charco de tela a sus pies. Luke acarició la seda que llevaba bajo el vestido y retrocedió para admirarla.

–¡Dios mío! –exclamó–. Estás preciosa.

Lentamente, acarició la seda con la yema de los dedos, trazando un delicado camino alrededor del tenso pezón. El tacto de la seda acariciándole la aureola le hizo estremecerse. La caricia de Luke se hizo incluso más lenta. Su respiración comenzó a resonar en medio del silencio de la habitación. Observó sus dedos, la forma en la que aquellos dedos ásperos acariciaban la suavidad de la tela, su forma de idolatrarla. Después, Luke inclinó la cabeza y succionó con fuerza. La seda se humedeció y se calentó sobre Tessa. Luke tiró con los labios.

Tessa gritó y hundió las manos en su pelo para impedir que se escapara. Luke tensó las dos manos en sus caderas para asegurarse de que no escapara ella. Como si fuera capaz de alejarse siquiera un centímetro de él cuando su sexo se estaba tensando con cada caricia de su boca.

–¡Oh, Luke! –gimió entre dientes.

Aquel hombre la volvía loca. Todo en él la enloquecía.

Luke apartó los labios. La seda se transparentaba allí donde la había humedecido. Luke se puso de rodillas, con la mirada fija en su seno, en el pezón que se erguía contra la tela. La miró a los ojos con una expresión fiera y salvaje mientras acariciaba con el pulgar el lugar que antes había besado. Espirales de calor se enroscaban en su vientre. El clítoris le latía.

Como si supiera exactamente lo que estaba ocurriendo, Luke bajó la cabeza y la besó justo por debajo del ombligo. Después, siguió bajando y bajando hasta posar la boca sobre su sexo y succionar de la misma manera que lo había hecho con su seno.

Tessa gritó y estuvieron a punto de flaquearle las rodillas. Extendió las manos en la pared, luchando contra la necesidad de dejar que la gravedad la arrastrara mientras Luke presionaba la seda húmeda contra su clítoris.

–Sí…

Aquel calor era maravilloso. Y húmedo. Después, Luke abandonó su boca, y fue hielo lo que Tessa sintió contra ella cuando Luke sopló.

–Eres tan condenadamente perfecta –susurró, devorando la imagen de Tessa en ropa interior.

Cuando volvió a besarla, fue un beso más ligero, más lento. A los pocos segundos, Tessa ya estaba gimiendo y aferrándose a la pared mientras el calor la abrasaba.

Cerró los ojos y presionó la cabeza contra la pared y Luke deslizó las manos hasta la parte superior de sus muslos. Dibujó con los dedos la línea de las bragas, posándolos en los tensos tendones de los muslos y bajó hasta el hueco que había justo bajo su sexo. Empezó entonces a acariciarla con la lengua, provocando un placer que parecía no tener fin.

–¡Oh, por favor! –susurró Tessa al sentir los pulgares de Luke bajo la tela–. Por favor, por favor…

Luke frotó aquella esponjosa carne. Los pulgares atraparon la humedad y la extendieron sobre la propia Tessa.

–¡Oh, Dios mío! –exclamó ella exasperada.

Estaba tan cera, pero Luke no podía ir más lejos. La tela estaba demasiado tensa.

Afortunadamente, Luke no estaba tan controlado aquella noche. No la torturó. De hecho, apenas acababa de apartar la boca cuando le bajó las bragas y, casi inmediatamente, estaba lamiéndola y deslizando los dedos a lo largo de su sexo hasta hundirse profundamente en ella.

Tessa arqueó las caderas hacia él, urgiéndole a penetrarla más profundamente. La lengua de Luke obró su magia y Tessa jadeó primero su nombre, después lo gritó, y terminó echando la cabeza hacia atrás en un grito silencioso. El suelo pareció moverse bajo sus pies, pero la pared la sostuvo cuando su cuerpo comenzó a temblar. Cuando el placer cesó por fin, Luke posó la boca en su muslo, después en su cadera, en su vientre, en su cintura. Y lo único que pudo hacer ella fue respirar hasta que desaparecieron los puntos que le nublaban la visión.

Cuando Luke se levantó, Tessa descartó de una patada la ropa que había a sus pies y se arrodilló.

–Tessa.

–Calla.

La espalda de Luke golpeó la pared con un ruido sordo al recibir el ligero empujón de Tessa, pero antes de que pudiera protestar, le había desatado la hebilla y estaba alargando la mano hacia la cremallera. Aquello le mantuvo callado. De hecho, él mismo se quitó la chaqueta y se desató la corbata. Todavía estaba desabrochándose la camisa cuando Tessa posó la mano en su miembro erecto. La piel estaba caliente, tensa, se estiraba sobre su dureza. Tessa canturreó de placer mientras le liberaba.

–¡Ah, maldita sea! –susurró Luke, al tiempo que se quitaba la camisa.

Tessa oyó el tintineo de un botón al rebotar sobre las baldosas cuando Luke tiró de las mangas de la camisa.

Y se alegró de que hubiera hecho aquel esfuerzo. Cuando alzó la mirada hacia él, pudo contemplar una extensión de músculo. Le miró a través de las pestañas. Los ojos de Luke resplandecían. Tenía la mandíbula apretada en una furiosa línea. Y después, la besó.

 

 

Cuando la boca de Tessa le tocó, no fue de manera vacilante, sino con un beso abierto con el que lo arrastró casi hasta su garganta. Luke ahogó un gemido y hundió los dedos en su pelo. El gemido de aprobación de Tessa vibró a través de su miembro cuando ella tensó la boca.

Luke quería cerrar los ojos y presionar la cabeza contra la pared para así poder concentrarse en cada uno de los movimientos de su lengua, pero no era capaz de desviar la mirada de ella. De sus mejillas sonrosadas y su pelo dorado, de sus labios deslizándose sobre él. De la brillante humedad de su miembro cuando apartaba la boca antes de tomarlo otra vez.

–Tessa, Dios mío.

La idea de su virginidad continuaba aferrándose obstinadamente a su mente, y aquello empeoraba la situación. El fruto prohibido. Esperaba que se mostrara vacilante, incluso nerviosa. Lo último que esperaba era que le tomara tan profundamente que podía sentir su garganta tensándose a su alrededor.

–Mm –ronroneó.

Mierda. Estaba perdido. No había ninguna esperanza de que pudiera aguantar. Tendría que demostrar su resistencia más adelante. Porque en aquel preciso instante, sentía la caricia de la lengua de Tessa y ella le estaba succionando y… Aquello no estaba bien. ¡Era Tessa!

Pero la sensación superaba cualquier fantasía que pudiera haber concebido sobre ella. Su miembro fue creciendo y endureciéndose, hasta que cada una de sus caricias se tradujo en una mueca de éxtasis. Apenas pudo disfrutar de aquel placer unos segundos antes de perder el control. Luke soltó una maldición y cerró el puño en su pelo.

En respuesta, Tessa le clavó los dedos en los muslos y presionó de tal manera que tocaba con la boca la base del miembro de Luke. Este no podía parar de embestir, como si el orgasmo estuviera atravesando todo su cuerpo. Y no pudo sofocar el grito grave y primigenio de júbilo que retumbó desde su garganta mientras Tessa tragaba.

Jamás, jamás, se había sentido tan bien como cuando Tessa estuvo trabajando con su boca hasta que el último segundo de placer descendió por su columna vertebral.

–Tessa –suspiró, apoyando por fin la cabeza contra la pared–. Tessa –repitió, solo para recordarse a sí mismo que era, realmente, ella.

Porque incluso después de todo aquello, le parecía imposible.

 

 

–¿Luke?

Dios, se esforzaría en hablar si ella quería, pero se sentía como si estuviera drogado. Las sábanas estaban limpias y frías, el cuerpo de Tessa era el único calor que sentía contra él, y su piel todavía vibraba en un extraño limbo situado entre el entumecimiento y el placer.

–¿Qué es eso?

Luke abrió los ojos, esperando encontrarla mirando hacia algún cuadro o algún adorno de la habitación, pero entonces, sintió la mano de Tessa en su costado.

Volvió a cerrar los ojos.

–¿Es ahí donde te dispararon?

–No, ahí es donde me apuñalaron.

–¿Te apuñalaron?

Tessa se incorporó con un grito ahogado y bajó la mirada hacia él. Luke seguía intentando ignorarla, pero abrió los ojos para poder ver plenamente sus senos.

–¡Luke! –Tessa le golpeó en el pecho con impaciencia.

–¿Qué?

–¿Cómo ocurrió?

Luke suspiró al darse cuenta de que se había desvanecido la sensación de letargo. La tensión volvía a trepar por sus músculos como un enjambre de hormigas.

–Me apuñalaron –cuando Tessa comenzó a protestar, añadió–, durante una detención.

–¡Oh, Dios mío! ¿Y te pasó algo?

Luke observó sus senos rebotando por la emoción.

–Estoy vivo, ¿de acuerdo?

–Luke, mírame.

Luke sacudió la cabeza.

–Si quieres mantener una conversación, te sugiero que te tumbes. O que te pongas una camisa. Pero, preferiblemente, que te tumbes.

Tessa descendió, presionándole con el codo en las costillas hasta colocar su cálido brazo sobre su estómago. Los dedos de la mano cayeron a la altura de la cicatriz.

–Fue una herida bastante mala –dijo Luke abiertamente–. Alcanzó los intestinos y sufrí una infección. Eso fue todo.

Eso fue todo. Había estado en el hospital durante semanas. Había estado a punto de morir.

–Lo siento –dijo Tessa. Sus palabras fueron un mero susurro sobre su hombro–. ¿Y eso fue en Boulder?

–No, en Los Ángeles.

–¡Ah!

No preguntó nada más. No le presionó. Y quizá fuera esa la razón por la que él se lo había contado, por la que había respondido a la pregunta que Tessa no había llegado a formular.

–Mi madre vino a Los Ángeles y se quedó conmigo para que no estuviera solo. Me mudé aquí unos meses después.

Por supuesto, Tessa no podía saber lo que pretendía decir, pero cubrió la cicatriz con la mano como si pudiera curarla. Aquel había sido el peor momento de su vida. Yaciendo en la cama de un hospital, siendo consciente de que estaba a punto de morir. Había sentido la muerte presionando en aquel colchón, tirándole de piernas y brazos. En aquel momento había deseado la presencia de una determinada persona a su lado. Solo esa persona. Y no había llegado. Después de todo lo que habían pasado, ella no había ido a verle.

Tessa le besó en el hombro. Él cerró los ojos.

–¿Quieres que hablemos de ello? –le preguntó ella.

Luke negó con la cabeza. No quería pensar en Eve. Allí no había espacio para ella.

–¿Dónde te dispararon?

–En la espalda, en la paletilla. Pero fue una herida de poca importancia.

–¿En otra detención?

–Sí. Eso fue durante mi primera semana de trabajo.

–Estás de broma.

Luke sintió una sonrisa tirando de sus labios. Afortunadamente, podía reírse de lo ocurrido.

–No, no estoy de broma. Se suponía que no era una situación peligrosa. Yo estaba en el vestíbulo de un apartamento durante una enorme redada. Uno de los camellos disparó la pistola, la bala atravesó la pared y me rozó la espalda. No te puedes imaginar la cantidad de bromas que sufrí por eso. Durante una temporada me apodaron Imán.

Tessa irguió bruscamente la cabeza.

–¿Imán?

–Imán Bala. Bromeaban diciendo que a mi lado nadie estaba a salvo. No fue gran cosa, pero yo era un novato, así que me costó deshacerme de él. Hería mi orgullo.

–¡Ah!

Luke abrió un ojo y la descubrió mirándole con el ceño fruncido.

–En realidad, no fue tan terrible. Por lo menos, al cabo de un tiempo.

Tessa sonrió y volvió a tumbarse.

–Pobrecito –canturreó.

Luke se echó a reír y le dio un beso en la cabeza.

–Tuve que trabajar mucho para demostrar que no era gafe.

–Bueno, a mí me haces sentirme a salvo –confesó Tessa suavemente.

–¿A salvo de qué?

–No lo sé, a salvo de mí misma.

Luke bajó la barbilla, intentando mirar hacia ella, pero Tessa sacudió la cabeza.

–Contigo tengo la sensación de que no tengo que pensar.

–No estoy seguro de que eso sea un cumplido.

Tessa sonrió contra su piel.

–Pues lo es. Y me alegro de haber venido.

Luke la estrechó contra él. Tessa le acarició el hombro con un beso. Luke comenzaba a tranquilizarse otra vez. A sentir el hormigueo de la relajación.

–Yo también –susurró, y añadió–: A lo mejor deberíamos intentar hacerlo en la cama alguna vez.

Tessa todavía se estaba riendo cuando Luke cerró los ojos y se durmió. El sonido de la risa de Tessa se convirtió entonces en un sueño reconfortante.