Tessa sonrió mientras Luke la besaba. El enorme álamo que tenía a su espalda les protegía de la tenue luz de la mañana. Tessa no quería salir de su coche. No quería volver a una casa vacía. Por fin habían conseguido disfrutar del sexo aquella mañana en la cama, y Tessa, si hubiera podido, se habría quedado allí durante todo el día, acurrucada junto a él, tumbada bajo él.
Pero tenía un trabajo. Y una familia. Gimió y alargó la mano hacia la puerta.
–Te llamaré después –le dijo Luke.
–Pero hoy ten mucho cuidado, ¿de acuerdo? Nada de disparos ni de puñaladas.
–Haré todo lo que pueda para evitarlas.
Tessa comenzó a salir del coche, pero Luke le tocó el brazo.
–¿Vendrás esta noche? Te prepararé la cena.
–¿Sabes cocinar?
–Sí, sé hacer carne a la brasa y preparar ensaladas.
Tessa le besó por última vez.
–Yo llevaré la cerveza.
–Eres la fantasía de cualquier hombre hecha realidad, ¿lo sabes?
–¡Ja! No te creas que no me lo han dicho antes.
Tessa se sentía flotar por el jardín mientras sonreía mirando hacia el coche de Luke y buscaba las llaves. Luke la había dejado en el callejón, como si quisiera proteger su reputación. En aquel momento, continuaba observándola para asegurarse de que entraba sana y salva a su casa. Porque las ocho de la mañana de un miércoles parecía ser una hora muy peligrosa.
Tessa conservó la sonrisa mientras dejaba el bolso en el mostrador de la cocina. La sonrisa continuaba en su rostro cuando entró en el comedor. Y desapareció como una burbuja de jabón cuando vio a Eric de pie al lado de su sofá. Miraba horrorizado la bolsa de The White Orchid, como si a la bolsa le hubieran salido garras y colmillos. Se volvió hacia ella con la boca abierta, como si no fuera capaz de salir de su horror.
–Muy bien –suspiró Tessa–. Dame las llaves.
–¿Dónde estabas? –ladró Eric.
–¿Dónde crees que estaba?
Eric señaló la bolsa con el rostro rojo como la grana. Su mandíbula trabajaba como si no fuera capaz de pronunciar una sola palabra.
–¡Jesús! –gritó por fin.
–¡Oh, por el amor de Dios, Eric! Tienes que devolverme las llaves de casa. O, por lo menos, prométeme que solo la utilizarás en caso de emergencia.
–¡Esto era una emergencia! Tu coche no estaba en la puerta y no me abrías la puerta. Me había dejado el teléfono en casa… Estaba muerto de miedo.
–Eric… –Tessa bajó la cabeza y respiró hondo–. Mira, sé que nunca he hablado contigo de hombres ni de citas, pero estoy bien. Sé lo que estoy haciendo.
Eric desvió la mirada de nuevo hacia la bolsa, se cruzó de brazos y se alejó de ella.
Tessa elevó los ojos al cielo.
–¿Vas a contarme por qué has venido? –una vez más.
–Jamie y yo estuvimos hablando.
El corazón de Tessa comenzó a saltar inmediatamente en una frenética carrera en busca de oxígeno.
–¿Qué?
–Me dijo que habías estado hablando de Luke Asher. Estaba preocupado por ti. Pero… supongo que mi preocupación era injustificada. O estaba plenamente justificada.
Parecía estar hablando con amargura, pero Tessa estaba tan ocupada intentando tranquilizarse que no respondió. Jamie no le había hablado a Eric de Monica Kendall. Todavía.
–¿Qué estás haciendo, Tessa? –sus palabras estaban cargadas de desilusión.
–Estoy bien, Eric, por favor, confía en mí. ¿Cuándo te he decepcionado alguna vez?
Se miraron el uno al otro en silencio. Tessa le sostuvo la mirada con orgullo. Sabía que nunca le había decepcionado. Se había asegurado de no hacerlo.
Al final, Eric desvió la mirada.
–Sabes lo orgulloso que estoy de ti. Pero no quiero que te hagan daño.
–Sé cómo enfrentarme al dolor, Eric. Todos nosotros sabemos cómo hacerlo.
Eric inclinó la cabeza.
–Esa es la razón por la que no quiero que vuelvas a sufrir, ¿no es evidente?
–Eso es imposible –contestó Tessa, a pesar de que comprendía perfectamente lo que quería decir.
Ella deseaba lo mismo para Jamie y para Eric. Que todo saliera siempre bien.
–Algún día sufriré, Eric. Y volveré a sufrir una y otra vez. Pero también seré feliz. En cualquier caso, también quiero decirte que Luke no es como tú piensas. No lo es en absoluto. No tengo miedo al dolor, pero no creo que sea él el que vaya a hacerme sufrir.
¡Diablos! Pero si ni siquiera le llamaban Imán porque fuera un imán para las mujeres, sino porque atraía las balas.
Tessa le oyó suspirar. Pero continuaba con los hombros en tensión. No se movía. Podían seguir dándole vueltas al tema y él nunca cedería. Pero al final, Eric sacudió la cabeza y dio un paso adelante para abrazarla.
–¿Vas en serio con ese tipo?
–No, no vamos en serio –pero cuando el corazón le dio un vuelco, añadió–: todavía.
–Dame algún tiempo para hacerme a la idea.
Tessa posó la cabeza en su corazón.
–De acuerdo.
–Pero como te haga daño, se arrepentirá. Y, además, sigue sin gustarme.
Tessa sonrió y dijo:
–De acuerdo –a eso también. Después, retrocedió y le miró con los ojos entrecerrados–. A lo mejor ha llegado el momento de sincerarse y hablar sobre tus citas. ¿Cómo es que nunca te he visto con nadie?
–Porque nunca salgo con nadie –contestó.
Pero Tessa advirtió que desviaba rápidamente la mirada y se preguntó por lo que le estaba ocultando. Aun así, ella tenía demasiados secretos como para plantearlo.
–¿Puedes esperar durante quince minutos mientras me ducho? Podemos tomar ese desayuno del que hablamos.
Había estado intentando evitarle, pero había sido un error. Media hora después, estaban atacando el desayuno cuando Tessa se atrevió a preguntar:
–¿Conoces a Graham Kendall?
–No, ¿por qué?
–Me encontré con él el otro día en un Starbucks.
–¿Ah, sí? ¿Y te dijo algo sobre por qué su padre no contesta al teléfono?
–No, pero estuvimos hablando un poco de Kendall Flight. ¿Has oído hablar de esa empresa?
–Claro que sí.
–Al parecer, puede brindarnos una buena oportunidad para nuestro negocio. Va a enviarme algunos números.
–Genial. Avísame cuando los tengas.
Eric continuó comiendo, todavía con la mirada distante y sombría.
–También me sugirió que patrocináramos…
–¿Sabes una cosa? Ni siquiera me apetece oír hablar de otro acuerdo con Kendall Group hasta que ese canalla no me conteste. Estoy empezando a pensar que esa gente solo quiere fastidiarnos.
Tessa tragó un pedazo de bizcocho, que parecía haberse convertido de pronto en un bloque de cemento.
–¿Te estás arrepintiendo?
–Estoy harto de todo esto. A lo mejor debería haber entendido la insinuación desde el primer momento. Si no hubiera sido porque pensaba que era la mejor manera de expandir el negocio…
Ya estaba. Una pequeña grieta en su inamovible defensa de aquel contrato. Si Tessa se aferraba a ella y presionaba suavemente…
–En ese caso, no deberías preocuparte –dijo Tessa–. Quizá sea una señal. Si él se retira, tú te retiras también e intentas concentrarte en una oportunidad mejor.
–No, he invertido demasiado trabajo en esto. Sencillamente, está siendo muy desconsiderado, como siempre.
–No estoy segura de que podamos confiar en él –dijo Tessa precipitadamente, sorprendiéndose a sí misma.
Eric se encogió de hombros.
–Pero para eso se sellan los contratos.
–Es un falso.
–Sin embargo, la gente está emocionada con su aerolínea. ¿Y cuándo tendremos otra oportunidad de conseguir publicidad pagada de nuestra cerveza para un público cautivo?
Era precisamente eso. El premio gordo que no podrían conseguir con ninguna otra compañía. Sí, habría otras oportunidades, pero eran oportunidades que solo les ofrecían apiñar las cervezas Donovan Brothers en una estantería junto a cientos de botellas de otras marcas.
–Bueno, hasta ahora estamos haciendo las cosas bien –respondió Tessa con voz queda–. Todo va bien, con o sin Roland Kendall.
Pero Eric no respondió. Se limitó a mirar el teléfono móvil con el ceño fruncido mientras iba buscando en la pantalla. Era algo relacionado con el trabajo, obviamente. Por lo que ella sabía, su hermano apenas tenía vida fuera de la cervecería, pero a lo mejor también él tenía secretos.
Señaló hacia el teléfono con la cabeza.
–¿Un mensaje ardiente de alguna nueva amiga?
–No, es un correo de… –alzó la cabeza bruscamente–. Qué raro.
–Deberías pensar en acostarte con alguien. Así no estarías tan pendiente de mi vida sexual.
–No estoy pendiente de tu vida sexual. Eso es ridículo. Y repugnante. Y no estoy… Eso es… –sacudió la cabeza–. No importa.
–¿Qué? –presionó Tessa, sintiendo verdadera curiosidad, a pesar de que estaba bromeando.
Se produjo un segundo de silencio. Que se transformó en dos.
–Vámonos –propuso entonces Tessa bruscamente, dejó la cuenta y dinero en efectivo en el borde de la mesa–. La cervecería no funciona sola.
Era una frase que decía su padre. No muy a menudo, solo aquellos días en los que estaba demasiado cansado como para que pudiera emocionarle ocuparse de un negocio. «Este establecimiento no funciona solo», decía, con un guiño de ojos y estirándose con fuerza. Años después, Tessa no podía entender que no estuviera siempre mortalmente cansado. En aquel momento eran tres los que llevaban la cervecería. Su padre solo se había tenido a sí mismo y al fantasma de su hermano.
Y, después del accidente de sus padres, Eric también había estado solo con los fantasmas. Cuando era adolescente, a Tessa le había sorprendido su capacidad de trabajo. En aquel momento estaba absolutamente pasmada por lo que había logrado hacer.
Le dio un golpe en el brazo mientras salían del restaurante.
–¿Por qué no te tomas unos días libres el mes que viene?
–Tenemos una feria de cerveza en Santa Fe, y al siguiente, otra en Denver.
–¿Y? Eso solo serán dos fines de semana largos.
–Además de todo el trabajo para prepararlas.
Tessa suspiró, preguntándose cuándo había tenido vacaciones su hermano por última vez. Ni siquiera se acordaba. ¡Diablos! Tampoco podía acordarse de cuándo las había tenido ella. Unos días sueltos de vez en cuando y algunas excursiones aprovechando las ferias.
Se metió en el coche de Eric.
–A lo mejor soy yo la que debería ir a la playa.
Eric se metió en el coche y cerró la puerta.
–¿Has dicho algo?
–No –contestó sin vacilar–. Pero, ¿sabes una cosa? Deberías ir a la playa, a Florida.
–¿Yo? ¿A Florida?
En la mente de Tessa apareció la imagen de Eric paseando por la playa con un bañador.
–De acuerdo, quizá mejor a Oregón. O a Maine.
–Sí, a lo mejor.
Pero su tono le indicó que sería imposible. Volvía a estar pensando en la cervecería.
Al igual que todos.