Capítulo 19

 

–Entonces, ¿qué es lo que falla en los expedientes? –preguntó Simone.

Pero Luke estaba demasiado distraído para contestar. En cambio, frunció el ceño al verla cambiar de postura en la silla con la mano en un costado.

–¿Estás bien?

–Sí, estoy bien –contestó ella, pero Luke la vio moverse ligeramente a la derecha–. ¿Qué problema hay con los expedientes?

–En un par de casos de los más reciente, tengo referencias a entrevistas con testigos, pero no encuentro las grabaciones. Llamé a Ben. Va a investigar esa desaparición.

Simone hizo un ruido, como si estuviera pensando.

–Yo pienso que Frankie ha sido sincero.

–Yo también. Tenía otros dos años de libertad provisional por delante. No tenía ninguna razón para no hacer que ese otro tipo cayera con él.

–Ninguna, salvo el miedo, pero no tuve la sensación de que lo tuviera.

–Mañana me pasaré por la cerca de la parte de atrás de la cervecería. ¿Conoces la disposición de esa zona?

Simone negó con la cabeza, pero conectó el portátil para acceder a las imágenes vía satélite. Los resultados no eran prometedores. La parte de atrás daba a un callejón sin salida. Era poco probable que alguien hubiera instalado allí cámaras de vigilancia y, desde luego, en el caso de que lo hubieran hecho, no hubieran enfocado hacia el callejón. Tendrían que llamar puerta a puerta y, probablemente, el teniente no quisiera alarmar a la comunidad que vivía cerca del lugar en el que se había cometido el delito.

Luke puso los pies en la mesa.

–Asumamos que no haya colaborado nadie desde dentro. ¿De qué otra manera podrían haber conseguido el código?

–¿Con alguien de la empresa responsable de la alarma?

–Mm… Podría gustarme la idea. Aun así, pondría al tipo que organizó el robo en una situación en la que resultaría fácil identificarlo, si pensamos que está utilizando siempre a la misma persona. ¿Se ha hecho alguna investigación sobre las empresas de seguridad?

–Sí –contestó Simone–. Y en los últimos robos, los establecimientos trabajaban con tres empresas diferentes.

–¡Mierda! ¿Pero sabes una cosa? Es posible que, actualmente, no se necesite ayuda desde el interior. A lo mejor le bastó con instalar una cámara diminuta en la trastienda para descubrir el código. ¿Cuánto se podría tardar en hacer una cosa así? ¿Dos segundos?

Simone asintió, pero cambió de postura otra vez y se colocó la mano detrás de la espalda. Luke la miró con el ceño fruncido hasta que Simone, irritada, le fulminó con la mirada.

–¿Qué pasa?

–No estarás teniendo contracciones Braxton Hicks, ¿verdad?

–¿Qué?

–Todavía es pronto. Deberías llamar al médico.

–Eh, Luke, ¿has perdido el juicio?

–Mira, lo siento. Sé que no debería querer involucrarme, pero no puedo fingir que no estás embarazada. Y si estás empezando a tener contracciones…

–No estoy empezando a tener contracciones. Me duele la espalda, eso es todo.

–A veces, un parto de riñones puede enmascararse como…

–¿Estás de broma? –le interrumpió Simone con un chillido–. ¿Desde cuándo sabes nada sobre los partos de riñones o las contracciones de Braxton Hicks?

–Yo… he estado leyendo algunas cosas –a Luke no le gustó cómo le estaba mirando Simone.

Y fue él el que empezó a moverse incómodo en la silla.

–Así que has estado leyendo algunas cosas. Sobre el embarazo.

–Volvamos al caso.

Luke se inclinó sobre el ordenador y fingió estudiar el mapa satélite, pero Simone se levantó a una sorprendente velocidad y corrió hacia su dormitorio.

–¡Eh!

Luke se levantó de un salto y la siguió, pero Simone se mostró más ágil de lo que había estado desde hacía semanas y se deslizó en el dormitorio antes de que él estuviera siquiera en el pasillo.

–¡Eh! –volvió a gritar Luke.

Al principio, le preocupó haberse dejado alguno de los envoltorios de los preservativos que había utilizado aquella mañana. O que Tessa hubiera dejado alguna prenda de lencería encima de la cama.

Pero cuando por fin entró en el dormitorio, descubrió que Simone había ignorado por completo la cama arrugada y estaba de pie junto al pequeño escritorio que tenía Luke bajo la ventana. Agarró un libro y le dio la vuelta. Después, levantó otro.

–¿Estás leyendo libros sobre bebés?

Su dulce voz inundó la habitación y presionó el cerebro de Luke.

–Estaban en una de las mesas más visibles de la librería –contestó, pero era una media verdad.

Sí, el primer libro lo había comprado en un impulso. Pero el segundo, el tercer y el cuarto habían sido un objetivo de compra. Afortunadamente, tenía la mitad de los libros en el despacho.

Simone agarró otro libro, lo hojeó y dejó después los dos ejemplares con un suspiro.

–No puedes hacer esto, Luke.

–¿Hacer qué?

Simone se limitó a negar con la cabeza y pasó por delante de él para dirigirse hacia la puerta. Pero en aquella ocasión, Luke la siguió pisándole los talones.

–¿Hacer qué, Simone?

Simone cerró el ordenador y lo guardó en su funda, pero él la siguió hasta la puerta. Tenía ya la mano en el picaporte, pero de pronto se detuvo y pareció derrumbarse.

–No puedes evitarme esto, ¿de acuerdo? No puedes arreglarlo.

–¡Diablos, Simone! Ni siquiera sé de qué tengo que salvarte. A lo mejor hay un padre en escena. O a lo mejor no. No sé si has acudido a un banco de semen. Pero no me importa, ¿sabes? Yo solo quiero ayudarte.

–No puedes ayudarme.

–¡Claro que puedo! Todo el mundo necesita ayuda. Las mujeres tienen maridos, hermanas, madres, amigas… Yo solo… A lo mejor tienes amigas. A lo mejor tienes cinco mujeres esperándote en casa cada noche para asegurarse de que lo sepas todo sobre la preclampsia y… y el parto prematuro, pero no creo que sea así.

–Luke…

Simone dejó caer la cabeza y clavó la mirada en el suelo durante varios segundos. Cuando se llevó la mano a los ojos, Luke temió que estuviera llorando, pero se obligó a permanecer donde estaba. No iba a dar marcha atrás. Simone le necesitaba, tanto si quería admitirlo como si no.

–¿Preclampsia? –musitó Simone, sacudiendo la cabeza.

–Es una subida de la tensión provocada por el embarazo que…

–Ya sé lo que es la preclampsia, idiota. Pero me cuesta creer que lo sepas tú.

–Soy detective. Conozco la manera de averiguar muchas cosas.

–Luke.

–Lo único que quiero es estar a tu lado. En cuanto al bebé, si piensas quedártelo… ¡Mierda! Ni siquiera sé si quieres quedártelo.

Simone posó ambas manos en su vientre.

–Voy a quedarme con él, sí.

A Luke se le encogió el corazón al pensar en ello. Simone iba a ser una madre verdaderamente buena, pero él sentía la inseguridad que hormigueaba bajo su piel.

–¿Estás asustada?

–No lo sé –Simone suspiró–. Pero tampoco importa que esté o no asustada, ¿no?

–A mí me importa. Y eso es lo que quiero que sepas.

Simone tomó aire y asintió.

–De acuerdo, entendido.

–Escucha, sé que pasaste mucho tiempo en una casa de acogida, así que asumo que tu familia no va a aparecer en escena. ¿Te está acompañando alguien a las clases de preparación del parto?

Simone se ajustó la correa del bolso en el hombro y desvió la mirada.

–Empiezan la semana que viene. Tengo una doula. Me acompañará durante el parto.

–De acuerdo, bien. Solo quiero que sepas que estaré aquí por si me necesitas. Por si me necesitáis tú o el bebé, ¿de acuerdo? Yo no sé nada de niños, pero…

–Yo tampoco –respondió Simone con una risa.

Pero la sonrisa se transformó en un suspiro que sonó sospechosamente lloroso.

Luke abrazó a Simone, moviéndose con mucho cuidado, por si ella no quería que la tocara. No había vuelto a rozarla desde aquella noche que habían bebido y había cometido un estúpido error. Pero aquello no era nada parecido. No era un error. Y Simone se inclinó hacia él, presionando la frente contra su hombro. Luke esperaba que comenzara a llorar, que se quebrara, pero aquello no era propio de Simone. Era una mujer fuerte, de modo que se limitó a soltar precipitadamente una bocanada de aire.

–Lo descubriremos juntos, ¿de acuerdo? Sé que puedes hacer esto sola, pero no tienes por qué hacerlo.

Simone tomó una bocanada de aire y asintió. Luke sintió un alivio sobrecogedor extendiéndose por su pecho. Después de que le palmeara la espalda repetidas veces, ambos se separaron con cierto azoro en el mismo momento.

Cuando Simone sonrió, Luke fue consciente de que era la primera sonrisa que le veía en mucho tiempo. En ese momento, no le importó lo más mínimo quién pudiera ser el padre. Ni siquiera le importaba que la gente pensara que era él, siempre y cuando Simone estuviera bien.

 

 

Tessa permanecía quieta como un ratón diminuto en el porche de la casa de Luke. No pretendía escuchar a escondidas, pero todo había empezado de manera completamente inocente. Estaba ya en la puerta, con la mano levantada para llamar, cuando se había dado cuenta de que las voces que oía procedían de la casa de Luke.

No se había atrevido a interrumpir. Luke y Simone por fin estaban hablando y la ventana abierta que había junto a la puerta impedía ocultar cuál era el tema. Tessa se había quedado helada. No quería alejarse de allí, ni siquiera quería respirar con demasiada fuerza mientras oía a Luke suplicándole a Simone que le permitiera ayudarla. Era tan bueno… tan noble. No era extraño que siempre hubiera querido ser policía.

Se alargó el silencio en el interior y a Tessa comenzó a cosquillearle la piel por la ansiedad. Retrocedió un paso, después dos, y oyó entonces que comenzaba a girar el pomo de la puerta.

–¡Oh, Dios! –suspiró, mientras reculaba hasta chocar prácticamente contra el parachoques de su coche.

Cuando la puerta de Luke comenzó a abrirse, se lanzó hacia delante como si, en realidad, estuviera avanzando hacia allí.

–¡Hola! –saludó a Simone–. ¿Cómo estás?

Simone tenía la nariz ligeramente roja, pero consiguió sonreír y mantener una conversación intrascendente con ella antes de dirigirse hacia su propio coche.

–¡Mierda! –maldijo Luke desde el marco de la puerta cuando vio a Tessa.

–Yo también me alegro de verte, detective.

–No, no me refiero a eso.

Como si quisiera demostrarlo, dio un paso adelante y la besó con entusiasmo en la boca. El sabor de su boca evocó en Tessa todo tipo de maravillosos recuerdos sensoriales y se derritió contra él como una estudiante con su primer amor. Le envolvió, rodeándole con los brazos y tomando su lengua, sintiendo que su sabor era algo perfecto.

Cuando interrumpió el beso, Luke respiraba casi con tanta dificultad como ella.

–Dios mío.

–¿Ya no te decepciona verme?

–No, pero me he olvidado de la cena. Lo siento. Estaba pensando en el trabajo.

–Mm. ¿Quieres que agarre la cerveza y me vaya?

–En realidad, esperaba que me dieras un minuto para poder ducharme y llevarte a cenar a ti.

Tessa desvió la mirada de su cuerpo y volvió a alzarla otra vez.

–De acuerdo, Pero solo si prometes acostarte conmigo después. ¿Estás en condiciones de hacerlo, detective?

–¿Qué clase de chico crees que soy?

Tessa se inclinó para rozarle la oreja mientras decía:

–La clase de chico que se puso de rodillas para mí ayer por la noche. Y esta mañana.

–¡Ah! Esa clase de chico.

–Vamos –Tessa le dio un pequeño empujón–. Voy a guardar la cerveza en la nevera. Dúchate.

–Sí, señora.

Al minuto de haberse separado de él, Tessa ya se estaba arrepintiendo de haberle enviado a la ducha. Una vez a solas, le resultaba demasiado fácil recordar la conversación de Luke con Simone una y otra vez. Había algo en ella que la inquietaba, aunque Tessa no sabía decir qué. En realidad, aquella conversación no contradecía nada de lo que Luke le había dicho. Nada.

Sin embargo, las palabras de Jamie continuaban flotando a su alrededor, como si fueran el fantasma de su hermano: «No seas una de esas chicas».

Mientras guardaba las cervezas en la nevera, Tessa oyó que Luke comenzaba a ducharse. Pensó en cómo le había pedido a Simone que le dejara ayudarla a ella y al bebé.

Era imposible que fuera el padre, ¿verdad? Seguramente, si Simone estuviera embarazada de Luke, no sería tan afable con ella. Pero si Luke ni siquiera era el padre, ¿por qué se preocupaba tanto por su compañera?

Estuvo caminando durante varios segundos en la cocina, presionándose los labios con la mano.

–No –musitó.

No podía ser. La situación no era tan extraña, ¿verdad?

Tessa intentó sacudirse las palabras de su hermano de la cabeza. Aquella noche no quería tenerlas allí. Aquella noche, se merecía una recompensa. Se la había ganado.

Pero justo cuando estaba comenzando a olvidarlo, entró en el dormitorio de Luke y desvió inmediatamente la mirada hacia los libros que tenía encima del escritorio. El estómago se le cayó a los pies y, por un instante, se sintió como si la prometedora velada se estuviera alejando de ella.

Pero no. No lo permitiría. Podía ser estúpida. Podía ser ilusa. Pero no era una mujer débil. Había ido allí a buscar a Luke y, maldita fuera, era a Luke al que iba a conseguir.

El libro parecía resplandecer desde el escritorio, así que Tessa dio los pasos necesarios para solucionar el problema. Se quitó los pantalones y la camisa y los dejó encima de los libros. Después, se quitó la ropa interior, agarró un preservativo de la mesita de noche y se dirigió a la ducha. Nada iba a estropearle aquella velada, aunque tuviera que obligarse a acercarse a Luke. Sabía que en cuanto la acariciara, se olvidaría de todo lo demás.

De modo que dejó las preguntas y las complicaciones a un lado y se deslizó entre las nubes de vapor que ocultaban el cuerpo de Luke Asher. El resto del mundo desapareció en cuanto cerró la puerta de la mampara tras ella.