Tessa pensó que había encontrado la manera de solucionar el problema del contrato. Si redactaba un segundo contrato mostrándose de acuerdo con cubrir los costes de todos los envíos de cerveza de Donovan Brothers a High West Air durante los próximos seis meses, Roland Kendall podría limitarse a firmar el contrato que Eric ya había preparado Y ese sería el contrato que verían sus hermanos.
El único problema era que Tessa se sentiría como una hermana intrigante, estafadora y manipuladora que había enredado a un montón de gente para engañar a su familia. Pero, al fin y al cabo, eso ya lo había hecho, ¿no? Ya había permitido que media docena de personas supieran que estaba dispuesta a actuar de espaldas a Eric por el bien de su propia causa.
Pues bien, si tenía que ser la mala de la película, estaba dispuesta a serlo.
Llamó al abogado de la cervecería y le preguntó que si podía preparar un contrato para que lo firmara ella personalmente. Aquella era la única manera de evitar que le fuera con el cuento a Eric.
–Tessa –le dijo el abogado cuando terminó de explicarle el contrato que quería redactar–, ¿qué demonios estás haciendo?
–He llegado a un acuerdo para mantener el trato en vigor.
–Pero esto… Serás personalmente responsable de esto. No puedo permitirlo.
–Vamos, Richard, eres mi abogado, no mi jefe. Redáctalo con algunos límites y algunas medidas de seguridad, ¿de acuerdo? Tú tienes las estimaciones que hicimos con High West, ¿verdad?
–Sí.
–En ese caso, protégeme de una posible ruina, pero sé lo que estoy haciendo.
–¿Tienes dinero para cubrir esos gastos?
–Redáctalo de manera que puedas poner el límite en los treinta mil dólares. No quiero perder la casa.
Richard suspiró de una manera que le indicó a Tessa que tenía un tercer hermano mayor.
–Y supongo que Eric y Jamie no tienen ni idea de que estás haciendo esto.
–Te contestaré con otra pregunta. ¿Acaso sé yo todo lo que hace Eric? –Richard no contestó, como Tessa ya había anticipado–. ¿Cuándo podrás tenerlo?
–El miércoles –contestó malhumorado.
Quería decirle que no, Tessa sentía aquella tendencia atravesando el teléfono como la fuerza de la gravedad. Pero, probablemente, Richard no quería darle la oportunidad de acudir a otro abogado que hiciera las cosas peor. Era un buen tipo, comparado con cualquiera, no solo con otros abogados. Tendría que invitarle a una cerveza cuando todo aquello terminara.
–¡Eric! –llamó Tessa cuando colgó el teléfono.
Su hermano no contestó, así que Tessa se dirigió hacia su despacho y llamó a la puerta, que estaba medio abierta. Eric le hizo un gesto para que pasara mientras él terminaba de hablar por teléfono y colgaba.
–¡Acabo de hablar con Monica Kendall! –le dijo Tessa.
–¿Ahora sois amigas?
«¡Oh, no!», deseó gemir Tessa, pero ignoró la pregunta.
–Dice que Roland todavía está dispuesto a seguir adelante con el trato. ¿Todavía no te ha llamado?
–No –parecía dubitativo–. No sé, Tessa. He oído rumores sobre que está hablando con uno de nuestros competidores en Denver. Estoy empezando a pensar que algo no va bien.
–Estoy segura de que todo va perfectamente. Me ha dicho que su padre todavía no ha firmado el contrato, pero pretende hacerlo. A lo mejor solo está haciendo las comparaciones de último momento.
–Estamos hablando de cerveza, no de un contrato con el Ministerio de Defensa –frunció el ceño y se reclinó hacia atrás en la silla–. Si esto no sale, tendré que rediseñar nuestra estrategia de mercado para los próximos dos años. Lo había proyectado todo alrededor de ese contrato.
Tessa asintió con vigor.
–Lo sé, pero esperemos a ver. Tengo un buen presentimiento.
Eric la miró poco convencido, pero Tessa cambió de postura y se palmeó el corazón con nerviosismo.
–Bueno, esperemos que se digne a llamarme antes de que vaya a Santa Fe.
–¿La feria de Santa Fe es esta semana?
–Me marcho el viernes.
Por un momento, Tessa había esperado que Eric saliera a la feria de cerveza artesanal a principios de semana. De esa manera contaría con una semana completa para asegurarse de que todo fuera perfecto. Pero quizá fuera preferible así. Necesitaba acabar con todo aquello cuanto antes.
–Estoy empezando a pensar que deberíamos contratar a alguien que se dedicara a tiempo completo de la parte comercial –anunció Eric.
–¿De verdad?
–La agencia de publicidad es ideal para las promociones, pero no pueden ir personalmente a las ferias y Jamie y yo ya estamos abarcando demasiado. Yo estaré en Santa Fe este fin de semana y dentro de dos semanas él tendrá que ir a Durango.
Tessa se aferró con fuerza al respaldo de la silla.
–Yo podría ayudar.
–No, necesitamos más ayuda.
¿Quería contratar a una persona a tiempo completo? ¿Dónde trabajarían entonces?
–Y si vamos añadiendo nuevos estados cada año, probablemente necesitaremos una persona que se dedique exclusivamente a la distribución. Y más espacio para el embotellado.
Tessa sacudió la cabeza sin decir nada. No tendrían espacio para todo aquello.
–Eric, eso son grandes planes.
Eric descartó aquel comentario con un gesto.
–Sí, lo sé. Solo estoy pensando por adelantado. Nos las arreglaremos. Gracias por el aviso de lo de High West.
–Claro –susurró Tessa mientras comenzaba a regresar lentamente a su despacho.
Sabía de antemano que Eric pretendía expandir el negocio, pero, de alguna manera, hasta entonces no había pensado en lo que eso podría significar. Habían crecido mucho durante los años anteriores, pero la adaptación había sido tan gradual que le había parecido algo natural. Normal. Pero aquello… Ni siquiera había pensado en ello. Si empezaban a añadir múltiples estados al mismo tiempo… Si comenzaban a crecer de una forma exponencial…
Tessa había estado intentando evitar que las cosas se mantuvieran como estaban, pero, ¿y si todo cambiaba? ¿Y si ella misma estaba contribuyendo a hacer realidad sus peores temores? A ella no le gustaban los cambios. No le gustaban nada en absoluto. Al parecer, incluso menos que a Eric.
Intentando ignorar aquel nuevo temor, agachó la cabeza y se obligó a cumplir con sus obligaciones habituales en la cervecería. Pagó facturas y estudió concienzudamente una nueva propuesta de cobertura enviada por su compañía de seguros. Encontró una nueva reseña sobre su cerveza ámbar y envió un mensaje a Twitter con un vínculo, después, actualizó la página web. Un aviso por correo electrónico de un retraso en el envío de un cargamento de cebada probablemente no afectaría a la producción, pero se lo reenvió a sus hermanos por si acaso.
Estuvo ocupada con otros cientos de cosas durante el resto del día, pero eso no la ayudó a despejar la mente. Al final, terminó llamando a Jamie, intentando no sentirse culpable por molestarle en su día libre.
–¿Qué te pasa? –preguntó Jamie con voz ronca y somnolienta.
–Lo siento, ¿te he despertado?
–No, ¿qué pasa?
–¿Eric te ha hablado de los planes de expansión que tiene para la cervecería?
–Sí, hemos hablado de ello.
–Quiere contratar más gente y aumentar el espacio del embotellado. ¿De dónde vamos a sacarlo? Tal como está la cervecería actualmente, apenas tenemos espacio siquiera para el aparcamiento.
Jamie se aclaró la garganta.
–Sí.
–¡No podemos mudarnos! Esta es nuestra cervecería. Es la cervecería de papá.
Jamie permanecía en silencio, pero el sonido susurrante de la tela le indicó a Tessa que se estaba levantando de la cama.
–Lo siento, ¿estás solo? No quería…
–Mira –le espetó Jamie–, pensaba que estabas decidida a darle a Eric todo lo que quisiera. ¿Por qué ahora pareces tan asustada?
–¡No estoy haciendo esto por Eric! Lo estoy haciendo por nosotros. ¡Por los tres!
–Tessa –suspiró.
Al otro lado del teléfono oyó que se abría la puerta de Jamie y después débilmente el alegre canto de un pájaro. Imaginó a Jamie fuera, en la plataforma de madera, mirando hacia el jardín. Esperaba que se hubiera puesto los pantalones.
–¿Qué demonios te pasa? –preguntó Jamie por fin.
–¡Nada! Es solo que no quiero que os peleéis. Y no quiero que cambiemos la cervecería. Y no quiero que otras personas se hagan cargo de la oficina. Las cosas están bien como están.
–¿Tú crees?
A Tessa se le cayó el corazón a los pies a tal velocidad que tuvo que apoyar las manos sobre la mesa para no derrumbarse. Cuando el pulso encontró de nuevo el camino hacia su pecho, le latió con tanta fuerza que invadió su garganta y ascendió hasta su cuero cabelludo. ¡Oh, Dios!
–No puedo seguir siendo camarero durante el resto de mi vida. ¿Es eso lo que quieres para mí?
–¡No! Claro que no. Eric quiere contratar a alguien que se dedique a tiempo completo a la distribución. A lo mejor podrías encargarte tú y contratamos a otro camarero.
–A lo mejor.
Tessa se frotó los ojos.
–¿Crees que debemos firmar ese contrato con High West? –preguntó.
–¿Y me lo preguntas ahora?
–Sí.
–Vas a provocarme una maldita úlcera –Tessa le oyó dejarse caer en una de las sillas del jardín–. No, creo que no deberíamos mezclarnos con esa gente. No me gustan. Pero Eric quería, así que tú también querías, ¿qué se suponía que podía hacer yo?
Tessa soltó un grito ahogado.
–¿Intentaste sabotear el acuerdo acostándote con Monica?
–No fue eso lo que pasó –gruñó.
–De acuerdo…
–No me acuesto con mujeres para… Yo nunca… ¡Dios mío!
–Lo siento, de verdad, no debería haber dicho eso.
Jamie soltó la respiración en un largo siseo.
–Esto se está convirtiendo en una locura, Tessa. Todo. Debería haber asumido lo que hice. Debería haber dejado escapar ese trato. No me gusta esa gente. No me gusta ninguno de ellos.
–Todavía no hay nada cerrado –susurró Tessa.
–Has conseguido el contrato. Ya no hay nada que hacer. Pero sabremos cómo enfrentarnos a ello.
–Sí –musitó Tessa.
–Todo saldrá bien, hermanita. No te preocupes.
Tessa se mostró de acuerdo, pero no era capaz de deshacerse de un mal presentimiento. A los pocos segundos, aquel presagio demostró estar mucho más que justificado.
Henry llamó a la puerta de su despacho.
–Hay un tipo en el bar que quiere verte. Dice que se llama Graham.
Tessa asomó la cabeza tan rápidamente que Henry retrocedió sobresaltado. Y fue una suerte que se apartara, porque, si no, Tessa habría tenido que empujarle para apartarle de su camino cuando salió a toda velocidad. Gracias a Dios, la puerta de Eric estaba cerrada.
–Graham –susurró cuando se acercó a él–, ¿qué estás haciendo aquí?
Graham tenía las manos en los bolsillos y contemplaba la zona del bar con una condescendiente alegría.
–Me gusta tu cervecería. Es muy hogareña.
–Gracias, ¿qué puedo hacer por ti?
–Te envié otro correo.
–Lo sé. Siento no haber tenido tiempo para responder. Me temo que la respuesta sigue siendo no. No podemos permitirnos esa clase de patrocinio e, incluso en el caso de que pudiéramos, necesitaríamos más tiempo.
–Estás cometiendo un gran error. No habrá otro torneo durante todo un año y hasta entonces te estarás perdiendo todos esos contactos, todas las posibilidades que…
–Lo sé, pero…
–¿Está tu hermano Eric aquí?
Tessa retrocedió.
–¿Por qué?
–Porque he pensado que podría estar interesado en lo que tengo que decirle.
En aquella ocasión, su sonrisa no fue en absoluto falsa. Fue una sonrisa babeante de autosatisfacción, una sonrisa radiante y amenazadora.
El corazón de Tessa latía a mil por hora.
–No –contestó, obligándose a no mirar hacia la puerta–. No está aquí. Está preparando una feria en Santa Fe.
–Es una pena. Lo intentaré en otro momento.
Salió silbando una versión perfecta de Happy Talk mientras se alejaba con paso lento hacia la puerta. Tessa no podía hacer nada más que permanecer clavada donde estaba, absolutamente horrorizada. Graham acababa de amenazarla, ¿verdad? ¿Qué clase de torneo benéfico era ese?
Jamie tenía razón. Aquella gente no iba a llevarles nada bueno. En cuanto fue capaz de obligar a sus pies a moverse, se dirigió a su despacho para llamar a su abogado.
–Si me retracto ahora de ese trato, ¿podría haber alguna repercusión legal?
–¡Gracias a Dios! –murmuró Richard. Se aclaró la garganta y continuó–. Lo único que puede pasar es que Kendall reclame por haber dejado pasar alguna oportunidad basándose en el contrato que tú le habías prometido. Pero, puesto que tú solo le habías prometido suministrarle un producto y él puede acudir a cualquier otro proveedor en cualquier momento, su caso no tendría ninguna posibilidad de prosperar.
–Bien. De momento, no hagas nada, ¿de acuerdo? Necesito tiempo para pensar.
Y para forjar un plan Y, quizá, para llorar un poco.
–Es una maldita huella dactilar –le gruñó Luke al técnico.
–Sí, y tú eres un detective entre treinta. Ponte a la cola.
Luke apoyó la cabeza contra el marco de la puerta y lo golpeó un par de veces.
–De acuerdo, lo siento. ¿Puedes decirme en qué situación está?
–Le hemos echado los polvos, la hemos escaneado y, ahora mismo, el ordenador está trabajando. Podría tardar unos minutos o una hora.
–¿Por qué no me lo has dicho antes? –preguntó malhumorado, y comenzó a alejarse con gesto ofendido–. Estaré en mi mesa –gritó por encima del hombro–. ¡Esperando!
Había enviado a un equipo para limpiar la zona de detrás de la cerca y habían regresado con algunos restos de basura, pero él se había concentrado en el paquete de cigarrillos. Era una cajetilla vacía de Dunhills, no era una marca muy habitual. Se trataba de una marca inglesa. Quienquiera que la hubiera comprado debía de haberla adquirido en un estanco especializado, no en un establecimiento cualquiera. Un resto extraño para ser encontrado junto a un cubo de basura, en la solitaria acera de un callejón sin salida.
Pero si alguien había aparcado en la acera y había abierto la puerta trasera de un todoterreno para cargar la mercancía robada… Incluso la más ligera brisa podría haber sacado aquella cajetilla vacía del vehículo.
Sí, las posibilidades eran remotas, pero, ¿qué demonios? A lo mejor conseguían dar con alguien que tuviera ya un expediente. A lo mejor la fotografía policial del tipo en cuestión aparecía con el título de Experto Delincuente sobre ella.
Rio, pensando en lo mucho que le gustaría a Tessa.
–¿Has encontrado algo? –preguntó Simone cuando Luke se sentó tras su escritorio.
–Todavía no.
–¿Entonces por qué pareces tan contento?
Luke alzó la mirada sorprendido.
–¿Qué?
–Andas por la oficina con una sonrisa en la cara, Asher. Tienes a todo el mundo asustado.
Luke miró a su alrededor, pero nadie le estaba mirando. Simone le guiñó entonces el ojo.
–¡Te pillé!
–Eres muy graciosa. Y hablando de gente contenta, ¿por qué pareces tú tan feliz?
–No lo sé –contestó Simone, sorprendiéndole. Él ni siquiera esperaba una respuesta–. Me encuentro mejor. De alguna manera, ya no me siento tan perdida.
Luke se irguió en la silla.
–¿De verdad? Eso es magnífico.
Luke bajó la mirada y se dio cuenta de que Simone sostenía algo en la mano.
–¿Qué es eso?
–Nada –contestó ella.
Pero cuando deslizó el cartón en el cajón del escritorio, Luke lo reconoció como una de las ecografías que había encontrado la noche anterior.
–Es una niña –le dijo Simone.
Luke arqueó las cejas.
–El bebé –le aclaró Simone, como si Luke no tuviera la menor idea de lo que le estaba hablando–. He decidido que estoy completamente satisfecha de que lo sea. Así será menos complicado, creo. Será más fácil para mí.
–¿Porque no va a aparecer ningún padre en escena? –aventuró Luke.
–Exacto.
–¿Estás segura?
Simone tragó saliva y movió lentamente el pulgar por la parte superior de su barriga.
–No… no es muy probable.
Aquello podía significar todo tipo de cosas. La mente de Luke comenzó a barajar distintas posibilidades, intentando encontrar respuestas para la enorme cantidad de preguntas que tenía. Pero obligó a su propia mente a recular y dejarlo pasar. Había un padre en alguna parte. Alguien a quien Simone podía querer o no. Pero eso no importaba. No significaba nada.
–Me alegro de que te sientas mejor –se limitó a decir.
–Gracias.
Una niña. A lo mejor Tessa podía ayudarle a elegir el regalo.
–Asher –dijo una voz justo antes de que le dejaran un sobre el escritorio–. Tu huella.
El nombre que vio sobre el sobre se clavó en su mente como un alambre de púas. ¿Qué demonios? Conocía ese nombre. ¿Pero cómo?
Casi frenético, tecleó el nombre en el ordenador y reunió todos los datos que pudo encontrar. Todavía confundido, le tendió el sobre a Simone.
–¿Conoces a este tipo?
Simone se encogió de hombros y negó con la cabeza.
–Creo que no.
–Mierda.
El tipo en cuestión había sido procesado en algún momento. Evidentemente, tenían sus huellas dactilares, pero no había ninguna denuncia, solo multas. Varias multas de tráfico. Otra por embriaguez y desórdenes públicos de muchos años antes y otra por posesión de marihuana. Probablemente, había ido a la universidad. ¿Pero entonces por qué el nombre le sonaba tanto?
Estuvo dándose golpecitos con el lápiz en la frente durante un minuto entero. Cómo de aquella manera no consiguió remover ningún pensamiento que pudiera ayudarle, tecleó el nombre en Google. Y el resultado le embistió con la fuerza de un tren de carga.
Aquel era un asunto serio. Y no podía decirle a Tessa ni una sola palabra.
–Tengo que llamar a Denver.
–¿Qué pasa? –preguntó Simone.
–Pasa que todo esto va a representar un montón de problemas, eso es lo que pasa. Y creo que sé por qué se han perdido parte de los contenidos de esos informes.