Capítulo 24

 

Luke clavó la mirada en Graham Kendall a través de la ventana de cristal blindado de la sala de interrogatorios. El tipo se mantenía frío como un pepino, tieso y perfectamente acicalado, con un traje caro y una corbata de seda. No parecía un hombre que llevara dos horas siendo interrogado por la policía. Parecía un ejecutivo intentando animar a sus directores en una reunión. Su abogado estaba un poco más tenso, pero Luke no creía que aquella tensión tuviera nada que ver con la situación. El tipo parecía haberse tragado una escoba.

No estaban llegando a ningún lado con los interrogatorios, así que Simone estaba probando con sus tácticas de policía buena, animando a Graham incluso a coquetear con ella. Graham debía de ser un hombre acostumbrado a manipular a las mujeres si de verdad creía que una mujer tan inteligente como Simone y con un embarazo tan avanzado podía llegar a creer que tenía interés en salir con ella.

Qué tipo más repugnante.

Luke alargó la mano distraído hacia el teléfono y marcó el número de Tessa.

–Hola, detective –contestó ella tras el primer timbrazo.

Su voz pareció filtrarse a través del teléfono como una mano seductora.

–Hola, Tessa.

–¿Llamas para disculparte? –le urgió ella.

–Sí, llamo para disculparme. Ayer estaba preocupado. Y tenso, lo siento.

–No pasa nada –le tranquilizó ella.

–Pero no te llamo por eso. Necesito veros a ti y a tus hermanos inmediatamente. Hemos encontrado una pista sobre el robo y necesito haceros algunas preguntas. ¿Crees que podríais reuniros los tres?

–Claro, ahora mismo por aquí va todo perfectamente. ¿Qué clase de…?

–Estaré allí dentro de cinco minutos.

Alzó la mano para llamar la atención de Simone e inclinó después la cabeza hacia el pasillo. Simone todavía estaba levantándose cuando Luke abrió la puerta de la sala de interrogatorios.

–Caballeros, tendrán que disculparnos. Acaba de surgir una emergencia, pero volveremos dentro de una hora.

–Detective Asher –dijo el abogado, con la rigidez de un letrado consciente de que su defendido todavía no estaba detenido–, no puede esperar que mi cliente permanezca aquí durante todo el día. No tiene ninguna información sobre el robo y no hay ningún motivo para sospechar de él.

–Aparte de la huella dactilar.

–Esa huella no demuestra que haya estado en la propiedad de los Donovan. Está dispuesto a contestar a cualquier pregunta que se le haga y ahora necesita volver a su trabajo. Si usted pudiera…

–Solo necesitaremos unos minutos más…

–Nos vamos –replicó el abogado.

Graham curvó los labios en una confiada sonrisa.

–Es la una en punto –le interrumpió Luke–. ¿Le parecería bien llevar al señor Kendall a disfrutar de un agradable almuerzo y pasarse después por aquí para que volvamos a hacerle unas preguntas?

–Eso es una tontería.

–No me gustaría descubrir que tengo dificultades para localizar al señor Kendall después del almuerzo. Podríamos vernos obligados a llamar a sus socios, a sus empleados y a sus clientes para seguirle el rastro.

La sonrisa de Kendall se tensó.

–¿Está usted amenazando a mi cliente, detective?

–Por supuesto que no. Solo estoy preocupado por el tiempo que perderé haciendo esas llamadas telefónicas si el señor Kendall abandona Boulder antes de que la detective Parker y yo hayamos podido dar por terminada esta entrevista.

El abogado le dirigió una rápida mirada a su cliente.

–Muy bien. Volveremos dentro de una hora. Pero ahí terminará la generosidad de mi cliente. Por mucho interés que tenga en ayudar, como presidente de Kendall Flight tiene obligaciones importantes. Estoy seguro de que lo comprende.

Luke siguió a Simone al pasillo.

–Vamos a la cervecería. Quiero averiguar lo que saben los Donovan sobre ese tipo.

–Ese tipo es tan asqueroso que ahora mismo necesito una ducha –musitó Simone–. Deberías haber visto cómo se acercaba a mí cuando se ha dado cuenta de que no llevaba alianza de matrimonio.

–¿De verdad? Las madres solteras desesperadas están muy buenas.

–Vete al infierno.

Luke sonrió, pero no fue una sonrisa de corazón. La adrenalina le ardía en las entrañas. Era la emoción habitual al estar acercándose a una respuesta que podía saborear, pero aquella emoción estaba mezclada con la ansiedad de darle la noticia a Tessa. Pero llevaba mucho más tiempo siendo policía que amante de Tessa, y le debía a su trabajo el hacer las cosas bien.

–¿Te apetece hacer esto? –le preguntó Simone.

–Creo que sí. Y, en cualquier caso, no me queda otro remedio.

–Podría ir sola.

–Eso sería peor, ¿no te parece?

Simone se encogió de hombros.

–Probablemente.

–Acabemos cuanto antes con todo este asunto. Con un poco de suerte, nos dirán algo que pueda ayudarnos a detenerle.

Luke no quería perder la esperanza, pero no se hacía ilusiones. Aquel caso era demasiado complicado como para tener en cuenta ninguna planificación.

Mientras Simone y él se dirigían hacia la puerta, el sargento salía de la habitación en la que guardaban los informes y estuvo a punto de tropezar con Simone. Retrocedió y miró alarmado la abultada barriga con la que había estado a punto de tropezar.

Simone pasó por delante de él.

Cuando estaban ya fuera, donde nadie podía oírlos, Luke se inclinó hacia Simone y le preguntó al oído:

–¿Todavía estáis discutiendo por la cuestión de la baja?

–Sí.

–¿Pero no crees que puede tener parte de razón?

–No, estoy embarazada, no incapacitada.

–Pero el bebé…

–Luke, te juro por Dios que…

Luke alzó las manos.

–De acuerdo, comprendido.

Pero en aquella ocasión, Simone no le castigó con su silencio. Tampoco se mostró especialmente habladora, pero estuvieron comentando el encuentro con Kendall y ambos se mostraron de acuerdo en que ninguno de los dos se había creído una sola palabra de lo que había dicho. Aquel hombre se había comportado como lo habría hecho cualquier ejecutivo respetable al que hubieran acusado de un robo. Pero lo que él no sabía era que Luke había podido hablar por fin con el otro policía encargado de los robos de Denver. Y sabía exactamente lo que había desaparecido de aquellos informes.

–Supongo que quieres que me mantenga al margen –comentó Simone mientras aparcaban en la cervecería.

–Al principio, sí. Pero intervén si ves que me salto algo.

–¿Crees que estarás distraído por culpa de una novia enfadada?

–Hay muchas posibilidades.

Luke no se molestó en corregir el título de «novia». No había ningún peligro en utilizarlo cuando era posible que Tessa ni siquiera estuviera dispuesta a hablar con él después de aquel día.

La una en punto de un martes, aparentemente, no era la hora punta de la cervecería, puesto que no había ningún otro vehículo en el aparcamiento. Luke casi había deseado que hubiera algún testigo para mantener la discusión a nivel bajo, pero no tuvo suerte.

En cuanto Luke abrió la puerta, Eric avanzó hacia él a grandes pasos mientras se secaba las manos en un trapo.

–¿Tienes alguna noticia nueva?

–Sí, ¿está todo el mundo aquí?

Pero antes de que Eric hubiera contestado a su pregunta, Tessa cruzó las puertas abatibles y las sostuvo para que pasara Jamie. Jamie dejó el barril de cerveza que estaba cargando detrás de la barra. Tessa miró a Luke a los ojos y sonrió. La discusión de la noche anterior parecía olvidada. Pero Luke se habría sentido mucho más aliviado si no hubiera tenido que enfrentarse a los siguientes minutos.

–¿Por qué no nos sentamos? –sugirió.

El rostro de Tessa fue el único que registró la correcta cantidad de recelo que merecían sus palabras. Se sentó lentamente en una silla y posó las manos sobre la mesa.

Luke cruzó las manos ante él.

–Este fin de semana hemos encontrado a alguien que está involucrado en el robo.

–¿Involucrado? –preguntó Eric–. ¿De qué manera?

–Entró, se llevó los ordenadores y el barril de cerveza y se fue.

–¿Entró? –le espetó Eric, dirigiéndole a Jamie una mirada glacial–. ¿Qué quieres decir con eso de que entró?

Luke alzó una mano.

–Alguien le contrató y le dijo que no se preocupara por la alarma de la puerta.

–Yo cerré esa maldita puerta –gruñó Jamie–, y conecté la alarma.

Tessa le tocó la mano para tranquilizarlo.

–¿Quién contrató al ladrón? –preguntó.

¡Ah! Aquella era la cuestión más peliaguda.

–El tipo recibió una llamada anónima. Si hacía el trabajo, podía quedarse con todo lo que él quisiera. Lo único que le interesaba a la persona que organizaba el robo eran los ordenadores.

Tessa frunció el ceño.

–Por los números de la Seguridad Social.

–Sí, el ladrón dejó los ordenadores al otro lado de la cerca de la cervecería. Aparte de una llamada de teléfono, no tuvo ningún otro contacto con la persona con la que se puso en contacto.

–¿Y ya está? –preguntó Jamie–. ¿Eso es todo lo que has conseguido?

–No, no es todo. Encontré una cajetilla de tabaco al otro lado de la cerca. Tenía una huella dactilar.

Jamie hizo un gesto de impaciencia, instándole a darse prisa. Luke, el muy cobarde, le sostuvo la mirada a Jamie en vez de mirar a Tessa.

–Esa huella era de Graham Kendall.

Tessa soltó una exclamación. Pero los otros dos hermanos se limitaron a fruncir el ceño.

–¿Kendall? –preguntó Eric–. ¿El hijo de Ronald Kendall?

–Sí.

–Graham –musitó Eric–. El tipo que dirige Kendall Flight. No tiene ningún sentido.

Luke se atrevió por fin a mirar a Tessa, que tenía el rostro blanco como la nieve y entreabría los labios con gesto de asombro.

–Sé que a primera vista puede parecer una coincidencia extraña –añadió Luke–, pero tengo razones para creer que…

–¿Cuándo encontraste la huella? –preguntó Tessa.

Luke se aclaró la garganta.

–Recogí la huella el miércoles, pero no localizamos a su propietario hasta más tarde.

–¿Cuándo? –presionó Tessa.

–Ayer.

–Ayer –apenas movía los labios–. Ayer ya tenías el nombre de Graham Kendall.

Luke le sostuvo la mirada sin decir una sola palabra.

Eric hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

–¿Y eso qué demonios importa? Lo que quiero saber es qué significa eso.

Luke asintió.

–Necesitamos saber quién de vosotros conoce a Graham Kendall y de qué manera le conoció. Y cuánto tiempo ha pasado en la cervecería.

–No le conocemos –insistió Eric–. Bueno, en realidad, Tessa coincidió con él en una ocasión.

–Fui a comer con él –aclaró Tessa.

–¿Qué? –preguntó Eric.

Luke intentó no adoptar la misma expresión de indignación.

–Fue solo una comida. Quería que habláramos de un acto benéfico.

–¿Qué clase de acto benéfico? –preguntó Simone casi al mismo tiempo que Eric ladraba:

–¿Cuándo?

Luke también estaba más interesado en la cuestión del momento.

–¿Cuándo? –preguntó, fingiendo que su interés estaba relacionado con la investigación y no con una punzada de celos en las entrañas.

–La semana pasada.

Sí, definitivamente, eran celos.

–¿Y por qué no me dijiste nada? –preguntó Eric, haciéndose eco por segunda vez de los pensamientos de Luke.

–Hablamos de la oportunidad de patrocinar el acto. Decidí no apoyarlo.

–¿Y no crees que deberías haberme invitado a esa comida?

–No lo sé, Eric –respondió–. ¿Tú me invitas a todas las comidas de negocios que tienes?

Eric alzó la barbilla.

–No es lo mismo.

–¿Por qué va a ser diferente? Quedé con él. Me pareció repugnante y pretendía que aceptara aportar cincuenta y cinco mil dólares para patrocinar ese acto en dos días. Le dije que se fuera a paseo.

Simone volvió a intervenir.

–¿Y cómo se llamaba ese acto benéfico exactamente?

–No lo recuerdo. Era en California. Me envió un correo electrónico. Si queréis, os lo puedo imprimir.

Luke asintió.

–¿Estuvo alguna vez en la cervecería?

Eric negó con la cabeza, pero Tessa respondió:

–Solo una vez. Se pasó por aquí ayer por la tarde. Por lo que yo sé, no había estado en la cervecería antes del robo.

Luke asintió, pero advirtió que el rostro de Jamie había adquirido un tono ceniciento bajo su bronceado.

–Jamie, la noche del robo tú estuviste trabajando. ¿Estuvo él aquí?

–No –contestó con la voz ronca por la tensión.

–Pero has recordado algo.

Jamie tragó saliva y le dirigió a Eric una mirada fugaz.

–Jamie –dijo Tessa con voz queda.

Pero Luke comprendió entonces lo que estaba pasando. La hermana de Graham. Ella sí había estado allí. Estuvo a punto de decirlo en ese instante, pero Tessa abrió los ojos horrorizada y fijó la mirada en su hermano.

–Jamie –volvió a decir con la voz convertida en un susurro.

Luke contuvo la respiración y esperó no tener que forzar la cuestión.

–Tengo que decírselo, Tessa –dijo Jamie–. Lo sabes.

Eric miró alternativamente a sus hermanos.

–¿Qué demonios está pasando aquí?

Tessa alzó la mano, como si de esa manera pudiera detener la marea, pero Jamie no tuvo clemencia.

–La noche del robo estuvo aquí Monica Kendall. Estaba en la cervecería cuando cerré.

Aquella noche. Mierda.

Eric frunció el ceño con expresión de perplejidad.

–¿Estuvo la noche del robo en la cervecería? ¿Y por qué?

Jamie se aclaró la garganta, pero Luke tenía los ojos fijos en Tessa. Las lágrimas habían convertido los ojos de la joven en dos enormes pozos. Tessa abrió la boca varias veces, pero no dijo nada. Luke deseó ser solo su novio, pero desear era muy fácil. Estaba allí como detective y no podía hacer ni decir nada que interrumpiera el flujo de información. Apretó los puños y se clavó los dedos en las manos, deseando tener las uñas suficientemente largas como para provocarse dolor.

–Me dijo que quería conocer la cervecería –contestó Jamie–. Llegó alrededor de las siete.

–¿Y se quedó hasta la hora de cerrar?

Luke intervino para interrumpir cualquier otra pregunta por parte de Eric.

–¿Crees que podría haberte visto introducir el código de la alarma? ¿Tuvo alguna oportunidad de abrir la puerta después de que la cerraras?

–La puerta de atrás, no. A lo mejor la de delante, supongo.

–¿Y la alarma?

Luke leyó la respuesta en los ojos de Jamie. Y, aparentemente, también la vio Eric. Había desaparecido la sorpresa de su rostro y la furia endurecía sus facciones hasta hacerlas de granito. Sus ojos azules se transformaron en platino.

–Estaba aquí cuando cerraste. Te vio meter el código, y eso significa que salió contigo, ¿verdad? Es eso lo que estás diciendo, ¿no? A pesar de todo lo que nos jugábamos con ese contrato, te acostaste con ella, ¿verdad?

Tessa se encogió, pero Jamie le sostuvo a su hermano la mirada.

–Me dijo que estaba un poco achispada y me pidió que la llevara a casa.

–Y tú lo hiciste.

No era una pregunta. Sus palabras rezumaban sarcasmo y Jamie al final desvió la mirada.

Tessa tomó aire y lo retuvo en la garganta y, a pesar de su voluntad de acercarse a aquel tema de manera impersonal, Luke posó la mano en su brazo. Pero Tessa le apartó.

Simone dio un paso al frente.

–Cuéntanos qué pasó exactamente cuando salisteis.

Durante varios segundos, reinó un tenso silencio en la habitación, hasta que Jamie asintió.

–Solo quedaba una mesa llena antes de que nos fuéramos. Lo habitual en un lunes. Eché a todo el mundo, pero Monica se quedó. Me dijo que no podía conducir y me pidió que la llevara a su casa. Había estado bebiendo muestras de cerveza con intención de probar todas las que tenemos. Se había bebido seis o siete y es una mujer muy delgada, así que no me pareció extraño –miró a Eric a los ojos–. Si una mujer me dice que no puede conducir, es normal que la crea.

–Así que se quedó –presionó Simone.

–Sí. Le advertí que tardaría varios minutos en cerrar. Cerré el bar, apagué el letrero y terminé de limpiar.

–¿Y después qué?

–Después llevé los vasos a la parte de atrás y apagué las luces.

–Ella pudo abrir la puerta entonces.

–Supongo que sí, no lo comprobé.

Luke asintió.

–Las cámaras no grabaron a nadie en el aparcamiento, pero si alguien llegó desde atrás y se mantuvo cerca de la pared, podría no haberlo recogido la cámara –le hizo un gesto a Jamie para que continuara.

–Ya estaba terminando cuando Monica vino a buscarme a la parte de atrás.

–Así que ni siquiera volviste a la zona del bar.

–Solo para apagar las luces y echar un último vistazo.

–Y salió contigo por la puerta de atrás.

–Sí… Estaba… Había estado coqueteando conmigo. Y, definitivamente, estaba muy cerca cuando conecté la alarma.

–Así que podría haber estado observándote.

Tessa emitió un sonido, como si estuviera a punto de atragantarse.

–Esto no tiene ningún sentido –susurró–. Son ricos, sus empresas tienen éxito. ¿Por qué van a arriesgarse a robarnos unos cuantos ordenadores?

–No creo que la cosa sea tan fácil –contestó Luke.

Vio sus brazos cruzados, sosteniéndose el uno al otro, y deseó poder acariciárselos.

Simone se inclinó hacia él.

–Monica Kendall –susurró.

Luke asintió. Necesitaban hablar con ella lo antes posible. Si conseguían que la hermana cooperara, podrían detener a Graham muy pronto. Luke se apartó para llamar a la comisaría y pedir que localizaran a Monica. Evitó la radio. No quería que ningún periodista pudiera enterarse de la noticia antes de que estallara el caso. Mientras esperaba al teléfono, vio a Tessa inclinarse para hablar en voz baja con Eric, pero Eric se apartó de la mesa y se alejó. Tessa le siguió, pero Jamie se quedó en su asiento, con los hombros relajados y expresión de tranquilidad. Era evidente que él quería confesar, pero Tessa parecía abatida por la tristeza.

–Voy a traer el equipo para tomar huellas –dijo Simone, señalando la puerta de la cervecería.

Unos segundos después, Luke recibía el aviso de que no había ningún registro policial sobre Monica Kendall en Colorado, ni siquiera un ticket de aparcamiento. Luke esperaba que aquella fuera su primera interacción con la policía. Podía dejarse llevar por el pánico y confesar todo antes de que llegara su abogado. Si una persona quería incriminarse a sí misma, no podían hacer nada para evitarlo.

Simone sacó las huellas de la cerradura. Eric desapareció en su despacho, mientras Tessa permanecía donde estaba con expresión de absoluta impotencia.

–Cuando averigües algo, dínoslo –le pidió Jamie mientras se levantaba y relajaba los hombros.

–Es posible que tenga que hacerte alguna pregunta más sobre Monica, pero solo si surge la necesidad.

–Lo comprendo –Jamie desvió la mirada hacia Tessa–. Ahora vuelvo –le dijo.

Simone guardó el equipo de impresión de huellas dactilares y se dirigió al coche. Por fin estaban solos Luke y Tessa. Al primero le sorprendió que Tessa fuera la primera en hablar.

–No me lo puedo creer –dijo sombría.

–No podía decírtelo.

Tessa alzó la barbilla.

–¿Era ilegal?

–No, no era ilegal, pero es una cuestión de ética profesional.

–Entonces, lo que estás diciendo es que no quisiste decírmelo.

Luke ya se esperaba algo parecido, de modo que ni siquiera pestañeó.

–Si es así como quieres verlo, adelante. Intenté advertirte…

–¿Advertirme? ¿Con pequeñas insinuaciones y fingiendo compasión?

–No era compasión fingida. Y no sé si nada de lo que hubiera…

–Espera –Tessa alzó la mano y cerró los ojos–. No quiero hablar de esto ahora. Necesito salvar a mi familia.

–Creo que estás exagerando la…

Un gruñido le interrumpió y Tessa salió furiosa de la habitación sin decir una palabra más. Luke quería salir tras ella, pero tenía que seguir trabajando en aquella pista. Y quizá fuera lo mejor, porque tenía la tentación de perseguirla y decirle que se estaba comportando de manera ridícula y melodramática. Sí, era preferible volver al trabajo.

Cuando se sentó en el asiento del conductor, Simone le dirigió una mirada interrogante. Él la ignoró, al igual que ignoró la dolorosa sacudida de su corazón cuando se alejó del aparcamiento.

 

 

Tessa oyó las voces antes de haber empujado siquiera las puertas abatibles. Todavía no estaban gritando y, por un breve instante, albergó una esperanza que la atravesó como el filo de una navaja. Pero la navaja giró cuando vio al uno frente al otro en medio de la cocina. Aquella no era una conversación amistosa. Eric tenía los puños cerrados y Jamie el rostro retorcido en una mueca de desprecio. Wallace estaba apoyado contra la puerta de la habitación en la que se guardaban los tanques de cerveza, con aspecto de estar preparándose para ver una película.

–Es increíble –le reprochó Eric a su hermano–. Realmente increíble. ¿Cuántas veces te advertí que te mantuvieras alejado de ella?

–Y me mantuve alejado de ella.

–¿De verdad? ¿Entonces cómo es que terminaste metido entre sus malditas piernas, Jamie? ¿Eh? ¿Cómo ocurrió?

–La llevé a su casa. ¿Por qué tienes que dar por sentado que me acosté con ella?

–¿No te acostaste? –gritó Eric.

–Esa no es la cuestión.

–Esa es exactamente la cuestión. ¡Maldita sea! Esa era la razón por la que no quería que la conocieras. Los dos me tratasteis como si estuviera loco, ¡pero mira lo que ha pasado!

–No pretendía…

–¡Oh! Tú nunca pretendes nada. Pero tampoco has sido capaz de controlarte ni durante un segundo en tu vida. ¡Ni uno!

Jamie dio un paso hacia Eric.

–Eso no es cierto. Jamás te he dado un puñetazo en esa maldita cara, ¿verdad?

Tessa corrió hacia ellos.

–¡Ya basta!

–Vamos, Tessa. –Eric soltó una carcajada casi truculenta–, a lo mejor Jamie necesita una buena patada en el trasero.

–Por favor, tranquilizaos –les suplicó, agarrándoos a los dos por los codos–. Hemos recuperado el contrato. No se ha perdido nada.

Eric se enderezó y se apartó de Jamie para poder mirarla.

–¿Qué quieres decir con que hemos recuperado el contrato?

Tessa sintió un frío glacial en todo su cuerpo.

–Me refería a que el contrato sigue como estaba.

–No, no es eso lo que has querido decir.

Jamie se liberó de ella y retrocedió también.

–Déjalo ya, Tessa. Dile la verdad.

–¿Qué verdad? –ladró Eric.

–Roland Kendall me vio salir de casa de Monica aquella mañana y canceló el trato.

Al ver que Eric palidecía por la sorpresa, un sollozo subió por la garganta de Tessa.

–Pero hemos vuelto a llegar a un acuerdo –susurró a través de su tensa garganta.

Eric sacudió la cabeza.

–¿Y todo eso cuándo ocurrió?

–Hace dos semanas –contestó Jamie–. El día siguiente al robo.

–¿Roland decidió cancelar el trato hace dos semanas y me lo ocultasteis? ¿Me mentisteis? ¿Los dos?

–Lo siento –graznó Tessa.

–Tessa… Tú…

–Yo quería arreglarlo –le explicó.

–¿Arreglarlo? Dios mío, ¿cómo habéis podido dejarme fuera de algo así? Todos nuestros planes de expansión…

–No quería que te enfadaras.

–¿Que no querías que me enfadara? ¡Por Dios!, ¿cuántos años tienes? ¿Doce? ¡Esto es un negocio!

–¡No, no es un negocio! ¡Es nuestra familia!

–En ese caso, me encanta ver lo fácil que te resulta mentirle a tu familia. Estoy empezando a pensar que no sé nada de ti.

Jamie dio un paso adelante.

–Vamos, Eric, déjala en paz.

El pánico de Tessa alcanzó un nuevo nivel. Eric estaba enfadado con los dos. Furioso. Le palpitaba la vena en la sien. Tenía los ojos claros como el hielo. El corazón de Tessa irradiaba dolor con cada latido. Se llevó la mano al pecho.

–Lo siento. Yo solo quería arreglarlo todo. Y lo arreglé.

–Esa no es la cuestión –dijo Eric–. Has estado ocultándome cosas durante dos semanas, viendo a Kendall a escondidas y solo Dios sabe a quién más.

–Yo también soy propietaria de este negocio. Tú empezaste en solitario las negociaciones iniciales. No puedes culparme por hablar con él.

–¿No puedo?

Tessa se presionó el pecho con fuerza.

–Pero al final, todo ha terminado bien ¿no? Ahora mismo ni siquiera queremos ese contrato. Él todavía no lo ha firmado. Y ahora sabemos que toda la familia podría estar loca.

–En ese caso, serían nuestra contraparte perfecta –le espetó Eric.

–No puedes estar pensando seriamente en seguir adelante con un acuerdo con High West.

–¿Por qué no? Se trata de nuestro dinero y de nuestro futuro.

–¡Dinero! –gritó Tessa–. El dinero no tiene nada que ver con nuestro futuro. No podemos relacionarnos con esa gente. Están enfermos, no son honestos, y tanto Jamie como yo lo hemos visto. Si nos hubieras hablado de tus planes, jamás nos habríamos involucrado con esa gente.

Una voz les llamó desde el bar y Jamie musitó una maldición.

–¡Mierda! Tengo que volver al bar. Tessa, ven conmigo.

–¡No!

–No quiero que acabéis destrozándoos el uno al otro. Vamos.

Eric soltó otra desagradable risa.

–Eric, espera –comenzó a decir Tessa.

Pero Eric estaba ya dirigiéndose hacia la puerta de atrás sin dejar nada tras él, salvo un rayo de luz que penetró en la cocina.

Jamie se aclaró la garganta.

–Ya te dije que…

–¡Basta! No quiero oírlo.

–Muy bien. Hablaremos de eso esta noche. Los tres –Jamie agarró un trapo limpio de una de las estanterías y se lo echó al hombro–. Hasta entonces, procura no preocuparte demasiado.

Pero el nerviosismo de Tessa iba en aumento. Tenía los hombros en tensión y el estómago más tenso todavía. Eric jamás se había alejado de ella de aquella forma. Jamás. Y Jamie… Se comportaba como si ni siquiera le importara. Incluso Wallace terminó renunciando al espectáculo y se retiró a su bodega de cristal.

Tessa se dirigió lentamente a su despacho, agarró el bolso y comenzó a llorar.

 

 

Monica Kendall les sonrió desde detrás de su enorme escritorio. Era muy guapa, suponía Luke, aunque transmitía una dureza que le restaba todo su atractivo. Aun así, tenía el tipo de belleza provocativa que muchos hombres admiraban. A lo mejor Jamie también se había dejado atrapar por ella.

–¿Ha dicho que pertenecen al Departamento de Policía de Boulder? –preguntó.

Ensanchó su sonrisa, pero no había alegría en ella. Tenía las puntas de los dedos blancas por la fuerza con la que presionaba las manos contra la mesa.

–Sí –contestó Simone–. Estoy segura de que habrá oído hablar del robo en la cervecería de los Donovan.

–No –respondió Monica–. No he oído nada al respecto.

Solo miraba a Luke. En aquella ocasión le tocaba a él hacer de policía bueno.

Luke sonrió y se inclinó ligeramente hacia delante, creando cierta intimidad entre ellos.

–Ocurrió la noche que estuvo usted allí –Monica abrió los ojos como platos y Luke retrocedió, dejándole más espacio–. Con Jamie –le aclaró–. ¿Notó algo extraño?

–No, qué va –suspiró, la tensión la abandonó en la forma de un largo suspiro–. No noté nada raro. Cerró la cervecería y me llevó a casa, eso fue todo.

–¿Y a qué hora regresó a la cervecería aquella noche?

La sonrisa de Monica se tornó coqueta.

–No volví. Jamie me llevó en mi coche. Yo le dejé en su coche a la mañana siguiente.

–¿A qué hora?

–Alrededor de las siete y media.

Simone interrumpió aquella conversación amistosa con un tono mucho más frío.

–¿Y qué me dice de esa noche, señorita Kendall? ¿Qué vio antes de marcharse con Jamie?

–¿A qué se refiere?

Ya había perdido el miedo. Había recuperado su habitual arrogancia, alimentada por la mirada de admiración de Luke.

–¿Que a qué me refiero? –preguntó Simone–. Me refiero a que de aquí a unos minutos voy a llamar a la policía científica y estoy bastante segura de que me dirán que sus huellas dactilares aparecen en la cerradura de la puerta de entrada de la cervecería.

El color abandonó el rostro de Monica Kendall como si le hubieran abierto un drenaje.

–¿Qué?

–También supongo que en los informes de su teléfono móvil aparecerá que llamó a su hermano justo antes de que el robo tuviera lugar.

Monica parpadeó.

–Hablo con mi hermano continuamente.

–¿De verdad? ¿Y es así como planean los robos?

Una profunda inhalación de Monica interrumpió el final de la frase.

–Eh –la tranquilizó Luke, alzando las manos–. Será mejor que nos calmemos un poco. Lo que yo creo… –posó las manos en el escritorio y las miró con solemnidad–. No creo que usted sea culpable de esos delitos.

–¡No lo soy!

–Creo que fue su hermano el que la metió en esto. Es evidente que usted no es una mala persona. Pero se trata de su hermano, ¿qué se suponía que podía hacer?

Monica le dirigió al teléfono una mirada fugaz.

–Yo también tengo un hermano –mintió Luke–. Si él me pidiera que le hiciera un favor… nada especial, solo pasarme por algún negocio un par de meses al mes, coquetear un poco…

–¡No fue eso lo que pasó! Le comenté a Graham que iba a pasarme por la cervecería y él me pidió que le hiciera un favor. Eso fue todo. ¡Yo no sabía lo que pensaba hacer!

Bueno, aquella parte era mentira, pero el resto parecía una honesta verdad.

–No quiero terminar arruinándome la vida por culpa de ese idiota –se quejó Monica.

Luke asintió con expresión compasiva.

–No es la primera vez que se busca problemas.

–Toda esta tontería va a…

En aquel momento, lo comprendió todo. Luke vio la milésima exacta de segundo en la que su miedo se tornó en cálculo. Continuaba pálida, pero apretó la mandíbula, cerró la boca y entrecerró los ojos.

Luke bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

–Podría detenerla ahora mismo –inclinó la cabeza hacia la cruel e inflexible Simone–. Tenemos todas las pruebas que necesitamos para detenerla.

El iris de sus ojos brilló y miró alternativamente a Simone y a Luke.

–O también podríamos llamar a su abogado y al fiscal del distrito y tener una conversación amistosa en Boulder.

–Si me detienen, ¿qué me sucederá?

–¡Oh! La llevaremos a Boulder y la detendremos. Le harán las fotografías, le tomarán las huellas dactilares y se la investigará. Después, la encerrarán en la cárcel.

–Me encerrarán.

–Hasta que la saque su abogado. Probablemente, no tardarán mucho en hacerlo. Alrededor de un día, hasta que establezcan su fianza. Dos como mucho.

–¿Y tendrán que hacerme las fotografías policiales? –preguntó en un susurro.

Parecía que eso era lo que más le asustaba.

–Sí.

Monica se palmeó nerviosa el pelo y frunció el ceño, mirando a algo que había detrás de Luke. Este se volvió y vio un retrato de Roland Kendall en la pared.

–Hablaré con el fiscal del distrito siempre y cuando me garanticen que no me detendrán.

–La cuestión de la inmunidad tendrá que negociarla su abogado con el fiscal.

Monica asintió. Su mirada se iba haciendo más fría cuanto más miraba el retrato de su padre.

–Se merece que le ponga en una situación comprometida –dijo, como si estuviera convenciéndose a sí misma–. Siempre ha tratado a Graham como si fuera su niño bonito. El hijo al que le encantaban el baloncesto y el béisbol. El niño al que se llevaba a pescar y a los torneos de golf. Pero Graham siempre ha hecho con él lo que ha querido. Siempre. Ya va siendo hora de que mi padre se dé cuenta.

–¿Por qué no llama a su abogado y reúne sus cosas? Nos veremos en la comisaría de Boulder.

Simone se inclinó hacia Luke mientras cruzaban las dobles puertas del despacho de Monica.

–¿Vamos a meterla en la cárcel? –susurró, dándole un codazo.

–¿Qué pasa? Me ha parecido una imagen bastante potente.

–¿Entonces crees que es tan inocente como dice?

–¡Qué va! ¡Claro que no es inocente! –respondió–. ¿Alguna vez lo son?

La imagen de Tessa apareció al instante en su mente. Tessa contra la pared. Tessa en la ducha. Miró el teléfono para asegurarse de que no le había llamado.

–Tu chica estaba bastante disgustada –comentó Simone.

Luke se sobresaltó tanto como si le hubieran sorprendido mirando fotografías obscenas.

–¿Eh?

–Me refiero a lo que ha pasado en la cervecería. ¿Lo habéis arreglado?

–No, definitivamente, no.

–Dale tiempo. Se tranquilizará. Quedáis muy bien juntos.

Luke, que en aquel momento estaba abriendo la puerta del coche, se detuvo y fulminó a Simone con la mirada.

–¿Que quedamos muy bien juntos?

–Bueno, ella es muy guapa y tú estás… ya sabes, loquito por ella.

–No estoy loquito por ella –bufó disgustado mientras se metía en el coche y ponía el motor en marcha con un brusco giro de la llave–. Tu estado te está poniendo sentimental.

–¿De verdad? Yo creía que era tu estado el que te estaba poniendo sentimental.

–No seas ridícula.

Pero la mirada de Simone le indicó que no le creía más de lo que se creía él a sí mismo. Luke estaba preocupado. Nunca había visto a Tessa tan seria. Tenía un mal presentimiento. A lo mejor había subestimado su enfado. En la mente de Tessa, él había hecho daño a su familia. Y sus hermanos lo eran todo para ella.

Se moría de ganas de ir a verla. Le dolían los músculos por la necesidad de ponerse en acción. Si pudiera darle una explicación y pedirle disculpas… Si por lo menos pudiera pasar algún tiempo con ella. Lo comprendería. Tendría que comprenderlo.

–Vamos –dijo Simone–. Acabemos con esto cuanto antes para que puedas comprarle unas flores.

–Flores. Muy bien. ¿Pero tú cree que funcionará?

–Funcionará.

Luke tomó una profunda bocanada de aire. Sí, definitivamente, funcionaría.