Tessa no durmió nada en absoluto. No podía.
Al principio se había tumbado en la cama y había estado intentando elaborar diferentes estrategias mentalmente, buscando la manera de arreglar las cosas con Eric. Urdió cientos de planes diferentes, pero fue descartándolos todos a medida que fueron pasando las horas.
Después se puso melancólica. Sentimental. Pensó en todo lo que habían hecho sus hermanos por ella. En todo lo que habían sacrificado. Y, por supuesto, pensó en sus padres. En su padre, un hombre grande, de buen carácter y risa escandalosa. Y en su madre, dulce y risueña, y en su forma de decir «te quiero» veinte veces al día.
A las tres de la mañana terminó sentada en medio del pasillo del segundo piso, rebuscando entre las cajas de fotografías que había sacado del armario.
El polvo que cubría las cajas le indicó la cantidad de tiempo que había pasado desde la última vez que las había abierto. No le gustaba mirar al pasado. No tenía sentido. Además… le dolía. Le dolía tanto que, en el instante en el que abrió la primera caja y vio una fotografía de su madre, comenzó a llorar.
Pero siguió mirando las fotografías, permitiéndose sentir lo mucho que los echaba de menos. Sus padres no habían sido perfectos. Su padre trabajaba demasiado y eran más las veces que no cenaba en casa que las que lo hacía. Su madre les gritaba cuando estaba estresada y fumaba cigarrillos en el porche cuando pensaba que nadie la veía.
Pero se querían el uno al otro y amaban a sus hijos. Eso era más de lo que mucha gente tenía.
Aquello era lo que se decía a sí misma cuando comenzaba a ahogarse en la autocompasión. Se decía que debía fijarse en todas aquellas personas que no tenían padres. En todos los niños que crecían en hogares de acogida. Su familia había sido maravillosa durante muchos años, de modo que, ¿cómo podía compadecerse de sí misma?
Pero, al parecer, no le resultaba tan difícil. Miró los rostros de sus padres y sintió la aguda tristeza de la pérdida, apenas amortiguada desde el primer año sin ellos. Miró el rostro de Eric y echó de menos su fácil y despreocupada sonrisa. No había vuelto a sonreír de aquella manera desde entonces. Ni una sola vez. Y Jamie… Sabía que había cambiado, aunque no podía precisar de qué manera. Estaba más enfadado, desde luego. Y tan pronto a comenzar una pelea como a terminarla.
Luke tenía razón. Ella tenía miedo de que sus hermanos se fueran. Tenía miedo de que se dejaran arrastrar por un enfado repentino y no volvieran jamás. Pero, quizá, había estado intentando evitar la catástrofe de manera equivocada.
A las cinco en punto, se dio una ducha y estuvo bajo el agua hasta que comenzó a enfriarse. Para cuando se secó el pelo y se puso la sudadera y los vaqueros, eran ya más de las seis. Eric salía a correr todas las mañanas alrededor de las siete. Esperaba que no le importara que interfiriera en su ejercicio matutino.
Cuando llegó a casa de su hermano, vio que tenía las luces encendidas, así que llamó a la puerta y contuvo la respiración.
Eric le abrió la puerta y frunció el ceño con enfado. Tessa sintió que se le caía el corazón a los pies, pero, inmediatamente, su hermano la empujó hacia dentro y fulminó a la oscura madrugada con la mirada, como si quisiera advertir a cualquier delincuente que se mantuviera a distancia.
–¿Qué estás haciendo aquí? Todavía es tarde.
–A esta hora todos los atracadores están en la cama. No te preocupes.
Eric comenzó a meterse las manos en los bolsillos del pantalón, pero cuando se dio cuenta de que llevaba puesto el chándal, se cruzó de brazos y se aclaró la garganta.
–Eh… –Tessa no sabía por dónde empezar–, ¿huele a café?
–Sí, claro. Siéntate.
Perfecto. Habían quedado reducidos al embarazoso papel de unos desconocidos. Se derrumbó en una silla y esperó a que le llevara una taza de café como si fuera una invitada.
Eric le llevó la taza y se sentó en el borde de la silla que estaba frente a la de ella. Ambos bebieron evitando mirarse el uno al otro. Cuando ya no fue capaz de soportar aquella situación, Tessa dejó el café.
–Lo siento, no debería haberte mentido.
–No pasa nada.
–Sí, sí pasa.
Eric se encogió de hombros, pero seguía evitándole la mirada.
–Yo… Desde que murieron papá y mamá, he querido facilitarte las cosas.
–¿A mí? Pero si yo estoy perfectamente.
–Lo sé –respondió Tessa automáticamente. Pero después negó con la cabeza–. Eric, tú te hiciste cargo de la familia cuando se suponía que deberías haber estado disfrutando y viviendo tu propia vida.
–Vamos, Tessa. A esa edad muchos hombres ya están casados. No fue para tanto.
–¡Por supuesto que fue para tanto! ¿Por qué dices eso? Renunciaste a todo…
–Renuncié a mi apartamento y a unos cuantos fines de semana.
–Eric… –Tessa volvió a dejar su taza y se frotó la cara, intentando mantener las lágrimas a distancia–. Te mentí porque tenía miedo.
–¿Miedo de qué?
–Jamie y tú os estáis peleando constantemente. Si seguís peleando de esa forma…
Eric arqueó las cejas con expresión interrogante.
–Me parece bien que te hagas cargo de la cervecería. Llevas haciendo esto mucho más tiempo que nosotros. Pero no puedes estar a cargo de todo, ni estar peleándote constantemente con Jamie. Se irá. O continuará enfrentándose a ti hasta que tú te vayas. Y a lo mejor…
–¿Y a lo mejor qué?
–A lo mejor terminas dándote cuenta de todas las cosas a las que has renunciado por nosotros. A lo mejor decides que ya estás harto.
Su voz parecía estar a punto de quebrarse en un sollozo, pero lo contuvo a pura fuerza de voluntad.
–¡Tessa! –Eric fruncía el ceño como si ella hubiera dicho algo inapropiado.
–Tengo miedo –le dijo–. Siempre he tenido miedo, por eso he ido mintiéndote sobre pequeñas cosas para asegurarme de que estuvieras contento. Pero ahora he empezado a mentir también en asuntos importantes.
–No pienso irme a ninguna parte. ¿Cómo puedes pensar algo así?
–¿Y Jamie?
Eric sacudió la cabeza.
–¿Qué pasa con Jamie?
–¡Le tratas como si fuera tu hermano pequeño!
–Es mi hermano pequeño.
–Lo sé, pero no en el trabajo. Es un adulto, y yo también. No necesitamos que te hagas cargo de todo.
–¡Ah! Pero entonces, ¿para qué ibais a querer tenerme cerca?
–No bromees, estoy hablando en serio. No quiero perderte.
Las lágrimas se abrieron paso por fin, empapando su rostro y rodando hasta su cuello.
–¡Dios mío, Tessa!
Tessa sintió que Eric se sentaba a su lado y la abrazaba para que llorara contra su pecho.
–No voy a irme a ninguna parte. Nunca. Me encanta mi vida. No es ninguna carga para mí.
–Trabajas demasiado, estás estresado, no estás dispuesto a dejar que nadie te ayude. Al revés, trabajas cada vez más.
–Vamos, Tessa. Si trabajo tanto, es por vosotros.
–¡Eso es lo que quiero decir! Sin nosotros serías mucho más libre, Eric. Y lo más terrible es que… –tomó una profunda bocanada de aire–, que no quiero que seas libre.
Eric tensó los brazos tan brutalmente a su alrededor que casi le hizo daño, pero Tessa no intentó apartarse.
–Lo siento –susurró.
–Por el amor de Dios, Tessa, no quiero ser libre. ¿Qué haría yo sin Jamie y sin ti? Admito que tuve que renunciar a algunas cosas para cuidar de vosotros, pero olvidas algo. Mamá y yo estuvimos prácticamente solos hasta que cumplí ocho años. Sé lo que es no teneros a vosotros. No sabes lo mucho que agradezco poder ser parte de una familia.
–Pero te oí –susurró Tessa, apretando los ojos con todas sus fuerzas.
Eric aflojó ligeramente su abrazo.
–¿Qué?
Cuando Tessa negó con la cabeza, Eric retrocedió ligeramente para mirarla.
–¿Qué oíste, Tessa?
Ella no pretendía sacarlo. De hecho, se había dicho a sí misma que ni lo mencionaría. Pero en aquel momento, el recuerdo estaba allí, y se retorcía dentro de ella, luchando por liberarse.
–Unos meses después de que murieran papá y mamá, te oí hablando con un amigo.
Eric la miró perplejo. No recordaba de qué le estaba hablando.
Tessa tomó aire.
–No podía dormir. Bajé al piso de abajo y tú estabas en el patio, tomando una cerveza con un amigo. No sé quién era. Toda la casa estaba a oscuras y recuerdo que pensé en lo brillante que estaba la luna, flotando sobre tu cabeza.
–Tessa…
–Y entonces te oí decir que claro que te gustaría que hubiera alguien más, pero que no lo había, que eras todo lo que teníamos y que no importaban las ganas que pudieras tener de largarte.
Tessa distinguió el reconocimiento en los ojos de Eric. Después, el horror descendió con oscura intensidad.
–Tessa…
–Lo comprendo. Por supuesto que lo comprendo.
–No me puedo creer que oyeras algo así. Lo siento mucho. Dios mío…
–No pasa nada.
–Sí, claro que pasa. No debería haber dicho eso. Solo fue una conversación sin importancia. Estaba desahogando mi frustración. Era un joven de veinticuatro años y estaba aterrado. Eso es todo.
–Lo sé, lo sé. Es solo que…
–No voy a ir a ninguna parte, maldita sea. Ni siquiera aunque queráis que me vaya.
Tessa le apretó la mano.
–Por mucho que me fastidie Jamie, o por mucho que me disgusten los hombres con los que sales. Aunque creo que de eso prefiero no enterarme.
A Tessa le parecía imposible ser capaz de reír, pero lo hizo.
–Y, Tessa, mamá y papá tampoco nos abandonaron. Nos los arrebataron.
–Lo sé –contestó con voz ronca.
Pero en su corazón daba lo mismo. Lo único que quedaba era el miedo a que alguien pudiera desaparecer en cualquier momento.
–No debería haberte enviado a esa psicóloga cuando estabas en el instituto. Era una charlatana.
Tessa le dio un golpe en el pecho y consiguió reír otra vez.
–Estoy completamente cuerda. Mucho más cuerda que tú.
–Sí, en eso no puedo estar en desacuerdo.
Tessa se recostó un instante contra su pecho, sintiendo la sólida fuerza que siempre había estado allí para ella. Recordó de pronto la primera vez que Eric la había llevado al parque cuando tenía cinco años y ella se había caído del tobogán. Su hermano también la había abrazado entonces, pero aquel corazón había atronado contra su oído como si fuera un pájaro que estuviera intentando escapar de su pecho. Debía de estar aterrado, comprendió Tessa en aquel momento, pero su voz había sido todo serenidad mientras había intentado tranquilizarla.
–¿Hay algo más que quieras contarme en este momento? –preguntó Eric–. ¿Algo que no me hayas dicho?
–Mm. Bueno, en realidad, no fui a clase de arte durante aquel verano en el que estaba en octavo. Jamie tenía que recuperar un semestre de matemáticas, así que estuve yendo con él dos horas al día a la escuela de verano para que no te enteraras.
–¿Estás de broma?
–No. Pero todo salió bien. Él se graduó y a mí me fue muy bien en trigonometría cuando tuve que estudiarla.
Eric soltó un bufido y la apartó con un codazo.
–¡Dios mío! No me cuentes nada más. No quiero saberlo. Pero no más mentiras. Ni más encubrimientos.
–Estupendo. En cualquier caso, Jamie me estaba poniendo las cosas difíciles.
Eric elevó los ojos al cielo.
–A lo mejor ha madurado.
La sonrisa de Tessa se desvaneció. Le sostuvo la mirada a su hermano.
–Sí, ha madurado. Y si voy a dejar de cubrirle, tú tendrás que empezar a mostrarte más abierto.
Eric se inclinó hacia delante y clavó la mirada en sus manos entrelazadas.
–No voy a seguir adelante con el contrato con los Kendall.
–¿Y los planes de ampliación?
–Ya hablaremos de ello, los tres, ¿de acuerdo?
El alivio pareció revolverle las entrañas y convertir sus músculos en gelatina.
–Gracias –le dio un beso a Eric en la mejilla y un último abrazo–. Ahora te dejo para que puedas ir a correr. Necesito dormir un poco antes de ir a trabajar. Pero esta noche hay un partido de los Rockies. ¿Qué te parece si organizamos una velada de béisbol en la cervecería? Hace mucho que no lo hacemos. Podríamos quedar, ver el partido y jugar al billar.
–Pensaba que necesitarías tiempo para arreglar las cosas con Luke.
Tessa se obligó a permanecer serena y neutral.
–No, qué va. Eso ya ha terminado.
–¿De verdad? ¿Así sin más?
–Tú mismo lo dijiste. No se puede confiar en él.
Eric frunció el ceño, pero se encogió de hombros y comenzó a levantarse.
–Tú misma. Pero asegúrate de no salir con nadie más.
–Por supuesto. No te preocupes por eso.
En realidad, pensó Tessa mientras salía a la pálida luz de la mañana, quizá no tuviera por qué volver a preocuparse. Luke tenía razón. No había espacio para nadie más en su vida. Se había limitado a salir para divertirse y disfrutar del sexo. Pero, tras conocer a Luke, ¿a quién podía encontrar que fuera más sexy que él? Sabía por experiencia propia que sería un desafío encontrar a alguien que pudiera satisfacerla como lo había hecho él. Entre ellos había, como poco, una gran química.
Sus zapatos hicieron crujir la escarcha mientras cruzaba el parque y salía a su calle. No había notado el frío durante el trayecto a casa de Eric, pero el cansancio empezaba a hacerse notar y comenzó a temblar mientras se dirigía de nuevo a su casa. El recuerdo de su cama caliente la llamó como un faro mientras se acercaba a la casa. La almohada olía todavía a Luke, y por tortuoso que fuera aquel recuerdo, se abrazaría a ella con fuerza y dormiría con su esencia pegada a su cuerpo.
Pero al día siguiente cambiaría las sábanas y seguiría adelante con su vida.