Una semana completa de investigación, de largas noches y días sin dormir intentando construir una acusación sólida contra Graham Kendall. Y, por supuesto, al final ocurrió lo que temía que iba a ocurrir.
–Ya es oficial –dijo Luke–. Se ha escapado.
–No finjas que te sorprende –respondió Simone.
–¿Y adivinas dónde ha aparecido?
Simone se reclinó en la silla y tamborileó con los dedos en su propia barbilla.
–Taiwán, quizá. O Arabia Saudí.
–Eres muy buena. Ha volado a Taiwán.
–Bueno, no hay muchos países sin acuerdo de extradición que puedan ofrecerle el estilo de vida al que está acostumbrado. Aun así, pronto se quedará sin dinero, ¿no te parece?
Luke se encogió de hombros.
–Al ritmo que lo gasta, en un año o dos. Pero no sé si su padre le enviará fondos o no. Ahora está muy disgustado, pero ya ha sacado a Graham de apuros en otras ocasiones.
En cuanto habían comenzado a presionar en el castillo de naipes que Graham había levantado, el edificio entero se había derrumbado bastante rápido. Tal y como sospechaban, tenía problemas con el juego. También se había hecho evidente que era aficionado a la cocaína. Y al Adderall.
Había organizado los robos para poder vender identidades y números de tarjetas de crédito a cambio de dinero en efectivo. Luke sabía por experiencias previas que nunca conseguirían rastrear todas aquellas conexiones. Era un delito que se extendía como una telaraña a lo largo del planeta. El intermediario probablemente estaba en Europa del Este y los consumidores finales en Asia, Rusia y África.
Pero todos los ingresos que tenía Graham sin declarar eran mucho más fáciles de localizar. Los delitos contra la Hacienda Pública probablemente le enviarían a prisión durante una década o dos. Y después estaba el torneo de golf. Apenas estaban empezando a desenmarañar aquel desastre.
Roland Kendall se había presentado en la comisaría en cuanto le habían llamado a declarar. En aquel momento estaba saliendo del despacho del sargento Pallin junto a dos abogados, el comandante de la división y el fiscal del distrito. Nadie parecía particularmente contento.
–Había movido algunos hilos para evitar que su hijo tuviera problemas en Denver. Por eso trasladó Graham esta última operación a Boulder –musitó Luke–. Me cuesta creer que su padre no vaya a ayudarle ahora que está en Taiwán.
–Sí, pero ahora que Roland sabe que no fue algo accidental…
–Ya veremos.
Le resultó sorprendentemente fácil dejarlo pasar. Simone y él habían hecho su trabajo. De momento, Graham Kendall era intocable estando en Taiwán, pero desde allí no podía robar a nadie más en Boulder. Y, al final, terminaría pagando por lo que había hecho.
A diferencia de otros, que no habían tenido que sufrir las consecuencias de sus actos. Luke fulminó con la mirada al sargento Pallin cuando salió a acompañar a sus invitados.
–¿Has hablado ya con Tessa? –preguntó Simone.
Luke se volvió hacia ella, pero Simone se limitó a mirarle con expresión inocente desde la pantalla.
–Ya sabes que no.
–Deberías llamarla.
–No.
No, así de simple. Había pasado desde la culpa a la tristeza y la resignación durante los días anteriores. En aquel momento estaba estancado en la furia. Si él no era un hombre suficientemente abierto, entonces Tessa Donovan era una cámara acorazada. Él había cometido un error, ¡uno!, y, por ese error, Tessa le había dejado de lado como si fuera basura.
Ya había llegado al límite, no iba a permitir que le trataran como a un producto de usar y tirar. Si Tessa pensaba que no era suficientemente honesto y abierto como para merecer la pena, entonces, fin de la historia.
O, por lo menos, eso era lo que intentaba decirse. Y funcionaba bastante bien durante el día.
–De acuerdo –Simone suspiró–. Me voy a casa. Tengo que admitir que ya no soy capaz de seguirte el ritmo.
Luke la miró sorprendido.
–Pediré la baja dentro de una semana.
Luke no sonrió, porque la expresión de Simone era de dureza y resentimiento, pero se sintió inmensamente aliviado.
–Intentaré no divertirme demasiado sin ti.
–Más te vale.
Simone se marchó con los hombros caídos en un gesto de derrota y con un balanceo decididamente propio de una embarazada. Cuando estaba a medio camino de la puerta, se encontró con Pallin, que regresaba a su despacho, y Luke vio que clavaba la mirada en el suelo. Pallin mantuvo la mirada al frente. No vio cómo alzaba Simone la mirada para observarle mientras se alejaba.
El enfado de Luke se encarnó en una esfera ardiente bajo su esternón. Su rabia no estaba causada solamente por Pallin, pero estaba encantado de haber encontrado por fin un objetivo.
Debería marcharse. Salir de allí e ir al campo de tiro para desahogar su furia contra unas cuantas dianas destrozadas. Pero entonces se le ocurrió pensar que a Tessa le encantaría ir al campo de tiro, y la bola que le abrasaba el pecho ardió con más fuerza.
Diciéndose a sí mismo que no debería hacerlo, se levantó y se dirigió al despacho de Pallin. Este estaba a punto de sentarse cuando Luke entró y cerró la puerta tras él.
–Asher, ¿qué puedo hacer por usted?
–No estoy preocupado por lo que pueda hacer por mí, sargento.
–Lo siento, no sé qué quiere decir.
No lo sabía. Por lo menos cuando pronunció aquellas palabras. Pero su rostro fue tensándose por la sospecha con cada segundo que pasaba.
–No pensará dejar las cosas así, ¿verdad?
El rostro de Pallin perdió todo color en el segundo que Luke tardó en pestañear.
–No sé de qué me está hablando.
–Sí, claro que lo sabe, no me fastidie. Simone necesita recibir una pensión alimenticia para el niño. Diablos, necesita todo tipo de apoyo, pero, al parecer, usted no está dispuesto a dárselo.
Pallin tragó saliva con fuerza y miró por encima de Luke hacia la habitación que tenían tras ellos.
–No va a decírselo a nadie, ¿verdad?
–Es usted un imbécil –dijo Luke con desprecio.
Su jefe dejó caer los hombros.
–Yo no quería que pasara esto. Pensaba que mi matrimonio había terminado, lo juro por Dios. Y cuando averiguamos esto…
Luke posó las manos en el escritorio del sargento y se inclinó hacia delante.
–Ella no se merece esto.
–Lo sé. ¡Ya lo sé! Si pudiera. Yo… Voy a darle todo lo que pueda y tan a menudo como pueda. Y me gustaría… –desvió la mirada y se frotó los ojos con las manos–. Por favor, no se lo diga a nadie.
Luke asintió, se enderezó y fijó la mirada en aquel hombre al que en otro tiempo había respetado.
–No puede quedarse aquí.
–¿Qué?
–No puede quedarse aquí, siendo su jefe, su examante y el padre de su hijo.
–Pero…
–A lo mejor no me está comprendiendo. No pienso permitir que se quede aquí. ¿Lo he dejado suficientemente claro?
Al oírle, el sargento recuperó parte del color en las mejillas.
–No puedo marcharme. Este es mi trabajo. ¿Y qué demonios se supone que le diría a mi esposa?
–¿Pensaba quedarse aquí y tratar a Simone como si fuera una trabajadora más?
–Yo… ¡No tengo otra opción!
–Hay otros muchos departamentos de policía cerca de aquí: Denver, Aurora, Fort Collins. Y poblaciones más pequeñas en las que estarían encantados de contar con usted. Empezará a buscar y en cuanto encuentre una plaza, le dirá a su esposa que es una oportunidad que no puede dejar pasar. Y después se largará de aquí y no volverá jamás.
–¿Y si no lo hago?
Luke sonrió.
–Y si no se va, su situación en esta comisaría será muy diferente, sargento.
El fuego que ardía en su pecho fue apagándose mientras salía del edificio, pero, desgraciadamente, dejó sus cenizas tras él. Ni siquiera sintió una chispa de esperanza cuando sonó el teléfono. Sabía que no era Tessa. Ya había pasado más de una semana y no iba a llamarle.
Tal como imaginaba cuando abrió el teléfono, no era ella. Lo que no esperaba era encontrarse con un número con el prefijo de Los Ángeles.
–¿Diga?
–¿Luke? Hola, soy Eve.
Luke se detuvo en la acera, demasiado impactado como para poder seguir moviendo las piernas. Hacía poco tiempo que se habían visto, pero, de alguna manera, era diferente oír su voz por teléfono. Era como si estuvieran juntos a solas.
–¡Ah! –contestó por fin–. Hola, ¿qué tal estás?
–Bien, muy bien, en realidad.
–Me alegro. Tenías muy buen aspecto cuando te vi.
–Sí, tú también –contestó, antes de que los dos se sumieran en un incómodo silencio.
Con el ceño fruncido, Luke sacó las llaves del bolsillo y se obligó a avanzar hacia su coche.
–Entonces…
–Lo siento –dijo Eva–. Resulta extraño, ¿verdad?
–Sí –Luke suspiró mientras se metía en el coche y cerraba la puerta. Cerró los ojos también–. Es raro.
–Siento lo del otro día. Me refiero a lo de casa de tu madre. No tenía intención de sorprenderte de esa manera.
–Lo sé.
Con los ojos cerrados, se sentía como si estuvieran sentados juntos en el coche. Los abrió y clavó la mirada en el parabrisas.
–Debería habértelo dicho entonces –se disculpó Eve lentamente, eligiendo las palabras con cuidado–. Lo que quiero decir en realidad es que lo habría hecho si no me hubiera impactado tanto verte. Voy a casarme.
–Felicidades. En realidad, me lo imaginé.
Eve exhaló un suspiro cargado de alivio.
–Tú siempre has sido muy inteligente.
–No siempre –musitó él.
–No –oyó el tintineo del pendiente contra el teléfono cuando Eve cambió de postura–. No, pero aquella época no fue normal para ninguno de nosotros. Fue muy difícil. Siento mucho… no sé, todo lo que pasó.
Luke cerró los ojos, demasiado cansado como para seguir con ellos abiertos.
–Podía haber manejado la situación mucho mejor. Pero era joven y estúpida.
–Los dos lo éramos. Éramos demasiado jóvenes para enfrentarnos al matrimonio, y al cáncer.
–Sí, supongo que sí. Entonces, ¿ya no me odias?
Luke advirtió que contenía la respiración y sintió que se le tensaba el pecho en respuesta.
¿La odiaba? ¿La había odiado alguna vez? Aquella parte de su vida estaba demasiado lejos como para poder decirlo en aquel momento.
–No, no te odio. Me alegro por ti. Espero que sea un buen tipo.
–Lo es –titubeó–. Por si te sirve de algo, creo que he aprendido a ser mejor en esto. Antes me guardaba muchas cosas dentro. Nunca dejé que supieras lo sola que me sentía incluso cuando estabas sentado a mi lado. Y para cuando te lo dije, ya era demasiado tarde. No podíamos dar marcha atrás.
Luke podía haber discutido con ella. Podría haberle dicho que era ella la única que no había querido volver a empezar. ¿Pero qué demonios importaba en aquel momento? Eve tenía razón. Eran demasiado jóvenes y estúpidos. No habían tenido ninguna oportunidad.
–Es agradable oír tu voz –dijo Eve suavemente.
–Sí, lo mismo digo.
Y lo decía en serio. Pero sospechaba que habría sido mucho más agradable si hubiera sabido que cuando colgara iría a ver a Tessa. Lamentablemente aquella noche tendría que conformarse con la botella.
El viernes por la noche siempre era el día más animado de la cervecería. Normalmente llevaban un grupo y el de aquella noche era magnífico. Pero, incluso sin música, se palpaba la felicidad en el ambiente mientras los clientes se despedían de otra semana de trabajo. Todo el mundo era feliz. Incluso Tessa fingía ser feliz mientras marcaba con el pie el ritmo del violín eléctrico y llevaba otra ronda de cervezas a la mesa nueve.
Pero no estaba contenta. Estaba inquieta y resentida. Debería estar contenta. Sentía los hombros más ligeros, menos preocupaciones en su corazón. Jamie y Eric habían firmado una tregua y Jamie se había disculpado solemnemente por haberse acostado con una ladrona o, por lo menos, con la cómplice de un ladrón. Era como si de pronto hubieran sajado una herida y la presión se hubiera liberado.
Pero Luke estaba arruinándolo todo. Luke y su terrible ausencia, y el vacío que había dejado en su corazón, y la forma en la que le deseaba su cuerpo. Tessa bajó la mirada hacia la cerveza que acababa de servir, intentando decidir si aquel color marrón era o no más oscuro que los ojos de Luke.
–¿Tessa? –dijo Jamie–. ¿Estás bien?
–Claro –contestó con una sonrisa.
Y terminó de servir rápidamente la mesa antes de que le hicieran más preguntas. Pero cinco minutos después, cuando regresó a la barra con una bandeja de vasos vacíos, Jamie no le quitaba la mirada de encima.
Para defenderse, Tessa sacó el móvil y escribió un mensaje en el Twitter en el que decía que Jamie estaría encantado de recibir más visitas. Desgraciadamente, no entró una multitud por la puerta para salvarla antes de que su hermano volviera a atacar.
–¿Entonces qué ha pasado con Luke? –preguntó con sospechosa ligereza.
–Nada –le guiñó el ojo–. Solo lo que tú querías.
–¡Eh! Yo no quiero que dejes de verle si eso te hace ir llorando por las esquinas.
–¡Yo no voy llorando por las esquinas! ¡Estoy muy contenta!
–Sí, claro. ¿Qué te ha hecho para que te hayas enfadado tanto?
–Oh, bueno… –comenzó a amontonar vasos sucios con la esperanza de que dejara el tema.
–¿Tessa?
–Me planteó algunos de mis problemas.
–¡Oh, no! ¡Qué canalla!
Tessa agarró la bandeja con los vasos sucios y la deslizó sobre el mostrador antes de levantarla.
–Si crees que es tan majo, sal tú con él.
Cuando Tessa cruzó a toda velocidad las puertas que conducían a la parte de atrás, comprendió que había ido de mal en peor. Y «peor» era una situación terriblemente embarazosa.
–¡Oh! –exclamó, encogiéndose al ver a Wallace de rodillas ante Faron, con las manos unidas como si estuviera rezando–. ¡Lo siento!
Wallace desvió la mirada hacia ella, pero Faron ni siquiera pestañeó.
–No te llevas bien con mi marido, así que no puedo seguir viéndote.
–¡Tu marido! –Wallace escupió en el suelo asqueado, haciendo saltar a Tessa–. No se merece ni ser considerado un hombre. Faron, por favor. Te quiero.
Faron apartó bruscamente la mano que Wallace le retenía, dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas.
Con los brazos doloridos por el peso de los vasos, Tessa permaneció paralizada donde estaba mientras Faron pasaba por delante de ella.
Al final, se aclaró la garganta.
–¿Wallace?
Wallace gruñó mientras se incorporaba y Tessa se alegró de que estuviera regresando a su malhumorada normalidad.
–Su marido –musitó el cervecero.
Tessa volvió a aclararse la garganta.
–Eh… ¿le conoces?
–¿Que si le conozco? Salí con él hace años. Es un fanfarrón y un mentiroso que ni siquiera le llega a Faron a la altura de los zapatos. ¡Esa mujer es una diosa!
Diosa o no, Wallace no parecía tener precisamente el corazón roto.
–¿Estás seguro de que estás bien? –le preguntó.
Le parecía extraño que un hombre pudiera recuperarse tan rápidamente después de haber estado de rodillas, suplicando por el corazón de una mujer.
–Sí, estoy bien –gruñó, y se retiró hacia su bodega y sus tanques.
–Wallace, ¿estás seguro?
Wallace se detuvo y se volvió ligeramente hacia ella. Tessa escrutó su rostro, o lo que podía ver de él, buscando alguna señal de tristeza. Pero, sorprendentemente, Wallace le guiñó el ojo y su barba se estiró como si estuviera sonriendo.
–Volverá. No es capaz de resistirse.
–Oh, ya entiendo.
Tessa le vio desaparecer en la habitación de los tanques de cerveza y allí permaneció hasta que los brazos comenzaron a temblarle. Para cuando comenzó a moverse para dejar la bandeja, Wallace ya había regresado a su silencioso monólogo con los tanques y parecía absolutamente feliz en su bodega. Tessa se alejó corriendo a toda velocidad y llegó justo a la guarida de Jamie.
–¿Sabes? –dijo Jamie, como si no hubiera pasado ni un segundo desde que habían dejado la conversación–. Ayer hablé con él.
Tessa gimió y se tapó la cara, convencida de que estaba empezando a perder la cabeza.
–¿Con quién?
–Ya sabes con quién. Llamó para hablar del caso.
–Muy bien. Genial. Espero que tuvierais una conversación agradable.
–Parecía bastante apagado.
A Tessa se le llenaron inmediatamente los ojos de lágrimas. ¿Estaba triste? ¿La echaba de menos? ¡Dios! Ella le echaba mucho de menos. El dolor todavía estaba allí. Tirando de ella hacia al suelo. Un sentimiento terriblemente melodramático para una relación tan corta.
–Vamos, hermanita, cuéntame lo que pasó.
Tessa negó con la cabeza, pero, aun así, las palabras escaparon de sus labios.
–Tenías razón sobre Luke.
Jamie se tensó y en su rostro relampagueó la rabia.
–La razón por la que todo el mundo piensa que Simone es el padre del niño…
–Ese asqueroso canalla…
Tessa se encogió de hombros.
–No es… No sé. En realidad, no se acostó con ella, pero, al parecer, hubo algo entre ellos hace un par de años. Bebieron mucho y se liaron.
Jamie bajó la barbilla.
–¿De verdad?
–Sí. Pero Luke dijo que, en realidad, nunca…
–¿Solo se besaron? –la interrumpió Jamie.
Tessa advirtió entonces que el enfado de su hermano se había transformado en estupefacta incredulidad.
–¿Y qué? Me había dicho que solo eran amigos.
–¿Te has enfadado porque se dieron un beso hace un par de años?
Entonces fue Tessa la que se tensó.
–No sé si fue solo un beso. A lo mejor se enrollaron o….
–¡Oh, vamos! Aunque de verdad hubiera pasado algo, llevan más de dos años viéndose a diario sin que haya ocurrido nada. ¡Por favor, Tessa!
–¡Eh! Que fuiste tú el que me dijo que no fuera una estúpida.
–¿De verdad? Pues no lo seas.
–¡Vete al infierno! –exclamó, al tiempo que alargaba la mano hacia las cervezas que Jamie acababa de servir.
–¡Eh! –comenzó a decir, pero fueron interrumpidos por un grito agudo.
–¡Jamie! –gritó a coro un grupo de chicas desde la puerta.
–Tessa –dijo Jamie por debajo de su sonrisa de bienvenida–. ¿Qué has escrito esta vez?
–Nada. Solo he comentado que había mesas vacías en el bar. El entusiasmo lo provocas tú, hermanito.
–Bueno, iba a decirte que fueras a buscar a tu novio, pero ahora…
–Hay demasiada gente. Y no es mi novio.
Intentó subir la bandeja, pero Jamie se la agarró desde el otro lado.
–Tienes que hablar con él. Y todavía quedan dos mesas vacías. El bar no está tan lleno.
–Está abarrotado –tiró de la bandeja de nuevo, pero Jamie también tiró y consiguió arrebatársela.
–Quiero que seas feliz, hermanita. No solo que estés segura y protegida, sino también que seas feliz. Y a lo mejor Luke no es tan malo. Tú habla con él, ¿de acuerdo? Deja que se disculpe por haberte cuestionado. Porque eso es lo que de verdad te ha molestado, ¿no es cierto?
Tessa miró dubitativa alrededor de la cervecería abarrotada e intentó aferrarse a su enfado.
–Puedo manejármelas perfectamente con el doble de gente –dijo Jamie.
Tessa quería ver a Luke. Lo deseaba de verdad. Durante los últimos días había tenido la sensación de que mantener unida a la familia no era suficiente para hacerla feliz. De que quizá había llegado el momento de aprender a confiar. Y si incluso Jamie pensaba que estaba siendo demasiado cabezota…
–De acuerdo, estupendo. Si eso te hace feliz.
Empujó la bandeja hacia él, se quitó el delantal y salió corriendo. Después, retrocedió a toda velocidad para darle a su hermano un beso en la mejilla.
–Gracias.
Pero incluso cuando se estaba metiendo en el coche, no estaba segura de que estuviera haciendo lo que debía. Había roto con Luke en un arranque de furia y dolor. ¿Cómo demonios se suponía que iba a poder acercarse de nuevo a él? ¿Debería llamar a su puerta y preguntarle que si podían hablar? A lo mejor podía llevarle flores. Pero eso le recordaría las flores que le había llevado a ella. Prefería llevarle un regalo que le hiciera acordarse de algo bueno. Algo que pudiera hacerle sonreír.
–¡Bingo! –susurró, sintiendo por fin más esperanza que dolor.
Entró en The White Orchid con una enorme sonrisa, pero su sonrisa se desvaneció cuando se descubrió frente a un grupo de diez o quince personas sentadas en un corro de sillas alrededor de un podio colocado en medio de la tienda.
–Ejem –fue lo único que consiguió decir.
La mujer que estaba en la última fila se volvió.
–La clase todavía no ha empezado –señaló una silla plegable que tenía a su lado–. Puedes sentarte a mi lado.
–¡Oh! No he venido a ninguna clase, yo solo… –Tessa señaló hacia la otra parte de la tienda y comenzó a alejarse.
¿Una clase en aquel establecimiento? Casi le daba miedo averiguar cuál era el contenido, así que corrió al otro lado de la tienda y agarró lo que había ido a comprar. Afortunadamente, había una chica tras la caja registrada.
–¡Oh, qué bonito! ¿Vas a quedarte a la clase?
–Eh, no, creo que no. Mm… ¿de qué es exactamente?
–¡Está empezando! –dijo la chica con un intenso susurro, señalando hacia el podio.
Tessa le tendió la tarjeta de crédito con la mirada fija en la clase.
–Soy Beth, la encargada de este establecimiento, y quiero daros las gracias por haber venido a nuestra clase sobre el arte de la felación.
Tessa tragó con fuerza y tuvo que toser para aclararse la garganta, aunque tosió tan quedamente como ningún ser humano había tosido jamás. Si había algo que no le apetecía en aquel momento era tener a todo aquel grupo pendiente de ella.
–Esta es Cairo –continuó diciendo Beth–. Y ella va a ayudarnos con algunas de las demostraciones.
Era aquella maravillosa mujer de melena oscura a la que Tessa había visto durante su última visita a la tienda. Dio un salto y saludó a la clase sosteniendo en la mano un consolador de color verde que se movió de arriba abajo al mover la mano. La clase rio con nerviosa excitación.
–Comencemos con la definición –siguió Beth.
Tessa agarró la bolsa y se dirigió de puntillas con su compra hacia la puerta. No respiró hasta que estuvo fuera. Había intentado no escuchar, sintiéndose terriblemente consciente de que no debería hacerlo, pero la frase «y eso puede incluir el escroto» la siguió hasta la puerta.
Apenas acababa de dar cuatro pasos en el aparcamiento cuando estalló en carcajadas. Y por centésima vez en aquella semana, pensó que aquello tenía que contárselo a Luke. Solo que en aquella ocasión, realmente podría hacerlo.