Tessa Donovan fijó la mirada en el aparcamiento de la cervecería Donovan Brothers, hechizada por el resplandor azul y rojo que cubría la pared del edifico de ladrillo. No era capaz de apartar la mirada. Las luces de la policía resultaban completamente fuera de lugar junto al canto de los pájaros y la luz pálida de la primera hora de la mañana.
Su hermano Jamie permanecía entre dos coches de policía aparcados de cualquier manera cerca de la puerta de atrás. Tenía una expresión de aturdimiento, probablemente porque jamás se habría despertado tan temprano de forma voluntaria.
Tessa caminó con paso decidido hacia el aparcamiento y agarró a su hermano por el cuello de su arrugada camiseta.
–¡Eh! –protestó Jamie.
Tessa tiró de él para acercarlo a ella hasta que quedaron nariz contra nariz.
–James Francis Donovan –susurró–, ¿qué has hecho?
–¿De qué estás hablando? –preguntó Jamie.
Sonó suficientemente indignado como para que, por un segundo, Tessa estuviera a punto de creerle. Pero solo por un segundo.
Tessa le retorció el cuello de la camiseta con fuerza.
–Suéltalo.
–Vamos, Tessa –Jamie se liberó de su mano y señaló con un gesto de enfado los coches de policía–. Espero que no me estés acusando de haber hecho algo relacionado con el robo. Dejé conectada la alarma y cerré bien las puertas. La culpa no ha sido mía.
Tessa recorrió con mirada recelosa a su hermano. Tenía el aspecto de siempre. Alto, atractivo y relajado. Sus vaqueros estaban desgastados por miles de lavados. La camiseta se había desteñido hasta adquirir un color gris de un tono indeterminado. El pelo, rubio, lo llevaba revuelto, como si acabara de levantarse de la cama, pero aquello no era ninguna novedad. Desgraciadamente, tampoco lo era la expresión de culpabilidad que apareció en sus ojos cuando le miró.
–¡Maldita sea, Jamie!
–Tessa…
–Sé que lo del robo no ha sido culpa tuya, pero tú mismo has dicho que te has encontrado la puerta abierta. Así que, ¿qué demonios estabas haciendo aquí a las siete de la mañana? ¿Y por qué me has llamado a mí en vez de llamar a Eric?
Eric era el hermano mayor de Jamie y Tessa. Aunque los tres eran propietarios a partes iguales de la cervecería, Eric siempre había llevado las riendas del negocio. Lo más lógico habría sido llamarle a él para informarle del robo. Sin embargo, Jamie había preferido llamarla a ella. Aquello no presagiaba nada bueno. Nada bueno en absoluto.
Jamie se pasó la mano por el pelo y alzó la mirada hacia el cielo azul claro.
–Es terrible, Tessa.
A Tessa se le cayó el corazón por debajo del nivel del asfalto.
–¿Qué es terrible, Jamie? ¿Qué?
–Monica Kendall vino ayer por la noche.
–No. ¡Oh, no, no, no! –Monica Kendall era la vicepresidenta de High West Air y la llave de un contrato para la distribución de sus cervezas en el que Eric había estado trabajando desde hacía meses–. Jamie, por favor, dime que no lo has hecho. Ni siquiera tú habrías hecho algo tan estúpido.
–¿Ni siquiera yo? Bonita frase para dirigírsela a un hermano.
–¡Jamie! –gritó.
¡Dios santo! Deseó que la policía apagara las luces de los coches patrulla. Aquellos colores se le estaban clavando en las cuencas de los ojos.
Jamie renunció por fin a su actitud indignada. Dejó caer los hombros y la cabeza.
–No sé lo que pasó –musitó–. Dijo que quería que le hiciera un recorrido por la cervecería. Por supuesto, probó algunas cervezas, y después…
–¿Y después?
–Necesitaba que la llevaran a casa.
El corazón hundido de Tessa dio un débil vuelco. Sabía exactamente lo que le pretendía decir su hermano. Las mujeres adoraban a Jamie y, a los veintinueve años, él estaba en un momento álgido para que aquella adoración fuera correspondida.
–No –musitó Tessa–. Esto no puede estar sucediendo.
–La llevé a casa –le explicó Jamie–. No podía hacer otra cosa.
–¡Podías haber llamado a un taxi!
–Tessa, por Dios, yo solo pretendía llevarla a casa, volver en taxi y… no tenía intención de…
–¿No tenías intención? ¡Dios mío, Jamie, eres como un animal! Intenta pensar alguna vez con el cerebro. Aunque solo sea en ocasiones especiales, si es lo único de lo que eres capaz.
El dolor asomó a los ojos verdes de Jamie e, inmediatamente, Tessa se sintió fatal. Jamie había estado presionando últimamente para realizar más tareas en la cervecería, intentando asumir una mayor responsabilidad, pero Eric se había resistido. Si se enteraba de aquello…
–De acuerdo –comenzó a razonar Tessa, tomando aire para tranquilizarse–. De acuerdo, siempre y cuando su padre no se entere, Monica no dirá nada, ¿verdad? ¿Por qué iba a querer decir nada?
La mirada de arrepentimiento de Jamie decía algo completamente diferente, pero antes de que Tessa pudiera sonsacárselo, se abrió la puerta trasera de la cervecería y salieron los policías.
–Viene un detective hacia aquí. Querrá hablar con usted cuando llegue, señor Donovan.
–Gracias –musitó Jamie.
Tessa estiró el cuello para intentar ver a través de la puerta entreabierta.
–¿Estás seguro de que los tanques están bien?
Jamie asintió.
–Todo está perfectamente, solo han desaparecido un par de ordenadores y un barril de cerveza.
Aquel robo debería haber sido el acontecimiento más preocupante del día. En cualquier otro momento, Tessa habría estado llorando y retorciéndose las manos por aquel allanamiento. Pero si Eric descubría lo que Jamie había hecho con Monica Kendall, aquello arruinaría la relación entre los dos hermanos, y sus hermanos eran todo lo que Tessa tenía. Tenía que encontrar la manera de arreglar lo sucedido.
–Por favor, Jamie –le pidió cuando el policía comenzó a caminar hacia el coche patrulla–, dime que no tienes otra mala noticia.
Jamie suspiró como si hubiera estado conteniendo la respiración.
–Ha sido una estupidez. Tienes razón. Una completa estupidez. Pero pensé que no tendría ninguna importancia. Todo había ido bien. Pero no me había dado cuenta de… Cuando nos fuimos a su casa ayer por la noche, pensé que era una casa que tenía a los pies de la montaña. Pero me equivoqué. En realidad, Monica vive en la casa de invitados de sus padres.
Por un momento, el mundo comenzó a girar alrededor de la cabeza de Tessa. El cielo, las nubes y los pinos de color verde oscuro comenzaron a rotar en un giro lento y mareante. Cerró los ojos y rezó.
–Cuando Monica estaba saliendo del garaje, su padre pasó corriendo al lado del coche. Y me vio.
–¡Oh, Dios mío!
Aquella era una tormenta de malas noticias. Sus hermanos habían estado trabajándose a Roland Kendall durante meses, intentando convencerle de que la cerveza Donovan Brothers era la cerveza artesanal perfecta para ser servida en los vuelos de la flamante compañía aérea High West Airline. Eric había estado trabajando obstinadamente hasta ese momento, intentando hacer llegar su marca a nuevas manos, a nuevos clientes. Unas semanas atrás, por fin había conseguido concertar una reunión con Roland Kendall y con su hija, Monica. Le habían hecho la oferta final. El trato ya estaba prácticamente cerrado, les habían enviado los contratos.
Y de pronto… aparecía el desastre en forma de Jamie Donovan.
–Te voy a matar –dijo con rotundidad–. Esa era precisamente la única mujer a la que deberías haber evitado acercarte.
–¡Eso no es justo! –replicó Jamie–. Eric y tú siempre habláis como si me acostara cada noche con una mujer. ¡Hacía meses que no salía con nadie!
Tessa se cruzó de brazos y se alejó de él, intentando pensar.
–¿Estás seguro de que te ha visto?
–Sí, me ha visto. Aunque supongo que es posible que no me haya reconocido.
–De acuerdo. A lo mejor podemos manejarlo –razonó Tessa, pensando a toda velocidad–. En primer lugar, no le digas nada a Eric.
Jamie sacudió la cabeza.
–Necesito decírselo.
–¿Es que te has vuelto loco? –replicó ella–. Eric se pondrá hecho una furia. ¡Se enfadará con los dos! Yo me puse de tu parte en todo esto. Le pedí que te dejara ayudar con las negociaciones. No se lo digas a Eric.
–Se enterará. Y no tengo ningún interés en esconderme de él como si fuera un niño intentando evitar un castigo. La cervecería también es mía. Si he echado algo a perder, me enfrentaré a ello.
–Esto no es solo cosa tuya, Jamie. Somos una familia y no quiero que esto sea lo que al final nos lleve a separarnos. Así que mantén la boca cerrada hasta que averigüe lo que piensa hacer Roland Kendall.
Jamie alzó las manos en un gesto de frustración, pero Tessa lo ignoró. A veces, la mejor defensa era un buen ataque, y Tessa estaba dispuesta a atacar aquel día.
–Te diré lo que vamos a hacer –propuso precipitadamente–. Yo voy a marcharme. Tú llama a Eric como si fuera el primero con el que te has puesto en contacto. Si te lo pregunta, dile que has pasado la noche en casa de una mujer que ha sido la que te ha dejado esta mañana en la cervecería, pero no menciones a Monica Kendall. Yo volveré dentro de unos veinte minutos y me comportaré como si no hubiera estado antes aquí.
–¡Dios mío! Te has vuelto de lo más retorcida –musitó Jamie.
No tenía idea de hasta qué punto.
–Más tarde, llamaré a Ronald Kendall y veré si soy capaz de descubrir en qué estado se encuentra. Pero tú mantén la boca cerrada.
–Tessa… –comenzó a decir Jamie.
Pero Tessa se alejó con paso decidido, dirigiéndose hacia la calle que conducía a su casa.
Sabía que debería estar preocupada por el robo, pero en aquel momento, el robo le parecía el último de sus problemas. En realidad, perder el contrato con High West Airline no tendría por qué ser una tragedia familiar, pero lo sería.
Eric se estaba mostrando cada vez más reservado en su papel de cabeza de familia. Tessa podía comprenderlo. Había asumido el papel de su padre desde que sus progenitores habían muerto en un accidente de tráfico. Eric solo tenía veinticuatro años cuando se había visto obligado a hacerse cargo de dos adolescentes y un negocio. De modo que comprendía que trece años después le costara dar un paso atrás. Pero tenía que hacerlo.
Y si Eric necesitaba relajarse un poco, Jamie necesitaba añadir algo de tensión a su mundo. No podía seguir viviendo como un despreocupado camarero durante el resto de su vida. ¡Maldita fuera! Si ni siquiera pretendía hacerlo. Jamie quería asumir sus responsabilidades y trabajar como un auténtico socio. Menos, aparentemente, en lo que supusiera alguna restricción en su relación con las mujeres. Pero muchos hombres de éxito tenían ese mismo problema. No había ninguna razón por la que Jamie no debiera sumarse a la dirección de la cervecería.
Tessa vio que se acercaba otro coche patrulla seguido por un turismo sospechosamente discreto. Bajó la cabeza, intentando escapar del escenario del crimen sin ser vista. Su casa, la casa en la que se habían criado los tres hermanos, estaba a solo tres manzanas de allí. Se cambiaría los pantalones de yoga por unos vaqueros y se cepillaría el pelo, como si llevara una hora levantada antes de haber recibido la llamada de Jamie. Y hablando del tema…
Pulsó la tecla de repetición de llamada del teléfono móvil.
–¿Has llamado a Eric?
–Viene hacia aquí –susurró Jamie. Y le recordó después–: Esto no me gusta.
–Lo sé. Pero tenemos que hacer las cosas bien.
–Es nuestro hermano, Tessa, no nuestro padre. No tenemos por qué responder ante él.
–No, pero se lo debes. Los dos se lo debemos.
Con el eco del suspiro de Jamie sonando todavía a través del teléfono, Tessa se dirigió rápidamente hacia su casa sin dejar de pensar en su hermano. De momento, había hecho todo lo que había podido. Y hasta que no pasaran varias horas, no podía llamar a Roland Kendall. Si todavía no había ubicado el rostro de Jamie, su llamada podía alertarle. Tenía que ser paciente y planificar aquella mentira sin precipitación.
No tenía por qué ser difícil. Había manejado la relación de sus hermanos desde que sus padres habían muerto. Había jugado el papel de árbitro entre ellos, había evitado peleas y les había obligado a pasar tiempo juntos durante las comidas de los domingos y las celebraciones de las fiestas. Eran la única familia que tenía y no estaba dispuesta a perderla y, menos, por un contrato.
–Puedo manejar la situación –se dijo a sí misma mientras giraba en la calle y corría hacia su casa–. Seguro que todo saldrá bien.
Pero entonces, ¿por qué estaba tan nerviosa?
El detective Luke Asher se quitó los guantes de látex con un movimiento brusco y los tiró en el contenedor del callejón antes de estrecharle la mano a Eric Donovan.
–Eric, me alegro de volver a verte, aunque no en estas circunstancias.
–Bueno, Jamie acaba de decirme que no se han llevado gran cosa. De hecho, me sorprendió verte aquí.
–Estoy seguro de que no perderás nada más que el deducible del seguro por los ordenadores. Pero estamos más preocupados con la información que guardan los ordenadores. Números de la Seguridad Social, información sobre tarjetas de crédito… Últimamente ha habido una oleada de este tipo de robos en distintos establecimientos. Los policías del coche patrulla me dijeron que los ladrones habían conseguido eludir la alarma de alguna manera. Eso me hace pensar que es menos probable que se trate de un robo cualquiera.
Eric desvió la mirada hacia su hermano.
–¿Estás seguro de que consiguieron sortear la alarma? A lo mejor no estaba conectada.
Luke estaba convencido de que jamás había visto a nadie pasar de la relajación a la furia a tanta velocidad como lo hizo Jamie.
–Ya te he dicho que conecté esa maldita alarma, Eric.
–Y yo sé que crees que lo hiciste –respondió Eric.
Jamie torció los labios y apretó las manos.
–Vete al infierno.
Luke alzó las manos con la esperanza de restaurar la paz.
–Es evidente que Jamie conectó la alarma, sobre eso no hay ninguna duda. La empresa de seguridad nos indicó que la alarma fue activada a las nueve y media y volvieron a desconectarla a la una de la madrugada.
Jamie le dirigió a su hermano una mirada incendiara, pero no pareció satisfecho con aquella defensa. La tensión aumentó cuando comenzó a caminar hacia un coche patrulla con los brazos cruzados, como si aquella fuera la única manera de mantener las manos quietas. Era extraño. Luke conocía a Jamie desde hacía diez años y le consideraba un hombre que siempre se había movido dentro de una escala que comenzaba en la somnolencia y terminaba en la absoluta despreocupación.
Luke se aclaró la garganta.
–¿Sabéis qué tipo de información almacenan los ordenadores sobre las nóminas?
Jamie miró por encima del hombro.
–Tessa sabe más sobre todo eso. Es ella la que se ocupa de ese tipo de cosas. Seguro que aparecerá en cualquier…
–La gestión de las nóminas la tenemos subcontratada. –le interrumpió Eric–. Así que la información es limitada. Y no creo que haya ninguna información sobre tarjetas de crédito en el PC. Con un poco de suerte, los daños serán mínimos.
–Estupendo –respondió Luke–. Aquí ya casi hemos terminado. Estamos recogiendo algunas huellas y después os dejaremos en paz. Espero que todo esto solo haya representado para vosotros un pequeño inconveniente. Hace un par de semanas entraron en una agencia de empleo. Tenían miles de números de la Seguridad Social en uno de los archivos.
–Caramba.
–Sí. Y ahora, si me perdonáis, voy a echar un vistazo por aquí.
Luke se dirigió hacia la parte de atrás del edificio con la esperanza de encontrar algo que estuviera fuera de lugar, pero el exterior parecía no haber sufrido ningún problema. Las tarimas de madera estaban perfectamente apiladas en columnas. Había un tanque de dióxido de carbono de unos tres metros de largo sobre el cemento inmaculado, sin un solo escombro o una sola mala hierba. Lo mismo podía decirse del silo de acero inoxidable en el que se almacenaba el grano.
Luke sabía, por lo que había visto en el interior, que la puerta de madera corrugada daba a la zona de embotellamiento y a un pequeño espacio para la carga. Si él hubiera pensado alguna vez en una cervecería como un lugar similar a un bar, habría cambiado de opinión al ver aquello. Ningún bar del mundo tenía una parte trasera tan limpia.
Como no encontró nada que pudiera resultar ni remotamente sospechoso, rodeó el edificio. La luz del sol estropeaba la cerveza, le había explicado Jamie, así que las pocas ventanas del edificio estaban muy altas y siempre cerradas.
Luke estaba a punto de reunirse con Jamie y con Eric cuando se fijó en una mujer que se acercaba por el aparcamiento. Su coleta rubia se movía mientras corría hacia ellos. Luke se descubrió recorriéndola con la mirada, fijándose en sus estrechos vaqueros y en sus maravillosos muslos. Además de un cuerpo de infarto, tenía un aspecto absolutamente inocente, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes.
–¡Eh, chicos! –exclamó la mujer casi sin aliento–. ¿Qué ha pasado? ¿Sabéis algo más?
Eric alargó los brazos hacia ella para darle un abrazo y Luke utilizó sus habilidades detectivescas para decidir que aquella era su hermana. Por algo le pagaban lo que le pagaban. Además, la mujer se parecía mucho a Jamie Donovan, aunque era más baja y mucho más guapa.
La mujer le dirigió a Jamie una mirada tensa. Jamie miró hacia el suelo y apretó los labios. Fuera lo que fuera lo que había entre ellos, pareció dejarse de lado cuando la mujer lo miró y le sonrió.
–¡Hola! –le saludó, tendiéndole la mano–. Soy Tessa Donovan.
–Detective Asher –respondió él.
Al estrecharle la mano, reparó en la delgadez de sus huesos y llegó hasta él una delicada fragancia floral que le hizo aclararse la garganta para defenderse. Su vida ya era suficientemente complicada como para fijarse en el perfume de una mujer atractiva.
Afortunadamente, Tessa siguió a Eric Donovan al interior de la cervecería para ver los daños. Luke se quedó entonces a solas con Jamie.
–¿Cómo te van las cosas? –le preguntó.
Habían coincidido durante un año en la Universidad de Colorado y aunque estaban en cursos diferentes, habían acudido en muchas ocasiones a las mismas fiestas. A muchas.
–¿Jamie? –insistió Luke.
–¿Qué? ¡Ah, lo siento! Bien, va todo bien, aparte de esto. ¿Y tú cómo estás? He oído decir que…
Jamie pareció contenerse en el último momento, haciéndole recordar a Luke que Boulder podía ser una ciudad de cien mil almas, pero aun así, continuaba siendo una ciudad pequeña. Los rumores sobre Luke no habían quedado confinados en el departamento de policía.
–Bien, estoy bien –contestó Luke a la pregunta que Jamie no había terminado de formular.
–¡Oh! Genial.
Jamie le dio una palmadita en el hombro, pero cuando la compañera de Luke salió de la cervecería guardándose una libreta en el bolsillo de la chaqueta, la mirada de Jamie fue directamente hacia su vientre. Era imposible no notarlo.
–¿Conoces a la detective Parker? –preguntó Luke, como si la situación no fuera en absoluto embarazosa–. Jamie, esta es Simone Parker. Simone, te presento a Jamie Donovan. Fuimos juntos a la universidad.
–Encantada de conocerte –respondió ella con la voz tan dulce y suave como siempre.
A la gente siempre le sorprendía su feminidad, a pesar de su piel marrón y sin mácula y aquellos ojos oscuros capaces de extasiar a cualquier hombre. Por lo visto, pensaban que una detective tenía que ser una mujer dura y agresiva. Pero Simone, era, sencillamente, la policía más inteligente que Luke había conocido jamás y había alcanzado la categoría de detective adelantando a cuantos la rodeaban.
Simone se excusó con una sonrisa mientras Luke le tendía a Jamie una tarjeta.
–De acuerdo. Llámame si se te ocurre algo. Estaremos en contacto.
–Genial. ¡Eh! Es una mujer guapísima, tío.
Luke se detuvo cuando estaba a punto de volverse y se encogió por dentro ante lo que estaba insinuando. Le habría gustado aclararle que Simone era su compañera de trabajo, no su novia, pero aquello motivaría otras preguntas que no quería contestar. Que no podía contestar. De modo que se obligó a terminar el paso que había comenzado a dar y se dirigió al coche que compartía con Simone.
Hasta unos meses atrás, le había resultado fácil ocupar aquel lugar. En aquel momento, aquel enorme vientre de embarazada parecía ocupar todo el espacio del maldito coche y a él le faltaba el aire para respirar. A pesar de todos los años que llevaba trabajando como detective, Luke no era capaz de averiguar por qué demonios las cosas habían ido tan mal. Y Simone no iba a contárselo a nadie.