A la mañana siguiente, Tessa sonrió y saludó a Eric con la mano cuando le vio pasar por la puerta de su despacho. En cuanto su hermano desapareció de vista, se inclinó hacia el escritorio, cerró la puerta alargando la mano y agarró el teléfono.
–Contesta –le ordenó a Jamie mientras el teléfono sonaba.
Pero saltó el buzón de voz. Por supuesto, eran las nueve de la mañana y, en condiciones normales, jamás habría llamado a su hermano tan temprano. Pero Jamie no le había devuelto la llamada la noche anterior. No se molestó en dejarle un mensaje. Ya le había dejado tres. Probablemente, estaría desmayado en la cama de cualquier mujer mientras el teléfono sonaba impotente en el bolsillo de los vaqueros.
Le maldijo por la facilidad que tenía para olvidar sus problemas, incluso mientras pensaba con cariño en cómo había intentado olvidarlos ella la noche anterior. Maldijo a Eric por haber interferido en sus planes. Sus hermanos se entrometían excesivamente en su vida privada. Pero, por lo menos, Eric no había sospechado que había hecho algo más que salir a dar una vuelta con las amigas la noche anterior.
Antes de que hubiera podido levantar de nuevo el auricular, sonó el teléfono y Tessa lo descolgó.
–¿Diga? –preguntó en un tono desesperado.
–¡Hola, Tessa! Soy Wendy. Recibí tu mensaje sobre el robo.
A Tessa le caía muy bien aquella camarera suplente, pero, aun así, se derrumbó en la silla al oír su voz.
–¡Oh, bueno! Ya sé que llevas cuatro meses sin trabajar aquí, pero tus datos continúan estando en el ordenador.
–Ya he llamado a la agencia de crédito para que lo comprobaran. Y, como tú me dijiste, habían puesto una alerta con mi nombre y con mi número de la Seguridad Social, así que no creo que vaya a tener ningún problema.
Al oír unas voces masculinas, Tessa alargó el cuello, intentando ver a través del cristal de la puerta. Eric estaba hablando con Wallace en el pasillo.
–¿Necesitas algo más? –le preguntó Wendy.
–Sí, bueno, ¿todavía sigues pensando en venir a trabajar con nosotros este verano?
–Absolutamente. Es solo que este semestre me está matando la carga de trabajo.
–No te preocupes. Serás bien recibida en cualquier momento, Wendy.
Colgó el teléfono justo en el momento en el que Wallace comenzaba a hacer gestos de auténtico enfado. No era algo inusual. Aquel hombre era un genio y, como la mayor parte de los genios, tenía carácter. Decidiendo que Eric estaría ocupado durante unos minutos más, Tessa marcó el teléfono de Roland Kendall e intentó hablar una vez más con su despacho.
–Vuelvo a ser Tessa Donovan. ¿Podría hablar con el señor Kendall?
–Ayer le transmití su mensaje, señorita Donovan. Estoy segura de que pronto se pondrá en contacto con usted.
Tessa sacó la lengua al oír el tono de la recepcionista y estuvo a punto de mordérsela cuando la puerta se abrió inesperadamente. Colgó el teléfono antes de darse cuenta de que era Jamie.
–¡Oh, Jamie! Gracias a Dios, ¿por qué no me has devuelto la llamada? Si querías que hablara con Monica, entonces…
–¿Saliste con Luke Asher anoche? –preguntó Jamie en tono demandante.
–Eh… ¿qué?
–Eric me ha dicho que anoche saliste con alguien y que no le dijiste con quién. ¿Era Luke?
–Eso no es asunto tuyo.
–Era él, ¿verdad? Vi cómo os mirabais el uno al otro.
–Jamie, en serio, tengo veintisiete años. Ya basta.
–No, el que está hablando en serio soy yo, Tessa. Mantente alejada de Luke Asher. Ese hombre no te puede traer nada bueno.
Absolutamente confundida, Tessa se inclinó hacia un lado para mirar al pasillo por encima de su hermano.
–¿Estoy haciendo de Punk? Yo creía que esa obra ya la habían cancelado hacía tiempo.
–¡Maldita sea! –gritó Jamie.
Tessa saltó casi un centímetro de la silla cuando su hermano golpeó el escritorio con el puño.
–Shh. Tranquilízate.
–No pienso calmarme. Luke no es una persona a la que debas frecuentar, y, mucho menos, con la que puedas tener una cita.
–¿De verdad? ¿Por qué no? ¿Es sacerdote? Luke es amigo tuyo. Y, por lo tanto, suficientemente bueno como para que tú le frecuentes. ¿Por qué no voy a poder salir yo con él?
–Porque yo no soy una mujer.
Tessa elevó los ojos. A sus hermanos no les gustaba que saliera con ningún hombre que tuviera más de doce años y menos de ochenta.
–Solo salimos a cenar. No participamos en una orgía romana, te lo juro.
El rostro de Jamie se incendió inmediatamente.
–¡Tessa!
A veces, Tessa se sentía como si estuviera viviendo en medio de una novela de Jane Austin.
–Me cae bien, ¿de acuerdo? Y deja ya el tema.
Jamie se cruzó de brazos.
–A mí también me cae bien. Es un gran tipo. Si no lo fuera, ¿cómo habría podido tener tanta vida social cuando estaba en la universidad?
–¿Ah, sí? ¿Tanta como tú?
Jamie arqueó una ceja en una silenciosa admisión.
Tessa se aclaró la garganta.
–Eso fue cuando estaba en la universidad.
–Sí, claro. Y actualmente le apodan «Imán».
–¿Imán?
–Sí –replicó–, Babe Imán. Tengo entendido que es así como le llaman los otros policías cuando no les oye.
Tessa intentó no sonreír. Podía comprender aquella fama. Aquel hombre ejercía una atracción letal en las mujeres.
–Y –continuó Jamie, señalándola con el dedo–, ¿no has notado que su compañera actual está embarazada hasta las trancas?
–¿Y?
–Pues que el hijo es suyo, Tessa. Por favor, presta atención.
Tessa sintió que el aire abandonaba su cuerpo en un silbido y se llevaba con él toda su indignación de hermanita pequeña.
–¿Qué?
–Dejó embarazada a su compañera de trabajo y ahora pasa completamente de ella.
–¿Cómo lo sabes?
Jamie extendió los brazos en el pequeño despacho de su hermana.
–Soy camarero, Tessa, oigo cosas.
–Pero… –la mente de Tessa se agitó. Aquella era la razón por la que Luke se había violentado tanto cuando le había preguntado por su compañera–, pero a lo mejor es ella la que quiere mantenerle a distancia.
–Me importa un comino cuál pueda ser la razón. Ahora mismo tiene una vida bastante jodida y tú no necesitas formar parte de ella.
–¿Porque ahora mismo mi vida no está en absoluto jodida?
–Cuida tu lenguaje –susurró Jamie.
Tessa cerró los ojos e intentó hacer un acopio de paciencia digno de una mujer decimonónica perteneciente a la nobleza.
–Y –continuó diciendo Jamie en voz baja–, es mi vida la que está hecha un desastre, no la tuya. Por cierto, ¿qué demonios escribiste en Twitter anoche?
–Nada. No tenía ninguna importancia. Solo…
Hizo un gesto frenético para que cerrara la puerta. Jamie sacudió la cabeza, así que ella le dio una palmada en el brazo con todas sus fuerzas. Jamie la fulminó con la mirada, pero cerró la puerta.
–Dame el número de teléfono de Monica –siseó Tessa.
–No.
–¿Vas a volver a llamarla?
–No lo sé.
–¡Vamos! ¡No consigo ponerme en contacto con su padre y necesitamos averiguar si lo sabe!
–Me miró directamente, Tessa. Lo sabe. Lo que tenemos que hacer es dejar de hacer el idiota y contárselo a Eric antes de que se entere por el propio Kendall.
–¡No! No podemos. Tú déjame a mí… Voy a ir ahora mismo a las oficinas de Kendall.
–No, voy a decírselo yo a Eric. Este es un desastre en el que no puedes cubrirme. Y tampoco quiero que lo hagas.
Cuando se volvió hacia la puerta, Tessa se abalanzó hacia él y le agarró de la camisa.
–¡Eh!
–Por favor, no. ¡Por favor!
Jamie pareció alarmarse cuando la vio tumbada encima del escritorio. La caja de clips cayó al suelo con un pequeño estruendo.
–Tessa, tranquilízate.
–Dime que no se lo vas a decir y me tranquilizaré.
–Estás siendo ridícula.
–No.
Sintió que afloraban las lágrimas a sus ojos, y eso que ni siquiera las había provocado para suavizarle. Jamie dejó caer los hombros y cuando Tessa estuvo segura de que no iba a salir disparado hacia la puerta, le soltó la camisa y se bajó del escritorio.
–Se va a poner hecho una furia, Jamie.
–Lo sé.
–No volverá a dejarte participar en el negocio.
–A lo mejor no merezco formar parte de este negocio.
Ella sabía que no era verdad. Jamie no asumía ninguna responsabilidad y, por lo tanto, no se comportaba de forma responsable. Pero Eric no entendía la lógica de aquel razonamiento. Él quería que Jamie demostrara antes su valía y la tensión entre los dos hermanos iba aumentando cada año. Aquello iba a tener consecuencias. Y Tessa tenía miedo de que su familia se terminara rompiendo.
–Dijiste que me darías una oportunidad –le recordó en tono suplicante.
–Yo no dije eso. Lo único que hice fue dejar de discutir contigo.
–Por favor, Jamie.
Jamie tensó la mandíbula con un gesto de obstinación. Ella le agarró la mano con las dos suyas e insistió.
–Por favor…
Supo el momento en el que le había derrotado. Siempre lo sabía. Un segundo más y no habría funcionado. Porque en aquel momento, se abrió la puerta del despacho y Eric asomó la cabeza.
–¿Qué está pasando aquí?
–¡Nada! –contestó ella.
Jamie le sostuvo la mirada y, por un instante, la seriedad del gesto de su boca preocupó a Tessa. Sacudió la cabeza de forma casi imperceptible y le apretó la mano una última vez antes de soltársela.
Evidentemente, Eric no se tragó que estuvieran limitándose a mantener una conversación entre hermanos.
–Chicos –dijo con vehemencia.
Jamie tomó aire y Tessa cerró los ojos.
«Por favor».
–¿Sabes quién era la persona con la que estuvo Tessa anoche? Luke.
¡Oh! Genial. Tessa abrió los ojos y los entrecerró para mirar a Jamie. Seguramente, podría haber buscado otra manera de salvarla que no fuera arrojarla bajo las ruedas del autobús.
–¿Luke Asher? –la voz de Eric sonó como una espada al ser desenfundada–. Espero que estés de broma
Tessa tenía que acabar con aquello. Si de verdad Luke había dejado embarazada a su compañera, entonces no quería volver a verle nunca más. Y si no… En ese caso, aquello no era asunto de sus hermanos.
–Olvidadlo los dos, ¿de acuerdo? Fue solo una cena y ya no va a haber nada más entre nosotros, ¿entendido?
–¿Lo prometes? –le preguntó Jamie.
Tessa le miró con el ceño fruncido.
–Ya no soy una niña.
Pero cruzó los dedos por si servía de algo. Los dos hermanos la fulminaron con la mirada. Eric era un hombre de pelo oscuro y ojos claros. Jamie parecía a su lado como un desastre de pelo dorado. Sin embargo, las expresiones de firme desaprobación de ambos fueron idénticas, y Tessa recordaba el mismo ceño fruncido en el rostro de su padre. La querían. Querían lo mejor para ella. De la misma forma que ella quería lo mejor para ellos.
Agarró su bolso.
–De acuerdo, chicos. Ahora tengo que irme. Volveré dentro de un par de horas.
La expresión de ambos se tornó todavía más sombría.
–¿Por qué? –preguntó Eric.
–Porque tengo una cita en el médico.
–¿Qué te pasa? –quiso saber.
–Eh… son cosas de chicas. Ya sabéis –se inclinó hacia delante y rodeó su boca con las manos–. El ginecólogo.
–¡Ah! –Eric retrocedió tan rápidamente que se golpeó los hombros contra el marco de la puerta. Su rostro enrojeció–. Es solo una revisión, ¿verdad? No estarás metida en nada, ¿eh?
–No –contestó ella con burlona seriedad–. No estoy metida en nada.
A veces, se preguntaba quién había criado a quién en aquella familia.
En el momento en el que tuvo a sus dos hermanos retrocediendo horrorizados en su despacho, Tessa se sintió libre para marcharse. Reprimió una sonrisa de satisfacción mientras le daba un beso a su hermano en la mejilla.
–Volveré dentro de un par de horas.
Pero en cuanto cerró la puerta tras ella, salió corriendo. Iba vestida con los vaqueros y la camiseta de la cervecería y no quería que Roland Kendall la viera de aquella guisa, de modo que tendría que parar en casa antes de conducir hasta Denver. Pero, le llevara el tiempo que le llevara, aquel día estaba decidida a conseguir una respuesta por parte de aquel hombre.
Había vuelto a hacerlo.
En vez de decírselo a Luke cara a cara, Simone le había dejado un mensaje en el buzón de voz diciéndole que tenía una cita en el médico. En el buzón de voz de la comisaría. No le había llamado al móvil porque sabía que, en ese caso, Luke habría querido ir con ella. Él no era el padre de aquel niño, pero era su mejor amigo, o lo había sido en algún momento.
Pero entonces, ¿por qué no le quería a su lado? ¿Era posible que la acompañara alguna otra persona a aquella cita?
El mensaje decía que estaría allí a las doce, lo cual significaba que, probablemente, tenía la cita alrededor de las once. Miró el reloj. En coche podría estar allí al cabo de una media hora y comprobar si estaba allí el coche de Simone…
Luke se estiró y fingió un bostezo, aprovechando aquella oportunidad para mirar alrededor de la oficina. La mayor parte de los detectives estaban hablando por teléfono. El resto estaba reunido alrededor de la máquina del café, tomando algo. Y su sargento no estaba a la vista.
Luke se levantó para rodear el escritorio de Simone. Se dijo a sí mismo que no debía parecer culpable. Trabajaban en los mismos casos. Compartían los mismos espacios. Aun así, sintió el rubor subiendo por su nuca mientras abría un cajón y rebuscaba entre sus papeles. No tardó mucho. En seguida apareció la esquina de una tarjeta. La sacó para liberarla de los papeles que la cubrían e inmediatamente vio un estilizado logo de una mujer sosteniendo a un niño en brazos. ¡Bingo!
Luke se metió la tarjeta en el bolsillo y acababa de volver a su escritorio cuando sonó su teléfono móvil.
–Asher.
–¡Hola! Soy Jamie Donovan. ¿Podrías pasarte un momento por la cervecería?
Perfecto. Acababan de proporcionarle una excusa para marcharse.
–Estaré allí dentro de un momento.
Se puso el abrigo y tomó las llaves para salir. La consulta del médico estaba de camino a la cervecería, así que decidió pasar por allí, por si acaso. No vio el coche de Simone, pero todavía era pronto. Luke tuvo la deprimente sensación de que estaba atravesando una línea que no debería e intentó liberarse del sentimiento de culpabilidad mientras entraba en la cervecería. La parte de la barra estaba vacía, pero antes de que hubiera comenzado a dirigirse hacia la parte de atrás, Jamie cruzó las puertas abatibles.
–Hola, Jamie, ¿qué ha pasado?
–Mantente alejado de mi hermana, Luke.
Por increíble que pareciera, Luke había estado tan absorto en su particular drama con Simone que había olvidado el problema de Tessa Donovan. Así que se limitó a mirarle con expresión de absoluta perplejidad.
–Me prometiste que la dejarías en paz.
–Me llamó para que saliéramos a cenar.
–Deberías haberle dicho que no.
–Lo hice, pero… –se aclaró la garganta–, al final le dije que sí.
–Da igual. En cualquier caso, ya no importa. Mi hermana no está interesada en ti. Le he contado lo de tu compañera.
Cualquier sentimiento de culpabilidad que hubiera estado sintiendo hasta entonces, se transformó en una fría furia.
–¿Qué tiene que ver con esto mi compañera? No tienes la menor idea de nada.
–Sé que está embarazada. Y que tú eres el padre. Y que estás intentando salir con mi hermana. No necesito saber nada más.
–Te equivocas –consiguió decir Luke entre dientes.
–¿En qué? –le espetó Jamie.
Se negaba a decir nada más. No tenía derecho a hablar de Simone de aquel modo. Ella nunca le había contado nada a nadie. Siempre había sido una persona muy reservada y él debía respetar su manera de hacer las cosas.
Jamie se encogió de hombros.
–Seas tú o no el padre, ese no es el único problema.
–¿Ah, no? ¿Por qué otros motivos tiene que estar tu hermana fuera de mi alcance?
Jamie cambió de postura, se pasó la mano por el pelo e intentó mirar a cualquier parte que no fuera Luke.
–¿Qué pasa? –replicó Luke, esperando oír algo sobre su divorcio.
Jamie por fin le miró a los ojos.
–Tessa es virgen.
–Eh… ¿qué?
–Ya me has oído.
Luke se preguntó si el estrés de los años anteriores habría terminado destrozándole el cerebro.
–No estás hablando en serio.
Jamie frunció todavía más el ceño.
–Estoy hablando condenadamente en serio.
–Pero… eso… ¿cómo lo sabes?
–Mi hermana me lo cuenta todo.
–¿Te lo ha dicho ella? –preguntó Luke con voz débil.
Algo que se parecía sospechosamente al horror recorrió su cuerpo. ¿Tessa era virgen? ¡Dios Santo! A él no le había dicho una sola palabra. Excepto cuando había comentado que era una buena chica. ¿Habría sido aquella una manera de insinuarlo?
–Vaya…
–Así que, cuando he dicho que no eres suficientemente bueno para ella, quería decir que no eres bueno en absoluto para ella, ¿de acuerdo?
Luke cuadró los hombros.
–Mira, no me gusta hablar de Simone, pero lo que has oído no es verdad. Yo no soy de esa clase de tipos. Ni pienso abalanzarme sobre tu hermana. Fue solamente una cena. Y lo pasamos bien.
–En ese caso, que sea la última vez, ¿de acuerdo?
–¿Y si no quiero?
Jamie se cruzó de brazos y clavó la mirada en el suelo.
–Es mi hermana.
–Eso es cierto, pero…
–No tienes nada que sea suficientemente bueno para ella. Eres un hombre peligroso. Tu trabajo es peligroso. Tu compañera está embarazada. Y, dejando de lado tu reputación, están los fríos hechos de tu divorcio. Eso no lo puedes discutir.
A Luke se le paralizó el corazón.
–Tenía cáncer, tío. ¿Cómo pudiste dejarla de esa manera? –le reprochó Jamie.
Luke sintió que se le oscurecía la visión y consideró la posibilidad de advertir a Jamie de que no debería decirle ese tipo de cosas a un hombre que llevaba una pistola pegada a su cuerpo. Porque en aquel momento, quería matar a alguien. Lo deseaba con todas sus fuerzas.
–Somos amigos, Luke, pero…
Luke le interrumpió con una dura risa.
–Evidentemente, esa amistad acabó hace mucho tiempo.
–Lo siento. No es asunto mío y, precisamente, porque tampoco quiero que lo sea, te aconsejo que no te acerques a Tessa, ¿entendido?
–Vete al infierno –replicó Luke.
Se marchó por la puerta principal de la cervecería dando un portazo. La sangre le rugía de tal manera en los oídos que estuvo a punto de chocar contra un coche que acababa de aparcar. Salieron dos tipos del coche y ambos le miraron con expresión recelosa. Luke les rodeó con paso firme y se metió en su propio coche. Ni siquiera a dos estados de distancia podía alejarse del pasado. Luke se había casado y se había divorciado en California, y aquella era una de las razones por las que se había trasladado a Boulder. Sí, sabía que se hablaba de ello en el departamento, pero no esperaba que terminara enterándose todo el mundo. Debería habérselo imaginado. Eve no era de Boulder, pero había estudiado allí. La gente hablaba. Siempre lo hacía. ¡Diablos! La policía no podría resolver ningún caso si la gente no fuera tan propensa a difundir rumores.
Dios, aquello era un desastre.
Su rabia igualaba a su frustración, era un fuego constante que ardía bajo su piel. Todo lo relacionado con su divorcio era frustrante. Tampoco podía decir que le sorprendiera. Su matrimonio también había sido frustrante, aunque había amado a su mujer con locura.
–¡Mierda! –exclamó.
Por lo menos, el enfado le ayudó a sofocar el sentimiento de culpa por haber espiado a Simone. No sentía ni un ápice de culpabilidad mientras ponía el coche en marcha y se dirigía hacia la consulta del médico. Pero todavía estaba sometido a una saludable dosis de perplejidad ante la imagen de Tessa Donovan como una joven virgen e inocente mientras se deslizaba con el coche por las calles atiborradas de grupos de ciclistas. Sinceramente, la variedad de emociones que atravesaban su cuerpo le hizo sentirse vagamente enfermo.
Cuando llegó a la consulta del médico, estaba allí el coche de Simone, justo al lado de una de las puertas señaladas con una cigüeña. Así que, a lo mejor, había ido sola. Luke bajó la ventanilla y se sentó a esperar.
El frío sol de la primavera no sirvió para mejorar su humor. Clavó la mirada en las hojas verde pálido de un álamo que crecía al borde del aparcamiento. Pero en el horizonte se estaba formando toda una pared de nubes grises y Luke decidió fijarse en ellas. Para las dos de la tarde, la ciudad sería asaltada por una tormenta de rayos y truenos. Y sería todo un alivio. El sol, los trinos de los pájaros y las chancletas se le hacían insoportables.
Así que miró las nubes que se estaban formando más allá del edificio, dejando que sus ojos se desviaran hacia la entrada cada vez que se abría la puerta. Media hora después, la puerta se abrió y salió Simone. Sola. Al poco rato, estaba haciendo malabares con los panfletos que llevaba en la mano mientras buscaba las llaves en el bolso.
Luke salió del coche y cuando cerró la puerta, ella alzó la mirada. Por un instante, Simone se limitó a mirarle preocupada.
–¿Qué pasa? –le preguntó.
–Nada. Es solo que… estaba preocupado por ti.
Simone desvió la mirada hacia el coche, le miró de nuevo y tensó su expresión.
–¿Me has seguido?
–No.
–¿De verdad? –le espetó–. Porque no recuerdo haberte dicho ni el nombre ni la dirección de mi médico.
–No te he seguido… Sencillamente, he descubierto el camino.
–No estoy de humor para bromas. Esto es indignante.
Sabía que estaba enfadada. Más incluso, si su rostro enrojecido y sus orificios nasales inflados eran indicativo de algo. Así que Luke intentó sofocar sus propios sentimientos.
–Lo siento, no quería que pasaras tú sola por esto.
Simone pasó por delante de él, abrió el coche y arrojó al asiento del pasajero todo lo que llevaba en la mano antes de rodear de nuevo a Luke.
–¿Cómo sabías que estaba sola? O… –señaló hacia su coche–. ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Averiguar quién podría haberme acompañado?
–¡No, no! No tiene nada que ver con el padre. Es…
–¿De verdad? Porque me lo preguntas cada maldito día. Lamento que la gente piense que eres tú. A todos los que me lo preguntan, les digo que no es así. ¡Eres tú el que ha dejado de negarlo!
–Estoy intentando protegerte.
Simone alzó las manos.
–¡No necesito tu protección!
–¿Por qué no? –gritó él. Antes de que las palabras hubieran salido siquiera de sus labios, ya se estaba frotando los ojos con la mano–. Lo siento, no pretendía gritarte. Es solo que… me has dejado completamente fuera de todo esto.
Simone posó la mano en su brazo. Cuando bajó la mirada, Luke se dio cuenta de que hacía meses que no le tocaba. No es que hubiera sido nunca una persona abiertamente cariñosa, pero tampoco le había evitado nunca.
–Lo siento, Luke –le dijo–. Siento lo que la gente está diciendo. Y siento no poder contarte quién es el padre. De verdad –cerró la mano alrededor de su codo–. Lo siento mucho.
¡Oh, Dios! Luke alargó la mano hacia ella, pero Simone se apartó y se sentó en el asiento del conductor.
–Déjalo ya, ¿quieres? Estoy bien –cerró de un portazo, y estuvo a punto de pillarle el codo a Luke en el proceso.
Él retrocedió justo en el instante en el que el motor cobraba vida. Simone salió de allí como una conductora de rallys embarazada, dejando a Luke más frustrado que nunca.
La puerta de la consulta se abrió tras él y Luke miró hacia atrás para asegurarse de que no se trataba de un terrible canalla con un letrero que dijera. «Yo dejé embarazada a Simone Parker». Pero solo era una mujer rubia con una bata médica de color rosa. No tuvo suerte.
Se oyó el retumbar de un trueno en la distancia y Luke miró el reloj, esperando llevar allí sentado varias horas y que el día hubiera terminado. Pero no, ni siquiera eran las doce de la mañana. El día entero se extendía ante él, y la mayor parte tendría que pasarla sentado al lado de su obstinada compañera. Y ni siquiera podía albergar la ligera esperanza de que Tessa Donovan volviera a llamarle otra vez.
¡Mierda! La sensación de náusea se había fijado en un solo lugar y Luke podía sentir ya el comienzo de una úlcera. Una más para añadir a la colección.