—¡Oh, Dios mío! —gritó Olivia—. ¡Oh, no!
—Aguanta —la urgió Jamie.
Olivia se agarró con fuerza a la barra de seguridad y apretó los ojos mientras el vagón de la montaña rusa subía hacia el punto más alto.
—¿Por qué estoy haciendo esto?
—¡Lo sabes perfectamente! —respondió Jamie riendo.
—¡Esto no tiene ninguna gracia! —gritó ella en el instante preciso en el que pareció desaparecer la gravedad y el mundo se hundió bajo sus pies.
Olivia dejó de gritar. Apretó los dientes y contuvo la respiración como si se estuviera sumergiendo en el agua.
Cuando giraron al final de la curva, abrió por fin la boca para tomar aire.
—¿Estás bien? —le preguntó Jamie, cerrando la mano sobre su rodilla.
Olivia asintió, intentando todavía recuperar la respiración. Pero para cuando llegaron a la siguiente cima, se estaba riendo. Con ganas. No podía parar de reír ni siquiera cuando el vagón voló por el trecho más largo de la montaña rusa y Jamie la estrechó contra él para darle un beso.
—Estás igual que después de disfrutar del sexo —le dijo.
—¿Porque me estoy riendo? —volvió a romper a carcajadas al ver su mirada de indignación.
—Estaba pensando en los gritos ahogados.
—Sí, claro.
Jamie la besó una vez más antes de ayudarla a salir del vagón.
—¿Adónde vamos ahora?
—Creo que ya no aguanto más. Me he quedado casi sin voz.
—¡Vamos, una vuelta más! —insistió Jamie.
Aunque estaba agotada, Olivia estaba disfrutando de lo lindo.
—De acuerdo, pero en algo más tranquilo. Como el tiovivo.
—Dios mío, no. A no ser que quieras que vomite.
Olivia se detuvo sobre sus pasos.
—¿Estás de broma? ¿Te mareas en el tiovivo?
Jamie la fulminó con la mirada.
—No es el tiovivo, son las vueltas. No el balanceo de los caballos.
—Primero tienes cosquillas, ¿y ahora esto?
—No se lo cuentes a nadie, ¿de acuerdo? Perdería el carnet de virilidad.
—Estoy segura de que tiene un carnet de miembro permanente, señor Donovan. Eso nadie se lo puede arrebatar.
Jamie la apartó de entre la gente y la agarró por las caderas.
—Señorita Bishop, no estará insinuando algo vulgar, ¿verdad?
Olivia se inclino hacia él y dejó que su aliento le acariciara el oído, consciente de que aquello le haría estremecerse.
—Por supuesto que no. No es vulgar —le rozó la oreja con los labios—. Es maravilloso.
Jamie gruñó antes de soltarla.
—¿Y qué tal la noria?
—¿Podrás aguantarla, grandullón?
Olivia le sonrió por encima del hombro y comenzó a avanzar hacia la noria.
—Deja de intentar halagarme.
—No creo que lo que he dicho sea muy halagador.
—Lo siento, has dicho «grandullón». Eso es lo único que he oído.
Cuando llegaron a la noria diez minutos después, a Olivia le dolían las mejillas de tanto reír. ¿Cómo se sentiría siendo como Jamie, un hombre tan libre y despreocupado? ¿Tan seguro de sí mismo y tan alegre? Olivia se relajó en el asiento de la noria con un suspiro de feliz alivio.
La primera vuelta fue emocionante, pero al cabo de un rato, el viaje se tornó tranquilo. Olivia apoyó la cabeza en el hombro de Jamie y observó la ciudad elevándose y cayendo frente a sus ojos. Cuando estaban en el punto más alto, el viento era frío y vigorizante, pero el brazo de Jamie era puro calor a su alrededor. Olivia tenía la sensación de que podría acurrucarse en su brazo y quedarse dormida.
Durante la cuarta subida, la noria fue disminuyendo la velocidad hasta detenerse, dejándoles colgando en el cielo mientras iban montando nuevos pasajeros. Se hizo el silencio. Fue como si el tiempo se hubiera detenido y les hubiera dejado meciéndose en el aire.
—Qué bonito —dijo Jamie, acariciándole el hombro con el pulgar—. Es muy hermoso.
Lo era. El sol del anochecer se había puesto tras un banco de nubes dejándoles una vista perfecta. Olivia contempló la ciudad y las montañas que se veían a lo lejos y consideró la posibilidad de dejar todo aquello tras ella. Podía montar en el coche y marcharse. Atravesar las montañas y el desierto y llegar hasta el mar. Ya no le daba miedo. Ninguno.
La noche anterior, había pasado horas tumbada en la cama, analizándose a sí misma, intentando comprender sus propios miedos. Y al final había comprendido la verdad.
—¿Jamie? —preguntó con voz queda.
—¿Mm?
—Te dije que nunca había querido ser profesora.
—Pero se te da muy bien.
—A lo mejor, pero no quería serlo.
La noria comenzó a girar otra vez, aupándoles hacia las montañas y descendiendo después hasta el suelo.
—¿Querías trabajar en un restaurante? —preguntó él.
—Sí, crecí rodeada de restaurantes. Mis padres eran inversores y, a lo largo de los años, fueron socios de numerosos negocios. Salíamos a comer fuera con mucha frecuencia. Pero la parte que más me gustaba era la previa a la apertura de un restaurante. La emoción de la novedad. Las tormentas de ideas, la planificación. Ver cómo un espacio vacío se transformaba en algo bello. Los nervios del día de la inauguración, la tensión del miedo al fracaso… A eso era a lo que quería dedicarme.
—¿Y qué ocurrió?
Olivia se encogió de hombros.
—Decidí estudiar en Virginia para separarme de mis padres, la típica tontería adolescente. Pensaba que no me entendían y que nunca serían capaces de hacerlo. Lo único que quería era alejarme de ellos. Estuve trabajando en restaurantes para mantenerme. Intentaba buscar restaurantes que apenas estuvieran empezando. Seis años después, había terminado mi máster y estaba locamente enamorada.
—De Víctor.
—Sí —la noria llegó de nuevo al final y descendieron en círculo—. Él no necesitaba una esposa que trabajara catorce horas al día los siete días de la semana. Su carrera era importante. Necesitaba mi apoyo. Así que, en vez de invertir dinero en un pequeño negocio, compramos una casa y yo acepté trabajar dando clases.
—Renunciaste a tu sueño.
—Sí. Renuncié a todo.
—Ahora puedes empezar otra vez —reflexionó Jamie—. Eso es lo que estoy haciendo yo. Intentar conseguir lo que de verdad quiero. Intentar compensar… otras cosas.
—¿Alguna vez te has sentido atrapado? ¿Nunca has pensado que hubieras podido hacer algo mejor si no hubieras tenido la obligación de trabajar para tu familia?
Jamie echó la cabeza hacia atrás y fijó la mirada en el entramado metálico que los cubría.
—No, pero me gustaría que las cosas fueran diferentes. Me gustaría que mi hermano se moderara un poco. Me gustaría haber tenido las cosas más claras mucho antes. Me gustaría… me gustaría que mis padres no hubieran muerto. Pero me gusta mi trabajo. No me siento atrapado —levantó la cabeza y la miró—. Tú tampoco tienes que sentirte atrapada. Porque no lo estás.
—He pasado muchos años dando clase. He invertido toda mi carrera profesional en ello. ¿Cómo voy a darle la espalda a todo eso?
—Haciéndolo. En eso consiste darle la espalda a algo. En dejar atrás algo importante.
—Tardaría años en empezar de nuevo —consiguió esbozar una sonrisa—. Gwen cree que debería mudarme a Hawái y buscar trabajo allí. Tengo que admitir que es una buena idea.
—¿De verdad? Yo pensaba que pretendías quedarte por aquí.
—No te preocupes. No se me ocurriría marcharme hasta que hayamos puesto en marcha tu plan.
—¡Ah, bueno! —Jamie esbozó una sonrisa fugaz.
El suelo pareció avanzar hacia ellos, más despacio en aquella ocasión. La noria se estaba deteniendo.
—Lo siento —dijo Olivia—. No sé por qué me he desahogado contigo.
—No importa.
—Tener que hacer de psicólogo no es muy divertido, ¿verdad?
Notó el peso de sus ojos sobre ella, pero, cuando se volvió, Jamie desvió la mirada.
—No es para tanto.
Olivia cambió de postura, incómoda con el repentino silencio que se hizo entre ellos.
—Eh, ¿quieres que hablemos ahora de tu estudio sobre posibles competidores?
—No, pero gracias.
Olivia suspiró aliviada cuando la noria se detuvo y uno de los trabajadores le abrió la puerta. Nunca había visto a Jamie triste y no estaba segura de lo que había pasado. Quizá hubiera sido la conversación sobre sus padres y su familia.
—¿Nos vamos? —preguntó Jamie cuando estuvieron de nuevo en el suelo.
—Sí —Olivia le tocó el brazo y él se volvió—, ¿estás bien?
—Sí, estoy bien —contestó.
Le guiñó el ojo y le dio la mano. Y Olivia suspiró aliviada.
—¿Al final la noria te ha superado?
—Estoy un poco revuelto, sí.
Tomaron un camino y se fueron guiando por un letrero blanco que asomaba detrás de los árboles e indicaba la zona del aparcamiento.
—Gracias por escucharme, Jamie.
—Siempre se me ha dado bien —contestó.
Pero todavía se mostraba un poco distante y Olivia notó el hormigueo del desasosiego en la piel.
—Siento haber sacado el tema de tu familia.
Jamie le soltó entonces la mano y Olivia se sintió como si estuviera alejándose de él, como si estuviera regresando a su antigua vida, una vida en la que corría a las seis de la mañana y en la que jamás había tenido una relación sexual delante del espejo. Jamie se cruzó de brazos y miró hacia las filas de coches.
—No tiene por qué ser siempre divertido —musitó.
—¿El qué?
—Esto. Puedes hablarme de tu vida. Podemos hablar de cosas que no tengan que ver con la cerveza o el sexo.
—Ya lo sé. Es solo que nuestro acuerdo…
—¿Nuestro acuerdo?
—Ya sabes —a Olivia le ardía la cara.
No quería decir en voz alta que él le estaba ofreciendo sexo a cambio de la ayuda que le estaba prestando en los planes para la cervecería.
—Olivia, sé que tú eres una mujer reflexiva y con una mentalidad empresarial, pero yo no. ¡Esto no es un acuerdo!
—Pero dijiste que me ayudarías…
—Pero me refería a hacerlo como un amigo, o como un amante, o como tú quieras llamarlo.
—Es solo una cuestión de lenguaje, Jamie. No estoy diciendo que no te guste, pero no soy la clase de mujer con la que saldrías en circunstancias normales.
—¿A qué demonios te refieres cuando dices que no eres la clase de mujer con la que saldría en circunstancias normales?
—¡Oh, vamos! ¿Con cuantas mujeres tan recatadas como yo de treinta y cinco años te has acostado? Eres joven y trabajas de camarero. Hay mujeres que están dispuestas a cruzar la ciudad y a pagar por tener una oportunidad de coquetear contigo. Mujeres atractivas, universitarias. Mujeres con senos potentes que llevan vaqueros de cintura baja y se bañan desnudas todas las semanas.
Miró a su alrededor para estar segura de que nadie podía oírles y añadió:
—Dime que me equivoco.
No se equivocaba, lo sabía, pero Jamie parecía furioso. Tenía la boca cerrada con tal dureza que parecía que jamás la hubiera curvado en una sonrisa. Apretaba la mandíbula a un ritmo marcado por la tensión. Y los ojos…De sus ojos había desaparecido todo el calor y su color verde parecía el de los pinos en lo más profundo del invierno.
Olivia suspiró.
—Lo siento. No pretendía que fuera un insulto.
—¿No pretendías que fuera un insulto? ¿Y qué era? ¿Un cumplido?
—Tampoco. Es solo… la verdad.
—¿Que soy un camarero inmaduro y mujeriego que se acuesta con cualquier universitaria borracha que esté dispuesta a enseñarme su escote?
—No es eso lo que he dicho.
—¿Y lo de ese acuerdo por el que he aceptado acostarme contigo a cambio de que me ayudes a organizar el plan de mejora del restaurante? ¿Eso también es la verdad?
Olivia alargó el brazo hacia él.
—Jamie…
Jamie comenzó a alejarse. Un estallido de risas hizo detenerse a Oliva, que retrocedió mientras pasaba un grupo de adolescentes delante de ellos. Jamie clavaba la mirada furioso en el cemento que tenía bajo los pies mientras Olivia permanecía impotente frente a él, preguntándose por qué habría pensado que era una buena idea mantener aquella conversación. En aquel momento sentía que la corriente la alejaba de él con más fuerza cada vez, devolviéndola a lo que había sido su vida antes de conocerle. Lo había echado todo a perder.
Pasó el último adolescente a toda velocidad, intentando alcanzar a los demás.
Olivia tenía el ánimo por los suelos y una opresión en el pecho que le robaba el aire, pero el cuerpo entero de Jamie parecía expandirse cada vez que inhalaba. Al cabo de unos segundos, dejó escapar el aire con un lento suspiro.
—Lo siento —dijo por fin—. No debería haberme enfadado tanto.
—No pretendía decir eso —susurró ella—. No de ese modo.
Apenas se podía creer la rapidez con la que se había tranquilizado. Parecía casi el Jamie de siempre, aunque continuaba apretando la boca con firmeza. Aun así, había desaparecido la tensión de la mandíbula y su mirada había pasado del enfado a la tristeza.
—No te preocupes, estoy acostumbrado. Y me lo merezco.
—No, no es cierto. Lo único que pretendía decir es que no soy la mujer ideal para ti. No soy la mujer ideal para nadie. Y no pasa nada. Tampoco lo necesito.
—¿Y qué tal si me dejas decidir a mí quién es mi mujer ideal?
Olivia estuvo a punto de mostrarse de acuerdo. Aquello pondría fin a la discusión. Él le diría que era ella la mujer con la que quería estar. Ella se tranquilizaría, se sentiría atractiva, deseada y halagada. Pero no sería cierto. Y ya no quería más mentiras. De modo que, en vez de darle la razón, sacudió la cabeza.
—Me gusta que seas tan dulce y tan cariñoso. Me encanta. A cualquiera le encantaría. Pero no quiero que me engañes fingiendo que esta relación es más que lo que es.
Jamie alzó las manos con un gesto de exasperación.
—¿He hecho algo que te haya ofendido?
—No, has sido maravilloso conmigo. Siempre eres maravilloso conmigo. Por eso no puedo permitirme el bajar la guardia.
Jamie dejó caer las manos y suavizó la mirada.
—Eh —le dijo—, no tienes por qué estar en guardia conmigo.
—¡Ay, Jamie! En eso te equivocas, y mucho.
Jamie dio un paso hacia ella, le tomó la mano y la miró a los ojos.
—Yo no estoy en guardia contigo.
—Ya lo sé y, mírate, no tienes ningún problema. Pero tú eres el primer hombre con el que salgo después de mi divorcio y no puedo arriesgarme a volver a sufrir. Al menos, no tan pronto y, menos aún, contigo.
Jamie entrelazó los dedos con los suyos.
—¿Qué crees que voy a hacerte?
Solo lo que le estaba haciendo, pensó Olivia. Bastaban las caricias, las miradas cariñosas y unos encuentros sexuales perfectos. En cuanto bajara la guardia, estaría perdida. Rota. Destrozada. Disfrutaría de unos meses de sexo dulce y ardiente y después sería relegada a la lista de buenas amigas que, sin lugar a dudas, Jamie conservaba. Mujeres hacia las que guardaba un vago afecto. Mujeres con las que podía relacionarse sin problema alguno porque, para él, solo habían sido unas amigas maravillosas, mientras que, para cada una de ellas, había sido un hombre al que habían amado con pasión. ¡Dios santo! Aquello sería peor que ser su ex.
Olivia sacudió la cabeza y se dirigió hacia el aparcamiento de la mano de Jamie. Este continuaba con el ceño fruncido mientras le abría la puerta del coche. Y siguió frunciendo el ceño cuando se montó en el coche y puso el motor en marcha. Después de las cosas tan duras que le había dicho, se merecía que fuera sincera con él.
Cuando Jamie comenzó a meter la marcha, Olivia le agarró la mano para detenerle.
—Todo será menos complicado para ti si no me entrego por completo en esta relación.
—¿Cómo lo sabes?
Olivia se aclaró la garganta, apartó la mano y la posó en su propia rodilla. Clavó la mirada en sus dedos como si hubiera algo interesante que ver en ellos. Pero no había nada, salvo la marca blanca que conservaba todavía tras haberse quitado la alianza.
—Víctor fue mi primer amante. Jamás había hecho nada con otro hombre, más allá de compartir algún beso.
Jamie permaneció en silencio durante unos segundos. Olivia casi podía ver las preguntas que afloraban a su mente. Pasaron cuatro segundos antes de que tomara aire y lo soltara. Una nueva conciencia pareció elevar la temperatura en el interior del coche. A Olivia le ardía la piel.
—¡Ah! Entonces soy…
—Sí. No pensaba decirte nada. Sé que es raro. Pero esa es la razón por la que… por la que no puedo sucumbir ante ti…
—Olivia —cubrió la mano de Olivia con la suya, mucho más grande y morena, haciendo que le diera un vuelco el corazón—. No quiero que sucumbas ante nadie. Y menos ante mí.
No lo comprendía. Para él todo era demasiado fácil. Le resultaba fácil relacionarse. Fácil desear. Fácil amar. Y por eso no era capaz de comprender lo difícil que era la vida para otras personas.
—Solo quiero que comprendas por qué tengo que estar en guardia.
Jamie cerró la mano sobre la suya.
—De acuerdo, creo que lo entiendo.
—Gracias.
Jamie tomó aire como si fuera a decir algo más, pero, al final, se limitó a poner el coche en marcha y a alejarse de allí. Olivia observó la noria girando tras ellos, el blanco metal recortado contra el fuego del anochecer, y deseó que no hubieran bajado nunca.