Capítulo 17

 

Jamie hizo el esfuerzo de su vida para no parecer tan asustado como estaba. No había ningún motivo para dejarse llevar por el pánico. No había cambiado nada. Nada. Excepto que acababa de ser consciente de que las inseguridades que mostraba Olivia cuando la inducía a hacer cosas atrevidas no se debían al pudor, sino a una total inexperiencia.

No, inexperiencia, no. Olivia había estado casada durante diez años. Era una mujer con plena y total experiencia.

Pero nunca se había acostado con una mujer que hubiera estado con un solo hombre. Al menos, que él supiera. Desde luego, no desde que había salido del instituto. Y, por supuesto, no esperaba eso de alguien como Olivia Bishop, una mujer con un aire tan sofisticado.

La miró, observándola por el rabillo del ojo. Parecía cansada, derrotada. Jamie había planeado otra aventura para aquella noche, pero era obvio que Olivia no estaba en condiciones de hacer una visita a una tienda de lencería erótica. Y tampoco él. Apenas se podía creer que la hubiera hecho desnudarse fuera del jacuzzi. Ni que la hubiera hecho tumbarse boca abajo en la cama para tomarla con dureza.

La sangre le subió a la cara. Debería haber sido más romántico, no haberla tomado como si en ello le fuera la vida.

—Supongo que estarás demasiado cansada como para salir a cenar.

—Cansada y sucia. Tengo el protector solar cubierto de polvo.

—¿Y si cenamos en mi casa?

—Me dijiste que no eras buen cocinero.

—Bueno, no soy un chef, pero tengo una lista impresionante de restaurantes con comida para llevar en la puerta de la nevera —por fin se atrevió a mirarla, justo a tiempo de pillarla bostezando—. También tengo una cama muy cómoda con unos almohadones muy esponjosos.

—Sí, ya me acuerdo. ¿Y me prestarías tu ducha? Y a lo mejor también una camiseta…

Jamie mantuvo la mente en blanco, temiendo imaginarla mojada y con una camiseta limpia, medio desnuda.

—Claro. Desde luego. Todo lo que tú quieras.

—En ese caso, me encantaría.

Romanticismo, se dijo a sí mismo. Con un poco de suerte, todavía le quedaba una botella de vino en la despensa. A lo mejor debería comprarle flores o algo así.

Cuando llegaron a su casa, Jamie sacó dos docenas de propaganda de menús y las dejó en la mesa de la cocina.

—Elige lo que quieras. Voy a darme una ducha rápida y después te ducharás tú.

Jamie se duchó en un tiempo récord, se secó y se puso la ropa interior limpia y los vaqueros. Cuando estaba buscando una camiseta, se abrió la puerta del dormitorio.

—¡Ah, ya estás fuera! —dijo Olivia—. De pronto, se me ha ocurrido pensar que a lo mejor querías que me metiera contigo. Que fuera una incitación a la ducha.

¿Nunca lo había hecho en la ducha? Jamie soltó la camiseta, pero consiguió agarrarla justo antes de que cayera al suelo. Se la metió por encima de la cabeza a toda la velocidad que pudo.

—¡Ja! No. Yo voy a encargarme de la comida. ¿Has decidido algo?

Olivia inclinó la cabeza.

—¿Estás bien?

—Claro, ¿por qué?

—Pareces nervioso. ¿Todavía estás enfadado?

—No, qué va. Pero me sentía mal dejándote allí sola. Y no quería gastar toda el agua caliente. Y estoy muerto de hambre.

Olivia se encogió de hombros.

—Muy bien. ¿Qué tal comida vietnamita?

—Perfecto, lo que a ti te apetezca.

—¿Lo que a mí me apetezca? —preguntó, deslizando la mirada por su cuerpo.

A Jamie le sorprendió la dureza del latigazo de deseo que restalló en sus entrañas. Todavía estaba nervioso, pero había bastado una mirada de Olivia recorriendo su cuerpo para que la sangre se concentrara en su miembro. Había una química entre ellos que no tenía nada que ver con el hecho de que quisiera enseñarle a divertirse. Y la química crecía cada vez que la veía, como si cada combate sexual elevara un grado más la temperatura entre ellos.

Y, de pronto, decidió que le importaba un comino su nerviosismo. Sencillamente, se alegraba de que Olivia estuviera allí. Para cuando llegó el momento de pedir la comida y agarrar las llaves, Jamie tenía una nueva razón para salir huyendo. Olivia había vuelto a su dormitorio y sabía que, si la oía abrir el grifo de la ducha, no sería capaz de cruzar la puerta. Una iniciación al mundo de la ducha, nada más y nada menos.

Sí, los nervios habían desaparecido. Por fin se le revelaba el significado de su confesión. Las cosas que habían hecho juntos, las cosas que harían… todo era nuevo para ella. Olivia solo había estado con su marido, solo había tenido una relación seria. Él era el segundo hombre que la había tocado, que se había deslizado en el interior de su cuerpo. Jamie no podía decir que ese tipo de cosas le importaran, pero tampoco podía negar la salvaje sensación de posesión que le invadía.

—Maldito hombre de las cavernas —musitó, pero su cuerpo ni siquiera le ofreció una punzada de arrepentimiento.

Su papel como tutor acababa de adquirir una intensidad nueva, inconcebible casi, y, una vez había conseguido deshacerse de los nervios, no podía esperar.

Media hora después, mientras abría la puerta, se dio cuenta de que nunca había dejado a una mujer sola en su casa. Era extraño, entrar sabiendo que había alguien allí. Una persona que, en aquel momento, podía estar desnuda en la ducha. O, a lo mejor, Olivia había cambiado de opinión y había optado por un baño de burbujas… A lo mejor…

—¡Hola!

Jamie giró y la vio al lado del sofá, con sus largas piernas desnudas, sedosas. Al verla con aquella camiseta en la que aparecían unos perros jugando al póker, se le tensó el pecho. Olivia llevaba puestas las gafas, sin nada de maquillaje, y tenía el pelo ondulado por la humedad. Con los pantalones cortos, estaba perfecta. La mirada de Jamie se posó en el diminuto dobladillo de tela negra que asomaba apenas al final de la camiseta. Parecían unos pantalones muy cortos. La miró con los ojos entrecerrados.

—¿Te has puesto unos calzoncillos?

Olivia extendió la mano, como si quisiera tapárselos.

—Espero que no te importe. No tenía ninguna otra cosa.

—¡Eh, no! Me parece muy bien —alzó la bolsa de la comida y señaló hacia la cocina—. ¿Tienes hambre?

Olivia se le adelantó, ofreciéndole la vista que había estado buscando. Tal y como esperaba, su pequeño trasero estaba perfecto bajo la suave tela de algodón, sobre todo cuando se inclinó hacia delante para dejar sitio en la mesa.

—He sacado los platos y los cubiertos. ¿Qué te apetece beber?

«¡A ti!». Se aclaró la garganta y le tendió la bolsa.

—Toma. Yo me ocuparé de las bebidas.

Llenó dos vasos de agua con hielo y sacó después una botella de vino tinto de la despensa. Y, en todo momento, estuvo oyéndola tras él. El susurro de la bolsa. El tintineo de los cubiertos.

Sintió un cálido cosquilleo en el cuello, pero ignoró aquella rara sensación y llevó los platos a la mesa.

—Bueno, cuéntame dónde te criaste —le pidió mientras esperaba a que se sirviera.

—En St. Paul.

—Lo dices con mucha frialdad.

Al rostro de Olivia pareció asomar una sonrisa.

—Tuve una infancia agradable. Vivía en un barrio bonito, iba a un buen colegio…

—¿Pero? —su tono de voz era inconfundible.

—Pero mi padre era un bróker y mi madre agente inmobiliaria. Pasaban todo su tiempo libre invirtiendo en diferentes negocios. Fui una de esas niñas que desde muy temprano se quedan solas en casa —se encogió de hombros—. Eso es todo. No hubo malos tratos. Ni problemas. Solo silencio. Y grandes expectativas hacia mí.

—¿Todavía están vivos?

—Sí, pero no les veo muy a menudo. No tiene mucho sentido, y menos ahora que Víctor ha desaparecido de escena. Les gustaba y eso significaba que en aquel aspecto había tenido éxito ante sus ojos. Pero con la separación volví a decepcionarles. Lo siento, supongo que echas mucho de menos a tus padres.

—Sí, pero eso no significa que tú tengas que llevarte bien con los tuyos.

—Es un alivio.

—¿Entonces eras una estudiante de sobresaliente?

—¡Por supuesto! Siempre lo fui. Estaba demasiado ocupada como para ir a fiestas o salir con chicos. Cuando uno se dedica a docenas de actividades después de clase tiende a robar demasiado tiempo al estudio. ¿Y tú? ¿Cómo eras tú?

—Era tal y como te imaginas.

—Mm —Olivia le miró como si de verdad tuviera que pensar en ello—. Creo que eras de esos alumnos que sacan siempre un aprobado justo. Y un chico popular. Muy popular. Seguro que ibas a todo tipo de fiestas. Bebías mucho, llegabas tarde al instituto, pero siempre eras respetuoso con tus profesores. Siempre muy educado.

Jamie se inclinó, en señal de reconocimiento.

—Todo eso es cierto, excepto lo de la bebida. No bebía con mucha frecuencia.

Lo dijo como si no tuviera mayor importancia y Olivia así lo tomó.

—¿Tú? ¿El heredero del trono de la cerveza?

—Bueno, la cerveza es como la comida. Siempre y cuando no te dediques a beberla haciendo el pino y directamente del barril.

—¿Haciendo el pino?

Jamie hizo un gesto con la mano, como si no mereciera la pena explicarlo.

—¿Y tu hermano se ocupaba de ti?

—Sí. Había cierta tensión, supongo que no hace falta decirlo. Yo pensaba que no tenía por qué estar pendiente de mí. Que podía arreglármelas solo. Por supuesto, no era cierto. Vivíamos en la casa de mis padres. Mi hermana todavía vive allí.

—¿Cuándo te compraste esta casa?

Jamie le habló entonces de la casa. De los cambios que había hecho. De los proyectos que tenía. Le encantaba aquel lugar. No había nada en la vida que sintiera más suyo. ¡Diablos! Si hasta parecía estar perdiendo a su familia. Peleaba con Eric más que nunca y Tessa estaba enamorada y a punto de iniciar una nueva vida.

—Siempre he sentido fascinación por los hermanos —musitó Olivia mientras jugueteaba con los fideos que tenía en el plato.

—¿De verdad? Pues si quieres, puedo prestarte los míos.

Olivia contestó con una carcajada.

—Sé que les adoras.

—Es cierto, sí. Pero nuestra relación no puede ser más complicada. La cuestión es que… los hermanos creen que se conocen mejor que nadie. Creces junto a ellos, así que, debería ser así, ¿no? Pero no es tan sencillo. A veces, saben menos sobre ti que cualquier otra persona.

Olivia dejó el tenedor en el plato.

—¿A qué te refieres?

¡Oh, no! Jamie no quería llegar hasta allí. Negó con la cabeza.

—A nada en particular. Cosas sin importancia. Como, por ejemplo, que pensaba que mi hermana era una joven dulce e inocente y resulta que se estaba acostando con un policía curtido por la vida.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad.

—¿Y por qué pensabas que era una joven dulce e inocente?

Jamie gimió.

—No quiero hablar de ello. Por lo que a mí respecta, duermen cada noche en habitaciones separadas.

—¡Ay, qué tierno! ¿Cuántos años tiene tu hermana?

—Veintisiete.

Olivia contestó con una estridente carcajada.

—¡Eh! Es mi hermana pequeña.

—¿Te he dicho ya que eres una monada? —se burló Olivia, dándole en la rodilla.

—Cena —le ordenó Jamie, inclinando la copa de vino hacia ella para urgirla a seguir comiendo.

Olivia se reclinó en la silla con la copa en la mano y una enorme sonrisa en el rostro mientras apoyaba la pierna en la rodilla de Jamie. Este se la alzó un poco más, hasta colocarla sobre su cadera. Le rodeó para ello el tobillo y sintió la imposible suavidad y el calor de su piel. Había algo especial en la piel de una mujer, en aquel tacto tan delicado. Deslizó la mano hacia arriba hasta alcanzar la parte posterior de su rodilla. Olivia suspiró y se inclinó para besarle.

Sin saber muy bien cómo, Olivia consiguió terminar en su regazo, pero Jamie continuó besándola con una lenta delicadeza, permitiéndole sentir cada uno de sus movimientos mientras iba ascendiendo con la mano. Cuando llegó por encima del muslo, le acarició la ropa interior. Le encantaba que se hubiera puesto sus bóxers, un sentimiento que le habría asustado si no hubiera estado disfrutando tanto. Pero Olivia se estaba inclinando hacia él y su mano continuaba escalando por el muslo, de modo que lo último que le importaba en aquel momento era estar experimentando aquel sentimiento de posesión.

—Mm —suspiró Olivia, hundiendo la mano por la camisa—. Me alegro de que nos hayamos reconciliado.

—No tanto como yo.

Olivia le rozó el pezón y él siseó.

—Me encanta tu cuerpo —susurró Olivia contra su mandíbula—. De verdad, me encanta.

Jamie gimió mientras dibujaba con la lengua el lóbulo de su oreja. Olivia nunca se había mostrado tan agresiva.

—¿Estás un poco achispada?

—Es posible. ¿Dónde me quieres esta noche?

—¿Dónde?

Olivia rio, enfriando con su aliento la piel que antes había lamido.

—¿En la ducha? ¿En el jacuzzi? ¿Aquí, encima de la mesa? Eso nunca lo he hecho.

Nunca había hecho nada de lo que ofrecía, maldita fuera, y aquel pensamiento le puso duro como una piedra.

—He pensado que podríamos hacerlo en la cama. Y quiero que lo hagamos despacio, a conciencia.

—¿En la cama?

—Sí, a no ser que te parezca decepcionante.

Olivia soltó una carcajada y deslizó las manos por su espalda, presionando las uñas contra su piel.

—Jamás.

Comenzó a succionar un rincón perfecto de su cuello, despertando hasta la última de sus terminales nerviosas. Pero justo cuando él estaba empezando a suspirar, abandonó su cuello y se irguió en la silla.

—Espera un momento. Todo eso de hacerlo despacio y en la cama es por lo que te he dicho, ¿verdad?

Jamie estaba seguro de que la culpabilidad resplandecía como un letrero de neón en su semblante, pero intentó mantener una expresión neutra.

—¿Eh?

—Por mi culpa, ahora todo te resulta raro. ¡Sabía que iba a pasar!

—Eh —Jamie le agarró la mano antes de que pudiera alejarse de él—, ¿a qué te refieres?

—Ya lo sabes.

Jamie hizo el mayor de los esfuerzos por parecer confundido.

—¿Qué? Vamos, Oliva, hace falta algo más que eso para espantarme.

Su mentira tuvo el efecto que esperaba. La ansiedad que velaba los ojos de Olivia se aclaró y Jamie pudo reconocer la enorme vulnerabilidad que se ocultaba tras ella.

—¿De verdad?

—Soy camarero, ¿recuerdas? He oído de todo.

Olivia vaciló durante unos segundos antes de sonreír abiertamente.

—De acuerdo. Olvidaba que tú ya habías oído de todo.

Había oído de todo, sí. Y en labios de todo tipo de personas imaginables. Pero aquello no cambiaba lo mucho que su relación con Olivia significaba para él.

—Escucha —le dijo, extendiendo las manos sobre sus muslos—, si quieres que te vista como a una doncella francesa y lo hagamos encima de la mesa, lo haré. Pero lo que de verdad me apetece es llevarte a mi dormitorio y disfrutar contigo en la cama. No por lo que me has dicho antes, sino porque hoy ha sido un día muy largo, estás cansada y tengo una cama muy cómoda. Y no creo que no sea excitante disfrutar contigo del sexo en posición horizontal. Por lo menos, para mí.

Olivia cerró los ojos, se acurrucó contra él y apoyó la cabeza en su hombro con un suspiro.

—Me parece perfecto —al cabo de unos segundos de silencio, alzó la cabeza—. ¿Tienes un disfraz de doncella francesa por ahí?

—No, lo tengo bien dobladito y guardado —se levantó con ella. Olivia soltó un grito y le rodeó el cuello con los brazos—. Shh, solo estoy intentando animar un poco esta aburrida sesión de sexo.

—¡Esto no es aburrido! —protestó, pero sus palabras terminaron en carcajadas.

—Bueno, ahora no.

La llevó hasta el dormitorio y la dejó en la cama. Olivia todavía estaba intentando recuperar el aliento, así que Jamie se quitó la camiseta y la agarró del tobillo para acercarla a él. La camiseta que llevaba Olivia se deslizó hacia arriba, exponiendo su estómago plano y la delicada curvatura de su vientre. Los bóxers negros colgaban de sus caderas como un globo.

—Estás genial —susurró Olivia.

Olivia posó el pie desnudo en su pecho y le dio un empujoncito.

—¿Tienes idea de lo mucho que me excitas?

Sí, era obvio que estaba bebida. Y Jaime no iba a quejarse por ello.

—¿Por qué no me lo dices tú?

—Me basta mirarte para empaparme.

Si Jamie creía que estaba excitado, sus palabras le encendieron todavía más.

—Ni siquiera sabía que fuera posible —continuó Olivia, comiéndole el pecho con los ojos—, mirar a un hombre y desearle tanto que estarías dispuesta a hacer cualquier cosa por él.

Las manos de Jamie continuaron avanzando hacia el muslo. Olivia dejó caer la rodilla hacia un lado. Todavía estaba vestida, pero Jamie pudo vislumbrar su interior a través del hueco de la tela. Sabía que si metía los dedos, la encontraría húmeda y dispuesta.

—Pienso en ti todo el tiempo, Jamie —confesó Olivia en un susurro—. Pienso en tu boca sobre mí, en tu sexo dentro de mí…

—¡Dios mío! —jadeó Jamie, bajando poco a poco sobre ella, arrebatado por sus caricias y por su forma de rodearle las caderas con las piernas.

Cuando la besó, chocó contra sus gafas y Olivia se las quitó y las lanzó hacia la mesa.

Jamie la besó con dureza y ella le succionó la lengua como si deseara aquel beso tanto como él. Jamie le enmarcó el rostro entre las manos, la besó durante un largo minuto y abrió después la boca sobre su cuello. Olivia olía a él. A su jabón, a su champú. Llevaba su ropa, su esencia, y estaba en su cama. Le entraron ganas de gruñir de satisfacción.

Cuando Olivia se llevó su mano a los labios y succionó dos dedos, gruñó de verdad. El calor, la humedad de la succión… Jamie olvidó sus buenas intenciones de ser lento y delicado. En cambio, hundió los dedos en la boca de Olivia, sintiendo la fuerza de su lengua trabajando contra él.

Le subió después la camiseta y le devolvió el favor tomando el pezón entre los dientes y haciéndola gritar contra su mano.

Olivia ni siquiera le había acariciado y ya estaba tan excitado que le dolía la piel por la tensión. La imaginó abriendo los labios sobre él, tomándole, succionando con fuerza. Y se imaginó embistiendo contra su lengua, abriéndole la garganta.

Dios santo, sería capaz de correrse solo por su forma de succionarle los dedos.

Jamie se estremeció y descendió por su cuerpo, decidido a hacer durar aquello más de lo que pensaba su cuerpo. Hundió la lengua en su ombligo. Presionó los dientes contra el hueso de su cadera, pero, cuando continuó descendiendo, tuvo que liberar los dedos de aquella fantasía erótica que era su boca. Olivia le mordisqueó a modo de protesta, pero él tenía una clara intención. Necesitaba las dos manos para apartar la ropa interior de sus caderas y hacerla descender por sus piernas. Necesitaba las dos manos para hacerla abrir los muslos.

Olivia estaba tan húmeda como le había prometido.

A Jamie se le hizo la boca agua mientras deslizaba los pulgares a lo largo de sus muslos. Cuando le rozó el sexo, los músculos de Olivia se tensaron y abrió más las rodillas, urgiéndole a continuar. Como si él fuera a negárselo.

Le besó un muslo, el otro después, y deslizó a continuación la lengua entre sus pliegues, suspirando al sentir su sabor fluyendo en el interior de su boca. Olivia se arqueó cuando él le tocó el clítoris y Jamie le rodeó las caderas y empujó con delicadeza hacia abajo para así poder cerrar los labios sobre el tenso botón.

—¡Ah! —gimió Olivia—. ¡Cómo me gusta!

Jamie presionó la lengua contra ella y Olivia gimió con renovadas fuerzas. Comenzó entonces otro juego, el de comprobar cuántos sonidos podía arrancar de su cuerpo. Jamie la acarició, succionó y la mordisqueó con delicadeza. La lamió y hundió después la lengua en su interior. Cuando retrocedió para regresar al clítoris, Olivia gimió y arqueó las caderas contra sus manos. Jamie tensó la mano sobre sus caderas y se puso serio, concentrando toda su atención en aquellas caricias con las que la hacía estremecerse y gritar. Sentía el clítoris tenso, como un duro botón contra su lengua. A Olivia le temblaban los muslos y sus gritos se transformaron en un jadeo atragantado. Todo estaba a punto de terminar. Gimió, sacudida por los últimos espasmos.

—¡Dios mío, Jamie…!

Jamie se incorporó y se desabrochó los vaqueros con la mirada fija en la mano que Olivia presionaba contra su propio sexo. Todavía estaba temblando. Y él se sentía extraño, como si no fuera él mismo. No era el hombre encantador, simpático y dulce, sino un hombre posesivo y fiero. Quería averiguar todo lo que Olivia no había hecho jamás para así poder ser el primero. Quería tomarla con tanta intensidad que no tuviera ganas de buscar un tercer amante, ni un cuarto. Jamie sacó un preservativo del bolsillo y se bajó la cremallera de los vaqueros.

Olivia abrió los ojos. Clavó la mirada en la cremallera y después en el preservativo.

—Espera —musitó mientras se enderezaba—. Espera.

¿Cómo demonios iba a esperar? Jamie apretó los dientes e hizo lo que Olivia le pedía, y cuando ella posó los pies en el suelo y se levantó de la cama, se alegró como nunca de haberlo hecho.

—Olivia —dijo al verla ponerse de rodillas, obligándole a retroceder—. No tienes por qué…

Su cuerpo le ordenó callar antes de que hubiera podido terminar la frase.

Gracias a Dios, Olivia le ignoró y le bajó los pantalones.

—Lo sé, pero quiero hacerlo.

Era cierto. Sí, lo sabía porque le había lamido los dedos como si fueran un maldito polo minutos antes. Y le bastó pensar en ello para que el corazón le latiera con tal fuerza que se le nubló la vista durante unos segundos. Pero cuando Olivia alcanzó sus calzoncillos, Jamie parpadeó para aclarar la visión.

Su miembro quedó libre y Olivia rodeó al instante la base con un pequeño suspiro. Si hubiera podido respirar, también él habría suspirado. Después, Olivia se lamió los labios y a Jamie ya no le quedó ninguna esperanza.

—La tienes muy grande, ¿lo sabías?

Desde luego, en aquel momento así lo sentía.

Olivia fue acariciándole muy despacio, subiendo y descendiendo por su miembro.

—Me gusta cómo me penetras. Me gusta tanto que apenas puedo soportarlo.

Jamie se oyó jadear y sintió el oxígeno invadiendo su sangre, haciéndolo todo más intenso, incluyendo las caricias de Olivia.

Olivia movió de nuevo la mano y, en aquella ocasión, posó el pulgar sobre el glande para extender la gota de líquido a lo largo de su erección. A Jamie se le aceleró el ritmo de forma aterradora.

Jamie estaba a punto de alargar la mano para detenerla cuando Olivia posó la lengua sobre su miembro. Dejó caer la mano y observó la rosada lengua saboreándole de nuevo. En aquella ocasión, rodeando el glande. Su cerebro se llenó de luces que le cegaron en un primer momento.

—Mm —gimió Olivia y Jamie sintió sus labios sobre él.

—¡Dios santo! —gimió.

Olivia sonrió sin apartarse y alzó los ojos para contemplarle a través de las pestañas.

¡Dios santo!

La vio cerrar los labios sobre la parte superior de su miembro y la sintió acariciándole con la lengua antes de hundirle más en ella. Jamie jamás había vivido nada más excitante y estaba seguro de que jamás lo viviría. Olivia estaba tomándole de aquella manera por primera vez, extendía los labios a su alrededor y…

De pronto, comenzó a succionar y Jamie se olvidó de todo lo que no fuera sentir.

Todo su mundo se convirtió en calor, humedad y succión. Olivia tensó la mano en la base de su miembro sin dejar de acariciarle con la boca.

Jamie comprendió entonces que había estado tan pendiente de mostrarle lo que era el placer que no esperaba nada parecido. Aquello hizo todavía más dulce aquel momento. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, pero cambió de pronto de opinión y volvió a mirarla.

El placer se concentraba en la base de su miembro e iba haciéndose más potente con cada caricia de aquella boca ardiente.

—Olivia —musitó, deseando pronunciar su nombre.

Olivia hundió su miembro de tal manera en ella que la sintió atragantarse.

—No… —le dijo, posando la mano en su pelo—. No hagas eso. Es solo… Es solo que me gusta mucho.

No necesitaba que hiciera nada. Solo la necesitaba a ella.

Olivia cambió la posición de la mano y Jamie jadeó. Después, ella apartó su boca y alzó la mirada.

—¿Te gusta? —volvió a acariciarle otra vez.

—Sí —contestó Jamie casi sin aliento—. Me gusta.

Olivia sonrió.

—Bien —dijo, antes de volver a deslizar la boca sobre él.

Jamie perdió el habla. Olivia trabajaba con la mano y la boca con una lentitud que le emborrachaba de placer. Se sentía a punto de llegar al final, y no quería. Todavía no. No, cuando Olivia le estaba tomando cada vez con más profundidad; cuando su lengua era una caricia firme contra su miembro y su boca puro fuego.

Consiguió controlarse a pura fuerza de voluntad. Aquella primera vez nunca volvería a repetirse. De hecho, era posible que nunca volviera a ocurrir nada igual. Así que retuvo el placer cuanto pudo. Observó su boca contra su húmeda asta y sintió el delicado zumbido de su voz contra su piel. Y, al final, ya no pudo soportarlo más.

Hundió los dedos en su pelo.

—Voy a correrme —gruñó con los dientes apretados.

Olivia suspiro contra él.

—Olivia —le advirtió con intención de apartarla, pero ella no se movió y Jamie no pensaba forzarla.

En cambio, se permitió sentir cómo iba creciendo en su interior aquel intenso placer hasta alcanzar una presión imposible de soportar.

—¡Ah, mierda! —gimió, y dejó que el placer estallara dentro de él, derrotándole por completo.

Olivia apretó, succionó con la boca todavía tensa sobre su miembro. Jamie sabía que estaba engulléndole, podía sentirse palpitando dentro de ella, y aquello hizo el clímax mucho más dulce.

Cuando Olivia al final le soltó, Jamie giró sobre los talones y se desplomó en la cama. Oyó la risa de Olivia y le hizo un gesto para que se le uniera.

—Ven aquí.

Olivia se tumbó a su lado. Se dieron cuenta entonces de que estaban los dos medio vestidos.

—Se te da bastante bien —musitó.

—Mentiroso.

—Sí, ya, mentiroso —le contradijo.

La sintió incorporarse, apoyándose en un codo.

—¿Sabes qué? Me ha gustado. Me ha gustado de verdad —confesó Olivia.

Jamie abrió un ojo para mirarla.

—Pareces sorprendida.

—Me apetecía hacerlo. Contigo. Me apetecía de verdad.

—¿También ha sido la primera vez? —le preguntó con aparente ligereza, fingiendo que no estaba deseando oír su respuesta.

—Claro que sí.

El corazón le dio un vuelco.

—Ya te dije que te divertirías.

Olivia le dio una palmada antes de derrumbarse entre risas contra su pecho. Pero, por supuesto, era mentira. Había sido ella la que había hecho que aquello fuera magnífico.

—Quítate la camiseta —le pidió Jamie—. Quítate mi camiseta.

Olivia se acurrucó contra él y Jamie sintió que el corazón volvía a darle un vuelco.

—¿Por qué?

—Porque voy a darte dos opciones y ninguna de ellas funciona con camiseta.

Olivia sonrió y Jamie sintió el movimiento de sus labios contra su piel.

—¿Cuáles son?

—Dormir o ducharte.

—¿Estás de broma? Estoy agotada, ¡quiero dormir!

—Venga, Olivia. Uno de los salientes de la bañera puede hacer las veces de banco.

—No —frotó la mejilla contra su hombro.

—Puedes recostarte allí. O sentarte, o ponerte como tú quieras.

—Quiero dormir.

—No tendrás que hacer nada. Solo sentarte.

Olivia comenzó a reírse otra vez.

—Pero si acabas de correrte. ¿Qué quieres hacer conmigo?

—Mm… Algo para lo que tendré que utilizar el jabón. Y tú tendrás que estar desnuda.

—Jamie…

Jamie se levantó de la cama y la agarró en brazos.

—¡Vamos!

—¡Estás loco!

—Soy un hombre joven, señorita Bishop. Ya me he recuperado. ¿Además, no es esa la razón por la que me sedujo?

El grito de indignación de Olivia rebotó contra las paredes embaldosadas del cuarto de baño, hasta que Jamie la interrumpió con un beso. Y con agua. Y con sus manos bien enjabonadas.