Si la última vez que había estado en el campus lo había abandonado a paso firme, en aquel momento prácticamente volaba. No le importaba que pudieran enterarse de lo que hacía. Ni le importaba quién pudiera saberlo. Si por ella fuera, que todo el mundo se enterara de que estaba disfrutando del sexo en calidad y en cantidad. Comparado con ser invisible, era una agradable manera de moverse por el mundo.
Y no era solo Jamie lo que la hacía resplandecer. Aquella mañana había tomado una decisión. Solo tenía treinta y cinco años. Todavía no había llegado ni a la mitad de su vida laboral. No podía renunciar y obligarse a hacer algo que odiaba durante el resto de su vida.
Para ser justa, la verdad era que no lo odiaba. El problema era que la enseñanza no era lo suyo. No era un trabajo que le procurara satisfacción. Se había dedicado a la enseñanza porque Víctor le había conseguido un puesto de trabajo. Así de sencillo. Y año tras año se dedicaba a enseñar a jóvenes que continuaban sus carreras, se graduaban y terminaban saliendo al mundo para dedicarse a lo que a ella le habría gustado hacer. Aquello era lo más terrible de su trabajo. Lo que hacía que el estómago se le encogiera y se le revolviera.
Olivia caminaba por el césped o, mejor dicho, flotaba sobre el césped, para dirigirse a su despacho. No era tan ingenua como para engañarse pensando que podía renunciar a su trabajo y convertir en realidad sus sueños de un día para otro. Aquella era la vida real, no una producción de Hollywood. Pero podía trabajar en ello cada día. Podía comenzar calculando números, haciendo planes, bosquejando logos. En un año o dos, quizá estuviera lista para comenzar su propio negocio a tiempo parcial. La universidad podría…
—¡Olivia!
La voz sonaba desde tan lejos que no tenía la menor idea de a quién podía encontrarse cuando diera media vuelta. Podían ser Jamie, Víctor o cualquiera de sus colegas. Intentó impedir que burbujeara la esperanza mientras escrutaba el césped con la mirada. Un hombre alzó la mano y corrió hacia ella y Olivia tuvo que reprimir una sonrisa al ver a Paul. ¿Tendría algún sexto sentido para detectar a las mujeres satisfechas?
—¡Hola! —la saludó jadeando mientras se acercaba.
—Buenos días.
—Solo voy a entretenerte un momento —le dijo, alzando un dedo mientras tomaba aire—. Todavía no hemos tomado ese café.
—¿Te has quedado sin fuerzas?
Paul frunció el ceño al oírla y Olivia deseó tragarse sus palabras. Seguro que no era aquello lo que a un hombre le apetecía oír.
—Así que me preguntaba si este sería ese otro momento.
—¿Ese otro momento? —preguntó intrigada.
—Me dijiste que podía pedírtelo en algún otro momento y ahora mismo necesito un café.
Olivia le sonrió, todavía emocionada por ser objeto de su atención. Y estaba guapo. Parecía haber pasado el fin de semana al aire libre y su piel había perdido la palidez académica. Sus claros ojos grises contrastaban de forma llamativa con su tez.
Paul alzó la ceja con expresión esperanzada ante su escrutinio.
—Ahora mismo estoy saliendo con alguien —confesó Olivia. A Paul se le entristeció el semblante—. ¿Pero estarías dispuesto a considerar la posibilidad de una cita a ciegas?
—Eh… —asomó a sus ojos una mirada de terror.
—Te prometo que tengo buen gusto. Es una mujer que no solo tiene una gran personalidad, sino también un cuerpo de infarto.
—¿Un cuerpo de infarto? —se echó a reír.
—Sí.
—De acuerdo —aceptó Paul—. Estoy intrigado.
—Se llama Gwen. Trabaja aquí, en la universidad. Pero antes de que esto siga adelante, déjame aclararte que Gwen es administrativa. No tiene un título universitario, pero es una mujer inteligente y decidida. Si para ti la falta de títulos representa un problema, prefiero que me lo digas ahora.
Paul la miró confundido.
—¿Qué quieres decir?
—¿Profesor numerario? ¿Estrella emergente? Necesito que te preguntes ahora mismo si eres un estúpido arrogante.
—¿Un estúpido…? —Paul estalló en carcajadas y Olivia obtuvo así la respuesta. Un estúpido arrogante jamás se reiría de aquella manera de sí mismo—. Creo que no, ¿pero quieres que lo pregunte?
Olivia sonrió de oreja a oreja y negó con la cabeza.
—No, me parece que no tienes ese problema. Entonces, ¿qué me dices? ¿Estás interesado? —se inclinó hacia él—. Ella ya ha visto una fotografía tuya. Y le pareces atractivo.
Las mejillas de Paul se tiñeron de rosa.
—¿Ah, sí? Bueno, yo diría que no puedo rechazar una oportunidad como esa, ¿verdad?
Olivia reprimió las ganas de ponerse a saltar y a aplaudir.
—Muy bien. Hablaré con Gwen —sacó una tarjeta del bolso y escribió en el reverso el número de su amiga—. ¿Quieres llamarla?
Paul le tendió una de sus tarjetas.
—Estoy poniendo mi vida en tus manos, ¿crees que podrás soportar esa responsabilidad?
—Lo intentaré.
—De acuerdo. En ese caso, confiaré en ti. Si estás segura de que tú ya estás comprometida.
—No estoy comprometida —le corrigió—. Pero, desde luego, sí estoy bastante ocupada.
Se despidió de él con un gesto y continuó caminando, pero se desvió para acercarse al despacho de Gwen. La encontró hablando por teléfono, así que dejó la tarjeta de Paul sobre su mesa y sonrió.
—Por supuesto —dijo Gwen por teléfono. Levantó la tarjeta con el ceño fruncido—. El lunes como muy tarde. Ajá. Mire, acaba de entrar un estudiante, así que volveremos a hablar la semana que viene. Gracias otra vez —colgó el teléfono y señaló a Olivia con la tarjeta—. ¿Qué significa esto?
—Paul está interesado en tener una cita. Contigo. Te va a llamar.
—¿Qué?
—De nada.
Olivia giró sobre sus talones para alejarse, pero Gwen la agarró de la camisa.
—¿Qué quiere decir que está interesado?
—Le hablé de ti y va a llamarte para invitarte a salir.
—¿Sin haberme visto siquiera?
—Bueno, le he dicho que tenías un cuerpo de infarto.
Gwen la miró boquiabierta.
—¡No!
—Sí.
—¡Hace semanas que no hago abdominales!
Olivia elevó los ojos al cielo.
—Me estaba refiriendo a tus pechos y lo sabes. La dureza de tus abdominales no forma parte de la ecuación.
—Olivia… —comenzó a decir Gwen indignada, pero se le escapó una sonrisa. Y después una risa—. ¡Ay, vale! Supongo que… ¿crees que me llamará?
—Claro que sí. Le he dicho que le habías parecido atractivo en una fotografía y se ha sonrojado.
Gwen arqueó las cejas.
—¿Se ha sonrojado? ¿De verdad? Qué encanto.
—Deberías verle en persona.
—A lo mejor lo hago.
Olivia dejó a Gwen con la mirada clavada en la tarjeta. Se sentía bien repartiendo alegría a su alrededor. Y si Gwen tenía suerte, podrían salir y regodearse juntas de su suerte. Sería mucho más divertido que un club de lectura.
Las tres horas de trabajo en la oficina pasaron como si nada. Utilizó la mayor parte del tiempo intentando iniciar un proyecto. Para cuando llegó la hora del almuerzo, todavía no había llegado a nada concreto, pero tenía ya algunas piezas y había elaborado varias listas. Acababa de consultar por cuarta vez sus extractos bancarios a través de Internet cuando sonó el teléfono. Alargó la mano hacia el auricular sin apartar la mirada de los números que aparecían en la pantalla del ordenador con la esperanza de que hubiera aumentado desde la última vez. Debería haber sido más dura con Víctor a la hora de firmar el acuerdo de divorcio, pero había preferido evitar las peleas.
—Olivia Bishop —dijo por teléfono.
—Olivia —la saludó su madre.
Siempre hablaba en un tono de ligera desaprobación. Con los años, Olivia había aprendido a no tomárselo como algo personal.
—Hola, mamá.
—Solo llamo para decirte que tu padre y yo nos vamos a ir a Vancouver a pasar allí un par de semanas. Salimos mañana por la tarde.
—Me alegro de que me hayas llamado. Lo había olvidado por completo. Espero que os divirtáis.
—Lo haremos. Por lo menos, tu padre. Ya sabes cómo le gusta estar en el agua.
Su voz sugería que había algo repugnante en ello. Olivia había pasado la adolescencia fingiendo que su madre tenía alguna clase de dificultad al hablar que hacía que pareciera criticar cualquier lugar o situación.
—Bueno —respondió animada, esperando cortar a su madre—. Llámame cuando…
—¿Qué piensas hacer este verano? ¿Estás saliendo con alguien?
¡Dios santo! No, otra vez no.
—Mamá…
—Ya es hora de que vuelvas al mercado, cariño. A nadie le gustan las derrotistas.
—Gracias, mamá, lo tendré en cuenta —respondió con voz queda.
—No pretendo ser cruel, pero tienes treinta y cinco años. No puedes permitirte el lujo de pasarte años lamiéndote las heridas. Tú…
—Mamá, estoy demasiado ocupada para pensar en citas.
—¿Haciendo qué? ¿Trabajar? Los profesores de universidad no trabajáis tanto como trabajábamos tu padre y yo, y nosotros siempre tuvimos tiempo para hacer vida social.
Sí, era cierto. Pasaban la mitad de los fines de semana con gente influyente.
—Estoy ocupada. Tengo que mantenerme y estoy trabajando en un proyecto al margen de la universidad… —pensó en Jamie, pero apartó aquella imagen de su cabeza—. Estoy pensando en montar un negocio.
Durante una décima de segundo, se preguntó si su madre se animaría al oírlo. A lo mejor no llegaba a mostrar su aprobación, pero, al menos, podría mostrarse neutral. No había nada que su madre admirara más que a las personas emprendedoras.
—¿Quieres montar un negocio? —preguntó con la voz preñada de tantas dudas que hundió todas las esperanzas de Olivia—. ¿Qué clase de negocio?
—¿Te acuerdas de los proyectos que tenía cuando estaba en la universidad? ¿Te acuerdas de lo que quería hacer?
—¡Ay, no, cariño! No empieces otra vez con eso. Esa no es vida para ti.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, tú no eres una mujer fuerte.
Oliva se reclinó en su asiento y cerró los ojos.
—Mamá, ¿de qué estás hablando ahora?
—Tú no tienes instinto depredador, Olivia. Necesitas a alguien.
—¿Para qué necesito yo a alguien? —replicó.
—Necesitas a alguien que te cuide. Tu padre y yo teníamos la sensación de que Víctor era algo mayor para ti, pero por lo menos sabíamos que podría mantenerte.
Olivia sintió que se le erizaba el vello de la nuca. El escalofrío se extendió a partir de allí, descendiendo por su espalda y a lo largo de sus brazos. Aquello era lo que había estado intentando decirle su madre durante todo aquel año. Aquel era el resumen de todas sus insinuaciones. De todos los comentarios reprobadores y de todas sus advertencias. Jamás lo había dicho de manera directa, pero aquello era lo esencial en todos ellos: «eres débil».
—¿Por qué me dices eso?
—¡Cariño, no te lo tomes mal! No tiene nada de malo. Siempre has sido una persona seria, responsable e inteligente. Siempre hacías lo que te pedíamos.
—Estaba intentando ser una buena hija.
—¡Y lo fuiste! Eso es lo que quiero decir. Siempre has sido una niña adorable. Siempre.
—Pero ya no soy una niña, mamá. Soy una mujer adulta.
—Por supuesto, cariño.
Las manos le temblaron ante la condescendencia que rezumaba la voz de su madre.
—Tengo que colgar. Te llamaré dentro de unas semanas.
Colgó antes de que su madre pudiera protestar. Si continuaba hablando por teléfono un segundo más, comenzaría a gritar.
Era increíble.
Por una parte, estaba en estado de shock. Pero, por otra, no la había sorprendido en absoluto. Había sido así durante muchos años. «Siéntate, sé agradable y así alguien será capaz de aceptarte».
Sé buena. No hables. No causes problemas.
—¡Dios mío! —susurró, llevándose las manos todavía trémulas a la cara.
Le habían enseñado a ser una hija obediente que no causara problemas y, con los años, su madre se lo reprochaba como si fuera un defecto terrible.
Aunque Olivia continuó vigilando el teléfono, su madre no volvió a llamar. No tenía más ganas que Olivia de mantener una conversación profunda y complicada. Así que Olivia desvió la mirada hacia los gráficos que había impreso. Los gráficos, las tablas y las listas. Aquel era el futuro que quería construir empezando desde cero.
«No eres una mujer fuerte».
Quizá no lo fuera. Desde luego, había renunciado a sus sueños con excesiva facilidad. Y, en cierto modo, ¿aquello no había sido un alivio? ¿No se había sentido como si le quitaran una carga de encima cuando había decidido asumir los planes de Víctor?
Los números se nublaron ante sus ojos, convirtiéndose en columnas cimbreantes y borrosas. «No dejes que se te meta bajo la piel», se dijo a sí misma. Aquellos escalofríos no habían sido otra cosa que las dudas de su madre filtrándose bajo la superficie de su piel, infectándola.
Oliva se levantó y salió al pasillo con intención de dirigirse a la sala de profesores. Una vez allí, se sirvió una taza de un café sospechosamente oscuro, pero todavía humeante, que era lo único que importaba. No añadió leche ni azúcar. Se limitó a sostener la taza entre las manos para calentárselas. Cuando volvió a sentarse, fue bebiendo sorbo tras sorbo. Acabó la taza y, para cuando terminó el café, habían desaparecido los escalofríos y se encontraba mejor. Mucho mejor. Ya no estaba flotando. Pero tampoco se estaba tambaleando.
Regresó al despacho y cerró la pantalla con los extractos bancarios sin volver a mirarla. No importaba lo escasos que fueran sus ahorros. Los haría crecer. Encontraría la manera de salir adelante.
Hasta la mascota más dócil podía tornarse peligrosa cuando necesitaba sobrevivir, y todo en su interior estaba impregnándose del espíritu de lucha.