Olivia no era capaz de acordarse de lo que había pasado en clase, aunque esta había terminado solo media hora antes. Había conseguido hacer una presentación medio decente sobre la plantilla y los modelos de contratación, pero había estado distraída por el trabajo frenético de su cerebro. La había asaltado la urgencia, la necesidad, de poner sus planes en marcha. Pero cuando había dividido la clase en grupos de trabajo para organizar un presupuesto ficticio, había conseguido dedicarle también algunos pensamientos a Jamie.
Unos pensamientos X, a pesar de su mente dispersa. Le encantaba cómo se movía. Cómo subrayaba las ideas con el movimiento de sus manos mientras participaba en la discusión en grupo. La forma de quebrar sus labios en una sonrisa cuando alguien gastaba una broma. Tenía los hombros anchos, rectos. Una pose confiada. Observándole, le entraban ganas de suspirar. Pero cuando Jamie la descubrió mirándole, Olivia ni siquiera se sonrojó.
No iba a seguir siendo una mujer débil. No, si podía evitarlo.
Los planes que tenían para el almuerzo les llevaron a un restaurante que podía servirles de utilidad para compararlo con el proyecto de Jamie. Pero Olivia no podía dejar de darle vueltas a la idea de abrir su propio negocio.
—Tengo una propuesta que hacerte —dijo con firmeza.
Jamie alzó la mirada de la carta que estaba estudiando.
—Me gustaría enfocar esto de una forma distinta. Me gustaría que fueras mi cliente en vez de mi alumno.
—¿Quieres que sea… tu cliente?
—¡Para el proyecto del restaurante! No para… no para otras cosas.
Jamie arqueó las cejas.
—¿Para otras cosas?
Olivia estuvo a punto de sonrojarse y comenzar a farfullar, pero le sostuvo la mirada.
—El sexo continuará siendo gratis.
Jamie sonrió de tal manera que Olivia se derritió.
—Lo que quiero decir es que he decidido seguir adelante con mis planes. Voy a montar un negocio propio. Quiero crear una asesoría para restauradores. Ayudarles a montar sus negocios.
—¡Eh! Es una idea genial, Olivia.
—Tengo que ir despacio, pero me gustaría utilizarte como prueba. De forma gratuita, por supuesto.
—Yo pensaba que ya lo era. ¿No es esa la razón por la que hemos venido a ver este restaurante italiano?
—Sí, pero, hasta ahora, yo he sido tu profesora. He estado intentando ayudarte a resolver por tu cuenta tus problemas. Lo que te estoy proponiendo es trabajar para ti como si fueras un cliente que hubiera contratado mis servicios.
—¿Eso no es hacer trampa?
Olivia entornó la mirada.
—No voy a ayudarte a hacer el proyecto del curso. Quiero ayudarte a llevar a cabo un proyecto real. Y quiero que mi propio proyecto también lo sea.
Jamie le tomó la mano.
—Por mí, encantado. Será como un regalo caído del cielo. ¿Qué necesitas?
—Toda la información que has ido recopilando hasta ahora. Lo organizaré en un portafolio. Un portafolio ilustrado con fotografías sobre lo que imaginas para el exterior y para el interior. Con modelos de cartas e informes sobre beneficios y pérdidas. Con presupuestos. Lo quiero todo.
—¿Y yo qué tendré que hacer?
—Trabajar para mí, por supuesto. Y, ¿quizá permitirme utilizar el proyecto de la cervecería como una herramienta publicitaria para mi asesoría?
—Por supuesto.
Oliva experimentó un inmenso alivio.
—Gracias. Será genial. Y así te ahorraré el seguir teniendo que visitar otras cervecerías. Sé que es algo que te resulta incómodo, pero, a partir de ahora, no tendrás que hacerlo. Lo haré yo.
—Me parece perfecto. Aunque no estoy seguro de que me haga mucha gracia que vayas por ahí coqueteando con otros camareros.
Olivia le pisó el pie.
—No voy a coquetear con otros camareros.
—¿Me lo prometes?
—Bueno, solo coquetearé si de esa forma puedo sonsacarles más información.
—Pero no les vas a contar ninguna historia lacrimógena sobre tus problemas para divertirte, ¿verdad? Todavía me cuesta creer que yo cayera por culpa de eso.
—¡Shh! —Olivia le miró con el ceño fruncido, pero ahogando una risa—. Sabes que era verdad.
—Sí, bueno. Pero eres la primera persona que ha conseguido romperme el toallero de la ducha.
En vez de pisarle otra vez, Olivia le dio una patada.
—¡Lo rompiste tú! —susurró.
—Estaba intentando agarrarme para soportar la fuerza de tu…
Olivia se abalanzó hacia él y le tapó los labios.
—¡Basta! —exclamó.
Pero la risa restaba rigor a sus palabras. Y el calor de la mirada de Jamie le indicó que estaba recordando lo que habían hecho en la ducha. Cómo la había aprisionado contra las baldosas. Y cómo ella había…
Jamie abrió la boca y ella retrocedió al sentir un intenso calor.
—Eres muy malo —le regañó.
Cuando llegaron las pizzas, Olivia todavía estaba sonrojada.
Se suponía que eran pizzas individuales y habían pedido tres para así hacerse una idea de su variedad, pero Olivia abrió los ojos como platos al verlas.
—¿Esas son pizzas individuales? —preguntó.
El camarero se echó a reír.
—A lo mejor son un poco más grandes.
—Podremos con ellas —le aseguró Jamie, sirviéndole una porción antes de servirse él mismo.
—Puedes llevarte a casa lo que sobre —le ofreció Olivia—. Yo no necesito tantas calorías.
—Me parece perfecto, porque yo todavía estoy creciendo.
Olivia volvió a reír otra vez. Claro que estaba creciendo. Crecía y crecía cada vez que ella se lo pedía. Todavía estaba pensando en ello con aire soñador cuando Jamie se puso serio.
—Demasiado queso —reflexionó, señalando la pizza—. No es una frase habitual en mí, pero me parece que lleva demasiado queso para esta masa.
Olivia mordió su porción.
—Sí, la proporción debería estar más equilibrada.
—Y demasiada grasa. Pero está rica. Y me gusta mucho la base.
—¿Qué te parece la idea de tener diferentes tipos de base para la pizza?
Jamie asintió mientras tragaba otro bocado.
—Sí, desde luego, haría falta servir una integral. Y a lo mejor otra sin gluten —frunció el ceño—. Tendré que averiguar lo que eso supondría.
—Tendrás que contar también con un cocinero —sugirió Olivia—. Alguien que sea capaz de ampliar la carta. Has empezado muy bien, pero tienes que mantener la mente abierta para aceptar las sugerencias de un cocinero profesional.
—Claro, yo no soy un experto. Solo sé lo que me gusta comer.
—¡Ah! Ahora que hablas de eso, prueba la de alcachofa.
Jamie gimió. La idea de pedir una pizza vegana había sido de Olivia, pero tuvo que reconocer al menos que aquellos sabores tan intensos despertaban su curiosidad. Para cuando dieron por terminada la comida, Olivia podía ver cómo iba trabajando la mente de Jamie, cómo se iban agolpando las ideas en su cabeza. Tenía la mirada perdida, de modo que, cuando sonó el teléfono de Olivia, no se sintió culpable por sacarlo del bolso.
—¿Te importa que conteste? Es Gwen y…
—No, no importa.
Olivia salió a la puerta. Sonreía mientras se llevaba el teléfono al oído.
—¿Y bien? —le preguntó.
Gwen solo podía llamar para hablarle de una cosa… de su cita con Paul.
—Bueno —comenzó a decir Gwen, haciéndose de rogar.
—¿Qué tal os ha ido?
—Reconozco que es tan atractivo como dijiste. Y me alegro de que hayamos salido a comer, porque si hubiera sido una cena habría roto todas las normas de la primera cita.
—¿De verdad? —exclamó Olivia, comenzando a caminar por la acera.
—¡Es tan divertido! No he parado de reír en ningún momento. ¿Quién iba a imaginar que un tipo con el aspecto de ejecutivo podía ser tan payaso?
—Supongo que lo de payaso lo dices en el buen sentido. Porque he conocido a algunos que son de lo más ñoño.
—Sí, payaso en el buen sentido. De hecho, es muy inteligente, pero le gustan, las películas de miedo, la televisión y la música buena. Lleva los calcetines conjuntados y huele muy, muy bien.
—¿Ah, sí? ¿Y habéis intimado mucho?
—No lo suficiente. Pero me ha preguntado que si me gustaría que volviéramos a salir. Y me ha dicho que me llamaría.
Olivia bajó la mirada sonriente hacia un rosal en el que apenas estaban empezando a brotar los capullos.
—¿Crees que te llamará?
—Bueno, eso espero. Yo creo que sí, pero nunca se sabe. Los hombres son impredecibles.
—Seguro que te vuelve a llamar. A los hombres les encanta que las mujeres se rían con sus bromas, ¿verdad? Seguro que le has hecho sentirse fuerte y viril.
—Bueno, y esperemos que también lo sea. No me importaría incorporar un poco de fuerza y virilidad a mi vida.
—¿Quieres que le llame para ver qué le has parecido a él?
Gwen suspiró.
—Me encantaría, pero será mejor que no lo hagas. Espera por lo menos hasta la semana que viene, si es que no vuelve a llamar.
—De acuerdo. Ahora tengo que volver con Jamie, pero felicidades. Me alegro de que la cosa haya salido bien.
Aquella también era una sensación novedosa. Era la primera vez en su vida que hacía de Cupido y cuando regresó al interior del restaurante, sonreía como el gato de Alicia. Paul le caía bien y, a pesar de su reciente aversión a salir con profesores, parecía un hombre agradable. El hecho de que saliera con mujeres adultas en vez de con estudiantes… A lo mejor ella había puesto el listón demasiado bajo, pero tenía la sensación de que aquel ya era un buen principio.
Por lo que a ella se refería, ni siquiera estaba segura de que quisiera un hombre agradable. Jamie lo era, por supuesto, pero aquello era parte del problema. Todo el mundo le gustaba. Y él le gustaba a demasiada gente. A lo mejor necesitaba un hombre antipático. Un hombre que no pudiera engañarla con otra porque no tuviera ni un gramo de encanto.
Estaba abriéndose camino entre las mesas cuando el vello de la nuca se le erizó. Miró hacia Jamie, segura de que la estaba mirando, pero le descubrió tomando notas en una servilleta. Presa de la curiosidad, miró a su alrededor. Y cuando descubrió a la persona que la estaba mirando fijamente se sobresaltó. Era Víctor. Estaba sentado en una mesa situada en la esquina más apartada de la pizzería. Clavó los ojos en ella hasta que le distrajo la mujer que le acompañaba. Allison se levantó con un movimiento brusco que traslucía su enfado, arrojó la servilleta a la mesa y agarró el bolso. Víctor hizo un tímido intento de agarrarla, pero ella retrocedió y se alejó a grandes zancadas. Se alejó de Víctor, sí, pero fue directa hacia Olivia.
Olivia se tensó, temiendo un enfrentamiento, pero Allison se limitó a fulminarla con la mirada durante unos segundos antes de continuar furiosa hacia la puerta con las mejillas empapadas por las lágrimas.
—¡Uf! —musitó Olivia, incapaz de comprender lo que estaba pasando.
Miró impotente a su alrededor y descubrió a Jamie con los ojos abiertos como platos. Este hizo un gesto de compasión cuando Olivia se acercó a él haciendo un esfuerzo para no mirar hacia Víctor.
—¡Vaya!—exclamó Jamie—. ¿Qué ha sido todo eso?
—No estoy segura. Supongo que no deberíamos haber venido a este restaurante.
—No quiero decir nada, ¿pero te has fijado en…?
—¡Mierda! Viene hacia aquí.
—¿Víctor? —Jamie miró por encima del hombro y elevó los ojos al cielo—. Hablando del rey de Roma…
Olivia intentó mantener una expresión neutral mientras le observaba acercarse. No podía negar la pequeña satisfacción que le había proporcionado aquella escena. Allison podía ser joven, pero, al parecer, no era una mujer dócil. «No como tú», le susurró la voz de su madre al oído. Olivia frunció el ceño.
—Víctor —dijo—, supongo que te acuerdas de Jamie.
Víctor contestó con falsa jovialidad.
—Me alegro de volver a verte. Olivia, ¿qué tal estás?
—Muy bien, ¿y tú?
—Genial —contestó como si su novia no acabara de salir llorando—. No te había visto. Pensaba que no te gustaban mucho los restaurantes italianos.
—No son mis restaurantes favoritos, pero estoy intentando probar cosas nuevas. Salir de la zona de confort.
Víctor desvió la mirada hacia Jamie y ella intentó reprimir una sonrisa de suficiencia. Sí, estaba intentando probar todo tipo de cosas nuevas con Jamie.
—La pizza estaba riquísima —comentó, intentando no rezumar demasiada satisfacción sobre los carísimos mocasines de Víctor.
—¿Qué tal está yendo el semestre de verano? —le preguntó él.
Las palabras de Víctor siempre eran como cuchillas bien afiladas, comprendió Olivia en aquel momento. En algunas ocasiones las utilizaba para conformar a su antojo la situación en la que se encontraba y, en otras, como en aquel momento, las utilizaba para cortar. Con aquella pregunta le estaba recordando que se veía obligada a trabajar en verano porque le había dejado. O quizá estuviera evidenciando que Jamie era su alumno. Pensando en ello, decidió que, en realidad, la estaba usando como una espada de dos filos, con intención de herirla en los dos sentidos.
—Muy bien —contestó animada—. Es muy cómodo, todo está muy tranquilo.
—Me alegro.
Permaneció frente a ella durante un embarazoso momento. Como el silencio se alargaba, Jamie señaló la caja en la que habían guardado los restos de las pizzas.
—¿Quieres una porción de pizza?
El hecho de que Jamie hubiera intervenido pareció sorprender a Víctor.
—No, gracias. Solo quería saludar. Que paséis una buena tarde.
Olivia contuvo la respiración mientras se alejaba. Al cabo de unos segundos, la soltó.
—Lo siento. Supongo que para ti es una situación incómoda.
Jamie se encogió de hombros.
—No te preocupes. Pero sé que para ti es difícil. Verla…
Olivia frunció el ceño. La verdad era que no lo había sido. Por lo menos aquel día. En el pasado, aquellos encuentros siempre le habían provocado una desagradable mezcla de odio, incomodidad y dolor por haber sido traicionada, pero aquel día solo se sentía un poco avergonzada de él. Y arrepentida de haber renunciado a tantas cosas por Víctor.
—No —contestó—. Me siento… bien. La verdad es que no me ha afectado mucho.
—Mm —musitó Jamie, desviando los ojos hacia las cajas de pizza.
No miraba a Olivia a los ojos.
—Jamie, ¿qué te pasa?
—Nada. Ya está pagado, solo tengo que firmar el comprobante.
—Vale, ¿pero por qué estás tan tenso? ¿Estás teniendo una aventura con mi exmarido?
Jamie apenas curvó los labios al oírla. Olivia alargó la mano para acariciarle la muñeca mientras sentía que el vello de los brazos se le ponía de punta. No le gustaba aquella sensación. Jamie estaba mintiendo y aquellas mentiras tan obvias siempre anunciaban un desastre cuando procedían de hombres encantadores.
—¿Qué pasa, Jamie? Y quiero que me digas la verdad.
Jamie suspiró y soltó la caja de pizza que había estado colocando en la mesa.
—Esto solo es una hipótesis. Creo que ni siquiera debería mencionarla —la preocupación había ablandado su rostro cuando por fin la miró a los ojos.
—¿Qué clase de hipótesis? —preguntó Olivia, sentándose de nuevo en la silla y preparándose para la respuesta—. ¿Sobre qué?
—¿Has notado…?
—¿Qué?
Jamie se aclaró la garganta y miró a su alrededor una última vez. Se reclinó en la silla y suspiró con cansancio.
—Cuando Allison ha pasado delante de la mesa, caminando a toda velocidad, el vestido se le ha pegado un poco al cuerpo y su vientre parecía… —señaló su propio vientre, haciendo una curva con las dos manos.
El impacto para Olivia fue tal que soltó un grito ahogado.
—¡Pero qué dices! —no pretendía gritar y esperaba no haberlo hecho tan alto como para molestar a la pareja que estaba a su lado—. Quiero decir, ¿estás seguro?
—No, no estoy seguro, pero, por decirlo de alguna manera, si te viera así dentro de unos cinco meses, me pegaría un susto de muerte.
—Madre mía —musitó Olivia.
Se devanó los sesos, intentando recordar qué ropa llevaba Allison en la última fiesta en la que la había visto. Un vestido rojo. Precioso, con un escote muy pronunciado, pero bastante suelto a partir del pecho.
—¡Dios mío! ¿Crees que es posible?
—Supongo que eso depende de si han consumado o no su cortejo —bromeó.
A Olivia le costaba creerlo, pero sonrió al oír la respuesta de Jamie. Jamie era un hombre increíble.
—Si es verdad, ¿lo llevarás bien? Quiero decir, ¿vosotros intentasteis…?
—¿Qué? ¿Nosotros? No, qué va —Olivia todavía estaba intentando averiguar la respuesta a la primera pregunta.
¿Lo llevaría bien? ¿Acaso tenía otra opción? Si Víctor tenía un hijo con otra mujer… Si volvía a casarse… Al final, el único sentimiento que encontró dentro de ella fue el de la pena por todas las personas involucradas en aquella complicada situación.
—¿Sabes? Creo que yo lo llevaré bien, pero la pregunta es cómo lo llevará Víctor. Nunca intentamos tener hijos porque él no quería.
—¿Y tú?
Olivia no estaba segura de si aquella era una pregunta sincera o la estaba poniendo a prueba, pero decidió decirle la verdad.
—Si pudiera, sí, me gustaría tener hijos. Pero no soy un hombre y ahora mismo estoy a punto de encontrarme con un muro insalvable.
—¿Te refieres a tu edad? A los treinta y cinco años todavía se es lo bastante joven como para empezar a formar una familia.
—Sí, es posible que parezca sensato desde una perspectiva social, pero no tanto desde la de la madre naturaleza. Cuando terminó mi matrimonio, estuve leyendo un poco al respecto. Necesitaba saber en qué situación me encontraba y cuál podría ser mi futuro a largo plazo.
—¿Y cómo te parece que va a ser tu futuro? —preguntó Jamie con delicadeza.
Olivia tomó aire y cuadró los hombros.
—Creo que voy a ser una exitosa mujer de negocios —respondió.
Jamie contestó con una sonrisa. Olivia buscó el alivio en sus ojos, pero no lo encontró.
—¿Y tú? Nunca te lo he preguntado. ¿Tienes hijos?
—¿Yo? —la incredulidad con la que pronunció aquella palabra resonó en todo el restaurante—. No, no tengo hijos. Supongo que los tendré algún día, pero no he pensado mucho en ello. Tengo la sensación de estar criando todavía a mi hermana, a pesar de que ella no pueda estar menos de acuerdo.
—¿Porque tiene veintisiete años?
—Por lo que sea.
—Creo que serías un gran padre.
—Quién sabe. Nunca he tenido una relación larga.
Otra revelación sorprendente. Olivia no estaba segura de por qué aquella respuesta le produjo una punzada de dolor. ¿Habría empezado a fantasear con la posibilidad de que llegara a ser su novio, de que se enamoraran y continuaran siempre juntos?
—¿Con nadie? —consiguió preguntar con aparente ligereza.
—Sí, bueno. Yo solo… —se encogió de hombros y desvió de nuevo la mirada.
Le dirigió una sonrisa al camarero cuando le entregó el recibo con la tarjeta.
—Bueno, por lo menos nunca has estado viviendo una mentira —le consoló ella—. La mayor parte de los hombres quieren tener relaciones estables sin renunciar a las aventuras.
—Sí, he visto a muchos tipos así en la cervecería. A mí me parece agotador. No sé cómo se puede tener tanta energía como para mentir a tanta gente al mismo tiempo.
Aquella era la enorme diferencia entre la forma de seducción de Jamie y la de Víctor. Jamie no prometía nada, salvo placer y sonrisas. Si una chica se enamoraba de él, la culpa era de ella. Olivia haría bien en recordarlo.
Víctor, por su parte…
—Apuesto que esa es la razón por la que ha estado tan…
—¿Tan qué…? —la instó a continuar.
—Ha estado llamándome y molestándome.
Jamie la miró con el ceño fruncido.
—¿Ah, sí?
—No ha sido nada preocupante. Se presentó en mi casa para regañarme después de la fiesta. Y creo que es posible que le haya comunicado al jefe de mi departamento que me estoy acostando con uno de mis alumnos.
—¿Conmigo? ¡Mierda! Lo siento. ¿Eso te ha causado algún problema?
—No, tú no estás bajo mi supervisión. No estás estudiando una carrera, así que no puede haber por mi parte ninguna clase de favoritismo o manipulación. Pero me resultó muy violento.
—Lo siento —volvió a decir Jamie.
—No te preocupes, fui yo la que te invité a salir, ¿recuerdas?
—La última vez, sí. Eso lo admito. ¿Pero qué tiene que ver el embarazo con todo esto?
Olivia sacudió la cabeza.
—No sé. Pero si Allison está embarazada, seguro que Víctor quiere quitarse de en medio.
—¡Qué sinvergüenza! —musitó Jamie—. Lo siento —se disculpó.
Olivia se echó a reír al oírle disculparse.
—Bueno, ahora mismo me importa muy poco lo que esté haciendo. Así que, volvamos a lo que a mí me interesa. ¿Puedo pasar después por tu casa a recoger tus notas?
—¿Pasar por mi casa? —Jamie frunció el ceño un instante.
¿No querría que se pasara por su casa?, se preguntó Olivia. ¿Qué significaba aquel ceño? Pero entonces Jamie sonrió.
—Sí, por supuesto —le dijo.
—Muy bien. Tengo que ir a buscar algunas cosas a mi despacho y después me acercaré por allí. A no ser que tengas otros planes.
Asomó otro gesto de incomodidad a los labios de Jamie, pero lo escondió tras una sonrisa.
—Muy bien —volvió a contestar.
Estaba mintiendo y a Olivia le dio un vuelco el corazón. Pero se dijo a sí misma que no le importaba. No necesitaba confiar en él. Había conseguido lo que necesitaba de Jamie y él había conseguido lo que necesitaba de ella. En aquella ocasión, nadie saldría herido.
Con los pies bien plantados en la madera de la terraza, Jamie fulminó con la mirada el arbusto de forsitia. Lo había intentado todo, pero la planta se negaba a crecer. El año anterior, se había dicho que todavía sufría el trauma de haber sido trasplantada, pero cada vez estaba peor. No le gustaba estar allí. Y, al parecer, tampoco a Olivia.
Estaba dejándose llevar por el enfado. Lo sabía, pero aquello no mitigaba su resentimiento. Había empezado el día dando por sentado que lo pasaría con Olivia, como había pasado sus últimos cuatro días libres. Había abierto los ojos aquella mañana con una maldita sonrisa en el rostro.
Aquella mujer le gustaba más de lo que consideraba saludable. Había suficiente química entre ellos como para iluminar toda una ciudad, pero no era solo eso. Le gustaba que se tomara las cosas tan en serio. Y le gustaba ser capaz de dulcificar la seriedad de su rostro. Le gustaba cómo se reía, como si estuviera intentando no hacerlo.
Pero lo mejor de todo era su capacidad para hacerle querer esforzarse. Había renunciado al esfuerzo mucho tiempo atrás. La noche que habían muerto sus padres había recibido una lección brutal. A veces, lo malo superaba en mucho a lo bueno. Y, a veces, era uno mismo el que lo echaba todo a perder. Todo. Incluso al intentar evitar un error, se podía agravar una situación.
Después de aquella noche terrible había aceptado la verdad sobre sí mismo. No era el hijo bueno y noble que siempre lo hacía todo bien. Él era el hijo que lo estropeaba todo por mucho que intentara hacer las cosas bien. Entonces, ¿por qué esforzarse? ¿Por qué ser responsable, comprometido y serio? Él era el joven fiestero, el payaso irresponsable que había matado a sus padres. El hecho de que hubiera estado intentando mejorar solo lo empeoraba todo.
Así que había renunciado. A los dieciséis años, había tirado la toalla y había aceptado lo que él era. Pero había llegado la hora de intentarlo de nuevo. No solo con la cervecería, sino también con sus hermanos. Y con Olivia.
Ella no le veía de forma muy distinta a como se veía él a sí mismo. Le consideraba un camarero feliz y despreocupado incapaz de pensar en nada demasiado complicado. Le veía como a un niño. Pero era un hombre e iba a demostrárselo.
Algo que le resultaría mucho más fácil si la tuviera allí.
Estiró sus pies descalzos y cruzó las piernas a la altura de los tobillos. El maldito arbusto de forsitia continuaba en su línea de visión y sabía que tenía razón al pensar que debería cambiarlo de lugar. Era lo único de su jardín que no le gustaba. Si lo trasladaba a un rincón más tranquilo y con menos sol, a lo mejor revivía.
Al principio había comenzado a trabajar en el jardín por pura necesidad. El jardín era bastante grande, pero estaba dividido por una cerca. El lado derecho pertenecía al vecino del segundo piso y el izquierdo a Jamie. Tras la construcción de la casa, no era más que un rectángulo estrecho lleno de escombros con un viejo roble en la parte más alejada y unas cuantas malas hierbas. Jaime había hecho algunos bocetos imaginando el césped, las plantas y la terraza, pero donde de verdad había encontrado la inspiración había sido en el vivero.
Sin saber muy bien cómo, Jamie Donovan, el camarero amante de las mujeres, se había descubierto a sí mismo estudiando libros de jardinería y revistas de diseño de jardines. Su proyecto inicial de un jardín cubierto de césped se había transformado en un diseño pensado para un aprovechamiento óptimo del agua, completado con caminos, elementos acuáticos y una terraza con dos niveles y un jacuzzi cerrado.
Aquel jardín había cambiado algo dentro de él. O a lo mejor lo había cambiado todo. Lo había hecho todo por sí mismo, con sus propias manos. Y lo había terminado. Se había esforzado. Y había conseguido crear un lugar hermoso. Tranquilo. Casi perfecto.
Y, aun así, no había querido enseñárselo a nadie. Por supuesto, algunas personas lo habían visto. Su hermana había ido varias semanas atrás y había visto el jardín por primera vez, pero, por alguna razón, en vez de mostrarle el jardín y explicarle todo lo que había conseguido, Jamie le había restado importancia.
Al no encontrar respuesta por parte de su hermano, Tessa había dejado de hacerle preguntas y había dejado el tema.
Entonces no había entendido por qué aquello le había aliviado. Meses después lo comprendía. Había sido por el esfuerzo realizado. Por la vulnerabilidad que implicaba. No había querido que Tessa supiera que aquel lugar le importaba lo suficiente como para entregarse a él con todo su ser.
Desvió la mirada hacia el jacuzzi instalado detrás de la reja y se descubrió sonriendo. También había hecho otras cosas con sus dos manos. Olivia. Una mujer que le importaba lo suficiente como para esforzarse por ella con todas sus fuerzas.
Se levantó y comenzó a caminar hacia un cobertizo diminuto para agarrar una pala. Cambiaría el arbusto de lugar ese mismo día y acabaría con aquel problema de una vez por todas. Después iría al vivero a comprar otro y no tendría que volver a pensar en ello.
Pero cuando estaba abriendo el cobertizo, llegó hasta él una voz de mujer. Inclinó la cabeza.
—¿Jamie?
Podía ser Olivia. Si fuera ella, a lo mejor le apetecía ayudarle. Podían plantar otro arbusto, ir a comprarlo juntos. Le daría un paseo por el jardín y le enseñaría todo lo que había hecho.
—¡Ya voy! —gritó.
Cerró el cobertizo de un portazo y se dirigió hacia la puerta lateral. Comenzó a abrirla con una sonrisa de bienvenida. Pero se encontró con su hermana.
—¡Vaya! Por lo menos podrías fingir que te alegras de verme —le reprochó Olivia.
—Estoy ocupado —le espetó.
—¿Hay alguien en tu casa?
—No —se sintió orgulloso de haber sido capaz de reprimir la irritabilidad en su voz.
Tessa miró a su alrededor y comenzó a avanzar hacia su hermano.
—No parece que estés ocupado. ¿Qué estabas haciendo?
Estuvo a punto de mentir y decirle que nada. Quería que se fuera, principalmente porque no era Olivia. Pero también quería que se marchara por aquel viejo deseo de mantener su casa para sí. Sin embargo, no tenía ningún motivo para ello. Era su hermana. Tessa le quería. Podía permitir que viera las cosas que le importaban.
—Tengo que cambiar una planta de sitio. No está bien y estropea la imagen del jardín.
—¡Ah! —exclamó Tessa confundida.
—¿Quieres ayudarme?
—Mm —Tessa miró a su alrededor, todavía confundida, pero al final asintió—. Vale, de acuerdo. Nunca le he hecho demasiado caso al jardín de mamá. No sé si voy a servirte de mucha ayuda.
—Es fácil. Ven. Te enseñaré lo que tienes que hacer.
Jamie localizó una nueva ubicación para el arbusto y le explicó a Tessa cómo había que cavar el agujero. La profundidad que debía tener y cómo había que enriquecer el suelo. Mientras añadía un nuevo tramo para el riego de la planta, le enseñó el sistema de riego por goteo y le contó cómo funcionaba y de qué manera permitía ahorrar agua.
—Deberías darte una vuelta por mi casa —le propuso Tessa—. Con todos esos arbustos tan altos, debo de estar gastando litros y litros de agua.
—No, el jardín de mamá ya está muy arraigado. Esos árboles tienen más de cincuenta años. Las raíces son profundas y no necesitan mucha agua. Y el césped recibe mucha sombra de esos árboles. Si tuvieras que montar un jardín como ese ahora mismo, necesitarías diez veces más de agua para mantenerlo vivo.
Tessa dejó de cavar para secarse la frente.
—¿Cómo sabes todas esas cosas? ¿Las aprendiste cuando estabas en el instituto y te ganabas algún dinero cortando el césped?
—No.
Tessa elevó los ojos al cielo.
—¿No? ¿Solo no? ¿No vas a contestar nada más?
Jamie fijó la mirada en el estrecho tubo negro que estaba cortando para darle la longitud adecuada. Se aclaró la garganta.
—Aprendí mucho trabajando en este jardín.
Aquella respuesta pareció satisfacerla. Tessa recorrió el jardín con la mirada y se dirigió después a su hermano con una sonrisa radiante.
—Es precioso, Jamie. No me puedo creer que tengas… —señaló con la mano a su alrededor—, que tengas una vida secreta de la que nunca he sabido nada. Jamás has dicho una sola palabra sobre todo esto. Diablos, no me enteré de que pensabas comprarte esta casa hasta que tuviste que tomarte un día libre para cerrar la compra.
—Sí, bueno… —la sangre incendió su rostro al pensar en todos los secretos que había guardado—. Todos tenemos cosas que preferimos mantener en privado. Desde luego, tú las tienes.
—Eso es diferente. Yo he mantenido mi vida sentimental en secreto porque no queríais saber nada de ella.
—Yo nunca he dicho eso.
—¡Vamos, Jamie! Cuando tenía quince años, me dijiste que al primer chico que me tocara le mandarías a prisión por corrupción de menores. No creo que esa sea la mejor invitación a una conversación sincera.
—¡Yo no pretendía mantener una conversación sincera! Lo que quería era asustarte.
—Sí, lo sé. Pero entonces, ¿cómo podía ser sincera contigo?
—¿Y cuando fuiste haciéndote mayor…? —comenzó a preguntar, pero Tessa ya estaba sacudiendo la cabeza.
—¿Te acuerdas de la conversación que tuvimos antes de que fuera a la universidad? Me dijiste que no se me ocurriera emborracharme en ninguna fiesta, que corría el riesgo de ser secuestrada, violada y vendida como esclava.
—Eh, que esas cosas pasan.
—¿Ah, sí, Jamie? ¿Estás seguro?
Jamie se aclaró la garganta e intentó arreglarlo.
—A veces.
—Adonde quiero llegar es a que no podía hablar contigo de sexo, pero no entiendo por qué has mantenido en secreto algo como esto.
—No lo sé —contestó.
Aunque intentó pensar en algo que añadir, lo único que acudía a su cabeza era la verdad.
—No lo sé —repitió sin decir nada más.
Tessa dejó la pala y se sentó en el suelo sin importarle mancharse los pantalones. Apoyó la barbilla en las rodillas y observó a su hermano mientras este trabajaba.
—Te echo de menos —musitó.
Y a Jamie le desgarró el corazón.
—Estoy aquí.
—Jamie, tú… En realidad, ahora sí estás aquí, en este momento. Pero normalmente no. Te pasas la vida entreteniendo a los clientes u ocupado con el bar. De vez en cuando, vienes a comer los domingos a mi casa porque te acorralo en el trabajo y te obligo a prometerme que vendrás. Pero… pero después desapareces. Siempre estás ocupado. Llevas una vida de la que no sabemos nada. Y yo te echo de menos.
Las palabras de su hermana se le clavaron como una cuchilla afilada, porque eran ciertas.
—Lo siento. Ya sabes lo tensas que están las cosas en el trabajo.
—Sé que están tensas, pero no solo somos tus compañeros de trabajo, Jamie. También somos tu familia.
Jamie dejó el tubo de riego que había estado apretando durante el último minuto. Lo había estado agarrando con tanta fuerza que le dolía la mano.
—¿Sabes? A veces pienso que fue a ti al que le hizo más daño la muerte de papá y mamá.
—¿Qué? —preguntó, con una voz apenas audible incluso para él.
—Fue casi como… como si se perdiera una parte de ti.
Jamie se levantó a tal velocidad que se mareó.
—Y así fue. Todos perdimos una parte de nosotros mismos.
—Lo sé.
Jamie no comprendía cómo podía estar Tessa tan relajada hablando de algo tan terrible. Su hermana se limitó a mirarle con ojos tristes y expresión seria, con la barbilla apoyada en las rodillas.
Jamie se apartó, pero oyó el roce de los zapatos de su hermana contra el suelo mientras se levantaba con intención de seguirle. Inclinándose para evitar su mirada, Jamie sacó el arbusto maltrecho de su lugar con la pala. Salió con facilidad, demostrando así que las raíces apenas habían crecido.
—El primer año estuviste muy enfadado —le recordó Tessa con dulzura.
Jamie alzó la mirada, pero fingió que le estaba dando el sol para no tener que mirarla.
—No es cierto.
—¿Sabes? Es normal. Me refiero al enfado. Es lógico estar enfadado por la muerte de tus padres. Y por el hecho de que estuvieran en aquella carretera a esas horas. Había estado lloviendo durante mucho tiempo y, habiendo tanta nieve derretida, deberían haber tenido más cuidado. Había corrimientos de tierra…
Jamie se levantó y se alejó de allí como si trasplantar aquel maldito arbusto fuera una cuestión de vida o muerte.
—No estaba enfadado —gruñó con la mandíbula apretada.
—Sí lo estabas, Jamie. Estabas furioso. Te enfrentabas a Eric todo el tiempo. Faltabas a clase para irte de fiesta con tus amigos y llegaste a insultar al director del instituto.
—Era un imbécil.
—Es posible. Pero aquello no era propio de ti. A lo mejor eras un poco irresponsable antes de que murieran papá y mamá, y solías relajarte con los deberes, pero nunca habías sido malo. Sin embargo, después de que murieran, estuviste durante una temporada como si nada te importara.
—No lo comprendes —se defendió, dejando el arbusto en el hueco que había cavado en la tierra para poder llevarse la mano al cuello.
—Claro que lo comprendo —susurró Tessa. Posó la mano en su hombro—. Yo también estaba enfadada con ellos.
—No, no lo entiendes. Yo no estaba enfadado con ellos. Estaba enfadado conmigo.
Tessa deslizó la mano por su brazo.
—¿Por qué?
La posibilidad de la confesión le desgarraba como las cuchillas de una trituradora de cebada, destrozándole las entrañas, pulverizándolas hasta convertirlas en harina. Pero no podía seguir. No quería seguir. La bilis le subió a la garganta y tragó para hacerla retroceder.
—Yo no fui el hijo que ellos se merecían —se limitó a decir.
Y era cierto, pero aquella no era toda la verdad.
—¡Oh, Jamie!
Tessa bajó la mano con intención de agarrar la de su hermano, pero Jamie se apartó para tomar de nuevo la pala y comenzar a llenar el agujero de tierra.
—Te querían mucho —susurró Tessa.
—Lo sé.
—Incluso cuando te metías en líos… tenían que hacer esfuerzos para regañarte, para castigarte. Intentaban hacerte entender lo que habías hecho. Pero después, les oía riéndose en su dormitorio porque les resultaba difícil mantenerse serios cuando hacías alguna de las tuyas. Adoraban todo de ti, Jamie.
Dios, la intención de Tessa era que se sintiera mejor, pero no comprendía que lo único que estaba haciendo era hundir más las cuchillas.
—¡Ya lo sé, maldita sea!
Si la hubiera estado mirando, podría haberla evitado, pero como tenía la mirada clavada en la pala, Tessa tuvo oportunidad de rodearle con los brazos y apretarle con fuerza. La oyó sorber por la nariz y maldijo para sí.
—Vamos, Tessa.
Tessa volvió a sollozar. Jamie no era capaz de ignorar el llanto de su hermana, así que dejó la pala y se volvió hacia ella. Tessa le retuvo con fuerza mientras él presionaba las manos contra su espalda.
—No llores.
—¿Te has sentido así durante todo este tiempo? Es terrible.
No podía imaginar hasta qué punto. Pero se merecía sentirse mal. Se merecía sentirse mucho peor.
—Quiero que empieces a hablar con nosotros otra vez, Jamie. Quiero conocerte mejor que todos esos desconocidos con los que te pasas la vida hablando.
Jamie apoyó la barbilla en la cabeza de su hermana, pero no contestó. Le resultaba más fácil hablar con desconocidos. No les debía nada. No les afectaba en nada que él fuera un estúpido y un egoísta.
—Por favor…
—Sí —contestó—. Vale.
—Jamie -Jamie la sintió negar con la cabeza. Notó su pelo contra su barbilla—. Lo estoy diciendo en serio. Por favor, no me digas que sí para que me calle. Yo te quiero, Jamie.
Jamie sintió que se le cerraba la garganta, así que la soltó, cerró los ojos para combatir aquella repentina oleada de lágrimas y se apartó. Acababa de decidir que quería intentar volver a esforzarse y allí estaba Tessa, pidiéndole algo mucho más difícil que todo lo que él había imaginado. Mierda.
—Lo único que quiero es que hables conmigo.
Jamie agarró la pala para tener algo que hacer. Pero cuando acabó de apisonar el suelo, decidió que el tubo de goteo podía esperar.
—¿Te apetece una Coca-Cola o un vaso de agua? ¿Quieres tomar algo?
—Claro.
Tessa le siguió al interior de la casa. Se sentaron a la mesa de la cocina con sendos vasos de agua y una burbuja de incómodo silencio frente a ellos.
—¿Qué has estado haciendo últimamente? —le preguntó Tessa.
«Inténtalo», se ordenó a sí mismo.
—He estado… He estado saliendo con esa mujer.
—¿Con qué mujer?
—Con esa mujer que vino a verme. Olivia…
—¿De verdad? —se inclinó hacia delante—. ¿Vais en serio?
—Todavía no lo sé. A lo mejor. Sí.
Cuando Tessa soltó una carcajada, Jamie sintió que la burbuja de incomodidad explotaba, dejando entre ellos un espacio despejado y luminoso.
—Tu ambigüedad me lleva a pensar que podría tratarse de algo serio. ¿Jamie Donovan tartamudeando por una mujer?
—No he tartamudeado.
—No, pero cuando te he preguntado por ella te han entrado ganas de que te tragara la tierra. ¿Y son estrellas eso que veo en tus ojos?
—No.
—A lo mejor solo estás intimidado por la novedad de salir con una auténtica adulta.
La primera reacción de Jamie fue tomarse aquellas palabras como una ofensa, pero, después, sonrió. Su hermanita volvía a tener razón una vez más.
—¿Y qué más estás haciendo? —le preguntó—. ¿O dedicas todo tu tiempo libre a salir con esa tal Olivia?
Eso creía él. Pero allí estaba, pasando solo su día libre. Aunque volvió a decirse que quizá fuera lo mejor. Si hubiera llegado Tessa a casa y le hubiera encontrado con Olivia en el jacuzzi… Diablos, cualquiera sabía lo que habría terminado escribiendo en Twitter.
Jamie se aclaró la garganta.
—No, no todo. Solo parte. El resto…
La sonrisa de Tessa era todo ánimo y cariño, pero él todavía no estaba preparado para revelar sus planes. Eran demasiado novedosos. Y demasiado incipientes.
—He estado pensando mucho en la cervecería. En estar más activo, en implicarme más.
—Y deberías hacerlo —contestó Tessa ilusionada—, claro que sí.
—Ya sé que tú lo piensas, pero Eric no. Eso puede terminar en un enfrentamiento.
—Pues enfréntate a él.
—No te preocupes por eso. Pienso hacerlo.
Tessa abrió los ojos de par en par al ser consciente de lo que ella misma estaba potenciando.
—Bueno, a lo mejor no hace falta que te enfrentes a él. A lo mejor basta con que hables con él como estás hablando conmigo. Él no sabe que has cambiado, Jamie. Y tampoco yo lo sabía, porque te has mantenido alejado de nosotros. Yo pensaba que dedicabas todo tu tiempo libre a divertirte en el jacuzzi.
—¿Y cómo sabes que no lo estoy haciendo?
—Porque esta no es una casa en la que se organice fiesta tras fiesta. Es un hogar. Apuesto a que hasta tienes comida de verdad en la nevera.
Jamie se sonrojó al pensar en la carne y la verdura que había comprado aquella mañana. Había imaginado que Olivia pasaría por allí y, ante la posibilidad de que pudiera entrarle hambre mientras estaba desnuda en su cama, se había preparado para poder ofrecerle algo de comer sin que tuvieran que tomarse la molestia de vestirse y salir. No estaba muy seguro de si aquello entraba en la categoría de fiestas caseras o en la de hogar, pero mantuvo la boca cerrada.
—Solo tienes que hablar con él —repitió Tessa—. Sería maravilloso que volvierais a ser amigos como antes.
—Nunca hemos sido amigos —la corrigió—. Eric es mi hermano mayor, no mi amigo.
—¡Era tu héroe! Le admirabas muchísimo. No entiendo cómo es posible que hayáis pasado de eso a ser casi incapaces de soportaros.
Él sí lo entendía. A veces se sentía como si odiara a Eric. Odiaba que hiciera las cosas bien. Odiaba que fuera siempre tan responsable. Que fuera siempre el bueno. Pero la verdad era que Jamie sabía que a quien odiaba era a sí mismo.
—Chocamos. Es así de sencillo.
—En ese caso, intentad no chocar. Esfuérzate en llevarte bien con él. En hablar. No tenéis por qué pasaros la vida discutiendo.
Que se esforzara. Que lo intentara. Eso era lo único que le estaba pidiendo, y sabía que podía hacerlo. Jamie respiró hondo.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo? —parecía estupefacta.
Cuando Jamie asintió, Tessa soltó un grito y se levantó de un salto para abrazarle.
Envolviéndola en sus brazos, Jamie consiguió reír a pesar de la fuerza con la que le apretaba su hermana. Le dio un beso en la frente antes de sentarla en su regazo.
—Ya no pesas tan poco como antes.
El cachete que recibió en el brazo fue la señal de que todo había vuelto a la normalidad. Todo iba bien. La única diferencia era que él por fin estaba comenzando a encontrar el rumbo después de haber pasado tantos años perdido.
—¿Ya has salido del trabajo? —le preguntó—. Si quieres cenar algo…
En aquel momento, le sonó el teléfono y Jamie se abalanzó hacia él a tal rapidez que Tessa saltó en su regazo.
—¿Qué pasa?
—Mierda —maldijo desilusionado al ver que no era un mensaje de Olivia—. Es del camarero que hemos contratado a media jornada, Zach. Se le ha estropeado el coche en Colorado Springs. No puede ir a trabajar esta noche.
—Vaya. Si quieres, puedo ir yo.
—No —suspiró—. Es uno de mis camareros. Le sustituiré yo.
—De acuerdo —dijo Tessa—. Pero si vas a ir, ponte la falda. Lo anunciaré en Twitter.
—Tessa… —comenzó a decir, pero ya le había quitado el teléfono y estaba comenzando a teclear. Qué demonios, pensó Jamie, Olivia podría llamarle y nunca estaba de más estar preparado.