Capítulo 21

 

Olivia abrió la puerta de su apartamento a tal velocidad que el pelo se le fue hacia delante.

—¡Jamie! ¿Qué te ha pasado?

Con las manos en los bolsillos, Jamie esbozó una mueca.

—Nada —se llevó la mano a la mejilla para palpar el arañazo—. Me he arañado con algo cuando estaba poniendo un barril.

—No, me refería a por qué no has venido hoy a clase.

—Lo siento. He tenido que quedarme en la cervecería.

Aunque Olivia llevaba cuatro días sin parar, el tiempo pareció detenerse en aquel momento. Jamie llenaba el vano de la puerta, sus hombros parecían anchísimos incluso cuando el cansancio le obligaba a inclinarlos. Sus antebrazos eran puro músculo. Y en aquel momento curvaba los labios con una sonrisa un tanto irónica mientras esperaba a que Olivia dijera algo más.

Olivia le había echado mucho de menos, pero había estado tan ocupada que no se había dado cuenta hasta aquel momento.

Jamie bajó la mirada hacia sus pies mientras la brisa se agitaba en la noche tras él. Cuando el viento le revolvió el pelo, alzó la mirada por encima de sus negras pestañas y la luz de la entrada iluminó sus hermosos ojos verdes.

—Pasa —le urgió Olivia, pero antes de que hubiera cruzado la puerta, le abrazó—. Tengo la sensación de que no nos hemos visto desde hace semanas.

—Estabas demasiado ocupada para atenderme.

Jamie le devolvió el abrazo y Olivia intentó no reaccionar a lo bien que se sentía, a pesar de que cerró los ojos y aspiró su esencia.

—Lo siento —le dijo.

¿La habría echado de menos? Olivia intentó obviar aquel pensamiento y le soltó.

—Pero he pasado todo este tiempo contigo —añadió.

—Es curioso, porque ni siquiera te he visto.

Olivia sonrió y le dio un beso en la mejilla, solo para tener otra oportunidad de acariciarle.

—Me he estado dedicando a tu proyecto. He trabajado en él día y noche y quería enseñarte todo lo que he hecho después de clase. ¡Ha sido muy emocionante, Jamie! No fui consciente de todo el trabajo que habías hecho hasta que no empecé a trabajar con todas esas servilletas.

Jamie esbozó una sonrisa fugaz ante aquella broma, pero no dijo nada más.

—No estás enfadado, ¿verdad?

Jamie suspiró.

—No, claro que no. Solo estoy cansado.

—¿Demasiado cansado como para echarles un vistazo? —intentó no parecer tan desilusionada como se sentía.

—¿Esta noche? —no parecía muy convencido, así que Olivia mantuvo una expresión neutral mientras asentía—. Claro —dijo Jamie por fin—, ¿pero antes puedo ir a robar algo a tu nevera?

—Por supuesto —comenzó a dar media vuelta, pero cambió de opinión—. Eh, Jamie, ¿estás bien?

—Sí, no te preocupes. Es que he vuelto a discutir con mi hermano.

—Lo siento.

Jamie consiguió esbozar una sonrisa sincera en aquella ocasión.

—Estoy bien. Solo hambriento y cansado.

—Puedo prepararte una ensalada y un sándwich de pollo.

—¿Qué tal si pones la lechuga encima del sándwich?

Olivia elevó los ojos al cielo.

—Qué niño eres.

—Me alegro de que lo hayas notado.

Jamie parecía más relajado. Más contento. Olivia se descubrió a sí misma sonriendo mientras le preparaba un sándwich con una ración extra de lechuga y se sentaba en la mesa para verle comerlo.

—No tienes por qué revisar el proyecto esta noche. Vamos a la cama… bueno, si pensabas quedarte a dormir.

—No —respondió Jamie, y a Olivia le dio un vuelco el corazón—. Quiero decir, sí. Esperaba quedarme a dormir. Pero no estoy tan cansado como para necesitar que me acuestes. Por lo menos, todavía.

Gracias a Dios. Una vez que Olivia por fin pudo respirar, deseó tenerle más cerca. Quería sentir la caricia de sus manos. Si Jamie estaba demasiado cansado, no sabía cómo iba a soportarlo.

A lo mejor era ella la que quería ir directa a la cama.

—Muy bien —dijo Jamie, sacudiéndose las manos. El sándwich había desaparecido en tres bocados—. Veamos ese proyecto.

Todo pensamiento de meterse en la cama ardió en un fogonazo de emoción y Olivia tuvo que reprimir las ganas de ponerse a dar palmas de alegría.

—De acuerdo —contestó—. Vamos. Te he llevado una silla a mi despacho.

—¿Ah, sí? ¿Y puedo volver a llamarte señorita Bishop?

Olivia corrió a su despacho para colocar las sillas y ordenar la mesa antes de que Jamie entrara. Se sentó entonces y posó las manos sobre la carpeta mientras esperaba a que Jamie se sentara.

Tenía la sensación de que la sangre le temblaba en las venas.

—Eh, Olivia, ¿estás preparada? —le preguntó Jamie al cabo de unos segundos.

Olivia tomó aire y encendió la pantalla del ordenador.

—Empezaremos con algo emocionante. He estado trabajando con las fotografías que me enviaste. No soy diseñadora, pero…

Olivia abrió la primera fotografía, en la que aparecía la parte delantera de la cervecería tal y como estaba en aquel momento: una pared de ladrillo y una acera de color blanco a lo largo de la base.

—Así es como está ahora. Y así es como la he imaginado para contar con espacio que permita comer al aire libre.

Mostró la siguiente fotografía y fue recorriendo con la mirada todos los detalles: la larga terraza de madera, las sombrillas de color verde con el logo de Donovan Brothers y las mesas y las sillas que permitirían a los habitantes de Boulder relajarse con una cerveza en su lugar favorito: la calle.

—¿Un espacio al aire libre? —musitó Jamie.

—No habíamos hablado de ello, pero he pensado que sería una forma de ampliar el espacio durante los meses de más clientela. No solo os permitiría tener seis mesas más, sino que serviría de publicidad para la cervecería.

—Es un espacio muy agradable —reconoció Jamie, asintiendo.

—Y ahora pasemos dentro —hizo clic sobre la fotografía del interior—. Por si te lo estás preguntando, aquí no quiero hacer muchos cambios, pero… —abrió la fotografía de la zona del bar—. Creo que unas mesas cuadradas os permitirían ganar asientos, por no decir que os ofrecerían la oportunidad de juntar mesas cuando vienen más clientes. Pero podemos utilizar las mismas sillas que tenéis ahora. Eso os ahorrará dinero.

—Mm. Está bien.

Olivia le miraba de reojo, intentando escrutar su expresión, pero no era capaz de adivinar lo que estaba pensando.

—Aquí tienes la carta. Es solo un borrador y he tenido que imaginar los maridajes de la cerveza, pero…

Le encantaba aquella carta. Se había divertido mucho elaborándola. ¿Quién no se iba a divertir organizando una carta de pizzas?

Se había servido de las ideas de Jamie y había puesto algunos pasteles salados de cosecha propia. Tal y como Jamie había sugerido, había añadido ensaladas más la opción de una sopa de cebolla francesa. La sopa podía pasar el día al fuego y el cocinero podría limitarse a añadir pan y queso y a pasarla por el horno de pizza para hacer más intenso el sabor.

Llevaba unos segundos sonriendo ante su propia creación cuando fue consciente de que Jamie todavía no había dicho nada. Se aclaró la garganta.

—La carta es simple y sencilla para que puedas dejarla en las mesas junto a la carta de las cervezas. O a lo mejor puedes hacer una que incorpore las dos. El caso es que los clientes puedan sentarse donde quieran. No vas a necesitar a nadie que les acomode.

—Está muy bien. Me gusta mucho, de verdad.

¿De verdad le gustaba? No lo parecía. Con el corazón hundido, abrió la siguiente fotografía.

—La cocina —se limitó a decir.

Jamie gruñó en respuesta.

A Olivia se le cayó el corazón a los pies de tal manera que hasta le dolió.

—¿Hay algo que te parezca mal? ¿No era esto lo que querías?

—No, no. Esto es justo lo que quería. Es solo que estoy cansado, lo siento.

—No pasa nada —respondió ella, pero no pudo disimular la inseguridad que reflejaba su voz.

—Lo siento —repitió Jamie.

Parecía lamentarlo de verdad, ¿pero sería porque no era capaz de felicitarla por el proyecto?

Olivia se hundió en la silla, con la mirada fija en la disposición de la cocina nueva.

—He elegido un horno para pizza de rango medio —le explicó con la voz apagada—. Creo que es lo que necesitáis.

—A lo mejor deberíamos irnos a la cama —la interrumpió Jamie—. No estoy valorando tu esfuerzo como es debido y no me gusta. Es lo último que quiero, de hecho. Pero es que…

—¿Qué?

Jamie se volvió hacia ella para mirarla a los ojos y Olivia encontró por fin el sentimiento que había estado buscando. Pero no era un sentimiento agradable. Era… desesperación.

—Jamie, ¿qué te pasa?

Jamie se la quedó mirando con los labios entreabiertos, como si fuera a decir algo, pero al final, se limitó a negar con la cabeza y a desviar la mirada.

—Estoy cansado. Y la discusión con mi hermano…

—Entonces, vamos a la cama. El resto puede esperar hasta mañana. Solo son presupuestos y números aburridos.

Había algo más, algo que Jamie no quería contarle, pero eso no debía sorprenderle. No era su novia. Ni siquiera era su amiga.

Así que le acompañó a la cama. Su encuentro sexual fue lento, delicado, perfecto, y Olivia se dijo a sí misma que estaba satisfecha.

Pero el desasosiego continuaba anidado en su pecho y tardó en quedarse dormida.

 

 

La habitación estaba a oscuras y sentía el calor de Olivia contra él, pero Jamie no encontraba la calma. Su mente no paraba. Eran solo las cinco de la mañana y ya estaba despierto y despejado, con los ojos clavados en la oscuridad.

Pasó media hora más intentando quedarse dormido, pero se le abrían los ojos y el pulso le latía a demasiada velocidad como para permitirle el descanso. Al final, decidió abandonar los cálidos brazos de Olivia y se puso los calzoncillos y una camiseta.

Sintiéndose como un intruso, estuvo merodeando por el piso de Olivia. Estaba demasiado nervioso como para quedarse quieto. Cuando abrió la puerta de la nevera, vio un paquete de seis cervezas de trigo de Donovan Brothers y consiguió sonreír. ¿Las habría comprado para él o para ella?

Aunque estuvo tentado a abrir una, prescindió de la cerveza, se sirvió un vaso de agua y se dirigió al despacho de Olivia. El ordenador seguía resplandeciendo, como si estuviera dándole la bienvenida, y cuando movió el ratón, la pantalla negra volvió a la vida.

Horas antes estaba demasiado cansado como para sentir nada mientras Olivia le mostraba el proyecto, pero en aquel momento, el corazón le dio un vuelco al ver la fotografía. Fue retrocediendo, fijándose en detalles en los que no había reparado la primera vez y se sintió… deprimido.

Quería aquel proyecto. Continuaba queriéndolo. Pero Eric sería un obstáculo. Jamie podría llegar a convencerle, pero cada paso sería una prueba. Y cada error una oportunidad para que Eric sacudiera la cabeza y le mirara disgustado. En realidad, no cambiaría nada.

Jamie necesitaba empezar desde cero. A lo mejor no se lo merecía, pero lo necesitaba.

Abrió la carpeta que había dejado Olivia en la mesa y miró los números que esta había conseguido reunir en tan poco tiempo. Hojas de números que adquirieron de pronto un significado distinto. Si de verdad quería abrir una nueva filial él solo, el esfuerzo económico sería mayor. No estaba seguro de tener las habilidades necesarias para sacarlo adelante.

Dejó caer la cabeza entre las manos y cerró los ojos.

—No te gusta, ¿verdad?

Jamie tensó los hombros al oír la voz de Olivia. Sacudió la cabeza.

—No sé en qué me he equivocado. Pensaba que era eso lo que querías.

—No es eso —susurró.

—¿Entonces cuál es el problema? Estás como… como si hubiera destrozado tus sueños, o como si acabara de darle una patada a tu mascota…

—No voy a ampliar el negocio —confesó, mesándose los cabellos.

—¿Qué? —preguntó Olivia casi sin aliento—. ¿Por qué?

—Le hablé de mi idea a mi hermano. Se rio de ella. Me dijo que era ridícula.

—Jamie… —se acercó a él con pasos susurrantes sobre la moqueta—, pensaba que ibas a esperar. Que querías presentarle el proyecto…

—No habría servido de nada.

—¡Eso no lo sabes! —le pasó la mano por la espalda mientras se arrodillaba a su lado—. Tienes que volver a intentarlo.

—Ya es demasiado tarde, Olivia. En realidad, siempre ha sido demasiado tarde. Mi hermano no confía en mí.

—¿Por qué? —preguntó Olivia elevando la voz y clavándole los dedos en la espalda.

Jamie suspiró y alzó la cabeza.

—Porque nunca he hecho nada que me haya permitido ganarme su confianza. Mi malgastada juventud duró demasiado tiempo.

—¿Y cómo la malgastaste?

Jamie negó la cabeza. No podía explicarlo. Habían sido demasiadas cosas. Se saltaba clases. Llegaba tarde a casa. Le ponían multas por beber siendo menor de edad. Y, una vez había empezado a trabajar en la cervecería, lo único que le había importado era divertirse. Sí, cumplía con su trabajo, pero nada más. Durante los primeros años, Eric había intentado enseñarle muchas cosas, había intentado hacerle asumir más responsabilidades. Pero él se había negado.

—Se fueron sumando cosas —respondió, esperando que aquella respuesta tuviera algún sentido para ella—. Tú dijiste que no te llevabas bien con tu madre.

—Y es cierto.

—Pero no puedes atribuirlo a una sola cosa, ¿verdad? Con la familia se producen miles de situaciones. Millones. Y no se pueden reparar millones de errores. Es imposible.

—Entonces, ¿vas a renunciar? ¡No puedes hacer eso!

Jamie la miró a los ojos.

—¿Por qué no? —le preguntó, esperando de verdad recibir una respuesta.

Olivia bajó la mirada. Se levantó, se alejó de él y se cruzó de brazos como si de pronto tuviera frío.

—Reconozco que cuando te conocí, pensé que eras… No sé, solo un camarero. Un chico sin planes de futuro, sin objetivos. Pensaba que disfrutabas siendo así.

Jamie intentó no sentirse ofendido. Al fin y al cabo, aquella era la imagen que proyectaba de sí mismo. Olivia había visto lo que él quería que viera.

—Pero tú no eres solo eso, Jamie, tienes que permitir que tu hermano lo vea. No puedes limitarte a limpiar mesas y a servir cervezas porque así no serás feliz.

Jamie no había sido consciente de ello, pero aquella era la respuesta que necesitaba oír.

—Tienes razón. No puedo.

Los ojos castaños de Olivia se iluminaron. Tomó aire y sonrió.

—Entonces, ¿vas a intentarlo otra vez?

—Con Eric, no. He decidido abrir una filial de la cervecería.

—¿Qué?

Jamie sonrió al ver la sorpresa que reflejó su rostro.

—Creo que me gustaría abrir mi propio negocio.

Olivia parpadeó, con la boca todavía tan redonda como una cereza.

—Sé que, en términos de planificación, las cosas serán diferentes, pero…

—Diferentes —repitió Olivia con voz ahogada—. Eso será… será mucho más difícil, Jamie. Tendrás que reunir fondos. Alquilar el local y comprar el equipo supondría un compromiso a largo plazo. No puedes… Tú…

—Lo comprendo.

—¡Pero Jamie! Hazme caso. Tendrás que empezar desde cero. Todo lo que hacen Eric y Tessa, todo ese papeleo tan aburrido, tendrías que hacerlo tú.

—A lo mejor no —pronunció aquellas palabras como si le faltara el aliento.

—Con tu pasado y tu apellido, estoy segura de que podrás encontrar inversores, pero el riesgo es grande. Y todos y cada uno de los inversores querrán meter mano, créeme, lo sé.

—No me refería a eso, Olivia —el corazón le latía a toda velocidad y con cada segundo que pasaba se incrementaba el ritmo de su pulso.

Oliva sacudió la cabeza. El pelo le ocultó los ojos y se lo retiró de la cara.

—No lo comprendo.

—He pensado… que podrías ayudarme.

—Claro que sí. Por supuesto, Jamie.

No entendía lo que le estaba diciendo y a Jamie le entró pánico.

—Es solo… —se levantó y la rodeó para hacerla sentarse en su silla—. Siéntate un momento y escúchame.

—Claro, por supuesto —pero parecía casi tan confundida como él.

Jamie acercó la segunda silla y se sentó frente a ella.

—Lo que he pensado es que podríamos hacer esto juntos.

—¿Juntos?

—Tú podrías ser la directora. Podríamos montar juntos el restaurante.

Esperó alguna reacción por parte de Olivia. Cualquiera. Pero su semblante permanecía impasible. La idea se le había ocurrido a Jamie una hora antes. Se había despertado de un sueño profundo y la había encontrado allí. Un pensamiento esperanzador al que aferrarse. Y con cada minuto que pasaba había ido pareciéndole mejor.

A lo mejor debería dejarle a Olivia unos minutos porque no parecía capaz de asimilarla.

—¿Directora? —susurró.

—El título es lo de menos. Directora, gerente. Llámalo como quieras. Lo que quiero decir es que… juntos somos buenos.

—¿Ah, sí?

Jamie se echó a reír.

—¿Tú crees que no?

—Jamie… no sé. Es una locura.

—Lo sé. Pero somos buenos el uno para el otro. Y esto era lo que tú querías. Este es tu sueño, ayudar a la creación de un negocio nuevo. Podemos hacerlo juntos.

Olivia parpadeó varias veces. Jamie comprendía su impresión, pero él se sentía genial una vez se había desahogado. Tras haberlo dicho, le parecía incluso mejor. Sonaba perfecto. Se relajó y sonrió. Aquello iba a salir bien.

—Sí —dijo—. Va a ser maravilloso, Olivia. Para los dos.

 

 

Olivia no sabía qué decir. La cabeza le giraba a toda velocidad, haciendo martillear su corazón.

Por una parte, a la gente le ofrecían trabajo cada día. Todos y cada uno de los días. Y a veces se lo ofrecían completos desconocidos. No tenía por qué estar tan sorprendida.

Pero, por otra, aquello era una locura.

—Nos llevamos bien —susurró—, claro que sí. Como amigos. Como personas que salen juntas.

Jamie le tomó la mano.

—Es algo más que eso. Tú sacas lo mejor de mí.

El corazón de Olivia saltó de alegría al oír aquellas palabras, pero volvió a hundirse otra vez, palpitando de miedo. ¿Estaba diciendo que la amaba? No, no podía ser.

—¿Has estado bebiendo? —le preguntó bruscamente.

—No —respondió Jamie riéndose—. Estoy sobrio. Y estoy siendo sincero. Cuando estoy contigo, me siento maduro. Responsable. Es lo que me ha gustado de ti desde el primer momento. Eres tan seria… —cuando Olivia soltó una exclamación ahogada, él alzó la mano—. Sé que no es eso lo que quieres que diga, pero esa es la verdad. Eres una mujer seria e inteligente y eso me gusta. Me haces desear ser algo más.

—Más —susurró, casi sin respiración. ¿Le hacía sentirse maduro?

—No me mires así. Me gusta que seas así.

—Pero yo no quiero ser solo una persona que te haga sentirte maduro.

¿Qué demonios era para él? ¿Una figura maternal? El rostro le ardía de humillación, pero, cuando intentó apartar la mano, Jamie entrelazó los dedos con los suyos.

—Piensa en ello, Olivia. Esto también podría ser una solución para ti. En vez de seguir trabajando en la universidad y ahorrando durante años para empezar a montar tu propio negocio, podrías empezar a hacerlo ya. Conmigo. No tendrías que trabajar durante años para alcanzar tu objetivo. No tendrías que arriesgarlo todo metiéndote tú sola en un negocio. Tú sabes lo difícil que sería.

—Sí, será difícil —musitó.

Difícil, repitió para sí. Como su madre le había advertido años atrás. Como había vuelto a repetirle aquella semana. «Tú no eres una mujer fuerte. Necesitas a alguien que te cuide». Víctor le había dicho lo mismo, solo le faltaba que se lo dijera Jamie.

Por un momento, todo dentro de ella pareció entumecerse. Y, por un instante, estuvo a punto de considerar su ofrecimiento. La idea era buena. Jamie tenía el nombre y la personalidad para llevarla a cabo. Solo necesitaba… Una persona seria tras él. Una persona madura.

Una persona que no fuera capaz de sacar adelante su propio proyecto, pero que estuviera encantada de apoyarle.

Intentó soltar la mano y, en aquella ocasión, cuando Jamie se resistió, tiró con más fuerza.

—Suéltame.

—¿Qué te pasa? —preguntó Jamie con expresión de incredulidad.

—Yo no puedo convertirte en una persona seria.

—Lo sé.

—No puedo hacerte madurar. Mi sosería no es contagiosa.

—¡Eh, vamos! No era eso lo que pretendía decir.

Olivia se levantó y retrocedió.

—Ya sé lo que querías decir. Tienes sueños y lo comprendo, porque yo también los tengo y no pienso dejarlos de lado.

—No te estoy pidiendo que lo hagas.

—¡Acabas de hacerlo! Sé lo que he oído porque no es la primera vez que me lo dicen.

Jamie curvó las manos sobre los brazos de la silla con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.

—Yo no soy tu exmarido —gruñó.

—No —respondió ella con voz queda—. No eres mi exmarido, pero eres igual que él.

—¡Eso es ridículo! —le espetó, levantándose de la silla.

—Eres un hombre encantador, inteligente y atractivo. Le dices a la gente lo que quiere oír y de esa forma terminas gustándole a todo el mundo. Y ahora quieres utilizarme para que haga algo que te conviene a ti. Quieres que renuncie a mis sueños para hacer realidad los tuyos.

—¡No quiero que renuncies a nada! Sería justo lo que tú querías. ¡He pensado que la idea te gustaría!

—¿Por qué? ¿Porque sería más fácil para mí?

—¡Sí!

Olivia respondió con un sonido burlón.

—¿Más fácil que llevar adelante mis propios planes? ¿Más fácil que ahorrar mi propio dinero? ¿Más fácil que arriesgarlo todo para hacer lo que quiero?

—¡Dios mío! —gritó Jamie—. Es solo una oferta. No estoy intentando robarte tu futuro. ¿No deberías sentirte halagada por el hecho de que te respete lo suficiente como para querer empezar un negocio contigo?

—¿Halagada porque te hago sentirte maduro? Déjame decirte algo, Jamie. Si necesitas que alguien te ayude a madurar, no creo que seas la pareja ideal para montar un negocio.

—¿Ah, no?

A pesar de su enfado, la dura sonrisa que asomó al rostro de Jamie aguijoneó la conciencia de Olivia, pero no estaba dispuesta a mentir.

—No.

—Muy bien —Jamie soltó una risa dura como el acero—. Estoy seguro de que eso es lo que piensa mi hermano. Le haré saber que estás de acuerdo con él.

—Si lo que quieres es crecer y comenzar a caminar tú solo, no puedes apoyarte en mí.

—¡No estaba pensando en apoyarme en ti, maldita sea! Quería contratarte, de la misma forma que pienso contratar a un cocinero, a un arquitecto o a un diseñador. ¿Por qué demonios tienes que convertir esto en una prueba de mi debilidad?

—Has sido tú el que ha dicho que te hacía desear ser mejor. Como si fuera tu muleta. Pero yo no soy esa mujer. No soy esa mujer que está dispuesta a entregarse a ti hasta que dejes de necesitarla.

—Y yo no soy tu exmarido —replicó de nuevo.

—Es cierto. Pero yo sigo siendo su exmujer. Y si crees que voy a convertirme otra vez en la muleta de un hombre, estás muy equivocado.

Tomó aire y se obligó a ver a Jamie tal y como era, a no pensar en él solo como en otro hombre que le pedía que renunciara a algo.

—Tú también me has ayudado —reconoció con voz queda—. Me has ayudado a descubrir algo más dentro de mí. Pero ya es hora de que cada uno de nosotros continúe por su camino.

Jamie detuvo sus furiosos pasos y alzó la cabeza para mirarla a los ojos.

—¿Estás cortando conmigo? ¿Ahora?

—Jamie… esto no es una ruptura. Teníamos un acuerdo.

—¡Vete al infierno! —pero, más que de enfado, aquella frase estuvo llena de incredulidad.

Olivia volvió a reprimir una punzada de culpa.

—Si decides seguir adelante con esto, puedes llevarte el proyecto. Quiero ayudarte, Jamie.

—No quisiera utilizarte de muleta —le espetó él.

Olivia comenzó a negar aquellas palabras, pero ya era demasiado tarde. Jamie dio media vuelta y desapareció en el pasillo.

Ella le siguió, pero se movía despacio. No sabía lo que iba a decirle. No podía mejorar la situación. ¿O sí? Jamie había admitido que su atracción por ella estaba vinculada al deseo de madurar. Parte de la razón por la que le gustaba era algo en lo que ella habría preferido que ni siquiera se fijara. En que era mayor. En que era una persona que había sido utilizada por un hombre que la había considerado demasiado seria, como estaba haciendo Jamie.

Una mujer seria cuyos atributos podían consignarse en una hoja de cálculo. Una mujer cuyo cuerpo era algo accesorio comparado con lo que podía llegar a aportar en una mesa de trabajo. La próxima vez, elegiría a un hombre que no necesitara nada de ella. Así sabría que la quería de verdad.

Cuando llegó al dormitorio, Jamie ya estaba vestido y atándose las botas.

—Lo decía en serio —susurró—. Sigo dispuesta a ayudarte en tu proyecto.

—No necesito tu ayuda —mintió.

Tiró de los cordones por última vez antes de terminar de atárselos. Se levantó y pasó por delante de ella, rozándola como si ni siquiera fuera real.

—Ya nos veremos, Olivia.

—Jamie, espera —corrió tras él y le agarró del brazo—. Lo siento, pero…

—Esto no es una ruptura, así que puedes ahorrarte la despedida.

Cuando intentó abrazarle, Jamie se alejó.

—Te veré dentro de dos semanas —susurró.

—¿Dentro de dos semanas?

—Cuando te reúnas con el club de lectura. Me aseguraré de llevar la falda escocesa puesto que tanto te gusta —se detuvo en la puerta y cuando la miró a los ojos, los suyos parecían de hielo—. Que tanto os gusta a todas.

Se marchó cerrando la puerta tras él con apenas un suspiro y se adentró en la oscuridad.

Olivia permaneció en la puerta durante más de un minuto. Diez. Continuó allí hasta que comenzó a filtrarse el resplandor del sol. Después, respiró hondo y regresó a su estudio. Allí cerró la carpeta y apagó el ordenador y las luces. Después, deshizo la cama y metió las sábanas en la lavadora.

A las seis de la mañana estaba vestida y saliendo a correr, justo a su hora. Las cosas volvían a ser como antes e intentó no odiar aquella realidad.