Se presentó en clase.
Olivia no se lo podía creer. Había dado por sentado que la evitaría, que no querría volver a verla. Pero allí estaba, tecleando en el ordenador, como siempre. Aunque, cuando Olivia desviaba la mirada, nunca le descubría mirándola. A lo mejor su intuición no la había engañado. No quería verla, así que no se tomaba la molestia de mirarla.
Pero ella no podía evitarlo. Jamie podía estar sonriendo menos que en otras ocasiones, pero continuaba estando igual de atractivo. E, ironías de la vida, sin aquella sonrisa traviesa y los ojos chispeantes, parecía mayor. Más maduro. Justo lo que él quería. Pero a Olivia le dolía en el alma verle así, tan serio y encerrado en sí mismo como todos los demás.
Para cuando terminó la clase, Olivia estaba mirando el reloj con la firme sospecha de que lo habían retrasado de manera deliberada.
—¿Señorita Bishop?
Olivia miró por encima del estudiante que tenía ante ella para mirar a Jamie. Estaba hablando con la chica que estaba sentada a su lado.
—¿Mm?
—¿Qué le parecen las previsiones?
Olivia se obligó a prestar atención al alumno que se había acercado a su mesa.
—Sí, perdona. Has hecho un gran trabajo. ¿Cuántas fuentes has consultado?
Se obligó a concentrarse en aquel estudiante y en su proyecto, pero la inquietud con la que removía sus papeles delataba su impaciencia. Alzó la mirada hacia el reloj.
—De acuerdo. Podrías… —pero sus ojos volvieron a encontrarse con Jamie y tartamudeó. Estaba ya subiendo las escaleras, su espalda era como un enorme muro que la separaba de ella—. Si todavía no has terminado con las estimaciones, intenta hacerlo antes de la próxima clase. Y asegúrate de revisar la información que he colgado en la web. Deberías tenerlas antes del jueves que viene.
Se acercaron otros estudiantes a hacerle preguntas, pero Jamie ni siquiera miró hacia atrás. La puerta se cerró tras él y Olivia tuvo que tragarse el nudo que tenía en la garganta.
No sabía a qué se debía aquella tristeza. No podía haber llegado a amarle en tan poco tiempo. No podía sentirse traicionada, Jamie no le había prometido nada. Pero entonces, ¿de dónde nacía aquel dolor? ¿Y por qué se sentía tan culpable? Él había hablado con la misma libertad que ella. Aunque era posible que ella hubiera tenido menos tacto. Jamie la había herido por sorpresa y ella le había atacado.
Olivia fingió entusiasmo durante su conversación con los estudiantes, pero suspiró aliviada cuando por fin se fue el último. Recogió sus apuntes y el ordenador y corrió a su despacho.
Si continuaba hacia delante con su vida, terminaría dejando aquel episodio tras ella. Su relación con Jamie no tenía futuro. Y, con toda sinceridad, ambos habían conseguido lo que querían. Olivia había descubierto su faceta más divertida y Jamie había elaborado su proyecto. No era a ella a quien quería.
Y eso estaba bien. Ella ya estaba bastante ocupada. El problema había sido que no esperaba verle. En aquel momento, lo único que le apetecía era marcharse a su casa y esconderse, pero, después de su divorcio, jamás se había permitido regodearse en su sufrimiento y tampoco pensaba empezar a hacerlo entonces. Tenía planes que hacer. Sus propios planes.
Con la boca apretada con un gesto de determinación, abrió la puerta de su despacho, pero al descubrir al hombre que estaba allí sentado soltó un grito de sorpresa.
—Menudo recibimiento —se quejó Víctor.
—No te esperaba —le miró con los ojos entrecerrados—. De hecho, no esperaba encontrar a nadie en mi despacho, que es un lugar privado.
Víctor le guiñó el ojo.
—He pensado que daríamos que hablar si te esperaba fuera.
Olivia reprimió los efectos de la sorpresa y se sentó como si la presencia de su exmarido no la molestara.
—¿Qué quieres?
—Quería verte para saber cómo estás.
—Estoy muy bien.
—¿Sigues saliendo con ese joven?
Olivia le fulminó con la mirada.
—¿Qué estás haciendo aquí, Víctor?
—Me ha llamado tu madre.
Olivia estuvo a punto de dejar caer el libro que estaba colocando en un estante.
—¿Mi madre? Está de vacaciones.
—Ya lo sé, pero, por lo visto, ha decidido que no podía esperar hasta su vuelta. Está muy afectada por lo que le dijiste.
—El sentimiento es mutuo.
Estaba haciendo un esfuerzo por sonar indiferente y aburrida, pero odiaba aquella situación. Cada vez que su madre llamaba a Víctor se sentía como si estuvieran conspirando contra ella. Como si estuvieran urdiendo una estrategia para convertirla en lo que ellos esperaban de ella. Entre otras cosas, porque eso era lo que hacían.
—Suéltalo —le pidió Olivia—. ¿Y esta vez por qué está decepcionada?
—No está decepcionada. Está preocupada.
Olivia elevó los ojos al cielo mientras sacaba el ordenador portátil de la funda y lo colocaba sobre el escritorio.
—Muy bien. Está preocupada. Ahora, ve al grano.
—Me ha dicho que estás pensando en montar un negocio.
Olivia se tensó y tuvo que morderse el interior de la mejilla para evitar contestar con un gruñido, pero miró a Víctor a los ojos y dejó traslucir su enfado.
—No estoy pensando en ello. Pienso hacerlo.
Víctor curvó los labios en una ya conocida y compasiva sonrisa.
—Olivia…
—No.
La sonrisa permaneció, pero tensó la mirada.
—¿Vas a renunciar a tu trabajo y a arriesgarlo todo por un sueño de quinceañera?
—A pesar de lo que puedas pensar, no soy tonta, Víctor.
—¿Estás segura? porque parece que no has leído las noticias de los últimos años. Este no es momento para montar un negocio, Oli.
—Te pedí hace un año que dejaras de llamarme así.
—Lo siento —le brindó una de sus encantadoras sonrisas—. Es la fuerza de la costumbre.
Olivia unió las manos para dominar la tentación de darle una bofetada. Víctor sería capaz de llamar a la policía y denunciarla por violencia doméstica… y, por supuesto, ofrecerle la posibilidad de retirar la denuncia a cambio de que se mostrara razonable y volviera a su lado. Aun así, merecería la pena, aunque solo fuera para notar el escozor de su piel bajo la palma. Pero quizá no tanto como para perder el trabajo.
—En serio, Olivia, no lo hagas. Lo perderás todo. Tu madre está histérica.
—Pensaba que querías que lo perdiera todo.
—Ya te dije que no había sido yo el que había llamado. No quiero arruinarte la vida, que es lo que te pasará si decides perseguir tu sueño.
Olivia suspiró exasperada.
—¿Es que no me conoces? No voy a tirarlo todo por la borda como una idiota. Estoy ahorrando dinero. Este otoño daré cuatro asignaturas.
—Si es que Lewis te las da.
—Sea como sea, este es un objetivo a largo plazo. A muy largo plazo, teniendo en cuenta que renuncié a él por ti.
Víctor la miró con expresión compasiva.
—Sé que te pedí mucho. He sido muy egoísta.
Bueno, aquella admisión era una novedad. En el pasado, siempre había intentado convencerla de que era ella la que estaba equivocada. La que había confundido las motivaciones, los sentimientos y la conducta de Víctor.
—Voy a hacerlo, Víctor, quiera lo que quiera mi madre. Y pienses tú lo que pienses. No necesito que nadie me proteja de mí misma.
Víctor inclinó la cabeza y la estudió con atención, con aquellos ojos grises llenos de calor y afecto. Siempre le habían encantado sus ojos. No había comprendido, hasta que ya era demasiado tarde, que él sabía el efecto que tenían en una mujer. Parecían siempre sinceros.
—Tienes muchas ganas de hacerlo, ¿verdad?
—Sí —contestó Olivia con cansancio—, claro que quiero.
Víctor se reclinó en la silla y la miró como si fuera una niña decidida a abandonar el nido.
—En ese caso, te apoyaré en todo lo que pueda.
—Caramba, gracias —musitó.
Cuando Víctor se inclinó hacia delante, sus ojos parecieron incluso más sinceros. Apoyó las manos en la mesa con las palmas hacia arriba como si le estuviera ofreciendo el mundo.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte a hacerlo realidad?
—Por el amor de Dios, Víctor, no necesito tu ayuda. Soy capaz de hacerlo sola.
—Es posible que no me necesites, pero quiero ayudarte. Te quiero, Olivia.
A Olivia sintió en el estómago el fuego de una rabia repentina.
—¿Sabes quién creo que necesita tu ayuda? ¿Y tu amor? Tu novia, que está embarazada.
El rostro de Víctor cambió tan rápidamente de color que Olivia estuvo a punto de inclinarse hacia delante por miedo a que cayera de cara sobre el escritorio.
—¿De qué estás hablando? —preguntó casi sin aliento.
—La vi en el restaurante. Está embarazada.
El tono ceniciento de Víctor fue transformándose poco a poco en rosa. Se le pusieron las orejas rojas y se frotó la cara con las manos.
—¡Dios mío! —gimió.
—¿Por qué sigues diciéndome que me quieres cuando vas a tener un hijo con Allison?
—Yo no quería llegar a esto —se mesó los cabellos—. No quería. Escucha —cuando alargó las manos hacia ella, Olivia se apartó—. Olivia, por favor. Nunca he dejado de quererte. Sé que lo eché todo a perder y que no fui capaz de encontrar la manera de arreglarlo, pero…
—¡No había ninguna manera de arreglarlo! ¡Me traicionaste!
—Lo sé, pero yo pensaba, pensaba que, con el tiempo, te darías cuenta de lo mucho que me necesitas.
Olivia se levantó de un salto, apoyando los puños contra el escritorio.
—¡No te necesito!
—De acuerdo, de acuerdo. No pasa nada —alzó ambas manos y sonrió con delicadeza—. Lo he entendido. Lo que pretendía decir era que pensaba que te darías cuenta de lo mucho que me quieres. He estado esperándote durante todo este tiempo.
—Pues reconocerás que te has mantenido bastante ocupado.
—Porque creía que de esa forma te pondrías celosa. Sí, pensaba que todas esas mujeres me darían alguna ventaja. Pero nunca he querido a ninguna de ellas. Y ahora… ¡Mierda! —se desplomó en la silla como si los huesos se le hubieran transformado en gelatina—. No la quiero a ella. Te quiero a ti.
La indignación la abandonó y Olivia se sentó con mucho cuidado en la silla.
—Víctor, Allison va a tener un hijo tuyo. Vas a tener un hijo con ella, así que te conviene intentar quererla.
—A lo mejor no es mío —musitó.
—¿Allison ha estado saliendo con alguien más?
La forma en la que Víctor desvió la mirada evidenció que se estaba agarrando a un clavo ardiendo.
—Yo no quiero tener hijos.
No importó que ya lo supiera, a Olivia se le desgarró el corazón al oír aquellas palabras. Víctor nunca las había dicho con tanta franqueza, jamás lo había admitido ante ella. Siempre había puesto excusas, razones para retrasar el momento, pero nunca había reconocido la cruda verdad… y ya era demasiado tarde para ella.
—No te quiero, Víctor. No te quiero desde hace mucho tiempo. Y a ese niño le debes al menos el intentarlo. No puedes fingir que no existe. No puedes tratar a su madre como si fuera basura. Es probable que este sea tu único hijo.
—Puedo ser un buen padre para él con Allison o sin ella. De hecho… —se le ocurrió de pronto una idea que le iluminó la mirada—. De hecho, creo que sería mejor padre si estuviera contigo. Sería feliz. Querría que te sintieras orgullosa de mí. Y tú serías una madrastra maravillosa. Siempre has querido tener hijos.
El golpe fue tan fuerte que Olivia se sintió aturdida por su violencia.
—Eres un canalla —susurró.
—¿Qué?
—Eres un canalla. ¿Sabes? Durante mucho tiempo me culpé a mí misma de no tener hijos. Me decía que a lo mejor no había sido bastante franca. Que no te habías dado cuenta de que quería ser madre. Pero tú lo sabías. ¡Lo sabías y te importó un comino!
—Eso no es verdad. Estábamos muy ocupados. Yo solo quería retrasarlo, pero después…
—Eres un mentiroso, Víctor. Y yo jamás estaría con un hombre que despreciara a su propio hijo como estás despreciando tú al bebé de Allison. Sal de mi despacho. Y sal de mi vida.
Víctor se levantó, pero no se marchó.
—Esto ha sido un duro golpe para ti.
Olivia rio con desprecio.
—Sal ahora mismo de aquí o te juro por Dios que llamaré a la seguridad del campus y les diré que te niegas a marcharte.
—Muy bien, me iré. Pero piensa en lo que te he dicho.
Olivia descolgó el teléfono, y debió de ponerse muy seria, porque Víctor corrió hacia la puerta como la rata cobarde que era.
¿Qué demonios le pasaba a aquel hombre? ¿Y qué demonios le pasaba a ella? No era una de aquellas mujeres que se pasaban años estudiando catálogos infantiles, mirando anhelantes los muebles para la futura habitación de sus bebés. Era cierto que había pensado que tendrían hijos, pero nunca le había dolido no tenerlos. Respiro hondo y se sintió mejor. No la había afectado tanto porque no le hubiera dado hijos. Habían sido los celos de saber que le había negado algo que le había dado a otra mujer.
Bueno, no por decisión propia, pero…
—Qué desastre —musitó.
Desde luego, en aquella ocasión, Víctor había cavado su propia tumba. Cualquier antipatía que sintiera por Allison se transformó al instante en compasión.
Pero, fuera como fuera, no tenía por qué preocuparse por Allison. Ni por Víctor. De lo único que tenía que preocuparse era de su negocio. Las estúpidas palabras de Víctor la habían reafirmado en su decisión. Estaba más decidida que nunca. Y más impaciente.
Olivia extendió el proyecto sobre la mesa y abrió las hojas de cálculo en el ordenador. A lo mejor tardaba años en ahorrar el dinero que necesitaba. A lo mejor no conseguía impartir cuatro asignaturas el próximo semestre. Pero le bastaría con dos si era capaz de conseguir que le pagaran por hacer un proyecto. Solo uno. Aquello ya sería un comienzo.