Los martes, Jamie no trabajaba, de modo que Olivia no tenía muchas probabilidades de encontrarse con él si iba a la cervecería. No sabía si le vería en clase aquel día, pero, desde luego, no esperaba verle allí. No tenía ningún motivo para pensar que pudiera aparecer. Aun así, permanecía en el coche, aferrada al volante con las dos manos, pendiente de cada vehículo que parecía a punto de meterse en el aparcamiento de la cervecería.
Solo había tres coches aparcados en aquel momento y ninguno era el de Jamie. Podía entrar tranquila en el bar.
El portafolio que había dejado en el asiento de pasajeros parecía palpitar a su lado, así que se limitó a dirigirle una mirada fugaz antes de cerrar los ojos. Tenía la sensación de estar haciendo lo que debía, pero no podía estar segura.
Comprendía lo que era querer alejarse de algo. Ella se había alejado de sus padres con inmenso alivio. Pero Jamie se merecía otra oportunidad con su hermano. Se merecía la oportunidad de dejar su huella en la cervecería, pero el orgullo se la estaba arrebatando.
Aun así, ¿tenía derecho a dar aquel paso por él?
—No —se contestó a sí misma con un hilo de voz.
No tenía ningún derecho, pero pensaba hacerlo. Sabía que Jamie no se lo agradecería. Si volvía a hablar con ella, solo sería para regañarla, pero no le importaba. Podría manejarlo.
Siempre, claro estaba, que fuera capaz de salir del coche.
Había pasado todo el fin de semana intentando elaborar una estrategia para abrir cuanto antes su negocio. Cada lista que hacía, cada columna de cifras, sumaba una pizca de seguridad a su decisión. Podía hacerlo. Podría sacarlo adelante. Hasta la última célula de su ser parecía revivir con la emoción.
Si conseguía encontrar un cliente, una persona con la que trabajar haciéndole un serio descuento, podría ponerse en camino. Un éxito conduciría a otro. Iría subiendo poco a poco sus tarifas. Y, muy pronto, podría convertir su sueño en realidad. Las yemas de los dedos le cosquilleaban al sentir por fin su sueño al alcance de las manos.
Pero había algo que enturbiaba su felicidad y no tenía la menor duda de lo que era. Cada vez que veía la carpeta de Donovan Brothers en su mesa se le encogía el corazón.
Así que el domingo por la noche había dejado de lado su trabajo y había vuelto a abrir aquella carpeta. Le había dado los retoques finales, había pulido los detalles que quedaban por terminar. Después, había plastificado la carta y había impreso los planos y el proyecto en papel satinado. Una vez impreso, lo había llevado todo a una imprenta profesional y allí lo había encuadernado.
Era un proyecto maravilloso. Merecía ser visto.
Olivia respiró hondo, tomó el portafolio y miró a su alrededor por última vez.
Eran pasadas las once cuando Oliva entró en la cervecería, y allí solo había una persona dentro. Suspiró aliviada al encontrarse con un joven al que no reconoció.
—Buenos días —le saludó el joven pelirrojo.
No podía tener más de veintiún años. Y parecía más joven incluso.
—Hola.
—¿Has venido para el recorrido por la cervecería? Todavía es muy pronto.
—¡Ah! Yo… No… Eh, ¿está Eric Donovan?
—Claro, ¿quieres que vaya a buscarle?
Olivia consiguió sonreír, pero sentía que le temblaban las piernas.
—Sí, te lo agradecería.
Estaba allí. ¡Eric estaba allí y ella iba a tener que seguir adelante con su plan! El joven desapareció en la parte de atrás y Olivia tuvo que obligarse a permanecer donde estaba y no lanzarse a detenerle.
—Tranquilízate —susurró para sí.
No podía presentarse delante de Eric para mostrarle la propuesta como si fuera una histérica.
Por primera vez en su vida, Olivia sintió ganas de beber una cerveza. La ironía de la situación la ayudó a respirar con más calma y tranquilizarse.
—Muy bien —suspiró.
Justo en ese momento, se abrieron las puertas.
Si aquel era Eric Donovan, no se parecía nada a su hermano. Tenía el pelo oscuro y los ojos muy claros. Las líneas de expresión de su rostro le definían como un hombre que llevaba una pesada carga sobre los hombros.
—Soy Eric —se presentó—, ¿en qué puedo ayudarle?
—Hola —le tendió la mano—. Soy Olivia Bishop.
Eric no dio muestra alguna de reconocerla mientras le estrechaba la mano. Olivia se dijo a sí misma que no tenía por qué sentirse ofendida.
—¿Tiene un momento? Quiero hablar con usted para hacerle una propuesta.
La escasa afabilidad del rostro de Eric desapareció al instante y Olivia esbozó una mueca.
—¿Es una vendedora? Todas las semanas dedico algún tiempo a reunirme con comerciales. Si pudiera…
—¡No! No vendo nada. Yo… Si me concede unos minutos, podría explicárselo.
Eric la miró con los ojos entrecerrados durante unos segundos y, al final, se encogió de hombros.
—De acuerdo. Tengo el despacho en la parte de atrás.
Olivia le siguió a un despacho que ya había visto en otra ocasión y se sentó antes de que Eric pudiera cambiar de parecer.
—¿Qué puedo hacer por usted?
—Yo… —tuvo que tragar saliva para evitar que el nerviosismo se reflejara en su voz—. Soy profesora en la universidad. Doy clases sobre negocios minoristas. Restaurantes y hostelería, para ser más concreta.
Eric se inclinó hacia delante con cautela.
—He estado trabajando con su hermano, ayudándole a desarrollar algunas ideas nuevas para la cervecería.
Eric se permitió entonces mostrar todos sus recelos. Tensó los hombros.
—No necesitamos ideas nuevas.
—Aun así, no le haría ningún daño echarles un vistazo, ¿verdad? Hemos estado trabajando en este proyecto —dejó el portafolio encima de la mesa—. Si quisiera…
—¿Jamie sabe que está usted aquí?
—Él… —Dios santo, aquel hombre resultaba intimidante. Olivia se sentía como si estuviera en el despacho del decano—. No, no tiene ni idea.
—Es lógico, puesto que dejó el trabajo el viernes pasado.
—¿Qué? —preguntó Olivia con un grito ahogado.
¿Había renunciado a su trabajo? Se devanó los sesos, intentando recordar todo lo que había hablado con él. En ningún momento le había dicho que quisiera renunciar.
—¿Cuándo lo dejó? Él es uno de los propietarios de la cervecería.
—Sí, y sigue siéndolo, pero ya no trabaja aquí.
—Pero… —pobre Jamie. Tenía que haber ocurrido algo terrible—. Pero no puede permitir que abandone. Él adora este lugar. Si pudiera echarle un vistazo a su propuesta —acercó una mano trémula al portafolio.
—Señorita Bishop, aprecio su preocupación, pero esto no es asunto suyo.
Tenía razón, maldita fuera. Olivia se sintió como si le estuviera regañando su hermano mayor. Eric parecía decepcionado e impasible al mismo tiempo. Ella se movió incómoda en la silla, pero no renunció. Fuera lo que fuera lo que había pasado, Jamie tenía que estar destrozado. Deseó que su relación no hubiera terminado tan mal para poder llamarle y enterarse de lo que había ocurrido.
Bajó la mirada hacia sus manos y tomó aire.
—Estoy segura de que cree que esto no es asunto mío. Admito que, al principio, tampoco yo me lo tomé muy en serio, pero Jamie siente pasión por este lugar. Y ha hecho un trabajo exhaustivo. Ha pensado en todo lo que hace falta para convertir la cervecería en un lugar de reunión, en un destino.
—La cervecería ya es un lugar de reunión —le espetó Eric. Empujó el portafolio hacia ella—. Siento arruinar la imagen que tiene de Jamie, pero no es tan encantador como usted cree.
¿Encantador? El rubor trepó por su cuello ante lo que insinuaban aquellas palabras.
—Yo no he dicho que sea encantador. Jamie asume la responsabilidad de su trabajo y, si se toma la molestia de echar un vistazo a este proyecto, le prometo que quedará impresionado. Sean cuales sean los errores que haya cometido Jamie en el pasado.
—¿En el pasado? ¿Eso es lo que le ha contado? ¿En el pasado?
Consciente de todos los errores que ella misma había cometido a lo largo de los años, Olivia le fulminó con la mirada.
—Todos nos equivocamos. Eso no significa que no tengamos ningún valor.
Eric miró hacia el techo como si estuviera pidiendo paciencia.
—Mire. No sé qué interés tiene usted en esto, pero sus argumentos son muy discutibles. Jamie no consiguió lo que quería y decidió marcharse.
—¿Porque usted no quiso darle una oportunidad?
—¿Una oportunidad? —curvó la boca en una sonrisa cargada de amargura—. ¿Me está diciendo que no le di una oportunidad?
—Eh… —Olivia se descubrió a sí misma apretando los dedos con fuerza—. Estoy segura de que usted…
—Este no es un asunto de llegar cuatro días tarde o equivocarse al cobrar con tarjeta. Ni de que yo sea un estúpido que le echa en cara todas las veces que se ha equivocado al servir una cerveza.
—A lo mejor…
Olivia se encogió cuando Eric posó las manos en el escritorio y se inclinó hacia delante.
—¿Sabe cuál fue el último inocente error de Jamie, señorita Bishop?
Olivia negó con la cabeza. Sentía las yemas de los dedos entumecidas.
—Hace dos meses, arruinó un acuerdo en el que yo había estado trabajando durante meses. Yo también tenía planes para ampliar la cervecería, ¿sabe? Y mis planes incluían un nuevo acuerdo de distribución que Jamie echó a perder acostándose con la hija del distribuidor.
A Olivia se le paralizó el corazón. Dejó de latirle, así, sin más. Y durante largos segundos, permaneció en completo silencio mientras aquellas terribles palabras iban filtrándose bajo su piel.
—Cometió el error de echarlo todo a perder a cambio de una noche de sexo. ¿Quiere saber qué otras cosas ha hecho desde entonces?
—No —graznó, pero Eric continuó hablando.
—La semana pasada, esa misma mujer se presentó en el bar y tuvieron una pelea. Una pelea auténtica. Tuve que separarla de él en este maldito bar. ¡Ah! Y el viernes acabó a puñetazos por culpa de otra mujer.
Dios santo. Olivia se mordió la parte interior de la mejilla hasta que el dolor superó al horror.
—Así que no quiero ni oír hablar de darle otra oportunidad. Ya ha tenido muchas y estoy harto.
Olivia parpadeó lentamente, intentando pensar la mejor manera de hacer una elegante salida. Jamie se había acostado con otra mujer dos meses atrás. Y quizá con alguna más desde entonces. A ella le había dicho que hacía un año que no salía con nadie. Le había mentido en algo sobre lo que no necesitaba mentir. ¿Por qué lo habría hecho?
Eric frunció el ceño y bajó la mirada hacia las manos de Olivia. Unas manos que ella ni siquiera sentía en aquel momento.
—Eh… —por primera vez desde que se habían presentado, Eric parecía incómodo. Miró preocupado hacia la puerta y la miró de nuevo a ella—. Me temo que yo… A lo mejor he confundido la naturaleza de su relación con mi hermano.
—No —consiguió contestar ella.
—No debería haber dicho lo que he dicho. Lo siento. Espero que usted…
Olivia se levantó a tal velocidad que Eric se echó hacia atrás.
—Gracias por dedicarme su tiempo. Se lo agradezco.
Alargó la mano hacia el portafolio, pero cuando lo tocó, se detuvo y lo apartó. Jamie podía ser un mentiroso y un sinvergüenza, pero aquel proyecto era su trabajo. Lo dejó donde estaba y permaneció erguida.
—Ha sido un placer conocerle —consiguió decir con voz ronca.
—Escuche… —comenzó a decir Eric.
Pero Olivia estaba ya fuera, corriendo por el pasillo a toda la velocidad que le resultaba posible.
«No importa», se repetía, «no importa».
—¿Olivia? —la llamó una mujer justo tras ella.
Tras cruzar las puertas abatibles, Olivia se volvió y vio a Tessa Donovan observándola con la confusión dibujada en el rostro. No respondió. Se limitó a correr hacia la puerta del bar y después hasta el aparcamiento.
Gracias a Dios no se había enamorado de él. No habría sido capaz de enfrentarse a un corazón roto por segunda vez. ¿Qué había hecho ella para merecer tantas mentiras a lo largo de su vida?
Había sido una hija buena, había hecho las cosas bien. Había llegado virgen hasta el primer amor y, en la siguiente relación, se había entregado a la pasión. Pero ambas relaciones habían terminado de la misma manera. Con mentiras. Y tópicas, estúpidas, falsas y reiteradas consideraciones sobre que era una mujer especial, sexy y deseable.
Secándose las lágrimas para poder ver mientras conducía, puso el coche en marcha y salió de allí. Condujo con cuidado, sin alejarse a toda velocidad, sin intentar escapar. Al fin y al cabo, ya no tenía nada de lo que huir. Todo había terminado con Jamie.
Todo había terminado con cualquier hombre en general. No iba a volver a mantener ninguna relación con nadie. Con los años, conseguiría establecerse y hacer sus sueños realidad y, quizá, quizá entonces volviera a pensar en salir con algún hombre. Cuando hubiera conseguido por sí misma todo lo que deseaba, podría contemplar la posibilidad de salir con algún hombre agradable. Un hombre inteligente y tímido. Alguien que no la engatusara con dulces mentiras porque el mero hecho de mentir le proporcionara una absurda emoción.
—Yo también conseguí lo que quería de Jamie —dijo en voz alta. Pero acabó llorando.
Y era cierto. Había conseguido lo que quería. El problema era que no le gustaba sentirse como una tonta otra vez. Como una estúpida, ciega e impotente idiota.
Aunque estaba ya casi en su casa, Olivia no fue capaz de continuar conduciendo. Giró en la calle siguiente y aparcó en la acera. Escapó un nuevo sollozo a su control, y después otro. Olivia posó la frente en el volante y dejó que fluyeran las lágrimas.
Ella había querido ser alguien especial para Jamie porque él lo había sido para ella. Había querido significar algo para él porque, durante unos días, él lo había significado todo para ella.
En cambio, él le había robado el corazón y…
Pero no. Jamie no le había robado nada.
Sofocó otro sollozo y sacudió la cabeza. No le había robado nada porque había sido ella la que se había entregado. Y en aquella entrega había mucha valentía. Olivia iba a retomar aquella valentía y la iba a convertir en algo asombroso. Iba a salir de aquello más inteligente y más fuerte.
Pero antes iba a llorar como una niña. Iba a llorar por todo aquello que nunca había tenido.