Una tarde lluviosa era una mala noticia para la cena familiar de los Donovan. Aunque la casa de Tessa, la misma en la que se habían criado todos los hermanos, era muy grande, siempre se quedaba pequeña los domingos como aquel. El patio trasero servía de adecuada válvula de escape. Un lugar al que huir cuando Jamie y él se ponían a discutir. O cuando Jamie se cansaba de ver cómo Tessa y su novio, Luke, se hacían ojitos. Y otras veces Tessa echaba fuera a los hombres para poder hablar de ellos con Olivia.
Pero, ese día, todos estaban encerrados juntos dentro de la casa, y la tensión estaba subiendo.
–Dijiste que traerías el postre –insistió en aquel momento Jamie, insinuando con su tono que no se podía confiar en la palabra de Eric.
–Eso fue la semana pasada, Jamie. Se suponía que hoy tenías que traer algo tú.
–No es verdad.
–No importa –los interrumpió Tessa–. Creo que sobreviviremos a una cena sin tarta.
–Al diablo –dijo Jamie, sacando bruscamente su móvil al tiempo que lanzaba una desdeñosa mirada a su hermano–. Olivia todavía está en camino. Le pediré que compre algo.
–Guau, estás salvando el día… –le espetó Eric–. Enhorabuena.
–Chicos –gruñó Tessa–. En serio…
Eric se acercó al mostrador y robó unas pocas uvas del frutero.
–¿Dónde está Luke?
–Llegará pronto. Por desgracia, lleva en la comisaría desde las nueve.
–¿Un caso gordo de asesinato? –inquirió Eric.
Tessa se echó a reír y le dio un golpe en el brazo.
–Para. Esa frase es mía. La verdad es que este verano sí que le han encargado un caso importante de asesinato, así que he tenido que dejar de usarla. Y si yo no puedo usarla, no lo hará nadie.
–Simone ha vuelto, ¿verdad?
La compañera de Luke había estado disfrutando de un permiso de maternidad, y él se había negado a que otro detective ocupara su lugar, siquiera temporalmente.
–Sí, gracias a Dios. Lleva de vuelta cerca de un mes, con lo cual la agenda de Luke se ha aflojado un poco. Pero él sigue empeñado en que se marche temprano cada noche, con lo que me temo que un día de estos ella le va a soltar un puñetazo en la cara.
Jamie resopló, gruñón.
–Dile de mi parte que lo haga.
–¿Te encantaría, verdad? –a pesar de aquellas palabras, Tessa sonreía de oreja a oreja. Jamie podía haber tenido unos cuantos problemas con el hecho de que Luke volviera pronto del trabajo, pero, a esas alturas, los dos parecían estar construyendo una cauta pero continuada amistad. El principal problema era que eran demasiado parecidos, y que Jamie dudaba que un tipo como Luke fuera lo suficientemente bueno para ella. En realidad, tanto Eric como Jamie pensaban que ningún hombre sería nunca lo suficientemente bueno para su hermanita pequeña, pero se estaban acostumbrando a ello. Lentamente.
Tessa puso entonces a Eric a preparar la ensalada, y este se alegró de contar con una excusa para dar la espalda a sus hermanos y dedicarse a cortar tomates en un rincón de la cocina. Le resultaba penosamente incómodo que toda la familia estuviera al tanto de lo ocurrido con Beth. Y eso que apenas sabían gran cosa al respecto. Ignoraba cómo Jamie había podido llevar una vida tan irresponsable durante tanto tiempo. Aquello empezaba a pesarle como lo que era, una maldita carga, y si no hubiera sido tan terco, él mismo habría eludido aquella cena del domingo como si fuera la peste.
De repente, no pudo evitar sentir una punzada de afinidad con su hermano pequeño. Le lanzó una mirada de reojo antes de recoger la lechuga para lavarla.
Aquel verano, los planes de Jamie de añadir un menú de restaurante al bar de la cervecería habían causado una verdadera explosión. O, más bien, una serie continuada de explosiones. Eric todavía seguía asimilando la cantidad de cosas que Jamie le había soltado a lo largo de todo ese tiempo. Que Eric le había hecho sentirse como si fuera un propietario de segunda clase durante años. Que Jamie ya no estaba dispuesto a soportar por más tiempo que lo trataran como el hermano pequeño que era….
Pero si Eric no era el hermano mayor, si no estaba al mando de la familia, ¿quién diablos era entonces? Ni siquiera era un verdadero Donovan, por el amor de Dios. Era esa la razón por la que su apellido era irlandés mientras que sus rasgos eran los de un europeo del Este. La razón por la que trabajaba dos veces más duro que cualquier otro miembro de la familia. Porque había heredado un tercio de la cervecería cuando no debería haber recibido nada, algo que pesaba sobre sus hombros cada maldito día.
Flexionando los tensos músculos de los hombros, sacó de la nevera el aliño de la ensalada.
Olivia llegó al fin, cargada con una caja de la pastelería, con lo cual el asunto del postre quedó arreglado. Pese a ello, Eric y Jamie seguían sin hablarse.
Mientras cortaba tiras de zanahoria para la ensalada, Eric vio cómo Jamie atraía a Olivia hacia sí y la besaba hasta hacerla reír y derretirse en sus brazos.
Jamie era feliz, y Eric era feliz por él, pero no podía sacudirse aquella furiosa sensación de culpa. Quizá lo había estropeado todo al esforzarse por educar a dos adolescentes, pero había hecho todo lo que había estado en su mano. Se había esforzado por motivar a Jamie, por hacer que no se sintiera minusvalorado. Pero Jamie ya le había asignado el papel de malo. Y la mentira de Beth había empeorado aún más las cosas.
La ensalada ya estaba hecha, y Eric seguía allí de pie, mirando la gran ensaladera de madera que había pertenecido a su madre. La recordaba perfectamente sirviéndola en la mesa, y riñendo a su marido por poner caras a la vista de la verdura.
–Soy un irlandés –solía decir Michel Donovan–. Las únicas verduras que como son repollos y patatas.
–Eres americano –replicaba la madre de Eric–. Y comes ensalada.
Pero Eric siempre intentaba apartar la ensalada de su plato con el tenedor, deseoso de ser tan irlandés como Michael Donovan. En aquellos momentos, su padre le guiñaba un ojo antes de tragarse un buen bocado de ensalada.
–Será mejor que hagamos lo que dice, hijo. Tenemos que enseñar a tu hermano pequeño a comer sano, aunque eso nos haga sentirnos como conejos.
Dios, Michael Donovan había sido un hombre bueno. El mejor. Y cuando murió, Eric se había esforzado con denuedo por representar aquel mismo papel. Pero, al parecer, había fracasado miserablemente.
Carraspeó y se limpió las manos en el trapo.
–Jamie –dijo, lanzando el trapo sobre el mostrador y volviéndose hacia su hermano–. He estado pensando algo.
Jamie entrecerró los ojos como si acabara de escuchar una amenaza.
–Ahora mismo estás muy ocupado con los preparativos del restaurante. Tienes las manos llenas. Así que yo podría asumir la cuestión del circuito comercial. Las ferias.
–¿Qué quieres decir? –gruñó su hermano.
–Pues que, durante una temporada, no tendrás tiempo para viajar. Va a ser una cosa de locos.
–Pero tú odias las ferias –le recordó Jamie.
Sí, las odiaba. Pero lo haría por su hermano pequeño. Se encogió de hombros.
–No es para tanto. Ya sé que tú eres como la imagen pública de la empresa, pero…
–¿Pero tú estarías feliz asumiendo esa tarea?
Eric frunció el ceño ante el tono de voz de su hermano.
–Yo no diría tanto, pero obviamente necesitamos un cambio…
Jamie se echó a reír.
–No me lo puedo creer. Cuando por fin estoy consiguiendo algo de más de responsabilidad… ¿ahora tú quieres empezar a quitarme parte de mi papel público?
–No es eso para nada. Estoy intentando ayudar –esbozó una mueca al pronunciar la palabra pese a que no tenía intención de hacerlo, porque Jamie estaba empezando a irritarlo.
–¿Ah, sí? ¿Desde cuándo?
–Chicos –les advirtió Tessa.
Pero Eric la ignoró y dio un paso adelante.
–¿Desde cuándo? En primer lugar, desde que apoyé esa idea tuya del restaurante. Desde que te animé a seguir adelante para convertir nuestra cervecería en otra cosa.
Tessa alzó las manos.
–Se supone que los domingos no se habla del trabajo. Es la regla.
Jamie la ignoró también, como había hecho Eric. Cruzándose de brazos, esbozó una tensa sonrisa.
–Otra cosa, ¿eh? Algo no tan bueno como tus propios planes para la cervecería, ¿es eso lo que estás diciendo? ¿Es eso lo que has estado pensando durante todo este tiempo?
–¡Algo simplemente parecido a cualquier otro pub-cervecería de este estado! –gritó de pronto Eric.
En aquel momento, hasta Olivia parecía alarmada. Se levantó de la silla y posó una mano sobre el brazo de Jamie.
–¿Por qué no vamos a ver la tele? ¿Sigue aún la temporada de béisbol?
–No te preocupes –le dijo Jamie–. Esto no es nada raro. Estoy acostumbrado a ser siempre el único que se equivoca.
–No es eso lo que he dicho –lo interrumpió Eric–. Estoy intentando ayudar.
–¿En serio? Pues a mí me parece que te crees tan bueno asumiendo todo tu trabajo en la cervecería que ahora, encima, quieres hacerte cargo de las ferias comerciales.
–Eso es ridículo –replicó Eric–. Todo esto es nuevo para ti. Esto te dará tiempo para que te adaptes.
–Yo creo más bien que te está dando tiempo a ti para que te adaptes tú, Eric. Y creo también que si no me quieres en las ferias, para que hable de todos los cambios que estamos haciendo, es porque no los apruebas.
–Que te jodan –fue la reacción de Eric–. Se ha acabado la discusión.
–¡Bien! –exclamó Tessa.
Pero Jamie sacudió la cabeza.
–No, no vas a empezar una pelea para luego fingir lo contrario. No después de lo de esta semana.
–No –le advirtió Eric.
–¿Que no qué? ¿Que no saque a colación lo que hiciste?
–¡Jamie! –gritó Teresa, pero Jamie la ignoró y avanzó hacia Eric.
Eric fue a su encuentro, y se encararon en mitad de la cocina.
Jamie expresó todo su desagrado con una desdeñosa mueca.
–¿Que no saque a colación que me traicionaste con tal de follarte a una mujer?
–No es eso lo que sucedió.
–Usaste mi nombre. Usaste la misma reputación que has despreciado durante años. ¿Y todo por tirarte a un ligue ocasional?
–Vigila lo que dices –gruñó Eric. La furia estaba empezando a devorar hasta el último gramo de su sensación de culpa–. No hables de ella.
–¿Que no hable de ella? ¿Por qué? ¿Porque significa quizá mucho para ti? ¿Esa desconocida que te follaste con mi nombre?
–¡Jamie! –gritaron a la vez ambas mujeres, pero Jamie se limitó a sonreír.
–Déjame preguntarte algo, hermano….
Eric sintió que sus puños flotaban lentamente, como si otra persona se los hubiera levantado en el aire.
–¿Con qué nombre te llamó ella cuando…?
Eric golpeó a su hermano. Golpeó a Jamie. En el instante en que su puño conectó con su mandíbula, ya lo estaba lamentando. El arrepentimiento hizo presa en él en medio incluso de su furia.
Oyó el grito de las mujeres, el gruñido de Jamie. Pero, afortunadamente, había estado demasiado cerca de su hermano como para que el puñetazo contara con el suficiente impulso, y Jamie se tambaleó, pero no cayó. No tenía nada roto. No sangraba. De todas formas, Eric estuvo seguro de haber oído el estrépito de una grieta partiendo en dos la habitación.
–¡Eric! –chilló Tessa–. ¡Eric, para!
Pero no era Eric quien necesitaba parar en aquel momento. Jamie se tocó la mandíbula, perplejo, pero no transcurrió más de un segundo sin que aquellos ojos se encendieran de rabia. Se abalanzó entonces sobre Eric, que retrocedió.
El primer gancho de Jamie pasó tan cerca de su nariz que Eric sintió la caricia del aire en la piel. Pero el segundo impactó directamente en su estómago. Eric lo agarró, intentando recuperar la respiración mientras forcejeaba con su hermano. Jamie volvió a golpearle en el estómago, pero Eric ya lo tenía entumecido, así que apenas lo notó.
Logró empujar a su hermano y alzó los puños, dispuesto para el segundo asalto, pero justo en aquel instante una mano se cerró sobre su pescuezo y tiró de él hacia atrás.
–¡Ya basta!
La voz y el tono de policía de Luke Asher resultaron condenadamente efectivos. Eric se quedó inmediatamente paralizado, como si de repente le preocupara por encima de todo que Luke fuera a sacar su arma. Pero Jamie no se detuvo con tanta rapidez, así que Luke tuvo que soltar a Eric para lanzarse sobre él y agarrarlo de los hombros.
–¡He dicho que ya basta! En privado, podéis pelearos todo lo que queráis. Pero no lo haréis delante de Tessa.
–¡Imbéciles! –gritó Tessa, y Eric pudo escuchar las lágrimas en su voz. Esbozando una mueca, dejó caer la cabeza.
–Lo siento –dijo, llevándose una mano al estómago dolorido. Ya no lo sentía entumecido–. No sé qué es lo que ha pasado…
–Que me has pegado, pedazo de burro –gruñó Jamie–. Eso es lo que ha pasado.
Olivia se colgó de su brazo, mirando a Eric con recelo.
–Lo siento –repitió.
Tessa señaló a Jamie con el dedo.
–Pero tú te estabas comportando de forma cruel con él. Tú también deberías disculparte.
–Él me pegó –insistió Jamie.
–Sí, pero casi te lo mereciste –replicó Tessa.
Luke se apartó entonces, todavía precavido, mirando a los dos hermanos.
Tessa se secó las lágrimas de las mejillas.
–Estáis haciendo el ridículo. Y estáis todavía peor que hace diez años. ¿Qué está pasando?
Eric quiso echarle la culpa a Jamie. Al fin y al cabo, Jamie era el único que había causado problemas en el pasado. Pero en aquel momento Jamie no estaba haciendo nada malo. Había sentado la cabeza. Había cambiado. Ahora era él quien lo estaba estropeando todo. Había golpeado a su hermano en la cara y, a pesar de todos los gritos, malas palabras y empujones que se habían dado en el pasado, ninguno de ellos había llegado a pegarse hasta ese día.
–Lo siento –repitió–. Me voy.
Se dirigió hacia la puerta principal, dejando todo un caos a sus espaldas. Tessa le estaba ordenando que se quedase. Jamie amenazaba a su vez con marcharse él si Eric no lo hacía. Y Olivia intentaba tranquilizar a Jamie con palabras tiernas y compasivas.
Por primera vez en su vida, Eric se alejó de su familia. Y cuando la vieja puerta de roble se cerró a su espalda acallando todos los ruidos, no supo si sentirse triste o simplemente… aliviado.