Beth se esforzó por que su estado de nervios de la noche anterior no le arruinase el día entero. Una remesa de su línea más cara y fina de lencería erótica acababa de llegar, y una de las tareas favoritas de Beth no era otra que desembalar caja tras caja de espléndidas sedas. Para ella era algo así como el día de Navidad: algo sorprendente y emocionante, que hacía que al final terminara gastándose buena parte de su propio dinero.
Las maravillosas sedas bastaron para distraerla de sus reflexiones sobre los Kendall, aunque el asunto seguía pesando en el fondo de su mente. Mónica no había respondido a su correo y, por todo lo que ella sabía, era hasta posible que no siguiera utilizando ya aquella dirección.
Beth había vuelto a buscar en Google. Era lo primero que había hecho esa mañana, pero no había encontrado más cosas que la víspera. Era como si a nadie más le importara aquella historia, a excepción de ella. Pero a los Donovan tenía que importarles. Aparentemente habían sido robados y estafados. ¿La culparía a ella Eric? Seguramente no. Había estado determinado a hacer negocios con el Grupo Kendall. Beth simplemente le había facilitado la tarea. Y ella claramente no le debía nada, en cualquier caso.
Colgó el último de sus favoritos picardías baby-doll y regresó a su despacho con un suspiro. Si pudiera simplemente averiguar lo que había sucedido con los Kendall y luego superar la clase de aquella noche, todo estaría bien. Por un par de semanas. Hasta que llegara el momento de su siguiente lección nocturna.
Decidida a tomar el control de al menos una parte de su vida, Beth buscó la empresa de Mónica, High West Air, y llamó al número de teléfono.
–La señorita Kendall no está hoy en la oficina –contestó la recepcionista con tono cansado, como si le hubieran hecho esa pregunta un millar de veces durante las últimas semanas.
–¿Puedo dejarle un mensaje? Por favor, dígale que la ha llamado Beth Cantrell. Necesito hablar con ella sobre un asunto personal.
La recepcionista le prometió que pasaría el mensaje, pero Beth no tenía muchas esperanzas. La familia debía de estar encerrada. Para su sorpresa, su móvil sonó segundos después.
–¿Diga?
–¿Beth? Soy Mónica Kendall.
Habían pasado años, pero la voz le resultó inmediatamente familiar. Beth parpadeó sorprendida.
–¡Mónica! ¿Qué tal estás?
–Oh, últimamente la situación está un poco loca. Horrible, en realidad. Supongo que será por eso por lo que me has llamado.
–De hecho, sí.
Mónica suspiró.
–Vi tu correo. Sé que debes de sentirte abrumada.
–¡Así es!
Esperó unos segundos. Cuando Mónica no dijo nada, Beth decidió abordar directamente el tema.
–Realmente no sé cómo decirte esto, así que seré sincera. Conozco a alguien que trabaja en la cervecería… uno de los Donovan, de hecho… pero quería llamarte para que me informaras de lo sucedido.
–Uno de los Donovan, ¿eh? Apostaría a que se trata de ese pequeño canalla, Jamie, ¿verdad?
Beth se quedó sin aliento. No sabía por qué. Ella ni siquiera lo conocía bien, pero el insulto de Mónica le provocó un escalofrío de sorpresa por todo el cuerpo.
–Yo…
–Fue él quien me metió a mí en esta mierda –le espetó Mónica.
–Oh. Yo creía que era tu hermano quien estaba en problemas. Las noticias dicen que ha abandonado el país –decían más bien que había huido del país, pero Beth intentó el camino más diplomático.
–Todo esto es culpa de Graham. Todo. Yo no tuve nada que ver en ello, pese a lo que pueda decir Jamie Donovan.
–¿Nada que ver con qué? Sigo sin tener ni idea de lo que está pasando.
Mónica suspiró de la misma irritada manera que solía hacer antaño, cada vez que Beth se había mostrado nada dispuesta a dormir en la sala de estar de su alojamiento universitario, para que su compañera pudiera quedarse a solas con su novio ocasional.
–Es algo increíble. Graham se metió él solo en un buen lío en Las Vegas. Juego. Fiestas con drogas. Prostitutas. Un completo perdedor. Se endeudó y empezó a tratar con algunos contactos del otro lado del océano. Ya sabes lo que quiero decir.
–No, no lo sé –repuso Beth, paciente. ¿Sería algún tipo de lenguaje propio de gente rica?
–Europeos del Este. Chinos. Se puede ganar mucho dinero si vendes el género adecuado.
–¿Qué género?
Mónica se echó a reír. La carcajada sonó a condescendencia.
–Números de la seguridad social, de tarjetas de crédito… Artículos muy populares en los mercados emergentes.
Lo que Beth quería decirle era: «Estás utilizando un tono lastimosamente altivo para una mujer cuya familia está bajo investigación por actividades delictivas», pero se mordió la lengua y esperó a que pasara el impulso. Se había mordido mucho la lengua durante su primer año de universidad, y aquello era un poco como montar en bicicleta. Sabía bien cómo funcionaba Mónica Kendall.
–¿Pero cómo te viste tú arrastrada a esto, Mónica?
Mónica suspiró de nuevo. Un sonido que sonó a autocompasión y a martirologio.
–Mi primer error fue tener sexo con Jamie Donovan.
Las palabras se clavaron directamente en el estómago de Beth antes de que pudieran llegar a su cerebro. Los celos la barrieron en una horrible, abrumadora ola, incluso mientras se decía a sí misma que eso no era verdad. O quizá lo fuera, pero, en cualquier caso, nada tenía que ver con ella. El Jamie Donovan de Mónica era un hombre diferente. Una boca diferente. Manos diferentes. No habían tocado a la glacial Mónica Kendall después de haberla tocado a ella.
A no ser, por supuesto, que Eric hubiera tenido el hábito de mentir sobre su nombre.
–¿Jamie Donovan? –logró pronunciar al fin.
–¿Tu amigo? –gruñó Mónica.
–No, yo… ¿El barman? ¿Pelo rubio?
–¡Ja! Yo lo describiría más bien como castaño desteñido, pero sí. Es él. Todavía no puedo creer que me dejara convencer de que me acostara con él. Y luego, como resulta que yo no mostré ningún interés en volver a verlo, le contó a la policía que yo tenía algo que ver con el robo.
–¿De veras?
–Sí. ¿Te lo puedes crees? Un completo perdedor.
Pero Jamie Donovan no encajaba con la idea que tenía Beth de un completo perdedor. Era un hombre guapo y seguro de sí mismo, e incluso durante aquel breve interludio, su carisma natural había resultado obvio.
–¿Así que tú también estás bajo investigación? ¿No es solamente Graham?
–Es todo tan injusto… ¡yo! Sigo pensando que tiene que ser alguna especie de broma pesada.
–Yo no me lo puedo imaginar.
–Sabía que me comprenderías, Beth. Tú me conoces desde hace más tiempo que nadie.
La frase era algo exagerada. Mónica conservaba muchas amistades del instituto, donde había sido la abeja reina. Y «conocer» tampoco era exactamente el verbo adecuado. Beth y Mónica eran, en el mejor de los casos, conocidas, que no amigas.
–Beth, ¿crees que podrás hacerme un pequeño favor?
–Er… –Beth se quedó mirando su escritorio con expresión desconfiada–. ¿Qué clase de favor?
–Si la policía llega a ponerse en contacto contigo, tal vez podrías mencionarles que hemos tenido esta conversación.
–¿Qué conversación?
–Sobre Jamie Donovan. Y sobre que está intentando fastidiarme porque no le dejé que me follara por detrás –se echó a reír, como encantada consigo misma.
–Mónica…
–No tienes ni idea de cómo es. Ya conoces el perfil: una mujer jamás le ha dicho que no, así que se niega a aceptarlo cuando una lo hace. Es un mimado.
¿Mimado? Beth se apartó el auricular de la oreja para mirarlo por un momento, incrédula. Dijo la sartén al cazo…
–¿Pero cómo puede este asunto implicarme a mí? –preguntó al fin–. ¿Por qué habría de llamarme la policía?
–Bueno, ellos me llaman bastante a menudo, créeme. Así que si resultara que yo les mencionara que hemos tenido esta conversación…
–Sí, hemos tenido esta conversación. Pero eso no querrá decir nada si sospechan ya de ti, Mónica.
–Tal vez entonces tú deberías decirles que hemos tenido esta conversación hace seis meses.
Mónica había vuelto a dejarla sin aliento. Beth empezó a sacudir la cabeza. Y ya no dejó de hacerlo.
–No voy a mentir a la policía por ti.
–En realidad no es una mentira. Quiero decir, ¿no crees lo que te estoy diciendo? Jamie y yo supuestamente teníamos que tener una reunión de negocios, y, en lugar de ello, él me emborrachó con aquella asquerosa cerveza suya, me llevó a su casa y se aprovechó de mí. Fue entonces cuando yo…
–¿Que se aprovechó de ti? No es eso lo que me has dicho.
–Escúchame –siseó Mónica–. No voy a dejarme hundir por el imbécil de mi hermano. Yo no tengo ningún problema con el juego. Yo no me gasto el dinero en coca y prostitutas. Por mí, pueden echarle cincuenta años si quieren, pero yo no he hecho nada malo. Y tú… –aspiró profundamente, como si estuviera a punto de soltar un grito–. Tú… –gruñó–. Después de todo lo que mi familia hizo por ti, lo menos que puedes hacer es ayudarme.
–¿Perdón? ¿Qué es lo que tu familia hizo por mí?
–Las cenas, las presentaciones, los viajes a Aspen…
–Solo hubo un viaje a Aspen, y las cenas y todo lo demás fueron únicamente por ti.
–¿Por mí? ¿De qué diablos estás hablando?
Beth no quería decirle todo aquello. Mónica podía ser un bicho malo, pero a ella no le resultaba fácil herir los sentimientos de otra persona. Aun así, creía detectar una especie de condescendiente carcajada detrás de la voz de su antigua compañera. Casi podía escucharla.
–Tu padre pensaba que yo ejercía una influencia positiva sobre ti. Él me quería cerca porque no le gustaban todas aquellas chicas tan esnobs que se te pegaban continuamente.
–¿Mis amigas de la hermandad? ¿Cómo te atreves…?
–Habla con tu padre.
Por un momento, pareció como si Mónica no pudiera encontrar las palabras, pero al final dijo con tono vengativo:
–Escucha, pequeña zorra. Mi padre dejó que te acercaras a nosotros porque tenía lástima de ti. Eras pobre y modosita y siempre tuviste algo de sobrepeso. Nos lo debes, así que será mejor que me cubras las espaldas si la policía llega a ponerse en contacto contigo. ¿Entendido?
Beth colgó. No había nada más que decir. A Mónica no, desde luego. Esperó, con los hombros tensos y las manos apretadas, pero el teléfono no volvió a sonar. Era estúpido que pudiera dolerle escuchar aquellas palabras viniendo de alguien a quien ni quería ni respetaba, pero, aun así, le dolían. Sí, había sido pobre y tímida en aquel entonces, y no había sabido cómo vestirse para esconder su figura. Las blusas y pantalones grandes habían sido un error.
Esbozó una sonrisa. Más que cometer un error, lo que había estado haciendo era esconderse. Pero había aprendido. Así que al diablo con Mónica. Se suponía que la universidad era el lugar donde uno descubría cómo era en realidad por dentro. Ella había dado grandes pasos en ese sentido tanto en la universidad como después. Y Mónica no había cambiado nada de todo eso.
No para mejor, al menos.
Se quedó mirando fijamente el teléfono, sintiendo que debía hacer algo. Tenía que hacer algo, ¿no? Una mujer que estaba siendo investigada por la policía le había pedido que mintiera por ella. ¿Sería en aquel momento una cómplice? Pero si ni siquiera le habían puesto nunca una multa de tráfico…
Seguía sin entender aquel asunto del todo. ¿Cómo podía tener que ver Mónica con un robo? Si era incapaz de trepar por una verja con sus Manolo Blahniks…
Volvió a Google para documentarse sobre Graham Kendall, pero no encontró ningún detalle nuevo. Buscó luego la página web del departamento de policía de Boulder. No podía llamar al 911 por algo tan trivial. ¿Pero a quién podía llamar? ¿Al número estatal para delaciones anónimas de delitos importantes? Eso le parecía un tanto melodramático…
Continuó con la mirada fija en el teléfono, comiéndose las uñas hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se obligó a reprimirse.
¿Y si alguna parte de la historia de Mónica era cierta? ¿Y si Jamie se había aprovechado de ella? ¿Querrían los Donovan que ella fuera con aquel asunto a la policía?
No podía imaginarlo. El Jamie que había conocido había reaccionado ofendido a la mentira de Eric. Si Jamie Donovan hubiera sido un canalla arrogante e inmaduro, habría felicitado a su hermano por aquella supuesta hazaña. Por otro lado, una nunca podía saber cómo de miserables podían llegar a ser algunos hombres. Ella lo sabía por experiencia propia.
A los Donovan no les debía nada. Aunque era cierto que había animado a Roland Kendall a hacer negocios con ellos, ella no tenía la culpa de nada. Como mucho, a esas alturas estaban empatados, Eric y ella. Él le había mentido una y otra vez, y ella le había… presentado a una familia que había mentido, robado y arrastrado a la cervecería a una investigación de alcance internacional por fraude y estafa.
–Mierda –masculló.
No quería tener nada que ver con todo aquello. Y ciertamente tampoco quería volver a hablar con Eric. Pero, en aquel momento, disponía de una información que podía afectar a una investigación de la policía.
–Mierda.
No le quedaba otra opción.
Descolgó el teléfono, pero no llamó a la policía. En lugar de ello, llamó a la cervecería de los Donovan. Eric no estaba, así que esperó al contestador automático, sin saber si la cervecería dispondría de uno. De alguna manera, se imaginó recados anotados en servilletas, pero al final escuchó la grabación de la voz de Eric.
Cerró los ojos. Era una voz algo gruñona, grave y sexy a la vez, y Beth se vio de repente transportada a aquella noche de sábado y a sus fantasías sobre él.
Se encontró con un silencio expectante y de repente se dio cuenta de que ya había oído la señal.
–Oh, hola, Eric. Soy Beth. Cantrell. Quería hablar contigo de un asunto. Er… ¿podrías devolverme la llamada? –le dejó su número y colgó, algo bruscamente.
Encogida por dentro, esperó. Y esperó. Diez minutos después, se obligó a seguir trabajando. Al cabo de una hora, se dijo que debía dejar de preocuparse. Y, para el final de la jornada, se lo había sacado de la cabeza. Si él no quería volver a dirigirle la palabra, por ella estupendo. Adiós a todo aquel engorroso asunto. Ella solo había estado intentando ayudar.