Capítulo 8

 

El plan de Eric era no volver a poner los pies en la cervecería hasta el martes. En lugar de ello había estado trabajando en casa, haciendo llamadas y reservando hoteles para la fiesta de la cerveza que tendría lugar en Phoenix, en noviembre. No quería hablar con su familia, y cuando finalmente Tessa le llamó, no aceptó la llamada y activó la mensajería de voz.

Pero para el final de la jornada, estaba paseando de un lado a otro por su pequeño apartamento, desesperado por sentarse ante su escritorio y rematar los últimos detalles de su agenda que no podía hacer desde casa.

Para las seis y media, decidió que estaba a salvo. Hacía tiempo que Tessa debía de haberse marchado, y si Jamie aún seguía allí, estaría en la zona del pub. Podría entrar a escondidas, cerrar la puerta y trabajar durante una hora o dos más antes de regresar de nuevo a casa.

Cuando no vio ni el coche de Tessa ni el de Jamie en el aparcamiento, soltó un suspiro de alivio. Las tardes del lunes eran bastante tranquilas, así que dejó la barra en las capaces manos de Chester, que recientemente había sido promovido a supervisor para que Jamie pudiera dedicar más tiempo a sus planes del restaurante.

Eric entró así sin temor a encontrarse con algún miembro de su familia a quien debiera una disculpa, y se sentó ante su escritorio con una sombría sonrisa. Tenía quince mensajes en el contestador, pero sabía por experiencia que era mejor escucharlos después, una vez que hubiera acabado con sus tareas.

Se sumergió en el trabajo, el único lugar donde podía perderse a sí mismo, y se quedó sorprendido al levantar la vista una hora después y tomar conciencia de todo el tiempo que había pasado. Una vez enviado el último archivo de gráficos que debía a la agencia de publicidad, descolgó el teléfono y se dedicó a escuchar los mensajes. Distribuidores, la empresa cristalera, una pregunta de la junta de licores… Estaba distraído cuando un mensaje lo tomó por sorpresa. Una gran sorpresa. Eric anotó el número de Beth y colgó el teléfono, con el corazón súbitamente acelerado.

¿Qué querría? ¿Y por qué su voz había destilado tanta tensión?

Había supuesto que no la vería más, y aquel repentino cambio de expectativas le había acelerado el pulso. Agarró el teléfono y empezó a marcar su número, pero se interrumpió cuando aún no había pasado del prefijo.

Eran casi las ocho. Él ya había terminado allí. ¿Por qué no se presentaba en su tienda para poder usar aquello como una excusa para verla?

–Porque no quieres verla –se recordó mientras colgaba el teléfono. Lo cual era verdad, hasta cierto punto. No quería verla, pero quizá necesitara hacerlo. Porque hasta el último gramo de cansancio que había arrastrado consigo durante todo aquel día se había desvanecido ante esa posibilidad.

Ella no era la mujer adecuada para él. Lo odiaba. Y, sin embargo, le hacía sentirse vivo.

Tenía que ser un cuento tan antiguo como el tiempo, pero allí estaba él, contándoselo otra vez… Sí, allí estaba él, cerrando de golpe el ordenador, recogiendo su móvil y disponiéndose a salir disparado para The White Orchid.

–¿Por qué no? –masculló. Ella tal vez estuviera trabajando, y si no era así, siempre podría curiosear aquella tienda para descubrir los secretos que ocultaba.

Esa vez aparcó su coche justo delante de The White Orchid, ya que el aparcamiento estaba lleno. Las tardes de lunes eran flojas en la cervecería, pero parecía que con la boutique erótica la cosa funcionaba al revés. Quizá el estrés de la vuelta al trabajo fuera demasiado para alguna gente. Necesitaban un desahogo.

Reconoció el mismo deportivo rojo que había visto allí la otra semana y aparcó al lado.

De manera extraña, pese a haber dudado tanto durante su primera excursión, aquella vez ni siquiera vaciló. El lugar estaría lleno de clientas que quizá pudieran conocerlo, pero eso no podía importarle menos. Estaba demasiado concentrado en ver una vez más a Beth.

¿Llevaría alguna de aquellas fantásticas faldas ceñidas que había lucido en la feria? ¿Largas hasta las rodillas, de manera que apenas revelaban una porción de piel, pero que precisamente por eso mismo parecían más perversas? ¿O luciría esos tejanos apretados que tan bien delineaban las curvas de sus muslos? No le importaba que llevara una cosa o la otra, pero la expectación que le producía el hecho de estar a punto de descubrirlo le atenazaba el corazón.

Eric abrió la puerta, esperando ver clientas en parejas o en grupos, dispersas por la tienda. Su mirada seguía clavada en el mostrador, buscando a Beth, cuando se dio cuenta de que todo el mundo estaba reunido a un lado de la tienda. Sentado. Y Beth estaba delante de todas ellas, hablando…

–… la discusión sobre la existencia o no del punto G ha continuado hasta hoy, con cada bando insistiendo en los hechos que fundamentan su teoría. O bien no hay tal cosa como un punto G, ya que se trataría simplemente de un producto de la imaginación de una doctora demasiado entusiasta, o bien cada mujer tiene un punto G y, si no disfruta de esa clase de estímulos, es porque simplemente no lo está haciendo bien. Personalmente, no puedo descartar las experiencias femeninas sobre ambas versiones, pero no me corresponde a mí fijar una posición en uno u otro sentido. Simplemente estoy aquí para ayudaros a que exploréis las posibilidades, con la esperanza de que disfrutéis durante el proceso.

¿Una clase? Eric oyó las carcajadas que ella acababa de levantar y sacudió la cabeza. ¿Una clase?

Eso era lo que Tessa le había mencionado varias semanas atrás, cuando Jamie se metió en la conversación y le dijo a él que debería dejarse caer por allí a ver si podía aprender algo de aquella mujer. En aquel momento, Eric estuvo a punto de atragantarse con la horrorosa ironía de la situación. Había tenido su propia sesión personal con Beth Cantrell, y bastante había aprendido ya.

Pero aquello…

Beth estaba haciendo una descripción anatómica que sonaba un poco como a mapa del tesoro. Eric escuchó atentamente, porque jamás había oído nada parecido. La profesora de sus clases de educación sexual en el instituto ni siquiera había mencionado el clítoris, para no hablar de un punto G. Por lo que se refería al placer femenino, tanto él como el resto de sus compañeros habían quedado a merced de su propia imaginación. Una maldita injusticia, tanto para los chicos como para las chicas.

Pero aquella información era inestimable, y Eric pensó en tomar asiento. Acarició la idea, pero descubrió de pronto que era incapaz de moverse, petrificado ante la imagen de Beth gesticulando, dibujando aquella sapiencia sexual con las manos mientras disertaba tranquilamente sobre el cuerpo femenino. Su cuerpo. Estaba describiendo el órgano eréctil de la mujer y su correlación con la anatomía masculina, y en lo único que podía pensar él era en tocarla, en hacer que se humedeciera, que temblara y gritara de placer.

De repente se dio cuenta de que Beth había acabado de hablar y la gente la estaba aplaudiendo. Parpadeó varias veces, saliendo de su aturdimiento. ¿Había terminado? ¿Se había perdido algo? Pero no. Una mujer morena a la que reconoció de la feria ocupó el lugar de Beth y se puso a hablar de técnicas. Eric se arrepintió de no haber llevado un cuaderno de notas.

Beth se desplazó hasta situarse de pie a un lado del público, pegada a la pared. Lucía un modelo perfecto de traje de ejecutiva, como cuando la vio en la feria. ¿Cómo podía arreglárselas para hacer que una falda negra y una camisa gris de botones resultaran tan… inspiradores? ¿O eran solo sus generosas curvas? ¿Se trataría de aquel mismo rollo de profesora de escuela que le recordaba el maldito maniquí que había visto al pie de la caja registradora? ¿O sería tal vez el fulgor de la gargantilla rojo brillante que atraía su mirada hacia su cuello, con la intrigante porción de piel blanca que asomaba por encima del primer botón de la camisa?

Eric dividió su tiempo entre mirarla a ella y escuchar lo que estaba diciendo la otra mujer. Algo sobre presión y estimulación. Algo sobre el orgasmo femenino y…

Su mirada volvió a viajar hasta Beth, y descubrió de pronto que ella lo estaba mirando a su vez fijamente, con los labios entreabiertos de sorpresa.

Se irguió como si lo hubieran sorprendido haciendo algo malo. Carraspeó un poco y se removió inquieto. Ella continuaba mirándolo con fijeza.

Finalmente, Beth se apartó de la pared, se abrió paso discretamente entre el público y se acercó a él.

–¿Qué estás haciendo aquí? –susurró, aparentemente nada contenta de verlo.

–Perdona, pero hace apenas unos minutos que escuché tu mensaje. Me dirigía a mi casa, así que pensé acercarme por si estabas aquí. No sabía que, er… estuvieras dando una clase.

Un rubor se extendió por el rostro de Beth. Tenía que ser un rubor. Y, sin embargo, eso no podía ser cierto. Quizá fuera un rubor de furia, que no de vergüenza.

–¿De qué querías hablarme? –le preguntó él antes de que ella empezara a gritarle.

–Oh –dijo ella, volviéndose para mirar a su alrededor antes de señalar la puerta con la cabeza–. ¿Podemos hablar fuera?

–¿Has terminado? –Eric señaló a su vez a la mujer morena, que en aquel momento tenía los dedos dentro de un modelo anatómico femenino. Ladeó la cabeza para obtener una mejor vista.

–Cairo lo tiene todo controlado –se apresuró a asegurarle ella, tomándolo de un codo–. Vamos. Hablemos fuera de la tienda.

Apartó la mirada de la grácil mano femenina que acababa de desaparecer dentro de la carne plástica y siguió a Beth al aparcamiento. Ella caminó directamente hasta su coche y, cuando llegó, cruzó los brazos y se puso a caminar de un lado a otro del mismo. Eric descubrió inmediatamente sus tacones de aguja rojos. ¿Sería consciente de lo mucho que podían distraer a un hombre aquellos tacones? ¿O sería quizá por lo mucho que resaltaban sus piernas, haciendo que parecieran insoportablemente largas?

–¿Recuerdas aquella noche…? –Beth se interrumpió de golpe y dejó de pasear–. Quiero decir… –alzó la mirada hasta sus ojos, pero la desvió rápidamente–. Yo no sé si te acordarás de esto, pero en la feria te comenté que conocía a la familia Kendall.

Su mente empezó a dar vueltas. De todos los recuerdos que conservaba de aquella noche, aquel había ostentado una relevancia mínima.

–Sí –repuso, cruzando los brazos a la defensiva–. Me había olvidado.

–Yo no tenía ni idea de que… Ya lo sabes.

–¿Te refieres a sus otros planes?

Beth esbozó una mueca.

–Así es. Yo no me enteré hasta anoche mismo. No sé exactamente lo que sucedió, pero lo lamento.

Eric inclinó la cabeza a modo de reconocimiento, pero tenía la sensación de que detrás de aquello había algo más.

–No hay problema. Gracias.

Pensó que ella tenía amistad con alguien que había violado la seguridad de la cervecería e intentado hacer daño a sus empleados. Y, además, lo odiaba. Aquello no podía significar nada bueno.

–¿Estarías dispuesto a contarme lo que pasó realmente? –le pidió Beth.

–¿Por qué? –replicó él con mayor brusquedad de lo que había pretendido.

Ella tragó saliva, desviando de nuevo la mirada. Como si se sintiera culpable. Como si hubiera hecho algo malo.

–Mira –le dijo Eric–. Si conoces a esa familia, eso es asunto suyo. Pero no esperes que yo vaya a ayudarlos solo porque me sienta culpable de lo que te hice a ti. Si es verdad que conoces bien a Graham Kendall…

–¡No! No se trata de eso en absoluto. Es un tema complicado. Conozco a la familia desde hace mucho tiempo, y yo…

–¿Y deseas ayudarlos? –inquirió Eric, descorazonado.

–No. Es que… creo que yo podría ser responsable. Eso es todo.

Eric descruzó los brazos y retrocedió un paso. Aquello no era para nada lo que se había esperado.

 

 

–¿Perdón?

Beth se abrazó con fuerza y caminó hasta el morro de su coche antes de volverse nuevamente hacia Eric.

–Beth, ¿de qué estás hablando?

–Aquella noche, en el hotel. Tú me llamaste para darme el número de habitación –sintió cómo se calentaba su cuerpo solo de pronunciar las palabras, así como el rubor que se extendía por su rostro–. Yo me dirigía al ascensor cuando vi a Roland Kendall. No debía haber dicho nada, ya lo sé, pero estaba azorada, nerviosa. Le dije que me había enterado de que estaba negociando un contrato con la cervecería.

–Ya.

–Kendall me comentó que al final no iba a firmar con Donovan Brothers, pero yo le pedí que te diera una oportunidad. Le aseguré que eras un buen tipo. Y, en aquel momento, yo creía que estaba hablando de ti…

–Beth, ¿qué tiene esto que ver con Graham?

–Roland Kendall te llamó cerca de una hora después. Creo que fui yo quien le convenció de que firmara con Donovan Brothers.

Eric sacudió la cabeza.

–En cualquier caso, tú no tienes ninguna responsabilidad sobre lo que sucedió después.

–Entonces… ¿estarías dispuesto a contarme lo que sucedió? Por favor…

No parecía nada contento. Su gesto ceñudo hacía que a Beth le entraran ganas de deshacerse en disculpas y prometerle que nunca más volvería a hacerlo… fuera lo que fuera que había hecho.

–Eric…

–Te lo contaré. Además, es un asunto que ya es materia pública.

Beth asintió y se quedó callada. Quería saber su versión antes de contarle lo que había ocurrido. Saber hasta qué punto debería sentirse indignada por la intolerable exigencia de Mónica.

–El caso es que Roland Kendall me llamó y finalmente aceptó reunirse con nosotros.

Ella lo miraba fijamente, consciente de la chispa que no dejaba de arder entre ellos. Recordaba que Roland Kendall había llamado a Eric cuando ella todavía seguía en la habitación de hotel, desnuda. Él aún había seguido hablando por teléfono cuando ella se vistió apresuradamente y se escabulló de allí.

–La reunión fue bien –explicó Eric–. Verdaderamente bien. De hecho, llegamos a un acuerdo. Un mes después, estábamos esperando a que Kendall firmara el contrato cuando la cervecería fue atracada. No se llevaron más que un barrilito de cerveza y los ordenadores. Un robo similar a otros que se habían producido en la zona. Al principio, pensamos que habíamos sido una víctima más, elegida al azar.

Beth asintió.

–¿Y luego?

–Luego el detective encargado del caso encontró una huella, y resultó que pertenecía a Graham Kendall. A partir de aquí, todo se fue desenredando solo. Al parecer, había estado haciendo lo mismo en Denver el año anterior. Si terminamos entrando en el círculo de afectados fue porque estábamos en su radar, creo yo.

–¿Y ya está? ¿Eso es todo? –preguntó ella. Había vuelto a cruzarse de brazos y seguía muy tensa.

–Básicamente –recorrió su cuerpo con la mirada–. Tienes frío. Toma.

Se sacó unas llaves de un bolsillo y el todoterreno que estaba al lado de su deportivo se desbloqueó. El resplandor de las luces le recordó a Beth que estaba empezando a oscurecer. Estaba mirando a su alrededor cuando se encendieron de golpe las luces del aparcamiento del restaurante que estaba al otro lado de la calle.

Eric le echó entonces su cazadora sobre los hombros.

–Gracias –murmuró. El frío cuero crujió cuando se lo cerró sobre su cuerpo, pero su propio calor corporal no tardó en calentarlo. Mientras lo hacía, reconoció su olor impregnado en la prenda. De hecho, tuvo que cerrar los ojos ante el aroma de su cuerpo, de su jabón… Un aroma que parecía envolverla y robarle hasta el último aliento.

–¿Por qué quieres saberlo? –le preguntó él de pronto.

Beth abrió los ojos y tuvo la impresión de que había oscurecido mucho durante aquellos últimos segundos. Todavía podía ver claramente a Eric, pero su imagen se había desdibujado. Como si aquello no fuera real. Una sensación de anhelo presionaba contra su esternón, como si no tuviera espacio suficiente dentro de su pecho.

–¿Entonces Mónica no tuvo nada que ver con esto?

Toda aquella ternura que había destilado el cuerpo de Eric desapareció de golpe.

–¿Mónica Kendall? ¿Por qué?

No era la reacción que Beth había estado buscando. Suspirando, se envolvió mejor en su cazadora.

–¿Tuvo ella algo que ver con el asunto?

Eric desvió la mirada.

–Si ella es amiga tuya, no quiero decirte nada.

–No lo es. Simplemente fuimos compañeras de habitación en nuestro primer año en la universidad. Eso es todo.

–¿Pero entonces por qué estás preguntando por ella ahora?

Beth vaciló. Deseaba escuchar primero su versión de la historia, pero, obviamente, él sospechaba.

–Porque ella me llamó hoy. Y quiero saber la verdad.

Sabía que lo que Mónica le había dicho no era la verdad, porque no se habría molestado en hacerlo si una mentira podía hacerla aparecer bajo una mejor luz.

–No estoy seguro de que deba decirte esto –Eric volvió a desviar la mirada, contemplando fijamente las luces del restaurante.

–No se lo diré a nadie. Y creo que me merezco un poco de verdad.

Aquello lo impulsó a volverse hacia ella. Las distantes luces arrancaron un reflejo a sus ojos, de un brillo plateado.

–Cierto –reconoció, y aquella simple palabra hizo que Beth se sintiera cien veces mejor que con todas sus disculpas y explicaciones–. Está bien. Mónica estuvo allí la noche en que se produjo el robo en la cervecería.

–¿Ella colaboró en el allanamiento? –frunció el ceño ante el ridículo de una idea semejante, pero él ya estaba negando con la cabeza.

–No. Estaba en la zona del pub. Había tomado unas cervezas y le dijo luego a Jamie que necesitaba que la llevara a casa. Aprovechando que él estaba en la trastienda, ella descorrió el cerrojo de la puerta principal. Ellos se marcharon por la trasera. Fue allí donde él conectó la alarma.

–¿Y ella fue testigo?

–Estaba justamente allí.

Beth asintió.

–¿Ella le pidió que la llevara a su casa?

–Así es.

Beth sabía por el tono de su voz que le estaba ocultando algo, y se figuró que tendría que ver con lo que habría sucedido cuando fueron los dos a casa de Mónica.

–Cuando Mónica me llamó hoy, me dijo que Jamie había dado su nombre a la policía porque ella se negó a verlo más después de aquella noche.

–Eso es una descarada mentira, perdona que te diga. Varias semanas después, ella volvió a la cervecería y montó una bronca en el pub. Yo mismo asistí a la discusión. Lo que dijo… no tenía nada que ver con que Jamie deseara salir con ella. Más bien todo lo contrario.

Beth tomó entonces una decisión. Aquella historia sí que sonaba verosímil. Encajaba con lo que ella sabía sobre Mónica y sobre su repugnante hermano.

–Eric, la razón por la que te llamé es porque… Mónica me pidió que mintiera a la policía.

–¿Que ella qué?

–Le dejé un mensaje de voz este fin de semana, preguntándole por lo que había pasado entre su familia y la cervecería. Cuando hoy me devolvió la llamada, me dijo que su hermano había allanado la cervecería y que ella se había visto implicada en el asunto por culpa de Jamie. Me dijo que Jamie había dado su nombre a la policía porque ella se había acostado con él y después se había negado a verlo más.

–Eso es una mentira verdaderamente pasmosa. ¿Pero eso qué tiene que ver con que tú vayas a mentirle a la policía? Tú ni siquiera estás implicada en el asunto.

–Mónica me pidió que le dijera a la policía… si acaso la policía me llamaba a mí… que habíamos tenido esta conversación meses atrás, justo después del allanamiento. Antes de que los Kendall aparecieran como sospechosos.

–Ah. Entiendo. ¿Y tú no quisiste seguirle el juego?

–¡Por supuesto que no! ¿Por qué habría de hacerlo?

Eric se removió incómodo, pateando suavemente un guijarro por el asfalto.

–Porque debes de odiarme. Y porque muy probablemente piensas que nosotros no somos gente de fiar. Gente legal.

–Yo no pienso eso. Y no te odio –sacudió la cabeza, intentando superar la furia que él le había provocado–. Mira, sé que solamente me mentiste en un nombre. Eso no cambia lo que sucedió. Y sin embargo… lo cambia, ¿no te parece?

Eric bajó la mirada al suelo, con los puños en las caderas.

–Es la cosa más estúpida que he hecho en mi vida. No me refiero a… –levantó la vista con los ojos entrecerrados–, no me refiero a lo que hicimos. De eso no me arrepiento. Pero sí de lo otro. Porque no quiero que tú te arrepientas de lo que pasó aquella noche. Me mataría que lo hicieras.

¿Se arrepentía ella? A pesar de su furia, sabía que no podía hacerlo. Aquella única noche con Eric había sido una revelación. Toda su vida adulta la había dedicado a ayudar a las mujeres a encontrar la satisfacción sexual en sus vidas, de cualquier manera posible. Había estudiado sexología y antropología, a la vez que estudios de género en la universidad. Le encantaba saber más sobre la compleja fórmula de costumbres sociales y preferencias personales que conformaban la experiencia de cada mujer. Entendía todo aquello en lo más profundo de su corazón y de su mente. Y sin embargo no podía traducir toda aquella inútil información en una satisfacción sexual para sí misma.

No podía relajarse. Y no podía confiar. Y a pesar de los orgasmos que tanto defendía en las otras mujeres, no había sido capaz de perderse ella misma en la experiencia ni una sola vez. Hasta que llegó Eric.

Compartían una especie de química. Algo parecido a una chispa, solo que mucho más vibrante e intensa.

–No me arrepiento –declaró al fin, y las palabras parecieron fundirse con el azul oscuro del cielo.

Eric ladeó la cabeza como si no hubiera oído bien.

–Que no me arrepiento –repitió Beth, algo más alto. Y era la verdad.

–¿No?

No. Volvería a hacerlo una y otra vez, si no temiera perderse de nuevo en ello. En él…

–Tú… –Eric se acercó, reduciendo la distancia que los separaba a menos de medio paso–. No tenías por qué llamarme, después de lo que te hice. No me debías nada: al contrario. Gracias por ser tan generosa.

Beth se dispuso a encogerse de hombros cuando él estiró una mano hacia ella. Una mano morena, del color de una sombra al atardecer. Pero que sintió tan cálida como un mediodía de verano cuando aquellos dedos tocaron su mejilla.

–Y gracias también por no arrepentirte de aquella noche.

Beth se obligó a no girar la cara para refugiarse en aquella mano. Para no ponerse a ronronear como un gato. Pero sí se permitió cerrar los ojos para sentir mejor su piel contra la suya. Los nervios le bailaban. El aliento le aleteaba en el pecho como las alas de un pájaro.

Llegó a pensar que se había acercado más. Que podía sentir su aliento acariciándole los labios. Se quedó muy quieta, sin aproximarse a su vez, lo cual era la única concesión que podía hacer después de su anterior disgusto con él. «No te lances a sus brazos. No se lo merece. Por muy bien que huela. Por muy bien que…».

Sintió sus labios acariciando los suyos. Sus dedos se abrieron sobre su mejilla y le ladearon la cara lo suficiente como para que sus bocas se fundieran a la perfección. Beth suspiró, entreabrió los labios y entonces lo saboreó.

Los recuerdos anegaron su cuerpo con la delicadeza de una ola embravecida. Estaba a punto de soltar un lastimoso gemido cuando una repentina luz los envolvió y Eric se apartó bruscamente.

–¿Qué diablos…? –masculló.

Beth parpadeó varias veces como una liebre deslumbrada por los faros de un coche. Luces intensas. Se llevó los dedos a los labios, rompiendo el hechizo, y solo entonces se dio cuenta de lo que había sucedido.

–Las farolas del aparcamiento –susurró–. Es tarde.

Eric hundió las manos en los bolsillos del pantalón, mirando ceñudo la farola encendida que se alzaba delante del deportivo de Beth. Estaban directamente en medio de un brillante círculo de luz.

–Tendré que ajustar los sensores –terminó ella, con voz débil.

–Sí, será mejor que lo hagas –dijo Eric, esbozando una sonrisa–. Antes de que le des un susto de muerte a alguien más.

Beth descubrió que seguía presionándose los labios con los dedos y dejó caer la mano.

–¿Crees que debería llamar a la policía?

–Yo… ¿eh?

–Por lo de Mónica.

–¡Oh! Dios mío, pensaba que querías decir… –movió una mano y reprimió una carcajada–. Perdona. Esta ha sido una semana muy rara.

–Me alegro de no haber sido la única en advertirlo.

–Ya –se pasó una mano por el pelo y sacudió la cabeza–. Si estás de acuerdo en esperar, hablaré con el detective encargado del caso. Está saliendo con mi hermana, así que le abordaré a ver si puede hacer algo al respecto. ¿Te parece bien?

–Sí.

–De acuerdo –dijo, volviéndose a pasar una mano por el pelo–. Entonces… gracias. Debería… Toma –echó mano a la cartera y sacó una tarjeta–. El segundo número es el de mi móvil. Llámame siempre que te preocupe algo. No quiero perderte otra vez.

¿La había perdido?

–Oh –murmuró Beth, dándose cuenta de lo que había querido decir. Por supuesto que no la había perdido. Si apenas la conocía…–. Será mejor que vuelva a entrar –dijo con demasiado retraso–. Adiós.

Se marchó, deseando poder volver para besarlo de nuevo. Deseando que el hecho de lanzarse a sus brazos no tuviera por qué lastimar su orgullo, y al diablo con las luces del aparcamiento. ¿La estaría observando? ¿Querría que se detuviese?

–Beth –dijo él, y ella se giró con tanta rapidez que casi se tambaleó. Al diablo con su orgullo.

Eric se le aproximó, sonriendo como si hubiera adivinado exactamente lo que había estado pensando. Estiró una mano hacia ella y dijo:

–Mi cazadora.

Seguía esperando a que la tocara, a que la tomara de la barbilla y le ladeara la cabeza para poder besarla de nuevo. Un beso de verdad esa vez. Y no…

–Oh –pronunció al fin–. Claro.

–Si tienes frío, puedes…

–No. Pero gracias –se la quitó, obligándose a resignarse al frío de la noche y al hecho de que Eric no iba a besarla–. Gracias –repitió.

Estremeciéndose, regresó a la vida en la que fingía ser una mujer vibrante y sensual… lejos de la vida que realmente llevaba.