–Vamos –suplicó Cairo–. Será divertido.
Beth sacudió la cabeza.
–No. Estoy exhausta.
–¡Si solo son las ocho!
–Llevo aquí desde las ocho de la mañana. Anoche apenas pegué ojo, y es martes. Ni hablar de gran fiesta nocturna –solo quería marcharse a casa. Después de haberse pasado toda la noche dando vueltas en la cama, estaba en disposición de dormir durante doce horas seguidas.
–Por favoooor –insistió Cairo, juntando las manos bajo la barbilla y mirando a Beth con sus enormes ojos castaños–. ¡Por favor, por favor! Sé de seguro que Davis estará allí.
–¿Davis? –por un momento, Beth fue incapaz de identificar el nombre–. Ah, Davis. ¿Cómo sabes que estará allí?
–Porque es el guitarrista de la banda.
¿Le había dicho que estaba en una banda? Le sonaba vagamente familiar. Lo cual constituía precisamente la razón por la cual no podía ver a Eric fingiendo naturalidad. El jueves por la noche había pasado una hora entera con Davis y apenas se acordaba de nada sobre él. Excepto del desafortunadamente vívido detalle que Cairo le había revelado.
–Oh, al diablo –masculló. Quizá la carne masculina depilada no fuera una idea tan mala, después de todo. Quizá le vendría bien sacudir un poco su pequeño y tranquilo mundo–. De acuerdo. Cuenta conmigo.
–¡Bien! Vamos. El primer tema empezará en cualquier momento.
Fue así como Beth se encontró en un bar universitario a eso de las nueve de la noche de aquel martes, representando el papel de chica del guitarrista de la banda. Llevaba tejanos, al menos, de manera que iba solo moderadamente arreglada con una blusa de seda y tacones de aguja. Por suerte, Cairo lucía su habitual estilo de ama de casa de los años cincuenta con sus zapatitos de tacón con lazo. Llevaba incluso una pequeña flor blanca en el pelo, que parecía resplandecer en contraste con su melenita negra. Llamaban la atención las dos entre las jóvenes universitarias con leotardos y camisetas con capas, pero al menos llamaban la atención juntas.
El novio de Cairo, uno de los dos que tenía, tocaba el bajo esa noche. El otro acababa de llegar y estaba sentado en aquel momento junto a ella, tomándola de la mano. Beth lanzó una furtiva mirada al bajista, Rex, espiando curiosa su reacción. Pero no hubo ninguna. Aquella situación era perfectamente normal para ellos. Beth se quedaba fascinada cada vez que los veía juntos. No parecían discutir en absoluto, mientras que ella tenía la sensación de estar siempre agitándose por dentro.
Estallaron los aplausos y solo entonces se dio cuenta de que el tema había terminado. Aplaudió también y miró a Davis, impresionada pese a su distracción. Era un gran guitarrista. Diestro y delicado. No se exhibía. Simplemente tocaba con una tranquila confianza. Pensó que quizá debería darle alguna oportunidad más…
El vocalista era un rapero jamaicano… o al menos fingía ser de Jamaica. Los estudiantes universitarios tenían predilección por todo lo jamaicano, al fin y al cabo. Aun así, el tipo era bueno. Aunque Beth no era aficionada al rap, tenía que admitir que era magnífico, sobre todo acompañado por aquella banda.
Davis finalmente bajó del escenario.
–Gracias por venir –dijo mientras sacaba una silla y se sentaba a su lado.
–Sonáis estupendamente. De verdad que estoy impresionada.
Davis sonrió.
–Se necesita mucho compromiso para mantener una banda después de la universidad. Después de una jornada entera de trabajo, ensayar ya no es tan divertido.
–Pues se nota que a ti te encanta –repuso ella. Procuró concentrarse en Davis durante los diez minutos siguientes, porque consideraba que se lo merecía. Era un tipo divertido. Con talento. Y ella podía distinguir el creciente interés que brillaba en sus ojos mientras hablaban. Advirtió la manera sutil con que su mirada resbalaba por sus piernas cada vez que se volvía para hablar con el batería. Incluso podía sentir ella misma una cálida reacción hacia él… Gracias a Dios. No solo estaba Eric. No era él el único hombre al que deseaba.
Pero… no podía mentirse tan fácilmente a sí misma. Sí, estaba interesada en Davis. Al igual que anteriormente había estado interesada en otros hombres, con algunos de los cuales se había acostado y con otros no. Pero no sentía aquella tremenda, maravillosa necesidad. La tentación de presionar el rostro contra su cuello y de respirar su aroma, de dejar que la llevara a su casa para que hiciera con ella lo que quisiera…
–Estás estupenda, por cierto –comentó de repente Davis, recorriéndola nuevamente con la mirada, desde la cabeza hasta los tacones de aguja.
–Gracias.
–Admito que tengo una especial debilidad por los tacones.
Ella sonrió, sintiendo de nuevo un agradable calor por dentro.
–Y yo.
Cuando ella bajó su bebida, él le puso una mano sobre la rodilla. Beth sintió que el corazón le daba un vuelco. Experimentó una sensación…. extraña. ¿Buena o mala? En cualquier caso, era mejor que nada, que era precisamente lo único que había estado consiguiendo últimamente.
–Hey –dijo Davis, señalando el escenario donde el batería ya estaba ocupando su lugar–. Tenemos que volver a actuar. Para las diez habremos acabado. ¿Seguirás por aquí?
Beth se hizo la misma pregunta. Bajó la mirada a su mano, que seguía sobre su rodilla. Era una mano bonita. Elegante. De dedos largos. Con pequeñas callosidades en las yemas, de tocar la guitarra.
–Podríamos ir a algún sitio después –propuso él.
–De acuerdo. Sí –aceptó mientras intentaba convencerse a sí misma de que estaba haciendo lo correcto. Necesitaba dejar atrás a Eric de una vez por todas. No podía seguir manteniendo aquella relación unilateral con sus propios recuerdos. Y si su corazón se ponía a latir de pánico más que de emoción… bueno, al diablo con él. Tenía que salir de aquella situación.
–Estupendo –sonrió él, y le apretó la rodilla por un instante antes de bajar nuevamente la mirada a sus tacones–. Hasta luego entonces.
Beth intentó aparentar una ilusionada expectación, pero su cabeza estaba ya trabajando sin cesar. ¿A dónde irían después? ¿A su casa? Solamente se habían besado aquella única vez. ¿Estaría preparada para aquello? El corazón le atronaba en el pecho, y cuando empezó la música, los agudos acordes de la guitarra la hicieron dar un respingo.
«Cálmate», se ordenó. «Te estás comportando de manera ridícula. Puedes hacer, o no, cualquier cosa que quieras».
Sí. Quizá fueran a su casa. Y eso estaría bien. Allí podrían besarse y ver a dónde les conducía eso… Simplemente. Ver si experimentaba las sensaciones adecuadas. La cosa no era para tanto.
Pero, de repente, los comentarios que le había hecho sobre sus zapatos de tacón empezaron a rodar por su inquieto cerebro. Sacudió la cabeza. Le gustaban los tacones, ¿y qué? A la mayor parte de los hombres les gustaba. La cosa no era para tanto.
¿Pero y si tenía una obsesión por los zapatos de tacón? ¿Y si se empeñaba en que los llevara cada vez que se acostaban juntos, por ejemplo? ¿Y si quería lamérselos? No sería la primera vez que le había sucedido eso. El único hombre que…
–¡Beth!
Se giró hacia Cairo, tremendamente aliviada por la distracción.
–Harrison está reuniendo un grupo para hacer escalada en roca el próximo fin de semana. ¿Querrás venir?
–Oh, yo no escalo.
–Yo tampoco, pero será bonito verlos –dedicó un segundo a lanzar un pícaro guiño a Harrison y una sonrisa, antes de volverse nuevamente hacia ella–. Podrías pegarte a mí. Prepararemos un picnic mientras ellos escalan.
Beth se echó a reír, imaginándose a Cairo en el borde de un precipicio, luciendo un vestido y adornada de perlas, con los tatuajes de sus brazos asomando por debajo de las mangas cada vez que servía un plato sobre la manta de picnic.
–Eso suena divertido.
–Yo podría enseñarte también las técnicas básicas –le ofreció Harrison–. Si quisieras intentar una subida fácil.
Beth se encogió por dentro.
–Ya veremos lo valiente que me siento –pero encontraba la idea sorprendentemente tentadora. Un poco inquietante, quizá, pero aun así divertida. Todo lo cual era exactamente lo que no sentía hacia Davis. En lugar de ello… la sensación que le inspiraba era más bien extraña. Incómoda. Y no era así como debería sentirse. Estaba cometiendo un error. Intentando forzar el asunto porque la noche anterior había vuelto sola a casa y se había sentido fatal, pensando en Eric. Una vez más.
En aquel momento estaba perdiendo de vista la lección que había aprendido de la noche que había pasado con Eric. Aquella noche, finalmente, había alcanzado la sensación que se había pasado toda la vida buscando. Aquel lugar donde no podía pensar, porque había estado demasiado ocupada viviendo el presente.
Aquella primera noche, cuando se encontraron en el bar de la bodega… cuando él la tocó, se sintió perdida. Tan perdida que había sido capaz de abrirse de piernas debajo de la mesa, cerrar los ojos y dejar que la tocara justo allí. Y precisamente en un lugar público, donde debería haber estado preocupándose de que la viera alguien…
–Cairo –dijo Beth, inclinándose hacia su amiga para tocarle el brazo–. Le dije a Davis que me quedaría a esperarlo para salir luego por ahí, pero estoy agotada. Necesito irme a casa a dormir. ¿Te disculparás con él de mi parte? ¿Lo harás?
–Claro. ¿Te encuentras bien? Últimamente has estado un poco rara.
–Sí, estoy bien. Pero esto ha sido divertido. Muchas gracias por invitarme –buscó la mirada de Davis, pero el guitarrista estaba pendiente del cantante, a la espera de que le diera entrada, y no alzó la vista cuando ella se marchó.
Había aprendido algo importante seis meses atrás, pero la lección estaba empezando a desvanecerse. Era capaz de experimentar una absoluta satisfacción sexual. Podía alcanzar aquella sensación que había estado buscando durante tantos años. La clave estribaba en escuchar a su propio cuerpo. No importaba lo atractivo que pareciera un hombre sobre el papel o lo muy interesante que lo encontrara. Lo que siempre había echado de menos en su vida era la química.
Y eso era lo que había encontrado con Eric. Podía volver a encontrarla con otro hombre, cierto. Pero quizá lo que necesitaba fuera una actualización, un recordatorio de la sensación de aquella chispa cuando explotaba en llamas y la hacía estremecerse de pies a cabeza…
Experimentó un escalofrío cuando salió al exterior. Se le endurecieron los pezones, pero no pensaba que eso tuviera que ver con el aire frío de la noche. Era la perspectiva de volver a experimentar aquella sensación. De perderse a sí misma en el placer.
¿Por qué diablos habían acordado limitar su relación a una sola noche? ¿Por qué no podían tener algo más duradero? ¿Por qué no podían hacer lo que hacían los demás adultos, y utilizarse mutuamente cuando sintieran la necesidad de hacerlo? Aquello no tenía por qué significar nada más.
La mentira de Eric pendía sobre ella como una advertencia, pero… ¿qué diablos tenía que ver su nombre con lo que él le había hecho a su cuerpo? Nada. Nada en absoluto.
Beth pensó en la tarjeta de Eric que había dejado en la mesa del salón. Pensó en llamarlo. Imaginó su reacción. Y, esa vez, la adrenalina que bombeaba por sus venas no la urgió a salir corriendo para escapar de él.
Otro día terriblemente tenso había dejado a Eric con un ceño permanente en el rostro. Su único alivio había sido la oportunidad de encerrarse en la sala de embotellado, y aquel espacio ruidoso y ajetreado había constituido su salvación. Tessa le había dirigido la palabra varias veces, pero incluso ella se había dado finalmente por vencida. Jamie ni siquiera se había dignado mirarlo.
Al menos los nudillos habían dejado de dolerle, lo cual representaba un agradable alivio del constante recordatorio de que había pegado a su hermano pequeño en la cara.
Eric estaba respirando tranquilo por primera vez en aquel día, mientras se disponía a meter el coche en el garaje, cuando descubrió el coche de Tessa aparcado en la acera. Al ver a Jamie sentado en el minúsculo porche de su apartamento, soltó un gruñido. ¿Qué diablos era aquello? ¿Algún tipo de operación conjunta? Por un momento, pensó en escapar de allí.
Pero de repente los faros de su coche iluminaron el parabrisas del de Tessa y, a través de la lluvia, vio que seguía dentro. El detalle bastó para animarlo a acercarse, colocando el vehículo en paralelo, y bajar el cristal de la ventanilla. La lluvia le salpicó la cara mientras esperaba a que ella bajara también el cristal.
–¿Qué pasa? –gritó para hacerse oír.
–¡Tenemos que hablar! –gritó ella a su vez.
–Ahora no me apetece.
–¡Pues lo siento! –replicó Tessa, y subió el cristal para evitar una mayor discusión, de modo que a Eric no le quedó otra que suspirar y meter el coche en el garaje contiguo.
Pero cuando salió, lo único que vio del coche de Tessa fueron sus luces traseras desapareciendo en la noche.
–¡Hey! –gritó Jamie, saliendo del porche para echar a correr detrás de ella. Cuando las luces desaparecieron del todo, Jamie se detuvo en seco.
Ya de regreso en el porche, fulminó a Eric como si estuviera pensando en iniciar otra pelea de puños.
–¿Qué diablos está pasando aquí? –exigió saber Eric.
–No tengo la menor idea. Tessa me trajo hasta aquí, insistiendo durante todo el tiempo en que necesitábamos arreglar las cosas. Pero cuando me bajé de su coche, ella echó el seguro y ya no me dejó volver a subir.
–¿Te dejó fuera?
–¡Y ahora acaba de salir pitando!
–La muy pilluela… –gruñó–. Nos está obligando a pasar tiempo juntos.
–Llamaré a Olivia.
Eric puso los ojos en blanco.
–No seas ridículo. Yo te llevaré. Seguro que podremos soportar estar sentados en el mismo coche durante cinco minutos.
–O podría volverme a casa andando –masculló Jamie.
Eric señaló su coche en la cabeza. Segundos después, Jamie entró finalmente en la casa y se dirigió al garaje. Pero cuando Eric se sentó al volante, no arrancó en seguida. Su hermano se removió incómodo.
–Lo siento –le dijo Eric con tono suave–. Lamento de verdad haberte pegado.
Jamie suspiró.
–Ya lo sé.
–No sé qué me pasó.
–Yo fui muy duro contigo.
–Ya lo habías sido antes, pero yo siempre me las arreglé para comportarme como una persona cuerda.
Jamie se encogió de hombros y se recostó en el asiento, de manera que Eric arrancó el coche y salió del garaje. La casa de Jamie estaba a solo unos kilómetros de distancia. Si no hubiera estado lloviendo, probablemente habría regresado caminando tan pronto como Tessa lo dejó fuera.
Estaban ya a medio camino cuando Jamie dijo:
–Puedo arreglármelas, ¿sabes?
–¿A qué te refieres? –le preguntó Jamie.
–A todo. Todas mis obligaciones en la cervecería. Puedo hacerles frente. Así que no te preocupes.
–No me preocupa que no puedas hacerlo. Estaba intentando ayudarte, de verdad que sí. Ahora tienes a Olivia, más todos estos planes para el restaurante… Eso fue lo único que pensé. Quería ayudarte.
Jamie no respondió de inmediato. Al cabo de unos segundos, sin embargo, asintió con la cabeza.
Y eso fue todo. Todo volvía a estar bien. Eric aparcó frente a la casa de Jamie.
–Gracias por traerme –dijo su hermano, y abrió la puerta. Pero se detuvo antes de bajar–. Hey, una cosa. Cambiando de tema. Era muy atractiva.
–¿Quién?
–La mujer que fue al pub. Me habría quedado de piedra si no hubiera estado tan enfadado. De las que juegan en una liga diferente a la tuya, tío. Absolutamente sexy.
–Vaya, gracias.
–Ni siquiera sabía que jugaras en una liga, francamente.
–Baja –le ordenó Eric, aunque estaba haciendo esfuerzos por no sonreírse. Beth era sexy. Jugaba en una liga diferente de la suya. Superior. Y estaba tremendamente impresionado consigo mismo por haberla abordado desde un principio.
Se sintió algo mejor mientras se alejaba de allí. De regreso a su habitual carga de tensión en lugar de aquel nuevo nivel de furia y arrepentimiento. Se había arreglado con Jamie, y Beth se había quedado… bueno, no le había parecido que estuviera enfadada cuando la dejó el lunes. Aunque no podía entender cómo había podido terminar besándola. Y cómo era que ella se lo había consentido.
En cualquier caso, ¿a quién diablos le importaba? Estaba sonriendo en aquel momento, así que si podía dejar de preocuparse por cualquier otra cosa hasta la mañana siguiente, se conformaría con eso y sería feliz.
De repente le sonó el móvil. Se lo sacó de la chaqueta, sabiendo exactamente a quién pertenecía la llamada.
–Hemos hecho las paces –dijo.
–¡Bien! –chilló Tessa.
–Buenas noches –colgó, todavía sonriendo mientras se detenía ante un semáforo en rojo. Tessa era un caso, pero siempre sabía exactamente lo que había que hacer en un problema. Quizá debería entregarle su parte de la cervecería y dejar que ella la gestionara.
El móvil volvió a sonar.
–Todo marcha perfectamente –dijo Eric–. Así que deja en paz el tema.
–Oh –exclamó una voz femenina–. ¿Que deje qué tema?
No era Tessa. Eric bajó el teléfono para ver quién llamaba. Dios, aquella voz encajaba tan bien con el nombre…
–¿Beth?
–Hola.
–Perdona. Creía que era otra persona.
–Qué alivio.
El semáforo cambió a verde, pero Eric se hizo a un lado y aparcó antes de seguir conduciendo. No podía conducir y hablar con Beth al mismo tiempo. Se distraía demasiado.
–¿Y bien? Beth Cantrell.
–La misma.
Frunció el ceño ante el nerviosismo de su voz.
–¿Qué ocurre?
–Oh, quería saber lo que pasó con el detective.
Por supuesto. Sus hombros se abatieron levemente.
–Le conté exactamente lo que tú me dijiste. Tomó nota de ello. Puede que salga en el juicio, pero no afectará a la investigación.
–Entiendo. Tiene sentido.
–Me dijo que se pondría en contacto contigo en caso de que necesitara utilizar tu historia.
–Bien. De acuerdo.
–De acuerdo –repitió, consciente de la creciente incomodidad de la situación. Una señal, quizá, de que lo mejor era dejar las cosas tal como estaban. Eran demasiado distintos. Lo único que habían compartido era sexo. Pero un sexo endiabladamente bueno.
–Gracias… –empezó él, pero Beth lo interrumpió:
–¿Te apetece acercarte a mi casa?
Eric parpadeó varias veces, convencido de que había oído mal. Beth había hablado muy rápido, después de todo, atropellando las palabras.
–¿Perdón?
–¿Te apetecería… acercarte a mi casa?
–¿Esta noche? –miró el reloj de la guantera. Las diez y media.
–Sí.
Tenía la sensación de no estar comprendiendo nada. Ella no podía referirse a…
–Sé que teníamos un trato. Así que lo entenderé si esto te parece una salida de tono.
–No –dijo él–. ¡No! No es ninguna salida de tono. En absoluto.
–¿Entonces?
–Sí –¿no acababa de decirlo? Se suponía que no tenía que volver a verlo. Ese había sido el trato. Una sola noche. Nada más.
–¿Sí? –inquirió ella, como si le estuviera dando la oportunidad de que cambiara de idea.
Debería decirle que no. ¿Pero a quién diablos estaba intentando proteger? Él no era el mismo hombre que seis meses atrás. Su familia y su trabajo… se le estaban escapando entre los dedos. Y si había una cosa que estaba completamente separada de aquellos aspectos de su vida, esa era Beth Cantrell.
–¿Cuál es tu dirección? –le preguntó.
Creyó escuchar un suspiro de alivio al otro lado del teléfono. ¿Habría estado preocupada de que él pudiera negarse? Dios, ya estaba arrancando de nuevo el coche. Se puso en camino en cuanto ella le dio la dirección. Si se trataba de un error, no quería perder el tiempo en analizarlo. Aquel era el único error que estaba completamente decidido a cometer.