Capítulo 10

 

Beth se puso cuidadosamente su braga favorita, y luego el sujetador a juego. Extrañamente tranquila, se volvió para mirarse en el espejo, intentando ver su cuerpo como lo vería Eric.

La seda azul marino destacaba maravillosamente contra su piel. Deslizó un dedo por el borde del sujetador, allí donde sus senos se alzaban tentadoramente. A Eric le gustaría el efecto. Era fantástico pensar en estar con él otra vez. Él ya sabía cómo era. Su figura tenía demasiadas curvas para los estándares femeninos actuales, pero para él quizá fuera perfecta. Y no se sorprendería de que no llevara tatuajes, o piercings en sus zonas erógenas. Era la misma sencilla Beth de la última vez.

Se puso el vestido ajustado negro que tanto le gustaba pero que solo se había puesto una vez. Siempre estaba temiendo que se le soltara el lazo y se le abriera por delante, dejando todos sus encantos a la vista. Si eso llegaba a suceder esa noche, simplemente ayudaría a empujar las cosas hacia su conclusión natural.

Finalmente, se calzó sus zapatos de tacón de aguja favoritos, los negros, confiando en que Eric no sintiera la necesidad de lamérselos en algún momento de la noche.

–No es que eso tenga algo de malo –se dijo, suspirando. Su carrera profesional consistía precisamente en ofrecer a la gente simplemente lo que quería, después de todo. Pero eso no quería decir que tuviera que ampliar el servicio de atención a los clientes al dormitorio.

Se había duchado antes de llamarlo, así que lo último que necesitaba era carmín o rímel. Ya estaba lista. Lista para verlo. Lista para pensar en la manera más rápida de llevarlo al dormitorio.

Estaba escondiendo su ropa de gimnasio bajo la cama cuando sonó el timbre.

Vaya, no había perdido el tiempo. Lo que quería decir que anhelaba aquello, él también, fuera o no un error. ¿Y a quién diablos le importaba que lo fuera? Por una vez, estaba contemplando el sexo como si fuera un regalo, un capricho, en lugar de una amenaza.

No tuvo que forzar una sonrisa mientras abría la puerta. De hecho, tenía que dominarse para no sonreír como una mujer enloquecida.

Los ojos de Eric barrieron su cuerpo.

–Hola –le dijo a sus piernas.

–Hola.

Eric llevaba esa noche un polo azul celeste. ¿Había algo más deliciosamente pijo que aquello? Pijo en el buen sentido. Abrió la puerta del todo y se hizo a un lado.

–Entra.

–Gracias –se detuvo a un par de pasos del umbral y hundió las manos en los bolsillos de sus tejanos–. Demasiado tarde me he dado cuenta de que no se me ha ocurrido traer nada. Una botella de vino. O quizá una cena…

–Ya he cenado. Y tengo vino. ¿Te apetece?

–Sí –se apresuró a contestar.

Beth fue incapaz de reprimir su sonrisa mientras se dirigía a la cocina. Aquello era divertido. La última vez lo había sido. Recordó su larga caminata hasta el lugar del encuentro. Había estado nerviosa, preguntándose qué diablos estaba haciendo. ¿Sentiría Eric lo mismo? ¿Cómo reaccionaría él en aquel momento si se le ocurría dejar caer el vestido al suelo y regresar luego al salón? Demasiado tarde se llevó una mano a la boca para ahogar una carcajada.

–¿Has dicho algo? –gritó Eric desde el salón.

–No, perdona. Es solo que… se me ha caído una cosa.

Se disponía a abrir el vino cuando, al alzar la mirada, lo descubrió de pie en el umbral de la pequeña cocina.

–¿Acababas de salir del trabajo? –le preguntó él.

–Sí. No. Quiero decir… Estuve trabajando hasta las ocho y luego salí con alguien.

Eric arqueó las cejas.

–Oh.

Pensaba que había tenido una cita y… ¿acaso no era eso lo que había sido? ¿Un intento más de emparejar a la terca Beth Cantrell con alguien capaz de «arreglarla»? Sintió el súbito impulso de contarle la verdad, pero se conformó con suministrarle al menos una pequeña parte.

–¿Puedo ser sincera contigo?

–Por supuesto.

–Hay un tipo con el que he salido un par de veces. Lo vi esta noche.

Él se apoyó contra el marco de la puerta, ceñudo.

–Ya.

Justo cuando estaba a punto de soltárselo, las palabras se le secaron en la garganta y empezó a preocuparse. No pudo evitarlo.

El corcho saltó en aquel instante de la botella, así que Beth lo utilizó como una excusa para bajar la mirada.

–Lo siento. Yo… –sus pensamientos giraban como en un remolino. Se aferró al primer pensamiento que le pasó por la cabeza–. ¿Por qué has venido? –le preguntó, deseosa de que se lo dijera él para que ella no tuviera que hacerlo.

–Porque tú me lo pediste.

–Ya lo sé, pero… Nosotros no pretendíamos hacer esto, ¿verdad? No queríamos volver a vernos, ¿no?

–Estuvimos de acuerdo en que no sería una buena idea.

–Eso. Exactamente. Y no es una buena idea –se obligó a levantar la mirada, pero tan pronto como vio su oscuro ceño, volvió a acobardarse y estiró una mano hacia el armario para sacar las copas–. Lo siento –murmuró.

–No entiendo. ¿Quieres que me vaya?

Le encantaba que se lo hubiera preguntado. Como si no fuera para tanto que un hombre se acercara a casa de una mujer en mitad de la noche simplemente para saludarla y conversar durante unos minutos. Aquella ausencia de presión la ayudó a tranquilizarse, como si las moléculas de su cerebro pudieran dejar de rebotar unas contra otras solo con que la situación no fuera tan intensa.

Aspiró profundo y le tendió una copa. Sostuvo luego la suya con ambas manos, esperando poder sostenerlo firmemente al menos durante los siguientes minutos.

–Estaba fuera esta noche, hablando con aquel hombre y pensando que era el momento… –le confesó de pronto–. ¿Sabes lo que quiero decir?

Eric, con aspecto perplejo, bebió un sorbo de vino en lugar de responder.

–Era el momento de tomar una decisión –continuó ella–. ¿Íbamos a tener una relación física? ¿Deseaba yo eso realmente? Era lo que me preguntaba. Pero, mientras tanto, solo podía pensar en una cosa: que quería que ese hombre fuera como tú.

La confusión de Eric se trocó en una absoluta sorpresa.

–¿Como yo?

Beth bebió otro sorbo de vino para tomar fuerzas.

–Sí. Me di cuenta de que estaba a punto de irme a casa con ese hombre, cuando lo único que yo quería era que aquello fuera como había sido contigo.

–Sigo sin entenderlo. ¿Cómo fue conmigo?

Sacudiendo la cabeza, Beth dejó vagar la mirada por su amplio pecho.

–Bueno, fue bueno, ¿no?

Como él no dijo nada, se puso algo nerviosa. Al ver que seguía sin responder, se obligó a mirarlo a los ojos. Parecía asombrado.

–Sí –pronunció Eric al fin–. Sí que fue bueno. Por supuesto que sí. Para mí, desde luego.

Dios, esperaba que no estuviera siendo simplemente educado…

–Sí, fue bueno –repitió ella, como si necesitara convencerlo a él–. Y sencillo. Y fácil.

–¿Fácil? –arqueó las cejas.

No había manera de explicarle eso, así que Beth no lo intentó.

–Esta noche… yo estaba deseando poder volver a tener eso que habíamos tenido. Y de repente me di cuenta de que podía tenerlo. O de que podía intentarlo, al menos.

Eric bebió otro trago de vino, mirándola con expresión recelosa.

–Convinimos en que eso era demasiado complicado.

–No tiene por qué serlo.

Volvió a recorrerla con la mirada, como si estuviera sopesando la posibilidad de quitarle aquel vestido y hacerle el amor. El cuerpo de Beth empezó a reverberar de excitación.

–Creía que estabas enfadada –le dijo él.

–Lo estaba. Lo estoy. Y no confío en ti. No volveré a hacerlo.

Eric apretó los labios con fuerza.

–Aunque tú nunca hablaste con nadie de lo nuestro, ¿verdad? –le preguntó ella.

–No. Nunca.

–El caso es que me mentiste. Y eso me dolió. De manera que creo… que estás en deuda conmigo. Me debes algo.

Cuando Eric la miró, un brillo oscuro y ardiente relampagueó en sus ojos, y Beth supo que él también deseaba aquello.

–¿El qué?

–El derecho de saber el nombre del hombre que me hizo el amor. ¿No te parece?

Antes había creído distinguir un brillo de deseo en sus ojos, pero en aquel instante ardía como un incendio. Eric estaba apretando con fuerza la mandíbula. Se notaba que anhelaba estar dentro de ella. Desesperadamente.

–¿Es que no quieres escuchar tu propio nombre? –inquirió ella.

–Sí –gruñó él, apretando los dientes.

La palabra le provocó a Beth un escalofrío por todo el cuerpo, endureciéndole los pezones. Bebió otro sorbo de vino y se dispuso a pasar de largo ante él.

–Tú tienes pinta de llamarte Eric, en todo caso –dijo.

–Eso ya lo dijiste antes –cerró una mano sobre su brazo.

Eric tiró suavemente de ella hacia sí, de manera que quedó directamente frente a él, separados sus cuerpos por unos pocos centímetros. Beth miró fijamente sus ojos gris azulado.

–Hablo en serio –susurró, y era cierto. Él nunca sería un Jamie. Un James, quizá. Pero el nombre de Eric tenía una resonancia a firmeza, a contundencia. Encajaba a la perfección con su personalidad.

–Ya –gruñó él.

Dejó su copa sobre el mostrador e hizo lo mismo con la de ella. Acto seguido, cuando le acunó la mejilla con una mano, Beth pensó que iba a besarla. Pero él seguía guardando las distancias.

Ella contuvo el aliento mientras sentía su otra mano cerrándose sobre su hombro.

–¿Así que piensas que estoy en deuda contigo? –le preguntó Eric con tono suave.

Beth asintió, pero él no la estaba ya mirando. Sus dedos descendían con lentitud, delineando el cuello de su vestido, mientras sus ojos contemplaban su progreso con perversa concentración.

–Sí –jadeó ella.

Aquellos dedos descendieron un poco más, tirando de la fina tela. Beth sintió su contacto en la sensible piel que rodeaba el borde de su sujetador. Las yemas de sus dedos empezaron a bucear bajo la seda, todavía descendiendo. Ella se estremeció y él alzó la mirada.

–Te daré todo lo que quieras –le aseguró Eric.

Sí. Eso era lo que ella deseaba. «Todo lo que quiera».

–¿En qué estuviste pensando mientras estabas fuera con ese otro hombre?

Beth sacudió la cabeza. Los dedos de Eric abandonaron su piel, pero en seguida delinearon el borde del vestido de camino hacia su cintura. Ella pudo sentir la lenta presión que ejerció cuando empezó a tirar de uno de los extremos del lazo que sujetaban el vestido.

–Ibas a hacer esto con él –murmuró dulcemente.

–Quizá.

–Entonces dime lo que querías.

–Quería… –Beth tragó saliva–. Quería sentirme… así.

Eric seguía tirando del lazo con dolorosa lentitud. A esas alturas, ella ya se había quedado sin aliento.

–Quería estremecerme como cuando tú me tocas…

De repente la tela del vestido se aflojó en torno a su cuerpo. Beth cerró los ojos mientras él se lo abría por delante. Sus dedos rozaron la piel desnuda de su vientre. Volvió a estremecerse.

–¿De la misma manera en que te estás estremeciendo ahora?

–Sí –se había olvidado. Se había olvidado de la sensación de sentirse seducida. Su intención había sido seducirlo a él aquella noche. Desatarse el vestido y dejarlo caer al suelo con el objetivo de sorprenderlo, de conquistarlo. Pero en aquel juego a dos, él era quien la estaba desnudando a ella. Como la última vez.

Y, al igual que la última vez, ella ya estaba húmeda, con su excitación empapando la seda de su braga.

Él continuaba sin besarla. Beth podía sentir la presión de su mano alrededor de su cintura, con la base descansando en el comienzo de la curva de la cadera y el pulgar deslizándose lentamente a lo largo de sus costillas. Abrió los ojos para sorprenderlo contemplando todavía su propia mano.

–La última vez te marchaste demasiado rápido.

–Lo sé –musitó ella.

–Yo quería más –su mano se tensó sobre su cadera y finalmente él se adelantó un poco, haciéndola retroceder suavemente.

Beth retrocedió un paso. Dos. Su vestido cayó hasta la cintura. Su espalda desnuda entró en contacto con el marco de la puerta. Él se cernió sobre ella.

–Quería más –repitió y, por fin, la besó.

Aquel beso no se pareció en nada al fugaz roce de labios del aparcamiento de The White Orchid. Aquel beso fue… furioso. Duro. Profundo. Combinaba bien con la furia y la frustración que sentía ella misma mientras lo saboreaba a su vez, sintiendo la caricia de su lengua contra la suya. Las manos de Eric abarcaban en aquel momento toda su cintura, sosteniéndola contra la pared al tiempo que continuaba devorándola.

Lo deseaba tanto que la sensación se parecía casi al odio ¿Por qué tenía que ser precisamente él? ¿Por qué no podía tener aquello tan maravilloso con cualquier otro hombre? ¿Alguien que no le hubiera mentido? ¿Que nunca le hubiera hecho quedar en ridículo?

Eric terminó de deslizarle el vestido por los hombros, y Beth lo dejó caer antes de enredar los dedos en su pelo. La tenía acorralada contra la pared, envuelta por su cuerpo, pero ella seguía necesitando aferrarse a él, para asegurarse de que no cambiara de idea y se le escapara.

Sus manos bajaron hasta su trasero. Cerró los dedos sobre sus nalgas mientras empezaba a mecerse contra ella.

Oh, Dios, sí… Ya estaba duro, muy excitado, y ella se sentía perdida. Su mente estaba girando en espiral hacia un lugar donde no podía escuchar sus propios pensamientos. Lo único que sabía y sentía era la caricia de su lengua en la suya y el contacto de sus dedos presionando su piel. En lo único que podía pensar era en lo mucho que ansiaba sentirlo dentro.

Giró de repente el rostro, y Eric deslizó los labios por la piel de su cuello, lamiéndola allí.

–Eric, yo… –Dios, era una sensación tan placentera… Sobre todo cuando se imaginaba su boca descendiendo cada vez más, sin dejar de lamerle la piel–. El dormitorio –jadeó.

–Sí –gruñó contra su cuello.

Lo guio por el pasillo, contenta de llevar todavía los tacones mientras caminaba delante de él. Se aseguró de exagerar el contoneo de sus caderas y, cuando se volvió para mirarlo, descubrió que no la estaba mirando a la cara.

Pero cuando llegaron al dormitorio, Beth no supo ya qué hacer, lo cual hizo que su cerebro se reactivase. Se acordó de que supuestamente debería estar preocupándose, desconfiando, analizándolo todo demasiado. Permaneció indefensa por un momento, pero Eric, afortunadamente, se hizo cargo de la situación. Él sí que parecía saber qué hacer. En lugar de ponerse a pensar, se quitó la camisa y empezó a desatarse el cinturón. Incluso el cinturón que llevaba era de pijo, uno de aquellos Cole Haan de cuero trenzado, y mientras veía cómo lo iba liberando de las trabillas, sintió que las rodillas le fallaban.

Parecía tan… fuerte. Su pecho era tan ancho… Tenía los bíceps abultados. Probablemente estaría apuntado a algún gimnasio. Y levantaría pesas ante la admiración de sus flacuchas compañeras de sala. ¿Serían esas chicas con las que saldría habitualmente? ¿Las mismas de las cuales hablaría a su familia, dándole su nombre verdadero?

Beth sacudió la cabeza, ahuyentando aquellos pensamientos. No importaba. Él la deseaba, secretamente o no. Y, lo más importante, ella lo deseaba a él. Así que dejó de pensar y estiró los dedos hacia el botón de sus tejanos. Podía sentir su largo y grueso miembro a través de la tela, e inmediatamente supo lo que quería.

Procedió a bajarle cuidadosamente la cremallera de la bragueta. Él dejó caer las manos a los lados. Beth deslizó a continuación una mano dentro del calzoncillo y cerró los dedos en torno a su falo. Estaba tan caliente… Se lo sacó del todo y se puso de rodillas.

Dios mío, era algo maravilloso… Una obra de arte. La noche del hotel no había tenido oportunidad de verlo tan de cerca, de una manera tan personal. Pero, en aquel momento, podía hacerlo a su antojo. La cabeza era gruesa y perfecta, pero, hacia abajo, se hacía todavía más grueso.

Beth lo tocó, con una única, lenta y firme caricia. Una diminuta gota de líquido asomaba en la punta. Depositó un pequeño y húmedo beso en aquel lugar justo antes de alzar la mirada hasta su rostro.

No pudo interpretar bien su expresión. Parecía… serio. Empezó a lamer entonces la cara interior de su miembro, solo para ver si conseguía alterar su gesto. Vio que apretaba la mandíbula y se alegró de ello. Sonriendo, se lo lamió de nuevo, deleitándose con el fresco y limpio sabor de su piel.

Eric aspiró profundamente.

–Me dijiste que era yo quien estaba en deuda contigo…

Ella cerró los ojos y suspiró contra él.

–Esto no es para ti –susurró–. Es para mí.

Beth rodeó con los dedos la base de su falo, rezando en silencio una pequeña plegaria de agradecimiento por la clase de felación que había impartido aquel verano. Por fin tenía a alguien con quien practicar sus recién adquiridas habilidades.

Se lo acarició con lentitud, al principio con pequeños besos que fueron haciéndose más prolongados, haciéndole sentir la humedad de sus labios abiertos. Luego se lo metió en la boca, presionando la lengua contra la cara interna de su glande. Su sabor le arrancó un ronroneo de placer. Olía a jabón y a sexo mezclados, y reconoció un sabor a sal en la lengua cuando comenzó a succionárselo.

Se lo fue introduciendo en la boca cada vez más profundamente, consciente sin embargo de lo grueso que era y, por tanto, de la imposibilidad de abarcarlo del todo. Su clítoris se endureció dolorosamente cuando se lo tragó al máximo, antes de retirarse un momento para respirar.

Eric seguía con los brazos colgando a los costados, pero tenía cerrados los puños con fuerza.

Beth volvió a repetir la operación, dejando que se deslizara duro todo a lo largo de su lengua. Esa vez, cuando se retiró, se lo acarició con los dedos al mismo tiempo, y lo oyó contener el aliento. A partir de aquel instante empezó a trabajar con la boca y la mano en un lento tándem, consciente de que las sensaciones se mezclarían en una irrefrenable…

–¡Dios! –gruñó él. Había abierto las manos, que en aquel instante se cernían sobre su cabeza como si quisiera agarrársela y empujarla contra sí.

Cerrando los ojos, Beth se dedicó a sentirlo todo. La tensión de Eric. La dureza de su miembro. La manera en que parecía crecer con cada embate de su boca. Aquello era lo que siempre había anhelado: placer. Darlo o recibirlo, eso no importaba. Solo quería la definitiva pureza de la sensación. Y quería que continuara para siempre. Succionó su miembro una y otra vez, disfrutando de cada segundo. Se perdió en cada caricia, introduciéndoselo lo más profundamente posible en la boca.

–Beth… –jadeó él al cabo de largos minutos de silencio.

Sabía lo que iba a decirle. Podía saborearlo en su lengua.

–Para –la urgió–. No puedo…

Pero ella no quería parar. Porque la mano de Eric ya estaba finalmente en su pelo, ignoraba si para detenerla o para urgirla a continuar. Cerró el puño con fuerza sobre su falo, aceleró las caricias de su boca y sintió cómo su mano se deslizaba hacia su nuca. Eric siseó entonces algo entre dientes, gruñó y se convulsionó mientras su semen anegaba su garganta.

Fue la experiencia más divertida que Beth había disfrutado en meses.

 

 

Eric se derrumbó en la cama, completamente debilitado.

–No era esto lo que había planeado yo –logró pronunciar.

–¿Oh? –Beth se apretó contra él, riendo por lo bajo. Su mano empezó a trazar suaves círculos por su piel–. Espero que no estés decepcionado.

Su risa sonó más bien a gruñido.

–¿Qué era lo que habías planeado? –inquirió ella–. ¿Y cuándo empezaste a hacer planes?

–De acuerdo, puede que «plan» sea una palabra demasiado fuerte, pero definitivamente tenía algunos objetivos principales –y ninguno de ellos había incluido tener un orgasmo tres minutos después de la mejor felación que le habían hecho en la vida.

–¿Como cuáles? –quiso saber ella, bajando lentamente la mano.

Eric no creía que fuera posible volver a excitarse con tanta rapidez, pero si había alguien capaz de conseguirlo, esa era Beth Cantrell.

–Como… –observó como su mano se abría justo debajo de sus costillas. Su mano blanca parecía tan femenina contra el fondo de su piel…–. Como por ejemplo que pensaba que te dedicaría primero un poco de tiempo.

–¿Solo un poco? –se burló ella.

–Bueno, mañana tengo que trabajar.

Sintió sus uñas clavándose ligeramente en su piel.

–Pensé que te provocaría un orgasmo –dijo él–. Y que después me hundiría profundamente dentro de ti, provocándote otro –se apoyó sobre un codo, y Beth quedó tendida de espaldas–. ¿No era eso lo que tú querías? ¿Tenerme dentro mientras gritas mi nombre?

–Yo… –parpadeó varias veces–. Eso estaría bien, sí.

–¿Sí? –delineó con un dedo el mismo lugar que había delineado antes: el leve abultamiento de la piel de un seno contra la tela azul oscuro de su sujetador. Su piel… no podía describirla, ni siquiera mentalmente. «Suave» era un adjetivo que se quedaba corto.

Alzó la mano hasta el delicado lazo del frente de la prenda y lo soltó.

–Siempre llevas estos diminutos lacitos… Me encantan –la última vez, aquellos lacitos habían estado en su braga, y lo único que había tenido hacer era desatarlos para que quedara completamente desnuda ante él.

–Es mi… –el encaje cedió, y Eric procedió a retirar la oscura seda que envolvía sus senos–, detalle favorito –terminó con voz débil.

–El mío también –murmuró, bajando la cabeza para rozar con los labios un oscuro pezón. Antes todo había sido rápido, apresurado. Desesperado. Pero en aquel momento tenía tiempo de saborearla, de tocarla. Y de repente se alegró de haber alcanzado ya el orgasmo, porque su falo estaba volviendo a despertarse: una absolutamente milagrosa resurrección.

Abrió bien la boca sobre su piel y comenzó a succionarla. El gemido que soltó Beth fue tan dulce que, al oírlo, el pecho se le apretó de emoción. Sabía que tenía experiencia, sabía que probablemente habría hecho cosas en la cama con las que él ni siquiera había soñado. Pero, de alguna manera, parecía como si el más leve beso supusiera para ella una maravillada sorpresa. ¿Cómo era posible que aquella mujer fuera tantas cosas increíbles al mismo tiempo?

Encontró un ritmo con la lengua que la hizo jadear y resistirse, para deslizar luego la mano por su vientre y cerrarla sobre la oscura tela que cubría su sexo. Estaba húmeda. Empapada. La acarició con fruición a través de la tela al tiempo que se apoderaba de un pezón con los dientes.

Bert se arqueó con un pequeño gemido, pero él quería hacerla gritar.

Interrumpiendo las caricias, le bajó la braga e introdujo un dedo en su interior. El clítoris estaba duro y dispuesto, y cuando lo rozó, ella soltó un gruñido como si estuviera sufriendo.

Ya estaba cerca de alcanzar el orgasmo, pero Eric quería hacer aquello bien. Gracias a las atenciones que ella le había prodigado previamente, podía concentrarse a la perfección, y pensó de repente en la clase a la que había asistido en The White Orchid. Alzando la cabeza, contempló su rostro mientras le acariciaba nuevamente el clítoris.

Beth echó la cabeza hacia atrás. Se abrió más de piernas, como si se le hubieran aflojado las rodillas, y presionó contra su mano. Eric se dio cuenta de que podía provocarle el orgasmo en aquel preciso momento. Fácilmente. Tenía los dedos empapados. Lo único que tenía que hacer era acariciarle en círculo el clítoris unas cuantas veces y ella se correría para él. Pero no quería que la cosa fuera tan fácil. Así que, en lugar de concentrarse en aquel lugar, introdujo lentamente dos dedos dentro de su sexo, dilatándola.

–Oh, Dios –gimió ella–. Eso está bien…

Cuando empezó a apretarle el clítoris con la base de la mano, vio que abría la boca, suspirando. Observando su rostro, curvó los dos dedos hacia arriba y presionó con fuerza empujando con la mano. Lo sintió entonces. Era algo sutil, pero exactamente como la joven de la tienda había descrito. Una levísima curva de textura en su carne, apenas identificable. Empujó allí con los dedos frotando el clítoris al mismo tiempo.

Beth abrió mucho los ojos.

–Oh –jadeó.

Eric repitió la operación. Ella entornó los ojos, parpadeando varias veces. Gimoteó y le agarró la muñeca, para retener con fuerza su mano en su interior.

Eric sintió que su miembro latía con empática aprobación.

–Eric…

Sí. Eso era.

–No te detengas. Solo… –frunció el ceño con expresión concentrada.

Sus uñas se clavaban en su muñeca con fuertes pinchazos de dolor que no hicieron sino excitarlo aún más. Eric sintió sus músculos internos cerrándose sobre sus dedos mientras continuaba acariciándola. Dios, quería entrar dentro de ella. Pero no hasta que…

–Esto es… Es… –le fallaron las palabras mientras gimoteaba y giraba el rostro a un lado. Finalmente, un agudo grito escapó de su garganta y de repente estaba temblando, moviendo las caderas contra él mientras alcanzaba el orgasmo–. Oh, Dios –sollozó–. Oh, Eric…

Esperó a que pasaran los últimos sollozos antes de retirar la mano. Beth rodó entonces a un lado, todavía jadeante. Él le acarició la generosa curva del trasero, admirando la manera en que reaccionaba su piel. Recorrió cada curva hasta que tocó de nuevo su sexo húmedo y ardiente.

–Mmmn –suspiró ella, empujando contra sus dedos.

–¿Más? –inquirió él, y su miembro se alzó cuando ella abrió las piernas ante su contacto.

Eric sacó un preservativo de su cartera, se lo puso y se hundió lentamente en ella por detrás. Fue algo… mágico. Estrechándola con fuerza contra su pecho, empujó con la mayor lentitud que pudo, volvió a salir y se enterró luego tan profundamente que se sintió como consumido, engullido por ella.

Mucho tiempo después, cuando ambos volvieron a alcanzar el orgasmo, Beth no gritó su nombre. En lugar de ello, lo pronunció en un suspiro tan leve que él apenas la oyó. Y, extrañamente, aquello fue incluso mejor.