El hombre le había regalado otra revelación. Beth sacudió la cabeza mientras desmontaba el maniquí de la puerta, dejando las partes de la pobre chica sobre el suelo.
Al margen de lo que Beth pretendiera hacer allí, en The White Orchid, Eric Donovan era su profesor personal de sexo, el maestro que le había enseñado todas aquellas cosas que ella había sido incapaz de descubrir por sí misma. Era como un experto en ayuda para el aprendizaje. Porque ella ya lo sabía todo. Lo comprendía. Aunque no pudiera procesarlo.
Así ocurría, por ejemplo, con el punto G. Sabía toda la teoría al respecto. Incluso había supuesto que ella podía tener uno. Pero se lo había imaginado como cualquier otra zona erógena. Lo que funcionaba para algunas mujeres quizá no pudiera funcionar para ella…
Qué equivocada había estado.
Era algo tan sencillo que se sentía una estúpida por haber necesitado a Eric para que se lo mostrase. A fin de cuentas, se trataba de su maldito cuerpo… Y la respuesta era fácil: todos los juguetes sexuales del mundo no servirían de nada si no estaba excitada. Estimulada. Temblando de deseo.
El sexo comenzaba por el cerebro, que no por el punto G o por cualquier otro sitio.
Dios, incluso mientras se masturbaba había estado pensando demasiado. Iba a tener que encontrar una manera de superar eso, porque no iba a tener a Eric al lado toda la vida, como asesor sexual suyo. Por muy devastadoramente bueno que fuera.
Después de todo, había aprendido ya mucho. El año anterior había estado muy preocupada por la posibilidad de que fuera una mujer sexualmente… Sacudió la cabeza, intentando recordar la palabra. No era reprimida, sino… vacía.
Sí, sexualmente vacía. Así era exactamente como se había sentido en aquel entonces. Con todo en su lugar, estructuralmente correcto… pero nada sustancial detrás.
Pero después de haber conocido a Eric había descubierto que en realidad estaba llena hasta el borde, con un único ingrediente que hasta entonces había echado en falta: la química. Esa había sido la primera lección. La segunda había sido menos profunda pero igual de importante: cualquier cosa era posible cuando una estaba realmente excitada.
Beth ahogó una carcajada y miró a su alrededor, preguntándose qué tipo de técnicas podrían resultar igualmente satisfactorias si se las empleaba bien. Un nuevo mundo de posibilidades se había abierto ante ella. Bajó la mirada al látigo que acababa de retirar del maniquí. Una sola mirada a aquel látigo y no pudo ya dejar de reír, imaginándose a Eric cerniéndose sobre ella con él en la mano.
Pero Eric no necesitaba ningún látigo. Lo único que necesitaba era aquel oscuro ceño suyo y una orden pronunciada con un gruñido.
De repente dejó de reír para adoptar una expresión completamente seria. Eric no necesitaba utillaje alguno. Él era el utillaje.
Pero, por desgracia, nunca podría ser nada más que eso. Por mucho que la excitara, por mucho que consiguiera revivirla, Beth no confiaba en él. ¿Cómo podría? Y dado su propia historial amoroso, por breve que hubiera sido, sexo era lo máximo que podía llegar a tener con Eric. Él ya le había mentido, y con eso se acababa todo. Su corazón no estaba disponible.
La puerta se abrió de golpe, dejando entrar una corriente de aire frío y lluvioso. El otoño en Boulder solía ser fresco, pero hasta ese día había sido terriblemente cálido y sofocante. Pensó que quizá había terminado ya el llamado «verano indio». Sonrió de oreja a oreja.
–Hola –saludó al recién llegado, alzando uno de los brazos del maniquí.
El hombre, que no se había movido del umbral, arqueó las cejas.
–¿Quiere una toalla? –le ofreció al ver una gota de agua de lluvia resbalando a lo largo de su mandíbula.
–No, gracias. Sobreviviré –dijo, pasándose una mano por su cabello empapado.
–De acuerdo. Avíseme si cambia de idea. Y si tiene alguna pregunta, siéntase libre de hacérmela a mí o a Kelly. Ella está en la trastienda.
–¿Usted es Beth?
Beth se levantó, y la sonrisa se borró de sus labios conforme lo estudiaba más de cerca. Era alto, esbelto, moreno. Estaba segura de no haberlo visto antes.
–Sí. Soy Beth Cantrell.
El hombre echó mano a un bolsillo del abrigo y extrajo una cartera de piel negra. Cuando la abrió, Beth vio el fugaz reflejo de una placa.
–Soy el detective Luke Asher. Puede que Eric Donovan me mencionara….
Beth se secó las palmas de las manos, súbitamente húmedas, en la falda.
–Oh, por supuesto. Hola –ignoraba qué era lo que le había causado aquel angustioso nudo de ansiedad en el estómago: si el hecho de tener que hablar con un detective de la policía, o la idea de que Eric ya había hablado con él acerca de ella.
La recorrió con la mirada. Por un instante, Beth pensó que la estaría calibrando con la vista como cualquier otro hombre, pero luego advirtió que contemplaba la tienda con la misma mirada escrutadora. Estaba trabajando.
–¿Hay algún lugar donde podamos hablar?
Beth asintió. Solo había una clienta, y estaba en la sala de los juguetes con Kelly.
–Mi despacho –dijo.
–Mi compañero llegará en un momento.
–Oh –¿su compañero? Aquello sonaba serio–. ¿Vamos? –señaló vagamente la trastienda, preguntándose si estaría a punto de ser interrogada formalmente.
–Claro.
Oh, Dios, esperaba sinceramente que Luke fuera el «poli malo» del equipo, porque aunque de aspecto intimidante, parecía un tipo de lo más correcto y educado. Claro que podía sentir sus ojos taladrándole el cráneo como si fueran láseres, pero…
Beth utilizó la excusa de detenerse ante la puerta de la sala de juguetes para lanzar una mirada a su espalda. Se quedó sorprendida al descubrir que el policía no la estaba observando. Sus ojos seguían barriendo la tienda.
Asomó la cabeza por entre las cortinas de la sala de juguetes.
–Kelly, ¿podrás estar atenta por si entra alguien? Estaré en mi despacho.
Kelly asintió y alzó los pulgares. Estaba masticando chicle otra vez. Beth suspiró. Ya se lo había advertido dos veces. Ahora iba a tener que ponérselo por escrito.
Pero se olvidó completamente de Kelly cuando oyó que se abría la puerta y se volvió para descubrir a una hermosa mujer entrando en el local… y mirándolo todo con la misma expresión escrutadora que el detective Asher.
–Es la detective Simone Parker –la presentó él.
–Oh –dijo Beth, tranquilizándose inmediatamente cuando la policía le sonrió–. Encantada de conocerla.
Pero su tranquilidad desapareció una vez que estuvieron los tres sentados en su minúsculo despacho. Apoyó las palmas de las manos sobre la mesa, hasta que se dio cuenta de que parecía que iba a levantarse para salir corriendo y las juntó sobre el regazo.
–Entonces, ¿esto es serio?
Asher sonrió.
–Probablemente no sea nada, pero necesito escuchar la historia directamente de usted.
–¿Se meterá Mónica en problemas por culpa de esto? –por muy objetiva que pudiera ser acerca de ella, Beth la conocía desde hacía más de quince años.
El detective Asher se inclinó hacia delante.
–No es su historia la causa de sus problemas, señorita Cantrell. Esta no es la primera vez que ha hecho algo como esto. Y… ¿sabe una cosa? Ni siquiera ella es el sujeto principal de la investigación. Quiero a su hermano, y necesito persuadirla de que deje de protegerlo.
Aquello la sorprendió.
–¿Ella lo está protegiendo?
Asher sonrió.
–Entiendo que usted la conoce bien. Tiene razón. Su padre le ha pedido a ella que lo proteja.
Beth asintió, aunque lo que realmente quería era sacudir la cabeza. Roland Kendall era un hombre cruel y arrogante en el mundo de los negocios, pero con ella siempre había sido bueno y amable.
–Pero su hijo ya está en problemas. Él no querrá que su hija caiga también.
–Yo no quiero perjudicarlos –se apresuró a asegurarles Beth–. Yo solo quiero ser justa con Eric. Quiero decir… con los Donovan.
El detective asintió, mirando algo por encima de su hombro. Al ver que se quedaba sorprendido, Beth se volvió para mirar los estantes atestados con los objetos del inventario. No tuvo que preguntarse mucho por la razón de su distracción. Pudo haber sido cualquiera de los juguetes con sus cajas multicolores. O quizá el espectáculo de todos ellos juntos.
La detective carraspeó.
–Haremos todo lo posible por mantenerla a usted al margen de todo –le aseguró.
–Gracias –Beth aspiró profundamente y les contó exactamente lo que había sucedido. Fuera lo que fuera que había hecho esa gente, se lo había hecho a sí misma, y ella no debería sentirse culpable por ello. Había sido Mónica quien la había metido a ella en aquel lío, en primer lugar.
Para cuando los policías se levantaron para marcharse, Beth se las había arreglado para ahogar la mayor parte de ese sentimiento de culpa.
El detective Asher le estrechó la mano.
–Le agradezco que contactara con Eric por este asunto.
–Oh, claro –balbuceó–. Los negocios locales tenemos que apoyarnos los unos a los otros.
La mirada de Asher se disparó una vez más a la estantería que tenía a su espalda antes de sonreír y llevarse un dedo a la cabeza.
–Estaremos en contacto.
Beth los acompañó hasta la salida, pero su alivio resultó prematuro. Antes de que la puerta se cerrara tras ellos, oyó a Simona Parker decirle a su compañero:
–Te veré en comisaría.
Y se volvió de nuevo hacia ella. Beth casi soltó un gemido.
–Tome –le dijo la mujer, entregándole una tarjeta de presentación–. Me olvidaba de dejarle esto.
Pero la mujer se quedó donde estaba después de que ella recibiera la tarjeta. Dejó vagar la mirada por la tienda y su fantástico cutis moreno enrojeció sospechosamente.
–¿Sí, detective?
La policía se aclaró la garganta.
–En la puerta vi un cartel que decía que hacían ajustes de sujetadores. Acabo de tener un bebé hace unos meses y…
–¡Sí! –dijo Beth, aliviada de volver a pisar un terreno sólido–. Por supuesto. La mayoría de las mujeres llevan una talla inadecuada durante la vida entera y, después de tener un niño, el cuerpo cambia mucho.
Simone asintió.
–Debería advertirle que no tenemos un surtido de sujetadores deportivos o de ropa interior convencional.
–Ya –se mordió el labio, con su delicioso rostro ruborizándose todavía más–. La verdad es que alguien me ha pedido que salga con él. No es nada serio, pero es la primera vez desde…–señaló su cuerpo–. Y me gustaría llevar algo que no fuera de algodón, o absorbente, o simplemente… basto. ¡Pero ahora estoy tan gorda!
Beth sonrió.
–Lo entiendo. Créame. Yo siempre estoy insistiendo en adquirir líneas de bonitos sujetadores de talla grande, porque a veces parecen imposibles de encontrar. ¿Quiere que se los enseñe?
–¡No! –desvió la mirada hacia el aparcamiento con expresión horrorizada.
–Creo que se ha ido.
–Volveré cuando no esté de servicio –le prometió Simone–. Gracias.
Una vez que se hubo cerrado la puerta, Beth se quedó inmóvil donde estaba, sonriendo. Hasta que recordó el verdadero motivo de la visita de Simone y de su compañero.
–Maldita sea –susurró.
Si Roland Kendall se enteraba de que ella había contado a la policía lo de aquella llamada de teléfono, no se lo perdonaría jamás. Aquel hombre cuidaba a sus amigos y era implacable con sus enemigos. ¿Pero qué podría hacerle a ella?
–Aparte de organizar un boicot contra la tienda –murmuró. Dios, ¿en qué lío se había metido? ¿Y si sus escrúpulos morales ponían en riesgo a The White Orchid ?
Recordó que ya les habían boicoteado cuando Annabelle amplió el local y modernizó el escaparate. Las protestas solo consiguieron incrementar las ventas. Y Beth no podía ignorar algo ilegal solo porque eso pudiera afectar a su negocio.
La tensión le ardía en el pecho. Intentó cerrar los ojos y relajarse, intentó concentrarse en el regular sonido de la lluvia repiqueteando en el tejado. Estaba haciendo lo correcto. Estaba segura. Solo necesitaba que alguien se lo dijera.
Se retiró a su despacho y buscó el número de Eric. Para la quinta llamada, se estaba arrepintiendo de aquel impulso. Se había olvidado de que aquella era una «llamada de la mañana después». Podría resultar incómodo.
Un zumbido sordo pareció estallar al otro de la línea.
–Hola –dijo Eric.
–¡Oh, hola! ¿Estás…? –el zumbido subió tanto de volumen que esbozó una mueca y tuvo que apartarse el teléfono de la oreja–. Estás ocupado, así que solo…
–No, espera un segundo…
El zumbido cesó. Un estruendo metálico le taladró el oído, pero por fin se hizo el silencio.
–Perdona –dijo Eric. Su voz tenía eco.
–¿Dónde estás?
–Estaba en la sala de cubas, pero ahora estoy en la de embotellado. Mientras la cinta no esté en marcha, aquí no hay ruidos.
–Disculpa. No quería interrumpir.
–No hay problema. De verdad.
Beth volvió a pasarse una mano nerviosa por la falda.
–El detective Asher se pasó por aquí. Quería hablar de Mónica. Yo le conté todo lo que ella me había dicho, así que confío en que sirva de ayuda.
–Lo siento –dijo Eric.
–Oh, no es para tanto. Era lo que tenía que hacer. ¿No te parece?
–Claro. Pero es que pareces un poquito alterada y…
–Es solo que conozco a esa familia desde hace mucho tiempo. Eso es todo. Que un detective de la policía entrara en la tienda me ha dejado algo impresionada, me temo.
–Es un tipo de trato fácil. Te acostumbras a él –dijo Eric.
–¿Es el mismo que está saliendo con tu hermana?
–Viviendo con él –la corrigió.
–Oh. Bueno, simplemente pensé que debías saberlo. El hecho de que se hubiera pasado por aquí. Y que sigue con el caso.
–Ya lo sé.
–¿Lo sabes?
Beth oyó un suspiro al otro lado de la línea. Un suspiro que pareció resonar en la sala de paredes duras en la que debía de encontrarse.
–Te pido disculpas. Habló antes conmigo. Yo tenía intención de llamarte para avisarte de su visita, pero luego me enredé con el trabajo y… lo siento, debí haberte advertido.
Sí, debería haberlo hecho.
–Me llevé una sorpresa cuando un poli se presentó en mi tienda para interrogarme. Pero cuando apareció su compañera, el susto fue ya grande.
–Lo siento. De verdad que tenía intención de llamarte, pero…
–Creo que vuelves a estar en deuda conmigo.
–¿Oh?
Lo había dicho como una broma, pero el silencio del otro lado de la línea sonó de repente muy serio.
–¿Me estás diciendo que me acerque otra vez a tu casa? –esa vez su voz no tenía eco. Era demasiado baja.
–No, yo…
–Bueno, si tengo una deuda contigo, creo que debería pagártela.
–No era eso lo que quería decir –logró pronunciar Beth al fin.
–¿Estás segura?
¿Lo estaba? Porque su cuerpo había empezado a alegrarse ante la idea.
–Acordamos que esta no sería una relación regular.
–Cierto. ¿Pero dos noches? Eso no es precisamente algo regular –su voz seguía siendo suave, pero no cabía la menor duda sobre la tranquila firmeza de su personalidad. Hacía que todo sonara siempre tan razonable…–. ¿No te parece?
Beth bajó la mirada a la caja de bragas de pelaje sintético que tenía sobre el escritorio.
Necesitaba estirar las alas y alzar el vuelo. No se trataba tanto de Eric como de ella. Pero trabajar consigo misma era un objetivo de largo alcance. A corto plazo, sus opciones parecían reducirse a que Eric, o sus fantasías sobre Eric, la ayudaran a levantarse. Y él parecía más que dispuesto a ayudarla a ello, pese a que nunca hubiera aspirado formalmente al puesto de asesor sexual…
Y ella lo deseaba. ¿No era suficiente con eso?
–Tienes razón –susurró, para sorpresa de sí misma–. ¿Puedes venir esta noche?
–Sí.
–Pero no podemos seguir haciendo esto.
–Lo sé.
–Tú tienes tu vida –insistió ella–. Y yo la mía.
–Estoy de acuerdo contigo. Pero esta noche…
–Sí –musitó.
Un fuerte estruendo resonó a través del teléfono, seguido de una distante voz hablando.
–Está bien –dijo Eric–. Iré para allá –cuando volvió a hablar, su voz era un rumor casi inaudible–. ¿A qué hora?
Beth miró el reloj. Eran las tres menos cuarto. Quiso decirle «ahora». Podía hacerlo. Cairo llegaría a la tienda en quince minutos. Ella podría estar en casa en treinta minutos. Y los dos podrían estar desnudos en cuestión de segundos. Beth podría tenerlo dentro de sí para entonces, hundiéndose en ella, llenándola hasta hacerla gritar…
–A las ocho –dijo, obligándose a proporcionarle una hora razonable, en lugar de la frase «Dios, te necesito en este mismo momento».
–Allí estaré –le aseguró Eric.
Cuando colgó, Beth dejó cuidadosamente el teléfono sobre el escritorio, cerró los puños y bajó la cabeza para esconder la lenta sonrisa que se estaba extendiendo por su rostro. Había dedicado toda su vida profesional a atender las necesidades de los demás. Así que ya era hora de que se dedicara a atender las suyas propias. Si aquello era un error, iba a exprimir hasta la última gota de placer antes de que la acometieran los remordimientos. Hasta la última gota.