La despertó el sonido de un móvil. No era el suyo. Beth abrió los ojos y sintió que la cama se hundía. El leve rumor del roce de las sábanas contra una piel destacó de manera inequívoca en el silencio de la habitación.
–¿Diga? –pronunció Eric en voz baja–. Sí, estoy bien.
Beth creyó haber oído la nota aguda de la voz de una mujer al otro lado de la línea.
–No, todavía estoy en la cama –murmuró–. Sí. Estoy solo. No estoy hablando raro… Es solo porque tengo dolor de cabeza. Ese es el motivo.
Carraspeó y lanzó una mirada por encima del hombro, hacia ella. Parecía culpable, y a Beth la inquietó de pronto la posibilidad de que no fuera tan libre como había afirmado ser. Quizá fuera por eso por lo que acababa de mentir. Y por lo que quería que nadie más lo supiera.
Eric le dio nuevamente la espalda.
–Escucha, no quiero hablar de esto ahora. Estaré allí en unos minutos, ¿de acuerdo? –colgó y se aclaró la garganta.
–¿Problemas? –le preguntó ella, sospechando.
–En realidad, no.
El corazón de Beth empezó a latir erráticamente para en seguida acelerarse. ¿Tendría novia? ¿La estaría engañando? Su mente comenzó a rebobinar la conversación que habían mantenido en la cervecería. En aquel entonces no había percibido indicio alguno en uno u otro sentido, ¿o sí?
–Mi hermana –reconoció al fin Eric, suspirando–. Adivinó que estaba hablando bajo para no despertar a alguien.
–Oh –Beth volvió a recostarse en las almohadas–. ¿Y no querías despertarme?
–No, no quería.
–Eric, tú no estás comprometido con nadie, ¿verdad?
–No, por supuesto que no. No estaría ahora mismo aquí si ese fuera el caso.
Beth se encogió de hombros.
–Es que una nunca sabe… Y teniendo en cuenta cómo empezó todo esto, de repente se me ocurrió que tal vez fuera esa la razón por la que me mentiste.
–No. No fue eso.
–Está bien –miró el reloj y reprimió un gruñido–. Son casi las nueve.
–Me voy –dijo él, con un tono de voz todavía algo distante. Pero cuando se volvió para mirarla, una sonrisa se dibujó en sus labios–. Gracias por haberme permitido quedarme. Ha sido bonito.
Sí, había sido bonito yacer en la cama juntos, viendo la televisión a oscuras. Y también muy poco procedente.
Él debió de haber leído la vacilación en sus ojos, porque asintió brevemente con la cabeza y se volvió para ponerse los tejanos.
–De todas maneras, tengo que irme a trabajar. Problemas a la vista.
Beth asintió también, como si supiera perfectamente a qué se estaba refiriendo.
–Gracias por… todo –dijo, titubeando antes de pronunciar la última palabra.
Pudo ver cómo su espalda se tensaba.
–Seguro –repuso.
–Y lamento de nuevo… lo de mi padre.
Él sacudió simplemente la cabeza mientras se agachaba para calzarse los zapatos.
Por alguna razón, Beth fue incapaz de soportar aquel silencio.
–¿Me llamarás si surge alguna nueva noticia con lo de la investigación?
Sí, su espalda estaba definitivamente tensa.
–¿Es esa la única razón por la que quieres que te llame?
Beth se sentó en la cama, subiéndose las sábanas hasta el pecho.
–¿Qué quieres decir?
–Quiero decir… Supongo que no sé lo que quiero decir. Solo que esto está empezando a volverse…
–¿Incómodo? –sugirió ella.
–No –tiró con fuerza de los cordones de sus zapatos, apretando las lazadas, y se levantó. El movimiento de los músculos de sus brazos logró distraerla por un momento, haciéndola olvidarse de que estaban manteniendo una conversación seria–. Está empezando a volverse un poco intenso, y se me hace raro que… ¿Hola?
–Perdona –Beth se obligó a levantar la mirada hasta sus ojos. Eran de un azul humo y estaba irritado. Se sobresaltó ante lo intimidante de su aspecto: duro, casi cruel. Lo cual le recordó en seguida la manera en que le había hecho el amor, en el suelo del vestíbulo.
Su mandíbula parecía esculpida en piedra.
–Lo único que estoy diciendo es que estamos pasando tiempo juntos. Cada vez más. Y que tú ni siquiera confías en mí.
–No, no confío en ti. Te lo dije desde el principio.
–Sé que te mentí –se alejó unos pasos–. Pero desde entonces ya no he vuelto a hacerlo, ¿verdad?
–Eso no importa –repuso ella–. No es un problema de confianza. Esto no es una relación. Es solo algo… –intentó pensar en una palabra que no resultara ofensiva–. Casual.
–Ya. Tan casual que no quieres que la gente lo sepa.
–¿Qué? –exclamó ella–. ¡Tú tampoco quieres que lo sepa la gente!
Eric se pasó una mano por el oscuro pelo, despeinándoselo todavía más.
–Lo sé. Pero no es que no quiera que la gente lo sepa. Es solo que…
Beth arqueó una ceja con una expresión de superioridad.
–Yo solo quiero que esto sea algo íntimo. Privado –terminó él.
–Es lo mismo, Eric.
–De todas maneras, habíamos acordado que sería una cosa de una sola noche. Pero ahora…
–Entonces deberíamos dejarlo –se apresuró a sugerir ella.
Él cruzó los brazos y se la quedó mirando con fijeza, como si fuera una niña insolente.
Beth se encogió de hombros.
–¿Qué pasa? Tienes razón. No confío en ti y nunca confiaré. Habíamos acordado que solamente sería una noche. Luego quedamos en que dos. Pero ahora mismo estamos perdiendo el control.
Eric desvió la mirada hacia el vestíbulo.
–A mí me gusta perder el control –masculló.
Beth cerró los ojos. A ella le ocurría lo mismo. Se humedecía solo de pensar en su propio atrevimiento de la noche anterior, y en lo muy loco de deseo que lo había vuelto. Y en la manera en que él le había hecho el amor en el suelo, como si fuera un animal. Apenas habían logrado pasar de la puerta.
–A mí también –admitió–. Pero no sé qué es lo que me estás pidiendo.
Él se sentó, de cara al vestíbulo.
–No lo sé. Quizá quiera sentir que puedo llamarte en cualquier momento.
–Por supuesto que puedes hacerlo.
La miró por encima del hombro.
–Quiero llamarte sin tener la sensación de estar entrometiéndome en tu vida real.
–Y, sin embargo, no quieres hablar con tu hermana delante de mí.
–No quería despertarte.
Ella se tumbó entonces en la cama y se quedó mirando el techo.
–Eso no es cierto, Eric. No finjas que lo es.
Eric maldijo por lo bajo y Beth sintió cómo se hundía la cama cuando él se le acercó.
–Está bien. Te diré la verdad. Mi hermana adivinó quién eras. Luke y yo estábamos hablando de ti y él mencionó tu nombre. Tessa lo reconoció y ató los cabos. Sabe que eres tú la mujer que fue a la cervecería, la que…
Beth asintió.
–Y tan pronto como lo descubrieron –continuó él–, empezaron a mirarme con ojos distintos. Como preguntándose por lo que habíamos hecho. Imaginando qué es lo que tú pudiste ver en mí… Tú eres prácticamente una celebridad.
Sí. Eso Beth podía comprenderlo. Porque ella también se sentía así. Solo que tenía que cargar con ello en cada cita. Al menos Eric podía alejarse de ella si quería.
De repente se sintió súbita y dolorosamente contenta de que él no quisiera alejarse de su lado.
–Funciona igual para mí, ¿sabes? –murmuró–. Como la otra cara de un disco.
–Ya.
–No es que quiera esconderte, Eric. Pero quiero mantener esto en privado. Como tú.
–¿Sigues saliendo con otros hombres?
Ella abrió mucho los ojos.
–¿Qué?
–¿Te estás viendo con otros hombres?
–He pasado las dos últimas noches contigo. No he tenido tiempo de ver a nadie más.
–Eso no es una respuesta.
–Para ser sincera, no he pensado en ello.
Eric apretó la mandíbula, frustrado.
–No te estoy pidiendo que saques esto a la luz pública. Con esa columna que escribes…
Beth experimentó un súbito estremecimiento de terror. ¿Sabía Eric lo de la columna? ¿Cómo? Se lo imaginó leyéndola y…
–Si pudieras respetar mi intimidad… No mencionando mi nombre, por ejemplo.
–¡Por supuesto! –se apresuró a prometerle ella.
–Todo en mi vida, todo lo que hago y lo que soy… es por mi familia. Mis hermanos. Mi padre. Mi apellido.
–Lo entiendo, yo nunca revelaría tu nombre.
–No es me avergüence de ti, Beth. Eres una chica increíble. Es solo que… La verdad es que no sé lo que es. No sé qué es lo que estamos haciendo. Pero lo necesito. Por mí. Justamente por mí mismo. Y quizá sea precisamente por eso por lo que no me gusta que otra gente lo sepa. ¿Tiene esto algún sentido?
Beth ignoraba por qué, pero para ella sí que lo tenía. De esa manera, se sentía… segura. Asintió con la cabeza.
Eric se aclaró la garganta.
–Y supongo que lo que quiero es saber que cuando estás conmigo, estás conmigo. Que es algo íntimo, entre tú y yo. Y que no te estás viendo con nadie más. Durante el tiempo que dure. Aunque sean unos pocos días. Los que sean.
¿Era eso lo que ella quería? ¿Intimidad y exclusividad? Como si necesitara las atenciones de otro hombre después de haber pasado la noche con él… Como si tuviera la más mínima intención de que otro hombre le pusiera las manos encima.
–Si ese no es tu estilo, perfecto. Pero no podré evitar leer esa columna y preguntarme si…
–Por supuesto –lo interrumpió ella–. Por supuesto que no tengo intención de estar con más hombres en este momento.
Vio que sus hombros se relajaban un tanto.
–¿De veras? No quiero que tengas que cambiar tu vida por mi culpa.
–Nunca me veo con más de un hombre a la vez –le confesó ella con absoluta sinceridad.
Él se volvió para mirarla, arqueando una ceja con gesto de sorpresa.
–¿Nunca?
Beth sacudió la cabeza, frunciendo el ceño ante la incredulidad que destilaba su voz.
–Está bien.
–Y puedes llamarme –susurró ella–. Puedes llamarme y esto seguirá siendo secreto.
Se quedó callado durante un buen rato, y dado que le estaba dando la espalda, ella no pudo leer su expresión. ¿Estaría furioso? ¿Ofendido? Finalmente, aspiró profundo y dijo:
–Eso me gustaría.
Dios, a ella también. Asintió, y Eric se volvió por fin. Le acarició la mejilla, y después le dio un rápido beso antes de levantarse. Beth sintió que el corazón le daba un lento vuelco en el pecho mientras lo veía marchar.
Se quedó simplemente sentada, con el aliento contenido, hasta que escuchó el ruido de la puerta al cerrarse.
¿Qué diablos estaba haciendo? No confiaba en él. Eric no quería que supiera que eran amantes. Todo era un error y, sin embargo, estaba obsesionada con él.
¿O era solo sexo? ¿O quizá fuera el secretismo de todo aquello, precisamente, lo que le gustaba?
Tenía que estar en el trabajo antes de las once, pero se acurrucó bajo el edredón. Al fin y al cabo, años atrás le habían roto el corazón, y por un hombre que no había podido mantener la boca cerrada. O, mejor dicho, su corazón había sido literalmente machacado por un hombre que nunca había tenido la intención de mantener la boca cerrada.
Ella no había sido para nada como las demás chicas del instituto. Había sido alta, morena y curvilínea, al contrario que el noventa por ciento de sus compañeras, que habían sido finas, esbeltas, estilizadas. Beth había desarrollado pechos y caderas ya en quinto curso y, a partir de entonces, había hecho todo lo posible por esconderlos debajo de suéteres y tejanos anchos. Aquellos esfuerzos habían mantenido a los chicos a distancia, aunque ese no había sido su objetivo. No exactamente, al menos. Simplemente no había querido que hicieran comentarios sobre el tamaño de sus senos.
Pero, en el último año, finalmente se había echado un novio. Christopher West. La había llevado a una reunión de antiguos alumnos. Habían estado saliendo durante meses. Beth se había enamorado. Y había perdido la virginidad. El sexo había estado bien. Normal. Nada espectacular, pero tampoco nada horrible. Y si el sexo no le había gustado demasiado, otra cosa había sido la idea de que le gustara a un chico. Esa parte había sido emocionante: que un chico al que amaba estuviera tan desesperado por hacerle el amor. Que suplicara y protestara cada vez que ella le decía que no. Él la había necesitado. La había amado. Había pensado en ella cada momento que habían pasado separados.
Beth se había descubierto repentinamente transformada. De una chica en la que nadie se había fijado hasta el momento, había pasado a ser una joven capaz de volver loco de deseo a un chico. Pero entonces había cometido el peor error de su vida. Cuando Christopher sacó una cámara Polaroid y le preguntó si podía sacarle fotos, Beth se había sentido halagada en un primer momento. Le había entusiasmado la idea de que él pudiera considerarla tan bella. Así que había aceptado.
Se hizo un ovillo bajo el edredón al recordarlo. ¿Cuántas horas de su vida había desperdiciado deseando poder volver atrás a aquel estúpido momento para cambiar sus propias palabras? «No», le habría dicho. «Ni en un millón de años».
Pero por mucho que hubiera rezado para poder cambiar las cosas, el pasado siempre permanecía inalterado. Había posado desnuda para él. Tímidamente, se había abierto de piernas. Incluso se había dejado fotografiar de rodillas ante él.
Fueran cuales fueran las intenciones de Christopher en aquel momento, la presión había pesado demasiado. Tenía fotografías «sucias» de su novia. Sus amigos se habían burlado de él, riéndose de que había estado saliendo con la chica «regordeta» durante meses. Y él quiso demostrarles que la chica «regordeta» era tan atractiva como sus novias. Más sexy, incluso.
O, al menos, esa era la explicación que él le dio después.
Tanto si había pretendido perjudicarla como si no, había enseñado aquellas fotos a sus amigos en una fiesta. Y luego se las había llevado al instituto. Alguien le había arrebatado la peor de ellas, para luego hacerla circular.
Aquello había significado su defenestración. No había lugar en el instituto para una chica que había dejado que un chico le sacara fotografías porno. Se había ganado un estigma que había dado pie a insultos y abusos. Había quedado reducida a basura ante los demás. Y luego sus padres habían sido convocados al despacho del director…
Cuando sintió el cosquilleo de las lágrimas corriendo por su rostro, se apretó los ojos con las manos y sacudió la cabeza. ¿Por qué estaba recordando precisamente en aquel momento todo aquello? Ya no estaba en el instituto. No tenía ya que responder ante nadie.
Pero aquello había estado allí durante todo el tiempo, ¿no? Parte de su incapacidad de relacionarse con un hombre se debía a su constante temor a que ese hombre pudiera luego hablar de ello. A que la describiera a ella y lo que habían hecho juntos. A que se riera de ella con sus amigos. A que utilizara lo que habían hecho como un trofeo, sobre todo ahora, cuando estaba al frente de The White Orchid.
Eric había tenido razón. Ser la encargada de un negocio como el suyo era como ser una especie de celebridad local. Lejos de esforzarse por ganar aquella fama, lo único que había hecho era trabajar en la tienda hasta la extenuación. Y, en lugar de alardear de ello, Eric no quería que nadie lo supiese. Lo cual le proporcionaba a ella una sensación de seguridad, a pesar de sus mentiras. Una seguridad suficiente para tener sexo con él, aunque no para amarlo. De eso, al menos, sí podía estar segura.
Se permitió llorar todavía un poco más por la chica de diecisiete años que había sido. Aquellos meses finales en el instituto habían sido como el final de una vida. Y, en cierta manera, así había sido, porque nunca había vuelto a ser aquella chica. Aquella chica destrozada.
Pero supuestamente ahora era una mujer mejor, y más fuerte, así que se obligó a levantarse, a ducharse y a vestirse para el trabajo. No se acicaló mucho, porque no lo necesitaba. No necesitaba esforzarse por parecer sexy cuando se sentía sexy de la cabeza a los pies. Así que se puso unos tejanos con los zapatos de tacón, eligió un cómodo top negro y se recogió la melena en una cola de caballo. Se sentía una mujer nueva y, además, lo parecía.
Cuando sonó su móvil, solo una leve ronquera de voz había podido traicionar sus anteriores emociones.
–¿Diga? –respondió mientras cerraba con llave y empezaba a bajar las escaleras.
–¿Señorita Cantrell?
La voz no le resultaba familiar, así que se mostró desconfiada.
–¿Puedo preguntar quién me llama?
–Señorita Cantrell, soy Yvette Page, del despacho del señor Roland Kendall. Al señor Kendall le gustaría que se pasara hoy por aquí, solo serán unos minutos. La dirección es…
–No –la interrumpió Beth, deteniéndose en los escalones de la entrada para recuperar el resuello y tranquilizar su corazón, súbitamente acelerado. El señor Kendall solo podía llamarla por un tema en particular–. Hoy no puedo. Estoy trabajando.
–Oh –dijo la mujer, con una genuina sorpresa reflejada en aquel único monosílabo. Aparentemente eran pocos los que le decían que no a Roland Kendall–. Quizá podría hacer alguna alteración en la agenda. El señor Kendall se mostró muy insistente.
–De verdad que no puedo –insistió Beth–. Me es imposible. Por favor, dígale que lo lamento –y colgó antes de que empezara a temblarle la voz. ¿Realmente esperaba aquel hombre que ella se presentara en su despacho en cualquier momento, como si fuera uno de sus hijos, dispuesta a dejarse intimidar?
¿Qué podría querer de ella, por cierto? Ya había hablado con la policía. Ya no había marcha atrás. Así que evidentemente solo querría castigarla por lo que había hecho. Cuando volvió a sonar su móvil, inmediatamente rechazó la llamada. O era Kendall o su secretaria, y ella no quería hablar con ninguno de los dos.
Tal y como había esperado, para cuando llegó finalmente a su coche, ya había recibido un mensaje de voz. Del mismo número de la primera llamada. Pero, cuando fue a escucharlo, descubrió que no se trataba de su secretaria.
–Beth –ladró la voz de Kendall–. No sé qué es lo que pretendes. Después de todo lo que he hecho por ti. Te metí en mi casa y te introduje en un estilo de vida con el que tú ni siquiera habías soñado. ¿Y es así como me lo pagas? ¿Con mentiras sobre mi hija? No sé si es por envidia o por celos. No me importa qué diablos sea. Pero vas a parar esto inmediatamente, porque de lo contrario habrá repercusiones tanto en tu vida personal como profesional. De hecho… –se interrumpió de golpe, y Beth se preguntó si no se habría dado cuenta de que su reprimenda estaba quedando grabada–. Ven aquí ahora mismo o te arrepentirás –masculló al fin antes de colgar.
–Oh, claro –musitó, irónica–. Ahora mismo voy.
No había sido muy concreto, pero Beth estaba segura de que se había referido a perjudicar su negocio de alguna manera. Al fin y al cabo, ¿de qué otra manera podía amenazarla? The White Orchid era lo más importante de su vida. Era algo tanto personal como profesional. Le enfermaba pensar que lo que había hecho pudiera perjudicar de alguna forma a Annabelle y a la tienda.
Demasiado nerviosa para intentar calcular la hora en Egipto, decidió enviar a Annabelle un mensaje de texto en lugar de llamarla. Por favor, llámame en cuanto puedas. Bss. Beth.
Annabelle necesitaba conocer lo que estaba pasando, solo por si acaso y, cuanto antes, mejor.
Mientras se dirigía a la tienda, se esforzó todo lo posible por quitarse el problema de la cabeza. No era para tanto. Todo se arreglaría, seguro. Le había contado la historia a la policía y, si Kendall se ponía de aquella forma, volvería a hablar con ellos para decírselo.
Ya más tranquila, fue capaz de entrar en The White Orchid con una sonrisa.
–¡Hey, Beth! –la saludó Kelly–. ¡Estás muy guapa!
–Gracias. ¿Cómo es que huele tanto a té y a jengibre? No es que me queje, claro.
–La señora de los tés se pasó esta mañana por la tienda. Dijo algo acerca de que había que prepararse para el invierno…
–¿Linda Fallon? ¿La propietaria de la tetería?
–La misma.
Beth la había conocido en la feria de la última primavera, donde Linda le comentó que algunas de sus variedades de té contenían ingredientes capaces de estimular la libido femenina.
–Yo le propuse que preparáramos un muestrario de tés este invierno, y parece que se ha presentado a tiempo. ¿Ha dejado muestras?
Kelly le señaló una caja sobre el mostrador.
–Sí. Y también me preparó un té. Lleva consigo un calentador de agua en el coche. ¡Qué apañada es!
Beth recogió la caja y se dirigió a su despacho. Quizá esa vez probara algunos de aquellos tés… Antes no había pensado que mereciera la pena, dada su pobre vida sexual, pero ahora… Aunque quizá ahora, precisamente, no necesitara estimular más su libido. Porque, en ese aspecto, no tenía ninguna queja. Sonriendo, volvió a llenarse los pulmones de aquel aire tan ricamente especiado y se encerró en el despacho.
Volvió a sentirse bien y reconfortada, como si los muros de aquella tienda la aislaran del resto del mundo. Era un mundo de fantasía, después de todo. Porque si una boutique erótica no estaba hecha para relajarse, ¿para qué servía entonces?
Decidida a no pasarse otro día encerrada en el despacho, volvió a la tienda para terminar con la limpieza previa a la temporada. Los percheros ya estaban a tope, y la gente de Colorado no necesitaba ya bañadores en octubre. Procedió a retirarlos y los apartó para dejar sitio a los artículos de Halloween. Annabelle siempre se había preocupado de no dejar que la boutique degenerara en una tienda de disfraces, pero, por otro lado, tenían que ofrecer un aspecto festivo, lúdico. ¿Y qué podía haber más lúdico que un uniforme de enfermera picarona?
Beth contempló el maniquí femenino ataviado con un uniforme militar de camuflaje, pantalón ajustado y camisa sin mangas. No era muy práctico para caminar por la jungla, pero tenía mucho éxito entre las clientas. Habían vendido ya casi todos. Colgó luego unos sujetadores de talla extra bien a la vista, porque sus clientas de pecho grande solían quejarse de las dificultades que tenían para encontrar ropa sexy de su talla. Beth las entendía perfectamente. Cuando tenía que comprar un bikini, el tamaño de los diminutos triángulos que supuestamente tenían que cubrir sus senos era ciertamente de risa.
Estaba limpiando a fondo los ganchos de los percheros cuando de repente se abrió la puerta y una vibrante risa masculina resonó en la sala.
–Sé que he estado muy liado –estaba diciendo el hombre–, pero te juro que esta noche volveré temprano a casa para compensarte. De hecho quizá hasta te lleve un regalo.
Beth se volvió para saludar al cliente… y la sonrisa se le congeló en los labios. El hombre se quedó también congelado, con el móvil pegado todavía a la oreja y sus ojos verdes cada vez más abiertos.
–Er… Olivia –dijo–. ¿Puedo llamarte luego?
Jamie Donovan bajó lentamente el teléfono y lanzó una rápida mirada alrededor de la tienda. Cuando volvió a mirar a Beth, bajó la vista al bote de spray y al trapo que llevaba en las manos.
–Oh –exclamó en voz baja y parpadeó varias veces.
Beth seguía paralizada, pero cuando apretó con demasiada fuerza el bote, disparó un chorro de aire que la hizo dar un respingo.
–Hola –la saludó Jamie.
–Hola –repitió ella. Se dijo que no debería sorprenderse de verlo allí. Era un cliente, al fin y al cabo. Pero su presencia la había pillado por sorpresa, y el hecho de saber lo que había hecho con Eric precisamente la noche anterior…–. ¿Puedo ayudarte en algo? –preguntó de manera automática, porque no se le ocurría nada que decirle.
–Yo… –Jamie volvió a mirar a su alrededor, y sus mejillas se sonrosaron ligeramente–. Estaba buscando un regalo. Solo quería… echar un vistazo.
–Bien.
Pero él no se movió, simplemente basculó levemente sobre sus talones y hundió las manos en los bolsillos, un gesto que le recordó de inmediato a Eric.
–Entonces… ¿trabajas aquí?
–Sí.
–Ya. En realidad no nos han presentado oficialmente –avanzó un paso y le tendió la mano–. Yo soy… Bueno, supongo que ya sabes quién soy.
–Sí. Yo soy Beth –se cambió el trapo de mano y se adelantó para darle un breve apretón de manos para retirarse en seguida–. De todas maneras, será mejor que siga trabajando porque si no…
–¡Beth! –Kelly asomó la cabeza por la puerta de la trastienda–. Tengo a una mujer al teléfono que hace tatuajes de jena. Quiere hablar con la encargada de la tienda.
Beth cruzó una rápida mirada con Jamie y vio que sus ojos se abrían aún más.
–Perdona –murmuró. Nunca le había dado tanta alegría recibir la llamada de una vendedora. No solo porque le permitió librarse de Jamie sino porque, a los pocos segundos de ponerse al habla con la mujer, se dio cuenta de que le estaban proponiendo una gran idea.
–Sé que organiza de vez en cuando actividades en el local –le estaba diciendo la artista de la jena, con voz algo nerviosa–. Me encantaría que considerase usted la idea de contratarme para hacer tatuajes.
Beth sabía bien lo que eran los tatuajes de jena, pero dejó que la mujer le explicara sus técnicas y experiencias con aquel arte.
–Si está dispuesta a venir aquí para hacerme una demostración, le aseguro que lo haré.
Concertaron una cita para finales de aquella semana y, en cuestión de minutos, quedó todo arreglado. Nada más colgar, sin embargo, Beth se quedó sentada en su despacho. Necesitaba dar a Jamie tiempo para hacer sus compras y marcharse de una vez.
Aunque, por otro lado, ¿qué le importaba? Ella no tenía razón alguna para avergonzarse de nada. Tal vez a Eric no le gustara que otra persona de su entorno supiera de su existencia, pero, en realidad, Jamie no sabía casi nada. No sabía, por ejemplo, que Eric y ella habían pasado la última noche juntos. Y la anterior también.
Acababa de decantarse por enfrentar otro incómodo encuentro con Jamie Donovan, y se estaba levantando ya de su escritorio, cuando sonó su móvil. Lo sacó del bolsillo y volvió a sentarse, agradecida.
–¡Beth! –exclamó Annabelle, con una voz más clara y cristalina que de costumbre–. ¿Estás bien? ¿Va todo bien?
–¡Oh, claro que sí!
–Gracias a Dios. Te echo tanto de menos… Cuando leí tu mensaje, te juro que se me derritió el corazón.
Beth se sonrió. Annabelle ponía en la amistad todo aquello que ponía en los demás aspectos de la vida: pasión y entusiasmo.
–Yo también te echo de menos. En serio –«en serio», se recordó–. ¿Te sigues divirtiendo?
–La palabra «diversión» no puede describirlo. Todavía no me puedo creer lo muy contenta que me siento. Plena. Es como si hubiera vuelto a nacer.
Beth asintió, feliz por su amiga, pero la verdad era que Annabelle le había dicho exactamente lo mismo después de una clase de yoga Bikram, el año anterior.
–Es increíble. Me alegro tanto por ti… pero, ¿has pensado cuándo vas a volver a casa?
–Oh, Beth, siento todo aquello tan lejos…
Beth asintió de nuevo, frunciendo el ceño.
–Ya, pero necesito decirte algo, Annabelle. Me preocupa haber causado algunos problemas a la tienda… –y le explicó exactamente lo que había sucedido, a excepción de su aventura con Eric–. Creo que no pude haber manejado el asunto de una manera diferente….
–¡Por supuesto que no! –exclamó Annabelle–. ¡Hiciste lo correcto!
–Yo no sé qué es lo que pretende, pero es un tipo poderoso, con contactos importantes. Me preocupa ese representante del Estado que estuvo complicando las cosas el año pasado.
–El que propuso la ley que prohibía toda clase de parafernalia erótica a dos kilómetros a la redonda de una escuela pública.
–Sí.
–No pasó del comité de deliberaciones. No te preocupes por eso.
–Pero si Kendall decide respaldar económicamente a ese político… Es que no me imagino en qué más puede estar pensando. Dios, lo siento muchísimo, Annabelle. Si él…
–Sea lo que sea que intente hacer ese canalla, no tendrá más efecto que cualquier otra campaña que ha tenido que soportar la tienda. En Boulder somos una institución. Todo el mundo sabe que The White Orchid no es un mezquino sex-shop. Todo saldrá bien.
–Espero que tengas razón.
–Beth, tú nunca podrías hacer nada que perjudicara a la tienda, ni aunque quisieras. Esta criatura es tan tuya como mía. De hecho, precisamente quería hablar contigo de eso.
–¿De criaturas? –inquirió Beth, confusa, preguntándose si no habría conocido Annabelle a un atractivo egipcio y decidido sentar la cabeza con él.
–¡No, qué va! ¡De la tienda! Estoy pensando que podría ser un buen momento para un cambio.
–¿Qué clase de cambio? –quiso saber Beth, desconfiada. Si su amiga pretendía delegar alguna carga más sobre ella, le iba a dar un ataque.
–Me he integrado en una organización de mujeres de aquí. Naeemah… te he hablado ya de Naeemah, ¿verdad? Ella coordina un grupo que ayuda a mujeres pobres a gestionar microcréditos con los que empezar sus propios negocios.
–Entiendo.
–Bueno, yo estoy… estoy enamorada de ese proyecto, Beth. No quiero dejarlo.
–¿Que no quieres dejarlo? –preguntó Beth, pronunciando con gran esfuerzo las palabras.
–No. No es que quiera seguir viajando. Ni que me sienta como si estuviera de vacaciones. No, me siento como si estuviera en casa.
Beth asintió, porque a esas alturas era incapaz de hablar.
–Lo que estoy intentando decir es que… Me gustaría ofrecerte la oportunidad de que te quedaras con The White Orchid.
–¿Qué?
–Ya hablamos de ello hace unos años, ¿recuerdas? Sobre que quizá te apeteciera algún día comprar la tienda, y que yo te la pudiera traspasar. Ahora mismo, estás trabajando en ella tan duro como cualquier propietaria de un negocio. Estás haciendo mi trabajo, además del tuyo. Eres increíble, y eres la única persona a la que podría confiarle The White Orchid.
–Pero… ¿qué vas a hacer tú?
–He pensado en comprarme una casita cerca del centro de mujeres. Y podría simplemente… trabajar. Ayudar a la gente.
Beth se dio cuenta en aquel momento de que no había dejado de asentir con la cabeza.
–No sé qué decir.
–No digas nada aún. Es una decisión muy importante, Beth. Una de las mayores que podrías tomar. Pero yo sé que tú estás hecha para mejores cosas que para ser simplemente mi encargada. La tienda te pertenece ya, de hecho. Tú puedes hacerlo. Era lo que querías.
Beth continuaba asintiendo.
–Piensa en ello. Te llamaré la semana que viene y discutiremos los detalles.
–Está bien.
–Y, por favor, ten cuidado con Roland Kendall. No estoy preocupada por la tienda, Beth. Estoy preocupada por ti.
Beth sonrió automáticamente, pero para cuando colgó el teléfono tenía el estómago como una piedra. Ser la dueña de The White Orchid era su sueño. O lo había sido, años atrás. Pero había pasado aquellos últimos meses simplemente anhelando que Annabelle volviera a casa y ocupara su lugar como legítima propietaria de la tienda. La cara pública de The White Orchid. La mujer que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sin Annabelle, ella se sentía… aterrorizada.
Pero si The White Orchid era suya, ella sería la propietaria. Su padre se sentiría tan orgulloso…
–Oh, claro –murmuró para sí, irónica. Se sentiría orgulloso hasta que descubriera exactamente a qué se dedicaba la tienda. Corsés y fajas para señoras.
Tenía dinero ahorrado, aunque había dado un buen mordisco a su fondo para comprarse un coche nuevo, ese mismo año. Aun así, todavía le quedaba bastante y la tienda proporcionaba unos ingresos constantes, seguros; un pequeño crédito podría pagarlo sin problemas. Probablemente podría comprarle el negocio directamente a Annabelle.
Contemplando el atestado despacho en el que se encontraba, aspiró profundamente. Adoraba aquel lugar y las mujeres que trabajaban allí. Adoraba ayudar a las clientas y ayudarlas a que se sintieran cómodas. Y llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Lo que no había esperado era que fuera a producirse tan pronto.
Como tampoco había esperado que llegaría a sentirse tan aterrada, si era terror la emoción que le atenazaba de aquella forma el estómago.
–¿Beth? –la llamó Kelly–. ¿Has colgado el teléfono?
–Sí –susurró. Se aclaró luego la garganta y repitió, alzando la voz–: ¡Sí!
–¿Sabes cuándo recibiremos más cristal? ¡Ese que tenemos de treinta centímetros está causando furor!
Beth se obligó a hacer a un lado sus reflexiones y volvió al trabajo.
Jamie se había ido, y Kelly estaba blandiendo el dildo de cristal negro mientras hablaba con una mujer de mediana edad vestida de ejecutiva. Lo que era una jornada laboral más.