Capítulo 17

 

Beth condujo directamente de vuelta a la tienda, con su estado de relajación evaporándose a cada segundo. Eran casi las tres y no podía llegar tarde a su reunión, pero lo único que quería era estar sola por unos minutos.

Y, si era sincera consigo misma, no tenía muchas ganas de volver al trabajo. Cuando Eric le preguntó al respecto, había sido sincera sobre sus razones para amar The White Orchid. Pero algunas de esas razones estaban empezando a desvanecerse, superadas por la sensación de que estaba equivocando el camino día a día.

Tampoco había tenido ninguna gana de renunciar a la compañía de Eric. Solo de pensar en él, se le aceleraba el pulso. Volvería a verlo aquella noche, una perspectiva que se presentaba tan emocionante como aterradora. Estaban intimando demasiado, y demasiado rápido. Aun así, quería más. Más tiempo con él, más sexo y más momentos secretos. Más de aquella nueva vida que no había disfrutado antes.

Bajó el cristal de la ventanilla, consciente de que el pelo le quedaría hecho un desastre, pero no le importaba. Quizá todos pensaran que se había estado revolcando en la cama con alguien. Y quizá ella se lo permitiera.

Llegó a la tienda a las dos y cincuenta y ocho, agudamente consciente de que en cuatro horas volvería a marcharse, de vuelta con Eric. Y en esa ocasión a la casa de él, a su cama. ¿Estaría pensando en ella en aquel preciso instante? La idea de que había leído sus columnas, de que pensaba en ella durante su ausencia… ¿Fantasearía con ella de la misma manera que ella hacía con él?

Beth estaba tan distraída con aquellas reflexiones que no se fijó en el hombre que bajó del asiento trasero de un todoterreno a unos pocos pasos de distancia. No hasta que él la llamó por su nombre.

–¡Beth!

Se detuvo de pronto al ver a Roland Kendall avanzando hacia ella. Retrocedió un paso, lanzando una rápida mirada a su alrededor para asegurarse de que no estaban solos. Pero aquella era una tarde agitada. La puerta de la tienda se abría continuamente y salían clientas. Un corredor pasó a su lado por la acera. No estaba sola, afortunadamente.

–¿Qué es lo que quiere? –le preguntó.

–Quiero que dejes el tema en paz.

Beth retrocedió otro paso, esperando poner alguna distancia entre ellos. Su calva cabeza estaba roja de rabia y entrecerraba los ojos de rabia.

–No se trata de mí, señor Kendall. La policía tiene toda la información.

–Tú montaste todo esto –le espetó él–. Y tú lo arreglarás.

–Eso no tiene ningún sentido. Ellos ya saben lo que dijo Mónica. No puedo retirar lo que dije, ni aunque quisiera.

–No puedes retirarlo, pero sí arreglarlo. Y lo harás.

Beth sacudió la cabeza.

–No, yo…

–Llama al detective y dile que mentiste. Dile que te lo inventaste porque siempre habías detestado a Mónica y querías perjudicarla.

–No me creerá.

–Eso no importa. Si te desdices, ellos no podrán utilizar tu declaración en los tribunales. Te considerarán una testigo no fiable, que es lo que deberías ser.

Beth estaba cansada de retroceder, así que se plantó y apoyó las manos en las caderas.

–No voy a mentir a la policía por Mónica. Fue ella la que me arrastró a esto, y la verdad es que no estoy precisamente muy contenta por ello.

–La malinterpretaste –replicó él–. No sé qué es lo que te dijo, pero…

–Sé bien lo que me dijo. Yo estaba allí. Y no es usted justo al tratarme como si fuera una delincuente cuando Graham y Mónica lo son…

Roland estiró de pronto una mano y la cerró sobre su muñeca, antes de que ella pudiera evitarlo.

–Me caes bien, Beth. Siempre me has caído bien, pero no dejaré que le arruines la vida a Mónica.

–Suélteme –tiró con fuerza y logró liberar la muñeca–. Váyase.

–Escúchame. Graham está muerto para mí. No hay nada que yo pueda hacer por él. Pero no dejaré que Mónica se hunda con él. Por favor.

Beth se quedó helada al oír aquella palabra. Una palabra que nunca había escuchado de los labios de Roland Kendall. Aquel hombre siempre se había mostrado insensible y altivo. Por un momento, un brillo de miedo había aparecido en sus ojos.

No pudo evitar sentir una punzada de simpatía por él. Lo conocía desde hacía demasiado tiempo.

–Ellos lo quieren a él. A Graham. Eso es todo.

–Pero yo no puedo traicionarlo. Es mi hijo.

–Lo siento –agarrando el bolso con fuerza, intentó pasar de largo por delante de él–. No puedo ayudarle.

–Se trata de la familia –gruñó él. Beth continuó andando, pero sus siguientes palabras la hicieron detenerse–. Yo imaginaba que comprenderías el significado de esa palabra, teniendo en cuenta lo mucho que quieres a tu padre. Puede que los hijos no siempre se comporten bien, pero aun así los seguimos queriendo…

Ella se giró de golpe para mirarlo.

–¿De qué está hablando?

–La otra noche disfruté de una cena encantadora con tu padre. Quería saber qué era lo que estaba pasando en tu vida para que hubieras decidido atacar a tus antiguas amistades.

Beth sacudió la cabeza. No. Aquello no podía ser cierto. Su padre había salido a cenar con un viejo amigo. Recordó lo que le había dicho: «no te imaginas quién me ha llamado…».

–Tu padre está estupendo, por cierto. Y no podía dejar de hablar de ti. Pero yo me quedé algo confuso.

–No –murmuró ella.

–Tiene unas ideas bastante extrañas sobre la manera en que te ganas la vida.

–¿Se lo contó usted? –le preguntó Beth, adelantándose a cualquier protesta o negativa. Roland Kendall no había ganado millones de dólares porque fuera un imbécil.

–No se lo conté, no. Pero lo haré.

Pensó que había malinterpretado sus planes. O lo había subestimado, simplemente. Sí, él podía perjudicar la tienda, pero eso era una venganza a largo plazo. Había otra amenaza mucho más inmediata, que podía hacer realidad con una simple llanada de teléfono.

–Llama al detective y dile que mentiste –insistió Kendall–. No quiero hacerte esto, pero lo haré si me obligas.

Beth se marchó sin responder. ¿Qué podía decirle? No iba a suplicarle, pero se daba cuenta de que también le había dicho que no. Antes de que hubiera llegado a entrar en la tienda, Kendall se dirigió de vuelta a su coche. El chófer se apresuró a bajar para abrirle la puerta.

El hombre tenía un chófer y un avión privado y Dios sabía cuántas cosas más. Y ella se había convertido en un enemigo para él. No importaba que hubiera hecho lo correcto. Rolland Kendall probablemente había arruinado a gente por cosas más pequeñas que perjudicar a su familia.

Afortunadamente, el encuentro con él no había durado más de unos diez minutos, porque la cabeza de Beth ya estaba dando vueltas. Tan pronto como se marchó, llamó a su padre intentando disimular el pánico de su voz.

–¡Beth! –contestó su padre con un tono tal de felicidad que ella tuvo que contener las lágrimas–. ¿Cómo estás?

–Estoy bien, papá.

–Tenía intención de llamarte. No te imaginas lo bien que me cayó ese caballero amigo tuyo. Es exactamente el tipo de hombre que deberías frecuentar. Serio, inteligente.

–Papá, solo somos amigos. Necesito preguntarte…

–Entonces deberías hacer todo lo posible por verlo más. Tienes treinta y cinco años. Es hora de que sientes la cabeza.

Beth cerró los ojos con fuerza.

–¿Quién te llevó a cenar la otra noche?

–¡Creí que te lo había dicho! Roland Kendall. ¿Te lo puedes creer? La última vez que lo vi fue en la fiesta de tu graduación. Nos invitó a todos a cenar después. De hecho, yo intenté pagar esta vez, pero él insistió en invitarme y te lo confieso, le dejé. Al fin y al cabo, él sí que se lo puede permitir.

–Papá, ¿de qué hablasteis?

–Oh, de lo que hablamos los viejos. De nuestras familias, de nuestras vidas. Ambos queremos nietos, por supuesto. Nos reímos de que nuestras respectivas hijas habían olvidado las cosas importantes de la vida… Por cierto que creo que a Eric le gustas de verdad. Creo que en todo esto hay más cosas que las que le has contado a tu padre.

Beth se llevó una mano a la frente. Sí que había más cosas. Muchas más.

–Estoy orgulloso de ti. Y muy preocupado, ya desde hace tiempo. Después de todo aquel absurdo. Trabajas demasiado y nunca vienes a casa. Pero eres una buena chica. Sé que terminarás en compañía de un buen hombre y llevando una buena vida.

Beth se apretó la frente con fuerza, como intentando contrarrestar la presión que sentía por dentro.

–Papá –susurró–. Yo no… Yo…

–Oh, sé que no quieres hablar de esto ahora, pero sucederá. Os esforzáis tanto los dos por esconderlo… ¡Lo pasé hasta mal teniendo que poner una cara seria!

Parecía tan feliz… Y orgulloso. Orgulloso de que su hija no fuera una solterona a la que nadie quisiera. De que aquella horrible indiscreción del pasado hubiera sido del todo superada. De que fuera a casarse con un hombre bueno y honesto, y a sentar cabeza. Su voz y su tono volvían a ser los de antaño, antes de que su hija le hubiera roto el corazón y el orgullo, destruyendo casi su amor por ella.

Y por un breve instante, brevísimo… Beth lo odió.

–Papá. Tengo que dejarte.

–Espera. Tu madre quiere hablar contigo.

–No… –pero era demasiado tarde. Podía ya escuchar la risita de su madre mientras recogía el teléfono.

–¡Tu padre me ha dicho que estás saliendo con un joven magnífico que es propietario de un negocio! Oh, Beth… Tu padre se quedó muy impresionado con él.

A continuación se puso a hablar de la tarta, y Beth se quedó muy quieta, detestando la manera en que se le aceleró el pulso como si fuera un cachorrillo al que estuvieran acariciando. Dieciocho años atrás, la aprobación de su padre lo habría cambiado todo. Pero, en aquel momento, simplemente lamentaba que todavía siguiera deseándola tanto.

Y podía tenerla. Podía abandonar The White Orchid, salir con un hombre serio y formal como Eric, sentar la cabeza, encontrar un trabajo que no tuviera por qué ocultar. Y aquel lejano incidente del instituto quedaría olvidado para siempre, superado por el hecho de que había terminado convirtiéndose en una buena chica, después de todo.

Aquella era su oportunidad. Podía empezar de nuevo. Apartarse de una vida que ya no sentía como si le perteneciera.

Pero el problema era que se sentía ya como si no encajara en nada. Ni en el modelo de buena chica ni en el de mala, ni pudorosa ni atrevida. Ella no era nada de aquellas cosas. O lo era todas a la vez.

–Mamá –la interrumpió al fin–. Tengo que volver al trabajo.

Colgó y volvió a cerrar los ojos con fuerza.

Diablos, si ni siquiera sabía ya lo que quería… Diez años atrás, se habría sentido aliviada si se hubiera visto forzada a contarle a su padre la verdad. Pero los últimos años habían sido buenos. Cómodos. Finalmente había vuelto a conectar con él, pero ahora Kendall iba a estropearlo todo. Su padre se sentiría avergonzado, humillado. Su madre revolotearía en torno a ella como un pajarillo furioso mientras la llamaba cosas horribles. Beth no estaba segura de que pudiera soportar todo aquello otra vez. Pero tampoco podía imaginarse a sí misma mintiéndoles para obtener su aprobación.

Cairo asomó la cabeza por la puerta de su despacho.

–Hey, ¿puedo tomarme un descanso?

–Sí, lo siento. Por supuesto –Beth se obligó a sonreír mientras se alisaba el pelo y se levantaba.

–Necesitas un poco de colorete –dijo Cairo antes de desaparecer.

Dios, necesitaba mucho más que eso. Pero sacó su polvera para maquillar su palidez y añadir un poco de color a sus labios. Parecía perfectamente normal. Confiada, tranquila. Un fraude, en realidad. Pero salió a la sala con una sonrisa, indicándole con un guiño a Cairo que ya podía marcharse.

–¿Puedo ayudarla en algo? –preguntó a una nerviosa mujer que aferraba su bolso con las dos manos mientras contemplaba con ojos desorbitados el rico surtido de piercings.

–¡Oh! –la mujer dio un respingo, pero se relajó en cuanto vio la sonrisa de Beth–. Hola. No sé. Solo estoy mirando…

–¿Busca algo en particular?

La mujer parpadeó nerviosa, aferrando todavía más fuerte el bolso. Aparentaba unos veinticinco años. Un anillo de compromiso brillaba en su dedo, pero, aparte de eso, no llevaba más joyas ni maquillaje alguno. Una mujer que buscaba pasar desapercibida.

Beth se inclinó un poco más hacia ella.

–De acuerdo –susurró–. Mire a su alrededor. Esta tarde no hay más que mujeres. Si tiene alguna pregunta, puede hacérmela con toda confianza.

Sus ojos de color dorado barrieron la habitación antes de volver a concentrarse en Beth.

–De acuerdo. Er… Yo quería echar un vistazo a los… Er… ¿Consoladores? Pero no veo ninguno. ¿Usted…?

–Están al fondo, detrás de aquella cortina.

–¡Oh! –desorbitó todavía más los ojos.

Beth le regaló la más dulce sonrisa que pudo esbozar.

–No hay nadie allí ahora mismo así que, si lo desea, puede entrar y mirarlos todo el tiempo que quiera. Yo volveré dentro de unos minutos para atender cualquier duda que tenga. ¿Qué le parece?

–Yo… De acuerdo –y se dirigió apresurada hacia la cortina como si tuviera miedo de perder el coraje a mitad de camino.

Beth se preguntó si el prometido de aquella mujer sabría que había ido allí. Probablemente no. La mayoría ni se enteraban. De hecho, según sus clientas, muchos hombres se sentían intimidados por la idea de que una mujer encontrara placer con algo que no tenía que ver con ellos.

Eric, definitivamente, no tenía ese problema. El hombre rebosaba confianza en el terreno sexual. O quizá fuera una cuestión de fanfarronería. En cualquier caso, el resultado era el mismo.

Aquella parte de su relación con él era fácil, al menos. Pero… ¿qué tendría que decirle sobre Kendall? ¿La verdad? ¿Una mentira? ¿Nada en absoluto?

No lo sabría hasta que descubriera ella misma la verdad.

¿Quería aquella tienda? ¿Seguía formando parte de ella? Estuvo reflexionando sobre ello durante el resto del día. La mujer tímida se llevó un vibrador sorprendentemente largo y fibroso, ruborizada todo el tiempo a más no poder. Un grupo de amigas entró para comprar artículos para una despedida de soltera. Y Simone Parker volvió sin su placa de policía para llevarse un espléndido sujetador blanco de encaje.

Fue un buen día. Un día feliz. Pero para el final del mismo, Beth seguía sin tener la menor idea acerca de lo que iba a hacer.