Eric volvió al trabajo, porque no sabía qué otra cosa podía hacer consigo mismo. Tenía bastantes horas que matar antes de volver a ver a Beth. La ducha solo le había llevado cinco minutos, recoger su apartamento no más de diez, así que se puso unos tejanos y una camiseta con el logo Donovan Brothers y se dirigió a la cervecería.
Una buena decisión, teniendo en cuenta que estaba entrando en zona de desastre. En cuanto abrió la puerta, sintió en el rostro una vaharada de humo.
–¿Qué diablos está pasando aquí? –exclamó, agitando una mano delante de la cara mientras entraba en el local.
–¡No pasa nada! –gritó Jamie desde algún lugar situado en las proximidades del horno nuevo.
–¿Que no pasa nada? ¡Voy a llamar a los bomberos!
–¡No hay ningún fuego, maldita sea! ¡Simplemente abre la puerta trasera antes de que se conecten los aspersores!
Eric se giró, corrió de vuelta hacia la puerta y la mantuvo abierta con el primer ladrillo de cemento que encontró. Para cuando volvió a entrar, el humo ya estaba empezando a aclararse.
–Jamie, ¿qué diablos…?
–El tiro no va bien.
–¡Bueno, pues apaga la maldita cosa!
Jamie le lanzó una mirada irritada.
–Es un horno de leña, Eric. No se apaga con un interruptor.
–Te dije que deberías haber comprado uno de gas.
–Y yo te dije a ti que la leña aporta un sabor auténtico a la comida. Pero ambos sabemos que a ti la comida te importa un pimiento, ¿verdad?
–Ya –rio Eric–. Sí, me importa mucho más no quemar la cervecería entera que tus malditas pizzas, Jamie. Qué sorpresa, ¿no?
–No es más que un problema con el tiro. No se ha quemado nada.
–¿Y ahora qué? ¿Esperamos simplemente que no vuelva a suceder?
–Obviamente –pronunció Jamie entre dientes–. Voy a llamar al técnico ahora mismo. Pero tengo la salida de humos abierta, así que no hay problema, ¿entendido?
–¡No! –gritó Eric–. No, claro que hay problema. Todo es un problema. Wallace está desaparecido. La cinta embotelladora no funciona. Tú has estado a punto de quemar el local. Y dentro de unas semanas… –Eric se obligó a no terminar la frase.
Jamie soltó bruscamente la llave inglesa que había estado sosteniendo en una de las cajas. El ruido hizo que Chester asomara la cabeza por la doble puerta que comunicaba con la sala.
–¿Todo bien, chicos?
–Acabo de arreglar el tiro –gruñó Jamie.
–De acuerdo –Chester miró indeciso a uno y a otro antes de asentir–. Bien. Os dejo solos entonces.
Tan pronto como se hubo cerrado la doble puerta, Jamie avanzó hacia su hermano.
–Y dentro de unas semanas… ¿qué?
–Nada –murmuró Eric.
–Diablos. Sé exactamente lo que ibas a decir, Eric, y estoy tan harto de tus monsergas… Tú diste el visto bueno a esto. No te estoy pidiendo que lo apoyes con entusiasmo y finjas que es el gran proyecto de tu vida, pero si no te quitas ese maldito resentimiento que llevas arrastrando desde el principio, yo te lo arrancaré a la fuerza.
–¿Vamos a pelearnos de nuevo? –le espetó Eric.
–Si tenemos que volver a hacerlo, estoy más que dispuesto a patearte el trasero. Pero preferiría que te atuvieses al acuerdo que firmamos este verano.
–No firmamos ningún acuerdo.
–Dijiste que me apoyarías.
–¿Y no lo he hecho? –Eric alzó las manos–. ¿Cuánto dinero hemos invertido en esto? Di el conforme a todo lo que querías. El menú y la idea. Las mesas nuevas, la nueva sala. El horno, la nevera, el congelador. ¡Estamos haciendo todo lo que querías!
–Pero tú te resientes a cada minuto de ello.
–No. Yo no me resiento. Simplemente no tiene nada que ver conmigo.
Jamie se lo quedó mirando con la boca abierta.
–¿Estás de broma, verdad? Aquí somos todos socios. No puedes hacer como si esta parte del negocio no te perteneciera solo porque ya no estás al mando.
–¡Yo nunca he querido estar al mando! –gritó Eric.
–Eso es mentira –repuso Jamie con una amarga carcajada–. Tú dirigiste la cervecería solo durante años, y seguiste haciéndolo después de que Tessa y yo ocupáramos nuestros puestos. Lamento que eso no pueda seguir sucediendo para siempre…
–Yo no quería que fuera para siempre.
–Claro que lo querías.
–Ni siquiera quise asumir el mando de todo esto desde el principio. ¿Es que no te das cuenta, Jamie? ¡No lo quería!
Su hermano sacudió la cabeza, soltando otra amarga carcajada.
–Tanto si lo querías como si no, te encontraste tan cómodo en tu papel como un pez en el agua. Pero ya no estás al mando, Eric. Tú no eres el propietario. Y tampoco nuestro padre.
Eric apoyó los puños en las caderas y dejó caer la cabeza.
–Ya. Eso no tienes por qué recordármelo. Lo tengo bastante claro.
–Entonces deja de gruñir como si yo fuera un mocoso rebelde que se niega a hacer lo que tú quieres. Esto es lo que quiero. Y voy a conseguirlo. Me gustaría que me respaldaras pero, si no lo haces, al menos no me estorbes.
–Muy bien. ¿Pero realmente crees que es esto lo que papá habría querido?
–¿Qué? –Jamie volvió a mirarlo boquiabierto–. ¿Lo que habría querido papá, dices? No tengo la más remota idea. Lleva muerto trece años, Eric. ¿Quién sabe lo que habría hecho con este lugar? Y, por el amor de Dios, tú no eres el guardián de todo aquello en lo que creía papá. No tienes nada que reclamar al respecto.
–Sí, eso también lo tengo claro, créeme –Eric echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando al techo. Cerca de los focos todavía quedaban unas pocas volutas de humo–. Me alegro por ti, Jamie. Te juro que sí. Y quiero esto para ti. Pero para mí… Dios mío, para mí quiero algo completamente diferente, y ni siquiera sé qué es.
–¿De qué diablos estás hablando? –gruñó Jamie.
–No lo sé. De verdad que no lo sé. Yo solo… –agitó una mano en dirección al horno–. Simplemente no quemes el local, ¿de acuerdo?
–Eric… –empezó Jamie, pero Eric se dirigió hacia la puerta y abandonó el edificio.
No sabía a dónde iba. Fuera, simplemente. A cualquier parte con tal de no seguir allí.
Condujo durante kilómetros, y le sentó bien. Se sintió libre. Pero, si tuviera la oportunidad, ¿seguiría conduciendo? ¿A dónde iría? Incluso en su imaginación, su mente siempre volvía a Donovan Brothers. Adoraba aquel lugar. Era todo lo que conocía, y a pesar de toda su furia, de todas sus dudas y de todos sus resentimientos, no se le ocurría ninguna otra cosa que prefiriera hacer con su vida.
Quizá, en lugar de preocuparse de que ya no lo necesitaran más, debería preguntarse si era o no insustituible. Jamie tenía razón en una cosa. Había estado gruñendo como un niño malcriado que no se había salido con la suya. Muy bien. No había querido asumir el mando del negocio a los veinticuatro años, pero lo había hecho, y lo había hecho bien.
–Al diablo con todo esto –masculló, dando un giro de ciento ochenta grados en la desierta autopista del condado. Si sus planes para el futuro de la cervecería no valían la pena, entonces trazaría otros. Pero, justo en ese momento se dio cuenta de que se había equivocado.
Había vivido demasiado concentrado en el negocio y durante demasiados años. Había bajado la cabeza para olvidarse de todo lo demás. Y, lo más importante, se había olvidado de mirar hacia atrás. En el cuarto de invitados de su apartamento tenía cajas con papeles antiguos de Michael Donovan. Y aunque su objetivo durante los tres últimos años no había sido otro que dirigir la cervecería tal y como habría querido su padre, no había vuelto a mirar aquellas cajas desde el día en que las hizo, cerca de una década antes. Quizá había llegado la hora de revisarlas.