Capítulo 20

 

–Ha llamado Roland Kendall. Está dispuesto a llegar a un trato.

Eric soltó la manguera que estaba usando para lavar un tanque, se quitó los guantes y se cambió el teléfono de oreja.

–¿Hablas en serio? –le preguntó a Luke.

–Parecen muy interesados en hablar. Él y su abogado se dirigen en este momento a la oficina del fiscal, y yo estoy de camino para allá. Creo que la presión ha funcionado finalmente, y justo a tiempo. Estábamos tramitando la orden de detención contra Mónica Kendall y sabíamos sin la menor duda que él estaba enterado.

–Gran noticia. Llámame tan pronto como sepas algo.

Eric colgó y volvió a su trabajo con una sonrisa. Llevaba solamente dos horas en la faena y las cosas estaban encajando en su lugar. Los dos supermercados se habían conformado con esperar una semana sus remesas de cerveza, el mecánico había llamado para avisar de que la pieza de repuesto llegaría un día antes, mientras que el pequeño lote que había empezado él estaba casi listo para su segundo fermentado. Había pensado en macerarlo un poco por diversión, a ver qué salía, pero podría tomar esa decisión más tarde. Diablos, disponía de unos pocos días para hacer lo que le diera la real gana. Wallace había llamado por fin para anunciarle que estaría de vuelta el martes.

En un escenario de mayor alcance, era muy posible que Graham Kendall tuviera que volver a los Estados Unidos para enfrentarse a juicio. Tampoco era como si hubiera matado a alguien, pero sería agradable verlo enfrentarse a los centenares de personas a las que había estafado.

Y luego, por supuesto, estaba el sexo con Beth. El deliciosamente sucio, cómodo y secreto sexo con Beth.

Agarró una escoba y fue empujando el agua jabonosa hacia el desagüe que se abría en el centro de la sala de embotellado, sonriendo como un loco durante todo el tiempo. Pensó que debían de haber echado algo en el sistema de ventilación de la cervecería, porque estaba perdidamente enamorado…

Sobrecogido por el pensamiento, se quedó paralizado, con la escoba suspendida sobre el suelo. Eso no era en absoluto lo que Beth había querido decir con la palabra «cómodo», ¿verdad? No se estaba enamorando. Beth le gustaba, eso era seguro. Mucho. Era una mujer fantástica, inteligente. Dulce y sexy. Y quizá incluso cómoda, pese al hecho de que él seguía deseando que hubiese escogido una palabra diferente.

–No –pronunció en voz alta mientras continuaba barriendo. No estaba enamorado. Estaba simplemente obsesionado con el mejor sexo que había disfrutado nunca. Lo cual era algo perfectamente normal. Lo extraño habría sido no ir por el mundo con una enorme sonrisa pintada en la cara.

Asintiendo para sí, colgó la escoba y regresó a su despacho. Jamie llegaría pronto. Y Eric quería hablar con él antes de que se empeñara demasiado pronto en sus planes de traer a un chef para entrevistarlo al día siguiente.

–¿Tessa? –se asomó al despacho de su hermana, que estaba hablando por teléfono y en seguida lo tapó con la mano.

–¿Sí?

–Cuando venga Jamie, ¿os importaría pasar los dos por mi despacho?

Lo miró frunciendo el ceño, pero asintió mientras continuaba hablando.

La extraña calma que había sentido durante las doce últimas horas no lo había abandonado todavía. Cuando unos minutos después Jamie llamó a su puerta, alzó la mirada con una sonrisa.

–Hey.

Tessa pasó de largo junto a él y se dejó caer en una silla, fulminándolo con la mirada.

–¿Qué está pasando, Eric? Esto no me gusta.

–¿No te gusta qué?

Ella lo señaló con el dedo.

–Esto.

–Todo marcha perfectamente.

Tessa entrecerró sus ojos verdes y sacudió la cabeza.

–Ignoro lo que piensas hacer, pero no lo hagas.

–Tranquilízate. Solo quería disculparme con Jamie –miró a su hermano, que había tomado asiento en la otra silla y parecía mucho menos preocupado por la reunión–. Sobre lo que dijiste el otro día… Tenías razón. Yo siempre me he resistido a los cambios que habéis estado llevando a cabo. Me he pasado los trece últimos años intentando hacer exactamente lo que pensaba que papá habría querido para la cervecería. Cada decisión que he tomado ha estado presidida por esa visión, todo lo que he planeado, lo que he calculado.

Jamie se puso tenso.

–A mí también me importa su recuerdo.

–Lo sé. Lo que estoy diciendo es que la única motivación que he tenido ha sido la de hacer las cosas de la manera en que Michael Donovan las habría hecho.

–¿Por qué? No te sigo.

Eric suspiró.

–Ya lo sé. No lo entiendes porque no tienes por qué entenderlo. Ni necesitas preguntarte constantemente por lo que habría hecho él. Porque tú eres sangre de su sangre, Jamie. Porque ya lo llevas en ti.

–¿De qué diablos estás hablando? –gruñó Jamie.

–Estoy hablando de esto –empujó hacia ellos los bocetos que tenía encima de la mesa–. Él nunca habló de esto. No conmigo, al menos. Pero resulta que papá tenía las mismas ideas que tú, Jamie.

Tessa recogió los bocetos, ceñuda.

–¿Qué es esto?

–Anoche estuve rebuscando en los viejos papeles de papá. Hacía más de diez años que no los miraba y, la última vez que lo hice, solo estuve buscando algo que me ayudara a mantener la cervecería a flote. No estaba pensando en ampliarla. Pero él sí.

Jamie tomó los papeles que Tessa le ofreció y los hojeó, frunciendo también el ceño.

–De acuerdo –dijo, evidentemente no tan sorprendido como se había quedado Eric.

–Mira los planos, Jamie. Son solo unos bocetos, pero hay algunos en los que aparece la sala de clientes y el comedor que son idénticos a los que tú diseñaste.

–Supongo que sí.

–¿Es que no lo entiendes? Estaba pensando en servir comidas. No solo pizzas, sino un restaurante completo. Yo siempre había pensado que era un error imprimir un cambio tan radical a la cervecería, cambiar su cervecería, pero no era más que una cabezonería mía. Y ahora voy a dejar de resistirme. A partir de ahora, apoyaré completamente tus ideas sobre esos cambios. De hecho, estoy pensando que quizá hasta nos hayamos quedado cortos.

Jamie alzó la mirada de los bocetos. La mirada de sus ojos se había endurecido.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que has diseñado un estupendo plan de lanzamiento. Pizzas artesanas cocinadas en un auténtico horno de leña. Una idea mucho mejor que cualquiera que se me hubiera ocurrido a mí. Pero si sale bien, quizá deberíamos pensar en ampliarla el año que viene. Podríamos ampliar el menú, prolongar las jornadas. Diablos, hasta podríamos añadir una especie de galería, de porche cubierto, que pudiéramos usar tanto en invierno como en verano. Yo podría supervisar una segunda ampliación mientras tú te encargas del restaurante.

Jamie bajó los bocetos, tomándose su tiempo en alinearlos al borde del escritorio de Eric.

–¿Estás hablando en serio?

–Sí.

–Finalmente has decidido que mi idea no es mala y que no traerá la ruina a la cervecería.

–Sí –respondió Eric con una sonrisa–. Aunque yo no lo diría así…

–Y en el mismo momento en que decidiste que quizá mi plan era decente, decidiste también que no era lo suficientemente bueno.

La sonrisa se borró de golpe de los labios de Eric.

–Dejarás que yo me dedique a trabajar en mi puesto de pizzas mientras tú te ocupas de algo más grande y más ambicioso.

Tessa le tocó un brazo.

–Jamie…

–¿Qué pasa? Es lo que está diciendo él.

Eric reprimió una carcajada sin humor.

–No, no es eso lo que estoy diciendo. Lo que estoy diciendo es que tú tenías razón. Que aun sin saberlo de manera consciente, tú sabías lo que quería hacer papá.

–Dios mío, esto no tiene que ver con papá. ¿Por qué siempre tienes que volver a él?

–Para –lo interrumpió Tessa–. Lo importante aquí es que Eric te está apoyando, Jamie.

Pero Jamie se echó a reír.

–¿Diciéndome que él puede hacerlo mejor?

Eric se inclinó hacia delante, tensos los hombros como una roca.

–Estoy intentando halagarte, maldita sea. ¿Por qué te cuesta tanto entenderlo? Estoy diciendo que nuestro padre se habría sentido orgulloso de ti.

Jamie apretó la mandíbula.

–No eres tú quien debe decidir eso. Ni tú ni nadie. Está muerto, Eric. Nunca podría conseguir su aprobación, ni aunque la mereciera.

–Estupendo, suerte para ti, que no la necesitas… Tú no tienes por qué trabajar para conseguirla. Incluso cuando haces las cosas a tu manera, puedes acercarte a lo que habría sido su voluntad mucho más de lo que yo podría hacerlo nunca.

Tessa sacudió la cabeza.

–¿De qué estás hablando?

–¡No importa! –gritó Jamie–. Yo no puedo pasarme la vida entera preguntándome por lo que papá habría hecho con esto o con lo otro. ¡Lleva trece años muerto! ¿Qué clase de maldita obsesión tienes con él?

–¿Obsesión? –le espetó Eric–. Este ha sido mi maldito trabajo desde que murió. Dar un paso adelante y hacer lo que él habría querido que se hiciera. Intentar ocupar su lugar en el mundo, como habría hecho cualquier otro. Claro que nunca he esperado que tú apreciaras ni por un momento todo lo que he hecho por ti…

–Oh, por el amor de Dios. ¿Es de esto de lo que se trata? ¿Te estás haciendo el mártir?

Tessa le dio un golpe en el hombro.

–Para. Eric renunció a todo por nosotros.

–No es eso lo que yo quería decir –se apresuró a intervenir Eric–. Os quiero. Es solo que…

Jamie rio de nuevo.

–¿Que esperas que nosotros lo hagamos todo a tu manera durante el resto de nuestras vidas… solo porque nos dedicaste unos pocos años cuando éramos adolescentes?

–¿Unos pocos años? –gruñó–. Renuncié a toda mi maldita vida para poder dirigir la cervecería en vuestro nombre. Pasaron cinco años enteros antes de que tú fueras capaz de lavar un maldito plato aquí, Jamie. Y siete para Tessa. ¿Crees que mi sueño era revolver papeles en un escritorio para siempre? ¿O ser padre antes de haber madurado lo suficiente para ello? Renuncié a mi vida para volver a casa y asumir el papel de padre lo mejor que pude… ¡y todo por un mocoso desagradecido que luego se resintió de todo lo que hice por él!

La sonrisa de Jamie era tensa y furiosa.

–Tú no eres papá, Eric. Y a mí siempre me fastidió enormemente que fingieras que lo eras.

Eric se levantó de golpe, empujando con tanta fuerza la silla que golpeó contra la pared y volcó.

–¡Dios mío, ya sé que yo no soy papá! Ni siquiera soy su maldito hijo, ¿verdad?

Tessa se levantó también, pero Jamie continuó sentado donde estaba, con aspecto aburrido.

–Eric, no digas eso –le suplicó Tessa.

–¿Por qué no? Es cierto, ¿no?

–No, no es cierto –replicó con un brillo de furia en los ojos–. No es cierto en absoluto.

Pero Eric contempló la indiferente expresión de su hermano. Le entraron ganas de pegarle de nuevo, como si pudiera expresarle así lo mucho que lo quería, lo mucho que sería capaz de hacer por él, lo muy desesperado que estaba para que llevara una vida digna y buena.

–Cuando papá murió, yo no estaba trabajando aquí, ¿lo sabías? Tenía un empleo en Denver y estaba trabajando en una planta embotelladora para adquirir experiencia. ¿Y sabes otra cosa? A él no le importaba. Erais vosotros los únicos a los que se suponía había que cuidar.

Tessa sacudió la cabeza.

–Papá nos dejó la cervecería a todos, Eric. Él te quería aquí.

–No, me necesitaba aquí por vosotros. Cuando yo le comenté que estaba pensando en irme a una de las antiguas cervecerías de la Costa Este, él no puso ninguna objeción.

–¿Necesitabas tú que te la pusiera? –se burló Jamie–. ¿Fue un gran padre para ti, pero aun así necesitabas que él te pidiera que te quedaras? Quizá sentía que a ti no te importaba un pimiento, porque lo que tú querías era trabajar en cualquier otra parte menos aquí.

Eric tragó saliva para contener la rabia frustrada que le estaba subiendo por la garganta.

–No fue así.

–Si no quieres estar aquí, si no sientes que perteneces a este lugar, entonces puedes estar seguro de que no necesitas seguir aquí y renunciar a tu vida por nosotros, hermano.

–¡Jamie, para! –gritó Tessa.

–¿No le estás oyendo? –inquirió Jamie–. Él renunció a todo por nosotros, ¿no? Nunca quiso ni este trabajo ni esta familia.

–Que te jodan –masculló Eric, dirigiéndose hacia la puerta–. Haz lo que te dé la gana con este lugar. Es todo tuyo.

–¡Eric! –chilló Tessa.

–Déjalo –rezongó mientras salía.

–No. ¡No, no pienso dejarlo! –salió tras él. Por un instante pareció que iba a saltarle sobre la espalda, pero se detuvo en seco–. Párate ahora mismo, Eric Donovan.

Eric suspiró y se detuvo a medio camino de la cocina, pero no se volvió.

–Me prometiste que no te marcharías. Me dijiste hace unos meses que nosotros no éramos una carga…

–Yo no dije eso.

–De acuerdo, yo dije que nosotros éramos una carga, y tú dijiste que no querías librarte de nosotros. Así que estás atrapado.

Dios, su hermana era capaz de hacerle sonreír hasta cuando tenía el corazón a punto de salírsele del pecho.

–Tessa… –se volvió para mirarla, alzando las manos en un gesto de rendición–. Yo no quiero librarme de ti. No sé lo que haría sin ti. Pero estoy cansado.

–¿Cansado de qué?

Sacudió la cabeza. No sabía exactamente qué era. Simplemente necesitaba un descanso. Un descanso de ser siempre el responsable, el bueno, el tipo con el que siempre se podía contar. Tenía la sensación de no ser otra cosa que eso. Era lo único que sabía sobre sí mismo, y lo sentía como si fuera un traje que no le cupiera ya.

–Te equivocas con lo de papá –le dijo ella, alzando la barbilla con gesto testarudo–. Él no te tenía por alguien diferente de mí, o de Jamie.

–Entonces quizá Jamie tenga razón. Quizá mi padre percibió que yo sentía otra cosa. Quizá le rompí el corazón. Lo único que sé es que yo no soy él, y no puedo seguir fingiendo que lo soy. Yo no soy bueno en aquello en lo que él siempre fue, Tessa.

–Eso no es verdad, Eric. Pero si realmente lo sientes así, entonces haz algo diferente. Pero no te marches. Yo no te lo permitiré. Te juro que no lo permitiré.

Eric echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando los focos del techo. Había querido marcharse solo para ganar un poco de distancia y tiempo para respirar. Para pensar. Pero había hablado en serio. No quería librarse de ellos. No tenía ningún otro lugar a dónde ir.

–El mecánico vendrá esta tarde, y Wallace regresará mañana. Hoy estaré en la sala de cubas y mañana en la de embotellado. Y luego quizá necesite unos cuantos días libres.

Tessa se lanzó entonces a sus brazos.

–¡Sí! Tómate unas vacaciones. Te dije que te las tomaras en primavera, pero no me hiciste caso. Eso es lo que necesitas.

–Seguro –repuso Eric, aunque dudaba de que unas simples vacaciones pudieran curarlo. Creía más bien que nada podría conseguirlo, pero haría un sincero intento por Tessa, porque no quería convertirse en alguien en quien no pudiera confiar. Eso ya le había ocurrido una vez.

 

 

Ni siquiera la sala de cubas pudo servirle de consuelo esa vez. Tenía ganas de emprenderla con alguien y ese alguien era Jamie. Después de todo lo que habían pasado juntos, deberían llevarse mejor. Eric no entendía por qué, a veces, Jamie parecía odiarlo tanto. ¿Realmente lo había hecho todo tan mal? Y aunque eso hubiera sido cierto, ¿por qué no podía su hermano darle un respiro?

Seguía enojado una hora después y, cuando se abrió la puerta de la sala, alzó la cabeza con gesto ceñudo.

Luke lo saludó con la mano.

–Oh, eres tú –se había olvidado de la vista judicial. Jamie y Tessa probablemente se molestarían porque no les había dicho nada–. ¿Qué tal ha ido?

–Muy bien.

–¿Kendall se mostró dispuesto al acuerdo?

–En realidad, no mucho. Se comportó con su habitual arrogancia. Y Mónica, de hecho, se mostró absolutamente engreída.

–¿Por qué?

Luke se aclaró la garganta, desviando la mirada.

–¿Qué pasa? ¿Se trata de Jamie? Dime la verdad.

–No. Justo antes de que empezara la reunión, recibí una llamada de Beth Cantrell. Quería corregir lo que había dicho en su entrevista.

–¿Y eso?

–Me dijo que no había estado contando la verdad. Que Mónica no había dicho realmente aquello. Yo intenté pedirle explicaciones, pero tenía que entrar en la oficina del fiscal.

Eric sacudió la cabeza.

–Eso no tiene ningún sentido. Yo sé que no estaba mintiendo, así que… ¿por qué habría de decirte algo así?

Luke se encogió de hombros.

–Kendall es un hombre poderoso. Y se mostró muy confiado cuando apareció esta mañana, teniendo en cuenta que lo estábamos amenazando con arrestar a su hija.

La mente de Eric empezó a dar vueltas. No podía imaginarse a Beth retirando la palabra dada. No tenía sentido. De hecho, había sido ella quien había acudido a él para informarle desde el principio.

–¿Entonces no pudisteis arrestar a Mónica?

–No la arrestamos, pero no por eso. Kendall se dio cuenta de que ya teníamos una declaración del hombre de la empresa de catering. Contando con esa declaración, más la de Jamie y la del propietario de aquel constructor, ya no necesitábamos la de Beth. Kendall se quedó más que sorprendido y, al final, accedió a dejar de financiar a su hijo. Aunque no admitió haberlo estado haciendo, claro está.

–¿De veras? ¿Y funcionó?

–Bueno, veremos si podemos acabar con ese canalla. No creo que dure mucho tiempo en Hong Kong sin dinero. No es precisamente un luchador.

Eric asintió e intentó parecer complacido, pero no pudo conseguirlo.

–¿Beth no te dio ninguna razón?

–No.

–¿Qué diablos crees que le hizo Kendall? ¿Parecía asustada?

–No, más bien parecía decidida.

¿Decidida? ¿Qué quería decir? Sacó su móvil del bolsillo.

–Gracias por informarme. La llamaré para asegurarme de que está bien. No me puedo creer que ella…

Luke arqueó las cejas, y Eric se dio cuenta de que había resultado obvio que conocía a Beth bastante bien. Luke giró entonces sobre sus talones y abandonó el local.

Eric pulsó el botón de llamada varias veces, encontrándose siempre con el buzón de voz. De repente sintió miedo. ¿Y si Kendall le había hecho algún daño? Corrió hacia la puerta soltando una maldición y se dirigió directamente a su coche.

Su tienda estaba más cerca que su apartamento, así que enfiló primero hacia allí. Arriesgándose a que lo multaran por exceso de velocidad, se plantó en The White Orchid en dos minutos justos, y soltó un enorme suspiro de alivio cuando vio su coche rojo en el aparcamiento.

Frenó con un chirrido de neumáticos y bajó de un salto. Cuando irrumpió en la tienda, todo el mundo alzó con sorpresa la mirada, incluida Beth.

–¡Beth! ¿Te encuentras bien?

–Claro –respondió ella, pero rehuyó en seguida su mirada, nerviosa.

–Pero yo pensaba…

Ella le señaló con la cabeza la trastienda, y Eric la siguió hasta un pequeño despacho con estanterías llenas de artículos diversos. Cerró la puerta y se apartó de él, los brazos cruzados con fuerza.

–¿Qué ha pasado? –exigió saber Eric–. ¿Estás bien?

–Sí. No sé de qué estás hablando.

–Luke me dijo que habías retirado tu historia sobre Mónica. Evidentemente, Roland Kendall te amenazó de alguna forma. ¿Qué es lo que ha hecho?

–Nada. Mentí sobre lo que me había dicho Mónica.

–No es verdad.

–Sí que lo es. Mentí porque siempre había estado celosa de ella. Pero, al final, no pude vivir con eso sobre mi conciencia. Es así de simple.

–Ahora me estás mintiendo a mí –replicó él, consciente del estupor de su propia voz.

Ella sacudió la cabeza y se acercó cuidadosamente a su escritorio para sentarse. Bajó la mirada a sus manos mientras se las retorcía nerviosa.

–Estás mintiendo –insistió Eric. No podía imaginar por qué aquello le dolía tanto, pero así era–. ¿Por qué?

Ella volvió a sacudir la cabeza.

–Bueno. ¿Sabes una cosa? De todas maneras, no importa.

Beth parpadeó varias veces, como sobresaltada ante el tono furioso de su voz. Eric también estaba sobresaltado. No se había dado cuenta de lo furioso que estaba.

–¿Qué quieres decir? –susurró ella.

–¿No lo sabes?

Beth alzó por fin la mirada.

–¿Saber qué?

–El fiscal disponía de evidencias suficientes para acusar a Mónica de todas formas. No necesitaban ya tu historia. Así que no entiendo por qué mentiste. Te habrías podido ahorrar la molestia.

Su rostro se volvió sorprendentemente pálido.

–¿La detuvieron?

–No. Antes de que llegara ese momento, Kendall aceptó firmar el trato. Va a cortarle la financiación a Graham.

–Oh –exclamó. Incluso parecía algo enferma.

–Beth, ¿qué te hizo ese hombre?

–Nada –insistió–. Mentí. Eso es todo –tenía los ojos llenos de lágrimas.

–¡Cuéntame lo que pasó, maldita sea!

–No importa.

–Me importa a mí. Me mentiste e hiciste algo que pudo haber echado a perder el caso. ¡Así que me importa!

Ella se encogió de hombros, y la furia que sentía Eric se desbordó de golpe.

–¿Qué iba a hacerte? ¿Conseguir que te despidieran de este gran trabajo que tienes? No, espera. ¡Ya lo sé! ¡Quizá iba a arruinar tu reputación!

La mirada de Beth se agudizó ante el sarcasmo de sus palabras.

–¿Qué se supone que quiere decir eso?

–¿Te pagó para que te apartaras del asunto, verdad?

Ella se levantó.

–¿Qué querías decir con lo de mi reputación?

–Tú sabes bien lo que quería decir –demasiado tarde, vio el dolor en sus ojos–. Lo siento –se apresuró a disculparse–. Eso ha sido algo muy insensible por mi parte. Estaba enfadado y… Con la columna, las clases y todas estas… cosas –señaló la pila de juguetes sexuales que había en uno de los estantes. Su furia estaba cediendo, aunque todavía seguía dándole vueltas a lo que ella había hecho.

–Querías decir que mi reputación ya está arruinada, de modo que no habría tenido que preocuparme por eso.

–Yo no pienso que tu reputación esté arruinada. ¿De qué estás hablando? Solo quería decir que tienes una reputación atrevida. Sexual. Vamos, que el tipo no iba a montarte un escándalo.

Ella le señaló la puerta.

–Fuera.

Eric dio un respingo.

–Beth, lamento lo que he dicho.

–¿Lo lamentas? ¿Lamentas pensar que mi reputación es tan pésima que nadie podría llegar a ofenderme?

–No es eso lo que he dicho, y todo esto no es culpa mía –vio que las lágrimas inundaban sus ojos y le temblaba la barbilla–. Dios mío, Beth, no llores –se dispuso a rodear el escritorio, pero ella se apartó–. Siento de verdad haber dicho eso.

–Vete –insistió ella.

–¡Vamos! Solo quiero saber lo que pasó. Estaba preocupado por ti. Dios mío, tengo la sensación de llevar todo el día explicándome fatal… Tranquilicémonos, ¿de acuerdo? Podemos…

–No hay un «nosotros», Eric. Te lo dije desde un principio.

–Las cosas han cambiado. Yo te quiero.

–¿Me quieres? ¿Ah, sí? Y también me tienes un gran respeto, seguro. La chica cuya existencia no quieres que se sepa.

–No vayas a fingir que tú no has disfrutado con ese secretismo tanto como yo. Y no finjamos tampoco que me tenías un gran respeto al principio.

–Porque eres un mentiroso –le espetó ella.

–¡Tú me estás mintiendo ahora mismo!

Beth apretó los labios.

–Yo te mentí cuando apenas nos conocíamos –le recordó él–. Pero tú me estás mintiendo ahora mismo. A la cara. Beth, por favor…

–Esto se ha acabado –susurró.

–Por favor, no hagas esto. No ahora. Me dijiste que te sentías cómoda conmigo. Sé lo que querías decir, porque yo también lo siento. No es comodidad, ni consuelo, es algo más. Es confianza y…

–Yo no confío en nadie –le recordó ella–. Y menos que nadie en un hombre que desprecia mi reputación y mi trabajo como si fueran basura.

–¿Sabes una cosa? –gruñó Eric–. Si eso es lo que piensas de mí, entonces sí, quizá todo esto se haya acabado.

–¡Claro que se ha acabado! –gritó ella–. ¡En realidad no empezó nunca!

Eric dio un portazo cuando se marchó, fingiendo ante sí mismo que estaba enfadado. Que ella lo había hecho enfadar. Pero la verdad era que se estaba tambaleando por dentro, con su cerebro funcionando con tanta lentitud que apenas se fijó en la gente que lo miraba con ojos como platos mientras abandonaba el local.

Iba a tener que buscarse un nuevo hobby.

Pero sospechaba que iba a tener que buscarse un nuevo corazón, también.