Capítulo 23

 

Beth se desperezó sobre la manta, estirando los dedos de los pies y alzando los brazos por encima de la cabeza lo más alto que pudo. El sol la acariciaba. La brisa parecía bailar sobre su piel. Tenía la sensación de que aquel era el último día bueno del año. Sabía que no. Habría otros días radiantes y soleados, pero ella estaba experimentando la urgencia de empaparse de aquel calor para poder sobrellevar el invierno.

–Pronto volverán –dijo Cairo, desperezándose también como una gata sobre su manta. Bajo el fino tejido, la roca arenisca no podía ser más dura, pero estaba casi tan caliente como el sol.

–¿Necesitas que haga algo más? –le preguntó Beth, esperando que la respuesta fuera negativa. No quería moverse.

–Está todo listo –le aseguró Cairo con voz soñolienta.

–Bien.

Hacía más de una hora que los escaladores habían partido, y Beth se alegraba de no haberles acompañado. En aquel momento necesitaba mucho más aquella paz que desafiarse a sí misma escalando. Y se sentía en paz y tranquila, después de todo. Más libre de lo que se había sentido en años. No podía cambiar lo que le había sucedido, pero sí que podía liberarse de ello. Estaba ya, de hecho, liberada. No importaba ya lo que había hecho Kendall.

Todo estaba más que claro. Porque ahora que había sido sincera con su padre, podía darse cuenta de lo muy insincera y deshonesta que había sido con todos los demás. Había anhelado desesperadamente ser todo aquello sobre lo que había leído y estudiado. Todo aquello en lo que había creído. Pero no podía serlo todo. Nadie podía serlo. Cairo salía con dos hombres, y estaba contenta. Su amiga no intentaba hacer encajar en su vida lo que le gustaba a otra gente. Porque… ¿cómo podía haber espacio para ello? Era imposible.

Había estado intentando ser demasiada gente, todas las personas a la vez. ¿Pero cómo podía descubrir quién era la verdadera Beth?

El viento hizo ondear su melena, echándosela sobre la cara. Se la recogió detrás de una oreja. Durante los últimos meses había descubierto unas cuantas cosas verdaderas. Adoraba ayudar a la gente en The White Orchid. Ayudar a las clientas a que se sintieran cómodas y orientarlas en la dirección correcta. Y adoraba a la familia propia y particular que se había hecho en la tienda. Pero hasta allí llegaba todo. Del resto… del resto podía prescindir. Y, francamente, había algunas cosas de aquel resto que estaba empezando a odiar.

Había una cosa verdadera más, otro descubrimiento, y era que no quería ser sexualmente omnívora. Solo quería estar cómoda. Lo cual llevaba a la cosa más verdadera de todas: Eric Donovan. Él le había hecho daño. Mucho. Pero ella había tenido parte de culpa. Si él no había sabido nada de su persona al margen de su relación sexual, había sido porque ella misma se lo había ocultado deliberadamente.

Suspiró y se estiró de nuevo, deseando que las cosas hubieran sido diferentes. Ojalá pudieran volver atrás y empezar de cero. Ojalá pudieran ser sinceros el uno con el otro.

–Aquí llegan –dijo Cairo.

Beth se incorporó sobre los codos y se protegió los ojos del sol con una mano. Harrison y los demás volvían de la pared rocosa. Y Davis estaba con ellos.

Se levantó y los saludó a todos con un abrazo, incluyendo a Davis. Incluso se sentó a su lado durante el picnic. Pero esa vez, cuando él le puso una mano sobre la rodilla, ni siquiera se sintió mínimamente tentada.

Aunque una cosa sí que la tentó.

–¿Beth? ¿Has tomado una decisión? –le preguntó Harrison– ¿Quieres intentarlo?

Se miró las manos. ¿Querría hacerlo?

–Sí. Pero no quiero subir demasiado, ¿de acuerdo?

–De acuerdo –le dijo él con un guiño, acercándose para ayudarla a levantarse–. ¿Lista?

–Quizá.

–Vamos. Será increíble.

–Sí tú lo dices…

Veinte minutos después, le había puesto un arnés de seguridad y atado a una cuerda. Beth alzó una mano y fue deslizando los dedos por la roca hasta que encontró un agarre firme. Apoyó un pie en el saliente de una grieta y se impulsó hacia arriba.

–Así es –dijo Harrison–. Tú escala. Yo te agarro si te caes.

–Ya sabes que peso mucho más que Cairo.

–Tú tranquila –repuso él, riendo–. Usa las piernas. Sigue.

Beth subió la otra mano en busca de otro agarre y apoyó el otro pie en otro estrecho saliente. Volvió a tomar impulso. Con Harrison dándole ánimos y guiándola desde abajo, pudo llegar a la primera cornisa antes de lo esperado. De hecho… Armándose de valor, miró hacia abajo.

–¡Guau! –no había esperado llegar tan alto–. ¿A cuánta altura estoy? –gritó a Harrison.

–¡Unos diez metros! ¿Quieres subir más?

Beth alzó la mirada.

–¡No! –gritó, arrancándole una carcajada–. ¿Pero puedo quedarme aquí un rato?

–¡Por supuesto! ¡Tómate el tiempo que quieras! –enganchó el extremo de la cuerda de seguridad a una anilla metálica en el suelo, alzó los pulgares para indicarle que todo iba bien y fue a sentarse sobre una roca.

Beth se sentó en el saliente de la cornisa, con los pies colgando en el aire. Aspiró profundamente y cerró los ojos, dejándose envolver por aquella sensación de sosiego y tranquilidad. Estaba allí sola, por encima del mundo. Bueno, solo un poco por encima del mundo: diez metros. Por encima de ella había una buena cantidad de pared de roca.

El sol parecía pegar más fuerte allí arriba, y se sintió como penetrada por su relajante calor. Alguien del grupo soltó una carcajada y el sonido resonó en los barrancos. Y cuando Beth volvió a abrir los ojos, el rojo de las rocas era más intenso, más luminoso el tono azul del cielo. Todos los colores eran más… sinceros. Auténticos.

Y, en aquel instante, estando más alta de lo que lo había estado nunca, completamente sola en aquella estrecha cornisa rocosa, Beth descubrió exactamente lo que quería hacer.