Capítulo 25

 

–¿Estás nervioso? –le preguntó Beth, apretándole la mano con gesto reconfortante.

Eric volvió la cabeza hacia ella y aspiró el aroma de su pelo.

–No –respondió. En cualquier momento, la gente empezaría a aparecer para la gran reapertura de Donovan Brothers. El salón comedor había quedado perfecto.

–¿Un poco quizá? –insistió.

–Bueno, un poco. Estoy algo nervioso por Jamie. Quiero que todo sea perfecto.

–Lo será –le aseguró ella, y Eric se sintió mejor, aunque Beth no podía tener idea alguna al respecto. Se volvió para asomarse por las pequeñas ventanillas de la puerta doble. Resultaba extraño mirar hacia atrás y ver la cocina tan ocupada. En el pasado casi no la habían utilizado.

–Tal vez debería echar un vistazo a…

–Todo está bien –volvió a asegurarle ella–. Jamie lo tiene todo bajo control. Déjale en paz.

–De acuerdo. Le dejaré en paz.

–Buen chico –dijo Beth con una sonrisa que, inmediatamente, le hizo pensar en el sexo.

Eric alzó una ceja.

–¿Buen chico? ¿Estás pensando quizá en alguna nueva fantasía?

Riendo, intentó apartarse de él, pero Eric la atrapó y volvió a acercarla hacia sí.

–Dime la verdad. Has estado soñando con ponerme un collar de perro, ¿cierto?

Cuando ella echó la cabeza hacia atrás y soltó una fuerte carcajada, él aprovechó la oportunidad para saborear su cuello.

–Mmmm…

–¡Para!

–¿Por qué?

–Porque hay gente…

–Quizá sea esa mi fantasía.

Ella le aferró del pelo y lo obligó a apartarse. ¿Pensaría que con eso conseguiría disuadirlo?, se preguntó Eric. Pero su sonrisa de oreja a oreja consiguió distraerlo al final. La imagen de una Beth tan feliz llenó su pecho de una embriagadora sensación de calidez.

–Tengo una idea –dijo ella–. Si es que realmente quieres probar algo nuevo.

–¿Ah, sí? –se acercó un poco más.

–¿Has pensado alguna vez en la depilación a la cera?

–¿La depilación a la cera? ¿Para ti?

–No. Que te depiles tú a la cera.

Eric se apartó con tanta rapidez que casi tropezó.

–¿Estás loca?

–Vamos. He oído que es increíble.

–¡Pero si es tremendamente doloroso!

Cuando ella soltó una risita, Eric consiguió tranquilizarse, aunque todavía tenía el vello erizado de horror.

–¿Estás hablando en serio?

Beth se encogió de hombros.

–Rex y Harrison se lo hicieron por Cairo.

–¡Yo no tengo por qué saber eso!

–Lo siento –dijo ella encogiéndose de hombros, con una actitud que indicaba que no lo sentía en absoluto.

–Eres un monstruo –masculló él justo antes de que se abrieran las puertas.

Jamie tenía una expresión seria cuando apareció en el umbral.

–Es la hora.

–¿Estás listo? –le preguntó Eric.

–Puede.

Le dio a su hermano una palmada en la espalda.

–Saldrá estupendamente bien, Jamie. ¿Necesitas alguna ayuda?

–No, estamos bien.

Una hora después, el local estaba lleno a rebosar de gente. Como en cualquier noche normal, la cervecería bullía de risas y música. Pero las diferencias eran tan extrañas como surrealistas. Las mesas lucían platos y cuberterías, el aire olía a tomate y a especias, y cada rostro de aquella multitud era el de un buen amigo.

Luke estaba allí, listo para ayudar cada vez que se derramaba un vaso o se caía algo. Y había llevado consigo a Simone, que cargaba en brazos a su bebé.

La novia de Jamie, Olivia, se había llevado a unas cuantas amistades de la universidad, y parecía más relajada que nunca. Tenía una expresión resplandeciente de triunfo por Jamie.

Las otras cuarenta o cincuenta personas eran todas amistades que los Donovan habían hecho a lo largo de los años. Antiguos camareros y empleados. Mujeres que trabajaban en The White Orchid. Compañeros y compañeras de la comunidad empresarial local.

Sonriendo, Eric cargó una bandeja de platos sucios y la llevó a la cocina.

Si la sala principal había experimentado un cambio más o menos sutil, la cocina era un lugar completamente distinto. Entre el horno de leña, el nuevo frigorífico, el congelador y las estanterías con los servicios de mesa, Eric no habría sido capaz de reconocerla ni aunque hubiera asistido personalmente a la reforma. Y Faron la gobernaba como una diminuta y firme dictadora. Su palabra era ley en la cocina, a pesar de la dulzura y suavidad de su voz. Nadie quería decepcionarla, y menos aún Wallace. El hombre seguía tan enamorado como siempre, aunque mucho más feliz ahora que había convencido a Faron de que correspondiera a su amor. Lo que Eric no había esperado era un Wallace más dulce y suave. Ya no le gustaba gritar, porque siempre que lo hacía se encontraba con el ceño decepcionado de Faron. Contratar a Faron podía, verdaderamente, haber hecho mucho bien a la cordura de Eric. Por no hablar de sus tímpanos.

–Hey –dijo Luke mientras se abría paso entre la multitud con dos jarras de cerveza–. Parece que necesitas una copa.

–Gracias –Eric aceptó la jarra que Luke le ofreció y la chocó a modo de brindis–. Sláinte.

–Es una buena noche –comentó Luke–. Las pizzas están todas estupendas. Diablos, hasta me ha gustado la que tiene encima una berenjena marinada.

–Sí que es una buena noche. Me alegro de que trajeras a Simone. No había vuelto a ver al bebé desde septiembre.

–Está enorme, ¿verdad? Sonríe ya y todo.

–¿Es cierto que te quedaste a cuidarlo este fin de semana?

Luke pareció encogerse.

–Con la ayuda de Tessa.

–¿Vais a casaros?

Luke lo miró de reojo.

–No hemos hablado de eso todavía.

–Ya –dijo Eric con una sonrisa–. Apuesta a que esa conversación no tardará en llegar. Quiero decir, solo puedo suponer que estás pensando en pedirle matrimonio, dado que vives con ella.

Luke se removió inquieto, esforzándose claramente por guardar el secreto, pero Eric se lo quedó mirando fijamente.

–Sí –admitió al fin–. Estoy pensando en ello.

–Bien. Pues no te lo pienses demasiado.

Luke se aclaró la garganta.

–De todas formas, quería decirte que creo que Graham Kendall va a regresar a los Estados Unidos. El fiscal está preparando un trato con él.

–¿De veras?

–Sí. Su papá le cortó la financiación, pero sigue pagando a los abogados. Graham estará un tiempo en prisión aparte de pagar unas multas muy elevadas. Y estoy seguro de que tendrá que enfrentarse a unas cuantas denuncias por lo civil.

–Bien. ¿Y Mónica? –inquirió Eric.

Luke se limitó a sacudir la cabeza.

–Tuvimos que dejarla en paz.

Eric quiso contarle lo que había hecho Roland Kendall, pero Beth se había mostrado muy firme al respecto. No deseaba más problemas.

–Gracias –le dijo a Luke–. Sé de un montón de policías que nunca habrían llegado tan lejos como tú.

–Tenía mis razones –comentó con un guiño. Chocó una vez más su jarra con la de Eric y regresó a la sala.

Con la cerveza en la mano, Eric observó a Faron trabajar durante unos minutos más, pero la cabeza le daba vueltas. Todo era tan nuevo… y todo el mundo era feliz… Necesitado de un poco de tranquilidad por unos minutos, atravesó el salón, sirviéndose de la excusa de que una de las cubas había estado teniendo algún problema de enfriado. Le llevó solamente un momento revisar los medidores de temperatura y presión, pero el leve zumbido de la maquinaria se le antojaba tan tranquilizador como las olas del mar. Sacó un taburete, apoyó la espalda en una cuba y cerró los ojos, sintiéndose más que nunca en casa.

 

 

–¡Mamá! ¡Papá! –llamó Beth, apresurándose a abrazar a sus padres–. ¡Habéis venido!

–No nos lo habríamos perdido por nada del mundo, corazón –dijo su madre. Beth le apretó la mano, y luego se dejó abrazar por su padre. Hacía como cincuenta años que llevaba la misma colonia, y, al olerla, lágrimas de felicidad le cerraron la garganta.

–Querida, te hemos echado de menos.

–Lo siento, papá. He estado muy ocupada, intentando formar a Cairo como directora antes de que terminara el año.

–Estoy tan, tan contento de que estés cambiando ese lugar…

Beth sacudió la cabeza.

–No lo estoy cambiando tanto. Todavía quedarán muchas cosas que seguro te harán avergonzar, papá.

–Ya lo creo –repuso, aunque se notaba claramente que continuaba diciéndose a sí mismo que su hija estaba convirtiendo el establecimiento en una auténtica tienda de sujetadores. Si así le resultaba más fácil de asimilar, ella no iba a poner objeción alguna. Había mantenido un sorprendente silencio sobre todo el asunto, y ella lo había dejado hacer.

A nivel económico, aquello no iba a resultar nada fácil para ella, pero cada mañana se despertaba entusiasmada. Iba a ayudar a las mujeres cada día. Había contratado a una terapeuta sexual para impartir clases y dirigir seminarios todas las semanas. Cairo se estaba haciendo cargo de la columna y ayudando a restringir el surtido de juguetes sexuales. Estaban convirtiendo la mitad de la trastienda en una zona de probadores, con las paredes forradas de un maravilloso papel satén color gris perla. La otra mitad seguiría exhibiendo juguetes y artículos eróticos, pero solo lo mejor de lo mejor. Ninguno de los novedosos artículos que siempre la habían incomodado: fuera los muñecos inflables o los falos de sesenta centímetros.

Disimulando una sonrisa, Beth se volvió para contemplar la atestada sala en busca de Eric, pero su padre le tocó en ese momento el brazo.

–¿Qué es eso? –le preguntó él, señalando un cartel que habían colgado el día anterior.

Beth casi gruñó al ver el logo de la nueva cerveza: El Falo del Diablo.

–Una nueva cerveza –explicó.

–Ah. Puede que la pruebe.

Beth carraspeó.

–Permíteme que te traiga una…

–Espera un momento. Quería decirte algo –la atrajo hacia sí.

–¿Qué?

Miró a su alrededor.

–Fui a ver a Roland Kendall.

–¿Que tú qué?

–Llevaba semanas intentando contactar con él, de hecho. Lo localicé por fin ayer por la mañana, cuando se dirigía al trabajo.

–Papá… ¿por qué? ¿Por qué lo hiciste?

–Quería dar la cara por ti, Beth.

Sus tranquilas palabras despejaron su preocupación, y cerró la boca rápidamente. Él no dijo nada más, pero ella pudo escuchar el significado que escondía aquella sencilla frase. Las cosas que él no podía decirle. Y lo amó por ello.

–Pero no había motivo para ello. Yo ya te conté lo de la tienda.

–Hablé con él de padre a padre. Le dije que debería sentirse avergonzado.

–No creo que ese tipo de cosas funcionen con un hombre como él, papá.

Su padre sonrió.

–En cualquier caso, le dejé saber que me sentía orgulloso de ti, querida. Y que él jamás podría cambiar eso. Nada podrá cambiarlo nunca.

–¡Ay, papá! –se lanzó a sus brazos, pero en ningún momento sintió la tentación de llorar. Su padre lo estaba intentando. Un poco tarde, sí, pero mejor tarde que nunca. Mucho mejor–. Gracias –susurró.

–No me lo agradezcas, Beth. Es lo que debí haber hecho hace mucho tiempo.

–Vamos. Busquemos una mesa. Sé que echas de menos los increíbles restaurantes italianos de Argentina, pero creo que te encantará esta pizza.

Una vez que tuvo sentados a sus padres y avisó a un camarero, Beth se acercó a la mesa de Luke y se inclinó para preguntarle a Simone Parker, en un susurro:

–¿Qué tal fue?

–¿La cita? –se cambió a su diminuta hija de brazo y le palmeó suavemente la espalda–. Un fiasco, pero al menos lo intenté. La próxima vez no pasaré tanto miedo.

–Ven a la tienda la semana que viene. Acabo de recibir una colección fantástica.

–Así lo haré.

Beth seguía sonriendo para cuando se escabulló en busca de Eric. No lo veía desde hacía un buen rato, y la preocupaba que se estuviera entrometiendo en el camino de Jamie. Pero Eric no se encontraba en la cocina, y tampoco en su despacho. Se internó aún más en la trastienda y lo vio en la sala de cubas. Se detuvo en seco para observarlo a través de la puerta de cristal.

Con una pinta de cerveza en la mano, estaba sentado con un aspecto de absoluta relajación… la cabeza apoyada en una cuba de acero, los ojos cerrados y una leve sonrisa en los labios. Cada día parecía más y más relajado. Era simplemente… feliz.

Beth no deseaba molestarlo, así que retrocedió unos pasos y dio media vuelta para respetar aquellos pocos minutos de intimidad. Pero una vez transcurridos, le envió un mensaje de texto: ¿Podemos vernos en tu despacho? Quiero enseñarte algo.

La puerta del despacho se abrió bastante más rápidamente de lo que ella había esperado. Eric la cerró a su espalda.

–Hola –lo saludó ella.

Estaba sentada en la mesa, y la mirada de Eric resbaló a lo largo de sus piernas.

Beth se echó a reír, feliz de que el mensaje de texto hubiera conseguido su objetivo. Descruzó las piernas y vio que sus ojos se desorbitaban por un instante.

–En realidad solo quería ver cómo estabas –dijo, riendo–. Y mis padres están aquí. Pensé que quizá te apetecería saludaros. Ya sabes lo mucho que te aprecian.

–Soy un gran chico –se acercó a ella y apoyó una mano sobre su muslo desnudo, allí donde se le había levantado la falda.

–Todo el mundo piensa que eres tan serio y formal…

–Bueno, no sé muy bien cómo decirte esto, pero creo que mi familia sospecha que estamos manteniendo relaciones sexuales.

–¡No! –Beth separó aún más las piernas, y soltó un suspiro cuando sintió su pulgar subiendo por la cara interior de su muslo.

–Es solo una corazonada. Además, ¿no has notado lo colorado que se ha puesto Jamie cada vez que te ha visto esta semana?

–Vaya, ahora que lo dices, sí que parecía nervioso. Yo lo atribuí a los nervios por la apertura del restaurante.

–Error. Ha sido por tu última columna.

Beth frunció el ceño, intentando recordar. De repente se llevó una mano a la boca para ahogar una carcajada de horror.

–Oh, Dios mío. ¿No le dijiste que no la había escrito yo?

–Preferí dejarlo retorciéndose por un tiempo… Finalmente está empezando a tratarme con el respeto y la deferencia que merezco.

Beth le dio un golpe en el brazo, pero Eric le agarró la mano y se la puso en su cintura al tiempo que se instalaba entre sus rodillas.

–¿Había algo más que deseabas enseñarme?

–Tenemos que volver a la fiesta –murmuró ella, ya distraída por el calor de su cuerpo.

–¿De veras? Tú siempre me estás diciendo que tengo que dejar a Jamie su espacio.

–Sí, pero…

La mano de Eric continuaba ascendiendo, subiéndole la falda.

–Dios, qué rica estás –susurró.

–Eric, no podemos. Ahora no.

–¿No se supone que eres la clase de mujer capaz de hacer cualquier cosa en cualquier parte?

Ella sonrió en el instante en que Eric rozó sus labios con los suyos.

–Sabes bien que no.

–Curioso –su aliento le abanicó la mejilla antes de que la besara en el cuello–. Tú siempre estás conmigo.

Beth esbozó entonces una sonrisa de orgullo.

–Eso es cierto. Creo… –su pulgar se deslizó sobre su braga, y ella se quedó sin habla cuando él le tocó el clítoris–. Oh.

La boca de Eric se concentró en un lugar especialmente sensible de su cuello, y Beth suspiró al sentir de nuevo la presión de su pulgar. Se excitó inmediata, insoportablemente.

–Eric… –musitó con la intención de decir algo, para olvidarse en seguida de lo que era. En lugar de ello, le rozó con los nudillos el pantalón. Solo para asegurarse de que ya estaba excitado para ella. Volvió a tocarlo, delineando con los dedos la cremallera de su bragueta.

–Hazlo –le ordenó él.

Perdió otra vez el aliento ante la brusquedad de su orden. Durante las últimas semanas, Eric se había mostrado cada vez más osado, más asertivo. Cada día había insistido un poco más. Y, cada día, ella había cedido también un poco más. Resultaba curioso, porque siempre se había tenido por una mujer fuerte y segura que necesitaba llevar la iniciativa en la cama. Pero, en aquel momento, se sentía lo suficientemente valiente como para continuar cediendo.

Beth le desabrochó el botón del pantalón y le bajó la cremallera. Él le alzó entonces la falda con las dos manos y se dispuso a bajarle la braga.

–Eric, no podemos. Alguien podría vernos y… –pese a sus palabras, alzó las caderas para ayudarlo a que le bajara la braga.

–Creo que esto te gusta –murmuró mientras sacaba un preservativo–. Creo que podría ser precisamente una de tus fantasías. El peligro de que alguien te sorprenda.

Respirando aceleradamente, Beth vio como se ponía el condón, pero su mirada voló fugaz por encima de su hombro hacia la pequeña ventanilla de la puerta.

–Mmm –dijo Eric con un murmullo de asentimiento y tiró de ella hacia sí para acercar su miembro a su entrepierna.

Beth le clavó las uñas en los hombros cuando él la penetró, hundiéndose lentamente en su interior.

–Oh, Dios mío, Eric. No podemos –pero los muslos ya le temblaban mientras su corazón atronaba por lo peligroso y arriesgado de la situación.

Él empezó a empujar lentamente hacia delante y hacia atrás, y repitió el movimiento antes de lanzar una mirada sobre su hombro.

–Supongo que tienes razón…

–Oh –suspiró ella, decepcionada ante su reacción–. Está bien –susurró–. Pero solo… ¿unos segundos más?

–¿Unos segundos, dices?

–Por favor –suplicó, paladeando su sabor en la lengua. Él empujó a fondo entonces, arrancándole un gemido.

Eric se quedó muy quieto por un instante, con la respiración tan acelerada que no tardó en equipararse a la de ella. Miró nuevamente por encima de su hombro y soltó una maldición.

–Tú tienes la culpa de esto –gruñó.

–¿Yo?

–No puedo dejar de pensar en ti. En esto. En nosotros.

Beth se echó a reír, pero cuando él se movió, su risa se transformó en suspiro.

–Por favor –rogó de nuevo, abriendo todavía más los muslos para recibirlo aún más profundamente–. Tú estás al mando –musitó–. La culpa es toda tuya.

–Tienes razón. Cuélgate de mi cuello.

Hizo lo que le ordenaba, sorprendiéndose cuando él deslizó las manos bajo su trasero y la levantó en vilo.

–¡Eric!

Él se volvió y dio unos cuantos pasos hacia la puerta. Una vez allí, la apoyó contra la pared que estaba al lado.

–Nadie podrá vernos ahora –le dijo.

Beth bajó un pie al suelo, pero Eric enganchó un brazo debajo de su corva para alzarle la pierna, al tiempo que comenzaba a percutir contra ella.

–Oh, Dios… –jadeó, estirando una mano para sujetarse en un archivador.

El cuerpo de Eric se apretaba contra el suyo, empujando con todas sus fuerzas. Ella podía oír a la gente de la cocina hablando, riendo, gritando órdenes. Estaban justamente allí, a solo unos pasos de distancia. Alguien podría abrir la puerta en cualquier momento.

–Eric –susurró mientras él la llenaba, con su grueso miembro dilatando su sexo, forzando la entrada. Enterró los dedos en su pelo–. Oh, Dios mío, Eric. Yo…

–Sshh –la advirtió él, pero eso solo consiguió empeorar las cosas: el recordatorio de que si chillaba, alguien la oiría.

Cuando ella gimió de nuevo, Eric le puso la mano libre sobre la boca mientras continuaba empujando con mayor fuerza cada vez.

Aquello era demasiado. Todo el placer concentrado en un nudo ardiente que parecía apretar todas sus terminaciones nerviosas, retorciéndoselas hasta… Beth chilló de pronto mientras su cuerpo empezaba a convulsionarse. Los dedos de Eric le taparon más fuertemente la boca. Él mantuvo el ritmo durante unos cuantos embates más hasta que finalmente se tensó y gimió suavemente contra su cuello.

Beth estaba temblando, pero no solo de piernas, de brazos o de manos. Su corazón también estaba estremecido. No podían seguir así. Su relación no podía volverse todavía más seria, más intensa. Aquello era demasiado. Demasiado cercano a…

–Te quiero, Beth –jadeó contra su cuello.

Ella abrió mucho los ojos. Le tiró del pelo con fuerza al tiempo que él retiraba la mano de su boca.

–Te quiero –repitió Eric, con lo que el corazón de Beth se estremeció aún más–. Te quiero a ti, tu cuerpo, tus secretos, tus miedos. Y quiero también a la persona que soy ahora contigo.

Le soltó la pierna para que pudiera bajar el pie al suelo, pero Beth dudaba de que pudiera sostenerse. No estaba segura. No estaba…

Eric la besó, un beso dulce y tierno, y Beth sintió que el corazón se le escapaba del pecho. Él le enjugó una lágrima con el pulgar, pero no le pidió que no llorase. No le pidió nada en absoluto: simplemente secó con los labios la siguiente lágrima que resbaló por su mejilla.

–No te fallaré –le aseguró.

–No digas eso –la voz de Beth apenas era el ronco eco de un murmullo–. Puedes cometer errores. No tienes que ser perfecto por mí.

–No –murmuró él–. Pero tú te lo mereces.

Ella lo obligó a apartar la cabeza para apoderarse de su boca.

–Te quiero –le confesó, asombrada de la manera en que se serenó su corazón ante el sonido de sus propias palabras–. Tal como eres. Y tal como soy yo, también.

Beth sonrió contra sus labios, besándolo una vez más antes de que él se apartara para intentar recomponerse un poco. Ella recogió la braga del suelo y se la puso, pero el estado de su falda, tan arrugada, la preocupó.

–¿Parezco como si acabara de tener sexo? –inquirió, atusándose el pelo.

–Sí –fue la respuesta de Eric.

–Eric, eres un… –le regañó. Seguía buscando el insulto adecuado cuando él alzó las manos para peinarle con los dedos la enmarañada melena. Le alisó luego la blusa y le estiró un poco la falda.

Una cálida sonrisa brillaba en sus ojos.

–Así. Estás perfecta.

Beth quiso arreglarse el pelo, pero de repente se detuvo. Desarreglada estaba muy bien. Él estaba sexy. Su hermano Jamie probablemente le gastaría bromas al respecto, con lo que todos acabarían riendo a carcajadas. Y ella adoraba ver a Eric feliz.

–¿Estás lista para salir? –le preguntó él.

Lo estaba. Finalmente, lo estaba.