Para el día siguiente, Beth estaba absolutamente enfadada consigo misma. Un solo minuto con él, un vistazo, un simple contacto y ya no podía sacárselo de la cabeza. Y lo peor era que cada vez estaba resultando más obvio que Jamie había estado desesperado por quitársela a ella de encima, por sacarla de su local. Primero, la había acorralado pasillo abajo, y luego había saltado de alegría ante la oportunidad de despedirla a la mayor rapidez posible.
Seguramente tenía una relación. A ella eso le daba igual. ¿Pero y si estaba casado? ¿Y si había estado casado, ya en aquel entonces, la noche que habían pasado juntos?
Solo de pensarlo se le aceleró tanto el corazón que tuvo que apretarse el pecho con una mano. Eso lo explicaría todo…
Intentó olvidarse de ello mientras entraba en la tienda y saludaba a Cairo. Y lo mismo mientras procedía a desenvolver los últimos juguetes eróticos y a colocarlos en el escaparate. Pero en cierto momento, justo cuando estaba desembalando un sofisticado vibrador con música incorporada gracias al Mp3 que llevaba alojado dentro, no pudo ya luchar contra el constante remolino de pensamientos.
–¿Cairo?
Cairo estaba ocupada escuchando tonos de llamada en su móvil, intentando dar con el adecuado.
–¿Sí?
–Anoche estuve en Donovan Brothers y…
–¡Oh! –Cairo alzó la mirada hacia ella con una sonrisa de oreja a oreja–. Me olvidé de preguntarte cómo te había ido con tu cita.
–¿Mi cita?
–¿Con Davis?
–Oh. ¡Estupendamente! –exclamó Beth con demasiado entusiasmo–. ¡Sí, fue maravilloso!
Los ojos castaños de Cairo se iluminaron.
–¿Maravilloso? ¿De veras? ¿No esconde esa palabra un cierto arrepentimiento del día después?
–Para nada. Davis fue realmente dulce.
–Y sexy, ¿verdad? –insistió Cairo, sonriéndose como si Beth estuviera escondiendo algo–. ¿Te gustó ese dragón que lleva tatuado en el estómago?
Beth arqueó una ceja.
–No le vi el estómago, Cairo.
La joven se echó a reír, con su brillante melena negra enmarcando su delicioso rostro.
–Lo sé. Hablé con él esta mañana.
–¿Te llamó?
–No, lo vi en el curso de yoga. Razón por la cual sé lo del tatuaje del dragón, y por la que se me ocurrió juntaros a los dos, también. Si yo no tuviera ya dos novios, le daría un meneón tan grande que no volvería a recuperarse.
Beth puso los ojos en blanco.
–Fue muy correcto conmigo. Aunque, la verdad, no sabría qué pensar de un hombre que al día siguiente va y te cuenta a ti cómo ha pasado la noche…
–Él no me dijo nada. Fui yo la que me figuré que un tipo que teóricamente había pasado la noche en tu cama jamás necesitaría presentarse a las ocho a clase de yoga. El sexo es mucho más relajante.
Bueno, esa sería una buena manera de poner a prueba a Davis, pensó Beth. Dejar que pasara la noche con alguien y esperar luego a ver si iba a yoga al día siguiente.
–Por cierto… –dijo Cairo con un familiar brillo en los ojos–. Tienes que ver ese tatuaje. Se lo hizo el mejor artista de Colorado. Le delinea los abdominales hasta por debajo de la cintura. Pero muy abajo… Estoy segura de que se depila. Se lo depila todo.
A juzgar por la reacción de Cairo, Beth debió de haber hecho una mueca.
–¿Qué? ¡No me digas que nunca has estado con un hombre depilado!
Intentó adoptar una expresión de indiferencia. Lo intentó de veras. Pero, obviamente, no podía disimular su horror.
–¡Oh, Beth! –exclamó Cairo–. Te lo juro, es lo mejor. Toda esa carne tan suave. Nada entre tu boca y su piel… Y con un tipo como Davis, una querría acercarse todo lo posible, ¿no te parece?
–Yo… yo… –no podía imaginar el proceso. ¿Tumbado y espatarrado, con los pies en los estribos?–. Seguro que es estupendo.
–Bueno, quizá lo averigües por ti misma.
–Ya… –Beth intentó en vano ahuyentar la imagen–. ¿Harrison y Rex están depilados? –había coincidido con los dos novios de Cairo en numerosas ocasiones.
–Oh, Harrison siempre va muy arreglado. Rex no estaba interesado en un principio, pero se enceló con toda la atención que le estaba dedicando a Harrison, así que al final se acostumbró a la idea –la sonrisa de Cairo se estiró aún más, de oreja a oreja–. Ahora los dos son tan suavecitos…
«Oh, Dios», exclamó Beth para sus adentros. No debió haber preguntado. La próxima vez que viera entrar en la tienda a Harrison o a Rex, se desmayaría de vergüenza. Pero aquella no era la reacción adecuada en una sofisticada profesional de su negocio como ella, así que se esforzó todo lo posible por disimular su azoro.
–Eres una mujer de suerte –le dijo–. Y si tuviera que darte un dólar por cada vez que te he dicho lo que te he dicho…
–Ya hablaremos de eso después, si sigues viendo a Davis –Cairo pulsó en ese momento el botón del play de su teléfono y ambas bajaron la mirada a la pulsante cabeza del vibrador, que se iluminó de pronto de manera intermitente. Le dio un empujoncito con el hombro–. ¿Piensas seguir viendo a Davis?
–Ya veremos –Beth se quedó mirando las luces danzantes mientras procuraba no imaginarse a Davis sin vello.
–Terminas a las siete, ¿verdad? –le preguntó Cairo–. Si quieres marcharte ahora, yo me encargo. Quizá deberías darle un toque.
Cairo era la mejor empleada de Beth, siempre amable, vivaz e igual de trabajadora que ella. De hecho, Beth acababa de hacerla ayudante personal suya.
–Oye, ¿qué es lo que dijiste antes de Donovan Brothers?
–¿Qué? –inquirió a su vez Beth, con voz demasiado alta.
–La cervecería. Dijiste que estuviste allí anoche.
–Ah, sí. Er… una amiga mía quería saber si Jamie Donovan estaba casado. Tú lo has mencionado antes, ¿no?
–Oh, Dios, definitivamente no está casado.
–Ya. Bien. Se lo diré entonces a…
–Pero la semana pasada estuvo aquí con su novia, así que no está disponible, al menos por lo que yo sé. Aunque quizá tenga cada uno sus aventuras…
Beth asintió varias veces sin pensar, antes de llegar a asimilar sus palabras.
–¿Qué? –inquirió sin aliento.
–Ya lo sé, ya lo sé, perdona. Nada de cotillear sobre los clientes. Ahora mismo vuelvo al trabajo.
Cairo dejó fuera de la caja el modelo de vibrador como muestra y regresó a la caja registradora. Beth se quedó donde estaba por un momento. El pulso había empezado a atronarle la cabeza. ¿Jamie había estado allí? ¿Con su novia?
No, eso no podía ser verdad. Él no sería capaz de hacer algo así. Nunca se llevaría a su novia a su lugar de trabajo, sabiendo que vendía juguetes y lencería erótica. Eso sería demasiado cruel.
Cairo tenía que estar equivocada.
Beth asintió, intentando convencerse a sí misma de ello, pero no sentía la más mínima seguridad al respecto. Porque… ¿por qué Jamie no habría de ir allí?
Estaban en el sigo XXI. Ella era una mujer moderna, de pensamiento evidentemente avanzado. Se habían liado una sola vez, sentimientos aparte. Sin lazos ni compromisos. Ciertamente, muchos de los ex-novios de Cairo acudían a la tienda y la saludaban tan tranquilos, todo abrazos amistosos. Quizá no se le hubiera ocurrido a Jamie que ella pudiera sentirse dolida si lo veía con otra chica.
Habían convenido explícitamente en que aquella noche no significaría nada. Que a ella no se le diera tan bien ceñirse al trato no quería decir que Jamie fuera a tener el mismo problema.
Juntó las manos con fuerza mientras se repetía a sí misma que no se sentía dolida. Aun así… había sido una suerte que ella no hubiera estado presente cuando Jamie se presentó en su local. No habría podido reprimir el dolor de verlo entrar en su tienda en compañía de otra mujer, tomándola de la mano, escogiendo en su compañía artículos que usar más tarde en el dormitorio…
Beth suspiró profundamente solo de pensarlo. En las breves horas que había pasado con él, le había parecido un hombre bueno y considerado. Oh, diablos, quizá estuviera simplemente más evolucionado que ella en el terreno sexual.
Pero la noche anterior se había comportado de una manera absolutamente taimada. Escurridiza. Aquello no tenía ningún sentido.
Se retiró a su despacho y cerró la puerta. Se enfadó de repente. Se había sentido terriblemente culpable por haber acudido a su cervecería con otro hombre. ¿Qué clase de imbécil era él? ¿Y cuándo exactamente se había liado con aquella otra chica? Todo aquel misterio que se le había antojado tan excitante en la feria comercial en la que lo conoció parecía haber adquirido de pronto una nueva luz mucho más siniestra…
–El muy canalla… –gruñó.
Debería olvidarse del tema. En aquel momento, a seis meses vista, no podía importarle menos, aunque lo cierto era que se sentía abrumada por la necesidad de confrontarlo. Abrió el móvil, pero era inútil. Había borrado su número a las dos semanas de haberlo conocido. Había tenido que borrarlo de su vida porque el recuerdo de aquel único encuentro se había convertido en un afrodisíaco en sí mismo. Porque había sabido que, si no lo hacía, la tentación crecería y crecería hasta tragársela.
–Maldita sea –masculló.
Quizá le resultaría más fácil contactar con él por medio de la cervecería. Menos privacidad, menos intimidad. Nada que le recordara la noche en que su móvil había sonado y él había pronunciado dos únicas palabras: «habitación 421».
Se le erizó el vello de los brazos mientras un escalofrío eléctrico recorría todo su cuerpo.
Carraspeó y sacudió la cabeza. No debería llamarlo. Eso lo sabía bien.
Pero tal vez pudiera averiguar la verdad de otra manera. Entre Facebook, Twitter y demás redes sociales, la vida de la gente había dejado de ser privada.
–No importa –se dijo. Si él era una especie de canalla engañoso de dos caras, ella no tenía la culpa. Pero terminó cediendo a la debilidad y buscó su nombre en Google de todas formas. Aparecieron miles de entradas, todas aparentemente relacionadas con la cerveza y premios recibidos por la cervecería. Buscando una información más personal, clicó un enlace de Twitter. La cuenta estaba a nombre de Jamie Donovan, de la cervecería Donovan Brothers, pero la imagen estaba equivocada.
Frunciendo el ceño, clicó en la foto para ampliarla. Definitivamente, aquel tipo no era Jamie. De hecho, se parecía mucho al joven rubio al que había visto atendiendo la barra de la cervecería la noche anterior.
–¿Qué diablos…?
Absolutamente perpleja, volvió a Google y clicó la búsqueda de imágenes. La primera que salió fue la del joven rubio, otra vez. Siguió mirando. La mayoría de las imágenes pertenecían al rubio. Las únicas en las que vio a Jamie eran de grupo. Clicando en la mayor de las imágenes de grupo, leyó el pie: Wallace Hood, Eric Donovan, Tessa Donovan, Jamie Donovan, Chester Smith.
Aquello no tenía ningún sentido. Continuó revisando las siguientes páginas de imágenes, pero en su mayoría eran logos de la empresa Donovan Brothers y fotos de jarras de cerveza.
Hasta que vio dos imágenes de vídeo y las abrió, casi mareada de expectación.
El primer vídeo estaba enlazado a una cadena local de noticias. Lo abrió y esperó, conteniendo el aliento.
Sonó la melodía de entrada de las noticias, y luego la cámara enfocó a una periodista rubia muy arreglada que sonreía de oreja a oreja.
–¡Hoy damos una gran noticia referente a un establecimiento icónico de la localidad! Me encuentro en la cervecería Donovan Brothers de Boulder, Colorado, y me acompaña ahora mismo uno de los dos hermanos, en persona…
La cámara se retiró lentamente, introduciendo en el cuadro un brazo, luego un hombro, y por fin al hombre de cabello rubio oscuro al que había visto en la barra. Beth frunció el ceño.
La periodista lo miraba con expresión radiante.
–Este es Jamie Donovan, uno de los famosos hermanos…
El joven hizo un guiño a la reportera mientras la cabeza de Beth empezaba a dar vueltas.
Jamie Donovan. Jamie. Que no el hombre con quien ella se había acostado.
Aquello era absurdo. El tipo y la periodista seguían hablando, con sus palabras tintineando en su cabeza como cristales rotos que le estuvieran arañando el cráneo. Era Jamie… y no era Jamie. Miraba fijamente el nombre que aparecía debajo del hombre que hablaba: Jamie Donovan, de la cervecería Donovan Brothers.
Le temblaba la mano cuando alcanzó el ratón y clicó el icono de pausa de vídeo.
Un extraño peso parecía crecerle en la garganta. No era de lágrimas, ni de enfermedad, ni de emoción. Tenía la sensación de que la carne se le estaba inflamando, constriñéndole la garganta cada vez más. Intentó tragar y no pudo.
El hombre del vídeo trabajaba para Donovan Brothers. Había estado en la cervecería. Estaba en las imágenes de Google. Pero no era Jamie.
Beth volvió a pasar frenéticamente las imágenes hacia atrás hasta que recuperó la anterior fotografía de grupo. Abrió otra ventana y fue investigando cada nombre, pero no consiguió buenas imágenes. Siempre le salía el logo verde de Donovan Brothers y fotos de los premios y marcas de las diferentes variedades de cerveza que vendían.
¿Quién era él? ¿Era Wallace, o Chester, o Eric?
Se levantó tan rápidamente que se dio un buen golpe en un muslo, sin que llegara apenas a registrar el dolor. Tambaleándose, regresó a la alegre luminosidad de la tienda.
–¿Cairo?
Cairo asomó la cabeza detrás de la caja registradora.
–¿Sí?
–¿Qué aspecto tiene Jamie Donovan?
–No sé –se encogió de hombros–. Mono. Bastante pijo. Conservador. Pero tiene una sonrisa muy bonita.
–¿Pelo oscuro? –se obligó a preguntarle Beth, aunque tenía la garganta demasiado cerrada para que pudieran salirle las palabras.
–No, oscuro no. Dorado más bien. Pero tampoco muy rubio. ¿Por qué?
–Es solo que… Nosotros –toda aquella sangre que se le acumulaba en el cerebro no le estaba haciendo ningún bien. No podía pensar. Ni siquiera era capaz de sentir. Sentía entumecido el cuerpo entero–. No, por nada.
–¿Te encuentras bien?
Cairo se dispuso a acercarse, pero Beth retrocedió.
–Estoy bien. Es solo que… no, la verdad es que no me encuentro muy bien. ¿Sigue en pie tu oferta de cubrirme durante una hora? Creo que será mejor que me vaya a casa.
–Por supuesto, pero….
Beth corrió de regreso al despacho a recoger el bolso y el móvil. Borró el historial y cerró el ordenador. No supo por qué lo hizo: lo único que sabía era que sentía vergüenza. Vergüenza porque la habían engañado. Porque le habían hecho quedar en ridículo. Y, Dios mío, estaba volviendo a experimentar una horrible y familiar sensación con la que no había tenido que lidiar en años.
En su cabeza, empezó a escuchar las palabras que había absorbido a lo largo de sus estudios sobre sexualidad femenina e historia de las mujeres. «Nadie puede hacerte avergonzar. Vergüenza significa que has hecho algo malo, y tú no has hecho nada malo». Pero… ¿qué otra cosa podía sentir después de que la hubieran engañado y mentido?
Se le saltaron las lágrimas, pero gruñó para ahuyentar la frustración y las dominó.
Esa vez ya no tenía diecisiete años. No tenía por qué quedarse simplemente sentada y asimilarlo. No, esa vez se enfrentaría directamente con el problema. Haría avergonzarse al único que debería sentir vergüenza por lo que había pasado.
Cuando abandonó a toda prisa el despacho, Cairo estaba atendiendo a una clienta, espolvoreándole sobre el brazo una muestra de miel en polvo, pero alzó la vista con expresión preocupada. Beth vio cómo la clienta alzaba el brazo y se lamía tentativamente la muñeca. En cualquier otra ocasión, la vista le habría hecho sonreír, pero ese día simplemente se quedó viendo a la mujer con la mirada vacía.
Todavía tenía el cuerpo entumecido y la cabeza le retumbaba como un tambor. Se le ocurrió que probablemente no debería conducir en ese estado, pero empujó las puertas y se dirigió directamente a su Nissan color rojo cereza. El motor rugió a un leve giro de la llave. Se lo había comprado cinco meses antes simplemente por capricho, porque estaba intentando mentalizarse a sí misma para satisfacer sus deseos. Y lo que deseaba en aquel momento era matar a alguien. Alguien cuyo nombre ni siquiera conocía.
La sorpresa del descubrimiento volvió a impactarla, y respiró profundo para sobreponerse al mareo. Estaba dentro de un coche, conduciendo. No podía dejarse vencer por los puntos negros que bailaban en los bordes de su campo de visión. Respiró profundamente una vez más, y otra. Y aunque el cráneo entero todavía le retumbaba con cada latido, la visión se le fue aclarando y, conforme se acercaba a la cervecería, empezó a sentirse más tranquila. No menos furiosa, sino más. Furiosa de una manera concentrada.
Entró en el aparcamiento del local, apagó el motor, bajó del coche y cerró cuidadosamente la puerta.
Sus tacones machacaban los pocos granos de arena que cubrían el asfalto. Miró su propia mano cerrándose sobre el picaporte mientras abría la puerta como si aquellos dedos pertenecieran a otra persona.
Penetró de golpe en una estampa alegre. Música de fídula por los altavoces. Risas procedentes de una mesa cercana. Beth atravesaba aquellas risas como si estuviera dentro de uno de aquellos sueños en los que nada tenía sentido, pero siguió caminando.
El hombre que estaba detrás de la barra empezó a volverse. El corazón de Beth se preparó para aquel encuentro, pero resultó que no lo conocía de nada. Un desconocido. Aunque, en realidad, todos eran desconocidos.
–¿Está Jamie Donovan? –le ardió la piel de vergüenza cuando pronunció su nombre.
El hombre, un chico en realidad, se inclinó hacia delante.
–¿Perdona? No te he oído.
La música no le había parecido tan fuerte cuando entró, pero en aquel instante parecía hincharse en sus oídos, mezclada con el alboroto de la multitud de viernes por la tarde.
–¿Jamie Donovan? –alzó la voz–. ¿Está disponible?
–Esta noche no trabaja en la barra. ¿Te puedo ayudar en algo? –lo dijo como si su pregunta hubiera sido la más normal del mundo. Como si las mujeres entraran allí todo el tiempo buscando a un tipo llamado Jamie que mentía para tener sexo con ellas. Una abrasadora marea de vergüenza volvió a barrerla por dentro. Se había reído de ello antes, pero ahora no podía hacerlo. No podía. Así que asintió y se dispuso a alejarse.
Una puerta se abrió de pronto a su izquierda, lo que la hizo dar un respingo de horror, pensando que podía ser él. Pero solo era un cliente saliendo del baño.
Cuando se dio cuenta de que había experimentado un genuino terror, procuró dominarlo convirtiéndolo en furia, como la presión y las altas temperaturas podían convertir el carbón en diamante.
Irguiéndose, se volvió de nuevo hacia el barman.
–Necesito verlo. Es personal.
El chico arqueó las cejas, receloso, pero finalmente se encogió de hombros.
–Veré si está en la trastienda. ¿Cuál es tu nombre?
–Beth Cantrell. Dile que salga –apoyó una mano en la barra, no para sostenerse sino para dar a sus dedos algo que apretar, porque la furia la estaba devorando por dentro.
Y esperó luego a descubrir exactamente con quién había tenido sexo seis meses atrás.
Eric agarró una botella medio llena de pilsner y apretó el cuello con fuerza. No la tiraría contra la pared. No, no lo haría. Pero se suponía que aquella maldita máquina de embotellar tenía que haber estado arreglada la semana anterior, y en aquel momento estaba haciendo un peor trabajo todavía, haciendo temblar tanto las botellas que la mitad de la cerveza se convertía en espuma antes de que llegaran a la fase de sellado.
–¡Apágala! –gritó a Wallace.
Wallace frunció el ceño y paró la cinta embotelladora. En cuanto cesó el rugido de la máquina, una retahíla de ingeniosos insultos resonó en las paredes de cemento de la sala.
A Wallace no le importaban ni el embotellado, ni la distribución, ni los márgenes de beneficio. Su única preocupación era la cerveza, y una buena parte de la misma corría en aquel momento lentamente hacia el desagüe del suelo.
Eric soltó una maldición.
–Voy a hacer que me sirvan la cabeza de ese mecánico en una bandeja.
–No hasta que yo le haya roto el cuello –gritó Wallace.
Eric bajó la mirada a las tuberías que serpenteaban por el suelo.
–Maldita sea. Ya sabes lo que hay que hacer. No hay manera de que podamos seguir embotellando hoy. Y mañana quizá tampoco.
Wallace emitió un sonido que sonó sospechosamente a sollozo, aunque resultaba difícil discernir sus sentimientos detrás de la espesa barba que le cubría más de media cara. Sus gigantescos hombros parecieron hundirse, haciendo que su uno noventa y ocho de estatura perdiera un par de centímetros.
–Es una maldita tragedia –resopló antes de volverse para caminar a trompicones hacia la puerta que llevaba a la sala de cubas. Un instante después estaba de vuelta, cerrada ya la válvula, y desenganchaba con un gesto de dolor la manguera de la máquina embotelladora para dejarla sobre la pila de desagüe. Accionó luego el grifo y el chorro de pilsner fue a estrellarse contra la rejilla del desagüe–. Lo mataré –masculló.
–Probablemente no deberíamos hacerlo. Supongo.
–Esta mezcla era tremenda de buena.
–Y queda suficiente –Eric le puso una mano en el hombro con gesto consolador y compartieron un momento de silencio mientras veían cómo la cerveza se iba colando por las cañerías.
Wallace se sorbió la nariz. Eric temía mirarlo, no fuera a ver las lágrimas humedeciendo su barba.
–Tengo que hacer una llamada de teléfono. A cuenta de este asunto –anunció.
–Procura asarlo vivo –insistió Wallace.
Eric atravesó la silenciosa sala de cubas y salió al caos de… bueno, en aquel momento era una cocina, aunque antes no lo había sido. De hecho, dos hombres estaban introduciendo una gigantesca pizza en el horno de la pared del fondo.
Meses de preparativos habían sido necesarios para aquel evento, y a Eric le habría gustado sentirse más feliz e ilusionado por Jamie de lo que se sentía en realidad. Porque, más que otra cosa, se sentía nervioso. Su hermano, en cambio, sonreía cuando se apartó del horno para dirigirse hacia las puertas que llevaban a la zona del pub, con Henry pisándole los talones.
–Henry –llamó Eric al muchacho, antes de que desapareciera también por la puerta–. ¿Vas a quedarte a recoger esta noche?
Henry se detuvo en seco, con una mano ya en el picaporte. Las pecas se destacaron claramente en su tez pálida, como si Eric lo hubiera asustado.
–Sí, pero… Jamie me ha puesto a servir en la barra para que así él pueda supervisar la instalación.
–Vale. Pero cuando termines, te necesito en la sala de embotellado. Tira la cerveza que no valga, guarda los cascos en los cubos de reciclar y friega luego el suelo.
–Entendido.
Henry desapareció por fin y Eric se retiró a su despacho. Quería ayudar a Jamie, pero también tenía trabajo pendiente, por muy aburrido que fuera. Sus músculos se tensaron como piedras cuando cerró la puerta y telefoneó al mecánico.
Se sintió algo mejor después de haberle gritado al tipo, exigiéndole que se presentase en la cervecería a las nueve en punto del día siguiente, fuera sábado o no. Colgó con algo menos de tensión en los hombros. Aun así, seguía oyendo las risas procedentes de la zona del pub, lo cual le recordó a Jamie, y lo muy diferentes que eran los dos.
Escuchando aquel sonido, intentó forzar una sonrisa. Quería que su hermano fuera feliz. Sin duda alguna. Pero no podía evitar la sensación de que su propia felicidad se le estaba escapando entre los dedos. Una sensación quizá algo melodramática, pero verdadera.
Aquel lugar era su vida entera. Aquella cervecería. Aquel despacho. El papel que jugaba allí.
Se clavó los dedos en los músculos del cuello y aspiró profundamente. Carecía de sentido quedarse allí sentado, rumiando aquellos pensamientos. Tenía trabajo que hacer.
Poco después, alguien llamó a la puerta. Eric alzó la vista, esperando ver a Jamie, pero era Henry.
–Hey, ¿ya recogiste todo lo de la sala de embotellado?
–No. Er… Una mujer está enfadada con Jamie. Él me pidió que fuera a buscarte.
–Si está enfadada con Jamie, entonces el problema es de él, no mío.
El rostro de Henry pareció enrojecer de azoro, pero se quedó donde estaba, aferrando el picaporte.
–Está bien –suspiró Eric–. Enseguida voy.
¿Qué diablos era aquello? Apenas un año atrás, nada que tuviera que ver con Jamie y las mujeres le habría sorprendido, pero ahora… Jamie tenía novia. Una novia bien buena. Si le estaba poniendo los cuernos, no quería saberlo. Aquello podía tensionar seriamente su reciente relación.
Aun así, no pudo dejar de experimentar una cierta satisfacción. Aquello iba a ser como en los viejos tiempos, cuando Jamie lo había necesitado. De hecho, si la novia de Jamie no hubiera sido un factor a considerar, habría esbozado una sonrisa engreída mientras se dirigía a la zona del pub, dispuesto a sacar a su hermano de un nuevo embrollo.
Los obreros estaban en el umbral, curioseando el ambiente de la sala por una rendija de la puerta. Se asustaron cuando lo vieron acercarse, pero él los ignoró y señaló el horno con la cabeza. Los hombres se volvieron hacia la máquina como fingiendo retomar su trabajo. Eric no se lo tragó. Pero tampoco quería meterse en el papel de Jamie.
Empujó las puertas.
–Jamie –dijo cuando descubrió a su hermano al final de la barra, con los brazos cruzados–. ¿Cuál es el problema?
Pero entonces su hermano se hizo a un lado, y el mundo de Eric se resquebrajó de pronto, como si un terremoto hubiera abierto el suelo bajo sus pies.
Por un largo momento, fue incapaz de hacer otra cosa que mirarla. Ella. Debió habérselo esperado, después de lo de la noche anterior. Pero su alivio le había vuelto estúpido. Y ahora allí estaba, al lado de Jamie.
La realidad lo golpeó entonces, con toda la sutileza de una viga impactando en plena cara. Eric desvió la mirada hacia Jamie, que también se lo había quedado mirando fijamente, aunque con las cejas arqueadas de incredulidad.
–Eric –pronunció, como si lo estuviera presentando.
Y Eric vio que Beth parpadeaba varias veces, de puro asombro.
Diablos. Aquello pintaba mal. Peor que mal.
Jamie ladeó la cabeza.
–Eric, esta es Beth Cantrell. Parece que existe cierta confusión sobre algo que pasó en la feria comercial de este año.
«Algo que pasó». Bueno, quizá no todo estuviera perdido. Si Beth aún no le había contado nada a Jamie…
–Beth… –empezó, pero ella se dirigió hacia él como una diosa vengadora.
–¿Eric? –dijo desdeñosa–. ¿Eric?
Miró rápidamente a su hermano.
–Puedo explicarlo.
Uno de los finos y elegantes dedos de Beth se clavó en su pecho.
–¿Puedes explicarlo? ¿Puedes explicarme entonces por qué me dijiste que te llamabas Jamie?
–Yo no…
–¿Explicarme por qué me mentiste?
–Beth, si me permitieras…
–¿Explicarme por qué te hiciste pasar por otro hombre mientras tuviste sexo conmigo? –gritó ella, haciéndole un agujero en el esternón con el dedo.
–¿Qué? –exclamó Jamie.
Ya estaba. Aquello era ya el desastre oficial. El solemne silencio que se había abatido sobre el pub entero parecía confirmar lo horroroso de la situación.
–Puedo explicarlo –insistió de nuevo Eric, débilmente. Pensó en el gruñido bajo que parecía estar profiriendo Beth, pero no podía estar muy seguro, porque en aquel instante Jamie se plantó ante él y lo agarró de la pechera de la camisa.
–¡Henry! –gritó Jamie como si el joven no estuviera justo al lado, contemplando la escena con ojos desorbitados–. Encárgate de la barra. Tú… –sus ojos verdes estaban taladrando a Eric–. A la trastienda. Ahora mismo.
Oh, aquella era una novedosa experiencia: que fuera él, y no su hermano, quien hubiera hecho algo malo. Algo malo y horrible que parecía correr como fuego por sus venas. Vergüenza. Algo que a Eric no le gustaba sentir lo más mínimo.
Apartándose de Jamie, miró a Beth.
–Beth, hablemos de esto. A solas.
Ella asintió y se dirigió hacia las puertas. Eric alzó una mano para disuadir a su hermano de que la siguiera.
–Contigo hablaré después.
–¡Y un cuerno! ¡Hablaremos ahora mismo! –replicó Jamie.
Mientras Beth empujaba las puertas y pasaba al otro lado, Eric paseó la mirada por el pub. Todos los ojos estaban fijos en ellos. Y era viernes por la noche, de manera que los ojos eran muchos.
–Permíteme que hable a solas con Beth. Ella no se merece estar en medio de los dos.
–Me parece a mí que ella ya está justo en medio de los dos. ¿O es que he interpretado mal la situación? –pero para entonces Jamie ya se había girado sobre sus talones, apretando los dientes más frustrado que furioso, así que Eric se volvió para seguir a Beth a la trastienda.
Estaba atravesando a toda prisa la zona de la cocina, con los obreros siguiendo sus movimientos con mirada fascinada. Llevaba el mismo modelo de falda ceñida a las caderas que había lucido la noche anterior, solo que esa vez los tacones de sus zapatos eran morados en lugar de negros.
Eric tragó saliva con dificultad.
–Mi despacho está por aquí –señaló el pasillo y ella se quedó mirando su mano como si quisiera arrancársela.
–Tal vez sería mejor hablar fuera. Quienquiera que seas, así será menos probable que acabes muerto si hay testigos.
Uno de los obreros profirió un sonido entre ladrido y carcajada, pero cuando Eric los fulminó con la mirada, ambos tipos estaban apretando los labios hasta convertirlos en una fina línea.
Como él no respondió, Beth esbozó una sonrisa desdeñosa y pasó de largo hacia el pasillo. Una vez en el despacho, Eric le señaló el par de sillas que tenía delante, pero ella no se sentó. En vez de ello, se alejó hacia una esquina y se giró de golpe para mirarlo furiosa.
–Has vuelto –dijo él en voz baja mientras cerraba la puerta.
–Sí, he vuelto. ¿Es esa ahora tu principal preocupación? ¿Quién diablos eres tú? ¿Qué te parece si empezamos mejor por eso?
–Por supuesto –dijo él, todo colorado de vergüenza. Ya no había ningún maravilloso secreto que compartir. Todo se reducía a una traición.
Beth tenía una expresión tan furiosa como horrorizada.
–Lo siento –se disculpó Eric–. Yo no puedo… escucha. Cuando nos encontramos, tú me confundiste con mi hermano por culpa de la tarjeta con su nombre que había sobre la mesa. Se suponía que aquel día tenía que haber estado él allí.
–Bueno, eso explica entonces los primeros quince segundos de nuestra relación –le espetó ella.
–Lo sé. Quiero decir que… yo fui consciente en aquel momento de que eso no estaba bien. De hecho, intenté corregirte…
–Estás de broma, ¿verdad? ¿De verdad que lo intentaste en serio, Eric?
–Yo…
–Esto es… esto es horrible. Me mentiste simplemente con tal de…
–No, no fue así. Te lo juro –Eric podía sentir el sudor corriéndole por la cara. Se le revolvió el estómago a la vista del dolor que se estaba dibujando en su rostro–. Beth, lo siento tanto…
–¿Por qué habrías de sentirlo? No lo entiendo.
–No lo sé. En el momento… en el momento en que me dijiste que habías oído hablar de mi hermano, que conocías su reputación, pensé que quizá eso lo haría todo más fácil…
–¿Te hiciste pasar por tu hermano porque pensabas que era él a quien yo quería? –gritó ella.
–No. No es eso. Yo sabía que tú me deseabas a mí.
Hasta entonces la mirada de Beth había estado viajando de un lado a otro por su despacho, pero de repente volvió a clavarse en él.
–Debiste decírmelo. Desde el principio. O después, cuando volvimos a encontrarnos para tomar una copa. O… –se interrumpió de golpe.
Habían quedado para tomar una copa el primer día de la feria, y, sentados en un rincón apartado, él la había tocado… La había acariciado y le había provocado un orgasmo, sin que el resto de la clientela se diera cuenta de nada. Aquel recuerdo consiguió encenderle el rostro de vergüenza.
–¿Quién eres tú? –gruñó ella, cerrando los puños.
–Eric. Donovan –precisó, de forma estúpida–. Soy el hermano de Jamie. Pensé que la cosa resultaría más fácil si… –diablos, ¿qué otra cosa podía decir? Era el hermano de Jamie y de Tessa Donovan y ayudaba en la cervecería. En realidad, no se le ocurría otra cosa que añadir. A eso se reducía todo. Lo cual constituía precisamente la razón por la que se había metido en aquel lío. Porque no había querido arriesgarse a arruinar la fugaz y salvaje chispa que había saltado entre Beth y él. Porque en aquel momento había necesitado ser alguien que nunca antes había sido.
Beth cerró los ojos y sacudió la cabeza.
–Pensaste que la cosa resultaría más fácil –repitió ella en un susurro–. Llevarme a la cama, quieres decir.
–No, no es eso lo que quería decir. Te juro por Dios, Beth, que no fue eso. Nosotros simplemente… Solo fue una fantasía, ¿no? Yo no tenía intención de hacerla…
–¿De hacerla realidad? –terminó ella por él.
Y sí, era eso lo que Eric había querido decir, solo que en aquel momento sonaba cruel. Sonaba horrible.
Al ver que se le saltaban las lágrimas, quiso tocarla, aun sabiendo que no debía. Beth se apartó y él dejó caer la mano. Ella se quedó mirando aquella mano como si fuera una serpiente.
–Me hiciste quedar como una estúpida.
–Lo siento.
–Y ahora… –señaló con un movimiento de su brazo la zona del pub–. Y ahora he hecho que todo el mundo se entere. Dios mío…
Eric se limitó a sacudir la cabeza.
–Sí, lo he hecho –insistió ella–. Pero no pasa nada, porque lo que quería era que todo el mundo supiese que tú eras el único que debería sentirse avergonzado por ello. No yo –se llevó un dedo a los labios. Su mirada se había tornado distante–. Lo que yo no quería era que eso me hiciera sentirme así.
–No deberías. Porque mi intención no era engañarte. Lo que pasa es que no supe cómo pararme y decirte: «¿podemos empezar de nuevo?». En realidad me llamo Eric».
–Eso no es excusa.
–No, no lo es.
–Debiste habérmelo dicho entonces. O anoche. O en cualquier momento de los seis últimos meses.
Eric asintió y Beth volvió a mirarlo, con sus ojos castaños oscurecidos de tristeza.
–Lo has estropeado todo.
–Lo sé –era verdad. Había sido un recuerdo perfecto. Un momento perfecto de su vida. Su cuerpo, su boca, sus manos temblorosas… Y ahora todo aquello se había convertido en algo sórdido.
Beth se irguió un poco más, como si pareciera recuperarse. Las lágrimas cesaron y alzó la barbilla con gesto desdeñoso al tiempo que pasaba de largo a su lado.
–Solo quería que lo supieras. Que lo has estropeado todo. No vuelvas a llamarme. No vuelvas a ponerte en contacto conmigo. Aunque supongo que ese era tu plan desde el principio, ¿verdad?
Tenía razón, así que él no se atrevió a tocarle el brazo para detenerla. Ni siquiera volvió a disculparse. Simplemente dejó que se marchara dando un portazo y desapareciera de su vida con la misma rapidez con que había reaparecido.
Se dejó caer en una silla, escondió la cabeza entre las manos y, mentalmente, empezó a llamarse de todo. Y, sin embargo, en su interior podía sentir aquella pequeña y dura parte de su ser que se negaba a arrepentirse de nada. De nada en absoluto. Se trataba de la misma parte de su personalidad que siempre había sido esencialmente egoísta, pero que últimamente parecía estar creciendo cada vez más.