Tan pronto como se marchó dando un portazo, Beth perdió toda capacidad para recuperarse. Se ahogaba. Respiraba demasiado profundamente, demasiado rápido, y la preocupaba que pudiera desmayarse en cualquier momento. Eso sería lo único que habría podido empeorar una situación ya de por sí insoportable: que la encontraran inconsciente en la trastienda de la cervecería como si fuera una delicada jovencita trastocada por un shock sexual.
Así que se apoyó en la pared y se obligó a aspirar y a espirar lentamente. Bajó la cabeza por un momento, atenta al sonido de la puerta del despacho de Jamie… de Eric, cuando se abrió a su espalda.
Pero él no pareció seguirla, y Beth se tranquilizó, y cuando abrió los ojos se sintió ya lo suficientemente firme como para caminar. Había dos hombres en el extremo más alejado de la cocina, que la observaban como si temieran que pudiera saltar sobre ellos en aquel instante como una perra enloquecida. Los ignoró, y había llegado ya a la puerta que comunicaba con la zona del pub cuando las dos hojas se abrieron hacia dentro.
Se detuvo en seco, llevándose las manos al pecho. Era él. El hombre que realmente se llamaba Jamie. El Jamie Donovan del que había oído hablar tanto. Guapo y de apariencia un tanto golfa, al que podía imaginarse perfectamente luciendo un kilt escocés y flirteando mientras servía cervezas a los clientes. Eric, por el contrario, parecía el típico hombre formal que nunca perdía el tiempo en flirtear. Si quería a una mujer, la quería: era tan sencillo como eso. Así había sido, ciertamente, la noche en que se encontraron en su habitación.
–Hey –la saludó el verdadero Jamie, desviando la mirada hacia el pasillo por un instante antes de volver a clavarla en ella–. ¿Todo bien?
Casi se echó a reír. Claro, todo estaba perfectamente. Solo que la habían traicionado, manipulado y ridiculizado. Le ardieron las mejillas.
–Solo quiero marcharme de aquí –dijo, abrazándose.
–Oh. Claro. Lamento lo de… –su mirada volvió a dispararse hacia la trastienda–. La confusión –terminó con voz débil.
–La confusión. Ya –quiso sonreír, fingir que no era para tanto, pero en lugar de ello se descubrió parpadeando para contener las lágrimas–. Lamento haberte gritado antes –se apresuró a disculparse–. Estaba un poco sorprendida.
Pasó de largo delante de él y se dispuso a empujar las puertas para salir, pero de repente Jamie se volvió y alzó una mano para impedírselo.
–¿Quieres salir por la puerta de atrás?
Se quedó paralizada. En aquel instante, solo podía rezar para que entre todos los clientes que habían asistido tan encantados a su estallido no hubiera un solo conocido suyo. Escondiendo una expresión de irritación, fijó sin más la mirada al frente.
–No necesitas hacerme compañía.
–Solo quiero asegurarme de que estás bien.
–Lo estoy –dijo, pero a esas alturas era inútil. Se encontraban ya en el aparcamiento. Él pareció querer añadir algo, pero no había nada más que ella quisiera escuchar. Quería perder de vista a toda aquella gente. Para siempre.
Abrió su coche con la llave a distancia.
–Gracias –dijo, y se sentó al volante. Encendió el motor inmediatamente, pero al ver que Jamie se quedaba donde estaba, hizo un gesto de impaciencia.
Para cuando él se apartó por fin, todo estaba empezando a encajar.
¿Cómo había podido consentir que le sucediera algo así? Era como si hubiera sido el objeto de burlas de una de esas fraternidades masculinas de estudiantes… «Yo me haré pasar por mi hermano y me la llevaré a la cama».
Quiso salir de allí mismo en aquel momento, pero le ardía tanto la cara que tuvo que apretarse las mejillas con las manos frías. Tenía náuseas. Hasta ese momento, se había sentido orgullosa de su aventura. Había sido exactamente el tipo de placer atrevido y egoísta por el que había suspirado durante años.
Y ahora no quedaba nada de todo ello. Había sido menos que nada. Una herida en su orgullo. Una humillación. ¿Por qué le había hecho eso él?
–No importa –se dijo–. En serio que no importa.
No se lo creía, pero de alguna manera las palabras la ayudaron a tranquilizarse. O tal vez fuera el sonido de su propia voz, firme y fuerte.
En cualquier caso, ya estaba hecho. Y nunca más volvería a ver ni a Eric ni a Jamie Donovan, gracias a Dios.
Eric oyó los pasos de su hermano acercándose mucho antes de que entrara en su despacho. Lo cual decía mucho sobre el humor de Jamie, ya que los suelos eran de cemento.
Levantándose, se dijo que estaba preparado para aquello, pero seguía apretando los dientes cuando la puerta se abrió de golpe para chocar contra el archivador que estaba detrás.
–¿Qué demonios…? –estalló Jamie.
–Lo sé. Sé lo que parece.
–¿Lo que parece? Parece que has utilizado mi nombre para llevarte a una mujer a la cama. Pero tú nunca harías algo tan miserable como eso, ¿verdad?
Eric tragó saliva, sin responder a la pregunta.
Jamie se inclinó hacia delante y apoyó los puños sobre la mesa. Los ojos le ardían de furia.
–¿Verdad?
–Fue una equivocación –logró pronunciar Eric, esforzándose por dominar la furia que estaba naciendo de su sensación de culpa.
–Maldito canalla –gruñó su hermano.
–Escúchame, Jamie…
–No, no voy a escuchar nada. Esto es… Dios mío, yo no habría esperado esto de nadie, y mucho menos de ti.
Eric se apretó la frente con un puño. Nunca antes se había encontrado en una situación como aquella. Era su hermano quien le estaba sermoneando a él, quien le estaba exigiendo respuestas. Quien estaba haciendo lo correcto por su familia. Quien no tenía motivos para sentir vergüenza.
En aquel instante, sin embargo, quien estaba sintiendo vergüenza era él. Como si estuviera a punto de explotar de frustración. De arrepentimiento.
–No fue así –lo intentó de nuevo–. Ella me confundió contigo, y yo no la corregí. Y luego… Lo dejé estar durante demasiado tiempo. Me pareció que no hacía mal a nadie…
–Dios, ¿me estás tomando el pelo? ¿Es que no te das cuenta del daño que le has hecho a esa mujer? ¿Una mujer que creía que se había acostado conmigo?
Eric respondió con sinceridad, consciente de que había cometido un gran error.
–No sabía que eso fuera a significar mucha diferencia. Tú te has acostado con un montón de mujeres.
La mano de Jamie fue una mancha borrosa cuando se disparó hacia el pecho de Eric para agarrarlo de la camisa.
–Lo primero de todo: que te jodan. Lo segundo, que esa mujer es una desconocida para mí, de manera que no te imagines que voy a sentirme honrado de que se piense que me lo hice con ella. Y, en tercer lugar, tengo novia, por si lo habías olvidado. Así que es probable que me hayas fastidiado bien.
–Aquello ocurrió hace meses –replicó Eric.
La sonrisa desdeñosa de Jamie le recordó que no era ese el asunto principal.
–¿Has hecho esto antes?
–¡No!
Eric volvió a sentarse una vez que su hermano lo soltó. Vio que Jamie recorría la corta distancia que le separaba de la puerta antes de volverse nuevamente hacia él.
–¿Por qué lo hiciste?
–No utilicé tu nombre para engañarla de mala forma. Nosotros… tuvimos una conexión especial. Química. Pero ella pensó que yo era tú. Un soltero despreocupado, ligero de cascos. Un tipo capaz de ofrecer diversión sin compromiso alguno. Así que usé tu reputación… como si fuera una especie de licencia.
–Todo esto es tan irónico que hasta duele –la carcajada que soltó Jamie, ciertamente, parecía teñida de dolor.
Eric se encogió por dentro.
–Te has pasado la vida diciéndome que lo he hecho todo mal. Durante años, básicamente me has estado diciendo que no soy más que un imbécil irresponsable, bueno para nada.
Eric se levantó.
–Eso no es cierto. Yo…
–¿Y luego, de repente, utilizas mi nombre para ponerte a follar?
–Jamie… –los pensamientos de Eric se habían desperdigado. No sabía qué decir. En su momento, le había parecido algo inofensivo. Una pequeña mentira sin importancia.
Jamie apuntó a su hermano con el dedo como si fuera el cañón de una pistola.
–Si alguna vez se te ocurre volver a restregarme mi pasado por la cara, te juro por Dios que te arrepentirás.
Ya se estaba arrepintiendo.
–Jamie…
Pero su hermano se había marchado ya de su despacho, dando un portazo, y dejándolo allí plantado. Boquiabierto.
Dios. Volvió a dejarse caer lentamente en su silla, con el pecho tan constreñido que apenas podía respirar.
No habían transcurrido más de seis meses desde la noche que había pasado con Beth, pero tenía la sensación de que había sido una eternidad. Como si hubiera sido otra persona la que había hecho aquellas cosas.
Eric Donovan nunca deslizaría una mano por la entrepierna de una mujer en un lugar público. Nunca le provocaría un orgasmo a una mujer a la que solo conocía de unas horas. Y ciertamente tampoco tomaría una habitación de hotel con el propósito expreso de un único encuentro puramente físico, animal, sin mayores pretensiones.
Como tampoco nunca mentiría a nadie con tal de conseguirlo.
Él no era de esa clase de personas.
Se miró las manos. Las manos que habían tocado a Beth Cantrell. Las manos que habían aferrado sus caderas mientras se hundía una y otra vez en ella. Aquella locura que se había apoderado de él esa noche… no tenía nada que ver ni con el nombre de Jamie ni con su reputación.
Pero él había arruinado todo aquello con su estupidez y, a partir de aquel momento, no iba a ser para ella nada más que un triste error.