Beth distinguió el reflejo metálico de un coche frenando ante la puerta, pero para cuando se asomó, había pasado de largo y ya no podía verlo. Se suponía que Kelly no tenía que llegar hasta las once, y todavía faltaban veinte minutos para abrir.
Esbozó una mueca ante la perspectiva de tener que despachar a un cliente tempranero. La última vez que lo había hecho, el tipo había llorado y suplicado, alegando que tenía una emergencia que requería aceite para masaje en el acto.
Lo cual no había logrado convencerla de que descorriera el cerrojo y lo dejara entrar.
Y ahora aparecía otro hombre. ¿Por qué tenían que ser precisamente hombres los que…?
–Oh, no –exclamó por lo bajo, retrocediendo instintivamente. Aquel hombre no era un cliente poseído por una tempranera necesidad erótica. Era él.
Él, Eric, que no Jamie… parecía un hombre con una misión. Ceño fruncido, labios apretados. Ojos entrecerrados contra el resplandor del sol. Aspiró profundamente y tocó el cristal con los nudillos, para luego enterrar las manos en los bolsillos y esperar.
Beth contuvo el aliento. Ella solo estaba a unos tres metros de distancia, pero al parecer él no podía verla a través del cristal ligeramente tintado. Gracias a Dios, porque no tenía el menor interés en ser vista.
Él frunció el ceño un poco más y bajó la cabeza, casi como si pudiera escuchar sus pensamientos. Su pelo casi negro brillaba como si se lo hubiera despeinado el viento, y Beth desvió la mirada. Odiaba que todavía pudiera encontrarlo tan atractivo.
Su siguiente toque a la puerta la sobresaltó, haciéndola dar un respingo. El movimiento llamó la atención de Eric, y de repente la estaba mirando directamente. El corazón le dio un vuelco, y cuando él alzó una mano a manera de saludo, ella sacudió la cabeza.
Eric no se movió.
–Maldita sea –susurró Beth. Se volvió para alejarse, mirando hacia su despacho como buscando refugio. Pero no era un escondite muy efectivo. Él habría vuelto a llamar a la puerta a los veinte minutos, cuando abriera la tienda. Y no parecía nada dispuesto a marcharse de allí.
Se miró la ropa, contenta de no haberse puesto aquella mañana una sudadera y unos leotardos, como había estado tentada de hacer. En lugar de ello, llevaba unos tejanos oscuros y tacones altos, negros. Al menos tendría buen aspecto cuando lo fulminara con la mirada.
Aspiró profundamente antes de volverse de nuevo y caminar con paso rápido hacia la puerta. Eric no sonrió, ni pareció alegrarse de su victoria. Simplemente se la quedó mirando muy serio.
El cerrojo se deslizó sin ruido, aunque ella había esperado que sonara como un latigazo.
–¿Qué quieres? –le preguntó por la rendija de la puerta que había dejado entornada.
–Esperaba que pudiéramos hablar.
–No.
–Por favor –insistió–. Sé que no tengo excusa, pero aun así me gustaría explicarme. Pedirte disculpas. Lo que sea.
Parecía cansado. Y abatido. Y aun así ofensivamente guapo con sus pantalones cargo y su polo negro. Sus ojos gris azulado se clavaban en los suyos como para expresarle su sinceridad.
Y, maldita sea, ella podía verla.
–Está bien –le espetó Beth–. Puedes entrar. Pero solo un momento, estoy trabajando –abrió la puerta del todo para dejarle pasar y, cuando lo hizo, el leve aroma de su jabón la impactó. Las rodillas le flaquearon, como cuando abandonó su cama con la languidez del deseo satisfecho.
Agarró el picaporte como para afirmarse en el presente, antes de volver a correr el cerrojo.
Se lo encontró de pie a un paso escaso de la puerta, contemplando la tienda como si fuera una tierra extraña que nunca hubiera visitado. Supuso que así sería, desde luego. Había sido el otro hermano quien se había presentado allí con una chica.
Por un instante, esperó simplemente a que se volviera de nuevo hacia ella, pero mientras se removía inquieta, cruzando y descruzando los brazos, se dio cuenta de que se sentía demasiado vulnerable. No sabía qué hacer con las manos. No sabía si debía aparentar naturalidad o mostrarse tensa o agresiva. De modo que pasó de largo a su lado y rodeó el mostrador de cristal hacia su puesto habitual ante la caja registradora. Pensó que sería mejor que hablaran separados por los sesenta centímetros que medía de ancho el mostrador.
Eric parecía incapaz de apartar la vista del surtido de artículos «vuelta al colegio», en realidad bastante diferente del de la mayoría de los establecimientos educativos. El maniquí lucía una camisa de botones y una minifalda negra, blandía una regla en la mano y parecía mirar por encima de sus gafas negras. Pero en la otra mano tenía un látigo, y sus zapatos de plataforma estaban adornados con tacones metálicos de más de doce centímetros. A Beth le gustaba especialmente la reluciente manzana roja que descansaba sobre los libros de tema sexual que tenía a sus pies. Era un detalle hermoso y perverso al mismo tiempo, aunque Eric parecía más asombrado que complacido.
Beth se aclaró la garganta.
–Disculpa –dijo él, volviéndose hacia ella–. Quiero decir que… te pido disculpas por todo. Incluida la manera en que lo descubriste.
Ella procuró mostrar con la mirada la menor expresión posible, nada deseosa de volver a revelar su vulnerabilidad.
Eric dio un paso hacia delante y apoyó también las manos sobre el mostrador, frente a ella. Por un momento pareció distraído por la joyería de piercings que había bajo el cristal. O quizá fueran los anillos metálicos de pene. En cualquier caso, finalmente sacudió la cabeza.
–De verdad que no puedo explicar por qué no te revelé mi verdadero nombre. Eso no tuvo ningún sentido. Fue injusto, y yo fui consciente de ello desde el primer momento.
–Pero no te importó.
–No me parecía… real. No me refiero a ti, por supuesto –se apresuró a señalar–. Tuve la sensación de que… Bueno…
Beth vio que las comisuras de sus labios se alzaban como si fuera a sonreír, así que apretó los suyos. Eric carraspeó antes de continuar:
–Pero todo fue una fantasía, ¿verdad? No soy de la clase de tipos que conocen a una mujer hermosa y la invitan acto seguido a una habitación de hotel. Tuve la sensación de que yo era otra persona.
–¿Tu hermano?
Esbozó una mueca.
–No. Simplemente que no era yo mismo.
Quería odiarlo. Lo odiaba, de hecho. Pero también sabía lo que quería decir. Ella tampoco era de la clase de mujeres que se acostaban con un hombre a las pocas horas de conocerlo. Algo que no estaba dispuesta a revelarle.
–Tú te pareces más a un Eric –comentó.
–¿De veras?
Beth se encogió de hombros.
–Puedes irte ya –dijo con tono glacial, decidida a no ceder a la punzada de comprensión que sentía por él.
Se hizo un denso silencio, al final del cual Eric asintió.
–Está bien. Pero yo no estaba jugando ningún juego. No quiero que pienses que me burlé de ti. Que te hice quedar en ridículo.
–¿Perdón?
–No, no lo hice –se apresuró a subrayar.
–Oh, ya sé que no lo hiciste. Yo no quedé en ridículo. Porque yo no hice nada malo.
Eric desorbitó los ojos, alarmado.
–¡Por supuesto! No pretendía insinuar…
–Tú te pusiste en ridículo a ti mismo, Eric Donovan –masculló con los dientes apretados–. Yo estoy bien. Soy una gran chica.
–Ya –dijo él con tono suave–. Sé que lo eres –bajó la cabeza, pero cuando Beth retrocedió un paso, volvió a alzar la mirada. Las arrugas de alrededor de sus ojos parecían haberse profundizado–. Gracias por haberme dejado pasar. Solo quería asegurarme de que estabas bien.
–Lo estoy.
–Me alegro –se marchó entonces, descorriendo el cerrojo y despidiéndose con un saludo vago, apagado. Beth se quedó justo donde estaba, diciéndose a sí misma que se alegraba de no volver a verlo nunca más. Era un mentiroso y un estafador, indigno de su atención.
Desafortunadamente, sabía por experiencia que él todavía era capaz de conseguirla.
Lo de hablar con ella no le había ayudado.
Oh, quizá su conciencia se sintiera ligeramente aliviada, pero en aquel momento Beth seguía dentro de su cabeza, aferrada allí como un espíritu exigiendo venganza.
Volver a la cervecería tampoco le ayudó. Tessa le hizo un gesto de ánimo, levantando los pulgares con una gran sonrisa, lo cual hizo que se sintiera como un niño travieso y descarriado. Y Jamie lo ignoró completamente, lo cual hizo que le entraran ganas de empujarlo para empezar una pelea, al igual que habían hecho siempre.
Eric siempre había sido el maduro de los dos. Diablos, cuando sus padres fallecieron, él, a sus escasos veinticuatro años, se había echado sobre los hombros la responsabilidad de sus hermanos adolescentes y de la cervecería, y la había cumplido bien. No había habido fiestas ni diversiones, ni vacaciones, y muy pocas relaciones durante los trece años que habían transcurrido desde entonces.
Había trabajado. Había hecho de padre. Y había sentado un buen ejemplo. Había hecho lo que había que hacer, pese a que se había sentido inadecuado para la tarea y mortalmente asustado durante la mayor parte del tiempo.
Pero algo había ido mal durante los dos últimos años. Muy mal. Sentía la piel como si se le hubiera empezado a encoger, a apretarle todo el cuerpo. Y tenía también la sensación de que el cráneo se le estaba quedando pequeño: arrastraba aquella tensión como un casco que le dificultaba pensar. Se sentía… aterrado. Lo cual no tenía sentido.
A pesar de que el contrato con el Grupo Kendall se había frustrado, por no hablar del problema que había sobrevenido después, las cosas estaban marchando muy bien. La tasa de beneficios había crecido a un seis por ciento anual durante el último sexenio. Un crecimiento elevado y continuado. Jamie finalmente había madurado y estaba asumiendo nuevas responsabilidades. Tessa era más feliz que nunca. Y todos, por fin, se estaban llevando bien.
Todo estaba bien. Pero Eric se sentía… perdido.
Había perdido algo, de alguna manera. Había perdido el control. Los planes para ampliar la cervecería y convertirla en restaurante no habían formado parte de sus planes, pero él no había podido negarse. Jamie, Tessa y él eran socios, al fin y al cabo. En iguales condiciones. Iguales. Y, sin embargo, Eric no se sentía un igual. No mentalmente. Y quizá no lo fuera para ellos, tampoco. Porque él no era un Donovan. En realidad, no lo era. Sentía como una injusticia de la peor especie que su padre le hubiera dejado un parte alícuota en el negocio Donovan, y como una broma cruel que hubiera recaído sobre él la dirección de la cervecería durante tanto tiempo.
Porque, a pesar de todas las cosas maravillosas que aquel hombre había hecho por él, a pesar del papel que había jugado en su vida, Michael Donovan no había sido su verdadero padre.
Eric todavía se acordaba de su padre biológico, aunque solo a retazos. Durante sus primeros años de vida, él había acudido a visitarlo los fines de semana. Luego solamente en vacaciones. Hasta que no volvió a aparecer más.
Eric tenía el pelo y los ojos de su padre. Llevaba sus genes. Y ni una sola gota de sangre Donovan que justificara el hecho de que poseyera aquel lugar, o el amor incondicional que Michael Donovan le había demostrado.
Pensar en ello hacía que el cráneo le apretara aún más el cerebro, así que flexionó los músculos del cuello y cerró los ojos. Hasta su despacho lo sentía pequeño, agobiante. Pero no quería pasar tiempo cerca de Jamie, lo que lo animó a dirigirse a la sala de embotellado. Sería un trabajo duro apostarse frente a la cinta embotelladora, pero merecería la pena si con ello se agotaba. Al menos conseguiría dormir algo aquella noche.
Ocho horas después, para cuando se encaminaba hacia su casa, estaba absolutamente exhausto, pero su mente seguía trabajando tan frenéticamente como siempre.
–¡Mañana cena! –le gritó Tessa cuando lo vio salir, y Eric esbozó una mueca.
Esa semana, la cena familiar de los domingos quedaba fuera de su zona de confort. Pero si no se presentaba, quedaría como un cobarde, o como si se sintiera avergonzado. Maldijo para sus adentros.
Ya en su apartamento, uno pequeño de solo dos dormitorios, que hasta a él mismo le resultaba casi ascético, se preparó un bocadillo, sacó una cerveza y encendió la televisión para ver un combate de boxeo. En su opinión, el boxeo era el deporte perfecto. Había reglas y una estructura, pero al mismo tiempo era el más básico de todos los deportes. El más primario. Pegar al otro tipo, literalmente. Los demás deportes parecían querer bailar alrededor de aquel asunto, dar rodeos.
–Sí, puedes destrozar físicamente a tu oponente, pero al mismo tiempo tienes que manejar una pelota mientras lo haces –reflexionó en voz alta. Eso le parecía deshonesto, aunque quizá simplemente la culpa fuera suya y se sintiera demasiado sensible al respecto.
Una vez que resultó evidente que ambos púgiles estaban buscando ganar a los puntos que no por K.O., Eric apagó la televisión, sacó otra cerveza de la nevera y fue a ducharse.
Diez minutos después estaba en la cama con el televisor del dormitorio encendido y el cuerpo tan tenso como siempre.
Aquella era su vida. El trabajo. La familia. Y aquel apartamento de paredes desnudas. Y, sin embargo, su familia había crecido. Tanto Tessa como Jamie tenían sus respectivas parejas. Y hogares que se habían tomado el tiempo necesario de diseñar y construir. Y también se habían implicado cada vez más en la cervecería. Dado que su papel en sus vidas se estaba encogiendo, ¿cómo diablos se suponía que iba a compensar aquel vacío?
Necesitaría buscarse un hobby. O quizá podría asumir toda la responsabilidad de la gestión comercial y pasar más tiempo viajando.
La idea no lo satisfacía, pero parecía lógica. Se la plantearía a Jamie en la cena del domingo. Jamie probablemente se alegraría de poder estar más tiempo con su nueva novia. Hasta el momento no se lo había comentado a nadie, pero su hermano parecía tremendamente ilusionado con su relación con Olivia.
Quizá fuera eso lo que él necesitaba. Una mujer.
Por desgracia, Beth era la única mujer que acudía a su mente. Una mujer que al mismo tiempo le estaba vedada por muchas razones, empezando por el hecho de que ella lo odiaba con todas sus fuerzas. Pero, Dios, qué guapa estaba aquella mañana, en la tienda… Más de lo que había estado la primera vez que la conoció, o tal vez fuera que conocía ya la forma exacta de sus senos y el color de sus pezones… O que sus dedos todavía podían recordar la manera en que sus curvas se habían rendido a sus caricias.
Era una mujer espectacular, a la manera de las chicas pin-ups de los años cuarenta. Dulces, exuberantes, sensuales. La personificación del sexo, aunque con una sonrisa que siempre parecía guardar las distancias.
Aquel día, desde luego, no le había sonreído en absoluto. Pero la furia de su mirada le había recordado la ferocidad de su deseo en aquella habitación de hotel. Lo había deseado tanto como él a ella. Ambos habían estado desesperados. Cuando empezó a hundirse en su cuerpo, ella se había aferrado con las dos manos al cabecero de la cama, con los nudillos blancos…
Eric cerró los ojos ante el televisor encendido y apartó las sábanas. Cerró luego una mano alrededor de su duro miembro y se imaginó que era la de Beth. En lugar de enfadarse cuando él se presentó ese día en su tienda, se había mostrado contenta de verlo, deseosa de retomar la relación en el punto en que había quedado interrumpida…
Empezó a acariciarse, sintiendo cómo se hinchaba su falo, y se imaginó a sí mismo desabrochándole y bajándole los tejanos. Tumbándola luego sobre el mostrador y bajándole la braga. ¿Se dejaría poseer por él de esa manera? ¿A la luz del día, en su propia tienda, con una simple puerta cerrada separándolos del resto del mundo?
Su vientre quedaría presionado contra el frío cristal del mostrador, con su trasero desnudo y expuesto bajo sus dedos. Y su sexo estaría tan húmedo y tenso como recordaba él. La penetraría lenta y cuidadosamente, y ella suspiraría de placer. Y después le suplicaría que acelerara el ritmo, la fuerza. Lo llamaría por su nombre verdadero y todo sería perfecto.
Eric se acarició con mayor velocidad. En su fantasía, Beth gritaba, arqueaba la espalda. «Fóllame, Eric», gemiría, y él sentiría aquella sensación de poder que acompañaba siempre al conocimiento de que podía provocar el orgasmo a una mujer así. Se había estremecido en sus brazos, había sollozado, y a él le había parecido un maldito milagro que una mujer como ella se hubiera derretido en sus brazos.
Incluso en su imaginación aquello había sido un milagro carnal, y Eric se acarició brutalmente una vez más mientras evocaba la presión de sus músculos internos sobre su sexo.
«Córrete», le ordenó Beth dentro de su mente, y así lo hizo, sintiendo el calor derramándose sobre su propio vientre en lugar de llenarla a ella… Pero, aun así, eso le hizo sentirse mejor que cualquier cosa que hubiera hecho desde aquella ya lejana noche, en la habitación de aquel anónimo hotel.
Dejó caer la cabeza contra la almohada y, finalmente, se sintió cansado. Gracias a Dios.
Beth tenía una clase que dar el lunes, así que buscó en la tienda todo lo necesario una vez que acabó su turno. El sábado por la noche, el local se llenaba de parejas en busca de diversión y de grupos de mujeres que reían cómplices al ver los consoladores que, al final, terminaban guardando subrepticiamente en sus bolsas de la compra. Beth había hecho la sustitución de las cestas por bolsas para que algunas clientas no sintieran vergüenza de las miradas que podían suscitar cuando cargaban, por ejemplo, un frasco de lubricante de litro en su cesta. Había gente que se reía a cuenta de aquellas cosas.
Como no encontró nada particularmente inspirador en la sala de juguetes eróticos, fue a su despacho para rebuscar entre las cajas que había allí. Parecía que día sí y día no recibían un nuevo juego de muestras, y seguro que podría encontrar alguna inspiración dentro de alguna de aquellas cajas de cartón de aspecto inocuo.
Como era de esperar, encontró un novedoso modelo y se guardó el envoltorio de plástico en el bolso después de lanzar una mirada sobre su hombro no fuera que la estuvieran mirando, casi como si fuera una de aquellas tímidas clientas. Aquella cohibición suya era la cruz de su existencia. Podía ayudar a una chica de dieciocho años a escoger un set de vibradores para ella y para su pareja sin el menor problema, pero era incapaz de hablar de su propia vida sexual sin tartamudear y ruborizarse. Afortunadamente, Cairo no era tan reticente y además siempre estaba encantada de ayudarla con sus clases. Por cierto, a propósito de las clases…
–No te olvides de lo del lunes por la noche –le dijo a Cairo cuando ya se disponía a abandonar la tienda.
–¡El punto G! –gritó Cairo–. ¡Recibido!
La maravillosa sonrisa de la joven no tembló lo más mínimo. ¿Habría nacido ya con aquella desinhibición y aquella confianza? Y, lo que era más importante, ¿habría alguna manera de que pudiera contagiárselas a ella?
Por un tiempo, podría ser divertido. Beth no podía imaginarse a sí misma poseyendo la seguridad necesaria para relacionarse con dos hombres al mismo tiempo. Diablos, si hasta la relación una a una era ya de por sí decepcionante… No se trataba de que fuera una mujer inadecuada, sino de que los hombres parecían pensar en ella como en un animal exótico. La encargada de una tienda erótica. La guardiana de secretos sexuales tan misteriosos como emocionantes. La mujer que sabía tocar a un hombre en lugares que él mismo desconocía, y hacer que su cuerpo llorara lágrimas de gozo…
Mientras tanto, Beth simplemente esperaba encontrar finalmente su propio punto G, para que el lunes por la noche no fuera un completo fraude. Aunque a juzgar por las otras clases que ya había dado, incluso un completo fraude podría encandilar a una tienda llena de estudiantes deseosas de aprender. Tampoco Beth se tenía a sí misma precisamente por una maestra en el arte de la felación, pero había recibido numerosos correos felicitándola por aquel pequeño seminario.
Por cierto, a propósito de ello… Beth volvió a entrar en la tienda.
–Cairo, ¿estás ya con la columna del próximo miércoles?
–Sí. Te la enviaré mañana.
–Gracias. Eres la mejor.
Las columnas. Las clases. Era demasiado. Annabelle Sánchez, la propietaria de la tienda, la había avasallado con toda clase de nuevas iniciativas comerciales, que habrían estado bien si ella no se encontrara en aquel momento dando la vuelta al mundo en busca de lo que denominaba «su diosa interior».
Beth suspiró mientras conducía de camino a casa. Había veces en que le entraban ganas de matar a Annabelle. De veras que sí. Cierto, Annabelle era su mejor amiga y la propietaria de The White Orchid, y la quería como a una hermana, una especie de abrumadora hermana New Age. Pero su viaje de autoexploración por todo el mundo estaba durando ya demasiado. Si quería que The White Orchid impartiera clases, debería ser Annabelle quien las diera, que no ella. Si su jefa quería una columna semanal de información sexual para la publicación alternativa local, debería escribirla ella misma. Porque Beth no sabía lo suficiente como para contribuir cada semana con un nuevo tema.
Menos mal que las otras chicas de la tienda habían aceptado ayudarla. En aquel momento se repartían ellas la columna, y Beth la editaba para unificar estilos, de manera que apareciera firmada con el sobrenombre de «Señorita Blanca».
Beth había esperado que ese recurso protegiera su intimidad, pero el tiro le había salido por la culata. Sus empleadas se habían mostrado tan ilusionadas que habían maquetado la primera columna ellas mismas. Y la segunda. Y la tercera. En aquel momento, las cuatro columnas publicadas hasta la fecha estaban pinchadas en el tablón de anuncios de The White Orchid, y todo el mundo pensaba que Beth era la reputada autora de las mismas. Como resultado, su reputación en materia sexual crecía cada día, pese a que el conocimiento que la sustentaba no le pertenecía en absoluto.
Se suponía que Annabelle debería haber regresado hacía meses, y que cuando lo hiciera, todo volvería a estar bien. Ella podría encargarse de las clases, de escribir la columna. Pero su amiga seguía postergando su vuelta. Primero fue un mes. Luego mes y medio. Su última escala había sido Egipto, para estudiar la sabiduría sexual de su antigua civilización.
Beth estaba completamente segura de que la mitad de la impaciencia que sentía por la ausencia de Annabelle tenía que ver con su propio deseo de viajar a otros países para estudiar sus culturas. Al fin y al cabo, se había especializado en Antropología antes de cambiarse a los estudios de género. Aunque, en realidad, los países exóticos no eran precisamente su sueño. No dudaba de la capacidad de Annabelle para internarse por las bulliciosas calles de Egipto con absoluta autoconfianza. Ella, en cambio, habría vivido aquello con el constante temor a ser atracada o secuestrada… o simplemente a llamar demasiado la atención.
Necesitaba desarrollar un par de… «Ovarios», se dijo a sí misma. Pero lo estaba intentando de verdad que sí. Por desgracia, su mayor éxito en el apartado de asunción de riesgos había sido Eric… y la cosa no había podido acabar peor. Había sido un desastre. Un maravilloso, delicioso, tórrido desastre.
Soltando un gruñido, se lo quitó de la cabeza. Era tarde, casi las diez. La noche no podía estar más oscura para cuando llegó a su apartamento, y todavía tenía trabajo que hacer.
Media hora después estaba tendida en la cama, mirando al techo con gesto frustrado y aferrando en una mano el juguete especial del punto G como si fuera una herramienta rota.
–¡No existe el punto G! –gritó al techo, estirando por fin las piernas, que había mantenido flexionadas hasta ese momento. Inmediatamente se vio asaltada por la culpa. Tanto si ella tenía un punto G activo como si no, muchísimas de sus amigas hablaban de ello. ¿Cómo podía ignorar la experiencia de otras mujeres solo porque ella carecía de la misma? Eso habría constituido la peor clase de desdén.
Arrojó el juguete a los pies de la cama, apartó el libro de sexualidad femenina y estiró una mano hacia el cajón de la mesilla.
Dentro había filas de juguetes. Modelos que vendía por doscientos dólares, diseños que habrían hecho fruncir el ceño de perplejidad a un lego. Pero Beth los ignoró todos a favor de su inocuo, poco impresionante y diminuto vibrador con forma de bala de plata. Tanta profusión de riquezas, y ella se conformaba con aquel objeto.
Beth cerró los ojos y empezó a acariciarse, intentando relajarse lo suficiente para disfrutarlo. Necesitaba disfrutarlo. Los últimos días habían sido realmente odiosos, gracias a Eric Donovan.
¿Por qué había tenido que ser él precisamente el único hombre al que había reaccionado de aquella forma? ¿Por qué había tenido que ser precisamente su contacto el que la había electrizado tanto? Su mano había recorrido su espalda como un susurro mientras le bajaba la cremallera del vestido. Allí donde la había tocado, había dejado detrás un rastro de calor.
Beth arqueó el cuello y cerró una mano sobre un seno, evocando sus caricias mientras deslizaba el pulgar por el pezón.
La sensación electrizante volvía a hacer acto de presencia, invadiendo su cuerpo para combinarse con el zumbido del vibrador.
No quería pensar en él. No lo haría. Estaba tan furiosa por lo que le había hecho… Pero, de alguna manera, aquella furia que se enroscaba en su interior conseguía intensificar su placer.
Se había mostrado tan serio, tan concentrado… Beth había estado preocupada aquella noche, como siempre. Preocupada de que él no fuera tan bueno como ella quería que lo fuera, como necesitaba que lo fuera. Pero, por una vez, su cerebro no había sido capaz de seguirle el ritmo a su cuerpo. Porque él había sido mejor que bueno. Le había besado los senos, se los había lamido hasta hacerla gritar…
Beth se apretó con fuerza el pezón y el placer la dejó sin aliento.
Él apenas había tenido que tocarla para que ella estuviera tan cerca de… Se lo había suplicado.
Y, lo mejor de todo, se había sentido como una diosa cuando lo recibió, cuando arqueó la espalda para acudir al encuentro de sus embates. Cuando volvió a perder el aliento mientras se dejaba llenar por él.
Bajó la mano libre por su vientre, por su cadera, explorando la misma piel que había explorado él, tocando aquella misma cadera que él había aferrado con mano fuerte mientras la poseía. Y de repente su cuerpo se excitó con una súbita y sorprendente velocidad que la impulsó a gritar su nombre mientras alcanzaba el orgasmo.
Le temblaban todavía las manos cuando abrió los ojos de golpe.
–Diablos –jadeó. ¿Era posible que acabara de tener un orgasmo mientras pensaba en aquel canalla mentiroso? ¿Y en un tiempo récord, a fuerza únicamente de pensar en él?
Gruñó de frustración, pero sentía su cuerpo lánguido y relajado. A su cuerpo no parecía importarle lo que él le había hecho. Le gustaba sin más Eric Donovan, al margen de quién fuera en realidad.
Se había esforzado por no usarlo como alimento de sus fantasías, preocupada de que pudiera convertirlo en una presencia aún más poderosa en su mente. Temerosa de que si revisitaba aquellas fantasías con demasiada frecuencia, nunca más pudiera disfrutar con un hombre como había disfrutado con Eric. La verdad era que había tenido una buena razón para preocuparse. Aun cuando lo odiaba, deseaba su cuerpo.
–No es justo –susurró. No era nada justo. Aquel hombre no iba a dejarla en paz.
Cinco minutos después, seguía sin dormirse. De hecho, seguía allí tumbada pensando en Eric Donovan. ¿Quién era? ¿Por qué le había mentido? Ciertamente no parecía el típico tipo repulsivo. Parecía un hombre hecho y derecho. Confiado, guapo, de posición acomodada.
Se levantó, se puso el pijama y se sentó ante el ordenador. La última vez había estado buscando información sobre el hombre equivocado, así que tecleó el nombre de Eric Donovan y esperó.
Solo aparecieron unos pocos archivos de imagen. Aquella foto de grupo que había visto antes, y otra en la que Eric aparecía sentado en la mesa de un jurado durante algún concurso de cervezas.
Volvió a examinar la foto de grupo. Eric y Jamie no parecían hermanos. Para nada. Ni siquiera parecían primos. Y tanto sus expresiones como su lenguaje corporal eran completamente diferentes.
Siguió buscando, pero salían tantas entradas sobre la cervecería que Beth no pudo filtrar información alguna sobre el hombre en cuestión. Había muchas sobre su hermano, pero ninguna relativa a Eric. Quizá fuera esa la información que había estado buscando: Eric volaba bajo, fuera del alcance del radar. No llamaba la atención. Agachaba la cabeza, hacía su trabajo y eso era todo. Quizá, en ese sentido, fuera un poco como ella.
Intentó imaginarse a sí misma mintiendo a alguien sobre su verdadera identidad. Y descubrió con tristeza, justo en aquel momento, que nunca sería capaz de hacer algo así. Eso era un alivio, al menos.
Suspiró y continuó buscando. Aparecieron más noticias de prensa sobre la cervecería, y ya estaba empezando a aburrirse cuando un nombre llamó su atención. Graham Kendall. Mirando de nuevo el encabezado, se dio cuenta de que todavía seguía leyendo noticias sobre Eric Donovan.
–¿Qué diablos…? –Beth clicó en el artículo y esperó a que se cargase la web del periódico. Cuando finalmente lo hizo, se llevó una mano a la boca para ahogar una exclamación de asombro.
Un destacado miembro del grupo Kendall ha sido acusado de delitos graves. Graham Kendall, hijo de Roland Kendall, presidente del grupo empresarial del mismo nombre, ha sido acusado de robo y de fraude en relación con allanamientos producidos en varios establecimientos de la localidad.
¿Graham Kendall? ¿Establecimientos de la localidad? Beth se había quedado con la boca abierta.
Aunque ningún miembro del Grupo Kendall ha hecho declaraciones, fuentes judiciales revelan que Graham Kendall no ha acudido a varias citaciones ante el tribunal. La policía sospecha que hace semanas que ha abandonado el país. Entre las víctimas de los supuestos delitos se incluyen varios negocios icónicos de Front Range, como Construcciones Creek y la Cervecería Donovan Brothers, de Boulder.
Beth leyó el artículo con tanto apresuramiento que hasta se mareó.
Dios, ¿qué había sucedido? Se llevó una mano al pecho. El corazón le latía a toda velocidad.
Conocía a los Kendall. Había ido al instituto con la hermana de Graham y había sido huésped de la familia en numerosas ocasiones. Pero no era solo eso. Sí, conocía a los Kendall desde hacía años, y sí, conocía a Eric Donovan. Pero el horror que en aquel instante estaba bombeando en sus venas se debía a que había sido ella quien había puesto en contacto a los Kendall y a los Donovan, para que hicieran tratos comerciales juntos.
Retomó su búsqueda en Google, pero los resultados eran abrumadores. Tanto la familia Kendall como los hermanos Donovan tenían miles de entradas, y muchas de ellas seguían derivándola a listas de empresas de Colorado. Encontró otro artículo de prensa, que sin embargo le ofreció la misma información que el primero. ¿Qué diablos pasaba con los modernos medios de comunicación, que no paraban de citarse los unos a los otros?
Lo intentó una vez más, usando diferentes términos de búsqueda y combinaciones, pero no encontró nada.
¿Qué diablos había hecho Graham Kendall?
Beth no lo conocía bien. Solo se habían visto unas pocas veces, porque aunque había sido compañera de habitación de Mónica Kendall en el primer curso de carrera, nunca habían sido realmente amigas. Mónica era una niña rica y mimada que, en la universidad, había salido con otros niños ricos. Después de ingresar en la hermandad estudiantil, había cambiado de alojamiento. Pero a su padre, Roland Kendall, Beth le había caído muy bien, esperando que fuera una influencia positiva para su hija. Habían sido varias las ocasiones en que la había invitado a las comidas familiares.
Beth cerró la ventana de Google y abrió su correo. Seguro que había cruzado mensajes con Mónica en algún momento. Pasó varios minutos revisando sus mensajes, desesperada por encontrar el contacto. El corazón le latía a toda velocidad. Había sido Beth quien había sugerido a Roland Kendall la idea de una asociación comercial con los Donovan. Le había parecido una especie de buena obra en aquel entonces, ensalzando para ello las virtudes de Jamie Donovan, cuando en realidad se había tratado de Eric.
–Gracias a Dios –masculló cuando encontró finalmente la dirección de Mónica. Cuando la tuvo, le escribió un mensaje muy sencillo, preguntándole por lo que había sucedido entre su familia y la cervecería.
Ahora solo tenía que esperar. Pero la mente no dejó de darle vueltas hasta mucho después de que lo hubiera enviado.