Manhattan, diciembre de 2019
Bajo el resplandor de las luces del árbol de Navidad, el recuerdo de ese beso seguía estando vivo en la mente de Maggie. Tenía la garganta seca y se preguntó cuánto tiempo había estado hablando. Como de costumbre, Mark había permanecido en silencio mientras ella le contaba los sucesos de esa época de su vida. Mark se inclinó hacia delante, con los antebrazos sobre los muslos y las manos entrelazadas.
—Guau —dijo por fin—. ¿El beso perfecto?
—Sí —añadió Maggie—. Sé que suena raro. Pero… así fue. Hasta el día de hoy todos los demás besos han tenido que sufrir esa comparación.
Mark sonrió.
—Me alegro de que tuvieras la oportunidad de experimentar algo semejante, pero tengo que admitir que me siento un tanto intimidado.
—¿Por qué?
—Porque cuando Abigail se entere, puede que se pregunte si se está perdiendo algo; quizá salga a la búsqueda de su propio beso perfecto.
Maggie se rio e intentó recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había estado con un amigo para simplemente… hablar durante horas. Sin sentirse cohibida ni preocupada, sintiendo que realmente podía ser ella misma. Hacía demasiado…
—Estoy segura de que Abigail se derrite cada vez que la besas —bromeó.
Mark se ruborizó por completo. Luego, en un repentino tono grave dijo:
—¿Lo decías en serio? ¿Que le querías?
—No creo haber dejado nunca de quererle.
—¿Y entonces?
—Tendrás que esperar para oír el resto. No tengo la energía para continuar esta noche.
—De acuerdo. Lo dejamos ahí. Pero espero que no me hagas esperar demasiado.
Maggie se quedó mirando el árbol fijamente, examinando su forma y las cintas brillantes que lo envolvían con gracia.
—Me cuesta creer que estas vayan a ser mis últimas Navidades —musitó—. Gracias por ayudarme a que sean especiales.
—No tienes por qué agradecerme nada. Me siento honrado de que hayas elegido pasar parte de ellas conmigo.
—¿Sabes qué no he hecho nunca? ¿Aunque haga tantos años que vivo en Nueva York?
—¿Ver El cascanueces?
Negó con la cabeza.
—Nunca he patinado en el Rockefeller Center bajo el árbol gigante. De hecho, nunca he visto ese árbol, salvo en televisión, en mis primeros años aquí.
—Entonces, ¡tendremos que ir a verlo! La galería mañana está cerrada, ¿por qué no?
—No sé patinar —dijo Maggie con expresión melancólica. «Y no estoy segura de tener la energía suficiente para ello, aunque supiera.»
—Yo sí —dijo Mark—. Jugaba al hockey, ¿recuerdas? Puedo ayudarte.
Maggie le miró insegura.
—¿No tienes nada mejor que hacer en tu día libre? No deberías sentirte responsable de complacer las veleidades caprichosas de tu jefa.
—Créeme, suena mucho mejor que lo que suelo hacer los domingos.
—¿Qué es exactamente…?
—Lavar la ropa. Comprar comida. Un rato de videojuegos. ¿Nos animamos?
—Necesitaré dormir mucho mañana. No estaré lista hasta tarde.
—¿Por qué no nos encontramos en la galería a las dos más o menos? Podemos tomar un Uber juntos hasta el centro.
A pesar de que tenía sus reservas, Maggie aceptó.
—Vale.
—Y después, según cómo te sientas, tal vez me puedas seguir contando lo que pasó entre tú y Bryce.
—Tal vez —respondió—. Ya veremos cómo me siento.
De regreso a su apartamento, Maggie sintió que le embargaba una profunda fatiga que la arrastraba al sueño como la resaca del océano. Se quitó la chaqueta y se tumbó en la cama con la intención de descansar los ojos un minuto antes de ponerse el pijama.
Se despertó a las doce y media del día siguiente, todavía vestida con la ropa que llevaba el día anterior.
Era el domingo 22 de diciembre, tres días antes de Navidad.
Aunque confiaba en Mark, a Maggie le inquietaba la posibilidad de caerse en la pista de hielo. A pesar de que había dormido profundamente toda la noche (no creía siquiera haberse dado la vuelta), se sentía más débil de lo normal. El dolor, además, había regresado, a punto de ebullición, y la sola idea de comer se le antojaba imposible.
Su madre la había llamado por la mañana y había dejado un breve mensaje en el contestador, en el que simplemente le preguntaba qué tal estaba, con la esperanza de que estuviera bien (lo típico), pero incluso en aquel mensaje Maggie podía oír la tensión en su voz provocada por la preocupación. Preocuparse por ella, tal como se había dado cuenta Maggie hacía tiempo, era la forma que tenía su madre de demostrarle cuánto la quería.
Pero también era agotador. Después de todo, la preocupación tenía sus raíces en la desaprobación, como si la vida de Maggie hubiera sido mejor de haberle hecho caso a su madre, y con el tiempo se había convertido en su postura por defecto.
Aunque Maggie habría preferido esperar hasta Navidad, sabía que tenía que devolver la llamada. De no hacerlo, probablemente recibiría otro mensaje aún más desesperado. Se sentó en el borde de la cama y, tras echar un vistazo al reloj, se dio cuenta de que tal vez sus padres estarían en la iglesia, lo cual sería ideal. Podría dejar un mensaje, decir que tenía el día muy ocupado, y evitar así el potencial estrés innecesario. Pero no hubo suerte. Su madre cogió el teléfono al segundo tono.
Hablaron durante veinte minutos. Maggie le preguntó por su padre, por Morgan y sus sobrinas, y su madre cumplió su cometido con diligencia. Preguntó a su hija cómo se sentía y Maggie replicó que estaba lo mejor que se podía esperar. Afortunadamente no siguió preguntando por su salud, y Maggie suspiró aliviada al comprobar que podría ocultarle la verdad hasta después de las fiestas. Hacia el final de la conversación su padre se puso al aparato, en su habitual estado lacónico. Hablaron del tiempo en Seattle y en Nueva York, la puso al día sobre la temporada de los Seahawks (le encantaba el fútbol americano) y mencionó que había comprado unos prismáticos para Navidad. Cuando Maggie le preguntó para qué, le dijo que su madre se había apuntado a un club de avistamiento de aves. Maggie se preguntó cuánto duraría el interés por ese club y supuso que más o menos igual que el que habían suscitado los demás clubs que había frecuentado su madre en todos esos años. Al inicio sentía un tremendo entusiasmo y Maggie escuchaba sus elogios para con los miembros del club de turno y lo fascinantes que eran; tras unos cuantos meses, su madre comentaba que había unas cuantas personas en el club con las que no congeniaba; y posteriormente, anunciaba a Maggie que lo dejaba porque la mayoría de la gente era simplemente horrible. En el mundo de su madre, el problema siempre eran las demás personas.
Su padre no añadió nada más y, tras colgar el auricular, Maggie nuevamente deseó tener una relación distinta con sus padres, sobre todo con su madre. Una relación que se caracterizase más por las risas que por los suspiros. La mayoría de sus amigos tenían una buena relación con sus respectivas madres. Hasta Trinity se llevaba bien con la suya, y era bastante temperamental comparado con otros artistas. ¿Por qué le resultaba tan difícil a Maggie?
Porque, reconoció Maggie en silencio, su madre se lo ponía difícil, y llevaba haciéndolo desde que tenía memoria. Para ella, Maggie era más una sombra que una persona real, alguien cuyas esperanzas y sueños le parecían incomprensiblemente ajenos. Incluso aunque compartieran la misma opinión sobre un tema concreto, lo más probable era que eso tampoco reconfortara a su madre. Por el contrario, centraba su atención en cualquier posible punto de desacuerdo relacionado con ese tema, con la preocupación y la desaprobación como principales armas.
Maggie sabía que su madre no podía evitarlo; seguramente también había sido así de niña. Y de algún modo era un tanto infantil, ahora que lo pensaba un poco. «Haz lo que yo digo, o si no…» Para su madre, los berrinches se canalizaban mediante otros métodos de control más insidiosos.
Los años que siguieron a su regreso de Ocracoke, antes de trasladarse a Nueva York, habían sido especialmente complicados. Su madre pensaba que intentar labrarse una carrera como fotógrafa era una estupidez a la vez que muy arriesgado, que Maggie debería haber seguido los pasos de Morgan e ir a Gonzaga, que debería haber intentado encontrar al hombre adecuado y establecerse. Cuando Maggie por fin se fue, tenía pavor de hablar con su madre sobre cualquier cuestión.
Lo más triste era que su madre no era una persona horrible. No era siquiera una mala madre. En una mirada retrospectiva, había tomado la decisión correcta al enviar a Maggie a Ocracoke, y no era la única madre que se preocupaba por las notas o porque su hija saliera con chicos que no le convenían, ni que creyera que el matrimonio y tener hijos era más importante que una carrera. Y por supuesto, algunos de sus valores habían marcado a Maggie. Ella, al igual que sus padres, no bebía con frecuencia, evitaba las drogas, pagaba sus facturas, valoraba la honestidad y cumplía las leyes. No obstante, ya no iba a la iglesia; había decidido dejar de ir a los veinte años, durante su primera crisis de fe. Bueno, en realidad, era una crisis de casi todo, que la llevó a mudarse de forma espontánea a Nueva York y desembocó en una serie de relaciones horribles, si es que las podía denominar así.
En cuanto a su padre…
Maggie a veces se preguntaba si había llegado a conocerle realmente. Si le preguntaban con insistencia, decía que era un producto de otra era, una época en la que los hombres trabajaban y mantenían a la familia, iban a la iglesia y comprendían que quejarse rara vez ayudaba a solucionar algo. Su quietud general, sin embargo, se había convertido en algo más desde su jubilación, casi una total reticencia a hablar. Se pasaba horas solo en el garaje, incluso cuando Maggie estaba de visita, y dejaba encantado que su mujer hablara por él durante la cena.
Pero no habría más llamadas por lo menos hasta Navidad y ese pensamiento le hizo darse cuenta de hasta qué punto temía la próxima. Sin duda, su madre le pediría que volviera a Seattle y emplearía todo el armamento a su disposición basado en el sentimiento de culpa para intentar salirse con la suya. No sería agradable.
Apartó el pensamiento y se esforzó por situarse en el presente. Notó que el dolor era cada vez más acuciante y se preguntó si no sería mejor mandar un mensaje a Mark y cancelar la cita. Haciendo una mueca de dolor consiguió llegar al baño y coger el bote de analgésicos, mientras recordaba que la doctora Brodigan le había dicho que podían causar adicción si se abusaba de ellos. Qué tontería. ¿Qué importaba si Maggie se volvía adicta a esas alturas? ¿Y qué cantidad era inadecuada? Sus entrañas se le antojaban un alfiletero, e incluso el más mínimo roce sobre el dorso de la mano desencadenaba la aparición de una especie de chispas blancas en las esquinas de los ojos.
Tragó dos pastillas, vaciló y al final se tomó una tercera, por si acaso. Decidió esperar media hora a ver cómo se sentía antes de tomar una determinación sobre qué haría ese día y se sentó en el sofá a esperar que surtieran efecto. Aunque se preguntaba si las pastillas funcionarían como de costumbre, casi como por arte de magia el dolor empezó a remitir. Cuando por fin llegó la hora de salir, estaba flotando en una oleada de bienestar y optimismo. Siempre podría limitarse a ver patinar a Mark, llegados a un extremo, y seguramente un poco de aire fresco no era mala idea, ¿no?
Cogió un taxi para ir a la galería y vio a Mark esperando de pie junto a la puerta. Llevaba en la mano un vaso, sin duda su smoothie favorito, y cuando la vio, la saludó con una amplia sonrisa. A pesar de su estado, estaba segura de haber tomado la decisión correcta.
—¿Crees que podremos patinar? —preguntó Maggie cuando llegaron al Rockefeller Center y vio la multitud que abarrotaba la pista—. Ni siquiera pensé en que tal vez habría que reservar.
—Llamé esta mañana —confirmó Mark—. Está todo arreglado.
Mark buscó un sitio para que ella se sentara mientras se ponía a la cola, y Maggie dio sorbitos a su smoothie, pensando que la tercera pastilla había marcado la diferencia. Se sentía un poco mareada, pero no tanto como antes; en cualquier caso, el dolor era ahora casi tolerable. Además, no tenía frío por primera vez desde lo que le parecía una eternidad. Aunque podía ver el vaho saliendo de su boca, no estaba tiritando y no le dolían siquiera los dedos, para variar.
El smoothie le estaba sentando bien, lo cual era un alivio. Sabía que necesitaba todas las calorías posibles, ¡qué irónico! Tras estar pendiente toda la vida de lo que comía y quejarse cada vez que la báscula marcaba un kilo de más, ahora que realmente necesitaba esas calorías le resultaba casi imposible ingerirlas. Últimamente le daba miedo subirse a la báscula porque le aterraba ver cuánto peso había perdido. Bajo la ropa se estaba convirtiendo en un esqueleto.
Pero apartó esos pensamientos siniestros y, fascinada por la masa de cuerpos en movimiento sobre el hielo, apenas oyó el sonido de una notificación en su móvil. Lo sacó del bolsillo y vio que Mark le había enviado un mensaje, diciendo que ya estaba de camino para acompañarla a la pista y ayudarla a ponerse los patines.
En el pasado, se habría sentido humillada por su ofrecimiento. Pero lo cierto era que no creía ser capaz de ponerse ella sola los patines. Al llegar hasta ella, Mark le ofreció el brazo y los dos bajaron lentamente los escalones hasta la zona destinada a cambiarse los zapatos.
Aunque estaba apoyada en él, Maggie se sentía como si el viento pudiera derribarla.
—¿Quieres que te siga sosteniendo? —preguntó Mark—. ¿O crees que ya le has cogido el truco?
—Ni se te ocurra soltarme —replicó Maggie apretando los dientes.
La adrenalina, amplificada por el miedo, le despejaba la mente, y decidió que patinar sobre hielo era mucho mejor como concepto que en la práctica. Intentar sostenerse sobre dos finas cuchillas deslizándose por una resbaladiza capa de hielo en su estado no era la mejor de las ideas. De hecho, había argumentos de peso para afirmar que era una estupidez.
Y sin embargo…
Mark se esforzaba por hacer que patinar le resultara a Maggie lo más fácil y seguro posible. Patinaba hacia atrás frente a ella, con ambas manos apoyadas con firmeza en sus caderas. Estaban cerca del borde de la pista, deslizándose lentamente; más hacia la parte central casi todo el mundo les adelantaba velozmente, señoras mayores y niños pequeños incluidos, con aspecto alegre y desenfadado. Pero con la ayuda de Mark, Maggie por lo menos se estaba deslizando. Resultaba evidente que unas cuantas personas no se habían puesto nunca unos patines, como Maggie, y se aferraban al muro exterior en cada movimiento; sus piernas salían despedidas ocasionalmente en direcciones impredecibles.
Justo delante de ellos, Maggie presenció uno de aquellos incidentes.
—No me quiero caer, de veras.
—No vas a caerte —dijo Mark, con los ojos fijos en los pies de Maggie—. Te tengo.
—Ni siquiera puedes ver hacia dónde vas —protestó ella.
—Estoy usando mi visión periférica —explicó—. Solo avísame si alguien se cae justo delante de nosotros.
—¿Cuánto rato tenemos?
—Media hora —respondió Mark.
—No creo que aguante tanto.
—Pararemos cuando quieras.
—Olvidé darte mi tarjeta de crédito. ¿Has pagado tú por esto?
—Invito yo. Ahora deja de hablar e intenta disfrutar.
—La sensación de estar a punto de caer en cada momento no es muy agradable.
—No te vas a caer —repitió Mark—. Te tengo.
—¡Ha sido divertido! —exclamó Maggie. En la zona para cambiarse, Mark acababa de ayudarla a quitarse los patines. Aunque Maggie no se lo había pedido, también le ayudó a ponerse los zapatos. Habían dado cuatro vueltas a la pista en total y les había llevado trece minutos.
—Me alegro de que te haya gustado.
—Ahora ya puedo decir que he participado en el mayor evento turístico de Nueva York.
—Así es.
—¿Has podido ver el árbol? ¿O estabas demasiado ocupado evitando que me rompiera el cuello?
—Sí, lo he visto. Pero apenas he podido detenerme a contemplarlo.
—Deberías seguir patinando. Todavía queda tiempo.
Para su sorpresa, Mark parecía estar considerándolo seriamente.
—¿Te importaría?
—En absoluto.
Tras ayudar a Maggie a ponerse en pie y ofrecerle su brazo para que se apoyara en él, la condujo al borde de la pista y se aseguró de que podía sostenerse ella sola antes de irse.
—¿Estás bien?
—Ve, por favor. Veamos qué puedes hacer sin tener que llevar a una mujer vieja y enferma.
—No eres vieja. —Mark le guiñó un ojo, y agachándose sobre el hielo dio tres o cuatro pasos, acelerando en la curva. Dio un salto, rotando en el aire, y empezó a patinar hacia atrás mientras aceleraba aún más, volando bajo el árbol en el extremo más alejado de la pista. Volvió a hacer un giro y aceleró al acercarse a la curva, con una mano casi rozando el hielo, para pasar como una exhalación a su lado. Casi sin pensar, Maggie sacó el iPhone del bolsillo. Esperó a que Mark estuviera bajo el árbol y tomó un par de instantáneas; en la siguiente vuelta accionó el vídeo.
Pocos minutos después, cuando la sesión hubo finalizado y Mark estaba en la zona para cambiarse, echó un vistazo a las fotos y de pronto se sorprendió pensando en la que le había hecho a Bryce sobre la escalera. Tal como había sucedido en aquel entonces, parecía haber capturado la esencia del joven que estaba conociendo mejor. Al igual que Bryce, Mark se había convertido extrañamente en alguien importante para ella en un período relativamente corto de tiempo. Y sin embargo, como en el caso de Bryce, sabía que también tendría que despedirse de él, y ese pensamiento de repente le dolió, hasta tal punto que eclipsó el dolor físico agazapado en sus huesos.
Cuando volvieron a pisar tierra firme, Maggie le envió las fotos y el vídeo a Mark, y después hicieron una curiosa instantánea más de ambos juntos con el árbol de fondo. Mark inmediatamente empezó a manipular el móvil, sin duda reenviando las imágenes.
—¿Se las mandas a Abigail? —preguntó Maggie.
—Y a mis padres.
—Estoy segura de que echan de menos no tenerte a su lado en Navidad.
—Creo que se lo están pasando mejor que nunca en su vida.
Maggie señaló el restaurante situado al lado de la pista.
—¿Te parece bien que vayamos al Sea Grill? Me apetece tomar un té caliente en la barra.
—Como quieras.
Maggie enlazó su brazo al de Mark y ambos caminaron lentamente hacia el acristalado restaurante. Le dijo al camarero lo que quería tomar y Mark pidió lo mismo. Cuando dejaron la tetera ante ellos, Maggie se sirvió un poco de té.
—Eres un patinador excelente.
—Gracias. Abigail y yo vamos a veces a patinar.
—¿Le ha gustado la foto?
—Me ha respondido con tres emojis con forma de corazón, que interpreto como un sí. Pero quería preguntarte…
Al no acabar la frase, Maggie decidió hacerlo por él.
—¿Sobre mi historia?
—¿Todavía tienes el collar que te regaló Bryce?
Por toda respuesta, Maggie se llevó las manos a la nuca y desabrochó el cierre de la cadena para quitársela. Se la dio, observando cómo la cogía con sumo cuidado. Mark admiró el colgante primero por delante antes de girarlo para examinar las palabras grabadas en el reverso.
—Es muy delicado.
—No recuerdo habérmelo quitado nunca.
—¿Y la cadena ha aguantado tantos años?
—Tengo mucho cuidado. No duermo ni me ducho con ella. Salvo en esos momentos, forma parte de mi atuendo diario.
—¿Y cuando te lo pones te acuerdas de esa noche?
—Me acuerdo todo el tiempo de esa noche. Bryce no fue solo mi primer amor. Fue el único hombre al que he amado.
—La cometa debía ser bastante alucinante —admitió Mark—. Hemos hecho hogueras y asado malvaviscos con Abigail, en el lago por cierto, no en la playa, pero nunca he oído hablar de cometas adornadas con luces navideñas. Me pregunto si podría construir una.
—En estos tiempos seguramente puedes buscar algo semejante en Google, tal vez incluso pedirla por Internet.
Mark parecía estar reflexionando con la mirada fija en la taza de té.
—Me alegro de que pasaras una noche como esa con Bryce. Creo que todo el mundo se merece por lo menos una velada perfecta.
—Yo también lo creo.
—Pero tú sabías que te estabas enamorando de él durante todo ese tiempo, ¿no? No fue durante la tormenta cuando todo empezó, sino en el ferri, cuando le viste por primera vez con aquella chaqueta verde oliva.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no te apartaste de él, aunque podías haberlo hecho. Y cuando tu tía te preguntó si te parecía bien que Bryce te diera clases, aceptaste sin pensarlo demasiado.
—¡Necesitaba ayuda con los estudios!
—Si tú lo dices… —concedió Mark con una sonrisa.
—Ahora te toca a ti —dijo Maggie, cambiando de tema—. Me has llevado a patinar, pero ¿hay algo que te gustaría hacer ahora que estamos en Midtown?
Hizo girar el té dentro de la taza.
—Seguramente te parecerá una tontería. Como llevas viviendo tanto tiempo aquí…
—¿De qué se trata?
—Me gustaría ver algunos de los escaparates de los grandes almacenes de la Quinta Avenida, los que están decorados con motivos navideños. Abigail me dijo que no debía perdérmelos. Y en una hora y media un coro actuará en el exterior de la catedral de Saint Patrick.
Podía entender lo del coro, pero ¿los escaparates? ¿Y por qué no le parecía a Maggie algo impropio de él que quisiera hacer algo así?
—De acuerdo, vayamos —aceptó, obligándose a no poner los ojos en blanco—. Pero no estoy segura de cuánto aguantaré caminando. Me siento un poco tambaleante.
—Genial —dijo Mark, radiante—. Iremos en taxi o en Uber adonde sea, ¿sí?
—Una pregunta. ¿Cómo sabías que actuaría hoy un coro?
—He investigado un poco esta mañana.
—¿Por qué tengo la sensación de que estás intentando hacer de estas Navidades algo especial para mí?
Al ver un destello de tristeza en sus ojos, Maggie se dio cuenta de que no necesitaba explicárselo.
Tras tomarse sus respectivas tazas de té, salieron al exterior, al aire gélido, y Maggie sintió un fuerte dolor en el pecho, que siguió aumentando con cada latido. Era como si le clavasen un cuchillo al rojo vivo, no agujas; peor que nunca. Se quedó paralizada, cerró los ojos y se apretó con fuerza la zona justo bajo el pecho con un puño. Con la mano que le quedaba libre, se aferró al brazo de Mark mientras ponía los ojos en blanco.
—¿Estás bien?
Intentó no dejar de respirar, aunque el dolor seguía siendo como fogonazos ardientes. Notó que Mark la rodeaba con el brazo.
—Duele —dijo Maggie con voz ronca.
—¿Quieres volver adentro y sentarte? ¿O te llevo a casa?
Apretando los dientes, negó con la cabeza. La sola idea de moverse le parecía algo imposible y se concentró en su respiración. No sabía si eso ayudaría, pero es lo que Gwen le había dicho mientras sufría la agonía del parto. Después de lo que le pareció el minuto más largo de su vida, el dolor por fin empezó a remitir, como el resplandor de una bengala que se difumina lentamente al hundirse en el horizonte.
—Estoy bien —repuso finalmente con una especie de graznido, aunque su visión era borrosa.
—No parece que estés bien —dijo Mark—. Estás temblando.
—Pac-Man —murmuró. Hizo un par de respiraciones más antes de bajar la mano lentamente hacia el bolso y sacar el bote con las pastillas. Cogió una y la engulló a palo seco. Apretó los párpados hasta que pudo volver a respirar normalmente y el dolor por fin fue disminuyendo hasta un nivel soportable.
—¿Te pasa a menudo?
—Más que antes. Cada vez es más frecuente.
—Creía que te ibas a morir.
—Imposible. Eso sería demasiado fácil; no sentiría dolor.
—No deberías hacer chistes —la reprendió—. Estaba a punto de pedir una ambulancia.
Maggie se obligó a sonreír al oír su tono de voz.
—Estoy bien ahora, de veras.
«Otra mentira —pensó—, pero ¿quién lleva la cuenta?»
—Tal vez debería llevarte a casa.
—Quiero ver los escaparates y escuchar los villancicos.
Lo cual, curiosamente, era verdad, aunque fuera hasta cierto punto una tontería. Si no lo hacía ahora, sabía que ya nunca tendría la oportunidad de hacerlo. Mark parecía estar intentando leerle el pensamiento.
—Vale —accedió finalmente—. Pero si te vuelve a pasar, te llevo a casa.
Maggie asintió, consciente de que tal vez Mark no tendría más remedio que hacerlo.
Primero fueron a Bloomingdale’s, luego a Barneys y después a la Quinta Avenida, donde cada tienda parecía competir con la de al lado con sus decorados navideños. Vio a Santa Claus y sus elfos, osos polares y pingüinos con collares de temática navideña, nieve artificial con los colores del arcoíris, elaboradas instalaciones que destacaban las prendas de vestir y otros artículos escogidos que probablemente costaban una fortuna.
En la Quinta Avenida empezó a sentirse mejor, incluso un poco más ligera. Resultaba obvio por qué la gente se volvía adicta a las pastillas; realmente funcionaban. Se aferró al brazo de Mark entre aquella multitud de gente que se arremolinaba pasando a su lado en ambas direcciones, llevando bolsas con los nombres de todas las marcas del planeta. En muchas de las tiendas había largas colas para entrar, compradores de última hora que tenían la esperanza de encontrar el regalo perfecto, ninguno de los cuales parecía en absoluto contento de estar esperando afuera con aquel frío.
«Turistas», pensó, sacudiendo la cabeza. Gente que quería llegar a casa y decir: «No te imaginas cómo estaba de abarrotado», o: «Tuve que esperar una hora para poder entrar en la tienda», como si fuera una insignia de honor o un acto de valentía. Sin duda explicarían la misma historia en los años venideros.
Y sin embargo, el paseo curiosamente le resultó agradable, quizá debido a la sensación de ligereza que producían las pastillas, pero sobre todo porque Mark parecía obviamente alucinado. Aunque seguía asiéndola con fuerza de la mano, se esforzaba constantemente en mirar por encima de los hombros de la muchedumbre, boquiabierto al ver a Santa Claus trabajando en un reloj Piaget o sonriendo embelesado ante los renos sobredimensionados con arneses de Chanel, todos ellos con gafas de sol Dolce & Gabbana. Maggie solía hacer una mueca de asco ante la vulgar comercialización de esas fiestas, pero al observar la capacidad de Mark de maravillarse por todo, empezó a ver con otros ojos la creatividad desplegada en las tiendas.
Llegaron por fin a la catedral de Saint Patrick, más o menos al mismo tiempo que las otras personas que los rodeaban y que habían acudido por la misma razón. La multitud era tal que se quedaron bloqueados a mitad de la manzana, y aunque Maggie no podía ver a los cantantes, sí pudo oírlos en los enormes altavoces dispuestos para ese fin. Mark, sin embargo, se sintió decepcionado, y Maggie se dio cuenta de que debería haberle avisado de la posibilidad de que eso sucediera. Había aprendido tras mudarse a Nueva York que asistir a un evento y verlo realmente a menudo eran dos cosas completamente distintas. En su primer año allí se había aventurado a ver el desfile de Macy’s de Acción de Gracias. Se vio encajonada contra el muro de un edificio, rodeada de cientos de personas, atrapada durante horas, con vistas a la nuca de la gente. Tuvo que estirar el cuello para poder ver los famosos globos y a la mañana siguiente se despertó tan dolorida que tuvo que ir a un quiropráctico.
¡Ah, la dicha de vivir en la ciudad!
El coro, aunque no era visible, sonaba arrebatador a sus oídos y, mientras escuchaba, Maggie se sorprendió reflexionando acerca de los últimos días con la leve sensación de haber vivido algo maravilloso. Había visto El cascanueces, decorado un árbol, enviado regalos a la familia, patinado en el Rockefeller Center, admirado los escaparates de la Quinta Avenida, y ahora esto. Estaba viviendo experiencias que solo pasan una vez en la vida con alguien que había llegado a importarle, y compartir la historia de su pasado le había levantado el ánimo.
Pero cuando la sensación de ligereza empezó a desvanecerse, notó que la fatiga se abría paso y supo que había llegado el momento de volver a casa. Apretó el brazo de Mark para indicárselo. Habían escuchado cuatro villancicos, Mark dio media vuelta y comenzó a guiarla entre la multitud que se había aglomerado tras ellos. Cuando por fin tuvieron espacio para respirar, Mark se detuvo.
—¿Qué te parece ir a cenar? —preguntó—. Me encantaría oír el resto de tu historia.
—Creo que necesito tumbarme un rato.
Mark era consciente de que no debía insistir.
—Te acompaño.
—No hace falta.
—¿Crees que podrás venir a la galería mañana?
—Seguramente me quedaré en casa. Por si acaso.
—¿Te veré en Nochebuena? Quiero darte un regalo.
—No tienes que regalarme nada.
—Claro que sí. Es Navidad.
Se quedó pensando un momento y finalmente decidió «¿por qué no?».
—Vale —accedió.
—¿Quieres que nos encontremos en el trabajo? ¿O que cenemos juntos? Lo que te resulte más fácil.
—¿Qué te parece si pedimos que nos traigan la cena a la galería? Podemos cenar bajo el árbol.
—¿Me contarás el resto de la historia?
—No estoy segura de que quieras oírlo. La verdad es que no es una historia festiva. Es muy triste.
Mark se giró, alzando la mano para parar un taxi. Cuando el taxi se detuvo, la miró sin rastro de lástima.
—Lo sé —dijo simplemente.
Por segunda noche consecutiva, Maggie durmió con la ropa que llevaba puesta.
La última vez que había echado un vistazo al reloj era poco antes de las seis. La hora de cenar en la mayor parte de Estados Unidos; en gran parte de Nueva York todavía la gente estaba en la oficina. Se despertó más de dieciocho horas después sintiéndose débil y deshidratada, pero por suerte sin dolor.
Con el fin de no arriesgarse a sufrir una recaída, tomó una sola píldora antes de dirigirse tambaleante a la cocina, donde se obligó a comer un plátano, junto con una tostada, lo que hizo que se sintiera un poco mejor.
Tomó un baño y después se puso ante el espejo sin reconocerse apenas. Los brazos eran como palillos, las clavículas sobresalían bajo la piel como los soportes de una tienda de campaña y su torso presentaba numerosos hematomas, algunos de ellos de color morado oscuro. En su rostro esquelético, sus ojos parecían los de un alienígena, brillantes y con una expresión de perplejidad.
Por lo que había leído sobre el melanoma, y tenía la sensación de haberlo leído todo sobre ese tema, se desprendía que no había forma de predecir los últimos meses. Algunas personas tenían mucho dolor y se les administraba morfina a través de un gotero intravenoso; otras no sentían debilidad. Algunos pacientes sufrían un agravamiento de los síntomas neurológicos mientras que otros mantenían la cabeza clara hasta el final. La localización del dolor era tan variopinta como los pacientes, lo cual tenía sentido. Cuando se producía la metástasis, el cáncer podía aparecer en cualquier lugar del cuerpo, pero Maggie tenía la esperanza de que le tocara la versión más llevadera de la muerte. Podía aguantar la pérdida de apetito y las excesivas ganas de dormir, pero la perspectiva de sufrir un dolor insoportable le resultaba aterradora. Sabía que, si acababa con un gotero de morfina, tal vez nunca volvería a levantarse de la cama.
No obstante, no estaba asustada en cuanto al hecho de morir. En esos momentos estaba demasiado ocupada con el sufrimiento producido por la enfermedad como para que la muerte fuera algo más que una hipótesis. ¿Quién podía saber cómo era estar muerta realmente? ¿Vería la luz brillante al fondo del túnel, escucharía música de arpa al traspasar las puertas celestiales o simplemente se desvanecería? Cuando pensaba en la muerte, se imaginaba que sería algo parecido a dormir pero sin soñar, solo que nunca se despertaría. Y, obviamente, no le importaría no poder despertar porque…, bueno, porque la muerte hacía que fuera imposible preocuparse por nada.
Pero las celebraciones del día anterior tenían cierto carácter desesperado y le recordaron que era una mujer gravemente enferma. No quería sufrir más, no quería dormir dieciocho horas al día. No había tiempo para esas cosas. Lo que más deseaba era vivir con normalidad hasta el final, pero tenía la cada vez más fuerte corazonada de que eso no sería posible.
En el cuarto de baño volvió a ponerse la cadena. Se puso un suéter encima de la camiseta térmica y consideró la posibilidad de ponerse unos vaqueros, pero ¿con qué fin? Los pantalones del pijama eran más cómodos, así que optó por ellos. Finalmente se calzó unas zapatillas forradas y calientes y un gorro de lana. El termostato marcaba más de veinte grados, pero, como seguía teniendo un poco de frío, enchufó un calefactor. No tenía por qué preocuparse de la factura de la luz; no era como si tuviera que ahorrar para la jubilación.
Calentó una taza de agua en el microondas y luego fue hasta la sala de estar. Dio unos cuantos sorbitos, mientras intentaba acordarse de dónde había dejado la historia con Mark. Cogió el móvil y le envió un mensaje, aunque sabía que todavía estaría en el trabajo.
¿Mañana a las seis en la galería? Te contaré el resto de mi historia y luego podemos cenar juntos.
Casi inmediatamente vio los puntitos que indicaban que estaba respondiendo al mensaje, y su respuesta apareció en forma de burbuja.
¡Estoy impaciente! Cuídate. Qué ganas tengo. Todo bien en el trabajo. Ha sido un día ajetreado.
Esperó a ver si añadía algo más, pero no fue así. Se acabó el agua caliente y reflexionó en cómo su cuerpo había elegido desafiarla. A veces era fácil imaginar que el melanoma le hablaba con una voz poseída y espeluznante. «Te llevaré hacia el fin, pero primero te quemaré las entrañas y te obligaré a consumirte. Me llevaré tu belleza y te robaré el pelo, te privaré de tus horas de consciencia, hasta que no quede nada más que una carcasa esquelética…»
Maggie profirió una risita macabra al pensar en esa voz que imaginaba. Bueno, muy pronto también callaría. Lo cual hizo que surgiera la cuestión: ¿qué pensaba hacer respecto a su funeral?
Había pensado en eso de vez en cuando desde su última cita con la doctora Brodigan. No con demasiada frecuencia, solo a veces, cuando el pensamiento la asaltaba repentinamente, a menudo en los momentos más inesperados. Como ahora. Se había esforzado al máximo por ignorarlo, puesto que la muerte seguía siendo algo hipotético, pero el dolor del día anterior hacía inevitable que esa idea acudiera a su mente.
¿Qué iba a hacer? Suponía que en realidad no tenía que hacer nada. Sus padres o Morgan sin duda se ocuparían de ello, pero no quería que tuvieran que asumir esa carga. Y puesto que se trataba de su propio funeral, a buen seguro se merecía tener voz y voto en ese asunto. Pero ¿qué le gustaría?
No el funeral típico, de eso estaba segura. No quería una capilla ardiente o canciones ñoñas como «Wind Beneath My Wings», y con toda seguridad no quería un largo panegírico de un cura que ni siquiera la conocía. No era su estilo. Y aunque lo fuera, ¿dónde se celebraría el funeral? Sus padres querrían que fuera enterrada en Seattle, no en Nueva York, pero su casa ahora estaba allí. No podía imaginarse obligar a sus padres a buscar una funeraria y un cementerio local, ni a organizar un servicio católico en una ciudad desconocida. Tampoco estaba segura de que sus padres pudieran gestionar algo así, y aunque Morgan sí podía, ya estaba sobrecargada de trabajo con sus niñas, todavía pequeñas. Lo cual solo le dejaba una opción.
Maggie tendría que dejarlo todo arreglado por adelantado.
Se levantó del sofá y buscó un bloc de notas en el cajón de la cocina. Anotó la clase de servicio que deseaba. Le resultó menos deprimente de lo que imaginaba, probablemente porque rechazó de antemano cualquier elemento lúgubre. Maggie revisó sus notas y, aunque no tendría sentido para sus padres, se sentía satisfecha de haber pensado la forma de expresar sus últimos deseos. También anotó como recordatorio que debería contactar con su abogado al empezar el año para poder ultimarlo todo.
Hecho lo cual, solo quedaba una cosa que hacer.
Tenía que hacerle un regalo de Navidad a Mark.
Aunque le había dado una bonificación a principios de diciembre, tal como había hecho con Luanne, sentía que se merecía algo más, especialmente después de las atenciones de los últimos días. Pero ¿qué podía regalarle? Al igual que a muchos jóvenes, sobre todo aquellos que querían hacer un postgrado, probablemente lo que más agradecería sería dinero. Dios sabe que cuando estaba en la veintena eso hubiera sido lo que mejor le habría ido. Además, era fácil, solo tenía que escribir un cheque, pero no le parecía lo más adecuado. Tenía la impresión de que el regalo de Mark sería algo personal, y eso le hacía pensar que debería corresponderle de forma similar.
Se preguntó qué era lo que le gustaba a Mark, pero no obtuvo demasiadas respuestas. Amaba a Abigail y a sus padres, tenía el propósito de llevar una vida marcada por la religión, le interesaba el arte contemporáneo, y había crecido en Indiana y jugado al hockey. ¿Qué más sabía de él?
Intentó recordar la primera entrevista que le hizo, se acordó de lo bien que la había preparado, y por fin la respuesta llegó sin ningún esfuerzo. Mark admiraba sus fotografías; aún más, creía que serían su legado. Así que ¿por qué no darle a Mark un regalo que reflejaba la pasión de Maggie?
En los cajones de su escritorio encontró varias memorias USB; siempre tenía un montón a mano. Durante las siguientes horas empezó a transferir fotografías a las memorias, eligiendo sus favoritas. Algunas adornaban las paredes de la galería, y aunque no formarían parte de la tirada de edición limitada, y por tanto no tenían valor monetario, sabía que a Mark eso no le importaría. No le gustarían por motivos económicos; le gustarían porque ella las había hecho y porque significaban algo para ella.
Una vez hubo acabado, se obligó a comer algo. Cartón salado, tan desagradable como de costumbre. Se sirvió también una copa de vino, ignorando su sentido de la prudencia. Buscó una emisora con música navideña y sorbió el vino hasta que se sintió amodorrada. Se cambió el suéter por una sudadera, se puso calcetines tras quitarse las zapatillas y se arrastró hasta la cama.
El día de Nochebuena se levantó a mediodía, sintiéndose descansada y, milagro de los milagros, sin el menor rastro de dolor.
Pero se tomó las pastillas por si acaso, con ayuda de media taza de té.
Consciente de que esa noche se alargaría más de lo normal, se quedó recostada en el sofá casi todo el día. Llamó a su restaurante italiano favorito del barrio, el que hasta hacía poco era una clienta habitual, y averiguó que una cena para dos para llevar no sería un problema, a pesar de la ingente cantidad de comensales que esperaban aquella noche. El gerente, a quien ella conocía bien, y suponía enterado de su enfermedad debido a su aspecto, fue especialmente atento. Se anticipó a sus deseos, acordándose de los platos que Maggie solía pedir y sugiriéndole algunas especialidades, así como su famoso tiramisú. Maggie se lo agradeció efusivamente tras darle el número de su tarjeta de crédito y programar la entrega sobre las ocho de la noche. «¿Quién dijo que los neoyorquinos eran insensibles?», pensó con una sonrisa al finalizar la llamada.
Pidió un smoothie, se lo bebió mientras tomaba un baño y luego repasó el contenido de las memorias USB que había preparado para Mark. Como siempre al revisar su trabajo, su mente recreaba los detalles de cada foto.
Absorta en los recuerdos de tantos viajes y experiencias emocionantes las horas pasaron rápidamente. A las cuatro hizo una siesta, aunque todavía se sentía bastante bien; cuando despertó, empezó lentamente a prepararse. Tal como había hecho hacía tanto tiempo en Ocracoke, eligió un jersey rojo que se puso encima de varias capas de ropa, además de unos pantalones de lana negros encima de las medias y una gorra negra. No quiso ponerse joyas, solo la cadena, pero sí se maquilló lo suficiente como para no asustar al taxista. Añadió al conjunto una bufanda de cachemira para ocultar el delgado cuello y luego metió en el bolso el bote de pastillas, por si acaso. No había tenido tiempo de envolver el regalo de Mark, de modo que decidió vaciar una lata de pastillas de menta Altoids para usarla como receptáculo para los USB. Le hubiera gustado ponerle un lazo, pero pensó que a Mark no le importaría el sencillo embalaje. Finalmente, con cierto pavor, sacó una de las cartas que su tía Linda le había escrito y que guardaba en el joyero.
Afuera el tiempo era húmedo y el frío calaba hasta los huesos, y el cielo prometía que iba a nevar. Durante el breve trayecto en taxi hasta la galería pasó al lado de un Santa Claus que hacía sonar una campana y solicitaba donativos para el Ejército de Salvación. Vio una menorah en la ventana de un apartamento. En la radio, el taxista escuchaba una música que parecía de origen hindú o paquistaní. Navidades en Manhattan.
La puerta de la galería estaba cerrada. Maggie accedió al interior y volvió a cerrarla tras ella. No pudo localizar a Mark, pero las luces del árbol estaban encendidas y sonrió al ver que había dispuesto una pequeña mesa y dos sillas plegables frente al árbol, con un mantel de tela de color rojo. Sobre la mesa había una caja envuelta en papel de regalo y un jarrón con un clavel rojo, además de dos copas con ponche de huevo.
Debía haberla oído entrar porque salió de la parte trasera mientras ella miraba con admiración la mesa. Al girarse hacia Mark, Maggie advirtió que él también llevaba un suéter rojo y pantalones negros.
—Te diría que estás fantástico, pero creo que eso podría interpretarse como un comentario autocomplaciente —comentó Maggie mientras se quitaba la chaqueta.
—Si no te conociera, pensaría que pasaste antes por aquí para ver cómo me había vestido —replicó Mark.
Maggie señaló hacia la mesa.
—Has estado ocupado.
—Pensé que necesitaríamos un sitio donde poder cenar.
—Ya sabes que, si me tomo el ponche, no seré capaz de comer nada.
—Entonces tómatelo como si formara parte de la decoración de la mesa. ¿Puedo guardar tu chaqueta?
Maggie se la dio y Mark desapareció de nuevo en la trastienda mientras ella seguía examinando la disposición recreada. Le recordaba en buena medida las Navidades que había pasado en Ocracoke, lo cual era sin duda su intención.
Maggie tomó asiento ante la mesa, satisfecha, mientras Mark reaparecía con una taza de café en la mano, que dispuso ante ella.
—Es solo agua caliente —explicó—, pero te he traído una bolsita de té por si quieres que sepa a algo.
—Gracias. —Como le gustaba la palabra «té» y «teína» sonaba aún mejor, añadió la bolsita al agua y la dejó en remojo—. ¿De dónde has sacado todo esto? —dijo abarcando con el brazo todo el decorado.
—Las sillas y la mesa son de mi apartamento; lo cierto es que se trata de mi conjunto de comedor temporal. El mantel es barato, de Duane Reade. Pero ante todo, ¿cómo te encuentras? He estado preocupado por ti desde la última vez que nos vimos.
—He dormido mucho. Me siento mejor.
—Tienes buen aspecto.
—Parezco un cadáver andante. Pero gracias de todos modos.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Creía que eso ya lo habíamos superado. ¿Por qué tienes que pedirme permiso para preguntarme algo?
Miró fijamente la copa con el ponche, con una ceja encogida como resultado de fruncir levemente el ceño.
—Después de patinar, ya sabes, cuando… empezaste a sentirte mal, dijiste algo como… ¿«Packman»?, ¿o «Packmin»? Algo así…
—Pac-Man —respondió Maggie.
—¿Qué significa eso?
—¿Nunca has oído hablar de Pac-Man, el videojuego?
—No.
«Dios mío, eres de verdad muy joven. O yo me estoy haciendo vieja.» Sacó el móvil y en YouTube seleccionó un vídeo corto, y después le pasó el teléfono. Mark hizo que el vídeo se reprodujera y empezó a visionarlo.
—Entonces… ¿Pac-Man se mueve por un laberinto comiendo los puntos por el camino?
—Exacto.
—¿Qué tiene que ver eso con cómo te sentías en ese momento?
—Porque así es como me imagino a veces el cáncer. Que es como Pac-Man, moviéndose por el laberinto de mi cuerpo, comiéndose todas mis células sanas.
Al oír la respuesta, Mark abrió los ojos como platos.
—Ah… Guau. Siento haber sacado el tema. No debería haberte preguntado nada…
Maggie hizo un gesto con la mano como para restarle importancia.
—No pasa nada. Olvidémoslo, ¿vale? ¿Tienes hambre? Espero que no te importe, pero me he adelantado y he pedido la cena en mi restaurante italiano favorito. Debería llegar sobre las ocho.
Aunque apenas podría comer un par de bocados, esperaba poder disfrutar del aroma de la cena.
—Eso suena muy bien. Gracias. Y antes de que me olvide, Abigail me pidió que te deseara una feliz Navidad. Dijo que le gustaría estar aquí con nosotros y que está impaciente por conocerte cuando venga a Nueva York dentro de pocos días.
—Igualmente —dijo Maggie. Señaló con un gesto el regalo—. ¿Debería abrirlo ahora, puesto que la cena va a tardar un poco?
—¿Por qué no esperamos hasta después de cenar?
—Y hasta entonces, déjame adivinar… Quieres que te cuente el resto de mi historia.
—No he dejado de pensar en eso desde que decidiste hacer una pausa.
—Insisto en que sería mejor dejarla con el beso perfecto.
—Preferiría oírla entera, si no te importa.
Maggie bebió un trago de té, permitiendo que le calentara la parte posterior de la garganta mientras los años discurrían hacia atrás. Cerró los ojos, deseando poder olvidar, aun sabiendo que nunca podría.
—Esa noche, después de que Bryce me llevara a casa, apenas conseguí conciliar el sueño…