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Ya en la boca del Metro, Barbanegra sacó unas gafas de sol medio rotas y echaron a andar por el descampado del polígono hasta encontrar un sitio tranquilo en mitad de una obra abandonada.
El Abuela apartó con el pie unos escombros y se sentó sobre una pila de ladrillos junto a un bidón verde. Empezó a escarbar con la muleta en la arena.
- Bueno, Estudiante, ahora me lo vas a contar todo desde el principio. Y ojo con mentir al Abuela. Ya me dejaste tirado en Valencia. Hay pocos que hayan hecho lo que tú y sigan vivos…
Se refería, por supuesto, a la fuga que habían protagonizado hacía más de un año. Desde entonces, cada cual habían vagabundeado por su cuenta, de pueblo en pueblo, primero por el Levante y luego tierra adentro.
- Abuela, si hubiera pretendido escaparme de ti, no habría venido al Metro del Ciego. Pensé que estabas muerto, joder.
- Te habría gustado, ¿verdad? -El Abuela miró el cielo sobre la obra inacabada -. Buen susto que te he dado. Si no fuera por el Ciego, os habría pillado a todos dormidos. Podía hasta haberte estrangulado.
- Mira, Abuela, de saber que saliste vivo de aquel infierno, tampoco habría podido hacer nada. ¿Qué hubieses hecho tú…? Ponte en mi lugar.
El Abuela guiñaba los ojos, por el sol.
- Si supieras por lo que he pasado, Estudiante. Con el brazo dislocado y el pie jodío, las heridas, lleno de mierda, arrastrándome por esos túneles de estiércol… Tanta oscuridad, llegué a creer que el mundo de arriba no existía… Me atacaron las ratas. No sabía si estaba muerto o vivo, ¿sabes lo que es eso?
- ¡A quién se lo estás contando! Yo me tiré ocho horas hasta encontrar una salida. No tenía el plano del Tuberías y por todo lo que había andado tenía la impresión de que podía estar saliendo en la misma plaza de la Reina, delante de la catedral… Nunca pensé que aquellos subterráneos fueran tan grandes…
- Cuando salí era de noche y pensé que la oscuridad me seguía, que me había quedado ciego… Los que debían estar esperandon junto al río en Picassent se habían largado. Por si no bastaba lo del brazo, me tuve que entablillar el pie y buscarme la vida yo solito. No sé cómo salí de aquello.
- Pues un poco rayado…
La muleta golpeó el hombro del Estudiante con inesperada rapidez.
- … pero con reflejos.
Se acarició el hombro dolorido.
- Menos coña y suéltalo. ¿Qué es este tema que me dicen los críos tienes entre manos? ¿Y a qué viene toda esta película de la postal de la Cibeles? ¿Qué tipo de chantaje pretendes, ciempiés?
El Hombre de los Veintiún Dedos se quedó unos momentos callado. Mandaba huevos que el Abuela se hubiera venido a Madrid sólo para dar con él, pensó.
- Son cosas de política, Abuela.
- ¿Eres un espía o algo así? No me líes, porque te doy otro muletazo…
- No, Abuela. Lo que pasa es que estuve una vez en una operación que había montado un madero y que era más o menos secreta, y yo me quedé con información de lo que pasó… La operación España, igual te suena. Eran los años noventa.
- Yo estaba ya en el talego. ¿Qué pasó?
- Pasó que querían secuestrar a alguien y se les fue de las manos. Pero yo sé quien organizó todo, y tengo pruebas para joderle de lo lindo. Han transcurrido quince años desde la última vez que nos vimos, pero desde entonces el tipo no ha hecho más trepar, lamiendo los culos de unos y otros hasta tener la lengua pelada…
Aquello era lo único que 21 había conseguido salvar del naufragio. Ni en sus peores momentos se había desembarazado de los documentos del fallido comando del famoso Alfredo Giménez.
- ¿Qué pruebas?
21 se toqueteó la sien con el dedo índice. El Abuela miró unos coches que pasaban a lo lejos, detrás del descampado. Aparecieron unos gitanillos en bicicleta.
21 sacó la postal del bolsillo.
- Toma, si te gusta la Cibeles te la regalo. La estaba guardando para enviárselo a alguno que me cayera bien en la cárcel. Hazlo por mí.
- Menos guasa –dijo el Abuela, ojeando la postal -. El Nazi nos querrá matar – murmuró preocupado.
- El Nazi está enchironado en Valencia, y aquí en la capital no pinta nada.
- Sigues sin enterarte, Estudiante. El Nazi tiene contactos en cualquier ciudad de España, y más en la Villa y Corte tal y como está ahora, con la crisis. Y en cuanto se sepa dónde estamos… -El Abuela golpeó un ladrillo con la muleta. Lo rompió en varios pedazos -. He visto hombres mutilados por la gentuza del Nazi, y te puedo asegurar que habrían preferido mil veces estar muertos…
- Abuela, ya sé que eres un romántico, pero no vengas ahora con tontunas. En cuanto el tema que estoy preparando salga, tendremos hasta protección oficial para salir del país…
- ¿Adónde?
- A Brasil, Abuela. Nos vamos a Brasil.
El Hombre de los Veintiún Dedos sonrió. En su cabeza resonaban los acordes de La chica de Ipanema y la voz inimitable de Antonio Carlos Jobim.
- Allí hay posibilidades para gente como nosotros, y más en el momento actual. Todo el mundo se está largando, y nadamos con la corriente. En las Favelas de Río y Sao Paolo, Recife, Bahía… El Brasil emergente, Abuela. Un puto continente a nuestra disposición. Volveremos a conquistarlos, y hablarán todos castellano…
- No te rías de un viejo -el Abuela miraba la postal entristecido y la guardó con un suspiro -. En fin, tampoco pierdo nada. Sea lo que sea, hay que hacerlo rápido, antes de que el Nazi sepa donde estamos. Vuestro Metro está bien para escaquearse de los maderos, pero no del Nazi. Gente como el Moro o cualquiera de esos mocosos, o el propio Ciego, pueden vendernos.
21 se mesó las barbas y los dos atravesaron el descampado.
Llegaron a una calle con tráfico y le hicieron señas a un taxi que no paró.