El poeta del silencio
Una inspiración falsamente poética recomienda calificar a este personaje como “silente”: el poeta silente. Pero el epíteto podría sugerir que el individuo en cuestión es callado, y en los hechos ocurre todo lo contrario. El poeta del silencio se caracteriza por ser parlanchín.
Cuántas palabras, cuántas frases, cuántos párrafos, cuántas páginas dispendia en hablar de lo que, de acuerdo con sus propias certezas o convicciones, no se puede decir. La poesía verdadera (según proclama verbosamente en artículos y ensayos y presentaciones de libros, y según repite hasta el hartazgo en pláticas íntimas contigo) culmina en el silencio. Y tú te preguntas si entonces los poetas que se abstienen de callar son falsos. Y qué pasa con todo lo que escribieron los poetas verdaderos antes de que renunciaran a escribir.
Si escuchas con atención al menos común de los sentidos (que es, como sabía Descartes, el sentido común) oirás que el silencio, en sentido estricto, no existe. O se da sólo, hipotéticamente, en el vacío absoluto del espacio sideral, donde no hay moléculas susceptibles de chocar para transmitir las vibraciones de los cuerpos que se frotan unos a otros, ni mucho menos tímpanos para recibir esos imposibles mensajes sonoros.
El silencio es, por consiguiente, relativo. Una ausencia. Una falta de sonidos. Y si el poeta que habla tanto y con tal facundia de este fenómeno te dice que el silencio existe en la música, que es la condición sine qua non de la inefable verdad expresada en las notas, respóndele que ya John Cage demostró irrefutablemente, con su célebre composición titulada 4:35, que el silencio musical está poblado de toses y carraspeos y crujidos de incómodas maderas y una que otra risa desinformada.
Es probable que entonces el poeta del silencio se remita a Hölderlin en la versión de Heidegger. Como si la demencia fuera un acto voluntario y no una tragedia personal. Como si la inanidad fuera un acto poético y no el anonadamiento de la poesía.
Y ya en caso extremo intentará convencerte con el ejemplo de Paul Celan. Como si el suicidio fuera la forma última de la retórica. Como si la muerte, y más si es por propia mano, llevara al muerto a otra cosa que a morir.
Y no sirve de nada que aludas a otros escritores que callaron por razones menos metafísicas que la búsqueda del silencio absoluto. Verbigracia: Shakespeare y Rimbaud, que abandonaron la poesía para dedicarse a hacer dinero. O más cerca de nosotros: Gorostiza y Rulfo, que dejaron de escribir en verso o en prosa porque ya no tenían nada que decir.
Y tampoco lo conmueve que te refieras a Wittgenstein, quien estableció con autoridad que acerca de lo que no se puede hablar es mejor callar.
Digas lo que digas, Dolente el poeta no silente insiste: no hay en literatura arte mayor que la poesía y no hay poesía más alta que la que acaba por prescindir de las palabras. Y tú razonas, aunque prefieres guardar silencio, que si tu amigo piensa de veras lo que dice, debería predicar con el ejemplo.