AGRADECIMIENTOS

 

 

Mi gratitud para todas las personas que han contribuido a este proyecto y, por encima de todo, a los osage que me confiaron sus historias y me animaron a ahondar en ellas. A lo largo de varios años muchos osage han compartido conmigo sus opiniones y me han brindado también su amistad. Quiero dar las gracias de manera especial a Margie Burkhart, Kathryn Red Corn, Charles Red Corn, Raymond Red Corn, Joe Conner, Dolores Goodeagle, Dennis McAuliffe, Elise Paschen, Marvin Stepson, Mary Jo Webb y la difunta Jozi Tall Chief.

La odisea de mi investigación me llevó a conocer a otras personas generosas. La difunta Martha Vaughan y su primo Melville arrojaron luz sobre su abuelo W. W. Vaughan. Los parientes de Tom White —entre los cuales James M. White, Jean White, John Sheehan White y Tom White III— fueron valiosas fuentes de información. Lo mismo vale para la esposa de Tom White III, Styrous, que encontró y reveló fotografías de archivo. Alexandra Sands me contó detalles sobre su abuelo James Alexander Street, que fue uno de los agentes encubiertos. Frank Parker Sr. me envió fotos y documentos relativos a su padre, Eugene Parker, otro agente encubierto. Homer Fincannon y su hermano Bill compartieron gran cantidad de información acerca de su bisabuelo A. W. Comstock.

Estudiosos y expertos respondieron con paciencia a mis interminables preguntas. Garrick Bailey, antropólogo especializado en cultura osage, superó con creces el límite razonable del deber y leyó mi manuscrito entero antes de ser publicado. Nada de lo que escribí se le puede achacar, pero el libro es infinitamente mejor gracias a él.

Gracias al historiador del FBI John F. Fox por su valiosísima ayuda. También a Dee Cordry, exagente especial del Bureau en Oklahoma, que ha dedicado años a investigar y escribir sobre agentes de la ley. Garrett Hartness, Roger Hall Lloyd y Arthur Shoemaker compartieron conmigo parte de sus inmensos conocimientos sobre la historia del condado de Osage. David A. Ward, catedrático emérito de sociología en la Universidad de Minnesota, me facilitó una transcripción de su entrevista con uno de los presos que hicieron rehén a Tom White.

Louise Red Corn, redactora jefe del Bigheart Times y periodista infatigable, me buscó unas fotografías y junto con Raymond, su marido, fue la mejor anfitriona cada vez que visité el condado de Osage. Joe Conner y su esposa, Carol, me abrieron las puertas de su casa y la convirtieron en centro neurálgico para celebrar entrevistas. Guy Nixon me habló de sus antepasados osage y Archie L. Mason, miembro del Congreso de la Nación Osage, me envió una copia de una asombrosa foto panorámica de William Hale con los osage.

No hay mayor regalo para un autor que el Dorothy & Lewis B. Cullman Center for Scholars and Writers, en la Biblioteca Pública de Nueva York. La beca Cullman me brindó un tiempo precioso para investigar, así como la oportunidad de hurgar en los milagrosos archivos de la biblioteca. Todo el equipo del centro —Jean Strouse, Mary d’Origny y Paul Delaverdac, además de los colegas— contribuyó a que ese año fuera a la vez fructífero y divertido.

Gracias a la beca encontré también una fuente inesperada. Un día, Kevin Winkler, por entonces director de servicios informáticos de la biblioteca, me comunicó que él sabía cosas de los asesinatos de osage. Resultó que era nieto de Horace Burkhart, el hermano de Ernest y Bryan Burkhart, considerado en su momento el hermano bueno por no haber tenido que ver en ninguno de los crímenes. Winkler me ayudó a contactar con su madre, Jean Crouch, y dos de sus tías, Martha Key y Rubyane Surritte. Ellas habían conocido a Ernest, y Key, que por desgracia murió después, conoció también a Mollie. Las tres mujeres hablaron con toda franqueza sobre la historia familiar y compartieron conmigo un vídeo grabado poco tiempo antes de morir Ernest, en el que este hablaba de Mollie y de su propio pasado.

Varias instituciones han sido fundamentales para este proyecto y estoy en deuda con ellas y con la gente que allí trabaja. En concreto, quiero dar las gracias a David S. Ferriero, el archivista, así como a Greg Bognich, Jake Ersland, Christina Jones, Amy Reytar, Rodney Ross, Barbara Rust y otros en los Archivos Nacionales; a todo el personal del Museo de la Nación Osage, incluidos Lou Brock, Paula Farid y la exdirectora Kathryn Red Corn; a Debbie Neece del Museo de Historia de Bartlesville Area; a Mallory Covington, Jennifer Day, Rachel Mosman y Debra Osborne Spindle de la Historical Society de Oklahoma; a Sara Keckkeisen de la Historical Society de Kansas; a Rebecca Kohl de la Historical Society de Montana; a Jennifer Chavez de la Biblioteca de la Universidad Estatal de Nuevo México; a Joyce Lyons, Shirley Roberts y Mary K. Warren del Historical Society Museum del condado de Osage; a Carol Taylor de la Historical Commission del condado de Hunt; a Carol Guilliams de los Archivos del Estado de Oklahoma; a Amanda Crowley del Texas Ranger Hall of Fame; a Kera Newby del National Cowboy and Western Heritage Museum, y a Kristina Southwell y Jacquelyn D. Reese de las Western History Collections en la Universidad de Oklahoma.

Algunas personas de mucho talento para la investigación me ayudaron a localizar documentos en rincones remotos del país: Rachel Craig, Ralph Elder, Jessica Loudis y Amanda Waldroupe. Gracias infinitas a Susan Lee, periodista extraordinariamente dotada que resultó indispensable para el proyecto, ya fuera sacando documentos de lugares impensables, ya dedicando horas a verificar hechos.

Aaron Tomlison hizo exquisitas fotografías del condado de Osage y fue un maravilloso compañero de viaje. Warren Cohen, Elon Green y David Greenberg son grandes periodistas y excelentes amigos que aportaron su apoyo y sabias opiniones a lo largo de todo el proceso. Y mi amigo Stephen Metcalf, un escritor de lo más inteligente, que nunca se cansó de ayudarme a repensar facetas del libro.

En The New Yorker tengo la gran suerte de beneficiarme de los consejos de gente más lista que yo, como Henry Finder, Dorothy Wickenden, Leo Carey, Virginia Cannon, Ann Goldstein y Mary Norris. Eric Lach nunca se cansó de verificar datos y aportó buenas sugerencias a la hora de revisar el texto. A Burkhard Bilger, Tad Friend, Raffi Katchadourian, Larissa MacFarquhar, Nick Paumgarten y Elizabeth Pearson-Griffiths les pedí más de la cuenta. Leyeron partes del manuscrito, o a veces el texto entero, y me ayudaron a verlo todo más claro. Con Daniel Zalewski he aprendido más que con ninguna otra persona a escribir mejor, y el manuscrito se benefició de sus polvos mágicos. Finalmente, David Remnick ha sido genial desde el día en que llegué al New Yorker, permitiéndome desarrollar mis pasiones y mi oficio de escritor.

Llamar a Kathy Robbins y David Halpern, de Robbins Office, y a Matthew Snyder, de CAA, los mejores agentes sería injusto; son mucho más que eso: aliados, confidentes y amigos.

Como autor, he encontrado el mejor de los hogares en Doubleday. Este libro no habría sido posible sin mi brillante editor, Bill Thomas. No solo es el primero que me animó a llevar adelante este proyecto, sino que fue mi guía en los momentos altos y en los bajos y ha editado y publicado este libro con sabiduría y elegancia. Tampoco habría sido posible este libro sin el apoyo inquebrantable de Sonny Mehta, presidente del Knopf Doubleday Publishing Group. Otro tanto puede decirse del extraordinario equipo de la editorial: Todd Doughty, Suzanne Herz, John Fontana, Maria Carella, Lorraine Hyland, Maria Massey, Rose Courteau y Margo Shickmanter.

Mi familia ha sido la mayor de las bendiciones. John y Nina Darnton, mis cuñados, leyeron el manuscrito nada menos que dos veces y me dieron coraje para continuar. Mi hermana Alison y mi hermano Edward han sido el perfecto contrapeso. Y otro tanto mi madre, Phyllis, que aportó al manuscrito esa clase de toque ideal del que solo ella es capaz, y lo mismo mi padre, Victor, que me ha apoyado en todo momento; ojalá se encontrara lo bastante bien para poder leer el libro, ahora que ya está terminado.

Por último, mencionar a esas personas para quienes mi gratitud va más allá de lo que puede expresarse con palabras: mis hijos, Zachary y Ella, que han llenado la casa con la locura de las mascotas y la belleza de la música y la alegría de vivir; y Kyra, mi esposa, que ha sido mi mejor lectora, mi mejor amiga y mi amor eterno.