6

LOS ENGRANAJES DE LA JUSTICIA BRITÁNICA

A mediados del verano de 1963, un eminente jurista de Alemania occidental, que estaba a mi cuidado en Londres como invitado oficial del gobierno de Su Majestad, expresó su deseo de ver los engranajes de la justicia británica en acción, y lo hizo en presencia nada menos que del lord canciller de Inglaterra en persona, que se llamaba lord Dilhorne, pero se apellidaba Manningham-Buller, un nombre que sus colegas abogados preferían trastocar jocosamente y convertirlo en Bullying Manner («Maneras de abusón»).

El lord canciller es el miembro del gabinete responsable del buen funcionamiento de los tribunales de justicia del país. Cuando se emplea la influencia política para alterar el rumbo de un proceso judicial determinado —Dios no lo permita—, entonces el lord canciller es con toda probabilidad quien está detrás. El tema de nuestra reunión, en la que Dilhorne no había demostrado ni pizca de interés, era el reclutamiento y la formación de jóvenes jueces para la justicia alemana. Para nuestro eminente invitado alemán, se trataba de un asunto crucial que afectaba al futuro de la profesión judicial en Alemania después del nazismo. Para lord Dilhorne, era una pérdida innecesaria de su valioso tiempo, como se permitió insinuar.

Pero mientras nos levantábamos para despedirnos, tuvo al menos la amabilidad de preguntarle a nuestro invitado, aunque de manera superficial y casi indiferente, si había algo que pudiera hacer para que su estancia en Gran Bretaña fuera más agradable, a lo que el otro respondió —con batalladora firmeza, me complace decir— que sí, que de hecho había algo. Estaba interesado en asistir al juicio penal contra Stephen Ward, acusado de beneficiarse de las inmorales ganancias de Christine Keeler, cuya participación en el escándalo Profumo ya describí en un capítulo anterior. Dilhorne, que había desempeñado un papel destacado en el montaje del vergonzoso caso contra Ward, se puso rojo como un tomate y, a continuación, entre dientes respondió:

—Por supuesto.

Fue así como, un par de días después, mi invitado alemán y yo nos encontramos sentados codo a codo en la sala número uno del Old Bailey, justo detrás del acusado Stephen Ward. Su abogado estaba pronunciando una especie de declaración final en su defensa mientras el juez, cuya hostilidad hacia Ward solamente era comparable a la del fiscal, intentaba ponérselo tan difícil como podía. Tengo la idea —aunque ya no puedo asegurarlo— de que Mandy Rice-Davies estaba sentada en algún lugar de las gradas, entre el público, pero se hablaba tanto de ella en aquella época que es posible que la colocara allí mi imaginación. Para los que son demasiado jóvenes para haber disfrutado de sus refrescantes contribuciones al juicio, Mandy era una modelo, bailarina y corista que compartía departamento con Christine Keeler.

Lo que sí recuerdo con certeza es la cara de agotamiento de Ward cuando se volvió para saludarnos, consciente de que éramos importantes por alguna razón: el tenso perfil aguileño, la piel estirada, la sonrisa rígida, los ojos saltones y enrojecidos, con ojeras de cansancio, y la áspera voz de fumador, que se esforzaba por parecer despreocupada.

—¿Qué tal voy? ¿Qué opinan ustedes? —nos preguntó de repente a los dos a la vez.

Por lo general, uno no espera que los actores en escena se vuelvan y se pongan a charlar informalmente con el público en medio de un drama. Respondiendo por los dos, le aseguré que le estaba yendo bien, aunque no lo pensaba. Un par de días después, sin esperar el veredicto, Ward se suicidó. Lord Dilhorne y los que conspiraron con él se cobraron así su víctima.