A través de la ventana de la oficina del director podían verse los rostros preocupados de la maestra Ruth y del profesor Daniel, pero nadie, además de quienes estaban dentro, era capaz de escuchar lo que se discutía tras el cristal.
—¿Y cómo dice usted que se llama el chico? — preguntó la maestra al director.
—Me parece que el nombre es lo menos importante en este asunto, señor director —interrumpió el profesor Daniel—. No podemos ignorar que el chico está ciego y que ni la maestra Ruth ni yo estamos preparados para cuidarlo.
—Su nombre es David y, por lo que me aseguran, es un chico muy capaz. Sabe cuidarse solo y será una buena influencia para los otros estudiantes... ¡Miren!
El director les mostró un par de hojas impresas en donde se veían las calificaciones de David. Eran las notas más altas de su grupo.
—¡Este chico es un genio! —exclamó la maestra Ruth.
—Pero un genio que no puede ver, señor director —insistió el profesor Daniel— ¿No cree usted que eso retrasaría, al menos un poquito, el desempeño general del grupo?
El director les explicó que David sólo estaría acompañándolos por una semana y que había sido el propio chico quien pidió a su padre que buscara la forma para que le permitieran visitar aquella escuela. David quería hacer nuevos amigos, aprender cosas distintas...
—Por mí no hay problema con que David se integre con mis alumnos —dijo la maestra Ruth.
—Esta semana tenemos en mi grupo la visita al circo —explicó el profesor Daniel— ¡Recuerde que hicimos planes desde hace un mes!
El director entrelazó las manos y levantó los ojos al cielo, como si estuviera persiguiendo algún insecto invisible.
—Ummm... A decir verdad había olvidado lo del circo —dijo mirándolos de nuevo—. Pero si lo que David quiere es hacer amistad con alumnos de esta escuela, ¿qué mejor forma que conviviendo dentro y fuera del salón de clases? Sí, definitivamente sí: David se quedará con su grupo, profesor Daniel.
El profesor intentó convencer al director para que pensara mejor las cosas.
La maestra Ruth insistió en que David podía integrarse con su grupo, pero el director ya había tomado la decisión. El hombre hizo saber a los maestros que podían retirarse, los acompañó hasta la puerta y antes de cerrarla dijo al profesor Daniel:
—Mañana, luego de que sus alumnos entren al salón de clases, usted saldrá para esperar la llegada de David. Me avisaron que el chico quiso tomar el autobús sin que nadie más lo acompañara. ¡El pequeño es muy valiente!, ¿no lo cree?
El profesor no supo qué responder. Se alejó de allí con la cabeza inclinada. ¿Por qué tenían qué pasarle estas cosas? Él jamás había cuidado de un chico ciego y no se sentía capaz de hacerlo. ¿Y si tenía que cancelar la visita al circo por culpa de ese tal David?
El profesor Daniel no podía creer lo que vieron sus ojos cuando el autobús se detuvo frente a la escuela. Primero asomó por la puerta una cosa diminuta, una bola de pelos con patas. Era el perro más pequeño y peludo que había conocido.
Luego, sosteniendo lo que parecía una correa doble, apareció David. El chico tenía el pelo tan anaranjado como una zanahoria. Sonreía haciendo bailar las pecas en sus mejillas.
El perrito avanzó despacio por la acera, guiando a David.
“¿Cómo es posible que esa bola de pelos pueda ser un perro guía?”, se preguntó el profesor.
Había oído alguna vez que las mejores mascotas para ayudar a las personas ciegas son perritas de las razas Labrador o Golden Retriever ya que estas son inteligentes sin resultar nerviosas ni agresivas.
Le habían contado también acerca de otros animales extraordinarios, como un caballito poney que hacía muy bien el trabajo de guía, pero jamás habría esperado que aquella miniatura que ahora ayudaba a David a moverse entre tantos obstáculos como los arbustos, las gradas y los árboles fuera tan capaz como lo estaba demostrando.
¿Cómo era posible? ¿Qué tipo de radar habían instalado en el arnés de la perrita para que el chico pudiera seguirla sin tropezar?
En el patio había jardineras con flores, varias lámparas de alumbrado, grietas en el piso y aún así David cruzó tan rápido que el profesor Daniel apenas tuvo tiempo de tomar aire para decir “buenos días” cuando ya lo tuvo frente a él.
David respondió al saludo y preguntó por el grupo de cuarto.
El profesor Daniel no sabía si pedirle que lo siguiera o tendría que alzarlo en brazos para ayudarle a cruzar la escalinata que había más adelante. Entonces oyó una voz a sus espaldas.
—¿Y ese perro? ¡Creí que en esta escuela estaban prohibidos los animales!
—¡Nora!, ¿qué haces aquí? —dijo el profesor, dando un salto por la sorpresa—. ¡Te dejé al pendiente de tus compañeros!
—Sólo vine para avisarle que ya completamos la lección, profesor.
—Podrías haber salido sólo tú pero ¡mira!, trajiste a tus compañeros contigo.
Nora volvió la vista y encontró los rostros de Abel, a quien todos conocían como Gordo y de Óscar, un chico alto y delgado. Ellos eran sus mejores amigos.
—¡Un perro! —gritó Gordo, acercándose para acariciar al animalito.
—Es perrita y se llama Pelusa —respondió David.
—¡Pelusa! ¡Qué nombre tan chistoso! —dijo Óscar.
Entonces miró con cuidado a David. Sus ojos tenían algo distinto.
—David no puede ver —les explicó el profesor.
—¿Y esa bolita de pelos es su perro guía? — preguntó Gordo.
—¡Ya basta de pláticas! —cortó el profesor, tomando a David con un brazo y el arnés de Pelusa con el otro—. ¡Vamos, vamos! Todos de vuelta a los deberes.
En el salón de clases, el resto de los chicos se preguntaba por qué el profesor Daniel tardaba tanto en volver. Habían visto salir a Óscar y a Gordo tras de Nora, pero nadie más se había atrevido a seguirlos. Entonces oyeron los ladridos agudos de Pelusa.
“¡Un perro!”, murmuraron casi a coro algunos, como si no pudieran creerlo. Varios alumnos se acercaron a la puerta.
—Todos a sus lugares... ¡a sus lugares! —exclamó el profesor, arrastrando casi a David y a Pelusa para que siguieran la rapidez de sus pasos—. Y tú, Óscar, cederás tu pupitre a David. Puedes acomodarte en alguno de los sitios vacíos allá atrás.
Óscar torció la boca, tomó su mochila y caminó hacia los últimos pupitres mientras veía cómo el profesor acomodaba al chico nuevo entre sus amigos, Nora y Abel.
—Dime, David —preguntó el profesor—. ¿Es necesario que la perrita se quede contigo todo el tiempo o puedo llevarla mejor afuera?
David le explicó que, mientras hubiera una sombra y un tazón con agua cerca, Pelusa estaría bien.
El profesor dijo a los chicos que saldría por un instante y aseguró que pondría malas notas a quienes se atrevieran a seguirlo o hicieran algún desorden en su ausencia.
En cuanto salió el profesor, Nora explicó a David que no tenía caso que tomara clases en esa escuela, porque ya faltaba poco para los exámenes y no lograría aprobarlos.
Otros alumnos se acercaron a él y hubo quien movió la mano frente a sus ojos para luego decir: “¡Nos han traído a un chico ciego!”
—¡Su nombre es David! —dijo el profesor Daniel, entrando otra vez al salón de clases.
Los curiosos volvieron a sus pupitres.
—David estará en esta escuela sólo durante algunos días, así que hagamos lo posible para que se vaya con un buen recuerdo de nosotros. ¿Queda claro?
El director había dicho “una semana”, pero el profesor Daniel tenía la esperanza de que David terminaría por aburrirse antes y él quedaría libre al fin de la gran responsabilidad que significaba cuidar a cada instante de aquel chico ciego.
El resto de la mañana sirvió para que todos se dieran cuenta de que el nuevo compañero de clases era en realidad muy inteligente.
David conocía todas las respuestas y esto irritó mucho a Nora, sobre todo porque el chico pelirrojo no podía ver cuando ella alzaba la mano antes y, para colmo, el profesor también parecía ignorarla.
En el recreo, varios de los alumnos se acercaron para acariciar a Pelusa. La perrita era tan amigable y juguetona que pronto se ganó el cariño de todos.
En un sólo una mañana, David se había convertido en el chico más popular de la escuela. Las historias acerca de su familia y las mascotas que cuidaban divertían a todo el que se acercaba para escucharle. Sólo Nora y Óscar estaban tan molestos con David que no permitieron que Gordo se acercara a él “ni por curiosidad”.
Cuando volvieron del recreo, el profesor Daniel tocó por fin el tema que todos estaban esperando: la visita al circo. Faltaban muchas cosas por organizar. Por ejemplo, no se habían puesto de acuerdo en si irían el jueves o el viernes. Además, había que comprar las entradas con tiempo para evitar la fila en taquilla y tenían que asegurar los permisos de los padres. Cada quién opinaba, sugería y al poco tiempo los alumnos ya se habían olvidado de que un chico nuevo ocupaba el pupitre de Óscar, hasta que David habló también:
—Me parece que sería mejor si fuéramos el viernes, así no tendríamos la preocupación de terminar con las tareas del día siguiente.
Al oír esto, callaron todos. Habían dado por hecho que David no los iba a acompañar.
—¿Qué caso tiene que él vaya, si no puede ver? — murmuró alguien al fondo.
El profesor Daniel quiso aclarar la situación, tratando de que David no se sintiera ofendido. Le advirtió que los circos pueden ser lugares peligrosos:
—Entre tanto público, suelen extraviarse las personas. Además, Pelusa es muy pequeña. Imagina, ¿qué pasaría si alguien la pisara por accidente?
—No se angustie por eso, profesor —dijo David—. Pelusa y yo hemos ido a otros circos antes. De hecho, durante cada día de esta semana disfrutamos de atracciones tan especiales como las que se presentan en los mejores espectáculos.
—¡Además de presumido, mentiroso! —dijo Nora.
—El circo llega hasta el miércoles —explicó Gordo—. ¿Cómo es que tú aseguras haber estado en un espectáculo cada día de esta semana?
—¡Ya es suficiente! —exclamó el profesor Daniel—. Esta discusión no nos lleva a ninguna parte. Dime, David: ¿en verdad quieres ir al circo? Te lo pregunto porque sé que podría resultarte aburrido. Mientras los demás chicos ven cómo saltan los trapecistas de un lado a otro, tú sólo escucharás los gritos y los aplausos del público. Y mientras ellos observan al mago para tratar de descubrirle algún truco, ¿tú qué harás?
—¡No soy un mentiroso! —reclamó David a Nora, ignorando la pregunta del profesor—. Además, el espectáculo que me toca presenciar a diario es tan barato que sólo cuesta una moneda.
—¡Mentiroso! insistió Nora.
—Si es verdad lo que dices, ¿por qué no nos invitas a conocerlo? —pidió el profesor, pensando que con esto acabaría la discusión y de paso tendría un pretexto para no llevar a David con ellos. Un jovencito que dice mentiras, no merece ir al circo.
—Puedo llevarlos mañana, si eso es lo que necesitan para creerme, pero con una condición.
—¡Hagamos un desafío! —interrumpió Óscar desde el fondo del salón—. Si lo que dices es verdad, podrás acompañarnos al circo, por supuesto, pero además Nora, Gordo y yo pagaremos las entradas para toda tu familia, incluyendo las aguas de sabor, algodones de azúcar, helados, chocolates y rosetas de maíz.
—¿Y qué si miente? —preguntó Nora.
—¿Si miente? —Óscar sonrió con malicia—. Si David miente, deberá prometer que jamás pondrá un pie de nuevo en esta escuela ni en ninguna otra que sea para chicos normales.
—¡Un momento! —dijo el profesor Daniel, preocupado por que las cosas estaban yendo demasiado lejos—: David no tiene la obligación de aceptar ningún desafío.
—El pelirrojo acaba de decirnos que sólo tenía una condición— insistió Nora.
—¿Y cuál es tu condición, chico listo? —demandó Óscar.
—La condición es que ustedes tienen que presenciar el espectáculo de la misma forma en que yo lo hago: sin usar los ojos.
Nora y Gordo se miraron sin saber qué hacer. Óscar soltó una risita, se rascó la cabeza y tras pensarlo unos segundos dijo:
—Chico listo… ¡aceptamos el reto!
Gordo se encogió de hombros y ofreció la mano a David para cerrar el pacto, pero David no pudo saberlo, así que Gordo volvió a recogerla, un poco apenado.
A Nora aquello le pareció una buena oportunidad para burlarse de David, así que también extendió la mano y la agitó al aire mientras decía que, en su nombre y en el de Óscar, declaraba aceptado el desafío.
El profesor meneó la cabeza y tras un suspiro dijo:
—Supongo que tendré que acompañarlos mañana. Alguien tiene que cuidarlos ¿no? ¡Vaya chicos!
El sonido de una campana invadió los pasillos, indicando la hora de salida. Los chicos se apresuraron a guardar sus útiles.
El profesor Daniel les dijo que al día siguiente deberían traer un ensayo acerca de sus familias, pero apenas lo escucharon. El salón de clases quedó vacío en pocos segundos.
David buscó a tientas su mochila, se la cargó al hombro y se dispuso a salir.
—Te ayudo —dijo el profesor, tomándolo por el brazo para guiarlo hasta el sitio en donde había dejado a Pelusa.
David tomó el arnés para sujetar a la perrita, se despidió del profesor y avanzó hacia la calle sin ningún tropiezo. Era en verdad un chico listo e independiente.
“Sólo espero que salga bien librado de este desafío”, pensó el profesor, mientras veía cómo David abordaba el autobús que lo llevaría de vuelta a casa.
Esa noche el profesor Daniel no podía dormir y cuando por fin lo hizo tuvo una extraña pesadilla:
Estaba en un lugar oscuro. No podía ver sus propios dedos por más que agitaba las manos frente a él. Dio un paso y sus pies tropezaron con lo que parecía ser un escalón. Al caer se dio cuenta de que no estaba equivocado. Sintió los bordes de los angostos desniveles calándole en las palmas de las manos y en las rodillas. Buscó a tientas la pared más cercana y se sorprendió al sentir un pelaje tibio y espeso. ¿Había alguna bestia gigante a su lado en la escalera?
Se puso de pie despacio, respiró profundo y se armó de valor para tocar de nuevo aquella superficie peluda. Sí, estaba cubierta de pelos pero no se movía. Al parecer, alguien había tapizado el muro con pieles de oso. ¿Y en dónde estaba el interruptor para encender las luces?
El profesor continuó palpando aquella pared extraña con las manos. ¡Nada! No había señales del interruptor. Subió despacio un par de escalones y tocó ahora el muro que había del otro lado. Se dio cuenta de que éste no estaba cubierto por pieles de oso, sino por una superficie tan arrugada como la piel de un elefante o de un rinoceronte.
“¿Y si les hago cosquillas?”, pensó el profesor Daniel mientras estiraba los brazos para alcanzar los dos muros al mismo tiempo y empezó a mover los dedos de sus manos tan rápido que parecían un par de colibríes.
Entonces ¡las pieles se movieron y la escalera también! El movimiento fue tan repentino que el profesor Daniel perdió el equilibrio y cayó un vez más de rodillas sobre un escalón. Era como si tuviera un oso gigantesco a la izquierda y un enorme rinoceronte a la derecha y las dos bestias caminaran ahora con la escalera atada a sus cuerpos.
El profesor se agarró con todas sus fuerzas de donde pudo. No podía oír pasos, tampoco gruñidos ni resoplidos. No podía oír nada. Tampoco podía ver ni oler. Sólo sentía.
La escalera se balanceó con fuerza hacia arriba, hacia abajo, hacia un lado y hacia el otro imitando el movimiento de un carrito en la montaña rusa. El profesor Daniel apretó las rodillas y buscó con las manos algo de lo que pudiera aferrarse mejor. Entonces palpó un rectángulo pequeño.
—¡El interruptor! —dijo y resbaló. Mientras caía extendió el brazo para encender las luces.
Las luces se encendieron.
Despertó.
Estaba sentado en el piso, a un lado de su cama. Todavía tocaba con la mano izquierda el interruptor que estaba a un lado de la lamparita de noche. El reloj marcaba las tres de la madrugada con sus números grandes y brillantes.
Subió de nuevo a su cama. Se cobijó. Movió la almohada un poquito hacia la derecha para acomodarse mejor, apagó las luces y volvió a quedarse dormido.
Tuvo otro sueño:
Zuass, suass, zuasss...
El profesor oyó un aleteo y se preguntó qué tipo de pájaro había pasado tan cerca. Todo su alrededor estaba oscuro. No distinguía figuras, pero los sonidos eran tan claros que casi podía verlos.
—¡Quiero despertar! —gritó.
Una bandada de aves hizo resonar sus alas entre las sombras. Graznaban como cuervos.
¡Crooo! ¡Crooo!
El profesor caminó despacio y oyó sus propias pisadas chapaleando entre lo que debía de ser lodo, pero no sintió la humedad, tampoco el frío. No percibía lo blando de la tierra. Ni siquiera pudo sentir el tacto de sus manos tocándose una con la otra. Sólo podía oír y en sus oídos tenía que confiar para salir de aquella pesadilla.
Siguió avanzando. A veces chocaba contra algún muro que no podía ver ni sentir. Sólo escuchaba el golpe de su cuerpo al estrellarse:
¡pam!
y luego la caída en el lodo:
¡splat!
Lo bueno era que, como no podía sentir, ninguno de los golpes que se daba le dolían.
Siguió caminando y aprendió a evitar más choques poniendo atención a los sonidos.
Cuando sus pies avanzaban por el lodo, se oía así:
plash, plash, plash.
Y cuando estaban por llegar a un muro, el agua formaba un charco más grande, haciendo que sus pies, al hundirse, hicieran:
pluc, pluc.
¿Cuánto tiempo tardaría en salir de aquel oscuro laberinto?
—¡Esto es lo que te ganas por permitir que un chico ciego se integre a tu grupo! —dijo una voz ronca, parecida al graznido de un cuervo.
—¿Quién habló? —preguntó el profesor Daniel, estirando los brazos, pero de nada le sirvió porque no podía sentir lo que tocaba—. ¿Quién está allí?
—Jamás podrás salir de este laberinto —dijo la voz entre risas y graznidos—. ¡Tendrías que volar, igual que nosotros!
—¡Necesito volar! —dijo el profesor, agitando los brazos como si fueran alas— ¡Tengo que salir de aquí!
El profesor brincó y brincó cada vez más alto sin dejar de agitar los brazos.
Poing, poing, poing,
hacían sus pies al impulsarse.
—¡Saltaré tan alto que podré volar! —dijo.
Saltó y cayó. Saltó más alto y volvió a caer. Saltó mucho más alto y...
¡Pácatelas!
El profesor Daniel abrió los ojos. Estaba otra vez despierto, tirado sobre la alfombra de su habitación.
Al instante supo tres cosas: la primera, que se puede tener más de una pesadilla en una misma noche. La segunda, que había estado saltando en su cama y había caído al suelo como costal. La tercera, que su sentido del tacto estaba en perfectas condiciones. ¿De qué otra forma podría explicarse que el cuerpo le doliera tanto por causa de la caída?
El reloj marcaba las cuatro de la madrugada mientras el profesor se sobaba los hombros y la cabeza.
La tercera pesadilla no duró mucho. El profesor estaba en otro laberinto, pero esta vez el único sentido que le funcionaba era el gusto. Tuvo que probar con la lengua cada una de las paredes hasta encontrar el sabor que, según él, lo llevaría fuera de allí. Luego despertó sintiendo la lengua tan reseca que corrió a la cocina para beberse un vaso grande con agua fresca.
Después de eso ya no quiso volver a dormir. Se quitó el pijama y se vistió para la escuela. Tomó un peine para arreglarse el cabello, cepilló sus dientes y se puso los zapatos al revés.
Pensó en prepararse el desayuno, pero quiso esperar un poco y se sentó en el sillón. Eran las cinco y media de la madrugada cuando, aún con los ojos abiertos, volvió a quedarse dormido.
El último laberinto que soñó el profesor no duró más de algunos segundos. Este laberinto estaba hecho sólo por aromas: olores tan espesos que formaban callejones y un horizonte con olor a pinos. Entonces sonó la alarma del reloj despertador.
Al día siguiente el profesor Daniel llegó luciendo grandes ojeras. Las preocupaciones por David y el desafío al que se había comprometido fueron sin duda la causa de sus pesadillas.
“¿Ahora cómo podré solucionar este enredo?”, pensó mientras se acomodaba tras el escritorio. “Tal vez si me hago el distraído y no toco el tema…”
El profesor sabía que el director se molestaría con él cuando supiera que no había hecho nada para detener el desafío. Imaginó también a la maestra Ruth decepcionada reclamándole por que ella sí habría sido capaz de proteger al jovencito. Pero, ¿y qué si David decía la verdad, si realmente había un espectáculo maravilloso que podían presenciar por tan sólo una moneda?
El profesor no sabía qué pensar. Un día antes había buscado pretextos para deshacerse de David y ahora sólo quería que el chico ganara el desafío, aunque fuera gracias a un milagro.
Nora, Óscar y Gordo se veían animados. No es que les importara en realidad si David se iba o se quedaba. Era sólo que no estaban acostumbrados a perder.
David estaba tranquilo. Además de su mochila, podía verse otra bolsa en su pupitre.
—¿Qué llevas allí? —preguntó Nora en voz baja. David no quiso responder.
—¿Hicieron todos la tarea? —preguntó el profesor—. ¿Quién quiere ser el primero en leer su ensayo?
Nora, además de alzar la mano, esta vez se puso de pie con el cuaderno abierto. Jamás volvería a permitir que alguien más le robara su turno, pudiera verla o no.
El profesor no tuvo más remedio que cederle la palabra.
“En casa vivimos sólo tres personas: papá, mamá y por supuesto, yo”, comenzó a leer Nora. Luego dedicó tres o más páginas de su libreta para explicar con detalle los premios escolares que había obtenido desde pequeña. “Tenemos un lugar especial que llamamos El rincón de los trofeos. Es un muro frente a la sala en donde vamos colocando todos los diplomas, medallas y reconocimientos que... Bueno, papá y mamá ya no han conseguido últimamente, pero yo sí. ¿Qué más puedo contarles acerca de mi familia? Sólo me queda decir que somos pocos, pero eficientes”.
Antes de que Nora terminara con su presentación, Gordo ya alzaba la mano, así que fue el siguiente.
“Mi familia está formada por cuatro personas: padre, madre, un hermano bastante mayor que yo y el siguiente, o sea, yo”. Luego se quedó mirando al cuaderno como si no entendiera lo que había escrito con su propia letra. Tomó aire y siguió hablando, pero ya sin leer:
—Mi padre es alérgico a casi cualquier cosa y pasa más tiempo en el hospital que en mi propia casa. Mi hermano es un aburrido al que siempre le duele la cabeza y parece más viejo que mi padre.
En cuanto a mi madre... Bueno... Ella se divide el tiempo entre atender a uno y a otro. Al igual que en casa de Nora, también somos pocos, pero no tan eficientes.
Hubo algunas risas.
—David, es tu turno —indicó el profesor.
Todos en el salón de clases estaban atentos. ¿Qué podría contarles aquel chico que consideraban tan distinto?
David se puso de pie, tomó un par de hojas que parecían estar en blanco y las colocó sobre el pupitre. Luego puso las manos encima de la primera hoja y fue recorriéndola suavemente con las yemas de los dedos, como si estuviera acariciando un párrafo de frases invisibles.
Gordo pensó que se trataba de una broma, pero pronto se dio cuenta de que en aquella página había muchos puntitos en relieve.
“¿Qué es esto? ¿Una especie de código secreto?”, se preguntó.
Otros niños también lo notaron y la expectativa creció aún más, no sólo por lo que David estaba a punto de decir, sino también por la posibilidad asombrosa de leer con las manos, de que cada aspereza en una piedra, cada pliegue en la tela de una camisa, cada granito y cada arruga en los rostros podrían esconder mensajes que sólo un chico tan especial como él sería capaz de descifrar.
—¡Empieza ya, pelirrojo, que me agotas la paciencia! —demandó Nora.
David abrió la boca para hablar, pero justo en ese momento sonó la campanilla que indicaba la hora del recreo.
“Mi familia es tan grande que, para mudarnos cerca de aquí, tuvimos que rentar un autobús de pasajeros y dos camiones de carga”, comenzó David hablando frente al grupo cuando volvieron del recreo.
Luego describió los trabajos que pasaron para mover la gran pecera del tío Joel, quien se negaba a vaciar el líquido y llevar los peces en bolsas. Habló también del escándalo que armaron el loro Victoriano y el ratón Monito, que saltaban jugueteando durante todo el camino mientras la tía Carmen trataba de apaciguarlos. Explicó que la tía Greta preparó el desayuno durante el viaje, exigiendo que todos participaran picando fruta, exprimiendo naranjas o untando mayonesa en los panes de los emparedados.
También contó que tuvo que cubrirse la nariz para evitar el olor insoportable que salía de las maletas en donde habían puesto la ropa que el tío Gustavo no había lavado en meses (especialmente los calcetines). Describió lo apretujados que iban todos entre tantas personas, animales y cosas.
Para finalizar su participación, David remarcó:
—Y ya que hoy ganaré un desafío, supongo que no será ningún problema para los perdedores el pagar las entradas, aguas de sabor, algodones de azúcar, helados, chocolates y rosetas de maíz para las cincuenta y nueve personas que forman mi familia.
Nora no podía creerlo.
—¿Hablas en serio? —dijo un poco nerviosa.
—Sé que tu familia es pequeña, pero eficiente, pero debes saber que la mía es grande, pero muy, muy grande —remató David sin poder evitar una sonrisa.
—Es una broma, ¿verdad? —murmuró Gordo.
—No, no lo es. En casa estaban emocionados cuando les dije que ustedes tres pagarían lo que toooda la familia consumiera.
Óscar quiso decirle que no festejara antes de tiempo, pero el nerviosismo le estaba secando la garganta y sólo pudo salir de su boca un sonido reseco, parecido a un “ya veremos”.
Después de David, hubo otros chicos que leyeron sus composiciones. Entre ellos Óscar, quien contó que su papá estaba a punto de ser nombrado para un cargo público importante y que, bajo las circunstancias, le había prohibido que hiciera cualquier comentario acerca de él o de la familia. “Pero, al igual que en cualquier casa decente, somos pocos”, concluyó.
El profesor miró al reloj. Faltaban un par de minutos antes de que las clases del día llegaran a su fin, así que anotó la tarea en el pizarrón, repitiendo en voz alta lo que su mano escribía para que David pudiera enterarse.
¡Riiing!
Sonó la campanilla para anunciar el fin de actividades, pero esta vez los chicos no dejaron sus pupitres tan rápido como en otros días. Algunos se pusieron de pie y guardaron sus libretas despacio antes de acercarse a la puerta. Otros muchos permanecieron sentados. Todos los ojos estaban puestos en el chico nuevo y en la bolsa que estaba a punto de abrir. ¿Qué había dentro? ¿Acaso estaba allí la clave para que David pudiera ganar el desafío?
—¿A dónde piensas llevarnos, David? —preguntó el profesor Daniel mientras se ponía la chaqueta.
—¡Anda, que ya estamos listos para ver tu gran espectáculo! —dijo Óscar, tomando su mochila.
—Todavía no están listos —respondió David y, metiendo la mano en la bolsa, sacó varias tiras de tela negra—. Recuerden la condición que aceptaron! Profesor, ¿puede cubrirles bien los ojos con estas tiras, por favor?
El profesor se encogió de hombros y, sonriendo, enredó una de las tiras en los ojos de Nora. Luego de asegurarse de que ella no podía ver, siguió con Gordo y después hizo lo mismo con Óscar.
—¡Listo! Ya todos tienen los ojos cubiertos. Ahora voy a traer a tu perrita.
—¡Espere, profesor! —dijo David, extendiendo frente a él el último trozo de tela—. También usted deberá cubrirse los ojos.
—Primero traigo a tu Pelusa. No esperarás que vaya por ella a ciegas ¿o sí?
—No se preocupe, profesor, que yo puedo guiarlos hasta allá sin ningún problema.
El profesor no tuvo más remedio que cubrirse los ojos. ¿Cómo exigir a otros que cumplan con su parte si él no era capaz de poner el ejemplo?
—¿Todos listos? —preguntó David y luego dijo:— Tómense de las manos y síganme despacio para que no vayan a tropezar.
Pronto sonaron los primeros golpes. El profesor y los alumnos chocaron entre ellos y también contra los pupitres, mientras reían algunos de los chicos que se habían quedado para observar.
El profesor Daniel, Nora, Óscar y Gordo estaban confundidos. Parecía que de pronto los muebles, la pizarra y los muros jugaban con ellos a las escondidas, ocultándose tras el aire. En cambio, los aromas —como ese a donas de chocolate que llegaba desde la oficina de la secretaria— y los sonidos —como el
plup, plup,
de las gotas de agua cayendo en alguna cubeta o el
rummm
de los autos a lo lejos— parecían haberse vuelto tan sólidos que podían atraparse con sólo abrir y cerrar los dedos de la mano.
—¡Despacio, tengan calma! —insistió David—. Vayan moviéndose por donde les indique. Ahora estamos saliendo del salón de clases y caminamos por el pasillo, hacia los escalones que dan al patio de enfrente.
Al profesor Daniel le resultó difícil reconocer a ciegas los mismos lugares que había estado recorriendo de lunes a viernes por más de veinte años. Jamás notó antes que las ramas de los arbustos tras el muro de piedra eran tan ásperas que podían sentirse desde antes de tocarlas. Parecía que, de un instante a otro, las hojas de cada planta se habían convertido en pequeños rehiletes que aleteaban al viento, perfumándolo todo con aromas pegajosos. Algunos todavía olían a verde, otros muchos debían de ser amarillos y anaranjados, porque su aroma era parecido al de la madera seca. El aire se transformó en un río capaz de hacer cosquillas cuando se le respiraba a la sombra del viejo árbol grande.
—¡Esto es extraordinario! —murmuró el profesor—. ¡Es como si de repente pudieras verlo todo a través de la piel!
—No sabía que hubiera tantos pájaros aquí —dijo Nora mientras movía la cabeza como si estuviera mirando alrededor.
—¿Pájaros? ¡No! ¡Lo que se posó en mi nariz no es un pájaro! —exclamó Gordo mientras daba manotazos.
Quiso correr para alejarse de lo que, él creía, era una lluvia de insectos con antenas ondulantes y patas peludas que le invadían la cara. Tropezó y acabó tirado en el piso mientras otros estudiantes que presenciaban la escena reían.
—¡Olvídenlo! ¡Este reto no es para mí! — refunfuñó, arrancándose la tela que le cubría los ojos.
Pronto se dio cuenta de que eso que lo había asustado tanto eran sólo un par de hojas secas.
—¿Hay alguien más que quiera darse por vencido? —preguntó David mientras se acercaba a Pelusa para desatarla.
—¡No vas a intimidarnos con un vendaje! —dijo Nora—. Llévanos ahora mismo a ese circo, si es que en verdad existe.
—Abel, ¿estás bien? —preguntó el profesor, pero Gordo ya se había ido.
Los mirones seguían riendo.
Luego el profesor llamó a Óscar un par de veces.
—¡Estoy acá, profesor! —respondió la voz desde el otro extremo del patio.
—¿Pero cómo es que te separaste tanto de nosotros?
—Tenga calma, profesor — dijo David—. Óscar está cerca de la puerta principal y es allá hacia donde vamos.
Luego gritó:
—¡No te muevas, Óscar, que ya vamos por ti!
Nora, el profesor Daniel y David se tomaron de las manos. Todos, en fila, caminaron tras Pelusa.
Cuando llegaron con Óscar, él tomó la mano de Nora con mucha fuerza, porque no quería volver a perderse.
La caminata era larga, o al menos eso les pareció a quienes llevaban los ojos cubiertos. El piso estaba caliente por el sol del mediodía y Nora sentía que las suelas de sus zapatos se pegaban al cemento como si fueran de chicle. Unos pasos después, el suelo se volvió menos duro y más ruidoso.
Crass, crass,
pequeñas ramas y hojas crujían bajo el peso de los caminantes.
Óscar estaba seguro de que iban cruzando por el parque, pero pronto un sonido lo hizo dudar. ¿En qué momento alguien puso una fuente en donde antes no había? Hizo por acercarse más pero Nora lo jaló del brazo.
—¡Cuidado con los aspersores de agua! —les dijo David—. Hoy es día que riegan los jardines que rodean el edificio y no querrán mojarse los pies.
—¿Edificio? ¿Qué edificio? —preguntó el profesor.
Ninguno de ellos tenía la menor idea de hacia qué lugar estaban moviéndose.
Acostumbrados a depender de la vista, los chicos y el profesor ya no sabían si confiar en lo que el resto de los sentidos les indicaban. ¿Cómo distinguir si el zumbido encima de sus cabezas era un enjambre de avispas o un cruce de cables eléctricos? ¿Cómo saber si caminaban hacia el norte o hacia el sur, si iban por una acera amplia o angosta? ¿Cuánto tiempo había pasado y cuánto faltaba para llegar?
—David, creo que ya caminamos bastante —dijo el profesor, levantando el brazo en un intento por consultar su reloj.
—Unos cuantos pasos más y llegamos —lo tranquilizó David—. Sí… creo que ya podemos detenernos aquí.
—¿Aquí? —preguntó Óscar, agudizando los oídos.
Algunos murmullos le indicaron que varias personas hacían fila, pero ya no se atrevía a asegurarlo.
—¡Aquí mismo! —respondió David—. Ahora cada uno de ustedes debe dar una moneda para pagar su entrada al espectáculo.
Lo que siguió después fue algo confuso. Subieron por unas gradas altas, luego avanzaron por lo que parecía ser un pasillo, mientras escuchaban gente murmurando alrededor.
El profesor supuso que ya estaban entrando al circo y se dio cuenta de que él y los chicos bien podrían ser un espectáculo para quienes los rodeaban: cuatro invidentes guiados por una bola de pelos, ¿no era aquello llamativo?
Siguieron moviéndose a tientas por una hilera de butacas y se acomodaron como pudieron. Entonces vino la segunda sorpresa.
—¡El piso se mueve! —exclamó Nora, asustada, pero luego ya no dijo más, porque no quería que pensaran que era una cobarde.
El profesor también se asustó un poco, pero luego se dio cuenta de lo que en realidad sucedía y se sorprendió por el ingenio de David.
Óscar no pudo quedarse callado y, tratando de ocultar el temor, hizo por fin la pregunta: “¿David, a dónde nos trajiste?”
El piso continuaba moviéndose y Nora supo que había encontrado la respuesta. “¡No cabe duda que soy la más inteligente!”, se dijo. “¡Estamos en un juego mecánico, por supuesto! David nos trajo a uno de esos lugares en donde proyectan una película en una pantalla gigante mientras se mueven los asientos”.
—¡Nos trajiste al Riel de la Aventura! —dijo Óscar y con eso Nora se dio cuenta de que no había sido la única en adivinar en dónde estaban.
—¡El Riel de la Aventura no es un circo, David! Voy a quitarme ahora mismo este vendaje tonto y abriré los ojos.
—Si te lo quitas, pierdes el reto —le advirtió David—. Y te aseguro que no estamos en donde dices.
El profesor guardó silencio. Sabía que David estaba diciendo la verdad y precisamente por eso no se quitó el vendaje que le cubría los ojos. Todo era tan distinto cuando se miraba a través de los otros sentidos...
Entonces, una voz conocida empezó a cantar frente a ellos.
—¡Es Lucía Belladiva! —murmuró Óscar—. ¿Cómo es posible que hayas conseguido pases para estar tan cerca, David?
—Si eso te sorprende, espera a que empiece el espectáculo de las fieras salvajes y te sorprenderás aún más.
—¡Fieras! —repitió Nora—. No estarás hablando de osos, tigres o...
—¡Shisst! —exclamó el profesor—. ¡Atentos, que ya están por presentar el siguiente número!
Belladiva paró de cantar y ahora pedía a los asistentes que cerraran los ojos por unos momentos para recibir al gran Gregorio y sus fieras salvajes.
Óscar quiso deshacerse del trozo de tela que le impedía ver a Belladiva, pero decidió esperar. Nunca había tenido los ojos cubiertos en un circo y la experiencia empezaba a gustarle.
—¡Tan cerca de ella! —murmuró luego, girando el rostro hacia donde estaba Nora. ¿Será esta una función especial para ciegos y por eso el pelirrojo se aseguró de que llegáramos con los ojos vendados?
—¡Shisst!
Alguien entre el público exigió silencio y el aire se llenó con los sonidos de cierta ave exótica. Luego, el silbar de otro pájaro distinto, y otro, y otro más. Cantaban las aves de una a la vez, como si fueran dirigidas por un maestro de orquesta mientras alguien en la fila de al lado mordía un trozo de melón, salpicando con su aroma las narices de los más cercanos.
Para entonces, los chicos ya se habían acostumbrado al movimiento del piso y no les importaba que sus asientos frenaran para luego moverse otra vez.
El profesor Daniel seguía con los ojos vendados, disfrutando de todo lo que se presentaba frente a ellos. Sabía en qué lugar estaban y lo que sucedía y por eso gozaba más del momento.
—¿Por qué todo se quedó en silencio tan de repente? —murmuró Nora.
—No todo es silencio... Escucha bien —dijo Óscar con voz temblorosa.
Una respiración ronca y pesada se fue acercando por el pasillo y pronto pudieron sentir aquel vaho caliente que les erizaba los vellos de la piel. Luego, alguien entre el público hizo una exclamación de asombro.
Si antes Nora y Óscar habían tenido la tentación de quitarse los vendajes para ver lo que estaba sucediendo, ahora el miedo no se los permitía. Estaban paralizados. Por eso, cuando oyeron el sonoro rugido, lo único que pudieron hacer fue encogerse en sus asientos, rogando por que aquella bestia no estuviera tan cerca como la sentían.
El profesor se quitó el trozo de tela que le cubría la vista. David se dio cuenta y estiró la mano para tocarle el rostro.
—No te preocupes, chico —lo tranquilizó el profesor—. Creo que ya es tiempo de que Nora y Óscar sepan lo que en realidad está pasando.
David asintió y les dijo que ya podían quitarse los vendajes. Nora y Óscar se los quitaron, pero no abrieron los ojos. Tenían miedo de aquel león gigantesco que, según ellos, todavía estaba a pocos centímetros de sus butacas.
El profesor Daniel les aseguró que no corrían ningún peligro. Sólo entonces se atrevieron a mirar.
—¡Nos tomaste el pelo, David! —reclamó Óscar con una risilla nerviosa.
—¡Es increíble! ¡Esto es... es... increíble! —fue lo único que Nora pudo decir al darse cuenta de lo tonta que había sido para no adivinar lo que ahora le resultaba tan evidente.
Óscar se restregó los ojos para estar totalmente seguro de que lo que veía era cierto. ¿Acaso estaban dentro de un autobús? ¡Sí! ¡Estaban sentados casi a mitad del vehículo y los rugidos del león se escuchaban todavía claros y fuertes! Pero no los hacía ningún león, sino un hombre que ahora se tiraba al piso y retorcía el cuerpo igual que lo haría una serpiente, mientras hacía sonidos expulsando aire entre los dientes.
Fhissssssssss, fhissssssssss,
hacía y luego sacaba y metía la lengua.
Nora tampoco podía creerlo y cerró los ojos otra vez para comprobar lo que ya esperaba: que mientras los tenía cerrados, podía visualizar con todo detalle lo larga y fría que era aquella serpiente. Su lengua moviéndose para encontrar una presa, sus colmillos largos y curvos, la piel llena de escamas, un cascabel en la cola…
Nora abrió de nuevo los ojos y el hombre-serpiente seguía arrastrándose al tiempo que meneaba una sonaja mientras otros pasajeros aplaudían.
El maestro Daniel señaló hacia una mujer que llevaba una bocina colgada al hombro y un micrófono en la mano. ¡Era la chica que había estado cantando con la voz de Belladiva!
Óscar se sintió decepcionado, pero no mucho. Después de todo, la doble de Belladiva era más guapa que la artista original y también tenía una voz envidiable.
El hombre se puso de pie, tomó el micrófono y explicó que él y su hija se habían quedado sin trabajo y que pronto se integrarían a un circo que venía en camino. Pero, mientras tanto, estaban pidiendo apoyo a los pasajeros que quisieran ser generosos y les regalaran una moneda o dos.
Al oír esto, David metió la mano en su bolsillo para sacar una moneda, pero Óscar lo detuvo.
—Permíteme que esta vez yo coopere por los cuatro. Tú ganaste, David.
—No estás obligado a hacerlo —aclaró David.
—Tampoco me obligarías a disculparme contigo, pero te pido que por favor aceptes mis disculpas.
Al decir estas palabras, Óscar estrechó la mano con David.
—¿Amigos?
—¡Seguro que sí! —respondió el pelirrojo, sonriendo.
—¡Pe… pero hizo trampa! —reclamó Nora.
—No lo entiendes, ¿verdad? —siguió hablando Óscar—. Mi padre me ha llevado a muchos lugares: circos, parques de diversiones... ¡Los mejores espectáculos que hay! Pero ninguno de ellos me había emocionado tanto como el que acabamos de presenciar y apuesto a que a ti tampoco.
Nora se quedó callada. Óscar tenía razón.
—Yo también creo que debo disculparme contigo, David —dijo el profesor—. Ahora veo que eres más ingenioso de lo que me habían contado. Si decides quedarte en el grupo por más tiempo... Quiero decir, ¡cualquier maestro estaría orgulloso de tener un alumno tan brillante como tú!
Dicho esto, le dio un abrazo.
—Al menos tendrá la despedida que merece — aseguró Óscar—. De eso nos encargaremos, ¿verdad Nora?
—Si tú lo dices... —respondió ella—. Pero ¿qué es lo que tienes en mente?
—Ya lo verás —dijo Óscar, con una sonrisa—. ¡Ya lo verás!
Quienes pasaban frente a la escuela aquella mañana, no podían creer lo que veían. ¿Eran trapecistas los hombres y mujeres que daban volteretas sobre el edificio? ¡En el patio había malabaristas, acróbatas en monociclos, contorsionistas y una banda de payasos alegraba a todos con su música.
“¿Pero a quién se le ocurre montar todo un circo en el patio de una escuela?”, comentó, escandalizada, una señora que iba de paso.
Bajo los grandes árboles habían acomodado varias hileras de sillas. El director, la maestra Ruth y el profesor Daniel estaban al frente. Otros maestros, alumnos y padres de familia ocupaban los demás espacios. David saboreaba un algodón de azúcar. Cerca de él jugueteaba Pelusa con un hombre delgado y de pelo blanco. Era el tío Joel, quien había dejado bien alimentados a los peces antes de venir. También estaba allí la tía Greta, compartiendo una canasta con pastelillos de chocolate a quien quisiera probarlos.
La tía Carmen y su esposo no hallaban qué hacer con el loro Victoriano y con Monito el ratón que, como siempre, jugueteaban armando un gran escándalo. También estaban el papá de David y la abuela Nata, las tías gemelas Lola y Luza y el tío Rodo tomando el sol con su iguana.
En un rincón, cerca de donde los malabaristas se preparaban para salir, estaban sentados Nora y Óscar.
—Pensé que bromeabas cuando hablaste de traer el circo a la escuela —dijo Nora.
—Pero resultó bien, ¿no lo crees? Sumando el dinero de las entradas de todos en la escuela y los patrocinios que consiguió mi papá, debes reconocer que no fue tan difícil hacerlo.
—¡Mira cómo se divierte Gordo! Parece que ya perdió el miedo a las hojas secas —rió Nora.
—Ya lo creo. Luego de que le conté lo que era disfrutar de un espectáculo con los ojos vendados, quiso probar la experiencia también.
—Y parece que no será el único. ¿Ya viste?
Óscar miró hacia donde Nora le indicaba y se dio cuenta de que la maestra Ruth, el director y otras diez personas hacían fila esperando a que el profesor Daniel les vendara los ojos.
Ahora David estaba de pie con Pelusa a un lado, iniciando la formación, mientras pedía a los de la fila que pusieran los brazos en los hombros de quienes tuvieran frente a ellos para no perderse. Un nuevo recorrido por el Circo mágico estaba a punto de empezar.
Espero que te haya gustado la historia de David. Ahora te voy a contar un par de secretos:
El primer secreto es sobre los puntos en la hoja que llevaba David cuando leyó su tarea. No se trata de ninguna clave extraña, sino de un sistema de escritura llamado Braille, que fue inventado por el francés Louis Braille especialmente para las personas ciegas y que se lee tocándolo con las manos. Los puntos están en relieve, es decir, realzados para que puedas sentirlos al pasar las yemas de tus dedos por encima. Mira cómo se verían algunas de estas letras:
Y el alfabeto Braille se vería más o menos como te lo muestro a continuación:
El otro secreto se relaciona con la manera en que nació este libro y te lo voy a contar: estuve ciego por un día.
Hace algunos años, trabajaba como diseñador gráfico. Una tarde, mientras revisaba en la pantalla de la computadora la información que usaría en las etiquetas para un producto, noté que las figuras se volvían más anchas y de un color más pálido, como si estuviera creciéndoles un pelaje muy fino alrededor. “¡Ya se descompuso la pantalla!” fue lo primero que pensé, pero al mirar alrededor, los muebles, las hojas pinchadas en el tablero de corcho y hasta las lámparas flexibles lucían igual de difusas. O el mundo entero se estaba volviendo nubes o yo necesitaba ojos nuevos.
Fui con el oftalmólogo y me dijo que podía corregir mi problema con una operación muy rápida. “No te dolerá casi nada”, dijo también.
Me operaron y, tal como el doctor había prometido, fue muy rápido (o al menos eso me pareció). Terminada la operación, me pusieron protectores en los ojos y envolvieron una venda alrededor de mi cabeza. “En un rato más podrás quitártela”, dijo el oftalmólogo. Pero pasó el “rato” y no me la quité. No quise quitármela porque me di cuenta de que algo especial estaba sucediendo en mí.
Primero fueron los oídos. Dos enfermeras hablaban en voz muy baja en la habitación de al lado y pude escuchar lo que decían con tanta claridad como si me hubieran instalado un micrófono muy potente en cada oreja.
Luego fueron las sensaciones en la piel. Si el aire se ponía un poco más frío por que alguien corría la ventana o se volvía más liviano por que abrían una puerta, podía sentirlo. Pude también oler con mucha atención los perfumes de la gente que pasaba cerca y me divertí imaginando qué apariencia tendrían. Además me di cuenta que todas las cosas tienen un olor, aunque éste sea muy suave y no estemos acostumbrados a notarlo. Por eso fue que decidí conservar la venda sobre los ojos durante el resto del día.
Así acompañé a mi familia a comer en un restaurante que conocía muy bien. No choqué con las sillas ni con la mesa. Fui capaz de saber en dónde estaban los cubiertos, de cortar y tomar la comida con el tenedor para llevármela a la boca, de saber que, además de los ojos, tenemos otros sentidos que nos ayudan a disfrutar del mundo que nos rodea.
Cuando, por la tarde-noche, llegamos al consultorio del oculista para asegurarnos de que todo había ido bien, él me preguntó por qué seguía vendado. “En realidad no lo sé”, respondí, “pero supongo que algo saldrá de esta experiencia”.
Un tiempo después escribí este libro e hice algunos dibujos para ilustrarlo. Ahora ya conoces la historia completa.
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