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San Simon eta San Juda,
Joan zen uda
Era negua heldu da.
Ez baletor hobe,
Eremu latz honetan
Ez gara hain noble benetan
14.

Una fina lluvia primaveral caía sobre Bilbao.

Las aguas de la ría estaban crecidas bajo los puentes que la salvaban, peatonales unos, de autovía otros, colgantes, abriéndose alguno para dejar paso a embarcaciones que iban camino de la bahía del Abra, en Portugalete.

Desde el muelle de Marzana, frente al monte Miravilla, se veía, bajo una tenue luminosidad, el escudo de la ciudad formado por el puente y la iglesia gótica de San Antón, torre barroca erguida, triste, bajo la grisalla...

Una furgoneta se detuvo frente a la goteante fachada de la iglesia. Ajeno a la arquitectura, la atención del conductor se concentraba en el porro que liaba.

Era Patxi, y a su lado estaba Cuqui, el librero, quien terminaba de hablar y, tras obligarlo a asentir cansinamente, salió del vehículo.

Patxi, una vez a solas, levantó la vista. Había gente paseando, protegidos por chubasqueros y paraguas...

Encendió el porro y se ajustó las gafas. Luego también salió de la furgoneta y, poniéndose la capucha de la parka, se dirigió hasta la zona de txikiteo de las Siete Calles.

En Iturribide caminó entre los bares donde se refugiaban jóvenes.

A la puerta del Kastellano Muerto había el habitual batiburrillo de chavales con aires de conspiradores.

En su interior retumbaban un bajo machacón y distorsionado y los gritos de voz cavernosa.

Patxi saludó con la cabeza a un par de borrokas que controlaban la entrada y se abrió camino entre un público que seguía el ritmo con pequeños meneos de la cabeza.

Y AHORA IDOYA ESTÁ MUERTA
SU KABEZA FLOTA EN LA RÍA,
SUS PULMONES DESHECHOS
YA NO FUMARÁN MAS PORROS.
NUNKA SUS LABIOS
BOLBERAN MI POLLA A CHUPAR:
SU ULTIMA MAMADA
FUE PARA SUS ASESINOS…
ASESINOS KASTELLANOS…

La pequeña congregación coreaba las letras que escupía un fibroso descamisado que caminaba militarmente de un lado al otro del escenario. Habían apartado las mesas y detrás del cantante un bajista raquítico, con camiseta de Negu Gorriak, y un batería melenudo mantenían el ritmo.

FRUSTRACIÓN, PARO, REPRESIÓN
EL MUNDO ESTÁ ENFERMO…
ASESINOS KASTELLANOS…

- Qué tíos. Han detenido al guitarra y están tocando pese de todo.

- Que no te engañen. Son unos esnobs –dijo Jabi, el hermano de Patxi, volviéndose para saludar -. Van de catalanes por la vida. Mucha distorsión y floritura, pero les falta mala hostia. Es pura pose. Fíjate en el público. Llegamos a ser nosotros y ya habrían destrozado el bar.

Las piernas ligeramente separadas, mochila al hombro y cruzado de brazos, Jabi observaba desde la tercera fila el espectáculo. Las paredes del bar las atiborraban fotos de presos políticos. Los dos hermanos solían quedar allí para asistir a pequeños conciertos y coger el pulso a los grupos emergentes.

- Pues a mí no me parecen malos.

- Son unos payasos -gruñó Jabi despectivo, mientras se manoseaba el piercing del labio.

Patxi le pasó la chusca del porro pero Jabi negó con la cabeza.

Por fin, el cantante sudoroso soltó un berrido. Lo acompañaron los aullidos que el bajista arrancaba a su instrumento, golpeándolo con la palma sangrante de la mano, y el aporreo apocalíptico del batera.

El espectáculo terminó con un gesto dramático del vocalista. Tras alzar los puños y escrutar el techo desconchado, dirigió una última y rabiosa mirada a su público, antes de arrodillarse de espaldas a ellos.

‘- ¡¡INDEPENDENTZIA!!

Una inmensa ikurriña le tatuaba la espalda entera.

La gente enloqueció. Muchos lo palmearon y hubo gritos de toda índole.

Jabi, cruzado de brazos, se mantenía estoico.

- Bah, mero efectismo. Venga, vámonos… -Y empezó a empujar para salir -. No hemos evolucionado nada desde el punk radical de los setenta. Es el lastre músical de este país.

Fuera, la lluvia entristecía la ciudad entre tenues farolas alumbradas.

- ¿Cómo va lo del coche, Jabi?

- No hay problema. Y tú ¿cómo va todo?

- No sé, tío. Están pasando cosas raras…

Patxi iba a decir algo más pero alguien se acercó a saludar. Eso lo distrajo.

A su lado, Jabi mantuvo su actitud. Todo para Jabi en la vida era cuestión de actitud. No había dignidad sin actitud, ni independencia, ni libertad.

- Nos ha venido un tipo que según Arantxa se llama Ander –explicó Patxi, cuando estuvieron otra vez solos -. Pero Onafre duda de que sea vasco... Casi no habla euskera. Desconfía de él, y me ha pedido que lo vigile... Y estoy acojonado, porque se supone que lo manda la Organización. Por otra parte, no quiero ofender a Onafre… Siendo como es, puede pasar cualquier cosa. Aguarda, vamos a esperar a que deje de llover.

Calle abajo se dejaba atrás el ruido de los bares. Pararon en un soportal.

- Macho, te has metido en un rollo chungo. Más abertzale que yo imposible, pero la Organización no mola. Cuando seamos libres del todo, será como la Mafia en Italia. Jamás se disolverán... No, amigo, estarán ahí. No soltarán las pistolas. Tienen el negociete bien montado.

- Es posible. Pero, nos guste o no, todo lo que hemos conseguido hasta la fecha ha sido gracias a la Organización... Ahora los peneuvistas quieren quitarnos de en medio. Ya hemos servido para coaccionar al Gobierno central y ellos tienen su pastel... Pero las cosas no son tan simples. De todas maneras, hermano, ¿dónde están tus ideales revolucionarios?

- A mí no me comas la cabeza, Patxi. Yo tengo las ideas claras. Yo hago música en vasco para el pueblo vasco y lucho por mi independencia además de la de mi pueblo. Pero sin el Gran Hermano... Ya me da bastante mal rollo que tú te hayas metido. Eso es cosa de otros tiempos. Hoy Euskadi puede lograr el último paso y tener un Estado propio sin recurrir a las armas. Mira Escocia, mira Bélgica.

Patxi levantó la vista, dolido. Entre la ropa tendida en los balcones, una mujer se asomó a una balaustrada para gritar algo a una vecina. La catedral descollaba sobre los tejados más bajos.

Su hermano era un inconsciente, pensó.

Se empezaba diciendo eso y se terminaba leyendo ciencia ficción española, mientras los gudaris morían en las mazmorras...

Lo observó con una extraña mezcla de cariño y rabia.

Jabi no se daba cuenta de que, de no ser por él, sería ya un roquero muerto, como tantos de sus ídolos. Solo que la pipa no se la habría llevado él a la boca. Se la habrían colocado los de la Organización...

Patxi no podía evitar pensar en ello. Había sido una gilipollez de su hermano. Pero la había cagado, y por su culpa habían caído dos valientes.

Fue en uno de sus primeros conciertos. Jabi albergó a los tipos en su furgoneta, sin enterarse muy bien de qué iba la movida. Se trataba de burlar un cerco policial.

Esa noche, Jabi los dejó encerrados en la furgoneta, mientras se iba a tirar a una grupi de Baracaldo…

Luego, se lio con una peña y otra, y cuando se acordó de la furgoneta esta ya había sido limpiada por los perros de la Ertzainza.

Jabi nunca entendió lo ocurrido…

Pero desde entonces fue sospechoso de traición y Patxi había tenido que cubrirle el culo, mintiendo sobre aquella noche. Eran mentiras que todavía, al cabo de los años, le seguían trayendo problemas.

- No es una buena actitud, Jabi, ten cuidado. El librero tiene una parabellum apuntándole a la cabeza y no quiero que a ti te llegue a pasar eso. Sabes que poco podría hacer para evitarlo…

Pero eso no amedrentaba al joven.

- Qué enternecedor, hermano... Ya que lo estás buscando, te diré que prefiero morir de pie, independiente y libre, que arrodillado ante quien sea...

- No hables así, Jabi. Esto es serio. Si el Ejecutivo, este Ander, se entera de que le sigo, voy a tener problemas. Y si Onafre se entera de que Ander desconfía de él, tiene todo un arsenal para volarnos a todos. Y si el librero comprende lo que se trama, es capaz de acercarse a comisaría y entregarnos... Estamos a tres días del atentado, y lo peor de todo es que estoy enamorado de Arantxa.

- No fastidies, ¿la Kalamua?

- Esa. No solo está liada con el librero, sino que lo estuvo con Ander, el que nos envía la Organización…

Aquello se ponía ya diabólicamente complicado.

- Patxi, ¿no podías fijarte en otra?

- Lo he intentado, pero esa tía es mucho... Es una borroka de los pies a la cabeza… Lo que me alucina es que una tía tan dura como ella esté saliendo con el jodido librero...

- Es una cosa curiosa, sí –asintió Jabi -. Venga, vamos, que escampa.

14  San Simón y San Judas,

Se fue el verano

Y llegó el invierno.

Mejor si no viniera

Pues vivimos pobremente

En este áspero yermo.