SADIE
Mi padre avanza un paso.
Respiro hondo. Rainey tiene la pistola apuntando solamente a él, pero antes de que pueda sacar mi Glock, él le cubre la mano con la suya y le quita la pistola por la empuñadura.
—Dame esa pistola, cariño.
Ella asiente y le entrega el arma a mi padre.
No sé si eso es bueno o malo.
Pero lo descubro rápidamente.
Él se gira y me apunta con la pistola.
—Ven conmigo. Ahora.
Trago saliva, intentando disminuir el pavor que me recorre hasta los huesos.
—No lo creo.
—Sadie, puede que seas de mi sangre, pero a la hora de la verdad, voy a salvar mi propio pellejo.
Vuelvo a tragar saliva, esta vez de forma audible. Así que tengo razón. Papá tiene una conexión con Racehorse Hauling y apuesto a que no es buena. Ahora sé por qué mi intuición me decía que regresara aquí.
Pero no tuve en cuenta que mi propio padre me retendría a punta de pistola. Se supone que los padres no amenazan a sus hijas con armas. ¿En qué mundo tiene sentido?
El corazón se me acelera tanto que temo que se me salga del pecho.
La mirada de mi padre es fría, dura y fría.
Aunque estoy entrenada para lidiar con situaciones como esta, mi propia mortalidad pasa por mi mente.
Tanto por hacer.
Quiero casarme. Hijos. Quiero un maldito perro.
Sobre todo quiero a Miles.
Quiero todas esas cosas con Miles Bridger. Miles Bridger, el hombre que amo.
Pero no tendré nada de eso si mi padre aprieta el gatillo.
No. No sucederá. Ningún padre podría matar a su propia hijo.
A menos que...
La sangre en mis venas se hiela.
Tal vez mi padre ya asesinó a su hijo.
Tal vez él sea responsable de la muerte de Joey.
¿Y si es así?
Puedo despedirme de mis sueños, de mi vida.
Reprimo lo mejor que puedo los escalofríos que desean desesperadamente asolar mi cuerpo. Llevo más de un año como policía pero es la primera vez que me apuntan con una pistola, ¡y mi propio padre!
Podía suceder, estamos educados para estas situaciones. ¿El único problema? No puedo recordar nada de esa instrucción ahora.
¡Por el amor de Dios, Sadie, piensa!
Obligo a mi cerebro a recordar.
Mantén la calma y muévete lentamente. Eso es.
Levanto las manos.
—De acuerdo, papá. Lo que tú digas. Iré contigo.
Se mueve detrás de mí y hago una mueca de dolor. Mi corazón martilla cuando la punta de la pistola se clava en mi espalda.
—Muévete. Ve a la cocina.
Me dirijo hacia la pequeña cocina, la habitación donde hace unas horas tiré las latas de cerveza a la cesta verde.
Rainey está sentada a la mesa con un cigarrillo colgando de los labios, los ojos nublados y brillantes.
—Curt. No.
—Cierra la boca, Rainey. Tú empezaste esto.
—Pero yo...
—¡Cállate! Sé lo que estoy haciendo.
—Esto no es lo que eres. —La voz de Rainey es ronca, más áspera de lo normal—. ¡Es tu hija!
Ignora a Rainey y me empuja hacia una puerta.
—Ábrela.
Obedezco y una escalera de madera me recibe. Un sótano. Un maldito sótano. Asesinada en un sótano por mi padre. Joder. Me merezco algo mejor que eso.
—Vamos —dice mi padre—. Baja.
Inhalo el olor a humedad mientras desciendo, deseando que mis piernas no se vuelvan gelatina. Primer paso, segundo paso. Tercero, cuarto... hasta que llego al catorce y me planto en el suelo de cemento, con las náuseas que suben por mi garganta.
Reconoce tu entorno.
Sí. Observo el lugar. A la izquierda hay un calentador de agua y un horno. Más adelante hay unas estanterías metálicas que albergan cajas de cartón y unos cuantos tarros de cristal llenos de... no estoy segura. Hay poca luz aquí abajo, mi padre no ha encendido las luces. Junto a las estanterías hay una ventana que da a un hoyo del exterior, una posible vía de escape. Pero no me atrevo cuando tengo una pistola apuntándome. A la derecha hay una lavadora y una secadora.
Jadeo cuando un ratón pasa por delante de mí.
—¡Silencio! —ruge mi padre.
¿Y ahora qué?
Establece una conexión. Usa el contacto visual.
¿Establecer una conexión? Es mi padre. Ya debería tener una conexión. Aparentemente, él siente algo diferente. Apenas puedo establecer contacto visual cuando está detrás de mí, clavándome la pistola en la espalda con tanta fuerza que estoy segura de que me va a salir un moratón.
—Lo siento —digo—. Era un ratón.
—Te asusta un ratoncito, ¿verdad? —Su tono es ácido.
Levanto las cejas mientras me viene un recuerdo.
—Solo me sorprendió. ¿No te acuerdas, papá? Nunca me asustaron las arañas en nuestra casa. A Joey sí, pero a mí no.
Me dan ganas de vomitar ante el término papá. ¿Alguna vez lo he llamado así?, pero quizá se ablande.
No dice nada y, por un momento, creo que le he pillado.
Hasta que...
—Muévete. Ponte contra la pared.
Demasiado para una conexión. Me empuja más allá de la secadora hasta la pared detrás de la escalera que está sin terminar donde hay un aislamiento de fibra de vidrio. Cuando casi me doy de narices, me detengo.
—Date la vuelta —me dice.
Con las manos sobre la cabeza, me doy la vuelta. Muy despacio, asegurándome de que mis ojos se adapten a la escasa luz. Es hora de establecer contacto visual con el hombre que me ha engendrado. Tiene los ojos vidriosos pero su postura es sólida. Me encuentro con su mirada tan parecida a la mía.
—No tienes que hacer esto.
—No es mi primera opción, Sadie, pero estoy entre la espada y la pared.
Trago saliva, armándome de valor.
—Soy policía, papá. Tengo contactos. Lo que sea que esté pasando, puedo colaborar.
—¡No quiero tu maldita ayuda! —Avanza hacia mí.
Mi corazón martilla contra mi pecho.
Esto es todo, que Dios me ayude.
Nada de matrimonio.
Hijos.
Perro.
Ni Miles Bridger.
Nada. Se acabó.
—Papá... —Odio el tono quejumbroso de mi voz pero estoy desesperada. Jodidamente desesperada. Tengo tanto por lo que vivir, y maldita sea, este hombre no me quitará nada más.
Da otro paso hacia mí con el arma vacilante. Está borracho y se ha mantenido firme durante demasiado tiempo. Intenta no temblar.
—Papá... —Vuelvo a decir.
Esta vez ladea la cabeza.
—¿Sadie? ¿La pajarita Sadie? —Entonces se tambalea ligeramente, murmurando algo ininteligible.
Las palabras pasan por delante de mí, como si estuvieran escritas en rojo.
Saber cuándo dejar de ser complaciente.
Me abalanzo sobre él y le cojo la muñeca derecha, girando todo lo que puedo para obligarle a soltar la pistola. La pistola cae al suelo con un estrépito.
—¡Perra! —Se lanza hacia mí.
Me agacho, levanto la pistola, me pongo de lado, apunto y disparo. Grita cuando la bala le da en la espinilla izquierda. Se derrumba en el suelo, luego se oye un chasquido cuando su cabeza golpea el cemento.
No pienso. Solo reacciono. Me deslizo hacia él y compruebo el pulso en su cuello. Está vivo. Miro la herida. Está limpia, ninguna arteria importante fue herida.
Vivirá.
Vivirá, joder.
Me derrumbo entonces y la realidad me golpea cuando mi cuerpo reacciona. Mi estómago se aprieta, mi corazón... ¡Mi maldito corazón! Está palpitando tan fuerte y deprisa… y el arma. La pistola de mi padre sigue en mi mano.
Me tumbo en el frío y duro suelo dejándome llevar. Permito que caigan las malditas lágrimas. Las lágrimas de pavor por mi vida. Las lágrimas por lo que pensé que había perdido: Miles, nuestros futuros hijos y toda una vida de felicidad. Las lágrimas por haberle disparado a otro ser humano mientras veo la sangre de mi padre brotar de su herida.
Las lágrimas...
Las lágrimas de una niña... Una niña que acaba de dispararle a su padre. Los sollozos me sacuden el cuerpo y jadeo. Me ahogo. Trago saliva.
—¿Sadie? ¡Cariño! ¡Ya voy!
Miles baja las chirriantes escaleras y yo me levanto encontrando mi energía. Con la pistola aún en la mano, me abalanzo sobre su fuerte cuerpo, entierro mi nariz en su duro pecho, aspiro su picante aroma masculino.
Y sollozo. Sollozo, joder.
Él besa mis mejillas húmedas, mis labios, la parte superior de mi cabeza. Me abraza tan fuerte que no puedo respirar. Me separo y jadeo.
—Dios mío, cariño. —Me besa las mejillas—. ¿Qué sucedió aquí? —Explora la habitación y su mirada se posa en mi padre, que está sangrando—. ¿Está...?
Niego moviendo la cabeza.
—No. No. Solo está inconsciente. Pero necesita una ambulancia. Le disparé en la pierna y al caer se golpeó la cabeza contra el suelo.
—Joder, cariño. Pensé que... —Traga saliva. Luego otra vez—. Pensé que te había perdido. Pensé que había perdido a la mujer que amo.
¿Me ama? Abro los ojos y contengo un sollozo, mirando sus hermosos ojos azules.
—¿Qué?
—Te amo, Sadie Hopkins. Nunca pensé que el amor fuera posible para mí, pero te amo, carajo —Me tira contra él—. No vuelvas a asustarme así.
Me vuelvo a fundir con él, encontrando consuelo y paz, amor, en su calor.
—Yo también te amo —murmuro en su hombro—. Te amo con el alma, Miles Bridger.