Don Quijote regresa a casa
la mañana siguiente llegaron a la posada cuatro jinetes. Eran alguaciles y venían buscando a don Quijote.
Querían llevarlo a la cárcel por liberar a los galeotes. Llegaron al patio de la posada y preguntaron por el posadero. El cura oyó todo y dijo al jefe de los alguaciles:
—Señor, ¿a quién buscáis?
—Buscamos a un hombre llamado don Quijote— dijo el alguacil.— Tenemos que llevarlo a la cárcel.
—Está aquí— dijo el cura—. Es amigo mío. ¿De qué se le acusa?
El alguacil dio al cura unos papeles. Esos papeles eran la orden de detención de don Quijote. Le acusaban de liberar a los galeotes, de robar a un barbero y de herir a un hombre. Al leer el cura esto dijo al jefe de los alguaciles:
—Señor, mi amigo se llama don Alonso Quijano. Don Alonso está muy enfermo. Ha perdido la cabeza. Piensa que es un caballero andante. Si lo lleváis a la cárcel morirá. ¿Podemos llegar a un acuerdo?
El jefe de los alguaciles pensó un poco y dijo:
—Está bien señor cura, vamos a sentarnos y cuénteme toda la historia.
Los dos hombres se sentaron y estuvieron hablando más de una hora. Llegaron a un acuerdo. No llevarían a don Quijote a la cárcel si el cura llevaba a don Alonso a su casa para curarse.
Alquilaron una carreta con dos bueyes y sobre la carreta construyeron una jaula. Todos se disfrazaron de fantasmas y entraron en el dormitorio de don Quijote. Ataron a don Quijote para que no se moviera. Don Quijote despertó y creyó que volaba. Creyó que era llevado al infierno por aquellos fantasmas. Como no podía moverse pensó que estaba encantado.
Metieron a don Quijote en la jaula y tomaron el camino de vuelta a casa. Sancho iba montado en Rocinante con todas las cosas de don Quijote.
Una hora después pararon para descansar. Entonces, Sancho fue a la jaula a ver como estaba su amo y le dijo:
—Señor, estos que vienen con nosotros no son fantasmas, son hombres.
—Son demonios, Sancho— dijo don Quijote—. Tócalos y verás como no tienen cuerpo.
—Por Dios, los he tocado— respondió Sancho—. Este demonio de aquí esta gordito y parece el barbero. Además los demonios huelen a azufre y este demonio huele a vino tinto.
—Te equivocas, Sancho. Ese demonio que parece el barbero no lo es— dijo don Quijote—. Estamos encantados y los demonios quieren confundirnos.
—Señor no está usted encantado, está engañado—, dijo Sancho.
Y diciendo esto retomaron el camino. A los seis días llegaron al pueblo de don Quijote.
Era domingo y toda la gente estaba en la calle. Todos fueron a ver a don Alonso en la jaula. Todos se asombraron al ver a don Alonso tan mal. El barbero fue a avisar al ama y a la sobrina. Las dos vieron a don Alonso y empezaron a maldecir los libros de caballerías.
Lo bajaron de la jaula y lo llevaron a su habitación. Lo desnudaron, lo lavaron, le dieron de comer y se quedó dormido. El cura le dijo a la sobrina que cuidase mucho de su tío y que mantuviera las puertas cerradas para que no volviera a escaparse. Dijo que llamarían a un médico para sanar a don Alonso de esa locura.
Sancho volvió a su casa. Allí estaban su mujer María Gutiérrez y sus hijos. Cuando María vio entrar a Sancho dijo:
—Gracias, Dios mío. Cuéntame. ¿Qué has ganado? ¿Eres gobernador? ¿Traes vestidos o zapatos? ¿Cómo está nuestro burro?
—No traigo ni vestidos, ni zapatos, ni joyas, ni burro. Traigo algo más importante. He visto cosas que nunca había visto y he vivido mil aventuras. Y además esto.
Sancho dio a María una bolsa de tela. La mujer la abrió y vio con alegría que estaba llena de monedas de oro.
Continuará...