Desearía poner cada cosa en su sitio desde el primer momento.
Esto no es culpa de mis padres.
Crecí en un hogar lleno de cariño que habría llamado la atención de Norman Rockwell.
Mi madre, que Dios la bendiga, abandonó una prometedora carrera editorial para quedarse en casa después de mi nacimiento, y no creo que sintiera nunca ganas de volver. Todas las mañanas nos ponía el desayuno en la mesa a mi padre y a mí, y la cena estaba puntual a las seis. Valorábamos aquellos ratos en familia, que pasábamos de la más jovial de las maneras.
Madre narraba sus proezas de la jornada mientras padre y yo escuchábamos atentos. Era angelical el sonido de su voz, y hasta hoy no he dejado de anhelarlo.
Padre trabajaba en el sector financiero. Tengo la absoluta certeza de que gozaba de alta estima entre los suyos, aunque no comentaba su trabajo en casa. Tenía la firme convicción de que los sucesos del día a día laboral se debían quedar en el lugar de trabajo, y no llevarlos a casa y verterlos en el refugio del lugar de residencia como quien vuelca una cubeta de bazofia para que se atiborren los puercos. Se dejaba el trabajo en el trabajo, que era su sitio.
Llevaba un maletín negro reluciente, pero jamás le vi abrirlo, ni una sola vez. Cada noche lo dejaba junto a la puerta principal, y allí permanecía hasta que se marchaba a la oficina el siguiente día laborable. Recogía el maletín al salir, pero sólo después de darle a madre un afectuoso beso, y a mí una palmadita en la cabeza.
«¡Cuida de tu madre, hijo mío! —me decía—. Eres el hombre de la casa hasta que yo regrese. En caso de que el cobrador llame a la puerta, envíalo a recaudar a la siguiente casa. No le prestes la menor atención, pues no tiene relevancia ninguna en el orden global del universo. Mejor será que lo aprendas ahora que inquietarte por tales cosas cuando tengas tu propia familia.»
Fedora en la cabeza y maletín en ristre, salía por la puerta con una sonrisa y un gesto de despedida con la mano. Yo me dirigía al ventanal, y desde allí lo veía bajar por el paseo (con precaución por el hielo durante los inviernos fríos) y subirse a su pequeño descapotable negro. Padre conducía un Porsche del 69. Era una máquina maravillosa. Una obra de arte de un rugido gutural que arrancaba con estruendo al girar la llave y se hacía más ruidosa aún al salir a la calle y deslizarse por el pavimento con un deleite voraz.
Ah, cómo adoraba padre aquel coche.
Todos los domingos sacábamos del garaje un cubo azul grande con un montón de trapos y lo lavábamos de arriba abajo. Se pasaba horas acondicionando la capota blanda negra y aplicándole cera a aquellas curvas de metal, no una, sino dos veces. Me encargaba a mí la limpieza de los radios de las ruedas, una tarea que me tomaba muy en serio. Una vez que terminábamos, el coche relucía como si su paso por la exposición de la zona de ventas fuera un recuerdo reciente. Padre plegaba entonces la capota y nos llevaba a madre y a mí a dar una vuelta dominical. Aunque el Porsche sólo tenía dos plazas, yo era un crío menudo y entraba a la perfección en el espacio que quedaba detrás de los asientos. Nos deteníamos en el Dairy Freeze de nuestra localidad a tomar un helado con soda, y acto seguido nos dirigíamos al parque a dar un paseo vespertino entre los grandes robles y las extensiones de césped.
Yo jugaba con los demás niños mientras padre y madre miraban desde un lugar a la sombra de un viejo árbol, con las manos entrelazadas y el amor en la mirada. Hacían bromas y se reían, y yo podía oírlos mientras corría detrás de un balón o perseguía un Frisbee. «¡Mírenme! ¡Mírenme!», gritaba yo. Y ellos lo hacían. Me miraban como deben hacer los padres. Me miraban con orgullo. Su hijo, su felicidad. Y yo miraría a aquel yo de tierna edad. Los miraría a ellos, bajo aquel árbol, todo sonrisas. Miraría y me los imaginaría con el cuello rajado de oreja a oreja, la sangre manando de las heridas y encharcándose en la hierba, a sus pies. Y me reiría, me palpitaría con fuerza el corazón, cuánto me reiría.
Por supuesto, eso fue hace años, pero es sin duda cuando comenzó.