Soy la que una noche conociste con el alma silenciada
sin saber sobre la pena que en el amor soportaba.
Observaste en mi mirada la cantidad de lágrimas que llevaba
y supiste en el primer intercambio de palabras
que tu sonrisa me aliviaba esos dolores que me apretaban.
Soy la que se estremeció cuando tu mano rozó
delicadamente la mía, y, por un instante, la conciencia perdí
de lo que sentía.
Ese café entre sombras, risas y luces me devolvió la vida.
Soy la que se esperanzó frente a tu palabra cálida e íntima,
y en tu beso inesperado alcanzó la sensación
de un cielo estrellado, sin espesas nubes ni lluvia fina.
Soy la que abrazaste fuertemente para decirme,
sin letras ni voz, que habías llegado para protegerme,
para coser con tu ternura cada punto de mis heridas.
Soy la que se sentía ensombrecida, oscura y poco nítida
como una foto mal sacada, que revelaba angustias pasadas
Sin que nadie, en ellas, reparase con ímpetu y osadía.
Soy la que se enamoró de tus ojos oscuros
y tomó tu mano, una noche de invierno,
sabiendo que nunca más
la soltaría.