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Guardó cama los días siguientes.

Dolly era consciente de la necesidad de darle tiempo, de dejarla a solas, de permitirle respirar a su aire.

Aun así le preocupaba. Le ponía platos con comida junto a la puerta hasta que se decidió a entrar para preguntarle si le gustaría ir a ver a la yegua gris por la mañana. Duchess estaba sentada al pequeño escritorio, escribiendo bajo el sol que se colaba por la ventana.

El lunes, Duchess se dirigió al colegio en compañía de Thomas Noble.

—¿Has hecho el trabajo?

—Sí.

Un trabajo libre que les habían asignado a ella y a sus compañeros de clase. Podían escribir sobre lo que quisieran.

Una vez en el aula, fueron saliendo uno a uno a la tarima a hablar de los temas más dispares: Thomas Jefferson, el fútbol, las vacaciones de verano, cómo rastrear a un ciervo de cola blanca...

Cuando la profesora dijo su nombre, Duchess se levantó, pegó un papel en la pizarra e hizo lo posible para calmar los nervios. Metió las manos hasta el fondo de los bolsillos y se situó de espaldas a su árbol familiar.

El árbol familiar al completo.

Notó que todos estaban mirándola, y vio a Thomas Noble de soslayo. Thomas sonrió e hizo un gesto con la mano, animándola a empezar de una vez.

Se aclaró la garganta y comenzó por su padre, el forajido Vincent King.