POR LA MAÑANA, cuando íbamos en el auto, decidí no esperar más y saqué el tubo de pastillas del bolsillo de mi pantalón.
— ¿Quieren? —dije.
Papá se puso pálido.
—¿Te pasa algo? —le dijo mi mamá a él cuando papá me miró por el espejo retrovisor y agitó la mano como si espantara moscas.
—Nada, nada —murmuró él.
Pero estoy seguro que papá había tenido miedo de que yo hablara de más.
Por supuesto que no iba a hacerlo. No soy tonto. Si yo divulgaba el poder de las pastillas, mis hermanitos querrían una pastilla para su perrita y mi mamá me pediría otras tantas para sus amigas que eran muchísimas, más de nueve, más de catorce, pues siempre que salíamos se la pasaba saludándolas en las calles: “buenos días”, “buenas tardes”, “¿cómo está usted hoy?”.
Sólo dije: “¿Quieren?”.
Y sin darles tiempo a responder, le ofrecí la pastilla amarilla a mi hermanito, la pastilla anaranjada a mi hermanita, la morada a mi papá y la roja a mi mamá.
— Mmmmh —dijo mi hermanito.
— Quiero otra —dijo mi hermanita.
Papá todavía no se recuperaba del susto de que yo contara todo lo de las pastillas salvavidas, así que no pudo hablar.
Y mamá murmuró:
—Gracias, gracias.
Yo me recargué en el asiento y suspiré aliviado porque le había ganado al suelo y había puesto a salvo a mi familia.
—De nada —murmuré con el mismo aire del suspiro.