XIII

POR LA MAÑANA, cuando íbamos en el auto, decidí no esperar más y saqué el tubo de pastillas del bolsillo de mi pantalón.

— ¿Quieren? —dije.

Papá se puso pálido.

—¿Te pasa algo? —le dijo mi mamá a él cuando papá me miró por el espejo retrovisor y agitó la mano como si espantara moscas.

—Nada, nada —murmuró él.

Pero estoy seguro que papá había tenido miedo de que yo hablara de más.

Por supuesto que no iba a hacerlo. No soy tonto. Si yo divulgaba el poder de las pastillas, mis hermanitos querrían una pastilla para su perrita y mi mamá me pediría otras tantas para sus amigas que eran muchísimas, más de nueve, más de catorce, pues siempre que salíamos se la pasaba saludándolas en las calles: “buenos días”, “buenas tardes”, “¿cómo está usted hoy?”.

Sólo dije: “¿Quieren?”.

Y sin darles tiempo a responder, le ofrecí la pastilla amarilla a mi hermanito, la pastilla anaranjada a mi hermanita, la morada a mi papá y la roja a mi mamá.

— Mmmmh —dijo mi hermanito.

— Quiero otra —dijo mi hermanita.

Papá todavía no se recuperaba del susto de que yo contara todo lo de las pastillas salvavidas, así que no pudo hablar.

Y mamá murmuró:

—Gracias, gracias.

Yo me recargué en el asiento y suspiré aliviado porque le había ganado al suelo y había puesto a salvo a mi familia.

—De nada —murmuré con el mismo aire del suspiro.